Entre la espada y la pared
Capítulo 16. Decisiones difíciles


Tras pasarse por su apartamento para ponerse algo más formal, Jubal se dirigió al 26 Fed. Sabía que podía cruzarse allí con Isobel, y que no sabía cómo podría resultar aquello pero, como efectivamente le había dicho ella ayer, se habían puesto en contacto con él por lo de su declaración. Quería dejar aclarado ese tema, por su bien y por el de Isobel. Y tal vez lograría hablar con el ADIC; hacerlo cambiar de opinión.

Mientras, luchaba contra aquella pesadumbre que lo hacía sentirse como si el día fuera nublado y plomizo, aunque de hecho por fin después de muchos días, fuera completamente soleado. No podía dejarse hundir de esa manera.

Después de pensarlo un momento, había decidido dejar la muleta en casa, más por estar harto de tener que usarla que porque no la necesitara. Además, el esfuerzo extra le vendría bien para no pensar en otras cosas.

Ya en el 26 Fed, cuando entró en el JOC, todos dejaron lo que estaban haciendo para recibirlo con entusiasmo. Maggie le dio un breve abrazo, mientras que OA y los demás estrechaban sonrientes su mano, y le daban palmadas de ánimo en la espalda. Fue exactamente como volver a casa. Le dio a su corazón algo de alivio.

Después de que los saludara a todos, Elise y Maggie lo llevaron aparte.

—¿Has hablado con Isobel? —preguntó Maggie.

Jubal se lamió disimuladamente los labios intentando no dar ningún indicio de lo fresco que estaba en su mente que había hecho mucho más que hablar con ella. Un hormigueo se le extendió por todo el cuerpo antes de poder controlarlo, mientras regresaba a su pecho la sensación de pesadez.

—Sí, hemos... estado en contacto todos estos días. ¿Qué ocurre?

—Entonces, ya sabes lo del vídeo —dijo Elise.

Jubal suspiró.

—Sí —respondió llanamente.

Los tres intercambiaron miradas sombrías. Jubal apartó la cara, incómodo.

Elise lo escrutaba de una manera peculiar que lo estaba poniendo nervioso. Si había visionado el vídeo completo, había visto su desesperación al ser testigo de lo que Ferkov le estaba haciendo a Isobel, los había visto abrazarse desesperadamente después. Y Elise era de las personas más observadoras que Jubal había conocido nunca... Demonios, serlo era su trabajo.

—De hecho, he venido a ampliar mi declaración. Cuanto antes deje la cuestión resuelta mejor —añadió intentando cambiar de tema.

Y se metió en otro jardín, porque Maggie era quien había tomado su declaración inicial.

—Ajá —replicó Maggie, mirándolo también con detenimiento.

Y, sin embargo, no le pidió más explicaciones. Sólo hizo un asentimiento, reconociendo y admirando la lealtad que él demostraba hacia Isobel.

—Además —continuó Jubal—, quiero hablar con el ADIC de la suspensión de Isobel; intentar hacerlo recapacitar.

—Sí, ha sido muy injusto —opinó Elise enfadada.

—Esta persecución a Isobel por hacer su trabajo tiene que terminar —afirmó Jubal, decidido—, ¿sabéis si está Reynolds hoy?

—Está ahora Isobel hablando con él —dijo Maggie—. Por lo de los cargos a los clientes.

Jubal no sabía de lo que estaba hablando.

—¿Qué pasa con eso?

—¿Isobel no te lo ha dicho? Es indignante. Están presionando para dejar a los clientes de la agencia de adopción completamente fuera de esto.

Jubal se quedó de piedra. Tuvo que parpadear varias veces.

—¿Qué? ¡Ni hablar! ¿Por qué no me has llamado para decírmelo? —protestó.

¿Por qué Isobel no se lo había dicho tampoco? Maggie lo miraba desconcertada.

—Pensaba que seguías ingresado...

Jubal negó con la cabeza, disgustado.

·~·~·

—Así que quieren barrerlo bajo la alfombra. Que deporten a las chicas y abandonar a los bebés. ¿Y nosotros les vamos a dejar? —preguntó indignada Isobel a Reynolds.

—No quieren verse envueltos en un escándalo. Estamos hablando de gente muy poderosa, Isobel. Ya sabes cómo funciona esto.

