Capítulo 31. Veroluz

«Tumba de Dioses.»

Lexa estaba de pie en la cubierta del Sabueso de Gloria, con el viento del océano en el pelo, mirando la Ciudad de los Puentes y los Huesos. El puerto estaba atestado, con centenares de velas dispersas por aquella alfombra de extenso azul, con gente que acudía desde todos los rincones para celebrar los más grandiosos giros de festividades en honor a Aa en la gloriosa capital de la República Itreyana.

La esperada veroluz había llegado.

Saai por fin había remontado el horizonte cuando zarparon desde Nido del Cuervo, un orbe de color azul claro que se unió a sus hermanos dorado y rojo en el cielo. Hacía un calor abrasador que enfermaba a Lexa, y Don Majo estaba acurrucado en su sombra, igual de desgraciado que ella. Lexa podía sentir toda la furia del Padre de la Luz cayendo sobre ella como martillos contra el yunque. Con la cabeza gacha, merodeaba por la cubierta encima de personas que una vez la habían llamado amiga. Wells y los demás estaban encadenados en la bodega, con grilletes en las muñecas y los tobillos. Habían resistido con valor y jurado que matarían a cualquier guardia de Echo que bajara a la bodega para reducirlos, pero después de tres giros sin agua con aquel calor espantoso, estaban demasiado débiles para resistirse. Los guardias atacaron la bodega en el quinto giro y les pusieron los hierros. Desde entonces, les habían dado comida y agua cada giro; tenían que estar en la suficiente buena forma para blandir armas en los combates de ejecución, al fin y al cabo. Lexa se había librado del cautiverio porque había colaborado en la captura de los insurgentes, y Furiano solo por estar enfermo en cama y por el testimonio jurado de Echo ante los Administratii. La dona había aceptado un adelanto de Varrón Caito por la venta de su rebaño, pero, con el rumor del alzamiento extendiéndose por Reposo del Cuervo, no iba a poder completar la transacción, porque nadie sería tan idiota de comprar a gladiatii que se habían rebelado contra su ama. De modo que la dona se había limitado a robar el adelanto de Caito, hacerse a la mar, coger la ruta lenta y con vistas y decidir preocuparse del enfurecido tratante de carne cuando regresara triunfante de la capital. Con las monedas que había afanado, sumadas al premio de Fuerteblanco y la pequeña retribución que le entregarían por el combate de ejecución, tendría suficiente para el primer pago que debía hacer a su padre. Pero si no salía de Tumba de Dioses con el Venatus Magni ganado, estaría en la ruina más absoluta.

Todo dependía de ese único combate.

Todo.

Lexa apoyó las manos en la regala del Sabueso y contempló el resplandor de la luz de los soles en la superficie del océano. Intentó retorcer las sombras a sus pies, pero era casi imposible: su presa sobre la oscuridad era débil, e intentar asirla era como atrapar el humo. Tenía sentido, supuso. Si sus poderes habían alcanzado su pico en la veroscuridad, era lógico que fuesen más débiles que nunca cuando el Padre de la Luz era más fuerte en el cielo. Pero saberlo no hacía que se sintiera mejor sobre sus posibilidades en el Magni. Miró hacia la gran capital itreyana con el corazón en la garganta. Llevaba meses sin posar los ojos en ella. Meses de sudor y sangre y lágrimas. Ante ella se extendía la ciudad entera, el archipiélago quebrado que brillaba a la luz de los soles. Hasta el último metro cuadrado estaba incrustado de edificios de apartamentos y chabolas y elegantes villas, aferradas a la costa como percebes al casco de una vieja galera. Por encima de las agujas de la catedral, los enormes andadores de guerra y el Senado se alzaban las Costillas, unas torres gigantescas y osificadas que se elevaban hacia el cielo, casi cegadoras de puro blanco descolorido. Lexa había pasado la mayoría de su infancia allí, en los alojamientos de sus padres. Mucho más tiempo que en Nido del Cuervo, a decir verdad. Sentada con su madre y sus sirvientes, jugando con su hermanito. Si Nido del Cuervo había sido el refugio de la familia, Tumba de Dioses había sido su mundo. Lexa nunca había podido escapar mucho tiempo de su llamada. Pensar en su familia hizo que le doliera el pecho y se le nublaran los ojos. Todo lo que había roto y robado, todas las vidas que había tomado y los kilómetros que había corrido y los años que había estudiado, todo ello quedaría justificado bien pronto. Al cabo de dos breves giros, daría inicio el Venatus Magni. Al cabo de dos breves giros, lucharía por su vida y se alzaría ante Jaha y Azgeda sobre la arena ensangrentada, y chillaría su hombre mientras les rebanaba las gargantas, de una puta oreja a la otra.

