Disclaimer: Esta historia no me pertenece. La historia, así como Hikari, Ban, y los hermanos de ambos, son de TouchofPixieDust y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Torturando a un hanyou
O
Un jefe supremo y su secuaz
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Hikari puso los ojos en blanco ante los gritos de su hermano pequeño.
—¡MIS OJOS! —gimió mientras se tiraba al suelo agarrándose los ojos—. ¡ME HAN CEGADO!
Hikari colocó su pie sobre él y lo sacó suavemente a empujones de la habitación, cerrando la puerta tras él. No iba a ceder ni de broma. Volvió al baño, metió más mechones de color castaño oscuro bajo la peluca e intentó sujetarlos con horquillas. Le ardían y le picaban las orejas por debajo, pero estaba acostumbrada a mantener escondidas sus pobres orejas.
Oyó que se abría la puerta de su habitación y se giró, viendo que su hermano había vuelto. Esta vez con los ojos vendados.
El niño tenía un don para el drama. Lo admiraba por ello.
Se alegraba de que Yoshio no pudiera verla sonriéndole. De verdad que no necesitaba que lo animaran. Así que ignoró su teatralidad y dirigió su atención de nuevo hacia el espejo.
Su disfraz era perfecto.
Estaba incluido cada detalle.
Cada cincha, hebilla y trozo de cuero estaban exactamente donde debían estar. ¡Desafiaba claramente a la gravedad!
Con su peluca prestada y el disfraz prestado, Hikari era el vivo retrato de Etna.
Su pelo (bueno, la peluca) estaba recogida en dos coletas puntiagudas. Había sopesado la idea de teñirse su propio pelo de rojo para el atuendo, pero se decantó por un plan ligeramente diferente. Además, era interesante ver cómo le quedaría el pelo rojo.
Parecía… fría. Muy fría.
El disfraz de Etna no tenía gran cosa. Guantes, botas, una falda corta (con una cola pegada) hecha de solo dos cinturones anchos y una banda pequeña en forma de murciélago para la parte de arriba, sostenida con dos tirantes muy valientes, pero muy pequeños. Solo podía asumir que los tirantes sostenían en alto la parte de arriba por medio de alguna suerte de magia.
—¿Shippo está abajo jugando?
—Síííííí.
Hikari volvió a poner los ojos en blanco.
—Solo porque te hayas quedado ciego, no significa que seas un fantasma. —Hizo una pausa para conseguir un efecto dramático—. Todavía.
—Nadie me dijo que esta aventura sería tan peligrosa para mi salud.
—Esto no es una «aventura»… es una…
—Aventura.
—Ah, silencio, Yoshio. ¿No deberías estar abajo jugando a videojuegos con Shippo?
—Disgaea es un juego de un jugador.
—Entonces vete a animarle o algo. Discute sobre quién será el siguiente en jugar. Haz algo relativo al plan.
—Aventura.
Hikari se rio mientras empujaba a su hermano para que saliera de la habitación. Otra vez.
—Ve.
Últimos retoques de un poco de maquillaje y una profunda inhalación para darse valor, y Hikari estuvo lista para bajar por las escaleras. Con suerte, sobreviviría. Se enderezó y echó los hombros hacia atrás… luego, volvió a encorvarse, avergonzada.
No. Lo haría. Hikari compuso una sonrisa despreocupada e intentó caminar con indiferencia.
—¡Vale, deja que vaya a por la cámara! ¡Tu primer cosplay! Sonríe… santo… no. —Kagome dejó caer la cámara—. No, no, no. ¡Vuelve arriba ahora mismo, pequeña, y ponte algo de ropa!
—Pero, mamá…
—¿QUIERES que a tu padre le dé un ataque al corazón?
