Capítulo 26. Plata

Se reunieron en el patio, después de la mañanera.

Habían pasado siete giros y no había cambiado gran cosa: la fiebre de Furiano no era tan alta, pero no se le había pasado del todo. Las larvas de mosca estaban… bueno, estaban haciendo exactamente lo que hacen las larvas. El proceso era más que asqueroso, y la visión cuando Larva retiraba aquellos vendajes, casi más de lo que podía soportar Lexa sin vaciar el estómago. Y aún no había forma de saber si estaba sirviendo de algo. Los gladiatii no estaban de buen humor. Los animaban su victoria en la arena y el puesto que los Halcones de Titus habían ganado en el Venatus Magni, pero el precio que habían pagado…

Bryn se quedaba en su celda y no hablaba con nadie, ni siquiera en las comidas. Cantahojas quizá nunca volviera a luchar. Furiano merodeaba a las puertas de la muerte y Byern ya estaba muerto. Si aquel era el diezmo que debían pagar por tener una oportunidad de ser libres, estaba más inundado en sangre de lo que le habría gustado a la mayoría. Arkades los había convocado por orden de su domina, y los soles castigaban la arena como martillos mientras los gladiatii del collegium de Titus se congregaban. A Lexa las costillas le dolían horrores, y el corte de la cara le picaba bajo la gasa encostrada. Era raro ver el mundo con un ojo tapado por una venda, sin profundidad, sin equilibrio. Sabía que debería ir a ver a Clarke; Eclipse se había presentado en su celda en plena nuncanoche para informarla de que su barco había regresado a Reposo del Cuervo. Pero, tal y como estaba la situación en el fuerte, Lexa no se atrevía a aventurar una visita. Furiano podría despertar en cualquier momento, y si Larva la llamaba para pedirle ayuda con algún preparado en la nuncanoche y los guardias descubrían su ausencia…

Se tocó el vendaje de la cara. Aún no había reunido el valor suficiente para quitárselo y mirarse en un espejo. Se preguntó qué vería cuando lo hiciera.

Se preguntó qué vería Clarke.

Carnicero estaba de pie con las manos entrelazadas a su espalda, cambiando el peso de un pie al otro como siempre. A pesar de haber perdido su combate en Fuerteblanco, parecía satisfecho de haberse procurado unas pocas cicatrices más para su colección. Wells esperaba en silencio, con los brazos cruzados sobre la palabra «COBARDE» que llevaba marcada en su amplio pecho. Le estaba creciendo el pelo un poco y sus ojos chispeaban a la luz de los soles. Como siempre, estaba justo al lado de Lexa; nunca se alejaba mucho si podía evitarlo. Había cantado alabanzas a Cuervo en la celda que compartían, declarando que su combate contra la sedosa era el más grandioso que había visto jamás. Y aun así, no le había insistido en hablar sobre sus padres. No le había hecho preguntas que todavía no estaba preparada para responder. Por muy jactancioso y matón que fuera, por muy tonto que se pusiera con las mujeres, sabía cuándo hablar y cuándo tener la boca cerrada. A Lexa le caía mejor a cada giro que pasaba.

«Pero no es mi amigo.»

Despiertaolas estaba al otro lado de Wells, con los pies plantados en el suelo como las raíces de sendas montañas. Había luchado como un daimón contra aquellos osos guadaña del estadio. Wells y él se habían quedado a solo dos puntos de llevarse sus propios laureles. A Lexa seguía costándole imaginarse al hombre correteando por el escenario vestido de seda, hablando en pareados. Con su altura y su piel brillante a la luz de los soles, parecía un guerrero nato.

«Y no es mi amigo.»

Bryn estaba entre Otho y Félix, con aspecto de no haber dormido ni un minuto desde Fuerteblanco. Se hacía extraño verla sin su hermano gemelo, y Lexa hasta se había descubierto mirando alrededor en busca de Byern. La chica vaaniana caminaba como un fantasma. Mirada vacía e inyectada en sangre, brazos envolviéndole el torso.

«Y no es...»

Cantahojas estaba apoyada en la puerta de la enfermería. Tenía la cara blanquecina bajo los tatuajes, y su brazo de la espada pendía del cuello en un cabestrillo de gasa ensangrentada. El corte que tenía en la espalda ya era grave, pero el tajo del brazo había sido horroroso. Nadie sabía si la mujer volvería a empuñar una espada de nuevo. Lexa le distinguía el miedo en los ojos.

«Y no...»

¿Y Furiano?

Yacía durmiendo en la losa de la enfermería, con Larva a su lado. Lexa podía sentir su dolor cada vez que se acercaba demasiado, como si se filtrara por la oscuridad a sus pies. No tenía ni idea de por qué. Incluso con todos sus conocimientos sobre hierbas y con los remedios de Larva, nadie podía predecir su futuro, salvo quizá la Madre.

—¡Gladiatii! —ladró Arkades—. ¡Atención!

