Capítulo 28. Cicatrices
—… esto es una imprudencia…
—Como tanto te gusta recordarme.
—… si no lo hago yo, ¿quién lo hará? ¿esa taruga de eclipse?…
—Si no te conociera, diría que tienes celos de ella y Clarke.
—… menos mal que me conoces, pues…
Lexa se arrodilló en el callejón, encontró la capa que le había dejado Clarke y se la puso en los hombros. Aunque merodear por Reposo del Cuervo llevando capa y capucha con el calor que hacía no era la mejor forma de evitar sospechas, sí resultaría más fácil que andar dando tumbos a ciegas bajo un manto de sombras.
—Tengo que hablar con ella, Don Majo —dijo Lexa, calándose la capucha—. Hace ya dos giros que volvió y las cosas están cambiando muy deprisa en el collegium.
—… hubo un tiempo en el que hablabas conmigo…
—Aún hablo contigo.
—… hum…
Don Majo subió de un salto al hombro de Lexa y le envolvió el cuello con la cola. Lexa salió del callejón y recorrió con disimulo la calle Pescador en dirección a la posada. Era tarde y el viento que llegaba desde el océano amenazaba con quitarle la capucha de la cabeza. Había gente aquí y allá haciendo sus recados y Lexa oyó sonar campanas en el puerto, pero aparte de los maleantes como ella, las calles estaban prácticamente desiertas.
—De acuerdo, pues —musitó—. ¿De qué quieres que hablemos?
—… ¿Por dónde empezar?... —llegó el susurro a su oído— … ¿Ese ser que te salvó la vida en galante? ¿Tu teoría de que los tenebros estáis relacionados de algún modo con la caída del imperio ashkahi? ¿El mapa tatuado en la espalda de Clarke? Y no olvidemos tu combate contra la sedosa y el segundo grupo de espadas que tan convenientemente olvidó debilitar…
—Ese error podría haberlo cometido cualquiera, Don Majo.
—… haces mal en confiar en ella…
—Si Clarke me quisiera muerta, podría haber acabado conmigo diez veces a estas alturas.
—… en cualquier caso, su implicación está nublándote el juicio. Hay demasiadas preguntas sobre lo que está pasando aquí, y no pareces estar buscando respuesta a ninguna de ellas…
—Lo que puedo hacer tras los muros del puto collegium tiene un límite —siseó Lexa—. El Magni es lo primero. Solo vamos a tener una oportunidad.
—… ¿recuerdas lo que te dijo ese ser sombrío en galante?…
—Que debería estar tiñendo de negro los cielos. Signifique lo que coño signifique.
—… dijo que tu venganza tan solo sirve para cegarte, Lexa…
—¿Insinúas que debería olvidar lo que hicieron Azgeda y Jaha?
—… solo digo que aquí puede haber algo más grande en juego…
—¿Y crees que no lo sé?
Doblaron la esquina hacia el callejón de detrás de la posada, que olía a basura y podredumbre. Lexa se quitó la capucha y Don Majo saltó a una caja rota y empezó a limpiarse sus garras traslúcidas mientras Lexa seguía hablando.
—Mira, llevo meses ya sintiéndome como un peón que solo alcanza a ver la mitad del tablero. Y las preguntas que me rondan por la cabeza son casi ensordecedoras. Pero todas esas preguntas seguirán necesitando respuesta cuando haya pasado la veroluz, y la posibilidad de dar fin a Azgeda y Jaha se habrá esfumado. A nuestro plan le falta una rebelión para irse al traste. Todo dependerá de los próximos giros.
—… bueno, si la idea de que los gladiatii se rebelen es lo único que te inquieta, la respuesta es evidente…
—¿Ah, sí? Pues te ruego que me la digas.
—… no puedes permitir que se lleve a cabo…
—No es tan sencillo, Don Majo.
—… sí que es tan sencillo. si aún deseas tu venganza, debes salir victoriosa en el magni. y no puedes ganar el magni si te han ejecutado por rebelión contra la república. No paras de hablar de lo mucho que has sacrificado para llegar hasta aquí. no puedes caer ahora, estando tan cerca…
—Así que debería dejar que Wells y los demás mueran, sin más.
—… no son tus amigos, Lexa…
—¿Quién eres tú para decirme eso?
El no-gato ladeó la cabeza.
—… yo sí que soy tu amigo. Tu amigo más antiguo. El que te ayudó cuando Azgeda ordenó que te ahogaran, ¿recuerdas? El que te salvó en las calles de tumba de dioses. El que estuvo a tu lado durante tus pruebas en la iglesia. Y en todo ese tiempo, ¿alguna vez te he orientado mal?…
Lexa sintió que se le acumulaba una réplica en los labios, pero antes de poder pronunciarla notó que su sombra titilaba y que una conocida gelidez le hacía cosquillear la piel. Una forma oscura se concretó a sus pies, elegante y lupina, que le pasó alrededor y por debajo de las piernas.
