Corazón helado.
Prólogo.
Un silencio sepulcral inundaba el lugar. Era casi como si el propio barco supiera conscientemente el lugar hacia donde se dirigía. Un temor silencioso predominaba en la tripulación, no era de extrañar dada la incertidumbre de lo que sucedería en las próximas horas.
Conforme se acercaban a su destino, las nubes comenzaban a tornarse completamente oscuras. Aquella oscuridad nada tenía que ver con la próxima caída del anochecer. No, era más bien una tormenta que comenzaba a alzarse por el horizonte.
Debido al notorio descenso de temperatura y a la repentina aparición de neblina, los pocos tripulantes del barco que aún se encontraban por la proa y boa comenzaron a entrar en busca de un refugio que pudiese reconfortarlos. Era claro que los abrigos que llevaban no eran lo suficientemente gruesos para soportar tal frio.
Mientras aquello transcurría, frente a la proa se encontraba un joven que observaba como los demás corrían en busca de refugio debido a las inclemencias del tiempo.
El frio cada vez se hacía más insoportable, pero él seguía quieto, casi estático. Después de todo, no deseaba apartar la vista de su destino. Era como si temiese que al distraerse, aunque fuese por un breve instante, éste se desvaneciese.
―Deberías buscar refugio como los demás. Con este frío lo único que lograrás es enfermarte ―dijo una voz a sus espaldas. Pese a que no pensaba voltear, el joven sabía de quien se trataba.
―Estoy bien. Sabes que estoy bastante acostumbrado al frío. Esto no es nada para mí.
Su compañero, un hombre de edad casi avanzada, pero con buena forma, lanzó un bufido. Era inútil tratar de razonar con él cuando se trataba de esos temas.
―Sí, se perfectamente que es así. Pero, no olvides que debemos repasar la misión con los demás. Después de todo, si fallamos en algo-
―Sería catastrófico ―interrumpió el joven, al tiempo que una corriente de aire helado pasaba sobre ellos produciendo un tétrico silbido―. Lo sé.
―Bien. Me alegra saber que al menos tienes eso presente ―respondió mientras se posicionaba a un lado del joven ―. Esta quizá es…, nuestra última oportunidad.
El joven volteo a verlo sin emoción alguna. Estaba a punto de decir algo pero, decidió reservárselo para más adelante. Ambos permanecieron en silencio un buen rato, observando lo poco que la niebla les permitía del inmenso y violento mar que se cernía frente a ellos.
De pronto, de entre la espesa niebla, emergió un enorme bulto que fue tomando una forma cada vez más concisa.
―Es realmente aterrador ―dijo el corpulento hombre mientras, a su alrededor, la neblina que los rodeaba instantes atrás comenzaba a despejarse.
―Sí que lo es ―concluyó el joven, mientras observaba la enorme fortaleza rodeada de picos de hielo que se abría paso frente a ellos―. Es realmente aterrador.
