¡Atención!

Este One-Shot tiene un poco de lemon.


Barcelona, España.

Tsubasa Ozora era un tipo alegre y de sueños cumplir, ella siempre había notado eso y era indiscutidamente una de las razones por las que se había enamorado de él siendo apenas una niña de once años. Sin embargo notó que su esposo ahora se veía un poco molesto y decaído, pues lo que parecería ser un gran logro para su creciente carrera resultó ser más un golpe a su orgullo como jugador, ya que el entrenador del Barcelona, Erick Van Saal, había decidido hacer oídos sordos a los rumores del talento del antiguo diez del San Pablo y enviarlo al equipo B, considerando que si el chico era tan bueno como se lo pintaba debería ser capaz de conseguir los diez goles y diez asistencias que él le había exigido para ser tenido en cuenta para el primer equipo. Aunque a Tsubasa se había visto notoriamente afectado por aquello, Sanae sabía que tarde o temprano (más temprano que tarde, conociéndolo como lo conocía) él sería capaz de cerrarle la boca a ese terco entrenador.

-Tal vez te sientas un poco molesto aún, pero ya conoces la fama de Japón en el fútbol. La gente aún se acostumbra a la idea de que el Dios del Fútbol se ha acordado de nosotros.- Le dijo Sanae, recostada. Tsubasa estaba sobre ella recibiendo unas reconfortantes caricias en la espalda. Apenas esa mañana se le había informado de la desición del entrenador y siendo ya de noche, aún no lo tragaba. La japonesa besó sus cabellos y comenzó a acariciarle la cabeza. -Lo lograrás. Siempre lo haces.

-No es como si no creyera en que lo haré, Sanae. Es que... ¿cuánto más tenemos que hacer para que dejen de lado los prejuicios?- Musitó, un tanto deprimido.

-Bueno... debes considerar que nuestra Selección mayor no nos ha dejado muy bien parados últimamente. Toda la categoría Sub-23 está a un nivel superior a ellos.

-Pero ni siquiera consideran en convocarnos.- Bufó, rememorando otra de sus decepciones, aquella vez en la que "casi" es convocado a la Selección Mayor, convocatoria que acabó en el olvido.

-¡Eso no importa!- Sonrió Sanae. -Lograrán el oro en los Juegos Olímpicos y después de eso ¿adivina qué? Vendrá su primer Mundial Mayor. Ellos ya serán demasiado viejos para eso y la Generación de Oro apenas y estará en su apogeo.

-Si, supongo que sí.- Tsubasa finalmente sonrió, mirándola. -¿Sabes? Me has recordado porqué me casé contigo.

-Porque te he atemorizado.- Respondió Sanae, sonriendo con picardía.

-Cierto.- Rió. -Especialmente cuando casi apaleas a Hyuga aquella vez en el torneo de primaria.- Se acomodó un poco mejor, colocándose del todo sobre ella, aunque haciendo fuerza con sus brazos para evitar posar todo su peso sobre Sanae. La sonrisa pícara de ella se borró y se transformó en una mueca de nervios, la cual estaba acompañada de un profundo sonrojo. Tsubasa le sonrió divertido, contemplando aquella escena. -¿Qué?

-Nada.- Enrojeció. Pese a ya estar casados, aún le sorprendían e incomodaban las muestras de afecto de Tsubasa, pues aunque estas no eran muy comunes realmente eran intensas, especialmente cuando se encontraban solos.

-¿Por qué te pones así?- Quiso saber el futbolista, cambiando su mirada alegre por una un tanto más lasciva. Aquello profundizó el sonrojo de Sanae.

-Eh... yo... eh...

-Estoy esperando que me digas que no quieres.- Sonrió.

-No voy a decirte tal cosa.- Musitó ella de repente con lo que su voz le permitió, lo cual sonó horriblemente desesperada a su parecer. -Uh... bueno...

-Tranquila, va a darte un ataque.- Le dijo Tsubasa con gentileza. -Voy a ir muy despacio y muy suave. Después de todo apenas y estamos iniciando en esto y estás empezando a acostumbrarte, al igual que yo.

-S-Sí.- Asintió, mirándolo sonrojada y embobada. Durante aquellos momentos previos, a la mente de Sanae llegaban cientos de momentos, desde cuando ella era una chiquilla enamorada alentándolo desde las tribunas, cuando ambos eran unos quinceañeros que apenas y pudieron declararse su amor, hasta el final del Mundial Juvenil, en donde él le había propuesto sorpresivamente matrimonio. Cada vez que ha estado con Tsubasa de ese modo aquellos recuerdos se le presentaban, recordándose cuánto y desde hace cuánto tiempo lo ha querido y cuánto había tenido que tolerar para, por fin, poder disfrutar estos momentos junto a él. Ahora simplemente intentaría controlar el mar de sensaciones que ese chico le provocaba en todo su ser y sobre todo, lo disfrutaría como si no hubiera un mañana.

