Desde que Mycroft le dijo que James Sholto había pasado la noche anterior en el departamento de John, Sherlock sintió que su mente resultó quedarse muy perturbada con la idea de John acostándose con otra persona. Aunque no necesariamente el imbécil de Sholto tendría que amanecer ahí por el hecho de haberse acostado con John, Sherlock no podía dejar de pensar en el peor de los escenarios y eso le estaba causando un evidente desequilibrio emocional.

Y a eso se sumaba otra cosa más: mañana finalmente sería el día en el que llegarían sus padres y John dejaría Londres.

Sherlock se sentía atrapado, temía dar otro mal paso y joder todo aún más, pero también sabía que, si no hacía nada, las cosas tampoco irían a su favor.

Solo una vez logró hablar por teléfono con John desde que lo había ido a buscar a su departamento esa noche, el rubio no sonó agresivo, pero tampoco cómodo con la conversación y Sherlock no pudo evitar sentirse como una molestia para él, algo que le hizo dejar de insistir desde entonces.

—¿Me escuchaste? —preguntó Lestrade.

—¿Umm? —Sherlock aterrizaba en la realidad.

—Te estoy diciendo que esto nos tiene desconcertados a todos.

—Oh, no tengo duda de eso.

Lestrade frunció el ceño observando el rostro de Sherlock.

—¿Estás seguro que estás bien?

—Lo estoy. Solo déjame resolverlo.

Sherlock disimuló una impasible seriedad, aunque no convenció del todo a Lestrade.

—De acuerdo. —dijo el inspector y empezó a sacar las cintas de seguridad para abrir la puerta.

Ese era el sótano de una vieja casa con muy pocos inquilinos, la mayoría de ellos de recursos limitados. Sherlock fue guiado por un corto pasillo hasta un espacio que lucía improvisado. El detective pudo darse cuenta que, de hecho, era una habitación cuando Lestrade finalmente encendió la luz.

Sherlock frunció el ceño totalmente extrañado cuando vio un esqueleto vestido con un atuendo antiguo, sentado en una silla frente a una mesa. Una copa y una jarra de vidrio lo acompañaban, más una pluma todavía en su mano derecha, la cual descansaba sobre la mesa.

Era muy extraño a la vista y la idea de una especie de puesta en escena vino a su cabeza, pero la reservó para después de tener sus primeras observaciones.

—Mierda. —susurró, un doctor sería de mucha ayuda ahora mismo.

Lestrade se colocó a un lado en total silencio y colocó sus manos en sus bolsillos, esperando curioso lo que Sherlock sacaría de ese caso.

No demoró mucho, el rizado sacó sus instrumentos y empezó a analizar el cuerpo. Miró los detalles de las fibras de la ropa a través de su pequeña lupa, para luego olfatearla como un sabueso. Su mente empezó a mandarle posibilidades: ¿Pino? ¿Abeto? ¿Cedro? No, era naftalina.

Siguió observando hasta sentir otro olor particular, ¿partículas de carbono? Olió nuevamente y entonces lo supo: daño por fuego.

El juego ha empezado.

Esa fue la voz de John en su cabeza. Tal vez la necesidad de escucharlo mientras analizaba una escena del crimen (como siempre lo hizo), provocó que su mente se encargara de llenar ese vacío de alguna manera.

El detective sacudió la cabeza, sacó su celular y buscó en internet algún incidente con fuego, encontrando rápidamente una probabilidad: incendio en un museo.

Bueno, su impresión inicial ya se lo había advertido, ahora solo faltaba confirmarlo.

—¿Encontraste algo? —preguntó Lestrade.

—Tal vez.

Deja de presumir.

—Cállate, John. —susurró incómodo.

—¿Qué?

—¿Umm? Nada. Todavía.

Lestrade lo quedó mirando extrañado, luego se acercó a él. Sherlock continuó con su observación.

—Esta será tu nueva manera de trabajar, ¿no? Tú solo en las investigaciones.

—Sí. —contestó el detective sin mostrar mucha importancia al respecto.

—¿Y John?

Sherlock se levantó y evitó la mirada de Lestrade.

—Ya no trabajamos juntos.

Eres un egoísta.