Los guerreros congregados irguieron las espaldas y se llevaron los puños a los pechos. Echo y Anthea salieron desde el porche, la dona un paso por delante de su magistrae. Echo parecía cansada, pero al menos se había arreglado un poco más acorde con su estilo habitual. Llevaba un vestido blanco suelto, y el tejido ondeó en torno a sus sandalias mientras ocupaba su lugar sobre la arena ardiente. Tenía el pelo trenzado en torno a la frente como si fuese el laurel de vencedor que llevaba en la mano derecha.

—¡Mis Halcones! —exclamó levantando el laurel hacia el cielo—. ¡Contemplad!

Los gladiatii vitorearon, pero, tal y como estaba la situación, a Lexa le pareció que su entusiasmo sonaba un poco vacío.

—Aunque hemos pagado un alto precio, tenemos la victoria que ansiábamos desde hace tanto tiempo. Este laurel nos asegura un puesto en el Venatus Magni, dentro de cinco semanas. La libertad está a vuestro alcance, ¡y pronto en la Ciudad de los Puentes y los Huesos resonará el nombre del collegium de Titus!

Se oyó una segunda ronda de vítores en el patio, mucho más fuerte que la primera. Parecía que, por muchas desgracias que sufriera un gladiatii, la promesa de libertad podía lograr que las olvidara. Despiertaolas aferró el hombro de Wells, y Carnicero se dio palmadas en los muslos mientras vociferaba. La idea de luchar en el Magni bastaba para alegrarles el corazón, y Lexa sintió que se le aceleraba el pulso como a los demás. Imaginó a Azgeda y Jaha.

«Pronto, hijos de puta.»

—Tres de vosotros se alzan sobre el resto —proclamó Echo—, los mejores y más valientes entrenados jamás entre estos muros bajo la cuidadosa tutela de nuestro noble executus.

Echo inclinó la cabeza hacia Arkades, que respondió con una reverencia envarada y formal.

—Y aun así —prosiguió ella—, solo hay una que asestara el golpe mortal a la Exiliada. Solo una cuyos valor y habilidad nos han allanado el camino hacia la gloria. —Echo miró a Lexa—. Cuervo, un paso adelante.

Lexa miró a Cantahojas pero obedeció y se inclinó ante su ama. Echo le dedicó aquella centelleante mirada azul que tenía.

—Arrodíllate —dijo con brusquedad.

Lexa apretó los dientes ante aquel recordatorio de su posición, pero hizo lo que se le ordenaba, con una mueca por el dolor de sus costillas rotas. Con cuidado de no moverle el vendaje de la frente, Echo colocó el laurel de plata en la cabeza de Lexa. Metió la mano entre los pliegues de su vestido y sacó el torque de plata de Furiano para sostenerlo con la mano abierta. Estaba un poco fundido y el metal se había decolorado por el beso del veneno de Ishkah.

—Ahora esto te pertenece —dijo Echo.

Lexa frunció el ceño hacia la enfermería y luego alzó la mirada hacia los ojos de la dona.

—Si queremos salir victoriosos en el Venatus Magni —siguió diciendo Echo—, si los Halcones de Titus debemos reclamar la gloria que nos pertenece por derecho, creo que será por medio de ti y no de ningún otro. Pero lo cierto, venga lo que tenga que venir, es que esto te lo has ganado, Cuervo. —Echo puso el torque en el cuello de la chica—. Mi campeona —proclamó orgullosa.

Wells rugió y los demás gladiatii se apresuraron a imitarlo, dando pisotones en el suelo y aplaudiendo como locos. Lexa miró de nuevo a Cantahojas, indignada por la injusticia. La dweymeri y Furiano habían luchado tanto como ella, habían arriesgado lo mismo. Lexa no se habría podido imponer a Ishkah sin ellos. Pero solo se glorificaba el nombre de Lexa. Solo se la nombraba campeona a ella.

«Para esto te has esforzado tanto —se recordó a sí misma—. Solo tienes que mantener la farsa unas semanas más.»

Inclinó la cabeza y habló en voz baja.

—Me honráis, domina.

—Tú nos honras a nosotros, Cuervo. Y seguirás haciéndolo en la Ciudad de los Puentes y los Huesos. Pero no lo harás ataviada con retales de cuero y restos de acero, no. Ahora luchas como campeona bajo nuestro estandarte. Y deberías tener la apariencia adecuada. —Echo dio una palmada—. Contemplad.

Dos guardias de la dona sacaron rodando un maniquí de madera desde el interior del fuerte al porche. Le habían puesto una de las armaduras que había en el vestíbulo, pero Lexa cayó en la cuenta de que la habían entallado para que pudiera ponérsela ella. El hierro era casi negro, pulido hasta darle un oscuro lustre. El peto tenía un halcón labrado con las alas extendidas, y las grebas y las hombreras tenían también la forma de halcones en pleno vuelo. De la coraza salían una faldilla plisada y mangas revestidas de hierro, y una capa de plumas rojas envolvía los hombros. El yelmo representaba a la diosa guerrera Tsana, con expresión fiera y despiadada. Llevaba dos hojas gemelas enfundadas al cinto, de acero liisiano por su aspecto. Eran un gladius de doble filo y una larga daga, ideales para luchar al estilo Caravaggio. Era una de las mejores armaduras que Lexa había visto jamás, eso sin duda. Pero debía de haber costado una fortuna. Una fortuna que Echo no podía permitirse.

