Había decidido que esa era la clase de inglés mas aburrida de toda la historia de los tenistas.
Ryoma Echizen estaba que se dormía, o peor, moría de aburrimiento. Miraba al profesor con furia y sueño al mismo tiempo. Sus ojos ámbar, medio entrecerrados por el cansancio, lo seguían mientras se paseaba dando clases por la sala. Daba la impresión de que quisiera asesinarlo con la mirada.
Estaba harto de levantarse temprano los lunes para más encima tener que soportar las aburridísimas clases de inglés. Con los brazos extendidos sobre su pupitre y la espalda encorvada hacia adelante, intentaba no quedarse dormido de nuevo. Puesto que el profesor ya le había llamado la atención hace solo diez minutos.
Pero el aburrimiento junto con el sueño ganaron territorio. Cerró sus ojos y se quedó profundamente dormido, dejando caer su cabeza sobre el pupitre y dándose un fuerte golpe en la frente.
Solo cinco minutos después, el profesor fue interrumpido por el toque de la puerta. Al abrirla se encontró con la inspectora, y a su lado un chico de ojos amarillos con el uniforme de Seigaku que cargaba con una mochila.
−Ha llegado un alumno nuevo −le anunció la mujer.
El profesor miró al chico extrañado, quien le dedicaba una sonrisa.
−¿En Junio?
La mujer suspiró.
−No me haga repetir la historia, si quiere después se lo pregunta a él.
−Bien, no importa. Entra muchacho, no seas tímido −él obedeció−. Muy bien alumnos, tenemos un compañero nuevo, se llama… −se quedó con la boca abierta.
−Kinugasa, Hiro Kinugasa.
Sus nuevos compañeros igual encontraron raro que alguien llegara en Junio y más encima en el último año que les quedaba, y rápidamente todos comenzaron a comentar y susurrar entre ellos. Todos menos alguien, Ryoma apenas se daba cuenta de lo que pasaba en la sala, y mucho menos de que ahora un alumno nuevo se sentaba detrás de él.
Hiro saludó a la chica que se ubicaba al lado de donde él se sentó, ésta estaba embobada. Apenas vio los cabellos blancos del chico quedó fascinada. Con un gran esfuerzo pudo juntar las letras y decir, por lo menos como se llamaba. Su nombre era Eirin; tenía el pelo muy oscuro, casi negro y le llegaba a los hombros. Era de tez clara y tenía unos bellos ojos claros.
Su nuevo compañero de puesto se dio cuenta del estado de Ryoma, sentado delante de él. Frunció el ceño, el chico casi roncaba, tenía la frente apoyada en su pupitre, los brazos tirados sobre éste y con la boca semiabierta.
−No puedo entender como Saku se fijó en… esto −susurró antes de tocar con mucho cuidado el hombro derecho del dormido.
Al hacerlo, Ryoma se despertó de golpe y medio sobresaltado, como si hubiera despertado de una pesadilla, pero sin gritos. Se fregó los ojos con desgana y se dio cuenta de que aun estaban en la sala de clase. Intentó quedarse despierto de nuevo.
Hiro tuvo que aguantarse la risa, Ryoma parecía ebrio.
−¿Cómo hiciste eso? −preguntó Eirin asombrada−. Tiene el sueño muy pesado.
Él se encogió de hombros y prestó su atención al profesor. Aunque ya no fuera importante saber inglés a esas alturas de su vida, le emocionaba ver que podía ser parte de un curso. Sólo que esta vez no le restaría importancia a lo verdaderamente importante, como antes. No desperdiciaría su tiempo en algo que no tiene caso, como lo había hecho cuando había sido humano. Desperdició su vida, su corta vida. Si sólo hubiera sabido que solamente le quedaban unos meses.
Había olvidado lo latoso que era tomar apuntes, aunque la emoción que sentía por volver a la vida de estudiante permanecía, no logró sacar nada importante de lo que los profesores decían.