El rizado ignoró eso y se colocó frente a la mesa, se puso de cuclillas para observar la escena. Aunque se le haga complicado, tenía que concentrarse. Juntó sus manos y agudizó la rapidez de su mente. La tela lucía ligeramente más clara en un lado, eso indicaba luz del sol por un tiempo prolongado.

¿Estás celoso?

Pero, maldita sea, no tenía mucho control ese día.

—¡Cállate! —susurró molesto.

Se levantó nuevamente y se acercó al esqueleto, observó con su lupa la mano con la pluma, luego la mesa, la cual sopló con cuidado para dispersar el polvo. En la parte de abajo notó unas marcas y una especie de tabla que sobresalía muy disimuladamente. Sherlock no lo había notado hasta entonces. Con sus largos dedos empujó dicha tabla y esta se abrió como una puerta.

—Los forenses dijeron que el esqueleto no puede tener más seis meses de antigüedad. —comentó Lestrade.

Sherlock no respondió, eso no lo sorprendía. Se agachó un poco y vio un libro escondido delicadamente ahí abajo, lo sacó utilizando solo las puntas de sus dedos, la sostuvo por un momento y sopló. Se lo mostró a Greg quien miró sorprendido y finalmente lo dejó sin cuidado sobre la mesa.

Listo, el caso estaba resuelto. Un par de datos habían sido suficientes para darse cuenta de que no era nada más que una farsa. Una decepcionantemente fácil.

—"Cómo lo hice por Jack el destripador". —leyó el inspector. —Es imposible. —sonrió todavía sorprendido.

—Bienvenido a mi mundo. —contestó el rizado.

Para ser un genio, puedes ser notablemente imbécil.

Sherlock gruñó, sacudió la cabeza otra vez para calmar su agitada mente. Lestrade notó eso, pero estaba tan fascinado por lo que su amigo había descubierto que lo dejó pasar.

—No insultaré tu inteligencia explicándotelo. —dijo Sherlock mientras guardaba sus instrumentos.

—No, por favor, insúltame. —contestó Greg con una gran sonrisa en su rostro.

El rizado se alejó dispuesto a retirarse del lugar.

No quiero volver a hablar contigo.

Se detuvo y cerró los ojos por un momento, no pudo evitar sentirse algo mareado, el poco control de su mente no era fácil de sobrellevar. Para disimular, volteó para dar una rápida explicación.

—El esqueleto es, uh… tiene seis meses de antigüedad. Está vestido con un traje victoriano de mala calidad de un museo. Se ha mostrado en un maniquí por muchos años en un mostrador orientado al sureste, a juzgar por la decoloración de la tela. —sacó su celular y mostró la pantalla a Lestrade. —Fue vendido en una venta de daños por incendio hace una semana.

Lestrade cambió su sonrisa por un gesto de total decepción. Rascó su cabeza sintiéndose estúpido.

—Entonces, ¿todo esto es falso?

—Sí.

Sin más qué decir, Sherlock volteó y salió a paso rápido.

—Lucía prometedor. —Greg miró el esqueleto.

—Muy fácil. —dijo Sherlock desde el pasillo.

—¿Por qué alguien se tomaría la molestia de hacer esto? —Lestrade tuvo que alzar la voz para ser escuchado.

—¿Por qué será, John? —respondió el rizado ya escuchándose lejos.

Greg frunció el ceño, Sherlock siempre lo llamaba con diferentes nombres, pero estaba completamente seguro de que jamás se confundiría con el de John. ¿Acaso Sherlock había estado pensando en el rubio todo ese tiempo? Eso explicaría por qué lucía tan distraído y callado.

Lestrade sintió lástima por la situación de su amigo, era claro que mentirle a John sobre su muerte había destruido su relación y ahora estaba pagando las consecuencias por ello.


John despertó acompañado esa mañana, James tenía un brazo sobre su pecho y el rostro junto a su hombro, casi no podía moverse si su intención era no despertarlo. Aquella noche había sido larga, compuesta de una charla donde nunca pudo ser capaz de decirle que no estaba seguro de querer hacer ese viaje. Sí, solo una charla que terminó demasiado tarde como para deja ir a James.