—… HAS VUELTO…
—Hola, Eclipse.
—… TE HE ECHADO DE MENOS…
—… venga, por favor…
Eclipse gruñó y clavó sus zarpas sombrías en el suelo. Don Majo fingió un bostezo.
—… para, para, que me estás dando miedo…
—… TE CONSIDERO DEMASIADO ESTÚPIDO PARA TENERME MIEDO, PEQUEÑO MININO. PERO ALGÚN GIRO, TE ENSEÑARÉ QUE SE PAGA UN ALTO PRECIO POR TENER DEMASIADA BOCA Y NO LOS SUFICIENTES DIENTES…
—… dime, querida chucha, ¿practicas esas amenazas tuyas sin filo cuando estás sola o te limitas a improvisar?…
Lexa frunció el ceño, su tolerancia a los sarcasmos del no-gato estaba bajo mínimos.
—Don Majo, sube a vigilar el Nido. Ven a recogerme si Furiano se mueve.
—… ¿me apartas de ti?…
—… OH, SE ME DESGARRA EL CORAZÓN…
—… tú y yo no tenemos corazón, pulgosa idiota…
—… NO OLVIDES RECORDÁRMELO CUANDO ESTÉ DEVORANDO EL TUYO…
El gato-sombra siseó y la loba-sombra gruñó. Pero con una ondulación en el negro que le rodeaba los pies, Lexa sintió que su pasajero se marchaba. Se arrodilló, pasó las manos a través de Eclipse y se le antojó sentir el más leve roce de fresco terciopelo en las yemas de sus dedos.
—¿Va todo bien?
Eclipse aún tenía el pescuezo erizado, pero al contacto con Lexa se fue calmando poco a poco. Lamió la mano de su ama con una lengua traslúcida y habló en tono suave.
—… VA BIEN. MEJOR, AHORA QUE HAS REGRESADO. ¿CÓMO ESTÁN TUS HERIDAS?…
Lexa tocó la venda que llevaba en la cara e hizo una mueca.
—Bastante bien.
—… PARECES TRISTE…
—Puede que un poco.
—… ¿TENEMOS QUE HACER DAÑO A ALGUIEN?…
—Tú tienes que quedarte aquí, Eclipse. A vigilar la calle, ¿de acuerdo?
—… COMO DESEES…
Lexa sonrió y se adentró en el callejón, contenta de que al menos una de entre sus daimones hiciera lo que se le pedía sin protestar. A medida que se alejaba más y más, y luego mientras trepaba por la bajante hasta el balcón que había en la ventana de Clarke, sintió que la influencia de Eclipse en ella empezaba a remitir y las mariposas comenzaron a colarse en su estómago. Era una sensación muy poco frecuente, fría y enfermiza y resbalosa. La hacía sentirse pequeña. La hacía sentirse débil.
Negra Madre, cómo aborrecía estar asustada.
Se agachó al lado de la ventana y acercó un puño al cristal. La odiosa sensación de insectos reptando por su tripa. El sudor frío que le picaba en los puntos de la mejilla. Lexa apretó los dientes, hizo acopio de entereza desde las plantas de los pies y llamó flojo. La ventana se abrió y Clarke estaba al otro lado, bañada en la ardiente luz de los soles. Por un instante, Lexa olvidó la sangre, la muerte, el miedo y tan solo se empapó de su visión. De la chica que había vuelto a arriesgar la vida recabando información en Fuerteblanco, debilitando las hojas de la Exiliada para equilibrar la balanza, siguiendo a Lexa de un extremo a otro de la república sin amedrentarse.
—Oh, diosa —suspiró Clarke, y posó sus labios sobre los de Lexa.
Lexa cerró los ojos, pasó las manos por la cintura de Clarke y dejó que la chica le sembrase la cara de besos. Clarke cogió a Lexa de la mano y la llevó a la cama, la tumbó y la rodeó con los brazos, apretando fuerte. A pesar del dolor de sus costillas partidas y de la tristeza de los últimos giros, Lexa respiró mejor, e inhaló la lavanda y el aroma de la alheña en el cabello de Clarke. Simplemente se dejaba abrazar y abrazaba a su vez.
—Te echaba de menos —susurró Clarke.
—Yo también a ti.
Volvieron a darse un beso, largo y maravilloso y suave. Clarke se apretó más contra ella y le hundió la cara en el cuello. Se quedaron así una eternidad, con sus cuerpos encajando como las más extrañas piezas de un puzle. De todos los lugares en los que Lexa había esperado hallarse en su periplo, envuelta en los brazos de aquella chica era el más improbable. El más cálido. El más dulce. Tras una larga y pacífica nada, Clarke por fin se soltó de los brazos de Lexa y la miró desde la coronilla hasta la sombra que proyectaba.
—¿Dónde está Don Burlitas? —preguntó.
—Lo he enviado de vuelta al fuerte.