Isobel ignoró su tono paternalista. Se apoyó en la mesa del ADIC con ambas manos.

—Me importa un rábano quienes sean. Como si son el Maharajá de Kapurthala. Debieron pensarlo antes de hacer uso de una agencia tan turbia. A algún nivel tendrán que hacerse responsables de su implicación en esto —exigió con vehemencia.

Reynolds se puso de pie.

—Al Director no le va a gustar nada esto, Isobel —amenazó.

—¿Y al Adjunto del Fiscal General? ¿Qué le va a parecer a Nathan que ni siquiera se cuente con él para tomar estas decisiones?

Reynolds retrocedió un poco, parecía francamente incómodo. Isobel empezó a sospechar que él tampoco estaba de acuerdo con tragar con aquello.

—Estás siendo muy irrazonable.

—Esas chicas se merecen justicia. Y no podemos dejar desamparados esos niños inocentes —intentó Isobel darle argumentos para que se pusiera de su parte. Ante la expresión obstinada de él, Isobel quemó su último cartucho—. Si siguen adelante con esto, renuncio.

La puerta de despacho de Reynolds, que no estaba del todo cerrada, se abrió de par en par dando paso a Jubal, que irrumpió dentro a grandes zancadas, aunque cojeando un poco.

—Isobel tiene mi total respaldo en esto, señor —se dirigió ceñudo a Reynolds sin mirarla—. Si ella se va, yo también.

Isobel lo miró con la boca abierta.

—No sé en qué mundo de piruleta viven ustedes. Las. Cosas. No. Funcionan. ASÍ —exclamó Reynolds, levantado la voz.

—Tiene que haber un modo de que no se vayan así, de rositas —volvió a insistir Isobel.

—Amenazarlos con Hacienda, por ejemplo —propuso Jubal.

Isobel lo miró con admiración y el corazón inflamado porque, de hecho, eso podría funcionar.

Pero Reynolds no cedió.

—Si seguís insistiendo en esto es posible que me vea obligado a prescindir de vuestro servicio —declaró, aunque su tono tenía un curioso tono de reproche.

El estómago de Isobel se convirtió en un bloque de plomo.

—Entonces tendrá que prescindir de mí también, señor —dijo Maggie desde la puerta.

Isobel se giró bruscamente y se encontró que sus cuatro mejores agentes estaban entrando.

—Y de mí —declaró OA.

Stuart y Tiffany también unieron sus voces a las de ellos dos.

Pero es que, además, detrás venía el JOC entero.

—Y de nosotros, señor —añadió Elise.

Los agentes, analistas y enlaces del JOC se colocaron detrás de ella respaldándola; un muro de brazos cruzados y ceños fruncidos.

Jubal se volvió a Reynolds con una expresión exaltada y desafiante.

—A mí seguramente pueda sustituirme, señor, pero —señaló por encima de su hombro con el pulgar de un modo bastante asertivo— buena suerte sustituyéndolos a ellos porque, cada uno en su especialidad, son las treinta mejores personas en su trabajo. Escogidos exprofeso por todo el país.

El corazón de Isobel galopaba desbocado en su pecho, contemplando a Jubal con ojos brillantes. Y en ese mismo momento tuvo que reconocer que estaba enamorada de él. Simple y llanamente.

Logró volver a dirigir su atención a Reynolds.

—Tiene que haber algo que podamos hacer desde aquí, señor —insistió una vez más, con todo el impulso y toda aquella fuerza que le habían proporcionado.

Los ojos de Reynolds los recorrieron a todos con expresión sombría.

Y, para sorpresa de todos, se rio entre dientes.

—Está bien. Transmitiré nuestras inquietudes al Director —dijo con una sonrisa algo irónica. A Isobel no se le pasó por alto que había dicho "nuestras", incluyéndose en el "motín" —. Y ahora, fuera de mi despacho, antes de que me arrepienta y los despida a todos.

·~·~·

Una vez fuera Isobel miró a Jubal fijamente. Estaba teniendo problemas para resistir la tentación de comérselo a besos delante de todos los demás. Tuvo que adoptar su expresión más severa.

—¿Has organizado tú todo esto?

