Capítulo 30. Interludio

Dos pasajeros se reunieron en un sucio callejón de una pequeña ciudad costera. El primero era pequeño, fino como los susurros, con forma de gato. Vestía esa apariencia durante más de siete años ya. Apenas recordaba lo que era antes. Un fragmento de una oscuridad más profunda, dotado solo de la consciencia suficiente para arrastrarse desde la negrura que yacía bajo la piel de Tumba de Dioses y buscar a alguien que fuese como él.

Lexa.

El giro en que se conocieron, la chica acababa de perder a su padre. Ahorcado y danzando para la plebe. Ella había chillado y había hecho temblar las sombras, y él había seguido su llamada hasta encontrarla al lado de su madre. La imagen de su padre ardía brillante en su mente mientras él se extendía y la tocaba. Pero la chica también había perdido a su gatito. Le había partido el cuello el justicus que robó el título del padre de la chica, además de su vida. Era una herida más leve. El gatito parecía una forma mucho más razonable que robar, a fin de cuentas. Mucho mejor que la del padre. Era más fácil amar a algo sencillo. La chica lo había llamado Don Majo. Le casaba bastante bien. Pero en algún lugar, muy al fondo, el gato que no era un gato sabía que ese no era su nombre. La segunda pasajera era más grande, y llevaba más tiempo vistiendo su forma. Había encontrado a su Kane cuando era poco más que un niño. Apaleado. Hambriento. Objeto de incontables abusos. Un niño de la espesura itreyana, llevado a rastras y encadenado a la Ciudad de los Puentes y los Huesos, y allí casi asfixiado por la miseria. Los padres del chico habían cazado lobos; eso lo recordaba, incluso en sus peores momentos. Y el chico recordaba que los lobos eran fuertes y feroces. Así que ella se convirtió en loba para él, y juntos dieron caza a todo el que se interpuso en su camino. Él la había llamado Eclipse. Se aproximaba a la verdad. Pero en algún lugar, muy al fondo, la loba que no era una loba sabía que ese tampoco era su nombre.

Lo echaba de menos.

—… HOLA, MININO… —dijo la no-loba, apoyada en la pared de una posada cochambrosa.

—… hola, chucha… —respondió el no-gato, subido a una pila de toneles vacíos.

—… ¿ESTÁ HECHO, ENTONCES?…

—… está hecho…

La loba-sombra volvió sus no-ojos hacia el océano y asintió una vez.

—… DIRÉ A CLARKE QUE YA PUEDE QUITARSE ESE RIDÍCULO ZURRÓN DE VENDEDORA AMBULANTE, PUES…

—… si pudieras convencerla de que se ahogara en el océano, ya puestos, te lo agradecería con toda sinceridad…

—… TUS CELOS ME FASCINAN, PEQUEÑO MININO…

—… cuidado, querida chucha, que me parece que has usado una palabra de tres sílabas…

—… ¿CÓMO PUEDE SER QUE ALGUIEN QUE DEVORA EL MIEDO ESTÉ TAN ASUSTADO?…

—… yo no temo nada…

—… APESTAS A TEMOR…

—… anda, sé un cielo y vete a tomar por culo, ¿quieres?…

—… NADA ME COMPLACERÍA MÁS…

La loba que no era una loba empezó a desvanecerse, como un bisbiseo en el viento. Pero la súplica del no-gato la retuvo.

—… espera…

... ¿QUÉ?…

Don Majo se quedó quieto un momento, buscando las palabras.

—… ¿tú… tú no tienes miedo?... —preguntó por fin.

—… ¿DE QUÉ?…

—… no de. por…

—… TUS ACERTIJOS ME ABURREN, FELINO…

—… ¿no tienes miedo por ella?...

La loba-sombra ladeó la cabeza.

—… ¿POR QUÉ IBA A TENERLO?...

El no-gato suspiró y escrutó el horizonte.

—… a veces me pregunto en qué la estamos convirtiendo…

—… ESTAMOS CONVIRTIÉNDOLA EN ALGUIEN FUERTE. DE ACERO. DESPIADADA COMO LA TORMENTA Y EL MAR…

—… lo que tomamos de ella… me pregunto si es posible que lo necesite…

—… ¿TE REFIERES AL MIEDO?…

—… no, me refiero al buen gusto eligiendo ropa…

—… ¿QUÉ NECESIDAD TIENE DEL MIEDO, MININO?…

—… quienes no temen la llama arden. quienes no temen la hoja sangran. y quienes no temen la tumba…

—… SON LIBRES PARA SER Y HACER CUANTO DESEEN…

—… es distinta de como fue una vez. antes no era tan fría. ni tan temeraria…

—… Y ME RESPONSABILIZAS A MÍ DE ELLO…

—… ahora devoramos dos de lo que antes se alimentaba solo uno. Quizá estemos tomando demasiado. quizá nosotros estemos volviéndola así. insensible. confabuladora. cruel…

—… Y SEGURO QUE LAS RECIENTES REVELACIONES SOBRE LA IGLESIA ROJA Y SOBRE SU FAMILIA NO HAN TENIDO NADA QUE VER CON ESE CAMBIO DE ACTITUD…

—… otra vez palabras de tres sílabas…

—… ¿HEMOS TERMINADO, PEQUEÑO MININO?…

El no-gato miró hacia el cielo, rojo ardiente y oro fulgurante y azul cegador.

—… se acerca un ajuste de cuentas, eclipse. nos aguarda en la ciudad de los puentes y los huesos. puedo sentirlo. igual que ese condenado sol del horizonte, acercándose con cada aliento…

—… MENOS MAL, PUES, QUE NO RESPIRAMOS…

Don Majo suspiró.

—… te odio…

Eclipse rio.

—… BIEN…

Y sin ningún otro sonido, desapareció.

Un solo pasajero se quedó sentado en un sucio callejón de una pequeña ciudad costera. Apenas recordaba lo que era antes. Un fragmento de una oscuridad más profunda. Una larva de consciencia, que soñaba con unos hombros coronados con alas traslúcidas.

Y con aquella que las entregaría.

Lexa.