«Ahora luchas como campeona bajo nuestro estandarte.»

Lexa miró a Echo y contuvo un suspiro.

«Y deberías tener la apariencia adecuada.»

—Os lo agradezco, domina —dijo Lexa.

—Podrás agradecérmelo en el Magni —repuso Echo—, consiguiéndome la vic…

La dona dejó la frase en el aire al ver que llegaba un guardia al patio, acompañando a un joven que llevaba un sombrero emplumado. La mejilla del chico estaba marcada con un solo círculo, pero vestía con ropa cara, aunque algo polvorienta a causa del camino. En su jubón llevaba bordado el león de Leónidas.

—Un mensajero, mi dona —anunció el guardia—. Afirma que se trata de un asunto urgente.

—Traigo una misiva de mi amo, vuestro padre, mi gentil dona —dijo el chico, con una profunda inclinación—. Tengo orden de leerlo en voz alta, so pena de látigo.

—Habla, pues —ordenó Echo.

El joven sacó un pergamino que llevaba el sello de Leónidas. Lanzó una mirada a los gladiatii reunidos, nervioso a todas luces. Pero con voz alta y clara, empezó a leer.

—«Querida hija, con inmenso gozo te doy la enhorabuena por tu victoria en Fuerteblanco. Me confieso sorprendido de que después no solicitaras audiencia conmigo para regodearte, y me alegra pensar que la humildad que pretendí enseñarte en tu infancia por fin ha empezado a arraigar. Ojalá te hubiera...»

El chico vaciló, miró a Echo y tragó saliva.

—Continúa —exigió ella.

El mensajero tartamudeó un momento antes de seguir.

—«Ojalá te hubiera pegado más, y más a menudo.»

Varios gladiatii se removieron, fulminando al chico con la mirada. Lexa sintió que sus propias uñas se le clavaban en la palma de la mano, y miró a la dona. La expresión de Echo no había cambiado un ápice.

«Por eso lo odia tanto.»

El chico estaba sudando y se tiraba del cuello del jubón como si lo estuviera asfixiando. Con ganas de terminar cuanto antes, carraspeó y siguió leyendo deprisa.

—«Tengo informaciones fiables de mis contactos mercantiles que afirman que el collegium de Titus está teniendo serios retrasos en el pago a sus proveedores. Para evitarme la humillación de ver a una hija de mi estirpe arrastrada al tribunal por sus impagos, me he tomado la libertad de adquirir todas tus deudas a tus acreedores y combinarlas en una sola suma, que ahora se debe al collegium de Leónidas y acumula intereses semanales.»

Echo puso los ojos como platos.

—¿Cómo?

—«Tu primer pago, de tres mil doscientos cuarenta y tres sacerdotes de plata, expira al cambiar el mes, dentro de tres semanas. Si no satisficieras la suma requerida, no tendré más remedio que exigir una compensación punitiva por medio del tribunal del magistrado y reclamar la posesión de tu collegium, tus propiedades y cualquier otro recurso financiero que obre en tu poder, a modo de reembolso. Por favor, no creas que albergo ira ni rencor hacia ti en mi corazón, querida. Esto son, como me dijiste tú una vez, solo negocios.»

El chico alzó la mirada hacia Echo y le tembló la voz.

—«Ojalá tu madre viviera para ver lo lejos que has llegado. Con todo el respeto que mereces, tu amante p-padre, Leónidas» —concluyó.

El patio estaba tan silencioso que Lexa podría haber oído respirar a Don Majo. Al mirar al mensajero, se dio cuenta de que el pobre desgraciado desconocía lo que decía la carta que debía llevar. Con un vistazo a los rostros de Despiertaolas y Otho, Lexa pensó que el chico debía de estar esperando que lo llevaran a rastras a los acantilados y lo arrojaran al mar.

—Vu-vuestro padre también deseaba que os entregara un regalo, mi dona —añadió el chico—. Para celebrar vuestra victoria.

El mensajero buscó en su morral, sacó una botella de vino dorado y la dejó en la arena. Un marbete rojo como la sangre informaba de la añada a un lado de la botella.

Albari, setenta y cuatro.

Al ver la etiqueta, el cuerpo entero de Echo se tensó de ira. Lexa no sabía por qué, pero, para la dona, ver aquella botella fue como oler la sangre para un draco blanco. Con evidente esfuerzo, Echo respiró hondo y solo el temblor de sus puños apretados delató su furia. E irguiendo la espalda, se dirigió al chico con la formalidad requerida.

—Transmite mi agradecimiento a mi padre —dijo—, e infórmale de que no será necesaria la participación del magistrado. Tendrá su dinero a final de mes, lo juro.

—Sí, mi dona. —El chico se inclinó mientras el alivio inundaba sus rasgos.

—Puedes marcharte —dijo ella, con una voz que se había vuelto de frío acero.

El mensajero se levantó el sombrero y empezó a poner pies en polvorosa.

—Ah, y… ¿chico?

El joven se volvió, casi encogido, con las cejas alzadas.

—Eh… ¿Sí, mi dona?

Echo pasó la mano por la nueva armadura de Lexa y sus dedos se quedaron en la empuñadura de la daga.

