Disclaimer: Esta historia no me pertenece. La historia, así como Hikari, Ban, y los hermanos de ambos, son de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Torturando a un hanyou
O
La esposa perfecta
—Esto no me gusta.
Hikari suspiró y le acarició la mano a Ban mientras estaban sentados en una rama en las copas de los árboles observando el amanecer. Era bueno haber vuelto al pasado.
—Lo sé.
—Podría hablar con él…
—¡NO! —chilló Hikari con terror. Preferiría que Ban conservase todas las partes de su cuerpo, gracias—. ¿Te has vuelto loco?
—Estoy seguro de que sería razonable…
Hikari estalló en carcajadas que casi la hicieron caerse de la rama.
—¿CONOCES a mi padre, Bantan? ¿En serio?
El lobo sonrió encantadoramente.
—No puede ser más terco que MI padre.
—Ajá… dime… ¿cómo reacciona Koga cuando los machos se acercan a husmear alrededor de tu hermana pequeña? ¿Mm? ¿Razonablemente?
Ban hundió los hombros mientras suspiraba.
—Un punto bien ganado.
Hikari inclinó la cabeza hacia arriba y lo besó en la punta de la nariz.
—Es hora de irme. —Se puso de pie y se estiró—. ¡Hora de que aprenda a ser perfecta!
Mientras Hikari saltaba del árbol, Ban le gritó:
—¡YA ERES PERFECTA!
Tras lanzarle un beso, Hikari fue corriendo hacia la casa de su tía Sango.
Los árboles fueron un borrón mientras corría. Sango no estaba exactamente enterada del plan. Hikari no iba a mentirle a su tía, pero tampoco quería que tuviera problemas por ayudarla. ¿Cuál era la frase? ¿Negación plausible?
Quería a su padre más que a nada en el mundo, pero en lo referente a demonios lobo…
Cuando estuvo mas cerca de la cabaña, Hikari aminoró el paso. Puede que los niños siguieran durmiendo, los más pequeños, al menos. A Suki y a Yuki normalmente se las encontraba con su madre, afilando armas antes del entrenamiento. Ese día, sin embargo, las gemelas parecían haberse ido ya a exterminar demonios en un pueblo cercano con su tío Kohaku.
—Hola, tía Sango —llamó Hikari en voz baja mientras derrapaba hasta detenerse a su lado. Sango estaba fuera limpiando y probablemente afilando armas. Pobre Sango… una pena que no tuviera colmillos o garras.
—Buenos días para ti, Hikari.
—¿Recuerdas tu promesa? —Prácticamente estaba dando saltitos de emoción. Vale, ¡estaba dando saltitos de emoción!
Sango ladeó la cabeza.
—¿Promesa?
Un gimoteo, un gimoteo lastimero, se escapó mientras Hikari se desinflaba.
—Tía Saaaangooooo…
La exterminadora de demonios se rio y le acarició la cabeza a Hikari. Luego le sacó una hoja de una de sus coletas torcidas.
—¿Estuviste jugando en los árboles?
—Solo miraba el amanecer.
—¿Sola?
—Tía Saaaangooooo…
Sango sonrió mientras terminaba de guardar el arma que había estado afilando. Una espada que Hikari había visto a menudo. Con dos hijas luchando activamente contra demonios y tres más entrenándose, el alijo de armas se había incrementado significativamente en los últimos años. Una vez estuvo todo guardado, Sango se volvió hacia ella y la miró con un ligero atisbo de sospecha.
—¿Qué ha despertado el repentino interés en vestir de modo formal?
Hikari se detuvo y pensó en qué decir. Debería haber pensado la respuesta de camino…
Sango entrecerró los ojos.
—Estás pensando demasiado, pequeña.
—¡Negación plausible!
—¿Qué?
—Cuanto menos sepas…
—Hikari…
Gimoteo…
—Por favor, no preguntes.
Sango pareció asomarse a su alma mientras la estudiaba. Hikari se movió con nerviosismo, algo que rara vez hacía, y no miró a su tía a los ojos. No estaba preparada para oír risas.
—¿Qué clase de travesura tramas?
—¿Yo? —Finge inocencia, Hikari, se dijo—. Yo…
—Esto tiene algo que ver con tu padre, ¿no?
