Todavía faltaban dos horas para la llegada de los invitados pero Serenity ya estaba lista para el baile. Nunca había tenido la oportunidad de ver a Endymion por tanto tiempo como tendría esta noche y por eso estaba emocionada. Esta noche nadie se interpondría en su camino, o eso era lo que ella pensaba.
Lejos de la belleza de los jardines y la paz del palacio, en las profundidades de la Tierra, en un lugar olvidado por los humanos se encontraba una mujer, que ya no era ni la sombra de esa joven de hermosos cabellos rojos. Ahora se había convertido en una youma por completo, renunciando para siempre a su humanidad, entregándose al odio que sentía por aquella que le había robado a su amado. Pero aún así no contaba con la fuerza suficiente para enfrentar al Reino de la Luna, para eso necesitaba otros guerreros más fuertes. Y por supuesto no era fácil encontrar personas dispuestas a seguirla.
Por eso Beryl, valiéndose de los poderes entregados por Metalia, utilizaba la negafuerza, la energía maligna para lavarles el cerebro a los humanos y hacerlos sus súbitos. Poco a poco su ejército crecía, ya estaba preparada para su próximo blanco. Para tener realmente oportunidades de derrotar a la familia de la Luna y su Cristal de Plata necesitaba que los cuatro guerreros más fuertes de la Tierra estén de su parte, ellos eran los Shitennou, los guardias del Príncipe Endymion.
Como Beryl había pertenecido a la corte no le costó mucho atraerlos, todos en el palacio estaban enterados de su desaparición. Así que todo lo que debió hacer fue esperar a encontrar a uno de los Shitennou solo; encontró a Jadeite, y le pidió ayuda fingiendo estar herida, apenas el bajo la guardia, lo atacó y lo convirtió en su súbito.
Luego con la ayuda de Jedeite, le fue fácil poner de su parte a Nephrite, a Zoycite y finalmente a Kunzite.
Ya todo estaba listo, tenía de su parte todas las de ganar. Decidió que el ataque final sería ese día, en el baile, era el mejor momento para acabar con su tan odiada enemiga.
Mientras tanto en el palacio de la Tierra parte de los planes de Beryl habían sido descubiertos y todos se preparaban para la batalla.
– Madre, debo ir a la Luna a avisarles. – dijo Endymion con decisión.
– Ya me lo imaginaba. – contesto la reina suspirando de resignación.
Endymion tomo eso como un sí y corrió por el jardín donde poco tiempo atrás se había encontrado con su amada, para advertirle del peligro inminente.
– ¡Onii-chan!
– Gaia, no intentes detenerme, sabes que no podrás.
– No deberías ir solo. ¿Por qué no le pides a alguno de los Shitennou que te acompañe?
– No, su misión es la de proteger el palacio. Más con una guerra inminente. Yo sólo estaré bien.
– Endymion onii-chan… suerte y ten cuidado.
Endymion prosiguió su camino mientras Gaia lo miraba de lejos con su corazón lleno de inquietud.
La princesa de la Tierra todavía estaba en ese lugar, cuando irrumpieron los cuatro Shitennou seguidos por la Reina Beryl.
– Qué bueno que están aquí… – Gaia interrumpió la frase de repente al ver a Beryl - ¡¿Qué están haciendo? ¡Beryl está detrás de ustedes! ¡¿Por qué no la detienen? ¡Jadeite! ¡Nephrite! ¡Zoycite! ¡Kunzite! – gritaba mientras observaba estupefacta como los cuatro generales se acercaban sin escuchar sus órdenes.
– ¡Es inútil! Ellos sólo me obedecen a mí ahora. – le dijo Beryl sonriendo maliciosamente.
– ¡Beryl, ¿por qué haces esto?
– ¡Calla, tú también me traicionaste! ¡Los ayudaste a ellos!
– ¡¿De qué hablas?
– ¡No puedo permitir que esa princesa de la Luna se robe a Endymion! – dirigiéndose a los generales – ¡Encárguense de ella!
– Por el poder de la Tierra, transformación! – gritó Gaia levantando su pluma, unos haces de luz la cubrieron y la vistieron con un traje de colores verde y marrón.
Sailor Earth, lucho con todas sus fuerzas pero fue en vano, cayó al suelo, ya no tenía podía mantenerse en pie.
– ¡Nepherite, mátala! – ordenó Beryl.
Nepherite se acercó a Gaia y blandió su espada en el aire.
– Nepherite… – a Gaia de le llenaron los ojos de lagrimas, de todas las personas del mundo no podía creer que justo fuera Nepherite quien la matara.
El sonido del metal cortando el aire, un golpe seco, silencio.