—Por favor, transmite a mi padre mi pésame por la muerte de su campeona. Dile que ardo en deseos de ver a mi Cuervo destrozar a su próxima ofrenda en Tumba de Dioses.

—S-sí, mi dona —farfulló el chico, y se escabulló a toda prisa.

El silencio reinó en el patio, interrumpido solo por los lejanos graznidos de las gaviotas y la suave canción del mar. Echo caminó por la arena, recogió la botella de vino dorado y la sostuvo en la mano, fijando la mirada en el marbete. Luego miró a sus gladiatii, con la ira tiñéndole de rojo las mejillas. Con lo mucho que habían luchado, con lo lejos que habían llegado e, incluso entonces, al borde de la victoria, se cernía sobre ellos el desastre. En nombre de las Hijas, ¿de dónde iba a sacar tanto dinero?

—Volved al entrenamiento, mis Halcones —ordenó—. Tenemos trabajo que hacer.

Los gladiatii regresaron a los estantes y cogieron sus armas de práctica.

La dona dio media vuelta y regresó hacia el fuerte.

Arkades la miró mientras se marchaba.

Tenía los ojos entrecerrados.

Las manos hechas puños.

Echo estaba sentada en su estudio, encorvada sobre los libros de cuentas, bañada en la luz de los soles que dejaba entrar la ventana en voladizo. Las sombras eran largas y oscuras y, si una que había debajo de la mesa tenía alguna forma concreta, la dona estaba demasiado concentrada en su trabajo para fijarse. Un guardia llamó flojito a la puerta y esperó a que la dona le diera permiso para entrar.

—Mi dona —dijo el guardia—, el executus suplica hablar con vos.

—Que pase —respondió Echo.

Entró Arkades, clin tump, clin tump, y el guardia cerró la puerta al salir. La mirada de Echo no se apartó de sus libros, pluma en mano, apuntando cifras con caligrafía clara y fluida. El Albari del setenta y cuatro estaba en el escritorio a su lado, sin abrir. Arkades llegó delante de ella, miró la botella y cambió el peso de pierna.

—¿Qué ocurre, executus? —preguntó la dona, sin alzar la vista.

—Yo… quería ver si estabais bien, domina.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—La misiva de vuestro padre…

Echo se quedó quieta y por fin miró a Arkades.

—Creo que el regalo ha sido un detalle encantador. —La dona desvió una fugaz mirada hacia la botella que tenía al lado—. Me sorprende que haya recordado la añada.

—Sabía que era el más cruel de entre los hombres, pero… —susurró Arkades, con la voz teñida de tristeza—. Vuestra madre era una buena mujer, mi dona. No merecéis tal insulto. Y ella no merecía lo que él le hizo.

—La golpeó hasta matarla con una botella de vino dorado, Arkades —dijo Echo con una voz que empezaba a flaquear—, solo porque volcó la copa de la que él estaba bebiendo en la cena. ¿Se puede saber quién merece eso?

El executus estudió los tablones del suelo como si buscara en ellos las palabras adecuadas. Quizá fuese un dios sobre la arena, pero allí, en la intimidad de los aposentos de la dona, sometido a su mirada azul claro, parecía tan indefenso como un recién nacido.

—Si alguna vez… —Se detuvo y tragó saliva. Respiró hondo, como si estuviera a punto de zambullirse—. Si alguna vez buscáis consuelo… Quiero decir, si algún giro queréis hablar…

Echo ladeó la cabeza y miró a su executus a los ojos.

—Eres muy amable, Arkades, pero no creo que resultara apropiado.

Él miró por la ventana hacia el patio, hacia la enfermería donde yacía Furiano.

—¿Apropiado? —repitió.

—Ya no soy la niña que pasó su infancia de puntillas, por miedo a lo siguiente que podría desatar al monstruo con quien vivía. Ya no soy la chica que se encogió debajo de aquella mesa mientras la botella caía una y otra y otra vez. Soy una sanguila. Soy la domina de este collegium. Tú eres mi executus. Y el teatrillo barato de mi padre solo ha servido para una cosa: para reforzar mi determinación de alzarme victoriosa en Tumba de Dioses.

Arkades se la quedó mirando, el dolor y la rabia evidentes en sus facciones.

—No necesito consuelo —añadió Echo, con un destello de rabia en los ojos—. Necesito ver a ese hijo de puta arrodillado. Si anhelas servirme, Arkades, te ruego que te apliques en la vertiente por la que te pago. Procúrame la victoria.

Echo volvió a encorvarse sobre sus libros de cuentas y apoyó la cabeza en una mano.

—Puedes marcharte —dijo.

Arkades se quedó quieto durante un vacío momento, callado como un muerto. Pero después...

—Vuestro susurro —murmuró—, mi voluntad.

El hombretón dio media vuelta, salió renqueando de la habitación y cerró la puerta a su espalda. Echo soltó la pluma en el momento en que Arkades se hubo marchado. Apretó los labios e inhaló una temblorosa bocanada de aire tras otra. Se pasó la mano por los ojos, enfurecida. Derrotadas sus lágrimas, volvió la mirada hacia la botella que reposaba en su escritorio. La luz de los soles se reflejó en el cristal. En el marbete pintado de rojo sangre. Echo dejó caer la cabeza y un caoba ondulado le ocultó los ojos.

