La primera vez que Takumi Tokiha entró en la habitación que iba a compartir con Akira, se sintió incómodo.

En aquella habitación había un aura tan tranquila, delicada, y un aroma tan dulce que le confundía.

Con el paso del tiempo, no le prestó más atención; al contrario, esa sensación se hizo tan familiar que le recordó a su hogar.

Cuando Takumi descubrió que Akira era una chica, se dio cuenta de que era su presencia la que llenaba todos los espacios.

Se sintió atraído por ella y eso le preocupó mucho.

Akira era todo lo contrario a lo que el representaba. Fuerte, segura de sí misma, sana, testaruda, pero capaz de sonreírle de una forma tan dulce y espontánea, tan distinta a la de su onē-chan, que le hacía sentirse extraño.

No obstante la relación que había establecido ahora con esa chica era demasiado fuerte para que le afectara esa incomodidad.

El día en que en medio de aquel bosque, Akira le contó la verdad sobre HiME, el momento en que le confesó que podía morir, comprendió por qué se sentía atraído por aquella fuerza que exudaba —tan dulce que le recordaba a su madre, tan firme y segura, tan acorde a ella— y declaró que quería luchar a su lado, aun a riesgo de desaparecer, como entonces ocurrió.

Cuando volvió a la vida tuvo otro ataque. Eso le asustó más que cualquier otra cosa, porque en cuanto se dio cuenta de que había vuelto, en cuanto vio a Akira a su lado, quiso vivir y estar con ella.

Tenía miedo, como nunca lo había tenido en su vida, pero no de morir —al fin y al cabo ya había muerto una vez—, sino de volver a dejar a esa chica, terca quizás, pero tan dulce que le había devuelto las ganas de vivir, a someterse a aquella temida operación.

Esa misteriosa kunoichi de la que se había enamorado quizás incluso antes de descubrir su secreto.

Okuzaki Akira estaba a su lado cuando cerró los ojos justo antes de la operación. Y la encontró en el mismo sitio cuando los abrió de nuevo, seguro de que la operación había sido un éxito. Seguía a su lado cuando se levantó de nuevo después de tanto tiempo. Cuando salieron a conocer América, ese país tan lejano y tan diferente a Japón.

Permanecío a su lado incluso en ese momento, cuando revivió la memoria de aquella aura y ese aroma que ahora le tranquilizaban por completo, que le hacían sonreír y sentirse bien, allí, sentados en el prado cercano al hospital, Akira dibujando quién sabe qué —aunque en realidad sabía muy bien lo que estaba dibujando—, y él disfrutando por primera vez en su vida de esa sensación de bienestar y seguridad, sintiendo cómo crecía en su interior un renovado valor.

De repente, Akira apoyó la cabeza en su hombro, obligándole a despertar de sus pensamientos.

—¿Akira-kun? —murmuró

—Sabes Takumi… siempre me ha parecido que hueles bien —Okuzaki confesó con cierta vergüenza, después sonrió—. Es un aroma tan dulce que me hacía sentir incómoda.

Takumi se sonrojó. Luego se calmó, casi divertido por aquella extraña coincidencia.

—¿Y todavía te incomoda? —preguntó con curiosidad. Vio a Akira negar con la cabeza y colocar el cuaderno de bocetos sin abrir sobre el césped.

—No. Reconozco que me atraía y eso me asustó en aquel entonces. Pero ahora eres la persona más importante para mí, y ya no me avergüenza ni tengo miedo de admitirlo.

Takumi sonrió, rodeando sus hombros con el brazo. Él y Akira no eran tan diferentes después de todo.

—¿Akira-kun?

—¿Hm?

—¿Volvemos a Japón?

—¿Uh? Si los médicos te dan permiso...

—Me siento bien. Quiero volver a mi antigua vida, con mis antiguos amigos y demostrarle a mi onē-chan que ya estoy bien gracias a ella. Y gracias a ti también.

La miró con su habitual sonrisa dulce y sin decir más la besó, correspondido tras la sorpresa inicial que provocó en la otra con su arrebato.

Una ligera ráfaga de viento abrió el cuaderno de Akira, las páginas se movieron lentamente, hasta que se detuvieron en el hermoso dibujo de un lindo chico sentado en un prado: Takumi.

— Tú... sigues siendo demasiado amable conmigo, Takumi —dijo por fin, sonrojada y un poco taciturna, pero feliz.