Darker times will come and go
Times you need to see her smile
And mothers' hearts are warm and mild
I would rather feel this world through the skin of a child
Through the skin of a child
Through the Eyes of a child (Aurora)
Un grupo terrorista logró robar los planos del nuevo sistema de defensa antimisiles, un proyecto en la que el Ministerio de Defensa estaba trabajando desde hace seis meses. Era un caso de importancia nacional, la vida de miles de ciudadanos podría peligrar si esos planos eran utilizados en contra del gobierno.
—Hay algo importante en esto, estoy seguro. Tal vez sea algo más de Moriarty que no hemos logrado descifrar aún.
—¿Estás teniendo una premonición, querido hermano? —Mycroft frunció el ceño y sonrió divertido.
—El mundo está tejido a partir de miles de millones de vidas, cada hebra se cruza entre sí. Lo que llamamos premonición es solo el movimiento de la web. Si pudieras atenuar cada hebra de datos temblorosos, el futuro sería completamente calculable. Tan inevitable como las matemáticas.
El mayor sonrió de lado, la actitud del detective era complemente clara para él.
—Estás volviendo a temer por la vida de John, ¿no es así?
—Siempre temo por su vida.
—Déjame decirte que estás especialmente temeroso el día de hoy.
Sherlock suspiró incómodo, la oficina de su hermano se sentía más fría que lo usual.
—Después de lo de la Sra. Hudson, realmente estoy teniendo muchas inseguridades. —confesó el rizado.
El incidente había pasado un par de meses atrás. La Sra. Hudson recibió visitas inesperadas aquella tarde mientras hacía su rutina de limpieza. La tomaron a la fuerza y la obligaron a entregar un pequeño adorno chino de mil años de antigüedad, el cual estaba valorado en nueve millones de dólares.
Por supuesto, ella no sería tan boba para entregarlo fácilmente, no después de todo el esfuerzo que Sherlock y John hicieron para lograr encontrarlo. Ella fingió llorar desesperadamente para escabullirse a la habitación de Sherlock y buscar el objeto en cuestión. No fue difícil para ella encontrarlo, Sherlock solía bajar la guardia cuando estaba dentro de su departamento.
Lo difícil vino luego, cuando tuvo que esperar la llegada de Sherlock y John entre gritos y maltratos, esto incluyó un golpe en su mejilla y magulladuras en sus brazos.
Sherlock fue quien llegó primero y, al ver los productos de limpieza de la Sra. Hudson en el pasillo y ciertos detalles en la pared de la escalera, sintió una ira crecer dentro de él. Nadie en el mundo podría ser capaz de ponerle un dedo encima a esa mujer mientras él existiera.
El encuentro terminó con uno de los matones siendo llevado a emergencias por costillas rotas, un pulmón perforado y el cráneo fracturado. Sherlock lo había molido a golpes antes de lanzarlo por la ventana.
—Bueno, se lo dijiste, ¿verdad? No quieres que se involucre más en el trabajo. —dijo Mycroft.
Sherlock bajó la mirada, pero mantuvo su rostro orgullosamente levantado mientras apretaba los labios.
—No me había hablado así de enojado en mucho tiempo.
Mycroft rio divertido. No pudo evitarlo, Sherlock lució miserable al decirlo.
—Era de esperarse. Casi veinte años siendo tu mano derecha ¿y ahora le propones esperarte todos los días en casa?
El rizado sacó un USB del bolsillo de su saco y lo tiró al escritorio de Mycroft. Eran los planos que su hermano le había pedido buscar. Definitivamente ya no quería hablar sobre el tema de John.
—Supongo que vigilarás las otras copias existentes. —Sherlock cambió de tema. —No me hagas perder más tiempo con casos tan simples como este. Tú pudiste haberlo resuelto.
—Prefiero no ensuciarme las manos.
Sherlock se levanta dispuesto a salir de la oficina, pero apenas estuvo de pie, algo vino a su mente.
—¿Qué pasó con James Sholto? —preguntó el rizado. —¿Consiguió lo que necesitaba?
Mycroft asintió y cruzo las piernas, se acomodó en su asiento recostando su cuerpo en el respaldar. Había esperado esa pregunta durante meses.
—Ha conseguido el reconocimiento que merecía. Siempre fue uno de los mejores, pero casarse le costó la simpatía de un sistema que todavía posee una arcaica homofobia aferrándose y contaminando sus "valores". El incidente en Sherrinford fue solo la excusa perfecta para degradarlo. Fue muy amable de tu parte pedirme que interceda para arreglar su situación.
—Cuidó a John cuando yo no estaba, era lo menos que podía hacer.
—Bueno, puedes estar tranquilo con eso. El General Sholto está ahora mismo sirviendo a su país y nuevos reportes lo muestran muy cómodo con su vida amorosa.
Sherlock levantó una ceja.
—Creí que no te importaba la vida privada de los demás.
—Frecuenta con aquel hombre bastante seguido, ¿cómo no darme cuenta?
Sherlock finalmente caminó a la puerta, tenía que regresar a casa y resolver el problema con John.
—Por cierto, una cosa más. —dijo Sherlock cuando estuvo a punto de salir. —La Sra. Hudson se está enfermando con mucha frecuencia, será mejor que vayas a verla.
Dicho eso, Sherlock desapareció cerrando la puerta detrás de él.
Mycroft contempló su soledad por un momento, luego miró su reloj. Nueve con veinte. Se vería con Lestrade en el restaurante dentro de una hora y diez minutos. Llevó sus ojos a su mano izquierda y sonrió cuando su anillo de compromiso brilló levemente entre sus dedos.
