Entre la espada y la pared
Capítulo 17. Cuando quisiera (Epílogo)
Estaban en el sofá, y los besos se habían vuelto poco a poco más intensos, húmedos y apasionados. Se abrazaban buscando mayor contacto.
Después de lo ocurrido en el despacho de Isobel, se separaron prometiendo algo torpemente verse más tarde. Jubal fue a presentar su nueva declaración, cosa que aprovechó para abogar con vehemencia en defensa de Isobel. De algo debió de servir, porque Reynolds la mandó a casa por hoy, pero diciéndole que al día siguiente podía regresar a su puesto.
Apenas había llegado Isobel a casa, cuando Jubal llamó a su puerta. Ella le invitó a entrar, pero luego se quedaron en silencio, sin saber qué decirse.
A pesar de cómo se habían besado antes en la oficina, Jubal había luchado inicialmente para atreverse a hacerlo de nuevo. Así que se limitó a mirarla a los ojos, cautivado.
Isobel se había solazado en ahora sí ser capaz de ver el inmenso afecto que había en la mirada de Jubal. Se había dejado llevar y le había acariciado la mejilla cariñosamente.
Para enorme satisfacción de Jubal, los ojos y el comportamiento de Isobel ya no escondían lo que sentía, haciendo que se le desbocara el corazón. Irremediablemente atraído, se inclinó y la besó con la mayor delicadeza.
Se abrazaron lentamente, y durante largo rato, sus labios estuvieron encontrándose con suave dulzura.
Isobel lo había llevado hasta su sofá y habían continuado allí, entre tiernas caricias.
Ninguno de los dos sabría decir cuál de ellos había cambiado el juego. Simplemente la necesidad de uno por el otro había seguido creciendo. Cuando quisieron darse cuenta, los besos eran fogosos y se exploraban tentativamente sus cuerpos.
Subiendo una mano desde el muslo de Isobel, por su cadera y su cintura, Jubal alcanzó un pecho y deslizó la mano sobre él por encima de la blusa. Isobel suspiró pesadamente.
Aún besándola, Jubal abrió un par de botones. Con un movimiento muy deliberado, metió la mano por su escote hasta que estuvo sobre uno de sus pechos y lo abarcó con toda la palma acariciándolo despacio sobre el sujetador, para luego utilizar el pulgar habilidosamente. Isobel gimió. Qué bueno era haciendo eso. Era delicioso, pero lo detuvo. Jubal la miró un poco preocupado.
—Quiero que me dejes hacer a mí... —le susurró Isobel con una sonrisa tentativa que lo tranquilizó y lo hizo sonreír a su vez.
Deseaba que la tocara, pero esta vez necesitaba tener totalmente el control. Y demostrarle a Jubal que podía hacerlo trepidar tanto como él siempre la hacía temblar a ella.
A Jubal le costó cierto esfuerzo, pero no discutió. Volvió a colocar las manos en su cintura y ofreció la boca para que Isobel lo besara.
Ella no pudo resistirse. Al principio, fue comedida, pero después se fue volviendo cada vez más ardiente y provocadora. Sobrepasado, Jubal la estrechó ansioso contra él. Casi involuntariamente, coló la mano entre los firmes muslos de Isobel, lamentando que hoy llevara pantalones en lugar de falda.
La ascendente caricia estuvo a punto de hacer olvidar a Isobel cuál era su plan. Pero no. Esta vez no iba a permitírselo. Detuvo el beso y, mirándolo a los ojos, lo cogió con suavidad por ambas muñecas y le subió las manos por encima de la cabeza. Se las sujetó al respaldo del sofá con firmeza. Jubal se dejó hacer pero le dirigió una mirada interrogativa.
—He dicho que me dejes a mí —insistió Isobel.
Ella se levantó brevemente y se sentó a horcajadas sobre sus muslos; acercando su boca, lo tentó con sus labios.
Intentó besarla pero Isobel no le dejó. Lo sujetó con una sola mano y empezó a desabotonarle la camisa. Cuando la abrió del todo, le recorrió el pecho con la palma, sensualmente. Todo aquello le resultaba a Jubal curiosamente excitante.
Isobel fue a soltarle las muñecas.
—¿Vas a portarte bien? —preguntó antes, algo suspicaz.
No estaba segura de si estaba a logrando el efecto deseado.
—Sí, señora —aseguró él, con una falta de aire que a Isobel le pareció bastante alentadora.