Todavía no sabía qué decidir con respecto a Sherlock, lo amaba, eso lo tenía claro, pero esa mentira aún dolía demasiado como para poder ignorarla. Se sentía tan relegado, de tan poca confianza para el detective, que su mente no encontraba mejor defensa que enojarse. Es decir, disfrazaba el dolor con ira para hacerlo más soportable.

Era tortuoso darse cuenta que no encontraba una explicación que lo convenciera o que le hiciera ver la situación de otra manera, ¿es que acaso no lo había? ¿No había manera de convencerse a sí mismo de que podía perdonar algo tan grave y doloroso como eso?

James amaneció en su departamento porque así lo quiso. No hubo intenciones de ir más allá que una simple compañía, solo quería dormir esa noche sin extrañar el calor del cuerpo de Sherlock a su lado. Nunca se tocaron más que para unos besos y James jamás intentó que las cosas tomaran otro rumbo. Echados en la oscuridad conversaron del viaje, de lo bueno que podría ser para él, de todos los paisajes que verían y todo lo que harían. Conversaron hasta finalmente quedarse dormidos.

Si alguien le preguntaba a John cómo se vería en un par de meses, él no sabría qué responder, se encontraba en la misma encrucijada que años atrás y Sherlock siempre siendo el centro de toda su desdicha. ¿Cómo podría simplemente olvidarlo? Cuando lo creía muerto era más sencillo, porque no tenía otra alternativa. En cambio, ahora, con esa mentira aplastando sus sentimientos, sentía como si debería elegir entre amar sin recibir nada a cambio o defender su propia dignidad.

Claro, su amor era correspondido, pero tal vez el problema era que Sherlock necesitaba de él, más de lo que él mismo necesitaba del rizado. ¿No es ese el peor escenario para una pareja? ¿Que uno de más que el otro y tener que aceptarlo por la única razón de no querer quedarse solo? No era justo, John no tenía por qué vivir así.

—Quiero hacerte feliz. —dijo James al colocarse su abrigo. —Te prometo que lo serás, solo dame la oportunidad. —sacó las llaves de la camioneta justo antes de abrir la puerta. —Ven a mi departamento en la noche, nuestra última cena en Londres antes del viaje. —sonrió. —Solos tú y yo, ¿de acuerdo?

John sonrió de lado.

—De acuerdo. —respondió sin mucha emoción.

—Te espero allá en la noche.

Una sonrisa más, un beso de despedida y John volvía a quedarse solo en su departamento.

Un largo suspiro escapó de sus labios cuando volteó y entonces recordó la sensación de los labios de Sherlock cuando lo besó ahí mismo, frente a la puerta. Cuando sintió los brazos de su expareja rodearlo y presionarlo contra su cuerpo. Todavía recordaba ese amor burbujeando dentro de él, al poder tener otra oportunidad de besar a Sherlock después de tanto tiempo. John todavía sentía querer que eso se repitiera.

Pero sacudió la cabeza negándose a ese recuerdo dentro de su mente, gracias a Dios que todavía tenía que ir al hospital a trabajar, realmente necesitaba tener su mente ocupada para no seguir pensando en Sherlock.


—"The Empty Hearse" es el nombre que tu pequeño club de fans.

Sherlock lucía serio mientras miraba a su hermano, ambos estaban sentados uno frente al otro en la oficina del mayor.

—Intentaron llamar tu atención, no te sientas mal por ellos, son todos idiotas. —Mycroft sonrió.

El rizado no respondió. Aunque sus ojos estaban en el rostro de Mycroft, su mente estaba en John Watson.

—Sherlock, ¿me estás escuchando? —levantó una ceja.

—¿Uh? —parpadeó varias veces. —Sí. Todo fue una farsa. Que interesante. ¿Ya puedo irme?

Mycroft rodó los ojos y suspiró incómodo.

—Traerán tu guion en un momento, no puedes irte.

—No pienso leer nada. —Sherlock se acomodó en la silla.

—No lo leerás; lo repetirás de memoria.

Los dos se miraron hartos de tener que verse las caras más seguido de lo que estaban acostumbrados.

—La familia Brook es muy fácil de manejar y su reputación depende casi enteramente de los medios de comunicación. Si queremos acabar con este problema, solo debes admitir que te equivocaste.