—Seguro que no le ha hecho ninguna gracia.
Lexa se encogió de hombros, jugueteando con el extremo de una trenza de Clarke.
—Me estaba dando por saco. Siempre tiene alguna cosa sarcástica que decir. Siempre lo cuestiona todo. Siempre empuja. No sé, es que nunca es… agradable.
—Me suena a otra persona que conozco. —Clarke sonrió.
Lexa enarcó una ceja y clavó en Clarke una mirada venenosa.
—¿Ah, en serio?
—La verdad es el cuchillo más afilado, Wood.
—Me ofendéis, mi dona. Soy adorable de cojones, deberíais saberlo.
Clarke sonrió de oreja a oreja.
—En realidad, en eso había estado yo pensando.
—¿En cómo de adorable de cojones soy?
—No. —Clarke puso los ojos en blanco—. En tus pasajeros. En lo distintos que son entre ellos. Después de tantos viajes con Eclipse, he llegado a conocerla bastante bien. Ella y Don Simpatía con como la veroluz y la veroscuridad. Él es sarcástico, borde, un puto incordio. Eclipse es más sencilla, más directa. No cuestiona. Y me he dado cuenta de que esos rasgos se corresponden muy bien contigo y con mi señor Kane. Me contaste que nunca le interesó buscar la verdad sobre lo que significaba ser tenebro.
—Y crees…
—No creo nada. —Clarke levantó los hombros—. Es solo que me parece interesante. ¿Puede ser que los pasajeros hereden las maneras del primer tenebro al que se incorporan?
Lexa lo meditó un momento y le pareció que, como mínimo, tenía sentido. Si lo pensaba con sinceridad, era cierto que sus dos pasajeros se parecían mucho a las primeras personas con las que habían viajado. El humor amargo y negro y la mordacidad del gato-sombra. La lealtad incuestionable de la loba-sombra y su tendencia a las soluciones violentas para cualquier situación. ¿Era posible que Don Majo fuese solo un reflejo oscuro de ella misma?
Y si era así, ¿los pensamientos del no-gato no serían la mejor representación de lo que pensaba ella en realidad?
«… no son tus amigos, Lexa..»
—Me tenías preocupada —susurró Clarke—. En el venatus de Fuerteblanco. Perdona que se me pasara el segundo grupo de espadas. Qué tonta me siento.
Lexa parpadeó y su mente volvió a enfocarse. Miró a los ojos a Clarke. Se preguntó…
—Colarte por allí abajo sin que te vieran no tuvo que ser fácil —dijo—. Y al final, salió bastante bien.
Clarke se chupó el labio.
—Te hizo daño.
—Estoy bien. —Lexa suspiró—. Costillas rotas. Unos pocos arañazos.
Clarke se apoyó en el codo y pasó unos dedos suaves por el vendaje que cubría el ceño y la mejilla de Lexa.
—No parecía un arañazo cuando te lo hizo.
—Está bien, Clarke.
—Enséñamelo.
Lexa negó con la cabeza, tenía el estómago revuelto.
—Clarke, no es…
—Lexa —dijo Clarke en voz baja, cogiéndole la mano—. Enséñamelo.
El miedo. Acumulándose como veneno en su barriga. Quería de vuelta a Don Majo y a Eclipse, ya mismo. La vida era mucho más fácil sin tener que preocuparse de las consecuencias ni pensar en el dolor. Sus pasajeros eran lo que la hacía fuerte, lo que le permitía ser un terror de las arenas, sin distraerse por el daño que podría hacer o recibir en la lucha. Era de acero cuando los tenía en su interior. En cambio, sin ellos…
«Sin ellos, ¿qué soy?»
Por mucho que hubiera dicho que prefería parecer peligrosa que bonita, seguía asustada del aspecto que tenía bajo aquella venda. De lo que vería en los ojos de Clarke cuando se la quitara. Pero al mismo tiempo, sintió el fragor de su temperamento de siempre. De la furia que la había acompañado año tras año entre el giro en que mataron a su padre y el presente. ¿Qué más le daba a ella su aspecto? ¿Qué diferencia suponía en la persona que era?
Lexa subió la mano y se desató el vendaje de la frente. Se le había pegado a la herida, había sangre seca encostrada en la gasa y tuvo que tirar para sacarla, con una punzada de dolor. Clarke se quedó quieta, mirándola con aquellos hermosos ojos azules. Lexa echó un vistazo a su reflejo en el espejo. Al tajo que le bajaba por la frente y se curvaba en cruel garfio a lo largo de su mejilla izquierda, jalonado por las costuras de las firmes manos de Larva.
—No está tan mal —musitó Clarke.
—Mentirosa —replicó Lexa.
—Sí que lo soy. —Clarke puso media sonrisa—. Pero no en esto.
La chica se inclinó hacia delante y, con labios tenues como plumas, besó la ceja de Lexa. Descendió dejando atrás media docena de suaves besos a lo largo de la herida y, por último, apretó los labios contra los de Lexa.
