John miró la hora, la tarde seguía corriendo lentamente, paciente tras paciente, resultados tras resultados. ¿Cuántos días había pasado desde que Sherlock se presentó ante él en el restaurante?

—Doce días. —susurró mientras apuntaba la orden en el papel.

—¿Doce días? —preguntó el paciente.

Genial, ahora pensaba en voz alta.

—No, eh… —raspó la garganta. —No hay nada de qué avergonzarse, Sr. Reeves. Es muy común, pero recomiendo iniciar una vida más activa en ejercicios. Vaya al gimnasio, tal vez natación, tenis, fútbol o baile, si lo prefiere.

Doce largos días desde que se enteró que Sherlock estaba vivo, doce días en las que recibió llamada tras llamada por parte del rizado y él nunca contestó. Excepto la de anoche, donde fue totalmente claro que no quería hablar con él.

—Sé que esto fue demasiado, pero necesitamos hablar, tienes que escucharme.

—¿Cuál es exactamente tu versión, Sherlock? ¿Me mentiste porque me estabas protegiendo?

El silencio al otro lado del teléfono no hizo nada más que enojarlo peor, porque efectivamente esa era la respuesta.

—¿Sabes? Para ser un genio, puedes llegar a ser notablemente imbécil.

—Una de las razones fue para protegerte, pero las cosas son mucho más complicadas que eso.

—Adiós, Sherlock.

—¡No, no! ¡Espera! ¿Estás con ese tipo ahora mismo? ¿Por eso no quieres hablarme?

John cerró los ojos y respiró hondo.

—Por favor, por lo que sentimos, por nuestro compromiso, nuestro amor, por favor hablemos. Yo te amo, maldita sea.

—Lo sé. —respondió el rubio. —Pero, por lo visto, eso no te impidió desconfiar de mi a tal punto de decidir que era mejor hacerme creer que habías muerto. —John sintió sus propias palabras como dagas en su pecho. —Que te quede claro, Sherlock, no me vuelvas a llamar, no quiero hablar contigo.

Eso era realmente lo que deseaba cuando lo dijo, pero ahora, sin el enojo del momento, John se sentía arrepentido por eso. La verdad era que parte de él estaba feliz de que Sherlock estuviera vivo, de tener otra oportunidad de acariciarlo y besarlo. Pero la otra parte igual de insistente, gritaba por de dolor de sentirse engañado y burlado. Es que, maldita sea, había sufrido demasiado por dos años y cuando por fin sintió que estaba dando los pasos correctos para seguir con su vida, Sherlock aparece como si nada de lo que había vivido hubiese importado.

Joder, es que esa poca empatía por parte de Sherlock realmente lo indignaba y lo lastimaba.

Un poco de egoísmo es saludable y quizás ese era el momento de serlo. Sherlock siempre fue su todo, el centro de su mundo todos los días, todo el tiempo. Si eso estaba destinado a cambiar alguna vez, ese momento había llegado. Lo había dado todo por el detective durante muchos años, ahora él también merecía una relación en la que sienta que lo que recibe, es recíproco a lo que ofrece.

—John.

El rostro de Sarah se asomó por la puerta poco tiempo después de que su paciente saliera.

—Lo siento, sé que era tu último paciente, pero el Dr. Verner tuvo que retirarse temprano y…

—¿Hay más pacientes? —preguntó John algo alertado, podría ayudar, pero tampoco quería quedarse demasiado tiempo.

—Lo cubrí con la mayoría, pero falta uno y me necesitan en otro lado, así que pensé que…

Bueno, era solo un paciente más, no había problema.

—De acuerdo, que pase. —sonrió amable.

—Eres increíble, John Watson.

Sarah le mandó un beso volado y desapareció, John rio divertido por eso.

Su teléfono sonó, era un mensaje de James.

¿Vamos de compras? Estoy a diez minutos.

John no tenía ganas de ir a ningún lado, pero James lo conocía demasiado bien, su cocina necesitaba tener, si quiera, una bolsita de té o sería un ambiente inútil dentro del departamento. Ese descuido había empezado desde la muerte de Sherlock, sus ganas simplemente habían desaparecido y James lo había notado desde hacía bastante tiempo, por eso era costumbre entre ellos ir de comprar algunas veces al mes.

Suena bien. Solo tengo un paciente. Búscame en el consultorio.

El paciente entró al cabo de un momento, era un hombre mayor, alto y delgado, con una bolsa de plástico en la mano, chaqueta gruesa, gorra y unas gafas oscuras, algo que extrañó a John, pero como doctor, pensó en alguna condición médica para ello, así que lo dejó pasar, pues se enteraría con la consulta.

Hizo las preguntas necesarias y el paciente solo respondió con palabras cortas. Pero cuando John entendió las dolencias del aquel hombre, sospechó que este se encontraba avergonzado, lo cual podía explicar sus vagas respuestas. Los pacientes siempre suelen ser muy detallistas al momento de ser atendidos, pero este en particular no lo era.

John tomó un recipiente para muestras de orina de uno de los cajones de su escritorio y se lo entregó.

—Tome. No es nada de lo que deba preocuparse, solo una pequeña infección, según parece. —se acomodó en su asiento y sonrió para transmitir confianza. —El Dr. Vener es su médico de cabecera habitual, ¿verdad?

Tal pareció que la amabilidad de John le dio tal confianza al paciente, que este cambió de actitud de manera drástica.

—¡Sí, sí, sí! Él cuidó de mí.

Aquel vergonzoso y callado hombre habló con la potencia de dos altavoces. John no pudo evitar sorprenderse y extrañarse al mismo tiempo, especialmente por el marcado acento alemán en él.

El paciente lo llamó en confidencia y John se inclinó hacia él un par de centímetros.

—Dirijo una pequeña tienda justo en la esquina la de calle Church.

—Oh. —John asintió fingiendo interés.

—Revistas y películas. —el hombre tomó su bolsa y extrajo de ella una película DVD. —He traído algunas pequeñas bellezas que podrían interesarte. "Tree Worshippers", oh, es muy pícara.

John observó a ese extraño y peculiar hombre por un rato, lucía como un personaje sacado de alguna historia, no parecía para nada una persona común y corriente.

Y entonces lo entendió, ese hombre no era ningún paciente. Vamos, no podía serlo, la manera en que estaba vestido, su llamativa voz y ahora sus películas eróticas sacadas de una bolsa de mercado. ¿De verdad Sherlock creía que podía engañarlo disfrazándose de una manera tan ridícula solo para poder hablar con él?

John no dijo nada todavía, dejó que Sherlock siguiera actuando como si él no lo notase. Sonrió entre divertido e indignado, pero sobre todo curioso de lo que el rizado era capaz de hacer si continuaba el juego.

—Y "British Birds". —dijo "Sherlock" sacando una revista de la misma bolsa. —Del mismo tipo que la anterior.

—No estoy interesado, pero gracias.

El hombre no hizo caso y sacó otra película la cual mostró con una gran y orgullosa sonrisa en el rostro.