—No lo hice. —respondió serio.

—Acusaste al menor Darrel Brook de haber asesinado a su hermano y este casi comete suicidio por ello. ¿Realmente crees que importa si tu deducción fue absolutamente correcta?

Sherlock gruñó cerrando los ojos con fuerza y tapó su rostro con su mano en un gesto de estrés mental.

Mycroft lo observó un momento en silencio.

—¿Todavía no logras convencer al Dr. Watson? —preguntó.

—Se irá mañana y no sé qué hacer.

—Tomaste el caso de hoy, creí que ya lo habías solucionado.

Sherlock de repente tuvo una idea. Abrió los ojos y miró atento a su hermano.

—¿Puedes cancelar ese vuelo?

—¿Disculpa?

—Cancela el vuelo, destruye el avión, levanta una orden de impedimento de salida del país para James Sholto. Eso me ayudaría.

Mycroft condenó de idiota a Sherlock solo con su mirada.

—No puedo hacer algo como eso, Sherlock.

—Claro que puedes.

—Sin un beneficio político, por supuesto que no.

Sherlock volvió a gruñir y se levantó. Se sentía estresado y terriblemente inquieto.

—Me siento desesperado. Siento que, si no encuentro la manera de acercarme a él, entraré corriendo al aeropuerto para impedir que se vaya.

—O tal vez debas dejarlo ir.

Sherlock frunció el ceño.

—¿Por qué tendría que dejarlo ir? Tú mismo dijiste que si él se iba, lo perdería.

—Y lo harás. —reafirmó el mayor. —El balance de probabilidades no estará a tu favor cuando John haya regresado, eso será seguro. Sin embargo, seguirás teniendo otras oportunidades para seguir intentando arreglar las cosas con él.

—No dejaré que se vaya.

—¿No has considerado en aceptar el hecho de perderlo, Sherlock?

Escuchar eso fue como haber dicho una blasfemia frente a un pastor.

—Yo no voy a perder a John. Ya viví lo que se siente creer eso, no pienso dejar que vuelva a pasar. —dijo molesto.

—Debes admitir que, esta vez, el amor que se tienen no será suficiente para ayudarte.

Sherlock se sorprendió de las palabras de su hermano, prácticamente las mismas de James Sholto.

—Él te ama y es claro que quiere estar a tu lado, pero temo decir que ahora está contemplando la idea de que eso, quizás, no sea lo mejor para él.

—¿Qué quieres decir?

Mycroft suspiró y cruzó sus manos, tenía que ser lo más amable posible con lo siguiente que diría.

—Que hayamos dedicado mucho tiempo y esfuerzo a algo para que funcione, no significa que no podamos abandonarlo.

Sherlock sintió una punzada en el pecho y su mirada se volvió triste.

—Si el Dr. Watson decide que su etapa a tu lado ha terminado, me temo que simplemente tendrás que aceptarlo.

Los hermanos fueron interrumpidos por la puerta abriéndose, era Anthea con unas carpetas en las manos. Mycroft sonrió agradecido cuando las recibió.

—¿Para cuándo está programada la conferencia de prensa? —preguntó el mayor dándole una rápida leída al contenido de los documentos.

—El miércoles de la próxima semana, señor. —contestó ella.

—Muy bien, entonces, aquí tienes. —Mycroft se levantó y extendió las carpetas a Sherlock, quien se mantuvo quieto y silencioso, sin mirarlo. —Sigue manteniéndote en casos pequeños hasta el día de la conferencia. —mantuvo la mano alzada el suficiente tiempo hasta que el rizado finalmente tomara los documentos.

Sherlock no dijo nada, ni siquiera miró el contenido de la carpeta, simplemente lo tomó y volteó para salir de la oficina.

—El vuelo sale en la noche. —dijo el mayor haciendo que el detective se detenga. —Trataré de hablar con el Dr. Watson mañana, no sé si eso pueda ser de ayuda, después de todo, yo fui parte del engaño, pero lo intentaré. Lo prometo.

Nuevamente, Sherlock no respondió, salió de la oficina en silencio sintiéndose agradecido de que, al menos, tenía la ayuda de su hermano.