—Las cicatrices son solo regalos que nos dejan nuestros enemigos —susurró Clarke al interior de su boca—. Nos recuerdan que no fueron lo bastante buenos para matarnos.
Lexa compuso una leve sonrisa y entrelazó los dedos con los de Clarke.
—Luchaste con valentía en la arena —dijo Clarke.
—Es fácil hacerlo con Don Majo y Eclipse a mi lado.
—Y aun así, aquí has venido sola. No ha podido ser fácil.
Lexa negó con la cabeza.
—No lo ha sido.
—Pues no te subestimes, Wood. No hay nadie vivo capaz de hacer las cosas que tú haces. Eres la persona más valiente que conozco. Diosa, cuando saltaste detrás de Cantahojas, pasé tanto miedo… —Clarke negó con la cabeza y dio a Lexa una juguetona palmada en la pierna—. No vuelvas a hacer otra estupidez como esa, ¿me has oído?
—No podía dejar que cayera, Clarke.
La mirada de la joven se suavizó y su entrecejo fue arrugándose muy poco a poco.
—¿Por qué no?
—Porque me salvó la vida.
—Y al salvar la suya, te pusiste en peligro. —Clarke negó con la cabeza y sus ojos azules destellaron—. No estamos aquí para eso, Lexa. Esto es más importante que la vida de una gladiatii. Hablamos del futuro de la república entera. Del fin de una tiranía a la que se ha permitido supurar demasiado tiempo. Del fin de la Iglesia Roja, del fin de…
—Sé para qué estamos aquí, Clarke. No soy una persona heroica. Ni la puta salvadora de nadie. El plan se me ocurrió a mí, ¿recuerdas?
—No parece que sea yo quien necesita que se lo recuerden.
Lexa frunció el ceño y se apartó del abrazo de Clarke. Fue a la cómoda, encontró sus cigarrillos, encendió su yesquero. Inhaló hondo pese al dolor de las costillas, sintiendo cómo el calor azucarado se extendía por su lengua y le hacía cosquillas en los labios.
—Larva ha muerto —dijo, y suspiró.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Parece que Arkades aderezó nuestra tardera con elegía. Estaba compinchado con Leónidas. Y Echo tiene que vender a unos cuantos gladiatii para quitarse a su padre de encima hasta sacarme a luchar en el Magni. Pero los gladiatii se han enterado de su venta.
—¿Y cómo se lo han tomado?
—¿Cómo coño crees tú? —Lexa se cruzó de brazos y se apoyó en la pared, con el cigarrillo sujeto entre los labios—. Pretenden rebelarse. Wells está intentando convencerme de que los ayude. Sabe que puedo escapar de las celdas y sacar a los demás. Si atacan en la nuncanoche, eliminarán a los guardias de Echo como el pis deshace la nieve.
—Mierda —dijo Clarke con un hilo de voz—. ¿Y cómo vas a detenerlos? ¿Contándoselo a Echo?
Lexa miró a Clarke y dio una fuerte calada al cigarrillo.
—¿Quién dice que vaya a detenerlos?
—Eh… ¿Qué?
—No merecen morir, Clarke. Ninguno de ellos. No por esto.
—Lexa —dijo Clarke—. Sé que sientes una afinidad con esa gente. Créeme que lo sé. Pero siempre te han preocupado demasiado los demás, hasta cuando eras discípula. Ya te lo advertí entonces y te lo estoy advirtiendo ahora.
Lexa frunció el ceño a la chica de la cama. Aquella antigua y deliciosa ira se estaba comiendo todo su miedo.
—Clarke, si no hubiera perdonado la vida a ese chico en mi prueba final, habría estado allí cuando envenenaste el banquete de iniciación. Habría acabado atada como Chss y los demás, a merced de los Luminatii.
—Yo no habría permitido que ocurriera.
—No podrías haberlo impedido —replicó Lexa—. Titus me habría degollado en el momento en que me echara mano. Así que no te engañes. Si no hubiera mostrado piedad y fracasado en la prueba, estaría igual de muerta que Lincoln.
Clarke se encogió. Dio una larga y entrecortada bocanada.
—Me echas eso en cara cada vez que discutimos. No es justo, Lexa.
—Ah, ¿y lo que le hiciste tú a él sí?
—Escucha, lamento que Lincoln tuviera que morir —dijo Clarke—. Sé que te importaba. A mí también me caía bien. Pero justo a eso me refiero, Lexa. Todo el mundo es importante para alguien. Los gladiatii que has matado en la arena, los Luminatii que masacraste en el Monte Apacible… Todos eran la hija o el hijo de alguien. Todos tenían a alguien que los llorara. Esto es más grande que una sola persona, y que mil. Esto es el futuro de la república. Y todo por lo que tanto te has esforzado.
