Capítulo 27. Amputación
Lexa no recordaba la última vez que había llorado de verdad. Había vertido unas lágrimas aquí y allá por el camino, pero nunca había sentido una aflicción del tipo primordial, del que arranca los sollozos, sacude hasta los huesos y deja vacío por dentro. No había llorado cuando fracasó en su iniciación. No había llorado cuando Clarke asesinó a Lincoln. No había llorado cuando el Sacerdocio ofició una misa discreta y enterró el recuerdo del chico en una tumba vacía del Salón de las Elegías.
El caso es que no se le daba muy bien el duelo.
Lexa prefería la rabia.
Estaba en la enfermería frente al cuerpo sin vida de Larva, con el estómago atenazado de furia. Habían peinado a la chica y le habían limpiado la sangre de la cara. Parecía casi como si estuviese dormida. Otho yacía a su lado, igual de pacífico. El corpulento itreyano tenía los ojos cerrados, suavizadas las líneas de preocupación que le habían arrugado los rasgos cuando combatía en la arena. Era un milagro que hubieran muerto solo dos de ellos, si es que la palabra «solo» tenía algún lugar en aquel pensamiento. Larva era demasiado pequeña y había consumido demasiada toxina, sin más. Otho era un hombre adulto y fuerte como un buey, pero había devorado su tardera y estaba repitiendo cuando le empezó a hacer efecto; llegados a ese punto, ya era demasiado tarde. Habrían perecido más halcones —todos, de hecho— de no estar Lexa allí. Supuso que quienquiera que hubiera envenenado la comida no contaba con que allí habría una asesina entrenada que prepararía el antídoto. El resultado había sido que la mayoría de los gladiatii sufrían diversos grados de hemorragias internas, pero el remedio que Lexa había mezclado los había salvado a todos de la muerte.
O a casi todos.
Colmillo estaba tendido en una manta ensangrentada, sus ojos de perro cerrados para siempre. El executus casi se había echado a llorar cuando encontró al mastín aovillado sobre un charco de sangre en el suelo de la enfermería. Estaba sentado al lado de Colmillo, pasando una mano encallecida por el costado del perro. Le temblaban los dedos, Lexa no podía estar segura de si de rabia o de pena.
—En nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿cómo ha podido suceder esto? —preguntó imperiosa Echo, mirando los cadáveres con los brazos en jarras.
—Muy sencillo —musitó Lexa, sin que su mirada se apartara del cuerpo de Larva—. Alguien envenenó las cebollas de la despensa con elegía y luego Dedo las usó para hacer el estofado. La cebolla es porosa y actúa como una esponja. Y su olor y su sabor ayudan a ocultar los de la toxina. Es buen método de inoculación. El asesino sabía lo que se hacía.
Echo se volvió hacia Dedo. El cocinero tiritaba entre dos guardias que lo tenían aferrado por los brazos. El pelo lacio le caía sobre los ojos y todo su cuerpo se agitaba.
—¿Qué sabes tú de esto? —preguntó la dona.
—Na-nada, domina —respondió el cocinero—. ¡Yo os sirvo con lealtad!
—Cualquier serpiente sisearía eso mismo —escupió Echo.
Dedo negó con la cabeza y le tembló la voz al replicar:
—Domina, yo… Siempre me habéis dado un trato bueno y justo. No tengo motivos para perjudicar a vuestro rebaño. Y nunca le habría hecho daño a la chiquilla. Para mí era como de la familia. Le serví la tardera con mis propias manos. —Los ojos se le llenaron de lágrimas y los labios de mocos al mirar el cuerpo inerte de Larva—. ¿Creéis que puedo tener la frialdad de mirarla a los ojos y sonreír mientras le… le doy el filo que va a matarla? —El pecho del hombre subió y bajo, su gesto torcido y surcado de lágrimas—. Nunca. Por Aquel que Todo lo Ve y todas sus Hijas, jamás.
Echo entornó los ojos, pero podía leerlo en la cara del hombre con la misma claridad que Lexa. Su delgado cuerpo temblando. Sus ojos inundados de dolor. O bien Dedo era un actor digno del mejor teatro de la república o de verdad estaba desolado por la muerte de Larva.
—¿Quién tiene acceso a la despensa? —preguntó Echo.
Dedo se frotó los ojos y se sorbió la nariz.
—Cualquiera que haya entrado en el fuerte ha podido manipular las provisiones, domina. La despensa no se cierra con llave por la nuncanoche. Yo… habría tenido más cuidado, pero no tenía la menor pista de que viviera una serpiente entre nosotros.
—Ni yo —dijo Echo—. Pero he estado dando el pecho a una, de eso no cabe duda.
—La elegía no es fácil de preparar —dijo Lexa—. Es peligrosa. Complicada. Pero en una ciudad tan grande como Reposo del Cuervo, seguro que hay alguna forma de comprarla, si se puede pagar.
—¿Y eso tú cómo lo sabes, exactamente? —gruñó Arkades.
—No he intentado ocultar nunca que sé de hierbas —replicó Lexa—. La diferencia entre un remedio y un réquiem puede ser tan pequeña como media pizca. Pero ya que estamos haciendo recuento, mi comida también llevaba la toxina.
—Entonces, ¿cómo es que no te has envenenado igual que tus compañeros?