«Habrá merecido la pena.»

Miró hacia atrás, a las sombras de la bodega bajo sus pies. Podía sentir las miradas de todos en ella. De quienes la habían llamado amiga.

«Todo habrá merecido la pena.»

—Sabía que eras fría, Cuervo —dijo una voz a su espalda—, pero hasta ahora no era consciente de cuánto hielo fluía por tus venas.

Lexa volvió a contemplar el perfil de Tumba de Dioses contra el cielo mientras Furiano se acercaba a ella en la borda. La larga melena negra del Invicto se ondulaba con la brisa marina, y su piel bronceada relucía con una fina pátina de sudor. Tenía el pecho picado y con cicatrices y la piel aún llena de costras, pero después de descansar a bordo durante tres semanas, estaba casi recuperado. A pesar de los tres soles que ardían sobre sus cabezas, la sombra de Lexa tembló cuando el hombre se inclinó hacia ella. Una mirada a sus pies le confirmó que la de Furiano estaba haciendo lo mismo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó.

Furiano miró hacia la Ciudad de los Puentes y los Huesos, entrecerrando sus ojos oscuros para protegerlos de la luz.

—He oído que serás quien blanda la espada en el lance de ejecución.

—La domina necesita el dinero.

—Ah, ya lo sé. —Furiano asintió—. Y sé que la domina está en su derecho de designar al ejecutor. Es solo que no creía que fueses a estar dispuesta a acabar con Wells y los demás.

—Somos los únicos dos gladiatii que le quedan a la domina, Furiano. Tus heridas apenas están lo bastante curadas como para arriesgarte en el Magni. A menos que la domina quiera que el pago de la ejecución vaya a otro collegium, ¿a quién va a sacar a la arena? ¿Qué va a hacer, poner una espada en la mano de la magistrae y pedirle que se encargue ella?

Furiano sonrió.

—Eso sería digno de verse.

—Sí. —Lexa suspiró—. Ya lo creo que lo sería.

La sonrisa de Furiano murió despacio en sus labios, y su voz se redujo a un murmullo.

—¿Por qué lo hiciste? —dijo—. Llevo un tiempo queriendo preguntártelo.

Lexa lo miró de soslayo, con un mohín en los labios.

—¿Hice qué?

—Ya sabes lo que digo —gruñó él—. Cantahojas y los demás te consideraban su amiga. Pero me ha dicho la domina que en el momento en que te enteraste de su plan, fuiste derecha a contárselo. Y no solo frustraste su huida, sino que lo hiciste de forma que los capturaran vivos, para poder ajusticiarlos ante la plebe.

—Si los hubieran matado en la revuelta, la domina no habría recuperado ni una moneda por su pérdida —dijo Lexa—. Leónidas habría cerrado el collegium. Ni tú ni yo estaríamos aquí. Pero ahora, entre el premio de Fuerteblanco y el combate de ejecu…

—Sí, sí, todo eso ya lo sé —gruñó Furiano, perdiendo los nervios—. Lo que no entiendo es por qué no los ayudaste.

—Porque no soy una puta heroína, Furiano. Si quieren ayuda, que se ayuden a sí mismos.

Lexa se volvió para marcharse, pero el Invicto la agarró por el brazo, enseñando los dientes.

—¿Quién abismos eres tú? —preguntó con brusquedad—. No eres una escuchimizada cualquiera de la Pequeña Liis, eso está bien claro. Te miro a los ojos y veo intención. Veo un proyecto. Desde que pisaste nuestro collegium, he notado tus manipulaciones. Como una titiritera en la sombra moviendo siempre las cuerdas, y nosotros somos las marionetas.

Lexa liberó su brazo con un rugido.

—No me toques.

—No guardas ninguna lealtad a Echo —gruñó Furiano—. Ahora lo sé. Incluso en nuestro combate de Fuerteblanco, cuando arriesgaste la vida para salvar a Cantahojas, todo fue para cumplir tus propios objetivos. Has traicionado a quienes te llamaban hermana. Has asesinado, mentido y robado, todo para llegar a la arena del Magni, cuando habrías podido colarte entre las sombras y alcanzar la libertad en cualquier momento que eligieras. Así que, en nombre de Aquel que Todo lo Ve, ¿por qué estás aquí?