—Padre —escupió.

Alguien llamó a la puerta.

—Por las Cuatro Hijas, ¿quién es ahora? —preguntó con brusquedad.

—Disculpas, mi dona —dijo el guardia, asomando la cabeza al interior—. La magistrae solicita audiencia.

Echo suspiró y se apartó el pelo de la cara.

—Muy bien.

La mujer entró y cerró la puerta. Echo tenía la espalda recta en su silla y la pluma en la mano; era el vivo retrato de la compostura. Su magistrae llegó hasta el escritorio retorciéndose la larga trenza de cabello canoso e hizo una inclinación.

—¿Qué ocurre, Anthea?

—Domina, sabes que siempre te he servido fielmente. —La inquietud brilló en los ojos de la magistrae cuando miró aquella botella de vino dorado—. Y que jamás pretendería verte sufrir.

—Por supuesto.

—Sé que tu padre presiona con las finanzas. No querría cargarte con un problema más. Estaba indecisa sobre si contarte esto o no, pero…

—Anthea —dijo Echo en tono calmado—, ve al grano.

—Es Arkades, domina.

Echo miró hacia la puerta por la que acababa de salir su executus.

—¿Qué pasa con él?

—Lo sabe.

Echo dejó la pluma y se reclinó en la silla con el ceño fruncido.

—Sabe ¿qué?

—Echo —dijo la magistrae—, lo sabe.

Lexa estaba sentada en la enfermería, escuchando los vientos de la nuncanoche que llegaban desde el océano. El descenso de temperatura era un alivio más que bienvenido, pero no bastaba para dejarla respirar con calma. Al escrutar antes el horizonte, le había parecido alcanzar a ver el tercer sol, situado en el fin del mundo. No tardaría en alzarse y daría comienzo la veroluz: un calor insoportable, multitudes vibrantes y mares y mares de sangre. Los sonidos de los demás gladiatii en la tardera se filtraban por las paredes de piedra, y Lexa oyó a Carnicero protestar por la calidad del «estofado» de Dedo. Provocando los aullidos y los vítores de sus compañeros, el escuálido cocinero sugirió a gritos al Carnicero de Amai dónde podía meterse dicho estofado si no le gustaba. La sonrisa de Lexa se crispó cuando Larva le embadurnó la mejilla con aloe y siemprementa, que le escocieron un poco en la herida. Larva asintió para sí misma, envolvió el rostro de Lexa con una venda nueva y la ató con suavidad.

—Está sanando bien —dijo—. La próxima vez ya no te la vendaré.

—Sí —respondió Lexa—. Muchas gracias.

—Alegra esa cara, Cuervo —dijo una voz adormecida detrás de ella—. Por muy bonita que fueses, no eres una verdadera gladiatii hasta que te ganas unas pocas cicatrices.

Lexa se volvió hacia Cantahojas, que bostezaba y estaba incorporándose en la losa que tenía al lado.

—Bueno, si eso es cierto, eres la gladiatii más verdadera que ha hollado jamás la arena, Cantahojas —dijo Lexa con una sonrisa.

—Sí. —La mujer le devolvió el gesto. Alzó su brazo de la espada, que seguía vendado—. Esto va a ser una auténtica hermosura, te lo garantizo.

—¿Puedes moverlo ya? —preguntó Lexa en voz baja.

Cantahojas miró a Larva y negó con la cabeza.

—Aún es pronto —dijo la chica—. Demasiado para saberlo con seguridad.

Lexa y la dweymeri cruzaron una mirada incómoda, pero no dijeron nada. Dedo entró arrastrando los pies en la enfermería, cargado con cuatro cuencos humeantes en una bandeja de madera. Mientras la dejaba con una floritura, Lexa miró al cocinero de arriba abajo, preguntándose los trozos de cuánta gente habría empleado esa vez en su creación.

—La tardera —dijo Dedo—. Comedla, que se enfría.

—Exquisita. —Larva sonrió—. Gracias, Dedo.

El hombre removió el pelo de la chica y se marchó. Lexa enarcó una ceja.

—¿Exquisita? —dijo cuando el cocinero ya no podía oírla—. De todas las palabras que existen, la última que usaría para describir la cocina de Dedo es «exquisita», Larva.

—Depende de cómo te criaras. —La chica se encogió de hombros—. Cuando has comido rata cruda usando solo las manos, te vuelves mucho menos quisquillosa con la cocina, créeme.

Lexa asintió y se chupó el labio. De nuevo se sorprendió por lo mucho que aquella niña le recordaba a sí misma. Había crecido valiente y atrevida, igual que la propia Lexa después de que le arrebataran a sus padres. No tenía miedo de decir lo que pensaba. Quizá era un poco demasiado lista para su propio bien. Lexa sabía que no debería. Sabía que era una debilidad. Pero a Lexa le caía bien.

—Bien dicho. —Sonrió—. Mis disculpas.

—¿Quieres un plato o no?

—Trae para acá.

Larva pasó un cuenco a Lexa y miró a su segunda paciente con una ceja alzada.