Lexa torció el gesto y aspiró de su cigarrillo. Clarke bajó de la cama, anduvo hasta Lexa y la cogió de la mano.
—Naciste para esto. Y creo que lo sabes. En el momento en que tu padre decidió alzarse contra la república, quedaste destinada a cosas grandiosas y terribles. Pero el destino no te habría escogido si no fueses lo bastante fuerte para soportar su peso. Sé que estás asustada. Sé que estás dolida. Pero estamos cerquísima ya. Puedes hacerlo. Eres la persona más fuerte que conozco. Es una de las razones por las que te amo, Lexa Wood.
El humo con aroma a clavo se arremolinó entre sus dedos, flotó al aire y se entretejió con las palabras que seguían pendiendo densas sobre su cabeza.
—¿Qué has dicho?
Clarke se acercó y entretejió las manos con las de Lexa. Apretó el cuerpo contra el de Lexa. Posó sus labios en los de Lexa. El beso fue suave y dulce y vertiginoso, el suelo cayendo bajo sus pies, envuelta en un aroma a lavanda y clavo ardiendo y en un doloroso y suspirante anhelo. El mundo entero dejó de girar. El tiempo entero se paralizó.
—He dicho que te amo, Lexa Wood —susurró Clarke.
«Para la gente como nosotros, no existen promesas de un "para siempre"…»
—… Lexa…
Lexa contuvo el aliento, con el corazón atronando. Arrancó la mirada de los ojos de Clarke y vio una silueta familiar sentada en el alféizar. Un no-gato limpiándose la zarpa con la no-lengua.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—… Furiano… —respondió Don Majo.
Había corrido como una loca colina arriba, con la capa aleteando a su espalda, sin molestarse siquiera en ocultarse bajo su manto de sombras. Si alguien del Reposo la reconocía, que así fuera, pero las consecuencias de que la viera por la calle un ciudadano aleatorio palidecían en comparación con lo que sucedería si los guardias descubrían que no estaba en su celda. Había sido una imprudencia aventurar una visita habiendo tanto en juego. Se maldijo por idiota e intentó olvidar el hecho de que Clarke Griffin...
«Clarke Griffin ha dicho que me ama.»
Lexa apartó el pensamiento y prestó atención al dolor que le sacudía las costillas cada vez que apoyaba un pie en el camino.
—¿Está despierto? —preguntó casi sin aliento.
—… se mueve. si te hacen llamar…
—Lo sé.
—… te arriesgas demasiado, Lexa. Ahora todo pende de un hilo…
—Lo sé.
—… ¿de verdad lo sabes?…
Lexa apretó los dientes y siguió corriendo, maldiciéndose de nuevo a sí misma. Don Majo tenía razón. Y Clarke también. De verdad se estaba ablandando. La Lexa de siempre había sido resuelta. Obcecada. Consumida por el deseo de una cosa, y una sola. No podía permitirse mantener aquellas afinidades. Los riesgos que la obligarían a asumir, todo lo que se desharía si fracasaba en esos momentos…
A una distancia segura del Nido se echó encima su manto de sombras, pasó entre sombras al otro lado del rastrillo como ya había hecho una docena de veces y bajó a tientas a los barracones. Alcanzó la oscuridad del otro lado y pasó a las sombras de su celda, cayó de rodillas y se agarró el pecho ardiente. Su aliento era como fuego, le daba vueltas la visión, estaba empapada en sudor. Pero después de su carrera a la desesperada, todo parecía tranquilo. Si Furiano se había despertado, al parecer ni Echo ni sus guardias veían aún ninguna necesidad de llamarla.
«Diosa, qué desastre habría sido.»
Se quitó el manto y apareció a la vista en la oscuridad de los barracones, entre los suspiros y los ronquidos y todos los sonidos del sueño. Tumbado en un rincón sobre la paja, Wells abrió despacio los ojos. Se diría que el hombre tenía un don increíble para sentir cuándo regresaba. O quizá cuándo se marchaba.
—¿No podías dormir? —murmuró frotándose las pestañas—. Conozco el remedio perfecto.
Lexa frunció el ceño y no respondió, reacia a recibir otra lección sobre los beneficios de una conciencia tranquila. Oyó que bajaban la escalera unos pasos fuertes y que giraban las llaves en el mekkenismo que había junto a la puerta de los barracones. Wells se incorporó un poco y entrecerró los ojos al ver que los guardias llegaban armados y protegidos por armaduras.
—Descansa tranquilo —dijo ella—. Vienen a por mí.
—Yo descanso muy tranquilo, Lexa —susurró él—. Y tengo fe en que tú también lo harás.
El trío de guardias llegó hasta la celda, encabezado por el capitán Cánico.
—El Invicto ha despertado —dijo el guardia—. Tiene dolor. La dona Echo ordenó que se te despertara si lo hacía él, y que se te tratara con toda cortesía. Al no estar Larva…
—Sí, yo me encargo. —Lexa suspiró—. Llevadme con él, por favor.