No dejándose amedrentar, Jubal cuadró los hombros. Tenía muy claro que había hecho lo correcto. Fue a replicar, pero Maggie se le adelantó:

—Jubal ha venido a respaldarte, Isobel. Los demás sólo lo hemos seguido.

Haciendo todo lo que podía por no sonreír a Jubal como una tonta, Isobel apartó la cara un tanto bruscamente.

—Está bien —concedió—. Muchas... Muchas gracias a todos. De verdad —dijo sin mirar a nadie en particular y giró sobre sus talones rumbo a su despacho, antes de cometer un grave y público desliz.

Su repentina marcha dejó a Jubal con un regusto amargo en la boca. Dudó durante un momento y la siguió.

Isobel ya se había sentado detrás de su mesa cuando Jubal llamó a la puerta.

—¿Qué haces aquí? ¿No estabas suspendida? —preguntó.

Todavía alterada, Isobel evitó mirarlo directamente.

—Umm... Sí, pero tenía que dejar hechas un par de cosas aquí —contestó moviendo papeles por su mesa sin demasiado propósito.

—¿Puedo hablar contigo? —pidió él con voz queda.

—Por supuesto, pasa.

Jubal cerró la puerta tras de sí. Isobel no permitió que eso la pusiera nerviosa. Bueno, lo intentó al menos. Se le escapó el principio de una sonrisa.

—Dime —dijo poniendo las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos, parapetándose en su actitud más seria y profesional porque lo que Isobel deseaba ahora mismo era arrancarle toda la ropa; por supuesto, tendría que esperar a más tarde para eso. Ahora ya no tenía ninguna duda de que quería encontrarse con Jubal en su casa después.

Desafortunadamente, aquella distante formalidad suya fue para Jubal como si estuviera bajo el agua ahogándose, intentando alcanzar la superficie, e Isobel le hubiera pisado la cabeza.

—He estado pensando en pedir el traslado —dijo él a bocajarro.

No lo había decidido realmente hasta aquel preciso instante. Había ido a allí para discutirlo con ella, pero acababa de llegar a la conclusión de que no había nada que plantear.

El jarro de agua fría fue paralizante. Isobel se quedó congelada. Para justo después acribillarlo con la mirada.

—¿Qué?

—Que voy a pedir el traslado.

—¿Y se puede saber por qué? —preguntó Isobel.

Su voz había sonado indignada, aunque se sentía absolutamente desgarrada por dentro. Una petición de traslado. A Isobel le habría sido casi imposible encontrar las palabras para describir lo humillada y avergonzada, traicionada y herida que se sentía.

A Jubal se le retorció el estómago en un apretado nudo; acusó el latigazo de su enojo con un leve tic en la mejilla. No contestó. Se quedó mirando la pared que ella tenía detrás.

—¿No vas a dar ni una explicación siquiera? —preguntó Isobel con severidad ante su silencio.

Aunque temía saber la razón: que el extraño ¿arreglo? -no sabía siquiera si llamarlo relación- que habían tenido -¿que aún tenían?- hacía a Jubal sentirse tan incómodo por todo lo que implicaba, hasta el punto de querer marcharse.

Si Jubal no había contestado ya había sido porque estaba reuniendo arrestos para decidirse a decir lo que tenía que decir. Acabemos con esto. Tomó aire, intentando sin éxito deshacerse de la presión que tenía en el pecho.

—He desarrollado hacia a ti sentimientos que no son adecuados para nuestra relación laboral —declaró. Se maldijo internamente. Vaya una manera estúpida de exponer la cuestión. Pero no era momento de ponerse tierno, precisamente—. Me he dado cuenta de que esto fluye en un solo sentido. Lo he pensado y creo que será mejor ahorrarnos a los dos el mal trago.

Por desgracia, Isobel había dejado de escuchar hacía varias frases ya. Se había quedado atascada en de lo de "He desarrollado hacia a ti sentimientos...".

—¿Qué-? Perdona, ¿qué acabas de decir? —preguntó Isobel desconcertada.

Tenía que haber oído mal.

—Creo que es mejor ahorrarnos el mal trago —repitió Jubal intentando mantener la serenidad a pesar de que aquel peso en el pecho se estaba haciendo insoportable.

Isobel negó con la cabeza.