Tocaron la puerta y segundos después entró Anthea.
—Señor, tiene que estar en el restaurante a las diez con treinta. ¿Desea que le traiga las carpetas antes de irse?
—No, gracias. Que el auto esté listo, por favor.
—Sí, señor.
A diferencia de su hermano, Mycroft no había tenido una vida amorosa muy interesante. Hubo un chico alguna vez en su juventud, alguien a quien aceptó solo por curiosidad. Pero pronto perdió el interés y decidió concentrarse en cosas más importantes. Sin embargo, varios años después, cuando Greg Lestrade llegó a casa de sus padres aquel día buscando a un joven y rebelde Sherlock Holmes, su vida amorosa empezó a girar solo en torno a ese inspector.
Tal vez los hermanos Holmes eran capaces de amar solo una vez, porque una vez atrapados en ese sentimiento, no hubo otras personas en sus vidas que los afectara de la misma manera. Era como si sus mentes prodigiosas hicieran la deducción más importante de sus vidas y, sin que se dieran cuenta, el resultado era esa tibia sensación en sus pechos cuando esos hombres les susurraban un te amo al oído.
Esa reflexión vino a la mente de Mycroft e hizo que dejara su oficina con una sonrisa en su rostro, tal y como lo había hecho por varios meses desde que ese anillo fue puesto en su mano por el mismo Greg Lestrade.
—De acuerdo, ¿ahí está bien? —preguntó John.
—Sí, querido, muchas gracias.
John acomodaba otra almohada en la espalda de la Sra. Hudson para evitar futuros dolores en su columna, mientras que Sherlock se aseguraba de que las sábanas la cubrieran del frío.
—No tienen que darme tantas atenciones, chicos. No me gusta molestar. —dijo ella ligeramente avergonzada.
—Usted jamás nos molesta, Sra. Hudson. —respondió Sherlock. —Excepto cuando se mete en lo que no debe.
El rubio lo miró con reproche por unos segundos.
—Si se vuelve a sentir mal, ahí está el botón de pánico, ¿de acuerdo? — John señaló el botón en la pared e inmediatamente la tomó de la mano. —Para cualquier cosa, lo que sea, solo llámenos.
Sherlock se colocó al lado de John.
—Le contrataremos enfermeras para que nos ayuden a cuidarla. —comentó Sherlock.
—Oh, no es necesario.
—Lo es. —respondió John. —Aunque quisiéramos, no siempre podemos estar con usted debido al trabajo. —miró a Sherlock. —Los dos trabajamos. —decir eso provocó que el rizado volteara su rostro sintiéndose avergonzado. John volvió con la Sra. Hudson. —Un par de enfermeras aquí me ayudarían a seguir su estado de salud.
El rubio besó la mano de la anciana para despedirse.
—Ahora descanse.
Sherlock besó la frente de la anciana y ella sonrió sintiéndose extremadamente mimada.
—Que duerma tranquila. —dijo el detective.
Ellos finalmente salieron de la habitación y caminaron hasta la salida, directo a las escaleras. Los dos en total silencio y con metro y medio de separación. John subía primero.
Una vez que Sherlock cerró la puerta del departamento, el rubio lo miró serio con los brazos cruzados.
—Debemos hablar sobre lo que dijiste. —dijo él.
Sherlock suspiró arrepentido.
—John, lo siento, no debí pedirte algo como eso.
—Es lo más estúpido que has podido decirme en toda tu vida, lo sabes, ¿verdad?
—Fue una estupidez, lo sé, pero no lo decía en serio.
—No, lo decías en serio. Me pediste que me quedara aquí y te deje resolver los casos tú solo. Lo decías malditamente en serio, Sherlock.
El rizado cerró los ojos y apretó los labios sintiéndose como un idiota.
—De verdad, lo siento. Por favor, solo olvídalo. —pidió.
La verdad era que John ya no estaba molesto, la cólera se le había pasado hace un par de días, pero había esperado a que tuvieran un tiempo a solas para poder hablar y dejar de lado esa frialdad entre los dos.
Se acercó a Sherlock y suspiró mirando esos hermosos ojos con ternura. Aunque la petición le parecía estúpida, también podía entender las inseguridades de su esposo. Aquel incidente había calado muy adentro en las emociones del detective.
—No estoy enojado. —le dijo. —Pero me sorprende que todavía discutamos por esto. Creí que ya habíamos superado esa desconfianza.
Sherlock negó inmediatamente.
—No, nunca desconfié, solo lo dije por miedo. De alguna manera, lo que pasó con la Sra. Hudson me dejó más afectado de lo que creí. Eres el hombre más valiente y prudente que conozco, claro que confío en ti.
John sonrió y Sherlock se sintió aliviado al ver eso.
—¿Me perdonas? —preguntó el rizado con una ligera y traviesilla sonrisa.
—Ven aquí, idiota. —tomó al rizado de la solapa de su saco y lo jaló para besarlo. —No hagamos más grande este asunto, ¿de acuerdo?
Sherlock asintió y rodeó la cintura de John con sus brazos para abrazarlo y besarlo nuevamente.
—Entonces, digamos que salieron a flote tus dos minutos de idiotez. —dijo John al cortar el beso.
—Claro que no. —Sherlock frunció el ceño.
—¿Y si te monto esta noche?
—Fueron mis dos minutos de idiotez, por supuesto que sí.
Rieron divertidos y nuevamente tuvieron otro beso que duró largos segundos.