Lexa miró aquellos ojos amargos de chocolate y la oscuridad que temblaba a sus pies. Una vez, había pensado que Furiano y ella se parecían tanto como la veroluz y la veroscuridad. Pero en la cubierta de aquel barco comprendió que era mentira. Percibió los parecidos entre ellos, tan profundos como la sangre y el hueso. Ambos eran prisioneros de su pasado. Ambos tenían una obsesión que no admitía razones por ganar el Magni, Furiano en búsqueda de la redención y Lexa de la venganza. Apretó la mandíbula y negó con la cabeza. Estaba tentada de hablar. De mirarlo a los ojos y ver si Furiano alcanzaría a concederle alguna medida de comprensión. Precisamente él debería. Pero no tenía sentido y Lexa lo sabía. Furiano anhelaba la absolución de sus pecados de manos de un dios. Lexa anhelaba destruir las manos de ese mismo dios por los pecados de esas manos. Para que uno de ellos se alzara vencedor, el otro tendría que caer. Y ninguno de los dos estaría dispuesto a apartarse para que el otro pudiera ganar. No estaban en un relato de libro infantil. No había amor entre ellos. No había compañerismo. Solo rivalidad.

Y solo una forma en la que podía terminar.

—Ve a descansar, Furiano —dijo Lexa, y desvió la mirada de vuelta al cegador perfil de la ciudad—. Vas a necesitarlo cuando llegue el fin de semana.

Plic.

Plata en su garganta.

Plic.

Piedra en sus pies.

Plic.

Hierro en su corazón.

Lexa estaba en la oscuridad bajo el estadio, sin hacer nada más que escuchar. Del techo caía un agua salada que salpicaba en el suelo de la celda. Tantos años. Tantos kilómetros.

Al giro siguiente, de un modo u otro, todo terminaría.

Habían echado amarras el giro anterior, después de que los Administratii informaran de que aprobaban el lance de ejecución. El horario iba muy justo; ya se habían celebrado cinco giros enteros de juegos, y centenares de prisioneros del estado habían sido asesinados. A los editorii les había costado horrores buscar sitio para otro combate de ejecución en las festividades del giro siguiente, pero que se pudriera todo un establo de gladiatii podía suponer un muy mal ejemplo para los demás collegia. Por tanto, los Halcones de Titus afrontarían la justicia en un espacio de cinco minutos después de la última carrera de equillai. Sus vidas se apagarían mientras la gente esperaba que le trajeran la comida o hacía una escapada rápida al retrete antes de la atracción principal. Y después de la centrera, después de sus asesinatos, daría inicio el Venatus Magni.

Plic.

Plic.

Lexa estaba sentada a solas en su celda escuchando las celebraciones, el rugido de la avasalladora multitud que sacudía la misma piedra a sus pies. A los campeones de cada collegium se les concedía cierta intimidad: sus paredes eran de piedra, su cama estaba limpia y tenía dos pequeños orbes arkímicos que daban una luz cálida y constante. Una pequeña mirilla en su puerta de roble dejaba entrar un ápice de aire fresco, el olor de las cocinas, de la sangre, del aceite y el hierro. Lexa se preguntó en qué condiciones tendrían encerrados a Wells y a los demás. Cuánto más se verían obligados a sufrir antes de salir por última vez a la arena. Don Majo estaba acomodado en su sombra, mirándola con sus no-ojos. Susurrándole que pronto, de un modo u otro, todo terminaría.

Lexa no respondió.

Cuando los habían escoltado a Furiano y a ella por el atestado distrito de los nacidos de la médula hasta las entrañas del estadio de Tumba de Dioses, el giro anterior, se había quedado maravillada por la tremenda inmensidad de la construcción. Ya la había visto cuando era pequeña, por supuesto, pero nunca desde tan cerca. La estructura elíptica del estadio estaba tallada directamente en el mismo Espinazo, se extendía trescientos metros y sus anillos concéntricos de gradas se alzaban en cuatro alturas. Elegantes arcos y acanalados contrafuertes de mármol sólido y hueso de tumba, y estatuas de Aquel que Todo lo Ve y sus Cuatro Hijas rodeando el anillo exterior. Era una maravilla de la ingeniería, un testimonio de la genialidad de quienes lo habían diseñado, del sufrimiento de los esclavos que lo habían construido, un monumento abrumador al poder, a la visión y, sobre todo, a la crueldad de la República Itreyana. El venatus de ese giro había terminado y el público salía en tropel a la calle con brillantes sonrisas y ojos muy abiertos. Las campanas de las catedrales repicaban por toda la ciudad, llamando a los fieles a misa. Con los tres ojos de Aquel que Todo lo Ve abiertos en el cielo, los ciudadanos más devotos de la república se preparaban para una nuncanoche de oración y piedad públicas, y los menos religiosos, para una velada de desenfreno privado. La emoción era arkímica y la expectación por el Magni alcanzaba cotas vertiginosas. Lexa oyó el traqueteo de los enormes mekkenismos debajo de ella, sin duda porque los sacerdotes del Monasterio del Hierro habían ido a comprobar que todo estuviera listo para el giro siguiente. Se trataba del acontecimiento más importante del calendario itreyano, una exaltación de la república y del Dios de la Luz. El giro siguiente tendría lugar el espectáculo más grandioso celebrado bajo los soles ante los ojos estupefactos de la multitud, y el propio cónsul coronaría al guerrero más poderoso de Itreya con unos laureles dorados mientras la mismísima Mano de Dios concedía a ese guerrero la libertad.