—Mamá…
—¡Hikari! —Kagome entrecerró los ojos mientras miraba a su hija y se cruzó de brazos. Se la quedó mirando un momento en silencio antes de recoger la cámara y terminar sacándole una foto—. Para poder recordarte —susurró ominosamente mientras daba un paso atrás y le hacía un gesto a su hija para que pasase—. Vete a enfrentarte a tu padre, yo voy a ir a hacer palomitas.
Antes de desaparecer en la cocina, Kagome se detuvo y se dio la vuelta, dirigiéndole una sonrisa a su hija que le provocó escalofríos.
—Tú y yo vamos a tener una charla sobre tus hábitos de citas, cariño. Pronto.
Hikari tragó saliva. Pero era demasiado tarde. Su madre se había ido a la cocina y su padre estaba en el salón intentando evitar que Shippo y Yoshio discutiesen por el mando. Afortunadamente, sus hermanos estaban causando una distracción suficiente para que su padre no hubiese prestado suficiente atención a las palabras de su madre.
Sabía que su padre nunca le haría daño, pero podía terminar con su vida social hasta que fuese adulta. Solo esperaba que se decantasen por la edad adulta de un humano y no la de un demonio. Se mordió el labio y se tocó su collar de cuentas, el único artículo que tenía que NO PODÍA sacarse. Al menos hasta que cumpliese los dieciocho. Ese día nadie sería capaz de evitar que fuese a donde fuera y a cuando fuera que quisiera.
Pero no quería esperar. No porque fuese impaciente, aunque ERA impaciente, sino porque quería la libertad que le daba. Pero no era por viajar en el tiempo, era por tomar sus propias decisiones.
Aunque sí se daba cuenta de que parecían un poco retorcidos sus intentos por ganarse su confianza por medio de una distracción.
Justo cuando estaba a punto de perder el valor, oyó que su madre decía en voz alta:
—¡Inuyasha! ¡Tu hija quiere despedirse antes de irse!
Kagome pasó al lado de Hikari con una sonrisa y un cuenco enorme de palomitas de maíz. ¿Cuánto tiempo había estado allí dándole vueltas?
Un Inuyasha ligeramente gruñón atravesó con pasos fuertes el salón justo cuando Kagome empujó a su hija del pasillo al salón para que los dos se encontrasen en un punto intermedio.
—Eh… —A Hikari la recibió el silencio—. Eh… bueno, me voy pronto…
Shippo le tapó las orejas a Yoshio en previsión a la explosión de palabrotas gruñidas. Antes de que Hikari pudiera parpadear, se vio envuelta fuertemente en el traje de su padre. Tenía los brazos clavados a los lados. Solo pudo distinguir y reconocer algunas palabras, ya que sus gritos prácticamente crearon una brisa, pero captó la esencia de todo.
No.
Simplemente no, por encima de su cadáver, NO.
Kagome estaba observando desde el sofá mientras comía palomitas con los pies metidos debajo de ella. Yoshio y Shippo se le unieron, ahora que era seguro que ambos tuvieran los ojos abiertos. En general, su madre templaría el… eh… temperamento de su padre. Pero esta noche solo era una observadora. Una observadora entretenida.
—¡No estás vestida! —gritó su padre cuando se calmó tras su desmadre verbal.
—Sí que lo estoy. —Hikari respiró hondo, lista para ser tranquila y lógica. Aunque sabía que le iban a gritar, incluso así sentía el picor de las lágrimas. Pero no iba a llorar. Después de todo, esta era la reacción que había estado buscando. Aun así…
Inuyasha sintió la angustia y respiró calmadamente varias veces. Luego, varias veces más. Luego se quedó un poco atontado. Finalmente, se mantuvo erguido y calmado, y bajó la mirada hacia su hija. ¿Siempre había sido tan alto? De repente parecía un gigante. Hikari sintió que se le ensanchaban los ojos hasta doblar su tamaño.
—Estás loca si piensas que vas a salir de esta casa vestida… ASÍ.
Ladeó la cabeza, adoptó su expresión más inocente y dijo:
—Pero tú dijiste que podía.