—¿Qué? ¿Cómo? Yo no…
—No voy a fisgonear. No obstante…
—¿No obstante?
Sango sonrió.
—¡Tienes que prometerme que me dejarás mirar!
Hikari se rio. Si hubiera estado en su forma de demonio perro, habría estado moviendo la cola.
—Bueno, si por una casualidad vas a visitar a mamá a mediodía junto a la fuente termal donde tuvimos el pícnic el mes pasado… no puedo decir si estaré allí o no para presumir de mi… nuevo atuendo.
Hikari siguió a Sango hasta la habitación de Suki y Yuki. Ante ella había extendidas muchas prendas de ropa. Tragó saliva.
—¿Todo eso?
—Todo eso.
—¿Al mismo tiempo?
Sango sonrió.
Respira hondo. Puedes hacerlo, se dijo. Luego se recordó que debía ser cortés.
—Gracias por ayudarme.
Sango le dio un beso a Hikari en la coronilla.
—Me alegra ser de ayuda. Y tengo la sensación de que me alegrará MUCHO haber ayudado.
Hikari estaba interesada en las telas hermosas y de aspecto extremaaaaadamente delicado.
—Mi madre me enseñó a vestirme. Pensé que un día les enseñaría a mis propias hijas… pero hasta ahora ninguna de ellas tiene el más mínimo interés en aprender. Primero te pones los tabi.
—Los calcetines en primer lugar, no en último, entendido.
—De último… ¡ja! ¿Cuándo fue la última vez que te pusiste calcetines, pequeña?
Hikari bajó la mirada a sus pies desnudos y luego la volvió a levantar hacia su tía.
—Nos hacen ponérnoslos para clase… —refunfuñó la demonio perro mientras miraba con furia los tabi y se los ponía a regañadientes.
—¿Estás segura de que vale la pena?
—¿Mm?
—Sea lo que sea que estás planeando, o no… ¿vale la pena? Después de todo, si estás tan triste solo con ponerte calcetines… de verdad que no vas a disfrutar lo que viene a continuación.
Hikari se enderezó y respiró hondo de nuevo.
—Si. Él vale la pena.
Sango sonrió a sabiendas. Luego le tendió más ropa.
—La ropa interior a continuación.
—Tengo puesta ropa interior.
—No llevas puesta ropa interior tradicional.
—¿De verdad tengo que hacerlo? ¡Nadie la va a ver!
—Quieres que sea tradicional, ¿me equivoco?
Un pesado suspiro y un ligero gimoteo.
—Sí.
Sango se dio la vuelta mientras Hikari se cambiaba. Luego le tendió una parte de arriba para que se pusiera y una falda envolvente. Hikari la sostuvo ante ella con cautela. Los demonios mortíferos con dos cabezas de serpiente daban menos miedo.
—Mm… no estoy segura de cómo tengo que atar esto…
No sin una buena cantidad de risitas, Sango desenvolvió la falda y la volvió a envolver. Esta vez correctamente. Cuando hubo terminado, Sango se estiró hacia una tira blanca de tela.
—Un cinturón datemaki —le dijo a Hikari.
—Me estás diciendo nombres de cosas —dijo la chica de pelo plateado con sospecha—. No va a haber un examen, ¿no?
—¿Un examen? ¡Tu madre nunca me lo perdonaría si te hiciera tal cosa! ¡Cuánto estrés y ansiedad le provocaban los exámenes cuando éramos jóvenes! No entiendo por qué la gente de la época de tu madre les hace esas cosas a sus hijos. ¡Tu madre tenía pesadillas a menudo!
Sango siguió quejándose de los exámenes y los deberes mientras ataba el cinturón. Cuando hubo terminado, se echó hacia atrás y dio una palmada.
Hikari exhaló un suspiro de alivio.
—¿Lista?
La risa no le auguró nada bueno.
A continuación, tocó un trozo de tela que era hermoso y de aspecto delicado. Hikari se puso nerviosa solo con mirar el kimono.
—Mm… ¿segura que no pasa nada porque me prestes esto?
—¡Claro!
—Mm… pero podría rasgarlo. O ensuciarlo. O mancharlo de sangre. O de vísceras.
—Eso siempre es un riesgo.