—"The Holy War". Suena un poco aburrido, lo sé. Pero hay una monja con todos esos agujeros en su cuerpo.

—Dios mío…

John cerró los ojos y suspiró cansado del espectáculo terriblemente bochornoso.

—Sherlock.

—¿Qué?

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó John.

—¿Eh? —el paciente lucía totalmente confundido.

—¿No entendiste lo que te dije anoche?

—¿De qué está hablando?

—"¿De qué está hablando?" —imitó John también con acento alemán, luego se levantó y rodeó su escritorio directo a Sherlock para poner fin a la situación. —¿Qué? ¿Pensabas que me iba a dejar engañar por esta maldita barba?

John tomó la barba del paciente y empezó a jalar de ella de manera insistente, el hombre soltó todo lo que tenía en las manos luciendo claramente aterrado.

—¡Está loco!

De ser morboso y pícaro, el pobre hombre pasó a ser uno completamente aterrado. John no se creyó esa actuación.

—Ay, "no, no, no, no," —se burló el rubio imitándolo. —¡No es tan bueno como tu francés! No tan bueno como tu francés. ¡Ni siquiera es un buen disfraz, Sherlock! —le quitó la gorra y las gafas. —¡¿De dónde lo conseguiste?! ¡¿De una maldita tienda de disfraces?!

Y entonces lo vio con atención, el hombre tenía una calva bastante real y lucía unos ojos aterrorizados bastante reales también. Ese paciente lucía como uno que definitivamente no era Sherlock.

Sintiendo el miedo crecer en su espalda, John lo tomó de la cabeza para comprobar por última vez que la calva era verdadera, tiró de ella hacia él y un segundo después, de regreso. Mierda, había agredido a un paciente en su propio consultorio.

—Oh, Dios mío… —vio las gafas y la gorra en sus manos. —Lo lamento tanto. —le colocó de vueltas las cosas. —Oh, Dios mío. —se alejó un poco y lo miró. —Por favor…

Llamaron a la puerta con un par de golpes y acto seguido la abrieron. Era James, a quien no le tomó mucho tiempo identificar una actitud demasiada extraña en John y el hombre de gafas oscuras frente a él.

—Lo siento, creí que… —intentó explicarse John a su paciente.

—¡Está loco! —interrumpió el hombre que definitivamente no era Sherlock. —Me agredió sin razón. ¡Se volvió loco! —le dijo a James.

—No, yo no-… por favor, solo…

—¡Me llamó Sherlock y me quitó mis gafas!

—No, no tiene que-… ya lo dijo. —susurró avergonzado el rubio.

—¡Está loco, muy loco!

El paciente tomó sus películas, su revista y su bolsa y salió del consultorio diciendo más cosas que, felizmente, John no entendía, porque estaban en alemán, aunque podía darse una buena idea de lo que significaban.

El rubio entonces se sentó y peinó sus cabellos con sus dedos, sintiéndose increíblemente avergonzado. James, para variar, seguía al lado de la puerta sin entender del todo lo que había ocurrido y con los ojos clavados en su pareja.

—¿Lo llamaste Sherlock? —preguntó James.

Mierda, carajo. Esto es ridículo y muy vergonzoso.

—Solo fue un mal entendido. —respondió.

Hubo un silencio entre los dos, uno tan incómodo que John se vio obligado a levantarse otra vez y tomar sus cosas rápidamente para colocarlas en su maleta.

—Eh, ¿vamos a hablar de eso? —preguntó con duda James. —Ese hombre salió asustado de aquí y no estoy seguro de porqué.

John suspiró, se acercó a James con su maleta en mano y algunas carpetas y apagó la luz.

—Fue un mal entendido, eso es todo.

Salió del consultorio, la cerró y en silencio caminó por el pasillo para entregar las carpetas de los pacientes de ese día. James lo siguió atrás, sin insistir, ni hablar.

Ellos no cruzaron palabras hasta subir a la camioneta, lo cual para John se sentía como una bomba de tiempo a punto de estallar. Sabía qué había preguntas dando vueltas en la cabeza de James y, por algún motivo, le molestaba que no las dijera.

John curiosamente se sintió terriblemente identificado con Sherlock cuando este callaba a Lestrade, a pesar de que el inspector no había pronunciado palabra alguna. El solo simple hecho de saber lo que la otra persona quería decir, no lo dejaba en paz.

—Dios, de acuerdo, pregúntalo. No soporto esto. —dijo John sentado al lado de James.

—¿Preguntar qué?

—Por favor, sabes de lo que estoy hablando.

James se sintió incómodo por la actitud de su pareja.

—No tengo que preguntar nada, John.

—¡Claro que sí! Te mueres por preguntarme por qué demonios llamé Sherlock a mi último paciente.

Desde que Sherlock había regresado, la actitud de John cambió, estaba de mal humor la mayor parte del tiempo y no hablaba tanto como antes. James no necesitaba haber vivido lo mismo para entender los sentimientos que perturbaban al rubio, pero, aun así, no podía evitar sentirse molesto por ello. Especialmente cuando John se comportaba tan insoportable como en ese momento.

—Por Dios. —susurró molesto. —Estás demasiado irritante esta noche.

—¿Qué dijiste?

El tono casi amenazante con que John había hecho esa pregunta no le gustó para nada a James, así que pisó el freno y maniobró rápidamente hasta estacionar la camioneta a un lado de la pista. El acto fue tan rápido y repentino que le ocasionó un ligero susto a John.

—¿Quieres que te lo pregunte? Pues bien. —James sonó terriblemente molesto. —¿Por qué mierda llamarías a tu paciente con el nombre de tu expareja? O mejor aún, ¡¿por qué carajos tienes que seguir pensando en él, cuando el muy maldito te mintió fingiendo haber muerto por dos jodidos años?!

John sintió que seguía enojado, pero esta vez consigo mismo. James realmente no tenía la culpa de su mal humor y no tenía ningún derecho de tratarlo de esa manera.

—Lo siento. —suspiró. —De verdad, lo siento, creí… creí que era Sherlock el que estaba ahí.

James rodó los ojos. Se acomodó en su asiento mirando al frente.

—¿Lo imaginas a tu lado ahora? —preguntó con burla y todavía molesto.

John se sintió descubierto al escuchar esa pregunta, aunque el Sherlock de su mente no había vuelto a aparecer frente a él, temía que en algún momento no logre diferenciar la realidad de su propia ilusión.

Pero pronto entendió que la pregunta no era por haber sido descubierto, James solo estaba celoso y molesto de tener que soportar su mal humor por culpa de Sherlock, cuando lo único que quería era ayudarlo.

—Ese hombre era extraño, traía esas gafas oscuras dentro del hospital y su bolsa llena de porno y su manera de hablar, tú lo escuchaste, ¡acento alemán! ¡No es común!

James lo miró con el ceño fruncido.

—Todo eso me llevó a pensar que Sherlock se había hecho pasar por un paciente para poder hablar conmigo. ¡Sé que suena estúpido! Pero eso es lo que hacía para algunos casos, se disfrazaba. Y créeme cuando te digo que él hubiera sido un muy buen maldito actor.