—¿Cantahojas?

La mujer dejó el plato a su lado, en la losa. Lexa la vio dar una cuidadosa cucharada con la mano que no tenía herida. Se preguntó qué sería de ella si no recuperaba el uso de su brazo de la espada. ¿Con qué velocidad se libraría el mundo de una gladiatii que no podía alzar un arma?

Colmillo entró en la enfermería, miró el cuenco de Lexa y movió la cola, esperanzado. Lexa se agachó y le rascó las orejas, pero se guardó la tardera para ella.

—¿Cómo está Furiano? —preguntó.

Larva señaló con la cabeza al Invicto y habló con la boca llena.

—Échale un vistazo.

Lexa dejó el cuenco y se levantó con un gesto de dolor. Aún tenía molestias en las costillas, y ningún remedio podía ser tan efectivo como moverlas lo menos posible. Se acercó a la figura durmiente de Furiano y sintió cómo temblaba su sombra, cómo despertaba en su barriga una conocida hambre que no tenía nada que ver con la comida que la estaba esperando. Lo cierto era que el Invicto tenía un aspecto un poco mejor. Su rostro estaba recuperando el color y, al tocarle la frente, Lexa notó que le había bajado la fiebre. Crispada por la agitación, retiró los vendajes para ver cómo iban las heridas. Seguían siendo espantosas, de aquello no cabía duda. El veneno de la sedosa le había quemado el músculo y la piel del pecho y el cuello. Pero en vez del desastre podrido y supurante que había visto la última vez, las heridas estaban limpias, saludables, rosadas. Ver las larvas gordas retorciéndose por las fisuras en la piel de Furiano todavía provocó náuseas a Lexa, y no olía precisamente a rosas. Pero alabada fuese la Negra Madre, la carne corrompida casi había desaparecido del todo.

—Es increíble —musitó Cantahojas.

—Es asqueroso —dijo Lexa.

Conteniendo las arcadas, Lexa terminó cediendo su cuenco de estofado a Colmillo, que dio un grave ladrido y empezó a engullirlo con deleite.

—Pero sí, es increíble —reconoció Lexa—. Buen trabajo, Larva.

La chica meneó la cuchara de madera como el cetro de una reina.

—Sois muy amable, mi dona, muy amable.

—¿Qué viene ahora?

—Esto es más arte que ciencia, ¿vale? —respondió Larva, limpiándose la nariz con el brazo—. Creo que en unos pocos giros podremos quitarle las larvas. Mi madre me dijo que las ahogara en vinagre caliente, pero me da pena después del trabajo que han hecho. Luego mantenemos las heridas limpias, aplicamos ungüento y a él lo tenemos dormido. La fiebre aún oscila, y si tenemos mala suerte la infección podría volver. Le falta mucho para salir del desierto, pero, entre nosotras, tiene unas posibilidades bastante decentes.

—¿Podrá luchar en el Magni? —preguntó Cantahojas.

—Poco a poco —dijo la niña—. Tampoco hago milagros.

—Pues a mí esto me parece un milagro. —Lexa negó con la cabeza, admirada, y sonrió a la chica—. ¿Y todo esto te lo enseñó tu madre?

—Sí. Y podría haberme enseñado más, si hubiera tenido tiempo. A veces pienso en cuántos conocimientos se llevó a la tumba.

—Sí. —Lexa suspiró—. Te comprendo.

Larva pasó la cuchara por los bordes del cuenco y se chupó el labio.

—Es curioso, pero estaba pensando… que cuando sacas a una persona del mundo, no solo la sacas a ella, ¿verdad? También estás sacando todo lo que fue. —La niña escrutó el rostro de Cantahojas—. ¿Alguna vez piensas en eso, cuando matas a alguien en el estadio?

—No —dijo la mujer—. Por ese camino acecha la locura.

—Entonces, ¿en qué piensas? —preguntó Larva, dando otra cucharada.

—Yo pienso que mejor ellos que yo —respondió Cantahojas.

La chica se volvió hacia Lexa y habló con la boca llena.

—¿Y tú qué, Cuervo? ¿Piensas en las cosas que te estás llevando?

Lexa separó los labios, pero no encontró palabras que decir. La verdad era que sí pensaba en aquellos a quienes daba fin. Cada vez más, por lo que parecía. Los Luminatii que había matado en el Monte Apacible podía justificarlos sin problemas. Pero ¿y todos los que llegaron después? ¿Y el hijo del senador y el magistrado a los que había asesinado sin saber que era por orden de Azgeda? ¿Y los hombres del Agujero en los Jardines Colgantes? ¿Y los gladiatii a los que había matado en la arena? En cierto modo, todos ellos le habían allanado el camino hasta donde estaba, a pocas semanas de las gargantas del cónsul y el cardenal. Pero ¿de verdad podía considerar que eso la absolvía?

—Creo que el fin justifica los medios —respondió—, siempre que ese fin no sea el mío.

—¿De verdad crees eso?

—Tengo que creerlo.

—En fin. —Larva le dedicó una sonrisa triste—. Mejor tú que yo.

Colmillo gimió y lamió los dedos de Lexa con su lengua plana y rosada.