Hikari vio que Sango sacaba cariñosamente el hermoso obi. Atarlo era un proceso complicado del que la demonio perro se alegraba mucho de que no fueran a examinarla. Aunque sí disfrutaba de las historias de Sango sobre cómo le había enseñado su madre y cómo la había vestido la primera vez. Ponía un poco triste a Hikari que las gemelas no tuvieran ningún interés en la tradición. Aunque ella misma probablemente no volvería a hacer esto NUNCA.
—¿Estás segura de que no quieres prestarme algo menos… eh… menos delicado? —… Y sentimental.
—No toda la ropa es dura y adaptable como el traje de la rata de fuego que usas.
—Oh… A papá le va a dar algo cuando me vea sin él. No había pensado en ello.
Cuando Hikari era solo un bebé, su padre le había hecho el traje de la rata de fuego, incluso había curtido el cuero él mismo. El cuero de algún modo había crecido con ella. Era su protección. Era importante para su padre que siempre lo llevara puesto (el colegio era la excepción por las restricciones del uniforme escolar). Estaba dispuesta a enfadar a su padre… pero no a hacerle daño.
—¿Hay alguna forma de añadir mi traje y que aun así tenga buen aspecto?
Sango paró de envolver el obi, luego empezó a desenvolverlo.
—Servirá con un kimono diferente.
El kimono rosa y blanco se intercambió por uno con salpicaduras rojas. El traje de la rata de fuego se añadió a continuación. Luego el obi. Era posible que el traje de la rata de fuego se hubiese adaptado al obi, ya que no lo notaba excesivamente abultado. Tampoco sobresalía de una forma extraña. Pero ¿de qué estaban hechas aquellas ratas de fuego? ¿De magia?
—Estoy reconsiderando todo este plan —exclamó Hikari cuando le apretó el obi de forma que quedase ceñido. Las ropas eran mucho más restrictivas de lo que se había imaginado. Su postura nunca había sido mejor, pero moverse iba a ser un problema.
—No eres de las que abandona.
Una niña pequeña de pelo oscuro entró en la habitación bostezando justo cuando Hikari había decidido que tal vez era de las que abandonaba, después de todo. Era Takara, la hija mediana de Sango y Miroku. En ocasiones, Hikari sospechaba que probablemente fuera el clon de Sango. Era un par de años más pequeña que su hermano pequeño. Era una queja de Yoshio que Takara pudiera empezar a entrenar con la espada un año antes de que a él le permitieran sostener una. Aunque él no estaba necesariamente interesado en pelear como en ocupaciones más eruditas, era una cuestión de justicia.
—Buenos días, Kari.
—Buenos días, Kara.
A Takara se le iluminaron los ojos.
—¡Estás vestida como una CHICA!
Réplicas bordes y enérgicas entraron en la cabeza de Hikari, pero consiguió evitar que se le escaparan. Estaba pidiendo un gran favor, después de todo.
En cuestión de instantes, Takara estuvo de pie en un taburete y sacando los lazos del pelo de Hikari antes de peinárselo.
—¡AU! —No le había dolido, pero a Hikari le gustaba la forma en que Takara se reía antes de ir con más cuidado. A la chica le encantaba trenzar y retorcer el pelo. Rayaba en lo obsesivo, en ocasiones. Probablemente era una de las razones por las que Yuki se cortaba el pelo tan corto. No hacía daño recordarle a la niña que no estaba trabajando con cuerda o cuero. Puede que no le hiciera daño a la demonio perro, pero sí que le hacía daño a veces a su hermana. Aunque… tal vez debería preocuparse por aquella risita…
—A tu pelo…
—Esos modales… —le advirtió Sango a su hija…
—… Le vendría bien… un recogido para… —Takara miró a su madre antes de volver a mirar a Hikari, que estaba intentando no reírse—… ir a juego con la ropa.
Sango supervisó mientras su hija cepillaba y retorcía el pelo plateado de Hikari en un estilo complicado. Le tendió una peineta enjoyada a Takara para sostener el pelo suavemente en su lugar.
—Y zapatos.
Hikari miró las sandalias con incredulidad.
De repente, todo esto parecía una idea muy, MUY mala.