Tsubasa inició con un suave beso, el cual ella correspondió, cerrando sus ojos. Realmente le encantaba la manera tan dulce en que él la trataba. Las manos de Sanae se posaron en sus hombros y de allí a su espalda. Inmediatamente pensó en la cantidad de mujeres que añorarían estar en su lugar justo ahora, el cual por ley y por la vida misma le pertenecía solo a ella. Tsubasa fué un poco más allá y paseó lentamente su mano derecha por todo el largo de su esposa, desde su hombro hasta su pierna, mientras que con la otra la sostenía del rostro. Al él regresar el recorrido de su mano por la zona interna del muslo, Sanae abrió los ojos de golpe y se sobresaltó. Él la tranquilizó con un profundo y muy suave beso, mirándola fijo después.

-Lo siento.- Se disculpó ella, quien creyó haber estropeado el momento.

-No te disculpes.- Sonrió él, besándole la mejilla. -A decir verdad, me agrada verte así, me agrada cómo reaccionas a lo que hago.- Le dijo al oído. Ella se estremeció, aún más al notar que él se había mantenido en esa posición, pues si Sanae Nakazawa, ahora Ozora, tenía una debilidad, esa era los besos en el lóbulo de la oreja. Para su mala (o buena) suerte, Tsubasa lo recordó en ese mismo instante.

-¡Tsu-Tsubasa!- Sanae cerró con fuerza sus ojos y enterró sus uñas en los hombros del chico, quien disfrutó eso y por tal, continuó con su lenta tortura.

El futbolista tomó ambas manos de su esposa y las sostuvo por encima, utilizando para ello solamente una de sus manos, dejando la otra libre para hacer lo que quisiese. Sanae simplemente intentaba tolerar aquellos besos en la oreja que Tsubasa le proporcionaba con suma lentitud, lo cual aumentaba las sensaciones, soltándosele unos cuantos gemidos en el proceso. Aquello comenzó a perturbar al joven, quien optó por dejarse llevar. Si Tsubasa la torturaba a ella con sus besos en su punto débil y ella soltaba esos suaves gemidos que sabía le alteraban las hormonas, era de nuevo el turno de él de contraatacar. Por eso, con su mano libre, levantó la remera de la chica, la cual era su antigua camiseta del Nankatsu que le había prestado como pijama y había quedado como tal, causando que ella soltara un gritito en el proceso. Sanae intentó moverse al sentirse a completa merced del chico, pero él afianzó su agarre y lo impidió. Ambos intercambiaron brevemente sus miradas. Por un lado, una mirada suplicante de Sanae. Por el otro, la mirada de Tsubasa, la cual tenía destellos que ella comenzaba a reconocer. Él comenzó lentamente a bajar.

-¡N-No!- Negó una y otra vez una enrojecida Sanae. Tsubasa se detuvo a medio camino y la miró. -Eh...

-¿No quieres?

-No sé qué se sentirá. Además... es vergonzoso. Especialmente en esa posición.- Dijo, musitando.

-Es cierto. Nunca hemos hecho esto, lo cual no entiendo porqué ya que las tienes muy bonitas.- Respondió Tsubasa, liberándola y sentándose a su lado, mirando los senos al descubierto de Sanae. Ella se cubrió, enrojeciendo con furia.

-¡Deja de mirarme!

-Si no quieres, lo haremos como siempre. No te preocupes, Sanae. No haremos nada que te haga sentir incómoda.- Le sonrió.

-Es que...- Ella agachó la mirada, observando sus senos. Realmente el saber lo que Tsubasa deseaba la hacía sentir muy bien, demasiado quizás. ¿A quién quería engañar? ¡Ella también lo deseaba! -Quiero que lo hagas.- Musitó. La sonrisa de Tsubasa se ensanchó. -¡Pero nada de sostenerme para que no pueda quitarte! ¡Esto no es una película erótica!- Lo regañó, muy roja.

-Lo siento. Me deje llevar.- Rascó su nuca, recostándola de nuevo con sumo cuidado. -Seré muy gentil.- Le dijo con una tierna sonrisa, tal como aquella su primera vez, para luego besarla. La misma Sanae fué quién levantó su remera hasta el tope para que él pudiese disfrutar, manteniendo sus brazos a un lado presionando por si no llegaba a gustarle la sensación. Tal posición de Sanae solo logró que sus senos se aplastaran un poco hacia el centro y se vieran mucho mejor. Tsubasa los observó un poco, embobado.

-Te dije que no me mires.- Hizo un mohín, sonrojada. Él le sonrió, para luego colocar sus manos sobre los senos de su novia. Tal movimiento no fué demasiado para Sanae, quien sonrió victoriosa. Tal pareciera que solo había estado exagerando. Sin embargo, el siguiente movimiento del diez japonés logró robarle un sonoro gemido.