—¿Porno?

John miró confundido a James.

—¿Qué?

—¿Dices que ese hombre traía porno?

—Sí. —John no pudo evitar sonreír ligeramente, pero todavía con esa sensación de incomodidad y molestia. —Tenía unas películas y revistas. Quería venderme una de una monja y los… agujeros…

—¿Qué? —James sonrió de pura diversión. —¿Cuáles agujeros?

—¡No lo sé, James!

La sonrisa de James contagió poco a poco a John, hasta que no pudo evitar reír recordando todo lo que había dicho.

Vaya, qué fácil era sentirse bien con James a su lado. A pesar de que ambos estuvieron en tensión segundos atrás, ahora el ambiente entre los dos volvía a ser cómodo nuevamente.

—Lo siento. —dijo James. —Sé que no tengo derecho a enojarme, pero, mierda, de verdad lo siento.

—No, no. Es mi culpa. Sé que he estado muy malhumorado en estos días y no ha sido justo para ti. —se miraron en silencio por unos segundos, regalándose sonrisas. —Yo lo lamento.

Muy por el contrario de lo que se puede creer de la actitud de un militar del rango de James Sholto, él era un hombre realmente paciente y sensible. Tenía un carácter fuerte, eso sí, pero también poseía un equilibrio que le permitía, por ejemplo, controlar sus enojos.

Justo como en ese momento, que luego de haberse sentido realmente molesto por la actitud de John y su insistencia de seguir pensando en Sherlock, ahora se sentía más calmado y con la mente tranquila como para terminar esa discusión en buenos términos. Al final de cuenta, él debía tener presente que lo que atravesaba John no era nada fácil.

—Escucha, si necesitas hablar con Sherlock, deberías reunirte con él. —dijo James siendo completamente sincero. —Cítalo en un café y que te explique su versión, que te de sus razones.

—No.

John negó con la cabeza, las explicaciones de Sherlock se las sabía de memoria. Esa mentira simplemente había sido la última gota que derramó el vaso.

James guardó silencio, muy dentro de él agradecía la obstinación de John, después de todo, no tenía intenciones de dejar ir al rubio de su lado.

—De acuerdo. Bueno, entonces… —James se inclinó y sacó un sobre de la guantera para entregárselo a John. —Ábrelo.

John miró curioso el sobre en sus manos. Lo abrió y sacó de ella dos boletos de avión. Era el viaje al Caribe del que James le había hablado en el restaurante.

—Lo tengo desde hace un par de días. Había una muy buena promoción en el hotel, pero no quería comprarlo sin tener tu respuesta. Dijiste que sí esa noche en el restaurante, así que tuve que apresurarme o ya no estaría disponible.

John observó los boletos en sus manos fingiendo sentirse entusiasmado.

—Vendrás conmigo, ¿verdad? —preguntó el más alto.

Esa pregunta se sintió muy seria, como si le colocaran un gran peso encima. John siguió fingiendo.

—Claro que sí. Esto es… wow. —sonrió.

James también sonrió, pero con ternura, luego acarició el cabello de su pareja, enterrando sus dedos para dar suaves y pequeños masajes.

—Creo que te vendría bien un cambio de ambiente. Alejarte de todo esto, de todo lo que te hace daño.

—Espera. —dijo John algo alarmado. —No consideré mi trabajo en el hospital cuando acepté.

—Puedes pedir vacaciones adelantadas.

John no estuvo muy de acuerdo con la idea.

—No lo sé.

En realidad, las cosas no eran como James lo decía, estaba mintiendo.

El repentino regreso de Sherlock lo dejó en alerta, él supo de inmediato que eso afectaría su relación con John. Había luchado pacientemente por dos años para tener de vuelta al rubio, como para que luego ese imbécil regresara y se lo arrebatara como si nada. No era justo, pues se había vuelto a enamorar de John.

Mintió sobre la buena oferta en el hotel, no había ninguna, simplemente los compró con la esperanza de que John no se desanimara y que, al ver que ya no tenía que pensarlo otra vez porque tenía los pasajes en la mano, no ponga ninguna objeción para hacer sus maletas e irse con él. Quería alejarlo de Sherlock lo más pronto posible y aprovecharía esa gran desventaja que tenía el detective para su conveniencia: John difícilmente perdonaría aquel cruel engaño.

—John, unos días de playa, caminar en la arena, bañarte en aguas cálidas, ver hermosos atardeceres y comer lo que desees. ¿No quieres eso?

El rubio sabía que todo eso sería maravilloso, que tenía una oportunidad única de vacacionar de una manera que, quizás, nunca hubiera podido. Pero sus sentimientos se sentían tan confusos ahora, que pensar en ese viaje no era muy emocionante.

—Te amo. —dijo James.

Los ojos de John miraron de inmediato a su pareja. ¿Cómo rayos debía responder a eso?

Pero James, sabiendo los pensamientos de John, le acarició los labios suavemente.

—No tienes que decirme que me amas. —susurró —Solo ven conmigo al viaje. Son solo dos semanas, habla con Sarah.

—Lo pensaré. —respondió en voz baja.

Esa no era la respuesta que buscaba, pero la aceptó. No quería presionar a John, eso empeoraría las cosas.

—Está bien.

El rostro de James se acercó a él lentamente y lo besó. John correspondió con normalidad, sintiendo los suaves movimientos de los labios de James sobre los suyos. Sin embargo, al cabo de un momento, ese beso empezó a volverse más demandante. El rubio entendió el mensaje de inmediato, esa pequeña discusión y luego la reconciliación haría que a cualquier pareja le prendiera un poco las ganas, pero el problema era que él no sentía el deseo de cumplir con esa petición.

—No, espera… —John lo alejó. —Este no es el lugar.

—¿En tu departamento? Está más cerca. —respondió James encendiendo inmediatamente la camioneta.

Dios, que incómodo, como le jodía a John tener que rechazarlo.

—No, yo... lo siento, James, pero hoy no.

James se vio claramente afectado, se notó en su rostro.

—Muy bien, está bien. No hay problema. —tuvo que sonreír para disimular, pero John sabía que era forzado. —Bueno, vayamos de compras entonces. —aclaró la garganta. —Estoy seguro que en tu alacena no hay nada más que polvo, ¿verdad?

John asintió en silencio y James, tan amable como siempre, le dio un apretón en el brazo como diciendo "no te preocupes, yo lo entiendo" y finalmente emprendieron el viaje al supermercado.

La verdad era que no se sentía obligado de ir a ese viaje, James no tenía y no podía obligarlo, eso lo tenía claro. Pero debía ser realista, decidir no ir ocasionaría que James también desista, algo que realmente no quería, pues era claro que su pareja estaba muy entusiasmada con ese viaje. ¿Cómo podría arruinarle esas increíbles vacaciones?

Si dejaba Londres por dos semanas, ¿todo seguiría igual? Pensó. Tal vez ni disfrutaría del viaje como debería, pero James estaría contento y, quién sabe, estando allá, tal vez tendría la cabeza más fría y podría pensar mejor para tomar una decisión. ¿Sherlock merecía seguir en su futuro o no?