Le preguntó a Eirin si podía anotar algo de lo que ella había escrito para no tener su cuaderno vacío. Ella aceptó gustosa.
En la primera hora de descanso Hiro se juntó con Sakuno, pero ella no pudo hacerle preguntas por que él sólo hablaba de lo genial que era poder hablar con humanos otra vez, en este caso con Eirin. Le dijo que no sabía como Ryoma no quedaba repitiendo cada año, se dormía casi todas las clases y ya se había aburrido de despertarlo tocándole en el hombro, cuello, cabeza y espalda.
Sakuno deseaba ver a su príncipe, quería comprobar si lo que le había dicho el ángel era cierto. Aunque, ¿por qué le mentiría sobre eso? No tenía ninguna razón para hacerlo. ¿Y si simplemente era ella quien no podía asimilarlo? Es que en realidad, le era sumamente difícil de creer el hecho de que el chico del cual ha estado locamente enamorada durante poco más de dos años, resultaba que al parecer él también sentía algo por ella.
Pero no lo vio en ninguna hora de descanso, ni en la hora del almuerzo.
−Está durmiendo en la azotea −le dijo Hiro cuando estaban almorzando.
−¿C-cómo sabes que lo estaba buscando? −preguntó la castaña vergonzosa de que se le notara tanto.
Hiro rió por lo bajo.
−Eres muy obvia −le dijo con una sonrisa en los labios.
Sakuno sintió que los colores se le subían a las mejillas. ¡Que horror! No podía creer que fuese tan obvia, ¿y si Ryoma se había dado cuenta de lo patética que era cuando trataba de hablar con él?
−Dios mío, que vergüenza −pensó para sus adentros.
−¿Por qué no vas a verlo?
−¿A-a la azotea? −sentía como las mejillas le ardían a más no poder−. N-no… mejor no.
−Esta bien −dijo Hiro encogiéndose de hombros−, lo dejaremos para otra ocasión.
Las clases ya habían terminado y Sakuno no había visto a Ryoma en todo el día. Así que decidió ir a verlo a las prácticas de tenis.
Hiro la buscaba para que se fueran juntos. No la había encontrado cuando fue a buscarla a su sala de clase, así que la buscó afuera, pero sin éxito. Iba a rendirse cuando se acordó.
−Maldición.
Se dirigió a las canchas de tenis, allí estaba ella, junto con Tomoka, viendo a Ryoma. Se molestó.
−¡Saku! −caminó hacia ella a paso firme.
−Hola, Hiro. −le contestó la de trenzas sin quitar la vista de las canchas.
−¿Qué haces aquí? −medio serio.
−Veo jugar a Ryoma, nunca falto a ninguna de sus partidos −le dijo casi orgullosa de eso−. Y menos ahora que es él capitán del equipo, y solo juega un partido de vez en cuando.
−No, Saku. Desde ahora nunca más volverás a venir a las canchas.
−¿Qué?
Despegó su vista del partido amistoso que tenía Ryoma con un novato. Obviamente le ganó enseguida. Pero Sakuno no pudo verlo porque ahora miraba atónita a Hiro.
−¿D-de que hablas? −preguntó con temor.
−Tienes que dejar de hacer esto. De seguro que él ya está acostumbrado a que vengas todos los días. ¡Pues eso está mal! −alzó la voz más de lo debido… o quizás debía ser así.
Ahora, unos ojos ámbar se posaban en el chico que había gritado.
−¿Tiene el pelo blanco? −fue lo primero que pasó por su mente. Pero luego se dio cuenta de con quien estaba hablando−. Ryuzaki −susurró.
Al otro lado de las canchas Hiro seguía explicándole a Sakuno por que no debía ir más allí para ver a Ryoma.
−Tienes que hacer que él te busque, no estar siempre donde él está. Haz que él vaya por ti, ¿entiendes?
−Creo −le respondió dudosa−. Pero… ¿Por qué querías que lo fuera a ver a la azotea, entonces? Si se supone que no debo buscarlo.