Era el tejido con el que se creaban las leyendas.

Plic.

Lexa no miraba nada.

Plic.

No decía nada.

Plic.

Solo escuchaba los ecos de la muchedumbre al retirarse, de los legionarios que patrullaban el subsuelo del estadio, el raspar de una escoba mientras un esclavo se acercaba por el pasillo que llevaba a su celda. Y sobre todo, escuchaba los pensamientos del interior de su cabeza.

«Aquí no es donde voy a morir. —Lexa negó con la cabeza, apretó los puños—. Me queda demasiada matanza por hacer.»

La escoba se detuvo al otro lado de su puerta. Oyó un frufrú de tela, la suave melodía del metal contra el metal, el leve chasquido de la cerradura mekkénica de su puerta. Entró un hombre, barriendo el suelo a su paso, con la espalda encorvada por los años y el pelo canoso alzado en un rebelde revoltijo sobre un par de penetrantes y familiares ojos.

—Bueno —dijo el anciano, cerrando la puerta—, el alojamiento no es nada del otro mundo, pero sus residentes son directamente deplorables.

—¡Gustus!

Lexa se levantó del suelo y corrió a sus brazos. El obispo de Tumba de Dioses le dedicó una amplia sonrisa y la envolvió en un fuerte abrazo. Lexa casi se echó a llorar, sintiendo que toda la tristeza y el dolor de los últimos giros de pronto le pesaba un poco menos. La tensión se vertió a través de sus pies a la piedra indiferente del suelo. Lo apretó tanto que le hizo difícil respirar, y el anciano le dio unas palmaditas en la espalda hasta que Lexa aflojó un poco y se pasó los nudillos por los ojos.

—Por el abismo y la sangre, cómo me alegro de verte —suspiró.

—Y yo a ti, cuervecilla —dijo su antiguo mentor con una sonrisa.

—Tienes buen aspecto —dijo ella.

—Tú lo has tenido mejor —replicó él, tocándole la cicatriz de la mejilla—. ¿Qué tal aguantas aquí dentro?

—Bastante bien. —Lexa se encogió de hombros—. La veroluz me hace difícil nismar las sombras. La comida es una mierda. Y me muero por un cigarrillo.

—Bueno, para las primeras dos cosas no tengo solución —dijo el obispo—. Pero para la tercera…

Gustus metió la mano en su túnica raída y sacó una fina pitillera de plata. La cara de Lexa se iluminó cuando el hombre sacó dos cigarrillos y los encendió con un pequeño yesquero. Casi arrancó el cigarrillo de la mano que se lo ofrecía, y llevó el humo a sus pulmones como si le fuera la vida en ello. Con un gemido, se apoyó contra la pared, echó atrás la cabeza, liberó al aire una voluta de gris con olor a clavo y se lamió el azúcar de los labios.

—Es de Dorian el Negro —susurró.

—Los mejores cigarrillos de la Tumba. —Gustus sonrió.

—Por los dientes de las Fauces, podría darte un beso.

—Guárdate el aprecio para mañana —dijo él—. Podrás agradecérmelo no dejando que te maten como la tonta que eres.

—Ahí es donde está el truco —repuso ella.

—Nuestra joven dona Griffin me ha puesto al día sobre los detalles de tus aventuras desde que abandonaste la Tumba —dijo Gustus—. Gracias a la Negra Madre que no me ha ido informando con regularidad, o me habría dado un puto ataque al corazón.

—Reconozco que el plan se ha… desmadrado un pelín.