Fueron tres las veces que la Sra. Hudson intentó de manera disimulada animar a Sherlock a comunicarse con John, pero no parecía tener éxito. Por lo que la anciana tuvo que ser directa esta vez.

—¿Sherlock?

—¿Umm?

—Habla con John.

Sherlock rodó los ojos, era obvio que él se había dado cuenta de esos intentos, así que decidió que era mejor explicar lo que había ocurrido para que lo deje de interrumpir con lo mismo una y otra vez.

—He intentado hablar con él.

—Oh, ¿qué te dijo?

—Bueno, dejó muy en claro su posición al respecto.

—Pero, ¿qué te dijo?

—"Para ser un genio, puedes llegar a ser notablemente imbécil". Eso antes de decirme que me quedara claro que no quería volver a hablar conmigo.

La anciana hizo un gesto de tristeza. Ella estaba debajo del marco de la puerta, no ingresó porque sabía que Sherlock estaba trabajando y no sería bienvenida a quedarse.

—No creo que eso sea suficiente para detenerte, ¿o sí, Sherlock?

El rizado, quien miraba atento las fotografías en su pared (había aceptado un caso muy pequeño y discreto solo para mantenerse ocupado), sonrió de lado ante el comentario de su arrendadora. Volteó a verla.

—No, claro que no. —recibió también una sonrisa como respuesta. —Supongo que le estoy dando tiempo para asimilar mi regreso.

El timbre sonó interrumpiendo la conversación.

—Oh, ¿quién será?

—Nadie agradable. —Sherlock rodó los ojos.

La Sra. Hudson no pudo escucharlo, ella ya bajaba las escaleras.

Casi un minuto después, Sherlock tuvo la desdicha de recibir a Mycroft en su departamento. La primera vez a doce días de su regreso a Londres.

Había mucho de qué hablar y coordinar, su regreso había sido un boom y aunque el shock inicial de la gente ya había disminuido, todavía se hablaba de él en los noticieros. Esto debido a que la familia Brook habló públicamente sobre lo dispuestos que estaban de entablar una demanda por daños y perjuicios a su familia.

Pero a decir verdad, esos eran los temas menos graves que tenían que resolver, porque había otro que de verdad les erizaba la piel a ambos.

—Tengo información sólida, se avecina un ataque.

La mirada de Mycroft estaba clavada en los ojos de su hermano, ambos estaban sentados uno frente al otro.

—Cuando dices información sólida…

—Obtenidas por la misma fuente en sí. —respondió rápidamente Mycroft.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—He intervenido personalmente en eso, estimo que será una semana, si no empeora la situación.

Sherlock suspiró, se sintió estresado de solo pensar en todo lo que le esperaba.

—Tengo que convencer a John antes de que lleguen.

—¿Por qué específicamente? —Mycroft levantó una ceja.

—Entrar en razón con papá y mamá será mucho más sencillo si John ya no está molesto conmigo. De hecho, no pienso hablar con ellos si John no está ahí presente, sentado a mi lado.

—Yo estaré ahí.

—Tú ya recibiste los gritos. —el rizado bufó molesto.

—¿Y crees que eso es todo? Por si no lo recuerdas, mamá sigue creyendo que la idea de ocultarte del Dr. Watson fue exclusivamente mía, querido hermano, no creas que no usaré eso a mi favor cuando esté recibiendo sus gritos.

—Que buena jugada. —comentó sarcástico Sherlock.

—Primero deberás descubrir la forma de amistarte con John, así que no te hagas el inteligente.

—Oh, eso me trae recuerdos. "No te hagas el inteligente, Sherlock. Yo soy el inteligente". —imitó la voz de su hermano.

—Yo soy el inteligente.

—Solía pensar que era un idiota.

—Los dos pensamos que eras un idiota. —Mycroft sonrió. —No teníamos nada con qué seguir, hasta que conocimos a otros niños. —cruzó las piernas acomodándose en el sillón.

—Oh, sí, eso fue un error.

—Horrible. ¿En qué estaban pensando?

—Probablemente algo sobre intentar hacer amigos.

—Oh, sí, amigos. —nuevamente sonrió, pero esta fue notablemente sarcástica. —Por supuesto, tú estás a gusto con esas cosas ahora.

—¿Y tú no? ¿Nunca? —Sherlock levantó una ceja.

—Si miras mi vida con atención, Sherlock, ¿te imaginas cómo son las personas reales? Estoy viviendo en un mundo de peces dorados.

Sherlock colocó sus manos juntas y analizó detenidamente. Mycroft no estaba siendo del todo sincero.

—Sí, pero estuve fuera por dos años.

—¿Y?

—Oh, no lo sé, creí que tal vez podrías haber recuperado a tu propio pez dorado. —sonrió de lado.

—Cambia el tema, ahora.

Mycroft exageró un gesto de horror y se levantó, no era que le molestara hablar del tema, pero tampoco se sentía cómodo con eso. Lestrade y él todavía estaban viendo si su relación podría seguir, pero aun así, ya eran muchos los días en las que amanecía acompañado del inspector.

—Ten la seguridad, Mycroft, los perfumes costosos se impregnan en la piel por un tiempo prolongado y si se tiene el suficiente contacto con otra persona…

—Oh, por la reina, Sherlock. —Mycroft rodó molesto los ojos y caminó nervioso de ida y vuelta con las manos en los bolsillos.

—Sobre todo contacto de piel a piel… —continuó el rizado. —Puedes impregnarle el olor.

Mycroft lo miró serio, tal vez un poco molesto.

—La noche que me presenté ante Lestrade reconocí tu perfume en su ropa y su piel. Lo entendí y no hablé al respecto, pero… —Sherlock sonrió divertido. —He visto a George varias veces esta semana y puedo decir que apesta a ti, querido hermano.

—Sherlock. —advirtió el mayor.

—Oh, no son pareja, pero mantienen relaciones sexuales con regularidad. Es muy de los jóvenes de ahora, Mycroft.

—No es un asunt-…

—Eso sin contar lo increíblemente relajado que está Lestrade. —interrumpió. —Debes ser muy bueno en la práctica, hermano, después de todo, tú eres el inteligente. —rio burlón.

Mycroft pudo haber respondido, pero la Sra. Hudson entró al departamento con una bandeja en las manos, trayendo dos tazas de té para ellos.

—Hablando de gratas compañías. —dijo Mycroft con una leve sonrisa, justo a tiempo para cambiar de tema.

—No puedo creerlo. —dijo ella visiblemente contenta. Dejó la bandeja en la mesa. —¡Simplemente no puedo creerlo! Él sentado en su silla otra vez. —eso hizo a Sherlock sonreír feliz por el cariño que recibía. —¿No es maravilloso, Sr. Holmes?

—Apenas puedo contenerme. —respondió el mayor de los hermanos.

—Oh, realmente no puede, ¿sabe? —comentó con sarcasmo Sherlock, pero manteniendo su sonrisa.

La anciana se dispuso a dejar el departamento para dejar solos a los hermanos.