−Eso es distinto, porque si vas a la azotea, nadie va a pensar que vas a buscar a Ryoma, sólo vas ahí porque quieres ir. En cambio, es muy distinto si vienes a las canchas, porque es obvio que lo vienes a ver a él. Que vienes a alentarlo junto con Tomoka y todo ese… −miró con un poco de miedo a la masa de chicas que gritaban el nombre de Ryoma hasta quedar afónicas−, club de Fan's.
Sakuno se quedó pensando por un momento, tratando de poner todo en orden dentro de su confundida cabeza.
−Así que ahora nos vamos −dijo él.
−¿Y a dónde vamos?
−No sé. A tomarnos un helado −le tomó la mano y se la llevó.
En la canchas, Echizen observaba la escena mientras tomaba agua. Quizás para disimular. Notó que ese extraño chico de cabello blanco, a quien nunca había visto en su vida, se llevaba a Sakuno… de la mano.
−Mmm −cerró la botella, sin despegar su vista de la pareja, que se alejaba cada vez más. Se dio la vuelta, dándoles la espalda, y se concentró en supervisar a los chicos. Ahora que todos los otros titulares habías ya salido del instituto y ahora iban a la Universidad, todo era muy diferente. Ahora él era el Capitán, y tenía nuevas responsabilidades demasiado importantes como para estar pendiente de la nieta de la entrenadora.
Se encontraban en una pequeña heladería, no muy lejos de la Seigaku. Había unas cuantas mesitas alrededor del negocio para que la gente se sentara a disfrutar sus helados. Hiro y Sakuno estaban en una de ellas, pero por más que intentara distraerse, la castaña seguía sintiéndose incómoda.
—Me siento mal —protestó—, siento que de alguna forma lo estoy traicionando, o defraudando por no estar allí para apoyarlo. —dijo tristemente refiriéndose a Ryoma.
—Te lo tomas muy en serio, ¡Solo es tenis! —trató de calmarla mientras disfrutaba de un helado de chocolate—. Saku, tienes que entender. No puedes estar siguiéndole para todos lados, tienes que tú hacer tus cosas. Que él vea que tienes otras cosas más importantes que hacer. Y con todo esto resulta obvio que tampoco le vas a preparar ningún tipo de bocadillo ni almuerzo, como normalmente haces.
—¿Qué? ¿Tampoco eso?
Pero entonces no iba a hacer nada. Todo lo que ella siempre hizo durante años para que él se fijara en ella, ahora el ángel, que supuestamente iba a juntarlos, le decía que no debía hacerlo
—¿Y cómo voy conquistarlo, entonces?
—Tranquilízate, Saku. Si ya lo tienes loco —y comenzó a reírse a carcajadas.
La de trenzas no podía sentirse más avergonzada. El tan solo hecho de imaginarse a Ryoma loco por ella le hacía hervir las mejillas.
—¡Huf! —se quejó de pronto Hiro—. Ya no lo soporto —se sacó los zapatos y los calcetines, quedando descalzo—. Mucho mejor —dijo aliviado, moviendo los dedos de los pies.
Sakuno rió divertida.
—Eres tan raro —dijo entre risas, terminándose su helado de vainilla.
—Hace demasiado tiempo que no uso zapatos, estaba incómodo —se excusó encogiéndose de hombros.
Sakuno volvió a reírse, pero esta vez la risa se la contagió a Hiro. Y ambos comenzaron a reír hasta el punto de no poder parar. Hiro movió los deditos de los pies y se rieron aún más.
Y así siguieron hablando y riendo por un buen rato. Sakuno vio la hora en su celular y decidió que debía ir a su casa, o sus padres la llenarían de preguntas de donde había estado.
Se levantaron de las sillas y tomaron rumbo.
—¡Esperen! —les llamó un camarero que trabajaba en la heladería y que los había atendido—. Creo que olvidaron sus… ¿zapatos?
—¿Ah? —Hiro miró sus pies descalzos— Ah, claro —y corrió a buscarlos—. Muchas gracias —tomó sus zapatos, los calcetines y se fue con Sakuno.
