Capítulo 29. Alzamiento

Era arriesgar mucho en una sola chica.

La tripa de Wells era un nudo de puro nervio, su apetito un recuerdo lejano. Habían pasado cinco giros desde que Lexa le propusiera su plan en la penumbra de la celda, y Wells había dormido poco desde entonces. En vez de tumbarse, paseaba arriba y abajo por su jaula toda la nuncanoche, mirando la cerradura mekkénica de la puerta y contando las horas hasta que llegara el momento de empezar. A Lexa la habían trasladado a sus aposentos de campeona tres giros antes, por lo que Wells estaba solo por primera vez desde que había llegado a Nido del Cuervo. Solo con el miedo a lo que estaba por venir, al riesgo que afrontaban todos, al destino que los esperaba si fracasaban. Estaba depositando mucha fe en Lexa, poniéndole muchísimo peso en los hombros. Wells había servido con fidelidad a Nyko Wood y veía las características que había admirado del justicus muy presentes en su hija. Valentía. Inteligencia. Ferocidad. Pero Lexa perdió a su padre siendo solo una niña y, desde entonces, se había rodeado de sombras y de asesinos. A Wells le caía bien. Pero ¿podía decir con sinceridad que la conocía? ¿Podía confiar en ella?

La dona Echo se había reunido con Varrón Caito tres nuncanoches antes y, oculto bajo su mesa mientras bebían y comían, el daimón de Lexa había escuchado hasta la última palabra. Por lo visto, Echo había atiborrado al tratante de carne con palabras melosas y vino meloso para negociar la venta de Bryn, Carnicero, Félix, Albano, Cantahojas y el propio Wells. Echo había obtenido un buen precio y podría afrontar el primer pago a su padre, pero a un alto coste. El collegium quedaría destripado, con solo Lexa, Despiertaolas y Furiano como sus miembros. Echo iba a arriesgarlo todo a una última tirada en el Venatus Magni. Pero no había contado con que sus Halcones pudieran lanzar también sus propios dados. La tardera había estado silenciosa, los gladiatii apagados. Los susurros del plan habían circulado en los baños y alrededor de los maniquíes de prácticas. Todos coincidían en que las posibilidades de éxito eran tan pobres que deberían estar pidiendo limosna en la calle, y Wells olía el miedo en el aire. Una cosa era arriesgarse a morir en la arena, y otra muy distinta enfrentarse a la república. A los Administratii. Al mismísimo Senado. Todos ellos sabían que era un paso que no podía desandarse. Las marcas de sus mejillas solo podían desaparecer unos minutos tras sus muertes, por lo que no tendrían forma de esconder quiénes ni qué eran, si querían seguir respirando. Ser un esclavo fugado en la república era vivir para siempre huyendo. Aun así, mejor huir que morir de rodillas. Incluso con aquellos giros más de descanso, Cantahojas seguía herida y tenía el brazo y la espalda envueltos en pesadas gasas. Las costillas de Lexa seguían magulladas, pero al menos ya veía con los dos ojos. Despiertaolas y Wells aún no se habían recuperado del todo de su último lance en el estadio, y Carnicero aún cojeaba. No eran la fuerza de combate más temible jamás reunida, eso desde luego. Pero tendrían la sorpresa de su parte, si las cosas salían bien, y todos ellos eran gladiatii bien entrenados.

Su venta iba a tener lugar al giro siguiente.

Caito ya había pagado el adelanto.

A decir verdad, era ahora o nunca.

La nuncanoche había caído y un viento fresco besaba los muros ocres y arremolinaba el polvo en el patio. Después de la traición de Arkades, Echo había duplicado las patrullas en la casa y había guardias por todas partes. Pero pese a ello, los gladiatii intercambiaban susurros y gestos secretos, y

todos parecían preparados. Pero por las Hijas, la espera era…

Estaban sentados en la oscuridad, sin hablar, sin moverse. Vieron perder intensidad poco a poco a los orbes arkímicos y escucharon cómo los sonidos del fuerte se iban apagando. Wells oyó a Cantahojas salmodiando en el interior de su celda. Sería alguna última plegaria a Madre Trelene para que les diera suerte, sin duda. Miró la celda del otro lado del pasillo y vio a Carnicero acuclillado, balanceándose adelante y atrás, ansioso por empezar. Le recordó a su época en la legión. La nuncanoche antes de una batalla siempre era la peor. En esos tiempos había podido sustentarse en su fe en Aa. En su lealtad a su justicus. En el solaz de sus hermanos Luminatii y en la certeza de que estaban haciendo el bien. Ya no quedaba nada de todo aquello, solo una conciencia tranquila y la marca de un cobarde en el pecho. En lugar de hermanos Luminatii, tenía hermanos y hermanas gladiatii. En lugar de su fe en Aquel que Todo lo Ve y las órdenes de su justicus, estaba confiándolo todo a su hija de diecisiete años.