—Está secretamente complacido de verte a pesar de todo esto. —dijo antes de salir.

—Disculpe, ¿quién de nosotros? —preguntó Mycroft.

—Ustedes dos.

Dicho eso, ella bajó las escaleras con una sonrisa divertida.

Sherlock miró a su hermano una vez que su arrendadora salió.

—Lloraste cuando morí, ¿no es así?

Mycroft rodó los ojos nuevamente.

—Sería mucho más sabio que utilizaras tu tiempo libre para resolver tu caso.

—Ya lo hice.

El mayor frunció el ceño.

—¿Entonces?

—El asesino de su esposa es su mejor amigo. Él regresará de su viaje de negocios mañana, así que será mañana cuando entregue los resultados de mi investigación. Tú sabes, para que George lo encarcele más rápido y llegue a casa temprano.

—Es Greg. —corrigió serio Mycroft, luego se acercó a la mesa para tomar una de las tazas. —Y supongo que ya sabes qué hacer con respecto a John también.

A Sherlock se le borró la sonrisa de inmediato y llevó su mirada hacia el sofá frente a él.

—No. —dijo con desánimo.

—Te diré algo, Sherlock, solo para que lo tengas presente. —Mycroft movió el azúcar lentamente en su té. —El comandante Sholto compró dos boletos de avión al Caribe.

Sherlock volteó a ver a su hermano claramente extrañado.

—El vuelo está programado para dentro de una semana. Temo decir que ahora tienes doble fecha límite.

—¿John irá de viaje con él? —ese fue más un comentario que una pregunta en sí.

—Déjame decirte, hermano mío, que, si dejas que John Watson pise ese avión, es más que seguro que lo perderás.

El rizado se quedó en silencio esperando una explicación más detallada.

—Dos semanas en un ambiente totalmente diferente podrían darle una nueva perspectiva. Tienes que admitir que contigo el Dr. Watson ha tenido muy pocas oportunidades para hacer otra cosa que resolver casos. El comandante Sholto le está ofreciendo una vida totalmente diferente y mucho más cómoda.

—John no quiere eso, él resuelve casos porque le gusta, porque sabe que es bueno en lo que hace y porque lo necesito.

La voz de Sherlock había sonado algo agresiva, por lo que Mycroft guardó silencio por un momento para dejar que su hermano reflexione sobre lo que él mismo acababa de decir. Tomó un sorbo de su té cuando el rizado finalmente logró darse cuenta de lo mezquino que había sonado con sus palabras.

—Es que John no puede… —Sherlock suspiró, esa sensación de miedo y soledad se hacía presente en su pecho otra vez. —¿Él ya sabe lo del viaje?

—No tengo idea. Tal vez. —Mycroft recibió una seria mirada como respuesta. —Lo digo en serio, Sherlock, mi seguimiento de este caso no llega a ese punto.

—¿Qué se supone que haga? —Sherlock sonó preocupado. —Creí que dándole espacio podría calmarlo y darme la oportunidad para que hablemos, pero resulta que ahora se va de viaje con ese imbécil. He tratado de llamarlo todo este tiempo y solo me contestó para aclararme que no quería hablar conmigo nunca más. Si voy a su departamento, me cerrará la puerta en la cara y si voy al hospital, hará lo mismo. ¡¿Qué se supone que haga?!

—Entonces arriésgate.

—¿Qué?

Mycroft tomó otro sorbo y luego devolvió la taza a la bandeja.

—El Dr. Watson se vio obligado a imaginar un futuro sin ti y vivir con la conciencia de haber pronunciado las palabras incorrectas antes de que murieras. Por dos largos años, Sherlock.

—¿Estás diciendo que irse con James Sholto es lo mejor?

—Lo que estoy diciendo es que heriste tanto sus sentimientos, que será difícil que él vuelva a confiar en ti. James Sholto no es el problema; son las heridas que provocaron tu mentira.

Sherlock bajó la mirada, otra vez esa sensación de culpa caía sobre sus hombros. Si en esas semanas se había sentido perturbado por su alejamiento con John, ahora era el pánico lo que amenazaba con desestabilizar su mente.

—Así que, arriésgate. Búscalo e intenta hablar con él, reconcíliate. Recibiste golpes de su parte al intentar conquistarlo cuando eran jóvenes, ¿no estarías dispuesto a recibir más ahora? ¿Incluyendo los golpes emocionales?

—John lo vale todo. —respondió todavía con su mirada en el piso.

—Bien. —Mycroft inclinó la cabeza haciendo un gesto de aprobación. —He ahí tu respuesta.


—¿Quieres que te lleve a tu departamento? —preguntó Lestrade.

—No es necesario. —respondió Sherlock.

—Oye. —el inspector levantó su mano. —Gracias.

El rizado levantó una ceja ante la inesperada actitud de su amigo. ¿Por qué le daría las gracias con un apretón de manos? Bueno, había resuelto el caso, pero no era que siempre le diera las gracias de una manera tan formal.

—¿Qué es lo que te pas-…? —

Sherlock no pudo terminar de hablar, cuando tomó la mano de Lestrade, este lo jaló para darle un abrazo.

—Es bueno tenerte de regreso.

Unas palmadas en la espalda al detective y finalmente Lestrade lo soltó.

—De nada. —respondió Sherlock sintiéndose muy extraño.

—No creo que este caso se hubiera solucionado si no hubieras… regresado de la muerte. —comentó divertido el inspector.

—Obviamente. —rodó los ojos.

—Pero, en serio, ¿cómo rayos supiste que era el mejor amigo?

—Ya te lo expliqué.

—Sí, pero quiero saber qué es lo que te hizo verlo.

—Se pinta el cabello.

Lestrade frunció el ceño.

—¿Qué?

—Se pinta el cabello, es muy cuidadoso con eso. Es la razón por la que viajó en tren dos días atrás.

—¿Qué? ¿Qué tren?

Sherlock suspiró cansado, no estaba dispuesto a dar más detalles de lo que fácilmente se podía deducir. Dio media vuelta dispuesto a retirarse.

—Oye, espera. —lo detuvo Greg, sabiendo que no obtendría más respuestas. —¿Has hablado con John? No me ha contestado el teléfono desde hace mucho tiempo.

—No, estoy en eso.

—¿Cuándo volverán a trabajar juntos?

Sherlock leyó a Lestrade, este parecía decir la verdad, algo extraño porque esperaba que Mycroft le hubiese tenido al día con todo lo sucedido.

—Debo irme. —ignoró la pregunta. —Llámame si hay algo interesante.

Lestrade frunció el ceño y cuando quiso insistir, Sherlock ya se alejaba dando largos pasos. Tal parecía que el recuentro de esos dos no había salido muy bien y, sobre todo, que alguien no le había contado las noticias completas.

El rizado se colocó sus guantes de cuero y se arregló la bufanda para cubrir más su cuello del viento frío. Caminaba atento a cualquier taxi que se acercara para subir sin demora, la prensa había estado rondando Scotland Yard desde que se filtró que estaba en un nuevo caso y él tenía que evitar ser interceptado por ellos, todavía no podía hablar sobre la familia Brook.