El camarero se les quedó observando extrañado mientras se alejaban.
—Que raro es.
Iban caminando de lo más bien. Hablando tranquilamente. Bueno, al menos Hiro, porque Sakuno estaba un poco preocupada por la hora. Llegaría una hora más tarde. Solo esperaba que pudiera saltarse el interrogatorio de sus padres y escaparse a su habitación.
De pronto se le vino a la cabeza una idea brillante para llegar más rápido.
—¿Hiro?
—¿Si, que pasa?
—Tú… podrías —no sabía cómo decirlo—, bueno, eres un ángel, ¿no? Y quisiera llagar más rápido a mi casa.
—¿Y? —sin entender a donde iba eso.
—Y bueno, ¿tú podrías… ya sabes, sacar tus alas y llevarme volando? Ya que… eres un ángel, y yo pensé que…
—No puedo —le interrumpió él cortante.
—¿Eh? ¿Por qué? —pero Hiro no respondió— Bien, si no quieres hacerlo no importa. Lo entenderé.
—No es que no quiera o no deba —volvió a hablar él atropellando las palabras—. Simplemente no puedo.
Sakuno se dio cuenta de que él había comenzado a caminar más lento. Había agachado la cabeza y sus ojos miraban al suelo. Ella disminuyó también el paso para ir al ritmo de su amigo.
Vio algo sombrío en sus ojos, y aun así le preguntó:
—¿Por qué no?
Hiro suspiró. Era un gemido de pura anhelación, entre esperanza y desconsuelo. Pero no respondió después de varios segundos de angustia para Sakuno.
—Verás, el asunto de las alas resulta de una gran responsabilidad. No todos los ángeles las tienen como los humanos creen, porque solo los suficientemente maduros y con experiencias podrán sacar sus alas al fin. El problema es que una vez lo hayan hecho, nunca mas podrán esconderlas, las alas permanecerán desplegadas y extendidas en todo su esplendor para siempre, a la vista de todos. Por eso se requiere de una gran responsabilidad.
Sakuno estaba asombrada, jamás pensó que las cosas podrían ser tan complicadas para los ángeles. Pero no sabía que esa no era la peor parte, jamás en toda su vida podría imaginarse los problemas por los que su amigo tendría que pasar. Las alas eran lo de menos.
—Bueno, pero de seguro que pronto tendrás tus alas, Hiro —le animó con una sonrisa.
—No, no lo creo —pero la desanimada voz de él le borró el dulce gesto del rostro—. Ando caminando de lo más normal por las calles de Japón, como si fuera un humano. Obviamente así Dios no me permitirá obtener mi alas, y aunque lo intente no podré hacerlo por mí mismo, porque las alas se encuentran guardadas dentro de mí. Y no puedo obligarlas a salir, saldrán cuando sea el momento.
Sus ojos tristes se posaron en los carmín de ella.
—Tengo un amigo llamado Shuto que tiene trescientos años. Recién pudo desplegar sus alas hace unos tres meses.
A Sakuno se le erizaron los pelos de la nuca.
—¿Cu… Cuántos años tienes tú?
—¿Cómo ángel? Tengo como cincuenta años apenas.
—¿¡Como que apenas!?
—Cincuenta años no es nada, recién estoy empezando.
—Pero no aparentas tener cincuenta.
Hiro suspiró.
—Eso es porque tenía diecinueve años en mi vida pasada —dijo rápidamente—, antes… del morir. Y bueno, los ángeles no envejecemos.
A Sakuno se le cortó la respiración, no podía creerlo. Hiro había sido en verdad humano, y había muerto a la corta edad de diecinueve años.
—¿Co… Cómo pasó? —casi involuntariamente se le escapó la pregunta. No podía evitarlo, pero tampoco quería ser grosera.
—Accidente automovilístico. Iba con mi papá. Él sobrevivió, pero yo no —habló como si no le importara. Y en cierta parte así era. Aun que debía admitir que extrañaba su antigua apariencia.