—Qu… Yo… ¿Qué? Tú… ¿Qué?
Hikari parpadeó dramáticamente.
—Mamá y tú dijisteis que podía ir al evento de cosplay.
Inuyasha miró hacia Kagome, quien asintió lentamente.
—¡Sí, pero no así! No enseñando… no. ¿Kagome?
Hikari no miró en dirección a su madre. En cambio, le sonrió dulcemente a su padre, todas las trazas de lágrimas habían desaparecido.
—Dijisteis que podía ir como Etna, el personaje del videojuego.
—¿Kagome?
—Mm… sííííí… pero… —Miró hacia la pantalla donde sus hijos habían estado peleándose por jugar al Disgaea. Sus hijos, que portaban ahora sonrisillas ligeramente siniestras.
—Lo prometisteis.
Inuyasha gimoteó el nombre de Kagome. Kagome hizo a un lado sus palomitas, fue a coger la caja del videojuego y le dio la vuelta. Luego miró a Hikari y entrecerró los ojos.
—Si miras la guía del jugador, podrás encontrar una imagen mejor —dijo Hikari amablemente.
Kagome cogió la guía del jugador que tenía un marcapáginas. Suspiró en gesto de derrota antes de abrirla siquiera. Miró la imagen, luego miró a su hija. Hikari se sacó el traje y Yoshio le tendió un arma. Hikari posó.
—Yo… —Kagome se encogió de hombros y suspiró en gesto de derrota—. Estoy impresionada.
—¡KAGOME!
Sonó el timbre. Inuyasha volvió a echar su traje sobre su hija mientras Shippo abría la puerta. El demonio zorro abrió la puerta de golpe con una floritura.
—¡Kari! ¡Tu jefe supremo está aquí!
—¿SU QUÉ?
Un joven de pelo azul y una bufanda (con el pecho desnudo) entró en la habitación como si fuera suya.
—¿Dónde está mi secuaz? —vociferó con voz exigente y ligeramente enfadada.
Inuyasha rugió y se lanzó hacia el chico.
—¡SIÉNTATE!
Inuyasha se dio un golpe contra el suelo. Por si acaso, Kagome se sentó encima de él.
—¿QUÉ LE HAS LLAMADO A MI BEBÉ?
El joven se agachó y se estiró hacia las orejas de Inuyasha. Hikari tiró de él hacia atrás antes de que perdiera una mano.
—¡Oh! —dijo alegremente el jefe supremo—. ¡Tú también haces cosplay! ¡Qué guay!
—¡SI LA TOCAS, TE MATO!
Kagome sonrió y se despidió con la mano.
—¡Divertíos, niños!
—¡KAGOME!
Hikari lanzó besos mientras se iba.
—Tus padres son graciosos. Tienes suerte. Venga, démonos prisa —dijo el jefe supremo mientras Hikari lo dejaba fuera del coche—. ¡No queremos perdernos el principio!
Hikari se giró hacia su otra amiga, que había estado esperando pacientemente en el coche.
—¡Suichi apenas se marchó con todos sus miembros! Gracias por dejarme tu atuendo, Ulala.
—Sin problema, Kari. Aquí tienes tu disfraz de Fuka.
Se cambiaron rápidamente de atuendos. Hikari se sacó la peluca roja y dejó caer dos largas coletas marrones. El tinte temporal olía raro, pero valía la pena. Le gustaba mucho más su nueva capa Prinny y el abrigo, antes que el atuendo tan revelador. Aunque esperaba poder conseguir la foto que le había sacado su madre antes de que la borraran.
Le encantaría enseñársela a Ban.
Mientras se marchaban, juraría haber oído que su madre decía:
—Claro que vamos a espiarlos, cariño…
Se preguntó cuánto tiempo les llevaría darse cuenta del cambio de disfraz. ¿Sería cruel ponerse un poco de perfume para despistarlos con el aroma?
Mmmmm…