—Porque no me la he comido —espetó Lexa.
—Es la segunda vez en otros tantos meses que esquivas una tardera sospechosa.
—¿Has mirado debajo de las vendas de Furiano? —preguntó Lexa, brusca—. Da puto asco. Solo el olor ya quitaría el hambre a un perro costroso, así que no digamos ya la visión.
—¿Así que le has dado tu potingue a mi perro y te has quedado a verlo morir? ¿Y luego resulta que tenías los ingredientes necesarios para salvar la vida a tus compañeros?
Lexa se volvió del todo hacia Arkades, con los dientes rechinando.
—¿Me acusas a mí de esto? ¿De envenenar a una niña de once años?
Arkades no le hizo caso y miró a Echo.
—Yo digo que si buscamos una serpiente entre nosotros, deberíamos empezar por quien más sabe de venenos, ¿no?
Entonces la ira se apoderó de Lexa, refulgente y cegadora, y le hizo dar un paso hacia Arkades con los puños cerrados. El hombretón se levantó con sorprendente velocidad, hombros cuadrados, barbilla baja. Lexa llegó a notar su gruñido retumbándole en el pecho.
—Inténtalo —dijo él—. Tú inténtalo.
—Executus, ya basta —restalló Echo—. Cuervo es campeona de este collegium. Ya se alza en la cima de la montaña. En nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿qué tenía que ganar envenenando a todos mis Halcones, y sobre todo a Larva?
—¿Qué tenía que ganar cualquiera? —preguntó la magistrae, recorriendo la estancia con la mirada—. Si buscamos al asesino, antes debemos averiguar sus motivos. ¿En qué beneficiaría esto a alguien?
—Beneficiaría a vuestro padre, domina —dijo Lexa.
Echo negó con la cabeza.
—No se atrevería a…
—Pensadlo —insistió Lexa—. Es dueño de todas vuestras deudas. Le debéis un dinero que, sencillamente, no tenéis. ¿Cómo compensabais antes vuestro déficit con los acreedores?
—Aún estoy haciendo cuentas —respondió Echo.
—Sí. —Lexa asintió—. Pero incluso con el premio de Fuerteblanco, ¿se os ha ocurrido alguna forma de hacer aparecer por arte de magya más de tres mil monedas de plata, que no pase por vender al menos unos cuantos gladiatii al Pandemónium?
Echo miró a Arkades y luego a la magistrae.
—No —reconoció.
—En ese caso, ¿qué ocurre si todos vuestros gladiatii están muertos y no tenéis a nadie a quien vender?
—Que lo pierdo todo —dijo Echo—. El Venatus Magni. Este collegium. Todo.
—¿Vuestro padre es la clase de persona capaz de asesinar para salirse con la suya? ¿Sería tan difícil para un hombre rico sobornar a algún guardia vuestro? O quizá a alguien incluso más cercano a vos.
—Desgraciada impertinente —espetó Arkades—. ¿Qué estás insinuando?
—Solo que existen dos tipos de lealtad —repuso Lexa—. La que se paga con amor y la que se paga con plata.
—Domina, esta…
Echo levantó la mano y cercenó la objeción de la magistrae a la altura de la rodilla. Se volvió hacia el capitán de su guardia y habló con voz fría e imperiosa.
—Cánico, quiero que se registren todos los dormitorios del fuerte. Todos los arcones, todos los armarios, todas las grietas de las paredes. Los guardias y tú buscaréis de tres en tres, y nadie registrará sus propias pertenencias, ¿entendido?
El capitán se dio un puñetazo en el pecho.
—Sí, domina.
Cánico dio media vuelta, reunió a los demás guardias y marcharon todos por el patio. Con el semblante oscurecido, Arkades dedicó una última mirada a su perro asesinado, a la chica asesinada, y empezó a renquear tras ellos.
—¿Adónde vas, executus? —preguntó Echo.
—A ayudar en la búsqueda, domina.
—De ese asunto ya se encarga Cánico. Llévate a Dedo y reunid leña para una pira. —Lanzó una mirada fugaz al cuerpo de Larva—. Es mejor no dejarlos aquí con este calor. Deben enviarse al Hogar, y a los tiernos cuidados de la dama Keph.
Estudiando el ademán de Arkades, Lexa vio que tenía las pupilas dilatadas, la respiración acelerada. Los síntomas de la reacción de lucha o huida.
—… tiene miedo… —llegó el susurro al oído de Lexa.
Pero al final, como siempre, el executus se inclinó.
—Vuestro deseo, mi voluntad.
Lexa nunca había olido un cuerpo mientras ardía.
Había olido la muerte, eso por supuesto. El nocivo hedor de los vientres desgarrados. El dulce y penetrante perfume de la descomposición. Pero hasta que salió al patio de Nido del Cuervo y oyó la madera seca chisporrotear y chasquear en contrapunto a la canción del mar, nunca había olido una pira funeraria. Había leído historias siendo niña, de amantes apenados o huérfanos que enviaban a sus seres queridos al más allá cabalgando un corcel de llamas. Tenía cierto romanticismo, había pensado. Era algo feroz, brillante, duradero. Pero los libros nunca hablaban del olor. Del pelo quemado, la sangre bullente y la piel ennegrecida.
Era espantoso.