Tras un muy cuidadoso gesto de despedida, Hikari empezó a caminar lentamente hacia casa. Con pasos muy pequeños. A su tía Sango y a sus hijos más pequeños no les llevó mucho tiempo dejarla atrás. Cuando la pareja más mayor de gemelas se rio de su lento progreso mientras pasaban corriendo por su lado (al parecer el extermino de demonios había sido un éxito), Hikari les sacó la lengua. Ahora sabía por qué las mujeres que usaban ropa como esta daban pasos tan cortos. Probablemente para no caerse. Parecía como si tuviera las piernas atadas y empezó a sentir una incómoda sensación de claustrofobia. NECESITABA la libertad de sus piernas.
—Sigo pensando que es una mala idea.
Hikari se detuvo y levantó la mirada hacia el árbol que tenía encima.
—Ban…
—Creo… ¡oh!
Se quedó paralizado al verla.
Luego cayó del árbol. Hikari hizo una mueca.
—No.
—Ban…
El demonio lobo se puso rápidamente en pie antes de mirar con pánico a su alrededor. Se estiró hacia delante, pero se detuvo justo antes de tocarle el pelo. Hikari se quedó decepcionada. Avanzó un paso y él retrocedió otro, sosteniendo las manos en alto.
—No lo hagas —se quejó, agachándose, mirándola con ojos afligidos.
—No es una cita. Él solo…
—ÉL. —Entrecerró los ojos y la posición agachada pasó de ser adorable a ligeramente amenazante. Oh, no hacia ella, en absoluto, sino hacia este ÉL—. No confío en ÉL.
—Oh, por… puedo cuidarme sola, Ban.
Arqueó una ceja. Luego, el demonio lobo le dio un empujoncito en el vientre y ella perdió el equilibrio. Unos rápidos reflejos la pusieron en sus brazos.
Ella le sonrió.
—Te amo a TI, tontaina. Nadie va a cambiar eso.
Él suspiró en gesto de derrota.
—Estás muy guapa —dijo a regañadientes.
—Gracias.
—Pero pareces muy frágil. He estropeado la tela, ¿no? Tu tía Sango me encontrará y me arrancará la cola, ¿no?
Hikari se rio.
—Eh, ya que ya estoy aquí —Se retorció un poco en sus brazos—, ¿crees que podrías llevarme hasta el punto de encuentro?
—¿EN SERIO?
—¡Eh! Me va a llevar una eternidad con este atuendo.
—¿Quieres que YO te lleve a TI para encontrarte con OTRO HOMBRE?
—¿Por favor?
Fue un viaje lleno de quejas, pero un viaje no obstante hasta el punto de encuentro. Tras varias quejas más, Ban se escondió en las copas de los árboles mientras Hikari esperaba.
—¡No te caigas esta vez!
Más quejas.
No fue una espera muy larga. El hombre llegó puntual. Si no lo supiera (y lo sabía) pensaría que había estado mirando un reloj para llegar tan puntual.
—Le doy las gracias porque se tome el tiempo de reunirse conmigo —dijo con una cortés reverencia—. Aprecio su ayuda, señorita Hikari.
Con una pequeña sonrisa, Hikari intentó hacer una reverencia en respuesta, cambió de idea. ¿Por qué había tenido que desayunar aquella mañana? Puaj. ¿Sango lo había atado demasiado apretado? Respiraciones hondas… sí… eso no iba a ocurrir.
—No hay de qué.
—No era consciente de que fuera usted una casamentera además de protectora de aldeas. Ha… ¿ha oído risas? Sonaba como si viniera de arriba.
Hikari sonrió alegremente con los labios cerrados. Mostrar dientes afilados a los humanos completos podía ponerlos un poco nerviosos.
—No puedo pasarme todo el tiempo luchando contra el mal. Hago lo que puedo para ayudar a los demás a encontrar el amor. —Estaba segura de que allí había verdad en algún lado. También medio esperaba que Ban cayese del árbol con su risa incontenible.
—Su prima es encantadora, ¿verdad?
—Oh, sí, todas ellas. Las gemelas son las más mayores. Suki es muy encantadora. —Respiró hondo y lo soltó—. Su hermana, Yuki… es bastante… vivaz. —Pagaría una buena suma de dinero por ver a este tipo intentando cortejar a su ligeramente alocada prima.