John salió del hospital directo al supermercado, quería comprar alguna bebida para llevar al departamento de James. Eligió un vino de la estantería, pagó en la caja y cuando menos se lo esperaba, ya estaba en la calle esperando un taxi. Sentía que se pasaba el tiempo en piloto automático, sin pensar demasiado en su alrededor, ni prestar atención a lo que sucedía, él simplemente cumplía con lo que tenía que hacer.

La tranquilidad del viaje en el taxi no fue de mucha ayuda, sus pensamientos sobre lo que se decía de Sherlock en la televisión reinaba en su mente. Lo había visto esa tarde mientras almorzaba con Sarah en la cafetería, la familia Brook no había perdido el tiempo en acaparar los medios aprovechando el regreso del detective.

John había intentado ignorar todo eso poniendo de excusa el hecho de no estar más involucrado con Sherlock Holmes, pero no funcionó. No importaba si no eran pareja, o solo eran amigos o enemigos, él siempre se preocuparía por él.

Cuando llegó a la residencial y fue anunciado antes de ingresar, intentó ponerse como meta el concentrarse solo en James y en la cena. No creía poder cumplirlo, pero teniendo a su pareja hablándole y distrayéndole, tal vez lo lograría.

—No era necesario. —dijo James luego de recibir el vino en sus manos.

—Quería traerlo. —contestó John.

El departamento olía bien, la comida estaría lista en pocos minutos, eso hizo que John se sintiera ligeramente animado. Cenaría algo delicioso esa noche.

James traía esa sonrisa amable y cariñosa todo el tiempo, como si entre ellos todo estuviera bien y perfecto, como si Sherlock nunca hubiese regresado y una vida juntos fuera algo completamente evidente para los dos.

—Hoy dejé todo ordenado en el trabajo. —comentó James al ver que la cena transcurría en silencio.

John asintió con una sonrisa.

—Yo empalmo mañana mismo, lo pedí con muy poco tiempo de anticipación. —respondió el más bajo.

—Sí, me lo dijiste. Lo siento. —la mano de James acarició la de su pareja. —Pero conseguiste las vacaciones adelantadas, así que. —se encogió en hombros y mostró una sonrisa divertida.

John sentía que debía responder a esa caricia, pero esa noche no se sentía muy dispuesto, así que solo dio un ligero apretón y luego tomó la copa de vino para disimular.

—¿Te gusta? —dijo alzando la copa.

Tal parece que funcionó, porque James asintió de inmediato y tomó la suya para beber un poco.

—Acompaña muy bien a la comida.

El rubio asintió nuevamente.

Maldita sea, después de tanto tiempo en donde ellos hablaron durante largas horas y disfrutaron de la compañía del otro, ¿ahora no había tema de conversación? John no dejaba de sorprenderse del increíble impacto que Sherlock tenía en su vida, el detective llegaba y todo, así como así, cambiaba, se volvía en otra completamente diferente.

—¿Te quedarás esta noche?

Y esa pregunta le causó escalofríos a John, porque no era la misma petición que él le había pedido la noche anterior. Esa pregunta implicaba más allá que simple compañía, su significado lo llevaba implícitamente hacia un encuentro íntimo entre ellos.

John simplemente sonrió fingiendo diversión, una respuesta ambigua, sin decir sí ni no. James no se sentiría rechazado, pero tampoco tendría una respuesta clara, eso le daba tiempo a John para que, cuando la misma pregunta regrese, él haya podido pensar en la mejor manera de negarse.


Sherlock cerró la puerta del 221B detrás de él y caminó directo a las escaleras, durante el viaje en taxi, estuvo leyendo los documentos que Mycroft le había entregado. Todo lo que la familia Brook había declarado, todo lo que eso implicaba y absolutamente todo el dinero que Mycroft ofreció para que dejaran en paz la imagen de su hermano.

Para ser completamente honestos, sí, Sherlock había cometido un error y eso casi le costó la vida al gemelo que vivía, pero lo que la ambiciosa familia hacía era nada más que aprovechar la situación para permanecer en los medios de comunicación y agrandar su fama. Ya que esta, al final de cuentas, llenaba sus bolsillos de alguna manera.