Fueron varios meses de tranquilidad los que continuaron hasta cumplir el año. John, por supuesto, siguió escribiendo sobre los casos más interesantes que Sherlock tomaba, como aquel del hombre que asaltaba solo de noche y que, de alguna manera, la gente lo había visto atravesar las paredes. Ese caso en particular fue un deleite para John, pues obligó a Sherlock a retractarse de su "nunca son gemelos".
—¿Qué escribes?
—Blog.
John escribía con la mirada seria y sin hablar, mientras que Sherlock tomaba una taza de té parado al otro lado de la mesa en la sala. Revisaba el periódico de esa mañana buscando cualquier cosa que pareciera interesante.
—¿Sobre qué?
—Del hombre que atravesaba las paredes. —John no dejaba de escribir mientras contestaba.
—Supongo que incluirás que nunca creí que eran gemelos.
—Cuando, en realidad, lo eran. Sí.
—Una pena. —Sherlock aclaró la garganta. —Hoy dormirás en el cuarto de arriba.
El rubio finalmente subió la mirada, pero Sherlock lo ignoró.
—Iré a ver a la Sra. Hudson. —dijo el detective y sin decir nada más, bajó al primer piso.
Ellos a veces discutían por los títulos que figurarían en el blog, porque, sí, John seguía escribiendo en el blog en una época en la que todo se conocía por redes sociales. Era más cómodo para él en cuestión de redacción y para compartirlo, simplemente tenía que publicar enlace para que la gente pueda entrar a leer. El fenómeno de internet que eran ellos y que había surgido años atrás, seguía siendo tan comentado como en aquel tiempo. Nada mal para detectives privados que ahora tomaban casos realmente grandes y recibían muy buenas ganancias por ello.
Todo continuó muy bien para ellos, la vida laboral de Sherlock y John seguía dando buenos pasos, pero entonces, ocurrió un acontecimiento que los afectó tanto que los obligó a parar momentáneamente. La Sra. Hudson había fallecido.
Ella lucía hermosa con esa leve y pacífica sonrisa, se veía tranquila y hasta feliz y sí, se podía decir que se había ido estando rodeada de amor. Se fue mientras John la tenía de la mano, recostado a su lado y con Sherlock dormido a sus pies. Su corazón se había debilitado rápidamente y su cuerpo se sentía tan cansado que salir de la cama se convirtió, finalmente, en algo exclusivo solo para asearse.
Como habían prometido, John y Sherlock contrataron dos enfermeras para que tuviera toda la ayuda que necesitara, pero esa última semana había sido diferente y John, como buen doctor, advirtió a todos que era mejor estar preparados.
Aquella noche, ambos decidieron quedarse a su lado mientras dormía, algo que realmente agradecieron haber pensado, porque, cuando John despertó por la alarma de su reloj para darle la medicina a la hora indicada, notó que la Sra. Hudson ya no respiraba. Revisó su pulso y segundos después entendió que ya no había nada que hacer. Despertó a Sherlock y este, luego de entender lo que ocurría, se levantó para besar la frente de la anciana, así como tantas veces lo había hecho cuando se despedía de ella.
La anciana fue despedida entre lágrimas y muestras de amor. Ella nunca tuvo hijos y su hermana había fallecido el año que pasó, así que los familiares que asistieron al funeral fueron muy pocos y todos desconocidos para Sherlock y John.
—Fue una mujer increíble, la mejor de todas. —comentó John con ojos vidriosos. —La voy a extrañar tanto.
El ataúd ya había sido enterrado y la lápida tenía flores alrededor. La mayoría de la familia y conocidos de la Sra. Hudson se estaban retirando en silencio, así que muy pocas personas quedaban presentes.
John estaba parado junto a Mycroft, los dos frente a la lápida de su fallecida amiga.
—Su deceso ha dejado un vacío que jamás podrá ser reemplazado. Ella siempre tuvo mis más sinceros respetos. —dijo Mycroft. —¿Cómo lo ha tomado mi hermano?
John volteó y vio a Sherlock al lado de Lestrade y Molly, ellos conversaban en voz baja mientras que él permanecía callado y serio.
—Sé que lo está reprimiendo, pero no ha querido hablar de ello.
—Solo intenta estar sereno.
John asintió.
—Hablaré con él más tarde.
Mycroft también asintió.
—Bueno, Dr. Watson, creo que es el momento de comunicarle algo importante. —dijo Mycroft mirando directamente a los ojos a su cuñado. —Debe saber que la Sra. Hudson me entregó personalmente su testamento.
—¿Qué?
Por un momento, John creyó que Mycroft estaba bromeando, pero lo descartó de inmediato.
—Sorpresivamente, un día fui citado por ella para ser testigo de su testamento ante el notario.
John estaba completamente extrañado, ¿por qué se lo pidió a Mycroft y no a él o a Sherlock?
—Lo sé. —se adelantó el mayor. —También fue extraño para mí, pero lo comprendí una vez que me explicó las razones por las que decidió repartir su dinero de esa manera.
—Oh, sé que recibió algo de dinero luego de la muerte del Sr. Hudson. —comentó el rubio.
—¿"Algo de dinero"? —Mycroft levantó una ceja. —La Sra. Hudson era dueña de una pequeña fortuna con una cuenta en el banco para nada despreciable, además de un auto deportivo y tres propiedades fuera de Londres, una de ellas, de hecho, se encuentra en Colombia.
El cerebro de John dejó de funcionar por unos segundos.
—¿Un auto deportivo? —preguntó John claramente sorprendido.
Mycroft desvió la mirada luciendo notablemente aburrido de que John preguntara algo de muy poca importancia, a comparación de todo lo que podría haber dicho al respecto.