Habían tendido a Larva encima de la leña que habían llevado Arkades y Dedo, al lado de Otho. No era la mayor pira jamás creada, pero habían usado toda la leña que había en la cocina, apilada en ordenadas hileras hasta alcanzar el metro de altura. Los dos cuerpos estaban vestidos con sencillas ropas de algodón, sus rostros descubiertos hacia el cielo. La dona Echo pronunció unas quedas oraciones a Aquel que Todo lo Ve, de pie junto a los cadáveres. Les pusieron sendas coronas de flores sobre el pecho y una pequeña moneda de caoba debajo de la lengua.
Y entonces, les prendieron fuego.
Casi todos los gladiatii contuvieron su dolor, pero Bryn sollozaba sin reparos. Era el segundo funeral al que asistía en una semana, y las heridas por la pérdida de su hermano se habían reabierto y volvían a sangrar. Wells fue el único otro gladiatii que dejó caer lágrimas, agitando aquellos hombros musculosos y enormes. Lexa pensó en el enigma que representaba, en la marca de su pecho, en sus lascivas bufonadas, todo ello en contraste con el hombre que había hablado con tanta adoración de su padre y que había intentado consolarla en la oscuridad. Las llamas crecieron y el humo se alzó hacia el cielo refulgente. El choque de olas distantes. El graznido de las gaviotas que volaban en círculos. La quejumbrosa plegaria a Aa de la dona Echo. Una vez pronunciados los ritos, Echo agachó la cabeza y se apartó solemne de la pira. Lexa la vio recorrer con paso trabajoso el patio, mientras le picaba por el humo el ojo que no llevaba vendado. Sabía que Echo era producto de la violencia con la que había crecido, que en el fondo las dos no eran tan diferentes. Si la infancia de Lexa hubiera sido distinta, podría haber sido perfectamente ella la señora de aquel fuerte. Pero una parte de ella no podía evitar culpar a la dona de lo que había ocurrido. Con solo que aquel collegium no existiera, con solo que a Larva no la hubieran vendido para ir allí…
«No. No tienes tiempo para los "con solo".»
Echo entró en el porche en el momento en que el guardia al que había puesto al mando de la búsqueda regresaba desde el interior. Lexa los miró de soslayo. Cánico hablaba en voz baja y amagando miradas hacia Arkades. Entregó lo que parecía ser una tela doblada a su ama, y el estómago de Lexa dio un vuelco.
—¿Arkades? —dijo Echo, volviéndose hacia su executus.
El hombre apartó la mirada de la pira encendida. En sus ojos aún se veía el mismo miedo que Lexa había percibido en la enfermería.
—¿Mi dona?
—Explica esto —dijo Echo extendiendo el brazo.
Entre sus dedos había una prenda de seda con ribetes de fino encaje. Los gladiatii se giraron para mirar mientras la pira seguía llameando al fondo. Arkades miró a los guerreros a los que había entrenado y su expresión se oscureció. Parecía reacio a mirar a Echo a los ojos y su voz salió teñida de vergüenza.
—Mi dona, si pudiéramos hablar en privado…
—Lo han encontrado en tu habitación —dijo Echo—. Bajo tu colchón. Ahora entiendo esas ganas que tenías de ayudar a Cánico y sus hombres a buscar. Pero dime, noble Arkades, ¿cómo es que se ha hallado ropa interior mía entre tus posesiones?
—Mi dona, yo…
—¿Y qué es esto?
Echo alzó un pequeño vial de líquido claro, que brilló a la luz de los soles.
Arkades parpadeó.
—No lo había visto en mi vida.
—Estaba envuelto en mi ropa interior. Oculto en tu pequeño escondrijo. ¿Es perfume, tal vez? ¿O un poco de licor para hacer más fáciles las nuncanoches? —Echo se volvió hacia Lexa y sostuvo el vial en la palma de la mano—. ¿Cuervo?
Tras una mirada a Arkades, con la que vio hincharse el miedo en su interior, Lexa cogió el vial de la mano de la dona. Le quitó el corcho, olió, metió un dedo, se lo llevó a la boca y escupió de inmediato, una vez, dos. Curvó los labios y miró a Echo.
—Es elegía, domina. No cabe duda.
La mirada furiosa de Echo hacia Arkades se empañó de lágrimas, le tembló el labio, su cuerpo entero se tensó de rabia.
—Tú.
El horror se acumuló en los ojos de Arkades.
—Mi dona, yo jamás podría…
—Entonces, ¿cómo es que estaba en tu habitación? —exigió saber Echo—. Y envuelto en la ropa interior que me robaste, nada menos. ¿O acaso niegas también saber nada de ella?
—No lo niego, la encon…
—¡Me conoces desde que era una niña, Arkades! Te tenía por un hombre de honor, que veía la justicia de mi causa. Creía que tu encaprichamiento era inofensivo, pero ahora comprendo que se tornó veneno ante mis ojos. —Agitó la seda delante de la cara del executus—. ¡Ahora veo de verdad lo que alberga tu corazón! ¡Ahora y solo ahora entiendo el motivo de que hayas caminado junto a mí todos estos años!
—¿Encaprichamiento? —Arkades había palidecido y tenía la voz quebrada.
—¿Cuánto te paga mi padre?
—¿Qué?