Ignoró la segunda tanda de crujidos provenientes de los árboles. Su nariz le dijo que Ban ahora tenía compañía allí arriba. Sin duda su hermano mayor estaba arriba con Ban, planeando algo. Simplemente tendría que confiar en Shippo.
—No se olvide —le advirtió al joven—. No desea herir los sentimientos de ninguna de las chicas. Así que, cuando se le pregunte, sea muy vago con sus respuestas.
—¡Oh, por supuesto! No querría herir los sentimientos de mi futura esposa, ni los de su hermana.
Hikari dio unos pasitos diminutos, pero se detuvo el tiempo suficiente para dirigirle una mirada de sorpresa. Sabía que estaba buscando esposa, pero parecía estar un poco demasiado seguro de que una de sus primas iba a casarse con él. Empezó a pensar inmediatamente en formas de herirle si apoyaba siquiera una mano inapropiada sobre alguien de su familia. Su madre no lo aprobaría… pero papi sí.
Al mirar por encima del hombro del hombre, vio la cabeza de Shippo sobresaliendo entre las hojas y él levantó un pulgar en su dirección antes de volver a desaparecer.
Odiaba los zapatos.
Odiaba el vestido.
Odiaba los pasos diminutos.
Odiaba lo atada que le hacía sentir el obi. Con gran esfuerzo, se tragó las quejas y compuso una sonrisa (con cuidado de no mostrar sus colmillos). Ocultar sus pensamientos le hacía sentir casi tanta claustrofobia como su ropa.
Pero sí le había gustado la reacción de Ban…
Más adelante oía los sonidos de carcajadas. Su madre y Sango estaban charlando y los más pequeños estaban jugando en su fuente termal favorita. Originalmente, había pensado en llevarlo a su casa, pero decidió no hacerlo. Después de todo, él no era de la familia. Hubo un borrón rojo, luego Shippo apareció por el camino delante de la abertura al claro. Hizo un gesto con la mano y la llamó con el sonido más falso de sorpresa que hubiera oído nunca. Su padre no se lo tragaría nunca.
Hikari hizo un pequeño saludo delicado.
—Mi hermano, Shippo.
Su acompañante se detuvo en seco.
—Es… es… un…
—Es un… ¿qué?
—Sus primas son… ahh… ¿similares?
Hikari ladeó la cabeza, intentando comprender.
—¿Similares? —Miró a su querido hermano mayor y sonrió—. Bueno, él es el único pelirrojo de la familia. —Hasta ahora… aunque su propio lobo pelirrojo era prácticamente de la familia.
—Es un… ¿demonio?
—Demonio zorro. —Su familia se calló cuando se acercaron más.
—Ah…
—¿Tiene un problema con los demonios? —¿Recordaba que ELLA era un demonio?
—Ahh, no. No. ¡Claro que no! Sus primas… ahh… ¿son también demonios?
—No. —Su alivio ante sus palabras fue un poco insultante—. En realidad, no somos parientes de sangre, pero la sangre no hace la familia, después de todo. —Saludó a su sonriente madre y a su padre, que estaba frunciendo el ceño.
Su familia estaba paralizada a medio movimiento de una forma muy cómica, como si verla tuviera alguna suerte de poder paralizador. Un poco desconcertada por toda la atención, a Hikari le empezaron a sudar un poco las palmas mientras se acercaba a sus padres.
—Buenas tardes, madre… padre. —ESE saludo claramente los sorprendió hasta el punto de sacarlos de su estado de parálisis. Su familia no era de las formales. Cielos, la mayor parte del tiempo su familia iba descalza y a veces colgaba literalmente de los árboles.
Su acompañante hizo una reverencia. Hikari vio que Sango y las gemelas, Suki y Yuki, se acercaban por el rabillo del ojo. Las gemelas se sentaron junto a Kagome y Sango se puso cerca de Inuyasha. Hikari estaba bastante segura de que esto era por si las cosas iban mal. Muy, muy mal.
Sin duda esperaba que Shippo tuviera razón sobre esto. Probablemente sería imposible sacar la sangre de esta tela.