—No, antes de eso.

—Que... fluye en un solo sentido —dijo él con voz ronca.

Tener que volver a decir aquello en voz alta, le retorció el corazón a Jubal con una crueldad tal que no pudo reprimir una mueca de dolor.

—¡No, lo primero que has dicho! —se desesperó Isobel mientras las últimas palabras de Jubal volvían a caer en saco roto. O casi.

Jubal suspiró, dolido y abochornado. ¿Por qué Isobel le hacía esto? ¿Qué ganaba con humillarlo de esa manera?

—He desarrollado hacia a ti —dijo con voz hueca— unos sentimientos que no son adec-

—Pero... —lo interrumpió Isobel—. ¿Cómo...? —Bajó los ojos. El torbellino de confusión casi la mareó. Intentó poner orden en sus pensamientos, pero era como si alguien los hubiera barajado a conciencia—. Yo pensaba que tú no. Que no- Suponía... Suponía que aún estarías- Que estabas afectado aún por haber... perdido a Rina —balbuceó con una torpeza muy impropia de ella.

Aquello añadió una buena paletada de culpa al desengaño de Jubal. Porque sí, se había sentido horrible por aquello, aún lo hacía, pero su corazón había encontrado el modo de enamorarse de Isobel a pesar de todo. Tal vez por lo que habían pasado los dos, por cómo se habían necesitado y habían sanado juntos. O porque durante el instante más eterno y terrible de su vida Jubal creyó que había perdido a Isobel también.

O tal vez fuera porque aquello llevaba dentro de él, agazapado y reprimido más tiempo del que había sido consciente.

Tragó con dificultad un nudo en la garganta.

—Ya. Bueno, no puedo controlar lo que siento —replicó llanamente abriendo las manos en un gesto sincero.

—¿Dejarías tu puesto en el JOC... por mi culpa? —jadeó Isobel, todavía absolutamente confusa.

—Me encanta mi trabajo, ya lo sabes. —Suspiró. Sólo pensar en dejar todo aquello era ya doloroso—. Pero... tú me importas más.

—"Fluye en un solo sentido"... —repitió en un murmullo Isobel con los ojos muy abiertos.

Jubal apretó las mandíbulas.

—Has rechazado cualquier muestra de afecto que te he intentado mostrar... —murmuró encogiéndose de hombros, con los ojos húmedos a pesar de lo mucho que se estaba esforzando por mantener la calma—. Es evidente que no sientes lo mismo que... —pero se le cortó el habla al tomar consciencia de la cara anonadada de Isobel, que él interpretó con profunda desazón como que no podía creer lo que estaba oyendo.

¿Tan inverosímil era? Da igual. ¿Qué sentido tiene si ella no te quiere?, se preguntó retórica y amargamente.

En realidad, la expresión de Isobel era tan perpleja porque se estaba percatando de que había cometido un error. Un terrible y catastrófico error. Su mente estaba rememorando todos y cada uno de los momentos en los que ella se había retraído de su contacto, sus miradas o sus atenciones... porque había pensado que el modo en que le afectaban era, por no intencionado por parte de él, simplemente injustificado por parte suya.

El silencio se hizo insoportable para Jubal.

—Seguramente lo mejor será que me vaya —murmuró con el corazón hecho trizas.

Rogó porque el traslado no tardara en hacerse efectivo, porque no sabía cuánto podría aguantar alrededor de Isobel en aquella situación. Se volvió para irse por la puerta.

Aquel dolor en los ojos de Jubal justo antes de irse sacudió a Isobel como una descarga eléctrica, sacándola de su estupor. Se levantó como un resorte.

—¡Espera! —exclamó y Jubal se detuvo; girándose a medias, la miró cauteloso.

Ella casi tropezó por llegar hasta él. Pero sus pies se negaron a avanzar más antes de estar a una distancia demasiado cercana.

—Pero... ¿Pero tú quieres marcharte? —protestó ella con la respiración agitada.

A Jubal se le encogió el corazón al ver la desesperación en el fondo de los ojos de Isobel. Lo cogió por sorpresa. Le recordó de repente lo que estaba dispuesto a hacer y a sufrir por Isobel. La ordalía por la que habían pasado juntos en Shaslivaya Vestrecha era prueba de ello. Jubal soportaría tortura por ella, mataría por ella... Moriría por ella.