Cuando ella lo soltó, Jubal mantuvo los brazos levantados, como si estuviera atado. Isobel se inclinó sobre él y le acarició con suavidad la oreja con los labios, le chupó el lóbulo. Luego comenzó a besarle el cuello mientras, con cuidado de no tocar sus quemaduras, disfrutaba de acariciarle el torso con ambas manos y de oírlo suspirar. Cuando los labios de Isobel descendieron por su pecho, rozó además sus pezones con las yemas de los dedos. Jubal tembló y no pudo evitar gruñir. Apretó los puños luchando contra la tentación de devolver las atenciones.
Isobel lo miró complacida, y sustituyó sus dedos en los pezones por la punta de su lengua. Sus manos pusieron rumbo sur.
Jubal estaba ya jadeando cuando ella alcanzó su entrepierna y empezó a tocarlo por encima de la ropa. El deseo de Isobel se disparó cuando lo encontró en estado de completa rigidez. Lo recorrió con la mano, regodeándose en su cálido y firme tacto. Jubal se retorció contra sus inexistentes ataduras.
—Maldita sea, Isobel —jadeó—. Habría preferido que me hubieras atado de verdad —se lamentó; no sabía cuánto podría resistir aquella dulce tortura.
Isobel encontró aquello maravillosamente sugerente. Lo miró mordiéndose el labio inferior.
—Quizás en otra ocasión —respondió—. Si me lo pides por favor...
Continuó lamiéndolo y acariciándolo. Durante un rato más, Jubal no fue capaz de decir nada, sólo sentir.
—Hay otras cosas que deseo más... —logró decir al fin a pesar de la falta de aliento.
Isobel le mordisqueó un pezón haciendo que Jubal dejara escapar un sonoro jadeo.
—¿Ah, sí? —preguntó ella provocativamente.
Jubal necesitó unos momentos para poder contestar.
—Yo también quiero saborear tu piel... —pidió, suplicante.
Isobel se sintió inflamarse ante el ardiente deseo que transmitieron sus ojos avellana y su grave voz. Si era algo que él deseaba tanto... entonces entraba dentro de su plan de hacerlo disfrutar. Decidió que no debía negárselo.
Mirándolo a la cara, se abrió su propia blusa y se acarició ambos pechos con movimientos sensuales. Aferrándose al respaldo del sofá, a Jubal casi se le salieron los ojos de las órbitas. Y más aún cuando Isobel se alzo sobre las rodillas y se bajó las copas del sujetador. Para ella fue delicioso ver esa hambre insatisfecha en la mirada de Jubal.
Se acercó, y puso un pecho al alcance de su boca. Él no vaciló ni un segundo, tomando el pezón con sus labios y rozándolo con delicadeza. Era la primera vez que Jubal le hacía aquello e Isobel descubrió que era extraordinario. Pero no fue nada en comparación con cuando empezó a juguetear con su lengua. Isobel se aferró a su cabeza y comenzó a gemir. Jubal, imposiblemente estimulado por aquellos deliciosos sonidos, alternó lujuriosamente entre ambos pechos, lamiendo y succionando. Su avidez era tal que, para mayor deleite de Isobel, fue innegable que él estaba disfrutando tanto como ella de hacer aquello.
De pronto, Isobel notó que Jubal la había rodeado con los brazos y le acariciaba la espalda y las caderas. No se lo impidió porque era especialmente agradable sentir como la sostenía contra él de esa manera.
Pero un poco después, se retiró para volver a mirarlo a la cara.
—Dijiste que ibas a portarte bien —lo amonestó.
Jadeante, Jubal abrió los brazos y apartó las manos con evidente esfuerzo.
Isobel asintió concediéndole el mérito.
—Así me gusta. —Le cogió la cara con las manos y capturó sus labios con ardor—. Ahora, ven a mi cama —le susurró Isobel en la boca, haciéndolo gruñir.
A Jubal le pareció que ella se había apiadado de él pero en realidad, Isobel estaba bastante desesperada también.
Se pusieron en pie y, sin dejar de besarse, se dirigieron torpemente hacia el dormitorio.
En el pasillo, Jubal no pudo resistirlo y la apoyó contra la pared. Isobel le permitió que demostrara su deseo, pegando y rozando su cuerpo contra el de ella, mientras Isobel terminaba de quitarle la camisa. Bueno, casi se la arrancó. Era muy satisfactorio percibir en la forma en la que le recorría los muslos, las nalgas, todo el cuerpo con las manos, que él apenas podía controlarse. Isobel se dio cuenta de que eso era parte de lo que quería conseguir.