—Un Aston Martin modelo V8 Vantage 2015, color rojo, para ser más exactos.
John abrió la boca recordando un auto con esas características estacionado frente al 221B en varias ocasiones.
—Espera… ¿Ese auto era de ella? ¿Cómo podría ser de ella?
—Era la viuda del líder de un cartel de drogas, ¿usted qué cree, doctor? —sonrió forzosamente el mayor.
Efectivamente, la Sra. Hudson había vivido del dinero de su esposo todo ese tiempo, gastando solo lo que necesitaba y dándose muy pequeños lujos muy de vez en cuando, tan pocos (o muy bien escondidos) que Sherlock y John jamás lo notaron.
Por eso tanto Sherlock como John se quedaron sorprendidos cuando fueron citados unos días después para asistir a la lectura del testamento de la anciana. Fue ahí también cuando comprendieron porqué Mycroft había sido clave para el cumplimiento de dicho documento.
Por años, un hijo que la Sra. Hudson jamás conoció de su esposo, intentó quitarle parte de su dinero y era obvio que, luego de su muerte, estaría dispuesto a seguir luchando por todo el dinero y las propiedades. Las influencias de Mycroft sirvieron para poder desmentir que aquel sujeto no era hijo biológico del Sr. Hudson. Claro, para demostrar eso pudo haberle pedido ayuda a Sherlock y John, pero eligió a Mycroft porque él podría "obligar" a sus inquilinos a aceptar quedarse con el 221B y una pequeña parte de su dinero en el banco, algo que era parte de sus peticiones en el testamento.
Ella fue muy clara en el documento, la casa en el centro de Londres quedaría a nombre y posesión de sus inquilinos, al igual que una cantidad generosa de su dinero. Las demás propiedades serían repartidas entre sus pocos familiares y el resto del dinero sería donado a asociaciones benéficas que ella misma eligió.
Así que ahí estaban ellos ahora, solos en esa casa, con esa muy notoria ausencia que deja alguien que alguna vez amó igual que una madre. Miraban la chimenea en silencio, notando lo curioso que era darse cuenta que, a pesar de que la Sra. Hudson no solía hacer mucho ruido, el silencio de aquel entonces era mucho más cómodo que la actual.
—Ahora entiendo por qué decía que nuestra oficina se vería mejor en la primera planta. —comentó Sherlock.
John frunció el ceño y miró a Sherlock.
—Tienes razón, recuerdo haberla escuchado decir eso.
—¿Crees que sea buena idea?
—La verdad no lo sé. —suspiró John. —Todavía no me acostumbro a la idea de vivir aquí sin ella.
Sherlock asintió en silencio, sus ojos lucían serios para todo el mundo, pero John sabía que escondían tristeza. El rizado no había llorado, ni siquiera en el entierro y tampoco lo había hecho cuando estaba solo, pues John lo habría notado.
—¿Estás bien? —preguntó el rubio.
—Lo estoy. —respondió el rizado, serio otra vez.
—Está bien llorar.
—No necesito hacerlo para sentir el pesar de su partida, John.
El rubio desvió la mirada, sabía que Sherlock se estaba reprimiendo y que ahora lo estaba negando. Perder a un ser cercano no es nada fácil, por eso le preocupaba tanto que el rizado se cierre a sus emociones. Él sabía perfectamente lo mucho que le afectaba a la mente el mantener esa actitud de negación.
—Bueno, iré a la cama. ¿Vienes? —el detective se levantó.
—Sí, ahora te alcanzo.
Sherlock no insistió y caminó directo a la habitación. John todavía se quedó sentado en su sofá por unos minutos, él todavía necesitaba un momento más para asimilar la idea de que ya no volvería a escuchar el "uhu" de la Sra. Hudson temprano en la mañana, parada junto a la puerta con el desayuno en sus manos.
Cuando finalmente se levantó, caminó a paso lento todavía sintiendo el dolor de esa idea palpitando en su pecho. Entró a la habitación encontrando a Sherlock de espaldas a la puerta doblando su piyama sobre la cama.
—¿Por qué sacaste otra piyama? —preguntó John.
—Mi error, creí que no la había sacado.
John supo inmediatamente cómo interpretar eso. La mente de Sherlock estaba tan ocupada en mantener al marguen el dolor de la pérdida, que hizo que se distrajera en algo tan simple como eso, Sherlock ya traía puesta su piyama.
El rizado se sorprendió al sentir los brazos de John rodearlo desde la espalda. No pudo evitar que sus ojos empezaran a nublarse lentamente.
—Oye.
Llamó John e hizo que Sherlock volteara. Lo tomó del rostro acunándolo en sus manos.
—La vamos a extrañar demasiado. Nos va a hacer mucha falta.
Sherlock asintió y entonces la primera lágrima cayó por su mejilla. John lo abrazó y acarició sus rizos suavemente, consolándolo.
—Está bien llorar, Sherlock.
El detective entonces lloró, no desesperadamente, pero lo hizo. Correspondió el abrazo de su esposo y escondió su rostro en su hombro, mientras que sus lágrimas seguían cayendo. Finalmente se despojó de ese peso dejando verse vulnerable frente a John.
Aunque el dolor nunca se vaya, sabían que, si compartían sus sentimientos el uno con el otro, sobrellevarlo sería mucho más sencillo para los dos.
—¿Nada? —preguntó Sherlock caminando de aquí para allá.
John tenía todos los periódicos del día amontonados sobre sus piernas.
—Eh, golpe militar en Uganda.
Sherlock gruñó en desacuerdo.
—Reorganización del gabinete.