—No, no quiero irme—contestó casi jadeando—. ¿Tú querrías que me quede? —inquirió con voz grave.

Las palabras de aliento que Isobel deseaba decir se negaron a salir por su boca. Conteniendo la respiración, levantó la mirada y, por una vez, permitió que todo el cariño que sentía por él se desbordara por sus ojos.

Aquella inesperada riada le trajo a Jubal lo que Isobel le había susurrado la noche anterior. Resonó claramente dentro de su cabeza: Si hay alguien que tiene derecho... eres tú.

Teniendo problemas para mantener bajo control sus esperanzas, que se habían alzado rugiendo del modo más insensato, dio un paso hacia ella.

—No importa. Me quedaré —declaró con inamovible decisión a pesar de que el rechazo seguía siendo una posibilidad desgarradoramente real.

Isobel casi no lo dejó terminar.

—¿Te he dicho alguna vez... —preguntó con un murmullo cálido, mirándolo con los ojos entrecerrados como si intentara descifrar algo fascinante. El aire se quedó atrapado en la garganta de Jubal, no sabiendo qué esperar—...lo mucho que adoro lo valiente que eres? —concluyó, mientras le ponía despacio, algo vacilante, la mano en la mejilla, sus brillantes ojos eran estrellas del más oscuro cielo nocturno.

Una sonrisa iluminó de repente el rostro de Jubal, la euforia estallando dentro de él como un fuego de artificio. Al tiempo que la atraía hacia sí, capturó su boca de inmediato. Isobel no se hizo de rogar para responder aquel beso impetuoso... y lo hizo con todo su corazón.

·~·~·

—¿Sabéis? —estaba diciendo OA, risueño—. Esto que acabamos de hacer ha sido el acto de insubordinación más satisfactorio que he cometido nunca.

Sus otros tres compañeros agentes, junto con Elise, Ian, Hobbs y Kelly, rieron sin montar escándalo.

Todos los demás habían regresado al JOC, pero ellos habían terminado reunidos alrededor de los escritorios de los primeros, cerca del despacho de Isobel.

—Hemos hecho bien en respaldarlos —dijo Maggie.

Hubo asentimientos efectivamente satisfechos.

—Era lo correcto —afirmó Ian.

—A mí me ha recordado una obra de teatro que me hicieron leer en el instituto, en clase de español: "Fuenteovejuna" —comentó Scola sonriente—. [¿¡Quién mató al comendador!?] —interpretó en un español con mucho acento, acusando con el dedo índice, para luego responderse a sí mismo—: [¡Fuenteovejuna, señ-!]

—¡Uoah! —exclamó Tiffany de pronto con los ojos como platos mirando detrás de él.

Los demás se giraron hacia donde ella miraba.

A través de la cristalera del despacho del SAC, se podía ver que Jubal e Isobel se abrazaban. Él la tenía sujeta por la cintura, mientras ella le cogía la cara con una mano... y se estaban besando apasionadamente.

Las mandíbulas de casi todos colgaron flojas de sorpresa. De todos, menos de dos personas.

Con un leve sobresalto, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Isobel se separó de Jubal, el cual se la quedó mirando sobrecogido como si ella fuera lo mejor que le había pasado en la vida.

Fuera, todos lograron reaccionar y disimular a tiempo, volviéndose hacia a la persona o la pantalla más cercana. Para cuando Isobel comprobó si alguien los había visto, ninguno miraba ya en su dirección.

—Por favor, decidme que no soy la única que ha visto eso... —susurró tensa Tiffany, inclinada sobre el puesto de Stuart.

—¡Demonios has sido la única! —exclamó él entre dientes aún atónito, mirando sin ver su monitor.

Hobbs y Kelly fingían discutir algo sobre la tablet del primero con las cejas levantadas por la impresión y luchando por contener la risa.

OA se mordía los labios con los ojos demasiado abiertos mientras asentía a la impresionante cara de póker de Ian quien, por otro lado, había perdido completamente el habla, convirtiendo el gesto de OA en algo fuera de lugar.

Maggie y Elise, en cambio, intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron verdaderamente complacidas.

~Fin~