—Madre… padre… este es… —¿Cómo se llamaba? Hikari bajó la mirada mientras rebuscaba en su memoria. ¿Le había dicho su nombre alguna vez? ¿Se lo había preguntado? Seguro que le había preguntado. Lo había salvado de un par de demonios oso hacía apenas una semana—. Este es mi… —Eh, eh, eh… él no era nada suyo, en realidad. E incluso decir «amigo» sería forzarlo. Puede que pareciera una dama culta, pero en ese momento se sentía como una burda bobalicona.
—Estoy en busca de esposa.
Bueno.
Esa es una forma de presentarse, pensó Hikari. Incluso los grillos pararon de hacer ruidos mientras la temperatura bajaba varios grados.
—Esposa, dice —dijo su madre tras aclararse la garganta, mirando con nerviosismo a su compañero—. Y usted es…
—Soy el señor Orochi. Vengo buscando esposa.
—Sí —dijo Kagome con frialdad—, eso ha mencionado. ¿Cómo podemos ayudarle?
Yoshio intervino… con una voz bastante monótona.
—¿Qué clase de chica estás buscando?
Hikari parpadeó un par de veces. Sí. Su hermano estaba usando fichas.
El señor Orochi sonrió.
—Busco a una joven que sea bella y obediente.
Buscas ESO en el lugar EQUIVOCADO, pensó Hikari para sus adentros, luego bajó la vista para que no traicionase su humor.
—Obediente —preguntó Shippo—. ¿A qué te refieres? ¿Quieres que haga lo que digas en todo momento? ¿Como una mascota? —La pregunta, que era buena, la hizo con una pizca de regocijo. ¿Estaba intentando que asesinasen a este tipo?
La idea de ella en su forma de demonio perro correteando por una casa elegante casi hizo que Hikari se riese disimuladamente. A diferencia de su padre, tenía control sobre su forma de demonio perro y disfrutaba bastante de correr a cuatro patas. La ira no desataba su transformación. Hikari se concentró mucho en mantener las manos entrelazadas delante de ella para no empezar a reírse como una hiena. Una hiena demoníaca.
El hecho de que su postura la hiciera parecer más callada y obediente era solo un añadido.
—No, no, no me malinterprete, eh… ¿muchacho? —Pudieron oírse varios gruñidos por el claro ante el, con suerte, involuntario desprecio. Ella incluida. Y sus primas humanas—. Trataré a mi esposa como a una princesa. No habrá necesidad de que se preocupe de nada más que de nuestra felicidad.
—De tu felicidad, querrás decir —resopló Yuki mientras se cruzaba de brazos—. ¿No quieres que piense por sí misma?
—No habría necesidad de que ella…
—¡O que sea creativa! —intervino Suki, pareciendo bastante horrorizada.
—¿Creativa? ¿Por qué iba a necesitar mi esposa ser cr…?
—¡Quieres a una sirvienta a la que puedas darle órdenes! —lo acusó Yuki. Alguien deeeee verdad que debería agarrarle la espada a su prima antes de que se enfadase demasiado.
El señor Orochi negó con la cabeza.
—¡Tengo sirvientes, lo que estoy buscando es una esposa!
—Si le das una orden, ¿esperarías que la obedeciese? —preguntó la joven Takara.
—Por supuesto.
Takara se volvió hacia Yuki.
—¡SÍ que quiere una sirvienta!
Por qué… ¿POR QUÉ no había pensado en traer alguna suerte de grabadora de vídeo? Hikari mantuvo la cabeza inclinada, pero levantó la mirada solo un poquito. Era propio de Shippo manipular una conversación para hacer que Yuki se encendiese. ¡Era como si ella fuera su arma personal! Aunque, a decir verdad… no hacía falta mucho para desatar el fuerte temperamento de su prima.
Hikari pudo oler que su invitado estaba empezando a sudar. Pero su objetivo no había sido intimidar al pobrecillo. Lo que era decepcionante era la falta de intervención de su padre. Lo miró. Extrañamente, no la estaba mirando a ella… NI a Orochi. Hikari miró a su alrededor con un poco de nerviosismo.
El nivel de volumen se había levantado. Sus primas y sus hermanos estaban ahora gritando todos. Su madre pasaba la mirada entre su compañero y la conmoción. La tía Sango parecía estar pasándoselo en grande. Eso le hizo sonreír de nuevo.