—¡¿Nada de importancia?! ¡Dios!
Sherlock inhaló hondo y exhaló ruidosamente, no había tenido ni un solo caso interesante en casi dos semanas, ni siquiera por parte de Lestrade, esos habían sido peores. Además, para empeorarlo todo, el fallecimiento de la Sra. Hudson todavía se sentía demasiado pronto como para que ellos pudieran tener un encuentro íntimo sin sentirse incómodos.
Es que sí, para Sherlock eso era muy importante, especialmente si su mente no estaba concentrada en un nuevo caso y, francamente, ya empezaba a desesperarse.
Demás está decir que esa idea fue compartida por ambos desde el principio y no hubo problemas con ello hasta la tercera semana, que es cuando los casos empezaron a ser realmente decepcionantes y luego, simplemente empezaron a escasear (cosa que pasaba muy de vez en cuando, pero para desgracia de Sherlock, tuvo que ocurrir en esas semanas).
Viéndose mentalmente afectado, Sherlock cambió de opinión, pero John seguía firme con ello.
—John. —llamó con demanda. —Lo necesito.
—No. —contestó el rubio entendiendo rápidamente la naturaleza de la petición.
—¡Lo necesito!
—¡No! Lo hablamos y estuvimos de acuerdo. Tengamos un poco de respeto.
—Está bien, entonces me queda solo una cosa por hacer.
Sherlock pasó su mirada por toda la sala, tomó algunas cosas al azar y empezó a moverlas y tirarlas por todos lados. Buscaba la cajetilla de cigarrillos que había comprado hace un tiempo a escondidas, pero que John logró encontrar y la escondió con la fría intención de usarlo a su conveniencia cuando sea necesario.
—Buena suerte encontrándolo. —dijo John mientras seguía leyendo.
—Dime dónde está.
—No. —miró a su esposo.
—Por favor, dime. —Sherlock puso ojos de cachorrito. —Por favor.
—Lo siento, no. —y continuó con la lectura.
—Te diré los números de la lotería de la próxima semana.
John rio burlón, ni el mismo Sherlock se creería algo semejante.
—Valía la pena intentarlo. —comentó el rizado más para sí mismo.
—Ponte los audífonos y escucha música. —dijo John siguiendo su lectura.
—Necesito algo más fuerte que eso. Si pongo música, necesito sentirla con mi cuerpo también y sé que tampoco puedo hacer eso aún. —caminó hacia su sofá y se dejó caer, estaba increíblemente aburrido. —Oh, John, te envidio tanto.
John levantó la mirada, extrañado de lo que escuchó. Sabía que si pedía una explicación saldría humillado de alguna manera, pero joder, necesitaba saber por qué una mente tan brillante como la de Sherlock se vio obligada a decir algo así.
—¿Tú me envidias? —preguntó.
—Tu mente. Es tan plácida y sencilla, solo necesitas tocarte unos minutos en el baño y entonces ya estás relajado. La mía es como una máquina fuera de control, demandante como ninguna. No puedo contentarme con algo simple, necesito tener algo más fuerte para que la adrenalina corra por mis venas. Estaría mejor si me dejaras tomar tu cuerpo, ¡o al menos si me tocaras!
—¡Todavía no! —respondió molesto el rubio. —¡La Sra. Hudson se fue hace poco más de un mes! ¡No me sentiría cómodo!
—¡Argh! —gruñó.
John suspiró observando los ansiosos movimientos de Sherlock, los pies, las manos, sus ojos mirando a todos lados. El rizado parecía a punto de estallar.
—¿Si quiera has revisado tu página web? ¿Tampoco hay algo ahí?
Sherlock se levantó y tomó su laptop, la cual reposaba en la mesa. Se la entregó a John.
—"Querido Sherlock Holmes, no encuentro a Bluebell en ningún lado. Por favor, por favor, por favor, ¿puede ayudarme?"
John leyó el mensaje en la página.
—¿Bluebell?
—¡Un conejo, John!
—Oh.
—Ah, pero hay más. Antes de que Bluebell desapareciera, se volvió luminoso. "¡Como un hada!", según la pequeña Kristy. Entonces, a la mañana siguiente, ¡Bluebell desapareció! La conejera estaba cerrada y no había signos de ser forzada. Oh.
Sherlock se quedó en silencio mostrando un rostro sorprendido.
—¿Qué estoy diciendo? —se dijo a sí mismo. —Es brillante. —miró a John. —Llama a Lestrade, dile que hay un conejo fugitivo.
—¿Me estás jodiendo?
El rizado se relajó de manera momentánea.
—Es eso o jugar Cluedo.
—¡No! —John cerró la computadora inmediatamente y se levantó. —Nunca jugaremos eso otra vez.
—¿Por qué no? —Sherlock frunció el ceño.
—Porque no es posible que la víctima lo haya hecho, Sherlock, por eso.
—Era la única solución posible. —se encogió de hombros.
—¡No está en las reglas!
—¡Pues, las reglas están mal!
John se acercó a Sherlock mirándolo seriamente a los ojos.
—No quiero que sigamos discutiendo y mucho menos por ese estúpido juego, ¿de acuerdo? Ahora te calmas y dejas de gritar. Ya van a ser las diez de la mañana, quítate esa piyama y cámbiate de ropa.
—¿No quisieras cambiarme tú?
—Lárgate a cambiar, Sherlock, no lo voy a repetir. —advirtió.
El sonido del timbre de pronto se hizo presente.
—Tocó solo una vez. —dijo John.
—Presión máxima, poco menos de medio segundo.
—Cliente.
—Cliente.