—¿Cuánto? —chilló ella—. Bien hacía en preguntarme por los leones que llevabas en el jubón, por la cabeza de león de tu bastón. Creía que era un simple homenaje al lugar donde habías estado y la persona que eras, ¡pero ahora veo que es la verdad! ¡Siempre fuiste su hombre! ¡Siempre!
La magistrae posó una mano suave en el hombro de su ama.
—Domina, por favor.
Echo gruñó y se zafó de la mujer.
—¿Acaso te prometió que me tendrías? ¿Que sería un trofeo roto más que esconder bajo tu colchón con el resto de tus trapos sucios? ¿Y envenenas mi rebaño y asesinas a una niña de once años para conseguirlo? ¿Después de lo que él le hizo a mi madre? ¿Me sonríes como una serpiente y me ofreces tu consuelo?
Las lágrimas relucieron en los ojos de Arkades.
—¿Me consideráis capaz de…?
—Te considero un mentiroso —dijo Echo con desdén—. Te considero un asesino. Te considero un viejo triste gobernado por su lujuria y por la condenada bebida y por el recuerdo de una gloria pasada que se torció y se pudrió. —Echo inhaló bocanadas entrecortadas entre dientes apretados—. Te considero, punto por punto, igual de hijo de puta que mi padre. Te quiero fuera de mi collegium.
—Echo, yo…
—¡Vete! —rugió ella—. ¡O juro por Aquel que Todo lo Ve y sus Cuatro Hijas que te mostraré la misma piedad que mostraste tú a la niña que arde en esa pira!
La mujer se quedó temblorosa, con lágrimas cayéndole por las mejillas. Pero tenía la mandíbula apretada y los dientes expuestos en un gesto feroz. Arkades estaba descompuesto, como un espejo roto, casi resollando, pálido. Al mirar a los gladiatii halló solo desprecio y rabia. Se volvió de nuevo hacia Echo con dolor en los ojos y una última y desesperada súplica en los labios.
—Por favor…
—¡VETE! —chilló Echo, abalanzándose sobre él y haciendo aspavientos con los puños. Raspándole la cara, arañándole los ojos—. ¡VETE! ¡VETE!
Arkades retrocedió a trompicones y la magistrae apartó de él a Echo, que se revolvía y no dejaba de chillar. Los guardias se acercaron para separarlos, con las manos en las espadas y mirando furibundos al executus. Cánico le puso una mano en el pecho y lo empujó más atrás, con una advertencia clara en sus facciones. Saltaba a la vista que el capitán no deseaba desenfundar su arma, pero los deseos de su ama estaban claros y el olor de la niña que ardía pendía pesado en el aire. Arkades recorrió el patio con la mirada y no encontró amigos. Se le anegaron los ojos de lágrimas. Abrió la boca para hablar pero no halló palabras que lo salvaran. Buscó en las caras de sus expupilos y no encontró a ninguno dispuesto a poner la mano en el fuego por él. Lexa vio las palabras que se agitaban tras los dientes de Arkades, pero al mirar a Echo a los ojos distinguió solo odio y rabia. Y sin más opciones viables, dio media vuelta y empezó a renquear hacia el portón.
—¡Llévate esto! —gritó Echo, y le tiró la ropa interior a la espalda—. ¡Espero que te consuele en la nuncanoche!
El executus se detuvo y echó la vista atrás. Pero sin abrir la boca, agachó la cabeza y se limitó a seguir andando. Lexa lo vio marcharse, sin saber muy bien qué pensar. Los celos podían llevar a un hombre a actos extremos, y era cierto que Arkades seguía llevando los leones de su antiguo amo en el pecho. Descubrir que la mujer a la que tan evidentemente amaba estaba acostándose con Furiano debía de haber sido un duro golpe para él, y el amor puede convertirse en cáncer cuando se diluye con la traición. Pero a una parte de Lexa le costaba creer que Arkades fuese capaz de una traición tan vil a Echo. Apoyada en su magistrae, la dona abandonó el patio, todavía sollozando. Lexa volvió a mirar la pira y vio que las llamas se elevaban más hacia el cielo. El calor le acarició la piel. El humo le besó la lengua. Había mucho en juego. Estaba muy cerca del final. Tenía mucho que arriesgar antes de llegar a él, y muchísimas ganas de alcanzarlo.
No podía esperar a que todo aquello terminara.
—Adiós, Larva —susurró—. Te echaré de menos.
Y siguió sin poder recordar la última vez que había llorado.
Del baño salían volutas de vapor y el agua casi le escaldó la piel. Lexa se hundió con un suspiro y el calor alivió el dolor de sus costillas. Bajo la superficie, intentó acallar sus pensamientos, silenciar sus dudas y su rabia y disfrutar de un momento de calma. Solo por un segundo. Por un instante. Bryn entró en los baños caminando como una sonámbula. Tenía los ojos inyectados en sangre, las mejillas enrojecidas. Sin mirar a Lexa, se desnudó y se introdujo en el agua, que se le llevó las lágrimas de la piel. Se quedó sumergida casi un momento de más y Lexa estaba a punto de ir a sacarla cuando Bryn por fin emergió, con el rostro rodeado de húmedo rubio. La chica flotó hacia una esquina y se quedó quieta como una piedra, como una estatua, como un cadáver, contemplando las ondulaciones de la superficie sin decir nada en absoluto.