En lo que esperaba que fuera una forma femenina, Hikari se aclaró la garganta. El señor Orochi paró de hablar y bajó la mirada hacia ella.
—¿Sí? —Cuando ella no respondió al instante, ya que se estaba esforzando mucho por no reírse del raro panorama que debía de ser aquel, él respondió de una forma que casi la hizo estallar en risas histéricas—. Puede hablar.
Sus palabras provocaron que todo el claro quedase en silencio.
En lugar de decir la muy ácida respuesta que tenía en sus labios, Hikari respiró hondo y dijo:
—Gracias. —Podía hablar… VAYA.
Sus palabras, no obstante, hicieron que todos soltasen una exclamación de horror, casi al unísono. De verdad que no debería ser tan divertido. De verdad que no.
—Además de obediencia y belleza, ¿qué más está buscando en una esposa?
El señor Orochi pensó un momento. A ella le irritó que de verdad tuviera que pensar en cualidades adicionales. Un poco superficial, ¿no?
—Supongo que debería tener una sonrisa encantadora. —Le sonrió. Hikari le sonrió en respuesta por reflejo. Empezó a desvanecerse cuando él pareció sonreírle más. ¿Y por qué no apartaba la mirada?—. Una sonrisa encantadora como la que tiene usted, señorita Hikari.
Hikari tomó aire rápidamente ante sus palabras pronunciadas en voz baja, sus labios desaparecieron entre sus dientes por un instante. Seguro que no…
—Una mujer que sepa comportarse y vestirse como una dama. —Miró su hermosa ropa con apreciación. Su sonrisa fue más sonriente. Esto no era bueno.
—Una mujer callada. Una mujer dispuesta a ayudar a un hombre solitario.
Ups.
—Una mujer que disfrute de llevarle felicidad a otros.
Oh, no… Hikari cerró los ojos con fuerza. Esto no era bueno.
—Una mujer como…
Hikari se encogió mientras esperaba a que terminase.
Y esperó.
Entreabrió un ojo con cautela.
¿No estaba?
—¿Adónde ha ido? —Miró a su alrededor con confusión. Luego miró a su madre en busca de respuestas—. ¿Mamá? ¿Adónde ha ido?
Kagome se encogió de hombros, estaba sonriendo ampliamente. Luego se giró para empezar a charlar con una muy divertida Sango sobre lo que había traído para picar.
Hikari se dio la vuelta lentamente, buscando al señor Orochi. Shippo y Yoshio estaban riéndose y rodando por el suelo. Levantó la mirada, por si acaso, pero solo había unas pocas nubes. Las hijas de Sango estaban gesticulando alocadamente con ira en dirección a nadie en particular. Su padre… bueno… Inuyasha estaba sentado contra un árbol con una sonrisa bastante engreída en su rostro mientras fingía no mirar a ninguno de ellos.
—¿Qué pasó?
Kagome caminó hasta su hija y le dio un cálido abrazo y un beso en la frente antes de sostenerla a distancia para mirarla.
—Estás muy hermosa, Hikari.
—Gracias, mamá.
—¿Estarías más cómoda si te cambias?
—¡SÍ!
Hikari se dio la vuelta y se estiró hacia el lazo. Estaba justo fuera de su alcance. Se giró un poco más. Luego, un poco más. Luego, pronto estuvo girando en un círculo. Y girando. Y girando. Y perdiendo el equilibrio.
—¡Iiip!
Perdió su batalla contra la gravedad.
Hikari oyó un «feh» cuando todo empezó a volverse borroso. Nunca llegó a chocar contra el suelo.
El pelo rojo rozó su cara mientras la llevaban hacia los árboles.
—Normalmente no soy tan torpe —le dijo a Ban.
A Ban se le iluminaron los ojos con la risa.
—Sí que lo eres.
—Este plan fracasó también —le dijo con tristeza mientras se acercaban a la cabaña de Sango. Se cambiaría allí y dejaría la ropa en la habitación de su prima—. Con suerte, el siguiente funcionará. Me pregunto qué pasó con Orochi. ¡Desapareció sin más!
—El mundo está lleno de misterios —se encogió de hombros y lo dijo inocentemente.
Demasiado inocentemente.
Puede que nunca fuera a ser una esposa perfecta. Pero había encontrado a su compañero perfecto.