—¿Desmadrado? Ha explotado por todas partes como la mierda de un demente, Lexa. Tengo a Solis pegado al culo como la seda barata al de un dulcechico de a dos mendigos. Le he dado esquinazo bastante bien hasta ahora, pero empieza a perder la paciencia. —Gustus torció el gesto y dio una calada al cigarrillo—. Ahora mismo estás recorriendo el norte de Vaan, por cierto. Se te escapó el portador del mapa en Villa Corneja por un solo giro.

—Qué chapucero por mi parte —murmuró Lexa.

—Ya, bueno, nunca fuiste mi alumna más aventajada.

Lexa sonrió e inhaló otra bocanada de cálido y dulce gris.

—Recibí una visita a los pocos giros de tu partida, ¿sabes? —dijo Gustus—. Una amiga tuya llegó husmeando por la necrópolis.

—No tengo amigos, Gustus, ya lo sabes.

—¿Una chica llamada Belle? Dijo que la enviabas tú.

Lexa parpadeó mientras una memoria distante se le acercaba despacio por la espalda como una ladrona. Recordó a la chica de catorce años en la casa de placer braavi, con el labio magullado y demasiado dolor en los ojos.

—¿Fue a buscarte? —Lexa sonrió—. Me alegro por ella.

—No me dedico a recoger a todos los vagabundos que pasan por la calle, Lexa —gruñó—. Soy obispo de Nuestra Señora del Bendito Asesinato, no la puta beneficencia.

Lexa se cruzó de brazos y clavó en Gustus su mirada oscura.

—Recuerdo a una vagabunda que se plantó en el mostrador de Gustusiosidades no hace tanto tiempo —dijo—. Una chica que no tenía ni un amigo en el mundo, pero sí toda una república en su contra. A ella sí que la recogiste. Le diste un lugar al que pertenecer. Le diste amor en un mundo en el que ella no creía que quedara más que mierda. Y ahora que lo pienso, creo que nunca llegó a darte las gracias. —Lexa dio un suave beso en la mejilla al anciano—. Así que gracias. Por todo.

—Quita —murmuró él, apartándola.

—Sé lo mucho que te ha costado ayudarme —dijo ella—. Sé lo que has arriesgado para traerme hasta aquí. Azgeda y Jaha me quitaron a mi familia, pero en ti encontré una nueva.

El anciano se aclaró la garganta y frunció el ceño.

—No te me estarás ablandando, ¿verdad, cuervecilla?

—Ni se me ocurriría.

El anciano parpadeó deprisa y se frotó la cara.

—¡Joder si hay polvo en estas celdas!

—Sí —dijo ella, sonriendo y pasándose la mano por los ojos—. Hay muchísimo. ¿Clarke está preparada?

—Todo está preparado. ¿Aún confías en ella?

—Con mi vida.

—Creo que te ha cogido afecto.

Lexa sonrió alrededor de su cigarrillo.

—Siempre ha tenido bastante mal gusto.

Gustus suspiró y la miró al fondo de los ojos.

—¿Estás segura de que sabes lo que haces?

—Si no, es un poco tarde ya para cambiar de canción. —Lexa se encogió de hombros—. Seguiré bailando hasta que pare la música y ya veremos dónde me han llevado los pasos.

—No es demasiado tarde, Lexa. Aún puedes cambiar de opinión.

—Pero ahí está el asunto, Gustus —dijo ella—. Es que no quiero. Aunque no tuviera conmigo a Don Majo y a Eclipse, no estaría asustada. Hasta el último giro de los últimos siete años me ha traído hasta este punto. Interpretaré el papel que me ha asignado el destino. Y mañana, cuando se cierre el telón tras el último acto, las vidas de Azgeda y Jaha se cerrarán con él.

—Pero recuerda —dijo Gustus ceñudo— que el último acto de la obra no tiene por qué ser también el tuyo.

—No tengo deseos de morir. —Lexa suspiró y aplastó el cigarrillo contra la pared—. La verdad es que suena mucho más interesante ser la asesina más buscada de la república.

—Un noble objetivo al que debería aspirar cualquier chica. —Gustus sonrió.

Lexa le devolvió el gesto, enseñando los dientes.

—En fin, una vez me dijiste que nunca sería una heroína.

Los ojos de Gustus se anegaron en lágrimas. La apretó en un fuerte abrazo contra su pecho. Y allí, en la oscuridad, estando los dos solos, al oído de la chica a la que consideraba su propia hija, el anciano susurró:

—Quizá te mintiera.