Finalmente vio un taxi acercarse, así que levantó la mano de inmediato. Era tarde en la noche, pero, según Mycroft, a esas horas era más probable poder encontrar a John en su departamento. Por eso había pasado el día con Lestrade, confirmando y demostrando la culpabilidad del asesino para mantenerse ocupado.

Sherlock debía ser sincero consigo mismo, una semana era demasiado poco para convencer al rubio, ya que había cometido un error muy grave con él, así que tendría que recurrir a lo que sea para demostrarle que las cosas cambiarían si le daba otra oportunidad. Como le había dicho Mycroft, tenía que arriesgarse, pues, sin nada qué perder, Sherlock tenía que arriesgarlo todo para recuperar la confianza de John Watson.


John suspiró al ver su ropa nueva recién lavada sobre de su cama. Prendas para un clima cálido y un par de shorts bastante veraniegos que se sintió obligado a comprar. Desde su infancia que no sentía la arena bajo sus pies y, que él recordara, nunca se había sumergido en aguas cálidas, así que ese viaje sería especial.

Hablar con Sarah no había sido sencillo, luego de la queja del paciente con quien confundió con Sherlock, ella no estaba segura de que lograría otorgarle vacaciones adelantadas. John se sintió aliviado por eso, James no podría pedirle que abandonara su trabajo, así que esa sería una buena excusa para no ir.

John confió en eso, se sentía optimista de que le sería denegado, pero entonces Sarah entró a su consultorio después del almuerzo ese día, con una gran sonrisa en el rostro y un documento en la mano. "Si no me traes un recuerdo, te quitaré el saludo", le dijo y John tuvo que forzar una sonrisa y mentir diciendo que se sentía agradecido. Ahora no tenía otra excusa para decir que no a James.

¿Dónde quedaba eso de que nadie podía obligarlo a hacer algo que no quería? Bueno, era más fácil decirlo que cumplirlo, especialmente si otra persona resultaba herida por eso.

Miró a un lado al recordar a Sherlock, pero se encontró solo. No había visto esa ilusión desde que el verdadero había regresado. ¿Qué significaba eso exactamente? John entonces cayó en cuenta que su mente se había acostumbrado tanto a Sherlock, que necesitó imaginarlo cuando lo creía muerto.

Dios, lo extrañaba tanto, volver a escuchar su voz había sido como un sueño y tocarlo se había sentido igual. Aunque, claro, eso no lo pensó aquella noche, él estaba en shock y terriblemente dolido, sin embargo, ahora que estaba calmado, realmente sintió que había desperdiciado ese momento.

El timbre sonó sacándolo bruscamente de sus pensamientos, miró su reloj y este marcaba casi las once. Ese debía ser James con la maleta que le prestaría para el viaje, además, también habían hecho planes para ir a comer esa noche.

John caminó a paso lento saliendo de su habitación, directo a la puerta y la abrió esperando ver a James, pero fue a Sherlock a quien tuvo al frente. Sus rizos crecidos se movían ligeramente al ritmo del viento, John no se había dado cuenta de lo mucho que había extrañado ver eso hasta ese momento.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el rubio.

—Espero que no estés ocupado.

—De hecho, lo estoy.

Sherlock hizo un gesto de incomodidad, definitivamente no estaba acostumbrado a los rechazos de John.

—Será mejor que te vayas, fui claro contigo por teléfono.

John intentó cerrar la puerta, pero Sherlock se adelantó para impedirlo.

—Espera. —forcejeó. —Solo esta vez. Solo escúchame esta vez y si decides no volver a verme, entonces me iré.

El rubio sintió eso como una amenaza, aunque claramente no lo era.

—Te lo prometo. —insistió el rizado. —Si no me quieres volver a ver luego de esto, entonces te dejaré.

John lo dudó por unos largos segundos, pero esos hermosos ojos lucían tan tristes que su corazón dolió al verlo.

Finalmente abrió la puerta para permitirle pasar.

—Que sea rápido.

El detective finalmente ingresó y se detuvo a casi tres metros de la puerta, era claro que John no lo quería sentado en su sala, así que esperó a que el rubio esté frente a él para empezar.

Cuando John volvió a él, sus ojos no pudieron evitar observar el rostro de su expareja, después de dos años no lucía exactamente igual, de hecho, se veía aún más atractivo.

—Cambiaste tu peinado. —sonrió con ternura. —Ahora lo peinas hacia atrás. Me gusta.

John cruzó los brazos y lo miró completamente serio. Sherlock parpadeó varias veces sintiéndose intimidado por esos ojos azules.

—Entonces, sobreviviste. —dijo John.

—Bueno, tuve un poco de suerte también. —sonrió nervioso. —Una vez que me di cuenta del plan de Moriarty, calculé que no había realmente muchas posibilidades. Quería evitar morir en lo que fuera posible. La única manera fue seguir el plan, así que un sistema de lucha japonesa fue la opci-…

—No me importa cómo lo fingiste. —interrumpió John. —Quiero saber por qué.

Sherlock relamió sus labios, esa conversación era apostar toda su felicidad.

—Bueno… —aclaró la garganta y desvió la mirada. —Principalmente, fue idea de Mycroft.

John sintió una pequeña punzada en el pecho, esa que sientes cuando te das cuenta que te engañaron en tu cara de manera descarada.

—Oh, entonces ¿fue el plan de tu hermano?

Sherlock asintió lentamente, volviendo a mirarlo a los ojos.

—Pero, ¿fue el único? ¿El único que sabía que estabas vivo?

El rizado se vio entre la espada y la pared, quería decirle toda la verdad, pero sabía que, si lo hacía, se enojaría. Eso era lo que menos deseaba, pues luego corría el riesgo de no ser escuchado. ¿Qué sería peor? ¿Mentirle o decirle la verdad?

—Eh, algunas personas más. —mintió. —Fue un plan muy elaborado. Tenía que serlo. Como te explicaba, la única posibilidad de sobrevivir a la caíd-…

—¿Quién más? —interrumpió John seguido de un gran suspiro. —¿Quién más lo sabía?

Sherlock volvió a desviar la mirada, su nerviosismo era notable, algo que era muy raro en él.

—¡¿Quién?! —insistió.

—Molly.

—¿Molly?

John se sorprendió en un principio, pero sabiendo la amistad que tenían, entendió por qué ella había tenido el maldito "privilegio" de saber que Sherlock estaba vivo.

—Molly Hooper y el MI5, eso es todo.

—De acuerdo. —John asintió.

Molly Hooper lo sabía, estaba bien con eso y era obvio que la gente de Inteligencia también tenía que saberlo, así que no sonaba tan mal.

—De acuerdo. —reafirmó. —Entonces, solo tu hermano, Molly Hooper y el MI5.

Sherlock estuvo a punto de decir que sí, pero temió que esa mentira lo vuelva a meter en más problemas. Maldita sea, cada vez que le ocultaba algo a John, tarde o temprano terminaba en su contra, ¿qué tal si pasaba lo mismo ahora?