Cuando Jubal empezó a quitarle los pantalones con manos temblorosas, ella lo ayudó activamente. Antes de que se sintiera tentado de acariciarla entre las piernas, Isobel tiró de él hasta su habitación.
Lo sentó en el borde de la cama. Jubal se mordió con fuerza el labio cuando vio que Isobel se arrodillaba delante de él. Y empezaba a abrir la hebilla de su cinturón, para luego abrirle también los pantalones. Ella metió una mano dentro y palpó con cuidado por debajo de la ropa interior, haciéndolo jadear. Despacio, liberó su miembro de cualquier prenda. El modo delicado en que lo tocó para lograrlo hizo a Jubal estremecerse.
Pensando en cómo comenzar, Isobel se detuvo un momento.
Al verla vacilar, Jubal se preocupó.
—No tienes que hacer esto si no quieres... —dijo con voz ronca, porque en realidad se moría por que ella siguiera adelante.
Isobel miró hacia arriba, con ojos penetrantes y empezó a deslizar su mano lenta pero intensamente sobre él. La respiración de Jubal se hizo muy agitada.
—Tengo que devolver el favor... —ronroneó Isobel.
Por todos los santos... Esos ojos negros... Ese contacto. Jubal estaba a punto de salir ardiendo.
—Yo- Lo de esta mañana no lo hice por hacer un favor —jadeó—. Lo hice porque realmente deseaba hacerlo.
Isobel parpadeó y reflexionó un momento.
—Incluso mejor —afirmó y se lamió los labios sensualmente en un gesto irresistiblemente provocativo—. Yo también lo haré porque quiero.
Y se inclinó sobre él, tomándolo con su boca.
Echando la cabeza hacia atrás, a Jubal se le pusieron de inmediato los ojos en blanco ante sus palabras y ante la intensidad de lo que le hacía Isobel. Saltándose sus instrucciones, Jubal no pudo evitar acariciarle la cabeza, entrelazando con delicadeza los dedos en su suave cabello. Ella no se lo impidió. Parecía absolutamente concentrada en lo que estaba haciendo.
Con un esfuerzo, Jubal miró hacia abajo. La combinación de aquella visión con las sensaciones de su cálida boca y su habilidosa lengua fue casi irresistible. Era algo terriblemente erótico para él que precisamente Isobel estuviera saboreándolo de aquella forma tan entregada. Se le había olvidado lo que era que alguien del que estás enamorado te haga algo así con tanto entusiasmo.
Sin detenerse, Isobel lo miró salazmente desde abajo. Jubal fue incapaz de reprimirlo por más tiempo, y empezó a gemir, cada vez más fuerte. Y eso hizo a Isobel arder de deseo y aplicarse aún más.
Al poco rato, lo estaba llevando tan al límite que Jubal, antes de perder por completo el control, tuvo que tirar de Isobel, atrayéndola hacia así, sentándola sobre su regazo.
El rostro de ella se mostraba algo contrariado. Había estado esforzándose por que él terminara en su boca pero Jubal no se había dejado. Tenía que resarcirse de alguna manera. Pegándose contra él, atrapó su excitación entre ambos provocándolo aún más. Jubal la besó alocadamente, y sintió que Isobel sonreía contra sus labios.
Jubal necesitaba más. Se reclinó, tumbándolos a ambos en la cama. Se deshizo de la ropa interior de Isobel con movimientos impacientes, dispuesto a lanzarse sobre ella a continuación.
Pero Isobel lo detuvo terminando de desnudarlo completamente, y sentándose a horcajadas sobre sus caderas.
Ansioso, Jubal fue a cambiar las tornas, pero entonces Isobel lo sujetó de nuevo por las muñecas, contra el colchón. Y para su propia sorpresa, dejó que ella le hiciera lo que quisiera. No sabía por qué, pero era terriblemente incitante para él estar a su merced de aquel modo.
Cuando Isobel lo hizo entrar, lentamente, Jubal dejó escapar un profundo gemido. Ella lo miraba con ojos entrecerrados de puro deleite. Y comenzó a moverse sobre él.
Todavía sujetándole las muñecas, las caderas de Isobel lo cabalgaron implacables. Buscó su clímax del modo más exigente desde el primer momento, determinada a someterlo por completo. Pero, curiosamente lo que logró fue que Jubal obtuviera un prolongado y sostenido placer que lo hacía gruñir deliciosamente y retorcerse bajo ella con la expresión transfigurada. Verlo disfrutar así durante tanto tiempo, a la vez que lo sentía en su interior, fue demasiado para Isobel. La tensión creció dentro de ella sin control y de pronto, antes de lograr su objetivo, no pudo hacer nada por evitar que su cuerpo lo recorrieran bruscos relámpagos.