—Un giro duro —dijo Lexa.
—Sí —musitó Bryn.
—La domina ha hecho bien el servicio.
—Sí.
—¿Cómo te encuentras?
Bryn alzó la mirada un momento y sus ojos empezaron a enfocarse.
—¿Tú cómo crees? —susurró.
Lexa agachó la cabeza y miró el vapor arremolinado.
—Ya.
Despiertaolas entró con paso pesado en los baños y se desató la tela de la cintura. Lexa no recordaba ni un solo giro en el que se hubieran bañado juntos y el grandullón no le hubiera regalado una canción, pero Despiertaolas no entonó ni una sola nota esa vez. Su silencio, tan poco propio, impregnó el aire y llenó de pena el pecho de Lexa. Pensó en la pelea de agua que habían librado, allí mismo, con Byern, hacía solo unas semanas. Pensó en la niñita que había ardido en la pira y en todo lo que se había perdido con ella.
«Estas personas no son tu familia, ni tus...»
—¡Por las Cuatro putas Hijas!
Lexa vio a Wells pasar a zancadas entre los guardias apostados en la entrada de los baños. Cerró la puerta a su espalda, se desnudó y se metió en el agua, con los ojos como platos, respirando deprisa.
—Pareces alterado —dijo Despiertaolas.
—De parecer, nada, hermano.
—¿Qué sucede?
—Nuestra puta domina —gruñó el enorme itreyano—. Me lo acaba de decir Milaini, una chavala del servicio. Echo ha enviado misiva al cabrón de Varrón Caito para invitarlo a la tardera mañana.
—¿Para qué quiere sentarse a la mesa con un tratante de carne? —preguntó Despiertaolas.
—¿Tú para qué crees? Porque planea vendernos al Pandemónium —dijo Wells bruscamente—. Ya tiene escrita una lista, parece ser. Milaini la ha visto en su mesa.
—¿Quién está en esa lista? —preguntó Lexa.
—Bryn, para empezar —dijo Wells, con un gesto de la cabeza hacia la vaaniana.
Bryn parpadeó, como si aquello fuese lo primero que oía de la conversación.
—¿La domina quiere venderme a Varrón Caito?
—Necesita dinero —gruñó Wells—. No puede permitirse comprar otro auriga para formar un nuevo equipo de equillai. Pero después del espectáculo que diste en Fuerteblanco, sacará una fortuna por ti.
—¿Quién más? —preguntó Despiertaolas, malcarado.
—Cantahojas —escupió Wells—. Félix. Albano. Carnicero. Y yo.
—¿Va a vender a Cantahojas? —dijo Lexa entre dientes.
—Va a vender a cualquiera a quien le lata el puto corazón —respondió Wells—. Necesita tres mil sacerdotes de plata y lo está apostando todo a que tú ganes el Venatus Magni, Cuervo. Todos los demás solo somos sacos llenos de monedas para ella.
Bryn negó con la cabeza y susurró:
—Mierda.
—¿Es lo único que tienes que decir? —siseó Wells, incrédulo.
—¿Y qué otra cosa quieres que diga? —gruñó la chica.
—Que no vas a dejarte vender como escoria para morir en el Pandemónium —dijo Wells con voz gutural—. Porque, por las Cuatro putas Hijas, yo no pienso dejarme.
—¿Y qué elección tenemos?
Wells echó una mirada fugaz a la puerta cerrada y bajó más la voz.
—Siempre queda otra opción —dijo.
Lexa tuvo un escalofrío al mirar a Wells a los ojos.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a que el executus se ha ido, y su látigo con él —respondió Wells—. A que esos guardias de ahí fuera son más blandos que la mierda de bebé y nosotros somos gladiatii de pleno derecho. Podríamos matarlos a palos con las espadas de entrenamiento, si nos lo propusiéramos. Y más contando con el factor sorpresa.
Despiertaolas frunció el ceño y se rascó la barbilla.
—Sí —musitó—, es verdad que podríamos.
Los ojos de Bryn se ensancharon y su voz salió como un furioso bisbiseo.
—¿Estás hablando de rebelión? ¿Es que te has vuelto loco? ¿Quieres terminar ejecutado en el Magni?
—¿Y tú prefieres morir en el Pandemónium? —contraatacó Wells—. Porque, por si no te has dado cuenta, hermana, esta casa se está derrumbando a nuestro puto alrededor. Yo tengo intención de abandonarla antes de que se caiga el techo.
—Esto no está bien —convino Despiertaolas—. Cantahojas luchó con honor. Cuervo sería la primera en admitir que no se habría alzado victoriosa contra la Exiliada de no ser por ella, ¿verdad?
Lexa asintió despacio.
—Verdad.
—¿Y ahora van a venderla como carne? ¿Porque tiene destrozado el brazo de la espada? —El itreyano miró a Bryn—. Tu hermano entregó su vida por esta casa, ¿y así es como Echo honra ese sacrificio? ¿Colocando a su hermana con ese hijo de puta de Varrón Caito? No pienso tolerarlo —espetó Wells—. No puedo. No lo haré.
Despiertaolas miró a Wells y meneó la cabeza.
—Ni yo.
Lexa se lamió los labios y habló en voz baja.