Era arriesgar mucho en una sola chica.

Wells oyó un golpe suave y un leve tintineo de metal contra piedra. Carnicero también lo oyó, se puso de pie y aferró los barrotes de su celda. Lexa tenía dos opciones para liberarlos cuando hubiera escapado de su dormitorio: o bien forzar de algún modo los controles del mekkenismo para abrir las puertas de las celdas interiores o bien hacerse con la llave maestra que llevaba la patrulla de guardia. Wells no sabía cuál iba a escoger. Pero notó mariposas en el estómago al ver que una silueta bajaba a hurtadillas la escalera hasta la antecámara del sótano, con una cachiporra de madera en una mano y lo que parecía una llave de hierro en la otra.

—Por el abismo y la sangre, lo ha conseguido. —Carnicero sonrió de oreja a oreja.

Lexa metió la llave en el mekkenismo para abrir las puertas de las celdas y alzar el rastrillo. Wells se encogió al oír el leve chirrido de la piedra contra el hierro. Los gladiatii salieron con sigilo de los barracones y se congregaron en la antecámara hechos un manojo de feroces sonrisas y tensos nervios. Wells dio a Lexa un breve abrazo y habló en susurros.

—¿No has tenido problemas?

Lexa negó con la cabeza.

—Cuatro guardias inconscientes. Los otros dos están en el patio delantero.

—Metámonos en faena, pues —susurró Despiertaolas.

—Sí —convino la chica—. Pero sin hacer ruido, ¿eh?, no jodamos.

Lexa guio al grupo escalera arriba hasta que vieron los cuerpos de cuatro guardias de Echo tendidos en las baldosas. Los hombres llevaban armaduras de cuero negro y plumas de halcón coronando sus yelmos, y entre ellos estaba el capitán Cánico. Todos habían quedado inconscientes a golpes. Los gladiatii se apresuraron a quitarles las armaduras para que se las pusieran Wells, Despiertaolas, Carnicero y Félix. No era solo que el cuero hervido los protegería si las cosas se ponían feas, sino también que las mentoneras servirían para taparles las marcas de las mejillas. Distribuyeron armas: cachiporras de madera y espadas cortas. En la lejanía, Wells oyó que sonaba la cuarta campanada en Reposo del Cuervo y las olas chocar contra la costa rocosa. La fulgurante luz de los dos soles entraba por las ventanas abiertas, y las cortinas de seda ondearon mientras los gladiatii rebeldes avanzaban a través del fuerte. Se movieron con tanto sigilo como pudieron y cruzaron el recibidor hasta las puertas delanteras, cerradas con llave. Carnicero y Despiertaolas quitaron la tranca y los gladiatii se apiñaron ante el umbral.

—¿Preparados? —preguntó Wells.

—Sí. —Cantahojas alzó su espada con el brazo sano.

Lexa abrió la puerta y los gladiatii cargaron sin hacer ruido hacia el rastrillo delantero. A los guardias les costó unos momentos comprender lo que estaban viendo, y para entonces ya era demasiado tarde. Uno retrocedió gorgoteando después de que Wells le atizara un buen porrazo en la garganta. Despiertaolas embistió al otro guardia y lo estampó contra la pared de la garita. El hombre alzó su cachiporra, pero el grito que pretendía dar se redujo a un gimoteo amortiguado cuando Lexa le tapó la boca con una mano y le enterró la rodilla en los cojones. El hombre cayó como una piedra y la chica le cogió el arma antes de que llegara al suelo, se la estrelló en la sien y lo dejó desmayado en el polvo. Carnicero hizo girar la rueda dentada que elevaba el rastrillo mientras Cantahojas y Albano desvestían a los últimos dos guardias y empezaban a ceñirse sus petos. Lexa era demasiado menuda para ponerse la armadura de cualquier hombre y, además, les faltaban guardias inconscientes. En vez de eso, se echó sobre los hombros una capa que Aa sabría de dónde había sacado y se caló la capucha hasta la altura de los ojos.