Antes de que los violentos espasmos de éxtasis del interior de Isobel lo arrojaran al insondable precipicio del suyo, Jubal los hizo girar, poniéndose sobre ella, haciéndose entrar aún más profundamente. El gozo en la sorprendida exclamación y en el rostro de Isobel, le resultó tremendamente excitante, pero Jubal permaneció inmóvil, buscando en sus ojos la confirmación de que ella estaba conforme con que él tomara la iniciativa.
Una parte de Isobel se sentía frustrada por no haber logrado devolver toda la gratificación que Jubal le había dado la noche anterior y aquella misma mañana, pero entonces su mirada se quedó prendada en la de él. Se dio cuenta de que aquella dinámica de deudas y pagos no tenía sentido entre los dos.
Porque en realidad ahora Jubal no iba a ir a ninguna parte. Isobel podía tenerlo cuando quisiera, y él a ella. Y tenían todo el tiempo del mundo.
El modo en que Isobel lo envolvió con brazos y piernas, la pasión que Jubal encontró en sus ojos, habría sido respuesta más que suficiente para él. Y muestra de confianza definitiva.
Pero además, Isobel le cogió el rostro con ambas manos.
—Te quiero —murmuró y lo besó con ternura en los labios.
Acariciándole la mejilla, Jubal respondió sobrecogido al beso, con el corazón abrumado por aquella confesión que una parte de él todavía se había temido que no oiría nunca de boca de Isobel.
Su cuerpo comenzó a moverse, anhelando fundirse completamente con ella.
El fuego que él invocó, arrolló a Isobel fuerte y rápidamente, pero ella se retuvo para mantenerle el ritmo y avivar el de Jubal todo lo que pudo.
Él se esforzaba por hacerla gozar de nuevo sin llegar a perder el control, aunque Isobel no se lo estaba poniendo fácil. El modo en que se aferraba a él, en que ondulaba el cuerpo contra el suyo pidiéndole más, era enloquecedor. Le mordió el cuello con voracidad.
Isobel sintió que los movimientos de Jubal se volvían impetuosos e irresistibles. La estaba envolviendo una espesa nube de éxtasis.
Con un destello de inspiración, Isobel acarició los pezones de Jubal. Empezó a oírlo gruñir, y eso por poco la arrastró. Casi por reflejo, ella pellizcó rítmicamente. Él no necesitó nada más. Su cuerpo no pudo resistirlo y las arrebatadoras sensaciones lo arrollaron.
Fue maravilloso para Isobel sentirlo estremecerse violentamente, deshacerse dentro de ella, oírlo gemir desesperadamente de placer.
Y sólo entonces, Isobel se dejó llevar también.
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Recuperar el aliento no estaba siendo fácil para ninguno de los dos. Jubal sabía que debería retirarse de encima de Isobel, pero seguir unidos era una sensación demasiado agradable. Todavía seguía estremeciéndose. Le retiró el pelo de la cara a Isobel con delicadeza, contemplando embelesado su radiante hermosura.
Isobel suspiraba aún con los ojos entrecerrados por el reciente apogeo.
—Uauh... Ha sido... —no pudo terminar.
Notó que Jubal apoyaba los labios en los suyos con ternura y alzó la mirada. Él parecía simplemente sobrecogido.
—Isobel...
Parecía estar luchando por decir algo. Lánguidamente, ella le recorrió la espalda y la nuca con afecto. Le pasó las yemas de los dedos por la frente y la mejilla, admirando su agraciado rostro. Era llamativo lo muy queridos que eran para ella sus rasgos.
—Dime...
—Por si... —Jubal tomó aire—. Por si te quedaba alguna duda, yo también te quiero... —declaró llanamente.
El corazón de Isobel le redobló dentro del pecho con tanta fuerza, que casi se preocupó.
—Creo que deberías saber que no me voy a cansar pronto de escucharte decir eso... —le advirtió, un poco inquieta.
La complacida sonrisa de Jubal y la reverencia con la que la besó logró tranquilizarla.
—Bien... Porque pienso decírtelo muy a menudo.
Rendida al fin, Isobel le devolvió el beso con inmensa dulzura.
—Y yo a ti, [amor mío]. Y yo a ti.
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