Los guardias abrieron su celda y Lexa se levantó. Wells la observó mientras la llevaban por los barracones al interior del fuerte y la sacaban a la enfermería. La mente de Lexa seguía en llamas, intentando decidir qué haría con la incipiente rebelión de Wells, sobre qué estaba bien y mal en todo el asunto. Las palabras de Clarke y de Don Majo resonaban en su cabeza. Tenía el corazón dividido entre la venganza que la había impulsado todos aquellos años y la idea de permitir que murieran Wells y los demás.
¿Qué era más importante? ¿Venganza por una madre y un padre a los que, por lo visto, apenas conocía siquiera? ¿O las vidas de unas personas que, por mucho que quisiera negarlo, se habían hecho amigas suyas?
Era tarde ya, pero al acercarse Lexa empezó a oír unos reniegos selectos que salían de la enfermería. Al entrar, vio a Furiano sobre su losa, empapado de sudor. Tenía los brazos y las piernas amarrados y las vendas del pecho manchadas de sangre.
—El muy idiota ha intentado arrancarse el vendaje —murmuró Cánico—. Hemos tenido que atarlo.
—¡Tengo putas larvas correteándome por encima! —gimió Furiano.
—Dejadme con él —dijo Lexa a Cánico—. Me encargaré del dolor. Si pudieras pedir a Dedo que ponga a hervir un poco de vinagre, os lo agradecería.
—Sí, campeona —repuso el guardia.
Con un asentimiento a sus compañeros, Cánico los dejó a los dos apostados fuera, en la puerta de la enfermería, y fue a despertar al cocinero. Lexa se adentró en la estancia y reparó en que Cantahojas no estaba tumbada en su losa. Debían de haberla devuelto a su celda en algún momento de la nuncanoche, porque aún era demasiado pronto para que la hubieran vendido a Caito. Lo que significaba que Furiano y ella estarían a solas. El hombre la miró de arriba abajo, con un oscuro fruncimiento en aquellas hermosas cejas. El hambre anegó a Lexa, como hacía siempre cuando él estaba cerca. Seguía teniendo un aspecto más que espantoso, con la melena lacia de sudor y la piel amarillenta. Pero estaba despierto, consciente, con los ojos oscuros clavados en el torque de plata que adornaba el cuello de Lexa.
—¿Te ha nombrado campeona? —dijo con voz rasposa.
—No se lo pedí yo —respondió Lexa—. Pero lo cierto es que nadie sabía si ibas a despertar.
—¿Así que da a alguien mi torque antes de que me enfríe siquiera y me deja aquí pudriéndome?
—No estás pudriéndote. —Lexa suspiró.
—¡Tengo putas larvas de mosca por todas partes!
—Las larvas están quitándote la carne que se infectó por el veneno de la Exiliada. Te han salvado la vida. Y como no te calmes y dejes de revolverte contra esas correas, vas a ponerte a sangrar otra vez. —Lexa buscó en las estanterías y fue sacando ingredientes—. Pero el dolor no puede ser agradable. Ahora te preparo algo.
La cabeza de Furiano volvió a hundirse contra la losa, y su voz salió lastrada por la fatiga.
—¿La dona te ha nombrado también enfermera, además de campeona? ¿Dónde está Larva?
Lexa apretó los labios mientras machacaba los ingredientes en un mortero.
—Larva ha muerto.
El ceño de Furiano se suavizó y el desconcierto se adueñó de sus ojos.
—¿Cómo?
—Arkades envenenó con elegía la tardera de todo el mundo. Larva y Otho fallecieron antes de que tuviera tiempo de preparar el antídoto.
—¿Arkades?
—Sí.
—Y una mierda —susurró Furiano—. Arkades era un gladiatii. Los hombres como él miran al enemigo a los ojos y acaban con él a espadazos, no a bocados amargos.
Lexa se encogió de hombros y, después de oler con precaución un vaso de agua, mezcló en ella su polvo. Llevó el vaso a Furiano y se lo puso en los labios mientras veía la sombra del itreyano temblar y ondularse por los bordes. La de ella se aproximó más, como el hierro a un imán. Las preguntas regresaron a su mente. «¿Qué soy? ¿Qué somos? ¿Por qué? ¿Quién? ¿Cómo?»
—Es solo hojatenue con un poco de hierbinebra —dijo—. Te aliviarán el dolor.
El Invicto se la quedó mirando con ojos entornados.
—Me salvaste la vida, Furiano —dijo Lexa—. Es una deuda que no se olvida. Si te quisiera muerto, podría haber hecho que no despertara nunca. Así que bebe.
El excampeón gruñó su conformidad y se tragó el bebedizo que le fue echando Lexa en la boca. Luego bajó la cabeza a la losa y suspiró, mirando al techo y flexionando las muñecas contra las ataduras.
—Recuerdo que… después del combate… me quitaste el dolor.