El rizado no tenía cabeza para eso esa noche, solo quería cambiarse y sentarse en su sofá frente a la chimenea, tal vez se le pueda ocurrir alguna brillante idea para arreglar las cosas con John.

Sin embargo, algo lo detuvo justo al pisar el primer escalón. Ese olor no le fue indiferente, es más, no podía resistirse del todo. Así que desvió su camino directo a la Sra. Hudson en su cocina, quien sacaba galletas de jengibre de su horno.

Asomó la cabeza lentamente para verla y lo sorprendió encontrarla levantando varias galletas del suelo.

—¿Sra. Hudson? —preguntó extrañado.

—¡Oh, querido! —ella lo miró y saltó del susto.

—Lo siento, no quise asustarla. ¿Qué pasó?

Sherlock se sacó los guantes y se acercó a ella para ayudarla a levantar las galletas que quedaban.

—Que torpe, casi se me resbala la bandeja cuando lo saqué del horno. —ella lucía algo avergonzada.

—No importa, yo puedo comerlas si no las quiere. —Sherlock mordió la última que tomó del piso. Luego hizo un pequeño gesto de dolor, todavía estaba caliente.

—Oh, Sherlock, no hagas eso. —reprochó divertida. —Esperaba que tuvieras hambre, estoy segura que no almorzaste otra vez.

Sherlock asintió mientras masticaba y tomaba dos galletas más de la bandeja.

—Con té estaría bien. —dijo con la boca llena.

La Sra. Hudson sonrió y dejó que tomara una galleta más antes de retirarse.

—¿Hablaste con John hoy? —preguntó antes de que Sherlock desapareciera detrás de la puerta.

—Lo intentaré mañana.

La voz de Sherlock se oyó triste, ella pudo darse cuenta de ello, pero no dijo nada.

Sherlock subió las escaleras tomándose su tiempo escalón tras escalón, devorando las galletas tan rápido que cuando estuvo adentro del departamento, masticaba la última de ellas. Sacudió sus manos rápidamente para luego sacar la doblada carpeta del bolsillo interno de su saco, la colocó sobre la mesa y segundos después también sus guantes.

Cuando estuvo por quitarse el saco, escuchó un fuerte sonido en el primer piso. Parecido a un golpe seco y al mismo tiempo un sonido metálico.

—¿Sra. Hudson?

Preguntó asomándose desde la entrada de su departamento. Esperó unos segundos y al no recibir respuesta, una alarma se encendió en su cabeza. Bajó a paso rápido las escaleras y entró a la casa de la anciana. Sherlock no había reaccionado tan rápido en su vida, él corrió hacia la Sra. Hudson quien yacía en el piso con la bandeja y las galletas esparcidas a su lado.

El rizado la tomó entre sus brazos con cuidado para intentar despertarla.

—¡¿Sra. Hudson?! ¡¿Sra. Hudson, puede oírme?!

Ella entonces abrió los ojos lentamente.

—¿Puede oírme, Sra. Hudson? —insistió él.

—Dios mío… —susurró la anciana. —Estoy bien.

—Debe ir al hospital.

—¿Qué?

—Llamaré a la ambulancia.

La Sra. Hudson lucía algo confundida, tal vez porque no estaba segura de lo que había ocurrido. El desmayo que sufrió no duró mucho tiempo, pero a Sherlock no le importó, tenía que haber una razón para eso y no estaría tranquilo si ella no era atendida por un médico.

Él sabía cuánto le tomaría a la ambulancia en llegar a Baker Street, ocho minutos o diez si consideraba un tráfico todavía más lento a esa hora de la noche. Así que, si llamaba a Mycroft, una ambulancia de su parte llegaría en el mismo rango de tiempo, pero la diferencia estaba en que la Sra. Hudson sería atendida mucho más rápido en la clínica privada, ya que entraría directamente por orden de su hermano.

Sacó su teléfono y llamó, aún tenía a la anciana sosteniéndola con su brazo.

—Mycroft, envía una ambulancia a Baker Street, ahora.

—¿Qué ocurre?

—¡Que la envíes ahora, maldita sea! ¡Ahora!