Sherlock se cambió de ropa con rapidez, después de todo, la ducha ya lo había tomado y luego, en pocos minutos, ya estaba listo para encontrarse con su cliente en la sala.
Ese joven parecía perturbado y claramente había acudido en busca de una ayuda algo desesperada, quizás por eso John le permitió sentarse en su sofá. Sherlock saludó, se sentó, cruzó las piernas, descansó sus brazos en los lados del sofá y miró serio a su cliente. Realmente esperaba tener algo interesante esta vez.
Henry Knight, el cliente, había llevado material audiovisual que ayudaría y respaldaría, según él, la explicación de su caso. Sherlock aceptó, pero pronto se encontró completamente escéptico ante lo que se mostraba, ¿un animal de grandes proporciones producto de un experimento genético? ¿Una operación secreta del gobierno que se salió de control y ahora son culpables de que un animal peligroso corra libre en un pequeño pueblo?
Sherlock no pudo evitar sonreír en burla, el chico tenía serios problemas y lo que necesitaba era ayuda psicológica. Eso lo dedujo fácilmente con la sucia servilleta que sacó de su bolsillo.
—¿Se está riendo de mí, Sr. Holmes?
—¿Por qué? ¿Dices un chiste?
John suspiró incómodo, Sherlock definitivamente no estaba de buen humor y mucho menos interesando en el caso.
—Mi papá siempre hablaba de las cosas que hacían en Baskerville. De la clase de monstruos que engendraban ahí. La gente solía reírse de mí. Al menos las personas de la TV me tomaron en serio.
Sherlock sonrió levemente. Henry estaba traumatizado por algo que, obviamente, no fue lo que creyó ver. O solo era un imbécil que quería más fama, porque tenía dinero, eso también lo pudo deducir.
—Supongo que hizo maravillas para el turismo de Devon.
—Henry, —John intervino rápidamente. A diferencia de Sherlock, él prefería dejar una buena impresión, independientemente de tomar el caso o no, —lo que sea que le ocurrió a tu padre, pasó hace veinte años, ¿por qué venir a nosotros ahora?
Pero la actitud del rizado fue suficiente para que el cliente decida retirarse al sentirse terriblemente insultado.
—No estoy seguro de que pueda ayudarme, Sr. Holmes, ya que lo encuentra tan divertido.
Henry se levanta enojado para retirarse. Suficientes insultos había tenido a lo largo de su vida como para soportar las de Sherlock ahora. Caminó claramente molesto hacia la puerta.
—¿Qué demonios te pasa? —le preguntó John a Sherlock.
—No quieres tener sexo conmigo, eso es lo que me pasa. —respondió en voz baja.
John estuvo a punto de cerrarle la boca (tal vez con un empujón que más se asemejaría a un golpe), pero el detective continuó.
—Él vino por lo que pasó anoche.
Henry se detuvo.
—¿Anoche? —preguntó John.
Sherlock sonrió disfrutando de ese dulce momento de superioridad.
—¿Cómo lo supo? —preguntó Henry, ahora sintiéndose asombrado.
—No lo supe, lo noté. —respondió el detective.
Y ahí empezaba el show de Sherlock y su increíble talento de deducción.
John no pudo evitar poner su cara de "perfecto, aquí vamos otra vez". Suspiró incómodo mientras escuchaba el mar de palabras que resbalaban fácilmente de los labios de Sherlock.
Lo amaba y estaba muy feliz de que su relación haya mejorado, pero había cosas que eran parte de su esposo y que no podía (ni quería) cambiar. Sin embargo, eso no quería decir que no lo siguieran molestando.
—Y, además, está extremadamente ansioso por fumar su primer cigarrillo del día. —continuó Sherlock. —Siéntese, Sr. Knight y fume, por favor. Estaré encantado.
El rubio desvió su mirada cuando Henry lo miró confundido. Todo lo que Sherlock había dicho era completamente correcto.
Henry se sentó y efectivamente sacó su cigarrillo del bolsillo.
—¿Cómo demonios se dio cuenta de todo eso?
—Eso no es importante. —dijo inmediatamente John.
—Dos agujeros perforados de sus boletos.
—No ahora, Sherlock. —interrumpió el rubio.
—¡Oh, por favor! He estado aburrido aquí durante años.
—Solo estás presumiendo.
—Por supuesto que estoy presumiendo, no he tenido sexo en un mes y esto es lo mejor que tengo ahora.
John cerró los ojos y llevó su mano a su rostro para sobar su frente. O tal vez era solo su manera inconsciente de esconderse tras avergonzarse delante de un desconocido.
Sherlock continuó ante el rostro sorprendido y confundido (más que todo confundido) de Henry. Explicó lo de la maldita servilleta, lo del maldito tren, la maldita chica y otras malditas cosas que a John realmente no le interesaban.
—¿Estoy equivocado?
John suspiró. Cuando Sherlock terminaba sus deducciones con esa pregunta, era porque tenía terribles ganas de ser alabado.
—No, está en lo correcto. —Henry recibió la orgullosa sonrisa del detective. —Esta… completamente, exactamente en lo correcto.
John tomó su taza de té y tomó un poco sin tener comentarios al respecto.
—Por Dios, escuché que era rápido.
—Es mi trabajo. —Sherlock se inclinó para descansar sus codos sobre sus rodillas. —Ahora cállese y fume.
John raspó la garganta dándose por vencido, si el chico estaría ahí por un rato, entonces tendría que tratarlo como a un cliente a pesar de que no tomaran el caso.
—Henry, tus padres murieron y tú tenías, ¿Cuánto? ¿Siete años?