—Esperad.
Los tres gladiatii la miraron, esperando a que siguiera hablando. Después de sus actuaciones en la arena, no había ni uno solo de ellos que no le guardara respeto. Y aunque ella comprendía lo injusto que era aquello, aunque sabía que, de estar en su posición, casi con toda certeza estaría empleando los mismos argumentos…
Si los gladiatii del collegium de Titus se rebelaban, no podría llegar al Venatus Magni. No podría cobrarse su venganza. Si los ayudaba, en el mejor de los casos sería una fugitiva en una república donde tales actos de rebeldía se castigaban con brutalidad. En el peor, sencillamente la matarían en el intento. Y si no participaba pero permitía que ocurriera, lo más probable era que los Administratii la crucificaran de todos modos por pertenecer a una casa rebelada. Pero quedarse parada sin hacer nada mientras vendían a Bryn, a Cantahojas y a Wells…
—¿Que esperemos? —preguntó Wells—. ¿Que esperemos a qué?
—No nos precipitemos —dijo Lexa—. Las heridas del funeral de Larva aún están recientes. Solo digo que nos lo pensemos durante unos cuantos giros antes de hacer algo imprudente.
—¿Imprudente? —Wells frunció el ceño—. ¡Estamos hablando de nuestras vidas!
—A algunos puede valerles esperar —dijo Despiertaolas—. Pero no todos somos campeones que gozan del favor de la dona.
—Y ese favor cambia igual que el viento, Cuervo —dijo Bryn, que al parecer iba aceptando la idea—. Mira lo poco que le ha costado librarse de Arkades.
—Solo estoy aconsejando paciencia —insistió Lexa—. Caito y Echo tomarán la tardera mañana, pero no se concertará ninguna venta en un giro o dos. La dona tiene la sangre tan exaltada como todos nosotros. Quizá con el tiempo recapacitará y buscará otra manera. Tal vez encuentre alguna solución en su libro de cuentas que le permita evitar vender a nadie. Estoy segura de que no desea separarse de ninguno de nosotros.
—Si crees que esa mujer tiene un ápice de lealtad en su interior —dijo Despiertaolas—, es que eres la necia por la que nunca te he tomado. Echo piensa solo en su propia gloria, no en la de nadie más.
—Paciencia —suplicó Lexa—, por favor.
Los tres gladiatii se miraron entre ellos, ceñudos. Pero parecía que no habría más discusión de momento y todos cayeron en un silencio huraño y preocupado. Y al ver que tenía poco más que decir y ningún consuelo que ofrecer, Lexa se decidió a salir del baño, secarse con una toalla, envolverse con sus telas y abandonar con paso ligero la estancia. Recorrió el pasillo hacia su celda con la mente funcionando a toda velocidad. Sabía que no podía permitir que hubiera una rebelión contra Echo: su plan entero se vendría abajo si sucedía. Pero si dejaba que la dona se saliera con la suya, si no hacía cambiar de opinión a Echo, Wells, Cantahojas y Bryn podían darse por muertos. Nadie sobrevivía al Pandemónium. Ni siquiera los mejores guerreros duraban más que unos meses allí, como mucho. En los barracones se fue asentando un pausado silencio a medida que los gladiatii se acostaban para dormir en la nuncanoche. Wells regresó del baño y se sentó enfrente de Lexa en la celda. A ella aún no la habían trasladado arriba; con los acontecimientos de los últimos giros, suponía que Echo tenía preocupaciones más acuciantes que dar alojamiento a su nueva campeona. De modo que Lexa seguía enjaulada. Sintió los ojos de Wells posados en ella mientras las lámparas arkímicas atenuaban su brillo, mientras las conversaciones de los otros gladiatii remitían hasta cesar y por fin se veían reemplazadas por los sonidos del sueño. Como siempre que estaban solos, el hombre se quedó callado. Sin presionarla.
Solo mirándola.
Los minutos pasaron dando la impresión de ser días. Los ojos del itreyano siguieron fijos en ella.
Sin parpadear.
Sin hablar.
—Por la Negra Madre, ¿qué? —siseó Lexa por fin.
—No he dicho nada —susurró Wells.
—Entonces, ¿piensas quedarte ahí sentado mirándome toda la nuncanoche?
—¿Prefieres que hable?
—Sí, coño, dime lo que tengas que decirme. No estabas tan tímido en el puto baño. ¿Nos quedamos solos y de repente se te come la lengua el gato?
—¿Y de qué quieres que hablemos? Ya has dejado bastante claro lo que opinas.
—Llevas siguiéndome como un condenado sangralcón desde que descubriste quién soy. Y no me has preguntado por ello nunca, ni una sola vez. Pero al primer susurro de… —Lexa miró alrededor y bajó la voz—. Al primer susurro de rebelión, de pronto se te suelta la lengua.
—Los actos que emprendamos al respecto de mi inminente venta me conciernen directamente, Cuervo. Pero en relación con tu ascendencia, no me corresponde hablar. Y si albergabas dudas, solo tenías que preguntarme. Te sigo por respeto a tu padre. Él habría querido que cuidara de ti.
—¿Qué sabrás tú lo que habría querido mi padre?
Wells soltó una risita.
—Más de lo que crees, pequeña Cuervo.