—Lo siento, chico —dijo ella, arrodillándose para rascar la barbilla del perro—. Ya te lo has comido todo. Me extraña que tengas sitio para más.

El mastín gimió de nuevo, esa vez con más fuerza, y se lamió el hocico. Lo restregó contra la mano de Lexa y luego caminó trazando un pequeño círculo con su muñón de rabo entre las piernas. Se sentó y dio como una tos, parecida a la de un gato al escupir una bola de pelo. Y mirando a Lexa con sus grandes ojos marrones, el perro tosió una sangre roja brillante que salpicó todo el suelo.

—Por los dientes de las Fauces —maldijo Lexa, apartándose.

El cuenco de estofado de Larva cayó de entre sus manos y derramó su contenido sobre la piedra.

—Cuervo…

Lexa alzó la mirada y vio un hilillo de sangre escapar de entre los labios de la chica.

—No me encuentro bi-bien… —susurró Larva.

—Ay, mierda —dijo Lexa.

Larva cayó de la losa y tosió sangre. Lexa corrió junto a ella y la atrapó antes de que llegara al suelo. Miró a Cantahojas y vio que estaba limpiándose los labios y que sus nudillos salían rojos. La dweymeri se agarró la tripa y tosió sangre por la piedra. Lexa miró a Colmillo, acurrucado en un charco rojo. El cuenco vacío del que el perro se había comido la tardera de Lexa…

—Ay, mierda.

«Veneno.»

—¡Socorro! —gritó—. ¡Ayuda!

Oyó chillidos de dolor procedentes del porche, palabrotas perplejas, toses rasposas. Cogió a Larva en brazos, la llevó con paso poco firme a la puerta de la enfermería y vio que todos los gladiatii del collegium estaban de rodillas o tumbados con la boca y las manos manchadas de sangre, los cuencos de estofado dispersos por las mesas y el suelo. Larva gimoteó y tosió más sangre en el pecho de Lexa. Un anonadado Dedo miraba la carnicería con los ojos muy abiertos, y había también varios guardias perplejos.

—¡No os quedéis ahí plantados! ¡Ayudadme, joder! —bramó Lexa.

Dedo vio a Larva en brazos de Lexa y fue a su lado. En algún lugar de la casa, alguien empezó a hacer tañer la alarma. Entre Lexa y Dedo llevaron de vuelta a Larva al interior de la enfermería y la tumbaron en una losa. Cantahojas se había desmayado y le salía sangre por la boca. Lexa recorrió la estancia con la mirada, pensando a toda velocidad. Se arrodilló junto al cuenco de Larva, metió un dedo en el estofado, lo saboreó y escupió. Por debajo de las especias, había notado un amargor, un regusto metálico. Con la mente en llamas, repasando todos los conocimientos que la habían convertido en la alumna favorita de Mataarañas, repitió los cuatro principios de las toxinas.

«Inoculación: ingesta.»

«Eficacia: letal.»

«Celeridad: cinco minutos o menos.»

«Localización: estómago e intestinos.»

Los ojos de Lexa se ensancharon al llegar la respuesta de golpe a su mente.

—Es elegía —dijo volviéndose hacia Dedo.

—¿Estás…?

—Sí, estoy segura, joder. ¿Tienes leche de vaca en la cocina? ¿O nata?

—Tengo leche de cabra para el té de la dona.

—Ponla a hervir. Toda. Ya.

—Pero…

—¡Ya, Dedo!

El cocinero se marchó tambaleándose y Lexa empezó a buscar entre los frascos y viales de Larva. La elegía era un veneno mortal, bastante difícil de preparar a menos que una supiera lo que hacía. Pero era de las primeras toxinas que Gustus le había enseñado a crear y, aunque el antídoto no era muy conocido, era un envenenamiento bastante fácil de contrarrestar para una hoja de Nuestra Señora del Bendito Asesinato. Agradeciendo que la dona hubiera permitido a Larva reponer sus suministros, Lexa saqueó los estantes y cogió los ingredientes que necesitaba.

«Hierbadestello. Tuercema. Cardo lecher...»

—Por las Cuatro Hijas.

Lexa se volvió y vio a la dona Echo en camisón, de pie frente a la puerta de la enfermería. A su lado estaba la magistrae, horrorizada. La alarma seguía tañendo.

—En nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿qué…? —dijo Echo con un hilo de voz.

—Veneno —la interrumpió Lexa—. Elegía, mezclada en la tardera. No nos queda mucho tiempo y no encuentro el puto nitrato de plata. ¿Tenéis un espejo?

La mirada de la dona estaba clavada en la cara de Larva, en la sangre que le caía de los labios.

—¡Echo! —gritó Lexa—. ¿Tienes un espejo?

La mujer parpadeó y miró a Lexa.

—Eh… sí.

—Llévalo a la cocina. ¡Ya! —Se volvió hacia los guardias que había junto a la señora de la casa—. Tú, lleva a Larva. Vosotros dos, a Cantahojas. ¡Deprisa!

—¡Haced lo que dice! —ladró Echo.