Tsubasa, atraído por esos dos rosados y duros pezones que decoraban los lindos senos de Sanae, acercó su boca a uno y comenzó a chuparlo, succionándolo suavemente. Al sentir una reacción intensa de su parte mas no una negativa, procedió con el otro. Sanae continuó gimiendo ruidosamente.

-Creo que esto te gustará.- Le dijo, dándole un rápido beso en los labios y levantándole los brazos para mantenerlos sujetos por sobre su cabeza, tal como antes. Sanae se escandalizó un poco, pero Tsubasa no le dió tiempo a quejarse, pues comenzó a devorarle los senos con suma intensidad, siendo incluso un poco brusco. La chica comenzó a gemir escándalosamente y a retorcerse. -¡Si no te gusta, solo dilo y me detendré!- Exclamó el futbolista, continuando con su labor. Sin embargo, Sanae no respondió. Simplemente continuó gimiendo, dándole a entender a Tsubasa que estaba a su completa merced y que le encantaba estarlo.

-¡Tsu-Tsubasa!- Exclamó ella, extasiada, al sentir como su esposo succionaba con fuerza sus pezones y masajeaba intensamente sus senos.

-¿Cómo fué que me privaste de esto todo este tiempo?- Preguntó él al liberarlos, con una sonrisa boba, quitándole las bragas y quitándose él la remera y el boxer.

-Puedes continuar haciéndolo mientras yo...- Dijo Sanae, con una enorme sonrisa. Tsubasa la miró confundido, pero al instante comprendió y asintió con energía, una y otra vez. Se sentó sobre la cama, Sanae se sentó sobre su erecto y duro miembro y comenzó a unirse a él con lentitud, pues al ser de las primeras veces que hacían el amor aún se acostumbraba a la sensación. Mientras su vagina se acostumbrara al pene de su esposo, ella se aferró a él y él nuevamente a los senos de ella, los cuales comenzó a chupar de nuevo. Definitivamente esa era su nueva posición favorita, especialmente cuando Sanae al fin comenzó a menearse sobre él, deslizando, presionando y succionando el pene de Tsubasa con su vagina. Con el pasar de los minutos, los gemidos de Sanae no tardaron en regresar. -Tsubasa... no te has puesto ninguna protección.

-No importa.- Jadeó él, soltando por un momento los senos de Sanae. -¿A ti te importa?

-No.- Negó, presionándolo por todos los lados posibles.

-¡Sanae! ¡Por el Dios del Fútbol, no me presiones así!- Pidió Tsubasa, quien no toleraba tal sensación.

-¿Sí, Tsubasa?- Le habló dulce, al oído. -¿Incluso en momentos así hablas de fútbol?

-L-Lo siento, pero no hagas eso, por favor.- Rogó en un susurro, sintiendo que Sanae volvía a hacerlo. -Sanae... Sanae... no lo tolero. Si continúas haciendo eso... lo liberaré dentro de ti.

-Libérate, Tsubasa. Deseo que lo hagas.- Dijo la chica, suavizando su movimiento para enfocarse en su presión, cosa que alteró un poco a su esposo pues él soltó sus senos y la miró a la cara, sonrojado y excitado por demás, tal como ella lo estaba. -¿Quieres que eyacule dentro de ti? ¿Sabes lo que eso implica?

-Lo sé, y quiero que lo hagas.- Sonrió Sanae, en un suspiro. -Nada me haría más feliz que eso.

-Entonces continúa moviéndote así. Ya no me contendré. Lo dejaremos a la suerte.- Dijo, entre beso y beso. El último beso fué un tanto más prolongado, pues Sanae, quien ya había alcanzado su clímax, intentaba por todos los medios hacer eyacular a su esposo y comenzó a hablarle suavemente al oído mientras continuaba su faena de amarlo con lentitud.

-Eres tan bueno en el campo como en la cama, mi querido Tsubasa. Por favor, hazme el amor y eyacula dentro de mi. Ansío sentir como te liberas dentro de mi, mi amor. Por favor.

Tales simples palabras habladas al oído, acompañados por unos suaves movimientos de pelvis y unas presiones a su miembro bastaron para que el chico eyaculase una gran cantidad de esperma dentro de ella. Al terminar Tsubasa, se desplomó hacia atrás, buscando un poco de aire. Sanae, cansada, se recostó sobre él.

-Espero que no nos arrepintamos de esto.- Sonrió apenado al recuperarse un poco.

-Nunca.- Respondió ella, viéndolo con amor. Después de todo, lo peor que podría pasarles era tener a un pequeño Tsubasa o una pequeña Sanae correteando por la casa, cosa que a la corta o a la larga, se cumpliría de todas formas.

-¿Ni siquiera aunque sean mellizos o gemelos?

-Preferiría uno solo, al menos por ahora.- Sonrió nerviosa. Tsubasa asintió en concordancia, abrazándola y cubriéndose ambos con la manta, listos para una noche de profundo sueño luego de tal sesión.