—Eras soldado. Te marcaron por cobardía y te echaron de la legión. No tratabas con él. No lo conocías.
Wells negó con la cabeza y la miró con un brillo herido.
—Sé que estaría abochornado por aquello en lo que se ha convertido esta casa.
Eso hizo callar a Lexa. Dio una bocanada profunda y temblorosa y miró las paredes que los rodeaban. Los barrotes de hierro y la miseria humana. Lexa se había frotado a conciencia en el baño, pero seguía oliendo el humo de la pira funeraria de Larva en su pelo.
—Te llamas Lexa, ¿vedad?
Ella alzó la mirada de sopetón, entrecerrando los ojos.
—Tardé un poco en recordarlo —dijo Wells—. El justicus hablaba de ti a veces, pero acostumbraba a reservarse los detalles sobre su familia. Creo que así se sentía más cerca de vosotros, al no compartiros con otros. Al no mancillar sus pensamientos sobre vosotros con toda la sangre y la mierda que veíamos cuando estábamos de campaña.
—Sí —respondió ella por fin—. Lexa.
—Tu hermano pequeño se llamaba Aden.
—Sí.
Wells asintió, se sorbió el labio y no dijo nada.
—Por las Hijas, escúpelo de una vez —dijo Lexa.
—¿Que escupa qué?
—El reproche que está claro que tienes dando vueltas detrás de los putos dientes. «Tú puedes salir de entre estas paredes cuando quieras, Cuervo, no tienes derecho a impedirnos que intentemos hacer lo mismo. Aunque fracasemos, los Administratii no podrán capturarte. No existe celda que pueda retenerte.»
—¿Eso es lo que estaba pensando? —preguntó Wells—. ¿O lo que estabas pensando tú?
—Que te jodan, Wells.
—Tardé un tiempo —dijo el hombretón—. En meditarlo. En pensar por qué estás aquí, por qué quieres combatir en el Magni. Y entonces recordé quién bajaría a la arena cuando te proclamaras vencedora. Los mismos hombres que lo juzgaron a él, ¿verdad? Los mismos hombres que sonreían en su ejecución.
Lexa no respondió. Se limitó a mirar a Wells.
—No estuve presente cuando lo ahorcaron —prosiguió Wells—. Ya estaba encadenado para entonces. Pero me enteré después. Oí que la dona Wood estaba de pie en los muros del foro, por encima de la aullante multitud. Con una niñita en brazos. Esa eras tú, ¿a que sí? Menudo espectáculo para obligar a tu hija a contemplarlo.
—Quería que lo viera —dijo Lexa—. Quería que recordara.
—Tu madre.
—Sí —espetó Lexa—. ¿Cómo la llamaste, «puta zorra estúpida»?
—Sí, ahí estuve desagradable. —Wells suspiró—. Pero me cuesta encontrar palabras agradables con las que definir a tu madre, Lexa, sabiendo lo que sé de ella.
—¿Y qué es lo que crees saber?
—Que Anya Wood era más ambiciosa que el justicus Nyko y el general Antonio juntos. Que la mitad de los centuriones de tu padre estaban enamorados de ella. Que tenía a un tercio del Senado comiendo de su mano. —Wells hizo cuña con los dedos bajo la barbilla—. ¿Cómo crees que pudo lograrlo? No era ni de lejos la espadachina en la que luego se convertiría su hija. Era política. ¿Crees que una mujer como ella pudo estar a punto de poner de rodillas a toda una república sin ponerse ella misma de rodillas de vez en cuando?
Lexa miró iracunda a Wells.
—No te atrevas.
—Sé que pretendes vengarlos —dijo Wells—. Sé que lo consideras justo. Es solo que no sé si opinarías lo mismo en caso de saber la clase de mujer que era tu madre. O la clase de hombre que era tu padre.
—Sé bien la clase de hombre que era. Era un héroe.
—Todos pensamos eso de nuestros padres —repuso Wells—. Nos dieron la vida, al fin y al cabo. Es fácil confundirlos con dioses.
—Como se te ocurra hablar mal de mi padre —susurró Lexa—, juro por la Negra Madre que acabo contigo en esta misma celda, joder. Estaba haciendo lo que creía que era mejor para la república y su gente. Era un hombre que seguía el dictado de su corazón.
—Yo amaba a tu padre, Lexa. Y lo serví tan bien como pude. Era una cosa que tenía. La lealtad que inspiraba en sus hombres… Creo que todos lo adorábamos, cada uno a su manera. —Wells clavó la mirada en Lexa—. Y sí, era un hombre que seguía el dictado de su corazón. Solo que no en la forma que tú crees.
—¿De qué estás hablando?
Wells suspiró.
—Tu padre y el general Antonio eran amantes, Lexa.
Lexa se encogió como si la hubieran abofeteado.
Le tembló el aliento.
El mundo entero se movió bajo sus pies.
—¿Qué?