Henry encendió el fuego y dio una calada profunda. El humo empezó a repartirse elegantemente a su alrededor. Sherlock, como una mosca al dulce, era atraído lentamente.
—Lo sé, pero…
Respondió Henry, pero Sherlock aspiró ruidosamente a centímetros de su rostro.
Tanto John y Henry lo miraron en silencio cuando se sentó. Dios, esa había sido una escena demasiada ridícula y extraña como para hablar de ello, por lo que John decidió continuar con lo que quería decir intentado pasar por alto el incidente.
—Eso debió ser todo un trauma… —miró serio a Henry. —¿Alguna vez has pensado en que tal vez inventaste esta historia? Esta…
Pero Sherlock volvió a acercarse a Henry para aspirar el humo, justo cuando este exhalaba después de otra profunda calada.
Otra vez, ambos hombres lo quedaron mirando en silencio. Sherlock se volvió a sentar, ahora sintiéndose más satisfecho con ese intento, pues respiró el humo directamente.
Y las preguntas continuaron, Sherlock no se escuchaba interesado, pero sí más tranquilo. Henry habló de su terapista, la Dra. Mortimer, de lo que pasó la noche anterior que le hizo decidir acudir a ellos y las huellas que vio en el mismo lugar en donde su padre, supuestamente, había sido atacado por un enorme animal.
Sherlock rodó los ojos y recostó la espalda en el respaldar de su sillón luciendo terriblemente decepcionado.
—¿Eso es todo? ¿Nada más? Huellas. ¿Eso es todo?
—Sí, pero eran…
—Lo siento, la Dra. Mortimer gana. Trauma infantil enmascarado por un recuerdo inventado. ¡Aburrido! Adiós, Sr. Knight. Gracias por fumar.
—Pero, ¿qué hay de las huellas? —insistió Henry.
—Oh, bueno, probablemente eran simples huellas, podría ser cualquier cosa, por lo tanto, nada. —se levantó con una sonrisa algo hipócrita. —No más Devon con usted. Tómese un té con crema por mi cuenta.
John miró a Henry con un gesto de disculpas, él no podía hacer nada si Sherlock decidía no tomar su caso.
—Estaré en la habitación, John. Siéntete libre de unirte a mí, no tengo que explicarte por qué.
El rubio trató de ignorar a Sherlock y su insinuante comentario. Mejor le ofrecía a Henry acompañarlo a la puerta antes de que su esposo diga algo ofensivo. Pero el joven no quiso rendirse, volteó hacia Sherlock antes de que este desapareciera.
—Sr. Holmes, ¡eran las huellas de un sabueso gigante!
Una alarma se encendió en la mente de Sherlock y se detuvo de inmediato. Había algo ahí, un detalle demasiado pequeño, pero terriblemente llamativo para él. Volteó y volvió en sus pasos hasta quedar a un metro de Henry, quien seguía sentado en el sofá de John.
—Dilo otra vez. —pidió el rizado.
—Encontré huellas, eran…
—No, no, no. —interrumpió. —Las palabras exactas. Repite las palabras exactas que dijiste hace un momento, exactamente como las pronunciaste.
John frunció el ceño, ¿qué rayos estaba haciendo Sherlock?
—Sr. Holmes, —empezó a repetir Henry, —eran las huellas de un sabueso gigante.
—Tomaré el caso.
No había manera de saber lo que pasaba en la cabeza de Sherlock en ese momento, pero John no pudo evitar quedarse totalmente sorprendido.
—Disculpa, ¿qué?
Sherlock colocó sus manos debajo de su barbilla y caminó lentamente hasta quedar al lado de John. Su mente ya empezaba a estimularse con los detalles de su nuevo caso.
—Gracias por traer esto a mi atención. —le dijo a Henry. —Es muy prometedor.
—No, no, no. Disculpa, ¿qué demonios? —dijo John. —Hace un minuto, las huellas eran aburridas, ¿ahora son prometedoras?
Sherlock levantó una ceja y bajó sus manos para acariciar el rostro de John, pero este le empujó el brazo de inmediato. Eso lo divirtió, siempre amó hacerlo enojar un poco.
—No tiene nada que ver con las huellas. Como siempre, John, no estabas escuchando. —eso provocó un gesto de reproche en el rubio, pero él continuó. —Baskerville, ¿escuchaste de ese pueblo antes?
John raspó la garganta, estaba algo molesto, pero no era el momento de hablar sobre ello.
—Vagamente, muy poco.
—Suena como un buen lugar para empezar.
—Ah, entonces, ¿irán? —preguntó Henry.
—No, no puedo dejar Londres en este momento. —dijo Sherlock. —Estoy demasiado ocupado. Pero no se preocupe, —extendió su brazo sobre los hombros de John y atrajo su cuerpo a él. —pondré a mi perfecto esposo en ello. —sonrió. —Siempre confío en John para que me envíe todos los datos relevantes.
El rubio se deshizo del abrazo y luego miró molesto a Sherlock.
—¿Qué quieres decir con que estás ocupado? No tienes otro caso. Hace un minuto te estabas quejand-…
—¡Bluebell, John! Tengo a Bluebell. El caso del desaparecido conejo que brilla en la oscuridad. —miró a Henry. —La OTAN está alborotada.
Henry estaba increíblemente confundido, había escuchado que Sherlock y John eran increíbles, precisos con los casos y rápidos como la lógica misma. Pero debía admitir que, hasta ese momento, lo que veía era a una pareja discutiendo sobre cosas que, al parecer, tenían que ver con sexo, en medio de lo que debería ser una consulta seria.