—Eh… —desvió su mirada de aquí para allá. —Mi hermano, Molly, el MI5, sí.

Se formó un pesado silencio entre ambos.

—Y mi familia.

—¿Qué? —John simplemente no creía lo que escuchaba. —Tu familia, ¿tu familia también lo sabía?

—No pudimos ocultarlo, Mycroft y yo no pud-…

—¡¿Es decir que tu familia sabía que estabas vivo por dos malditos años y lo que hicieron fue ignorarme?!

—Mis padres nunca estuvieron de acuerdo con esto, te lo juro. —Sherlock intentó calmar a John. —Nos vimos obligados a mantenerlos incomunicados todo ese tiempo. Solo quería protegerte, John, nunca quise hacerte daño.

John se sentía al borde de su control, estaba cansado de escuchar "solo quería protegerte", estaba increíblemente harto de esa excusa y si no hacía que Sherlock se vaya, respondería de muy mala manera.

—Vete, Sherlock. —el rubio cerró los ojos y apretó el puente de su nariz, estaba seguro de que le empezaría una jaqueca en cualquier momento. —Vete, no quiero que estés más aquí.

—John…

—Lárgate, es la última vez que te lo pido de buenas maneras. —amenazó.

—Entonces golpéame. —respondió Sherlock haciendo que John lo mirara. —Golpéame, porque no me iré.

—Sherlock… —advirtió el rubio mientras sus manos se cerraban en puños.

—A diferencia de Moriarty, Sebastian Moran no planearía algo inteligente para matarte, John. —explicó Sherlock con una muy seria mirada, atento a cualquier movimiento para bloquear algún golpe si era necesario, pero insistiría en ser escuchado. —Si yo estaba muerto, tú no presentabas ninguna amenaza o ventaja para él, pero si sabían que estaba vivo, Moran te mataría sin ningún plan de por medio. Simplemente alguien estaría afuera esperándote y te dispararían a quema ropa o esperarían a que te asomaras por la ventana y se encargarían de ti de un solo disparo.

John respiraba rápido con la mirada clavada en los ojos de Sherlock, su cuerpo solo esperaba el impulso final para golpear.

Sherlock notó eso y entonces empezó a inquietarse. Ponerse serio para explicar los detalles no estaba funcionando, lo estaba haciendo enojar peor. Joder, ¿cómo debía comportarse exactamente para lograr calmarlo?

—Tenía miedo, yo… ¡estaba en pánico de saber que podrían matarte! ¡Entiéndelo! —dijo sonando desesperado. —Moran no me daría oportunidad a adelantarme, ¡él simplemente te hubiera matado! Ponte en mi lugar, John. Si algo se filtraba, así sea lo más pequeño, él se daría cuenta. Por eso lo decidí, mientras moría de frío en el mar, pensando solo ti, ahí lo decidí. Porque no quería perderte, no quería sufrir tu pérdida.

—¿Pero yo sí tuve que sufrirlo? —contestó John con los ojos nublados, lágrimas de frustración y enojo. —¿Yo si tenía que soportar el dolor de perderte? Yo tuve que ser el maldito sacrificado. ¡Tú eres el que debería ponerse en mi lugar!

Sherlock no pudo responder, no había palabras que pudieran ir en contra de esa razón.

—Puedes imaginar el dolor que sentirías si me vieras morir, ¿verdad? ¡Pues yo viví eso, Sherlock! —gritó enojado. —¡Yo te vi morir! ¡Y viví dos años llorando por ti!

—John…

—Eres un egoísta infeliz, Sherlock Holmes. —dijo entre dientes. —Dejaste que yo sufriera ese dolor para que tú te ahorraras la tortura miserable de vivirlo.

—No, eso no es...

—Estoy a solo una palabra de sacarte la mierda. Lárgate de mi casa ahora.

Sherlock apretó los labios y lo miró desafiante, decidido. Aunque le doliera ver a John perdiendo el control, no se iría a ningún lado.

—No. —contestó. —No lo haré.

John no lo pensó, levantó el puño rápidamente para golpearlo con tanto resentimiento, con tanto enojo. Lo amaba, amaba a Sherlock y es por eso que se sentía tan herido, porque el rizado se había atrevido a dañar algo tan puro y verdadero como el amor que le tenía.

Sherlock detuvo el golpe con un bloqueo y agarró fuertemente el brazo de John, entonces el ataque del otro brazo se precipitó hacia él, pero también lo detuvo de la misma manera. Cuando John atacaba sin control, era más fácil anticipar sus movimientos. Ambos forcejearon y Sherlock aprovechó eso para acercar el cuerpo de John al suyo y, sin darle más tiempo, simplemente lo besó.

Fue como lanzar agua al fuego, el cuerpo de John se detuvo y le tomó un momento para que la ira descendiera y abra paso al amor dentro de él. Sus labios se abrieron y entonces Sherlock lo soltó para tomarlo del rostro e intensificar el beso.

Fue ahí que el rubio se perdió entre sus sentimientos, no lo pensó más, solo disfrutó de esa sensación cálida en su pecho, de esos latidos llenos de vida de su corazón. Sus brazos rodearon el cuerpo de Sherlock en su afán de sentirlo cerca y entonces todo estaba dicho. Ellos no podían prohibirse, no podían alejarse, no con todo ese amor que habían formado.

Por más errores que cometieran, por más peleas, golpes, gritos que se dieran, ellos se amaban. Y dolía, dolía demasiado que alguien te importe tanto y a tal punto que tu vida se quebraría si la otra persona te traicionaba. Ese era el amor que ellos se tenían, malo o bueno, así es como sus sentimientos funcionaban.

La puerta empezó a sonar, alguien usaba la llave para abrirla. Claramente era James, así que John reaccionó empujando a Sherlock con fuerza para alejarlo rápidamente. El rizado lo miró desconcertado los primeros segundos, hasta que escuchó la puerta abrirse.

James estaba de espaldas, arrastraba la gran maleta con ruedas para ingresar con ella. Grande fue su sorpresa cuando volteó y vio a Sherlock.

Se detuvo y observó a ambos hombres con atención. Había algo en el ambiente que no le gustaba, una sospecha que lo lastimaba.

—¿Qué…? —preguntó sorprendido. —¿Qué está haciendo él aquí?

—Nada en realidad. —respondió John con la mirada seria para tratar de esconder su ligero nerviosismo. —Él ya se va.

Sherlock frunció el ceño, por un momento había logrado creer que el beso había significado que las cosas se entre él y John finalmente se estaban arreglando.

—No he term-…

—Dijiste que, si decidía no volver a verte luego de escucharte hoy, no insistirías más, ¿verdad?

A Sherlock se le rompió el corazón al escuchar eso.

—Así que vete.

El rizado negó con la cabeza.

—John, por favor.

—Ya lo escuchaste. —intervino James. —Es hora de que te vayas.

Sherlock volteó y miró con odio al mayor del ejército.

—Tú no te metas. —amenazó.

—¿Quieres que te reviente a golpes otra vez?