—Lo sabía todo el mundo —dijo Wells—. Todos sus hombres, al menos. A nadie le importaba. Ni siquiera a tu madre, mientras fuese a escondidas. Ella se había casado con la posición, no con el hombre. Su matrimonio fue producto de la amistad. Quizá incluso de algún extraño tipo de amor. Pero antes que nada y sobre todo, fue producto de la ambición. Tu padre contaba con la lealtad de los Luminatii. Nos traía sin cuidado que, de vez en cuando, el aspirante a rey y el Coronador se metieran en la cama del otro. Algunos hasta lo encontraban romántico. —Wells se acercó a Lexa y su voz se volvió pesada y dura—. Pero no me vengas con que la rebelión se basó en el amor de Nyko Wood por la libertad y por el pueblo, Lexa. Se basó en su amor por Antonio. El general quería ser rey. Y tu padre quería ser el hombre que le pusiera la corona en la cabeza. Así de sencillo.
Lexa recordó las nuncanoches en Nido del Cuervo cuando los visitaba el general. Ella siempre lo llamaba «tío Antonio». Sus padres y él tomaban juntos la tardera, el vino fluía y sus risas resonaban por los largos pasillos de piedra roja.
Y después…
Quizá bajo aquel mismo techo…
—Mientes —susurró Lexa—. Estás mintiendo.
—No, Lexa —dijo Wells—. Solo estoy diciendo verdades difíciles.
Lexa se quedó quieta, callada, con el corazón martilleando en su pecho.
Parpadeando con fuerza.
No podía recordar bien la última vez que había llorado.
Wells suspiró.
—Duele, ¿verdad?, descubrir que quienes te dieron la vida son igual de mortales y frágiles que el resto de nosotros. Que el mundo no es como creías que era.
Lexa se limpió las lágrimas con manos temblorosas. Recordando la forma en que su padre besaba a su madre. Primero en un párpado, luego en el otro, y por último en su frente lisa y de color oliva.
Pero nunca en los labios.
¿Podía ser verdad?
«¿Importa si lo es?»
Si no había engaños entre ellos, ¿qué le importaba a ella con quién se acostaran sus padres? Aunque quizá no se amaran entre ellos, a ella sí que la querían los dos; de eso al menos sí que estaba segura. Le habían enseñado a confiar en su ingenio, a ser fuerte, a no tener miedo. Y ella los echaba de menos, incluso entonces, como si le hubieran tallado un agujero en el pecho el giro en que se los arrebataron. Pero si su padre no había sido el héroe del pueblo por el que Lexa lo tenía, si solo había intentado derrocar al Senado por sus propios motivos egoístas…
… ¿para qué toda aquella muerte y toda aquella sangre, exactamente?
«No.»
No, Azgeda y Jaha seguían mereciendo la muerte. Habían encarcelado a su madre y a su hermano, los habían dejado morir en una mazmorra dentro de la Piedra Filosofal.
«Daré recuerdos a tu hermano...»
—Sé lo que va a costarte permitir que se arme una rebelión bajo este techo —susurró Wells—. Pero piensa en Bryn. En Cantahojas. En Carnicero, en mí. ¿De verdad merecemos morir en un pozo impío porque Echo odia a su padre y tú amas demasiado al tuyo?
Silencio entre ellos, pesado como el plomo. Lexa observó al hombre, el hombre al que había tomado por un necio lujurioso, un matón, quizá hasta el cobarde que su marca decía al mundo que era. Vio que no era ninguna de esas cosas. Y sin embargo…
—¿Por qué no estabas allí cuando capturaron a mi padre y a Antonio? —preguntó con voz hueca—. ¿Por qué no estás muerto como el resto de sus hombres?
Wells dio un profundo suspiro y dejó caer la cabeza.
—A los centuriones Luminatii y a sus segundas lanzas nos informaron del plan de Nyko y Antonio la nuncanoche después de congregarnos. Antonio dio un discurso grandioso, en el que habló de corrupción, de soberbia, de que la república estaba en manos de hombres débiles e impíos. Y cuando terminaron los espadazos en los escudos y los golpes en el pecho… no pude hacerlo y ya está. La república está podrida, Lexa, eso no voy a discutirlo. Hay un cáncer devorando los huesos de este lugar, y Tumba de Dioses es su núcleo. Roan Azgeda es dos veces el tirano que habría sido Antonio. Pero nosotros éramos la Legión Luminatii. Soldados de Dios. La guerra que habría estallado si hubiéramos marchado contra nuestra propia capital, el sufrimiento que habríamos dejado a nuestro paso…
»Habrían muerto miles de personas. Decenas de miles, tal vez. ¿Y para qué? ¿Para que un hombre pudiera llevar una corona y otro pudiera ponérsela en la cabeza? No podía hacerlo. Fui a ver a mi centurión y se lo dije. Él me escuchó con paciencia mientras intentaba convencerlo de lo equivocado que era el plan. Y cuando terminé, me hizo apalear casi hasta la muerte, me marcó como un cobarde y me vendió al primer postor en el mercado. —Wells negó con la cabeza.
»Seis años encadenado por un instante de principios. Ese es el precio que pagué. Pero ¿sabes lo que he aprendido en todos los años que han pasado entre aquello y esto, pequeña Cuervo?
—No.
Wells fijó a Lexa en su mirada fría.
—Que no hay almohada más blanda que una conciencia tranquila.
Lexa se quedó sentada en la oscuridad, tiritando de la cabeza a los pies. Cayeron lágrimas por su mejilla. Y sin decir más, Wells se tumbó en la paja, rodó para ponerse de lado y cerró los ojos.
—Que duermas bien, Lexa.