—Fue un remedio casero. —Lexa se encogió de hombros—. Es fácil de preparar.
—No —dijo Furiano, meneando la cabeza—. Antes de que me dieras la poción para dormir. Cuando estaba en la losa chillando. Cuando tu… cuando nuestras sombras se tocaron.
Lexa frunció el ceño al recordar aquel momento, bajo la arena de Fuerteblanco. A medida que su sombra se oscurecía, había sentido más dolor, no menos, el suplicio de Furiano mezclado con el propio. Suponía que, de algún modo, quizá hubiera compartido la carga del hombre, pero… ¿sería que había atenuado el dolor de Furiano trasladándolo a ella misma?
«¿Por qué? ¿Quién? ¿Cómo?»
—No sabía que podía hacer eso —confesó—. Nunca lo había hecho antes.
Furiano no dijo nada y siguió mirándola con aquellos ojos oscuros y bellos. Lexa notó que el bebedizo que le había dado empezaba a hacer efecto, alisándole las líneas de dolor que le surcaban la cara.
—Yo… quería darte las gracias, Furiano —dijo Lexa—. Por llamar a la oscuridad en el estadio. La Exiliada habría acabado conmigo y con Cantahojas de no ser por ti.
—Hiciste trampa —replicó él—. Hiciste algo a las hojas de la sedosa.
—Y tú retorciste su sombra. Supongo que ahora los dos somos unos tramposos, ¿eh?
El Invicto se quedó callado durante una eternidad, limitándose a mirar. Cuando por fin habló, fue con reparo, como si los cumplidos no se le ajustaran bien a la lengua.
—Arriesgaste la vida por una hermana gladiatii —dijo—. Arriesgaste la vida por mí. Trampas aparte, mostraste lealtad a este collegium. Lo justo es que todo eso tenga su recompensa.
—¿Eso ha sido un halago? —preguntó Lexa—. Por el abismo y la sangre, ¿no me habré pasado con la hojatenue en la mezcla?
Furiano se permitió una pequeña sonrisa.
—Que no se te suba a la cabeza, chica. Reclamaré mi torque tan pronto como pueda blandir una espada. Cuando luche en el Magni, no te equivoques: será como campeón de este collegium.
Lexa negó con la cabeza, tratando otra vez de resolver el acertijo que era ese hombre. Hasta entonces no la había tratado más que con desdén, ni hablado de sus oscuros dones más que como brujerías. Pero a la hora de la verdad, había nismado las sombras para que los Halcones pudieran derrotar a la Exiliada. Quitando su moralidad, parecía que estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa en pos de la victoria.
—¿Por qué es tan importante para ti todo esto? —preguntó Lexa.
—Ya te lo he dicho, Cuervo. Esto es lo que soy.
—Eso no es un motivo. —Lexa suspiró—. No naciste gladiatii. Debiste de tener una vida antes de esto.
Furiano giró la cabeza a los lados. Parpadeó despacio.
—Yo no la llamaría así.
—¿Por qué, qué eras? ¿Asesino? ¿Violador? ¿Ladrón?
Furiano la miró, ocultando sus pensamientos tras aquellos ojos sin fondo. Pero la hojatenue estaba haciendo efecto y la sueltarraíz que había añadido a la pócima empezaba a aflojarle la lengua. Se sentía culpable por drogar al hombre para que se abriera, pero quería comprenderlo, intentar estimar qué actitud adoptaría si Wells y los demás se alzaban en rebeldía.
—Asesino, violador, ladrón —respondió Furiano con voz gangosa—. Todo eso y más. Era un animal que se llenaba los bolsillos con las miserias de los hombres. Y de las mujeres. Y de los niños.
—¿A qué te dedicabas?
Furiano miró las paredes que los rodeaban, el acero oxidado y los barrotes de hierro.
—Llenaba lugares como este. La carne era mi pan y la sangre, mi vino.
—¿Eras esclavista?
Furiano asintió y bajó la voz.
—Capitaneé un barco durante años. El Gaviota de Hierro. Recorría la costa ashkahi hasta Nuuvash, y la del este de Liis desde Amai hasta Ta'nise. Vendía los hombres a los agujeros de pelea, las mujeres a las casas de placer, los niños a quien los quisiera. —Un fuerte encogimiento de hombros—. Si resultaba que no los quería nadie, los arrojábamos por la borda y listos.
—Por el abismo y la sangre —dijo Lexa, torciendo los labios de repulsión.
—Me juzgas.
—Joder si te juzgo —siseó ella.
—No más de lo que me juzgo yo mismo.
—Eso me cuesta creerlo —dijo Lexa con la voz hecha acero.
—Cree lo que quieras, Cuervo. La gente siempre lo hace.
—¿Y cómo es que terminaste aquí?