—¡Cállense los dos!

El grito de John los sorprendió.

—Lárgate, Sherlock y tú también, James. Váyanse los dos, ahora.

—Todavía no hemos terminado de hablar. —insistió Sherlock.

—¡Que se vayan! —volvió a gritar el rubio.

Aunque parezca extraño, James no puso objeción, él dejó a un lado la maleta para luego dar media vuelta y salir del departamento. No dijo nada, simplemente salió sintiéndose enojado con su pareja, porque sabía que, aunque no tuviera pruebas, tenía la seguridad de que entre el detective y John había ocurrido algo justo antes de que llegara. Caminó a paso rápido con el ceño fruncido y las manos apretadas en puños. Si quería ser sincero, realmente estaba harto de la maldita actitud de John, pues el único que debió ser echado del departamento era Sherlock; no él.

Cuando el detective salió del departamento, la puerta se cerró fuertemente detrás de él, sin darle tiempo a insistir una vez más. Ese beso habría encaminado la conversación hacia una buena dirección, pero James Sholto lo había mandado todo a la mierda con su sola presencia.

—¡Maldita sea! —gritó con frustración el rizado.

James sacó las llaves de su auto y desactivó la alarma de la camioneta, mientras una pregunta retumbaba en su cabeza: ¿Por qué carajos tenía que pasar por la misma situación otra vez? Subió al auto, cerró la puerta con fuerza y se quedó ahí, sintiendo su corazón latir rápido y soportando las ganas de bajar y moler a golpes a Sherlock por querer quitarle a John nuevamente, por entrometerse en su futuro y, sobre todo, por estar vivo.

Sherlock vio a James subir a su camioneta y, Dios, tenía tantas ganas de correr a él y golpearlo por querer llevarse lejos a John, por haberse metido con él en su ausencia, quería golpearlo por el solo hecho de haberse atrevido a tocarle un cabello a su John Watson.

Pero al final no fue Sherlock quien dio el primer paso para la discusión; fue James. Este bajó de la camioneta y caminó directamente hacia el detective con una mirada tan amenazante que el rizado se preparó mentalmente para defenderse del primer golpe. Oh y él estaría más que complacido de responder de la misma manera.

—Tú estabas muerto. —dijo James apenas estuvo frente a Sherlock. —Estuviste muerto por dos malditos años, ¿y ahora simplemente regresas como si nada hubiera pasado?

Sherlock leyó la actitud corporal de Sholto: quería golpearlo, pero se contenía.

—¿Quién mierda te crees para hacerle eso a John?

—¿Quién eres tú para creer que puedes reemplazarme? —respondió Sherlock.

—¿Reemplazarte? —James sonó burlón. —Nadie podría reemplazar al gran Sherlock Holmes, ¿no es así? Imbécil, yo nunca quise reemplazarte. —se acercó dos desafiantes pasos hacia Sherlock. —Me interesas una mierda, Sherlock, si estoy aquí es porque John necesitaba a alguien a su lado cuando tú lo abandonaste sumido en dolor y soledad. Yo estuve ahí cuando él ni siquiera podía pronunciar tu nombre, sin sentir que estaba al borde del llanto, maldito psicópata de mierda.

A Sherlock le dolió escuchar esas palabras.

—John sufrió hasta sentirse miserable por dos años ¿y tú solo hablas de reemplazarte? No tienes la más mínima idea de lo harto que lo tenías con tu maldito narcisismo.

—Cierra la boca. —amenazó Sherlock.

—Yo le estoy dando la oportunidad de vivir como él quiere, con la tranquilidad que él se merece. Soy yo el que le puede ofrecer lo que tú jamás, Sherlock, jamás le podrás dar.

El rizado sintió ira, pero también el maldito dolor de la verdad atravesando su alma.

—¿Sabes por qué se siente bien conmigo? —continuó James. —Porque yo nunca soy el centro de su mundo; soy parte de él. Le doy su espacio y comprendo lo que él siente. Tú ni siquiera puedes entender los sentimientos de las demás personas, ¿cómo pretendes ofrecerle felicidad a John?

—¿Crees que haciéndome sentir culpable te dejará el camino libre? John me ama a mí y eso nunca va a cambiar.

—John todavía te ama, pero aun así no quiere volver contigo, ¿te has preguntado por qué?

Sherlock apretó los dientes, no respondió.

—A veces, Sherlock, el amor, por más fuerte que sea, no es suficiente.

Por algún motivo el cual Sherlock no comprendía bien, pero que se podría describir como frustración, sus lágrimas empezaron a juntarse muy lentamente en sus ojos. Él estaba muy furioso, pero su cuerpo no respondía con violencia, sino con tristeza.

—Uno puede amar a alguien con todas sus fuerzas, pero si te lastima, es tiempo de dar la vuelta porque ahí no hay amor de regreso. Tú no lo amas, Sherlock, tú quieres el amor que él tiene por ti.

Sherlock no recibió golpes físicos, sino emocionales y James había dado cada maldito golpe en los lugares correctos para destruirlo por dentro.

—No tienes idea de lo que has hecho y tampoco creo que algún día lo entiendas, así que lo diré por última vez, Sherlock, aléjate de John, ¿me entendiste? Aléjate de él.

James no dijo más, dio la vuelta y volvió a su camioneta para, pocos segundos después, desaparecer al girar la esquina. Sherlock se había quedado de pie observándolo irse, en silencio, con el corazón roto y una lágrima cayendo por su mejilla.

Esas palabras habían sido dolorosas, lo habían dejado desarmado y sin nada para defenderse. Sherlock recogió las migajas de lo que había sido su gran ego hinchando su pecho y simplemente se fue. No miró atrás por si John lo observaba irse y ni siquiera pensó en volver, solo caminó hasta alejarse dando largos pasos.

Esa depresión, esa soledad, esa necesidad de tener al rubio a su lado delataba nuevamente su punto débil: John Watson, la única persona que era capaz de mantenerlo correcto y el único capaz de destruirlo.

Su mente empezó a exigir, su cuerpo empezó a temblar. Solo había algo que podía calmarlo y ponerle fin a ese remolino de emociones dolorosas. Solo una aguja y una sustancia. Era tan fácil, tan sencillo.

—No, no. —susurró cerrando fuertemente los ojos.

Sherlock se detuvo y recostó su cuerpo contra una pared. No podía hundirse, no podía rendirse. Por más que parezca un caso perdido, no podía hacerlo. James estaba equivocado, él no sabía absolutamente nada. Sí amaba a John, lo hacía con pasión, con todas las fuerzas de su alma, lo amó desde el primer segundo en que lo vio. Había cometido el peor de los errores, era verdad, pero eso no significaba que las palabras de James sean correctas.

John le había correspondido el beso, porque el amor que se siguen teniendo todavía contaba y es por eso que podía ser perdonado, estaba seguro. Maldita sea, James tenía que estar equivocado, el amor lo era todo, su amor sería suficiente para que John lo perdonara. Tenía que serlo, debía serlo, porque si no lo era, su vida entonces no tendría ningún sentido.