—Muy bien —susurró la chica—. Vamos hacia el Sabueso de Gloria, en el puerto.

—Caminad erguidos y mirad a los ojos a la gente —les recordó Cantahojas—. Este juego se gana aparentando que tenemos todo el derecho del mundo a estar donde estamos, ¿entendido?

Los gladiatii asintieron y, con toda la calma que lograron reunir, salieron de Nido del Cuervo en formación y empezaron a descender por el camino. Lexa iba en último lugar, con la capucha muy baja. La armadura de Despiertaolas le apretaba demasiado sus amplios hombros y el brazo de Cantahojas seguía envuelto en vendajes manchados de sangre; si se los sometía a escrutinio, sus disfraces no lo aguantarían mucho tiempo. Pero era tarde y el puerto bajo el Nido estaba tranquilo. Con un poco de suerte, el subterfugio duraría lo suficiente para que pudieran subir a bordo. Abriendo la marcha, Wells intentó controlar sus nervios. La suerte estaba echada y lo que ocurriera a continuación quedaba en manos del destino, pero, por las Hijas, cómo costaba no echar a correr y alejarse tanto como pudiera a toda velocidad. El grupo siguió hacia abajo por el polvoriento camino que rodeaba Nido del Cuervo, y Wells miró las azules aguas del mar de las Espadas. Al entrar en la ciudad, se cruzaron con unos pocos granjeros que se dirigían al mercado, con un mensajero que cumplía un recado de su amo y con un puñado de pilluelos callejeros reunidos en torno a una hogaza de pan robada. Nadie les prestó la menor atención. Ya alcanzaba a ver los altos mástiles de los barcos que se alzaban sobre el puerto, y el corazón empezó a latirle más deprisa. Pensó en aquel extenso océano azul y en los lugares a los que podrían navegar, cualquiera menos aquel. Miró a los otros gladiatii y aventuró una sonrisa, que Bryn le devolvió. Pero Despiertaolas susurró:

—Calma, calma.

Siguieron aproximándose, con el olor a sal en el aire y los graznidos de las gaviotas como música en sus oídos, cada paso acercándol…

—Atentos —murmuró Cantahojas—. Hay soldados delante.

Wells apretó los dientes pero no cambió el paso, y reparó en el cuarteto de legionarios de la guarnición de Reposo del Cuervo que marchaban por el otro lado de la calle. No sabía si la soldadesca local conocería a los guardias de Echo; los hombres de armas tendían a juntarse para rezongar, trabajaran para quien trabajaran. Pero desde lejos, sus disfraces deberían ser suficiente, y estaban solo a unas decenas de metros del puer…

—Eh, yo te conozco —dijo una voz.

Wells se detuvo y miró hacia atrás. Había una joven pelirroja con el gorro emplumado y el morral de una vendedora ambulante parada en la calle, señalando a Lexa.

—Por las Cuatro Hijas, ¡claro que te conozco! —insistió—. ¡Eres la Salvadora de Vigilatormenta!

Lexa lanzó una mirada de advertencia a los demás y dedicó una leve sonrisa a la chica.

—Sí, mi dona.

—¡Te vi derrotar al arcadragón! —exclamó la chica, con los ojos azules brillando—. Por el piadoso Aa, ¡qué combate! ¡Nunca había visto uno igual!

—Os lo agradezco, mi dona —musitó Lexa—, pero tengo pri…

—¡Mirad, mirad! —gritó a viva voz la vendedora—. ¡Es la Salvadora de Vigilatormenta!

—Aquí vienen —murmuró Despiertaolas.

El estómago de Wells dio un vuelco al ver que los legionarios habían oído a la vendedora y los cuatro estaban cruzando la calle. Su centurión vio el ornamentado penacho del yelmo de Wells y lo saludó a viva voz.

—¡Eh, Cánico! ¿Qué os trae a unos cabrones tan vagos como vosotros por aquí a estas…?

El centurión se interrumpió y escrutó el rostro de Wells a través de los huecos del yelmo.

—¿Cánico?

—¡Corred! —gritó Lexa.