—Lo siento, ¿no vienen entonces? —preguntó Henry.
Sherlock hizo un gesto de tristeza y suspiró. Un rostro muy falso que a John le hizo entender, por fin, lo que estaba pasando. Oh, Sherlock era un hijo de puta cuando quería y no perdía ninguna oportunidad para demostrarlo.
—Oh… —John miró a Henry. —De acuerdo.
El rubio se levantó y sonrió, pero no por diversión, ni mucho menos. Miraba a Sherlock con esa sonrisa que lo delataba como perdedor. Es decir, había caído en el juego del detective y no tenía otra alternativa que rendirse.
—De acuerdo. —repitió.
Caminó ante la mirada triunfante de Sherlock y la muy confundida de Henry y sacó la cajetilla de cigarrillos de debajo del cráneo sobre la chimenea. Se lo enseñó a Sherlock y se acercó a él.
—¿Esto es lo que querías? —susurró.
Cuando la mano de Sherlock estuvo por tomar la cajetilla, él la alejó y se acercó dos pasos más para volverle a susurrar (esta vez mucho más bajo).
—No te permitiré fumar, Sherlock, así que, si quieres que te monte, tendrás que venir conmigo a Baskerville.
Lamentablemente, Henry había logrado escuchar eso y se sintió muy incómodo por ello, pero prefirió reservarse los comentarios para sí mismo. La impresión de lo surreal de la situación lo tenía más impresionado que las mismas palabras del Dr. Watson.
Sherlock sonrió ampliamente y sus ojos se tornaron negros por el repentino subidón de lujuria que sintió en su cuerpo.
Aunque realmente le jodía esa actitud, John no podía evitar enamorarse más cuando veía aquella sonrisa animosa en su esposo.
—Tú sigue adelante, Henry. —dijo el rizado mirando a su cliente. —Te seguimos luego.
Sherlock entonces se hizo camino hacia su habitación y Henry se levantó.
—Disculpe, entonces, ¿usted irá también? —preguntó el chico a John.
El detective volvió.
—¿Una desaparición de veinte años? ¿Un sabueso monstruoso? ¡No me perdería esto por nada del mundo!
Henry miró a John para confirmar lo que había escuchado. El rubio asintió con una sonrisa.
—Estaremos allá, a más tardar, mañana temprano. —dijo John.
El día se les fue bastante rápido. Cuando terminaban de guardar la ropa, la noche ya les estaba pisando los talones. No sabían cuánto tiempo estarían fuera, así que solo llevaron lo necesario y si necesitaban algo, allá lo comprarían.
Sherlock estaba muy diferente ahora, más tranquilo y algo pensativo, tal vez adelantándose a teorías o quién sabía qué cosas. John no había logrado entender muy bien cuál había sido eso que convenció a Sherlock de querer tomar el caso y tampoco se lo iba a preguntar, porque lo conocía muy bien. El rizado no le diría nada hasta tener todo resuelto y soltar toda la explicación con lujos de detalles y así parecer aún más inteligente de lo que ya era.
Sherlock empezó a abrir varios cajones, aquí y allá. John se dio cuenta de que buscaba algo. Bueno, los años de convivencia lo habían entrenado de alguna manera, él sabía lo que Sherlock buscaba sin siquiera preguntárselo.
—¿Dónde está? ¿Por qué siempre pierdo la grabadora pequeña?
—Sherlock. —llamó John, él ya lo había empacado.
—Lo vi aquí hace dos días.
—Sherlock.
—La guardé en alguna parte, ¿dónde está? ¡Sra. Hudson!
Entonces, Sherlock se quedó quieto y en total silencio, John también. Llamar a la Sra. Hudson se sintió como un cuchillo en el corazón. Ambos se miraron con ojos tristes.
—Lo siento. —susurró Sherlock.
John se acercó y sobó el brazo de su esposo para consolarlo.
—Está bien, es normal. Es la costumbre.
El rizado se agachó para acercar sus rostros y John acaricio su mejilla mirándolo con ternura.
—Este es un caso prometedor, ¿verdad? Se lo vamos a dedicar a la Sra. Hudson, ¿qué dices?
—Me parece una maravillosa idea. —Sherlock sonrió.
—Ella estaría orgullosa de verte desmentir una leyenda. Y yo también. —besó a Sherlock. —Si todo sale bien, podría darte un premio. —guiñó un ojo.
Sherlock sonrió divertido y lo volvió a besar. Si John estaba a su lado, por supuesto que todo saldría bien.
"El Sabueso de Baskerville" fue el primer caso grande que resolvieron luego de la muerte de la Sra. Hudson. El primero de muchos que le dedicarían a partir de entonces.
Ellos se aseguraron de cumplir con los deseos de su arrendadora: utilizaron la primera planta como su oficina y el segundo piso se convirtió exclusivamente en su hogar. Nada volvería a ser igual, eso lo sabían bien, pero se aseguraron de que la memoria de la buena Sra. Hudson jamás sea olvidada entre las paredes del 221B.
Ahora, cada vez que un cliente miraba el cuadro de ella en el mueble de la sala, Sherlock y John no dudaban en decir que era la fotografía de la mujer más increíble que tuvieron el privilegio de conocer.
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No podía terminar esta historia sin hacerle homenaje a Una Stubbs, nuestra hermosa Sra. Hudson. Siempre la vamos a recordar con el mismo amor con que Sherlock y John la recuerdan en esta historia.
Muchas, muchas gracias por leer. Espero de corazón que la hayan vivido con todas sus emociones y que la hayan disfrutado tanto como yo lo hice escribiéndola.
Les mando amor.