Furiano cerró los ojos y respiró hondo y largo. Por un instante, Lexa pensó que quizá se hubiera quedado dormido. Pero al final habló, con la voz cargada de fatiga y de algo más oscuro. ¿Remordimiento? ¿Vergüenza?
—Asaltamos un pueblo en Ashkah —dijo él—. Uno de los hombres que subimos a bordo era misionero de Aa. Rapha, se llamaba. Dejé que mis hombres se divirtieran con él. No nos caían demasiado bien los sacerdotes, la verdad. Le pegamos. Lo quemamos. Al final, echamos carnada al agua para atraer dracos y le dije que caminara por la tabla. Cuando una persona baja la mirada a ese azul, se le puede tomar la medida en los ojos. Algunos suplican. Otros maldicen. Algunos ni siquiera pueden hacer avanzar sus propias piernas. ¿Sabes lo que hizo Rapha?
—No sabría decirte. —Lexa levantó los hombros—. A mí tampoco me caen demasiado bien los sacerdotes.
—Rezó a Aa para que nos perdonara —dijo Furiano—. De pie en aquella tabla, con un draco de tormenta nadando en círculos por debajo. Y el muy hijo de puta va y se pone a rezar por nosotros. —El Invicto negó con la cabeza—. Nunca había visto nada igual. Así que lo dejé vivir. En el momento, no supe muy bien por qué. Estuvo navegando con nosotros casi un año. Me enseñó el evangelio de Aquel que Todo lo Ve. Me enseñó que estaba perdido, que no era más que un animal, pero que podía volver a encontrar mi humanidad si abrazaba la Luz. Pero también me dijo que debería expiar todo el mal que había hecho. Así que, después de un año de leer y discutir, de odiar y fanfarronear y llorar al quedarme solo en las largas horas de la nuncanoche, acepté a Aquel que Todo lo Ve en mi vida. Di la espalda a la oscuridad. Llevé mi barco a los Jardines Colgantes. Y me vendí a mí mismo.
—¿Que te…? —Lexa parpadeó.
—Suena a locura, ¿verdad? ¿Qué clase de idiota elegiría hacer algo así?
Lexa pensó en sus propios apuros, en su propio plan, y negó despacio con la cabeza.
—Pero… ¿por qué?
—Sabía que Aa me daría la oportunidad de redimirme si me entregaba a sus cuidados. Y él me trajo aquí. A un lugar de tribulación, y pureza, y sufrimiento. Pero al final, en las arenas del Venatus Magni, cuando me arrodille ante el gran cardenal empapado en mi victoria, no solo declarará que soy libre, sino que soy un hombre libre. No un animal, Cuervo. Un hombre.
»Y entonces, estaré redimido.
Furiano asintió y respiró hondo, como si acabara de purgarse un veneno de la sangre. Lexa se cruzó de brazos y arrugó el gesto.
—¿Y ya está? —preguntó imperiosa—. ¿Crees que puedes compensar haber vendido a centenares de hombres y mujeres a base de asesinar a otros centenares? No puedes limpiarte las manos lavándolas con la sangre de otros, Furiano. Créeme, así solo se te ponen más rojas.
Furiano negó con la cabeza y frunció el ceño.
—No espero que lo entiendas. Pero el Magni es un ritual sagrado. Juzgado por la mano del mismísimo Dios. Y si Rapha me enseñó algo, es que las cosas que hacemos son más importantes que las cosas que hemos hecho.
Lexa oyó pasos a su espalda y alguien llamó a la puerta de la enfermería. Cánico entró en la estancia seguido por otros dos guardias que llevaban una cacerola humeante.
—Tu vinagre hervido, como lo querías.
Lexa asintió y se volvió hacia Furiano.
—Voy a quitarte las larvas. Esto dolerá.
—La vida siempre duele, pequeña Cuervo. La vida es dolor, y pérdida, y sacrificio.
Furiano apretó los dientes y cerró los ojos.
—Pero deberíamos aceptar con gusto ese dolor, si nos trae la salvación.
Lexa volvió a su celda flanqueada por dos guardias. Wells abrió los ojos cuando la puerta de la jaula se cerró a su espalda y el mekkenismo de la cerradura se trabó. Lexa se había fijado por debajo de las pestañas para memorizar qué llave del anillo de hierro abría el portón de los barracones y cuál la puerta de su celda.
¿Era aquello lo que debía hacer? ¿Entenderían los demás que, al final, lo había hecho todo con la mejor intención?
—He hablado con Furiano —susurró cuando se hubieron marchado los guardias.
—¿Sobre qué? —murmuró Wells.
—Sobre quién es. Cómo piensa. De dónde viene. —Meneó la cabeza—. Sueña solo con el Magni. No haría nada que lo pusiera en peligro. Creo que está demasiado enfermo para oponerse a nosotros, pero cuando nos alcemos, es imposible que nos apoye.
—¿A nosotros?
—Sí, hermano. —Lexa extendió el brazo en la oscuridad y estrechó la mano a Wells—. A nosotros.