Los gladiatii desenfundaron las armas y se lanzaron a la carga. El centurión y sus hombres buscaron a tientas sus espadas, con las caras blancas de pánico. Para los guardias de la casa de Echo habían usado las cachiporras, pero allí no había espacio para la clemencia: se enfrentaban a legionarios itreyanos bien armados y protegidos, entrenados para matar. Despiertaolas atravesó el pecho del centurión con una estocada, empalándolo como a un cerdo en el espetón. Carnicero apartó la espada de otro, giró y le rajó la garganta de un tajo, salpicando el aire salado de escarlata. La vendedora ambulante echó a correr calle abajo y estalló en gritos de «¡Asesinos! ¡Asesinos!», mientras Wells daba fin a otro legionario con un centelleo de su espada. Albano se encargó del último, barriéndole las piernas del suelo antes de hincarle su hoja entre el hombro y el cuello.

—¡Hacia el puerto! —gritó Lexa—. ¡Vamos, vamos!

Se lanzaron a la carrera, olvidándose por completo de las apariencias. Las sandalias de Wells aporrearon los adoquines y la gente se giraba al verlos pasar corriendo a medida que los gritos de «¡Asesinos!» que llegaban desde calle arriba se iban haciendo más fuertes. Llegaron a los embarcaderos y pasaron como una exhalación entre marinos y comerciantes que descargaban sus mercancías y los pescadores de los muelles. Despiertaolas corría junto a Wells, Bryn iba destacada en cabeza y Lexa cerraba la marcha, todos ellos salpicados de sangre. Vio el Sabueso de Gloria con el ancla echada, quizá a unos cien metros de distancia en la bahía.

—Ahí está —dijo jadeante.

Se dejó caer por el lado del muelle a la barca del Sabueso. Los otros gladiatii también saltaron, y Carnicero y Despiertaolas cogieron los palos y remaron como si les fuera la vida en ello. Wells empezó a oír el tañido de campanas, la alarma que se extendía por Reposo del Cuervo y despertaba a sus habitantes, los temerosos gritos que resonaban en las silenciosas calles.

—¡Revuelta!

—¡Los Halcones se han rebelado!

Carnicero y Despiertaolas picaron los remos con ímpetu, acercándolos más al Sabueso con cada brazada. Cantahojas se escudó los ojos del brillo del agua e hizo un gesto con la cabeza hacia los mástiles desnudos.

—Las velas están guardadas.

—Podemos tenderlas bien deprisa —gruñó Despiertaolas.

—¿Estás seguro? —resolló Carnicero.

—Tranquilo, hermano. —Despiertaolas asintió—. Yo ya aprendía a navegar mientras tú chupabas las tetas de tu madre.

—¿Aprendiste a navegar el año pasado? —dijo Bryn con una sonrisa.

—Dejemos en paz las tetas de mi madre, ¿queréis? —gruñó Carnicero.

—Menos hablar y más remar —dijo Wells.

Llegaron al Sabueso y treparon por la escalera de cuerda hasta la cubierta. El barco cabeceaba y se inclinaba en el mar picado, bajo la luz de los soles que ardía en aquel inacabable cielo azul. Llegó un solo vigilante desde la proa, exigiendo saber qué pretendían, pero un revés de Despiertaolas lo derribó en los tablones, gimoteante y ensangrentado. Desde la cubierta, Wells alcanzó a ver movimiento en los muelles. Unos pocos legionarios, y marineros que señalaban en su dirección.

—Necesitamos esas velas ya, Despiertaolas.

—Sí. —El hombre asintió—. Estarán abajo, en la bodega. Venid todos conmigo.

Despiertaolas abrió la gran trampilla que cerraba la bodega del Sabueso y bajó raudo por la escala a las entrañas del barco. Cantahojas descendió en segundo lugar, seguida por Wells y los demás gladiatii, dejando a Lexa y Bryn en cubierta para que montaran guardia. La luz de los soles se filtraba por la celosía de madera sobre sus cabezas, iluminando la panza de la nave, y los gladiatii se dispersaron en busca de las enormes lonas que necesitaban para zarpar. Cajas y toneles, rollos de cuerda con sal incrustada y pesados cofres de hierro. Pero…

—No las veo —dijo Cantahojas.

—Tienen que estar por aquí —gruñó Despiertaolas—. Seguid buscando.

—¿Por qué abismos habrán guardado las velas, a todo est…?

Wells oyó pasos apresurados y una blasfemia susurrada por encima de sus cabezas. Miró entre el entramado y vio dos siluetas que forcejeaban, destacadas contra la luz. Una de ellas era Bryn, a juzgar por la coleta. Pero la figura que tenía detrás, con el brazo en torno a su cuello se parecía mucho a…

—¿Lexa? —susurró.