A Sakuno se le formaron demasiadas incógnitas con tanta rapidez que no podía pensar con claridad. ¿Ósea que si uno moría se convertía en un ángel? El no saber que viene después de la muerte siempre había dado inseguridad en ella.
Notó la tensión en el aire y recordó que ese no era el tema del que estaban hablando antes. Después le preguntaría de lo que viene tras la muerte, pero ahora…
—Hiro, ¿tú quieres obtener tus alas?
Él sonrió ampliamente.
—Sí, es lo que más deseo. Es el sueño de todo ángel, porque solo así sientes que estás completo. Solo así eres un ángel de verdad, y demuestras que todos los años que estuviste trabajando al fin dan sus frutos. Nuestras alas son la mitad de nuestras almas. Nuestro ser, nuestro existir. Sin ellas no estamos completos.
—Entonces, ¿por qué haces lo que no debes? —eso si que le era curioso—. ¿Por qué te haces pasar por humano, si con eso nunca vas a conseguir tus alas? —se cruzó de brazos, esperando una explicación.
—Porque me gusta la gente, no puedo evitarlo. Me gusta caminar en la multitud y ser parte de ella. Podría caminar siendo invisible y todo estaría bien y quizá así podría conseguir mis alas, pero odio que la gente no me vea y que no sepa que estoy ahí —al ver el rostro desconcertado de Sakuno, Hiro aclaró —. Los ángeles podemos ser visibles o invisibles para los humanos, y los que no tenemos nuestras alas aun podemos decidir. Y yo decido ser visible todo el tiempo.
Sakuno iba a decir algo pero él continuó con su discurso.
—Y aunque me encantaría poder sacar mis alas, sé que no será hasta dentro de varios siglos porque aun no estoy listo para vivir solo en el cielo, o siempre siendo invisible para ustedes. Sé que suena raro, pero así soy yo. Me gusta ser ángel, me encanta, pero me aburro en el cielo y prefiero estar en la tierra, como un simple humano. Y de seguro pensarás que si tanto me gusta estar en la tierra, ¿para qué quiero las alas si estas, al ser permanentemente visibles, me impedirán volver a la tierra?
Sakuno trató de defenderse y quiso alegar que ella nunca se había pensado esa pregunta, pero como siempre él siguió hablando sin siquiera tomar pausa para respirar.
—Pues como ya te dije, soy un ángel complicado y no muchos me entienden. Ya te expliqué por que deseo tanto mis alas, pero aún no estoy preparado para recibirlas. Quiero seguir en la tierra, pero sé que algún día tendré que resignarme a ser un ángel normal y vivir en el cielo, o hacerme invisible —esto lo dijo con un tono de desaprobación—, pero esto no será hasta dentro de muchos años —pareció terminar cuando suspiró—. Quiero experimentar lo mejor de los dos mundos.
Al fin, había terminado. Se había desahogado todo lo que pudo. Y Sakuno, al verlo sonreír no hizo más que imitarlo. Siguieron caminando a paso lento y no hablaron mucho hasta llegar a la casa.
—Bueno, aquí nos separamos —le dijo el ángel repentinamente feliz—. Nos vemos mañana, debo ir al cielo a preparar tus movidas para atrapar a Echizen. —soltó una risita.
Sakuno entró a su casa con el rostro rojo de la vergüenza.
Tal y como lo había previsto, sus padres le comenzaron a interrogar de una forma tan rápida que solo alcanzó a responder la mitad.
Finalmente pudo escapar a su habitación. Terminó una tarea de Matemáticas y se metió a la cama para tomar una pequeña siesta para reponerse. Solo quería descansar un poco y luego buscaría que hacer.
No se despertó hasta el otro día.
Ryoma se encontraba recostado en su cama, mirando el techo de su habitación. No podía evitarlo, pero no dejaba de pensar en la escena que había presenciado desde la cancha esa tarde.
¿Quién diablos era ese chico?