Lexa reunió su cargamento de viales y frascos y corrió por el patio seguida de los guardias, mientras Echo iba a toda prisa hacia su dormitorio. Oyó que Larva tosía otra vez, y Cantahojas estaba gimiendo. El porche parecía un campo de batalla, atestado de gladiatii tendidos en charcos de sangre. Despiertaolas estaba bocabajo, Bryn apoyada en una mesa con densos chorros de sangre y moco derramándose de entre sus labios, Wells tumbado de espaldas. El executus estaba de pie en el centro de la carnicería, mirando con horrorizados ojos muy abiertos.

—¡Arkades, pon a Wells de costado! —gritó Lexa al pasar corriendo—. ¡Que nadie se quede bocarriba, o se ahogará con su propia sangre!

En la cocina, Dedo estaba inclinado sobre un gran caldero, removiendo la humeante leche que contenía. Lexa lo empujó a un lado y empezó a añadir sus ingredientes, midiéndolos con meticulosidad a pesar de las prisas. No podía perder ni un segundo, pues a cada instante Larva y los demás estaban más cerca de la muerte. Pero como siempre, el pasajero de su sombra le mantenía los nervios de acero y las manos firmes. Primera regla de los venenos: un antídoto mal mezclado era tan malo como ningún antídoto. Los guardias depositaron a Larva en la mesa de la cocina, detrás de ella. La chica, pálida como un cadáver, gimió y soltó otro chorro de sangre.

—¡Despejadle la garganta! ¡Tiene que respirar!

Sudor en los ojos. Un latido atronador bajo la piel. Larva tosió otra vez y le explotó una burbuja de brillante rojo en los labios.

—Larva, sigue respirando, ¿me oyes?

Echo llegó con el gran espejo ovalado de la pared de su dormitorio.

—¿Este servi…?

Lexa se lo arrebató, cogió un cuchillo de cocina y le sacó el marco. Llevó la hoja a la parte trasera del espejo y empezó a raspar con ahínco la capa reflectora de nitrato de plata, dejando caer brillantes copos de metal a la mesa. Larva tosió otra vez y la cabeza le osciló sobre los hombros como si tuviera el cuello roto.

—¡Cuervo, ha dejado de respirar! —exclamó la magistrae.

—¡Larva, no te me mueras! —gritó Lexa por encima del hombro.

Recogió los copos de nitrato y los trituró en un mortero. Volvió a apartar a Dedo y añadió el polvo al preparado que hervía en el fogón, llenando el aire de un olor a metal quemado. Miró hacia atrás y vio que Larva estaba teniendo espasmos en brazos de Echo. Escaparon de labios de Lexa plegarias a la Negra Madre, a las Cuatro Hijas, a quienquiera que estuviera escuchándola.

—Por favor —susurró—. Por favor, por favor, por favor…

El bebedizo estaba listo. Lexa puso una buena dosis en una taza de arcilla y se volvió hacia Larva. Estaba blanquecina como la muerte, quieta como una represa de molino. La dona tenía los ojos como platos y el camisón y las manos manchados de la sangre de la chica.

—Da una taza a cada afectado —ordenó Lexa a Dedo—. Primero a los que estén inconscientes. Que se beban al menos tres tragos, y llévate un embudo por si lo necesitas. ¡Venga, venga!

Lexa sacó a Larva de entre los brazos de Echo, respirando deprisa. Tumbó a la chica bocarriba, limpió la espuma sanguinolenta de sus labios y le abrió la boca. Sosteniendo la taza con manos seguras, vertió una dosis generosa en su boca.

—Trágatelo, cariño —susurró, masajeándole la garganta—. Traga.

Larva no la escuchaba. Y desde luego, no estaba tragando. Lexa tiró de ella para incorporarla y el antídoto cayó de entre los labios de la niña. Echo y la magistrae ayudaron a sostener erguida a Larva y Lexa le echó la cabeza hacia atrás y vertió más bebedizo en su boca abierta.

—Traga, Larva —suplicó—, por favor.

Lexa frotó el cuello de la chica y la sacudió con suavidad. Larva no respondía, no se movía, no respiraba. Colgaba laxa de sus brazos como una muñeca rota. La hoja que había en Lexa ya había visto antes todo aquello. Pero la chica que también era, la que miraba a Larva y veía un tenue reflejo de sí misma, se negaba a creerlo. Rezó pidiendo un milagro, como en los libros que leía de pequeña. Rogó que llegara algún príncipe en su corcel plateado y despertara a Larva con un beso. Que llegara alguna anciana hada con los bolsillos llenos de magya y deseos para conceder. Lexa notó cálidas lágrimas en los ojos, un peso abrumador en los hombros. En su tripa estaba cobrando fuerza un chillido, pero la voz le salió como un susurro.

—Por favor, cariño.

«Es curioso que cuando sacas a una persona del mundo, no solo la sacas a ella, ¿verdad?»

Echo miró a Lexa con los ojos desorbitados por la conmoción y lágrimas surcándole las mejillas.

—¿Cuervo?

«También estás sacando todo lo que fue.»

—Por favor —rogó Lexa.

«¿Alguna vez piensas en eso?»

La taza cayó de los dedos de Lexa y se hizo añicos contra el suelo.

«¿Alguna vez piensas en eso?»