Oyó un respingo y un impacto húmedo cuando Bryn cayó en cubierta con un gemido sobre un inmenso rollo de soga. Y mientras Wells abría la boca para avisar a sus compañeros, la trampilla del techo se cerró de sopetón, dejándolos a todos encerrados en la bodega del Sabueso.

—¿Qué abismos pasa aquí? —siseó Despiertaolas.

Lexa estaba arrodillada al lado de Bryn, apenas consciente y con marcas rojas en el cuello. Wells miró entre los tablones de la trampilla, con el estómago revuelto y la boca repentinamente seca como el polvo.

—¿Cuervo? —llamó—. ¿A qué estás jugando?

—Lo siento, Wells —oyó responder a la chica, con la voz cargada de pena—. Pero ya te dije una vez que lo último que estoy haciendo es jugar.

Carnicero subió por la escalera de cuerda y aporreó la trampilla con su espada, intentando romperla.

—¿Qué coño pasa aquí?

Los gladiatii se miraron entre ellos, con temor y confusión en sus ojos. Estaban encerrados en la panza del Sabueso como peces en barrica, sin nadie contra quien luchar, sin escapatoria posible.

—¿Así es como me recompensáis? —dijo una voz.

Wells alzó la mirada e inhaló una trémula bocanada al ver a la dona Echo caminando por la cubierta, encima de ellos. En vez de llevar ropa de nuncanoche, iba vestida de negro, llevaba kohl en los ojos y el pelo trenzado como para ir a la guerra.

—Después de todo lo que he hecho por vosotros —dijo Echo mirando a los gladiatii atrapados en la bodega—. Después de sacaros del arroyo, de alimentaros y daros cobijo bajo mi techo. Después de cubriros de gloria y del honor del nombre de mi collegium. ¿Y así me lo agradecéis?

—Cuervo —dijo iracundo Despiertaolas, dando vueltas en círculo y alzando los ojos hacia la cubierta—. Cuervo, ¿qué has hecho?

—Ha hecho lo que nadie más de entre vosotros ha tenido el valor de hacer —dijo Echo—. Se ha mantenido fiel a su domina.

—¡Puta zorra desgraciada! —rugió Carnicero dando un puñetazo en la trampilla—. ¡Te mataré, joder!

—No harás tal cosa —replicó Echo—. Languidecerás en esa bodega hasta que yo decida tu destino. Y me temo que será un destino desagradable, traidor.

—¿Y tú nos llamas traidores? —gritó Cantahojas—. Yo te traje honor en Fuerteblanco. ¡Cuervo no habría salido victoriosa de no ser por mí! ¿Y me lo agradeces vendiéndome a ese gilipollas de Varrón Caito antes de estar curada siquiera? —Escupió sobre la madera que tenía bajo los pies—. Zorra desleal.

Echo hizo un gesto burlón y negó con la cabeza.

—Solo oigo a ratas traidoras chillando en el agujero que ellas mismas se han excavado.

Carnicero seguía descargando su espada contra la trampilla. Despiertaolas empujaba los maderos que tenía encima. Media docena de guardias de Echo se desplegaron desde el camarote principal del Sabueso para rodear a la dona: el segundo turno, que debería haber estado durmiendo en sus catres. Ya no quedaba la menor duda de que Echo estaba al tanto de que iba a ocurrir todo aquello, que toda la fe que habían depositado en la hija de Nyko Wood…

Wells apretó los puños sin dejar de mirar hacia arriba por el entramado. Lexa le sostuvo la mirada, con los ojos oscuros nublados y la expresión adusta e incruenta. La cicatriz que le surcaba la mejilla le daba un aire feroz, de una saña y una frialdad en las que nunca se había fijado hasta entonces. Pero aun así, le pareció ver lágrimas en aquellas pestañas oscuras, rodeadas de una melena negra que los vientos de la nuncanoche hacían revolotear en torno a su rostro como un halo.

—¿Cuervo?

—Significaba demasiado para mí, Wells —susurró ella. Negó con la cabeza y movió las manos vagamente a los dos lados—. Lo siento muchísimo.

Había sido mucho que arriesgar a una sola chica.

Pero Wells no había creído ni por un momento que pudieran fracasar de verdad.

—Sí, pequeña Cuervo. —Wells agachó la cabeza y se frotó el pecho dolorido—. Yo también lo siento.