La ambulancia llegó en nueve minutos, tiempo que Sherlock estuvo con la señora Hudson vigilando su estado, luego de sentarla en la silla y sacarle hielo para el golpe en su cabeza. La anciana ya estaba consciente e insistiendo que no era necesario llevarla a emergencias, cuando la ambulancia llegó, pero él sabía que la salud de su amiga era delicada, así que ese incidente no se podía dejar pasar.

El rizado no dudó en subirse a la ambulancia junto con los paramédicos para acompañarla a la clínica, él no sería capaz de dejarla sola ahora. Recibió la llamada de su hermano durante el camino y fue cuando le explicó lo sucedido, una conversación corta que continuaría en persona dentro de la clínica.

Sherlock tuvo una reflexión mientras veía a la Sra. Hudson ser atendida, sintió miedo de que ese sea solo el comienzo de un declive notorio en la salud de la anciana, un declive que finalmente la llevase a dejarlo. Sonaba muy exagerado y demasiado pronto, pero Sherlock no pudo evitar pensarlo, pues verla en el piso inconsciente realmente lo había afectado.

¿Qué pasaría si ella ya no estaba?

Un dolor en su pecho se hizo presente y una sensación de tristeza lo inundó y, entonces, pensó en John y en lo que él debió sentir al verlo caer al vacío, todo lo que tuvo que pasar en esos dos años con la tristeza y la soledad sobre él. Sherlock agachó la cabeza y, por primera vez, pudo entender lo muy hijo de puta que había sido al decidir que era mejor ocultarle la verdad a John, sin importarle realmente todo lo que sufriría por ello.

Una vez que la Sra. Hudson desapareció detrás de las anchas puertas en medio del pasillo de la clínica, Sherlock se sintió repentinamente solo. Victor Trevor vino a su mente, esa soledad que ahora sentía era muy parecida a la que vivió cuando supo de la muerte de su amigo. ¿Qué sería de él si perdiera a la Sra. Hudson? Sin John y sin ella, vivir en el departamento no parecía tener ningún sentido para él.

Sin nada qué hacer por ese momento, lo único que le quedaba era esperar, así que se sentó en el sofá de la pequeña sala de espera y aguardó la llegada de su hermano.

—John.

Susurró y sin dudarlo, sacó su teléfono. No era la excusa que estaba buscando para atreverse a llamarlo, pero la señora Hudson era tan cercana y querida a John como lo era con él, por lo que sabía que el rubio estaría interesado en saber de lo ocurrido.

El teléfono sonó y sonó, pero John no contestaba.

—Maldita sea, contesta. —susurró molesto.

Intentó dos veces más y tampoco obtuvo respuesta. No era demasiado tarde como para que John estuviera dormido, ¿verdad? Miró su reloj, definitivamente no era así de tarde. ¿Estaba con James Sholto entonces o simplemente no quería contestarle? Sherlock gruñó y restregó su rostro con sus manos, su cabeza fácilmente le mandaba ideas desagradables y perturbadoras de lo que James podría estar haciendo con John mientras él intentaba comunicarse.

Sherlock se rindió con las llamadas al cabo de quince minutos, momento en el que Mycroft entraba entrando por el pasillo acompañado de Greg Lestrade.

—¿El doctor se ha acercado? —preguntó Mycroft.

—¿Cómo está? —preguntó Greg.

El rizado negó con la cabeza.

—Solo me dijeron que esperara. ¿Por qué demoraste tanto?

—Me dijiste que la Sra. Hudson estaba mal, tenía que hacer unas llamadas para permitirle tener una atención especial. Además, su familia también tenía derecho a enterarse.

—Solo tiene una hermana y ya no vive en Inglaterra.

—Sí, ahora lo sé. —respondió Mycroft.

Lestrade se sentó al lado de Sherlock.

—¿Llamaste a John?

—No me contesta.

Greg y Mycroft se miraron por un segundo, hace pocas horas atrás que el inspector por fin se había enterado a detalles sobre la actual situación entre Sherlock y John.

—Si quieres yo lo hago, pero no estoy seguro, no me ha contestado las llamadas por dos años.

Mycroft se sentó frente a ellos.

—Inténtalo después, Sherlock. Estarás aquí, tal vez, hasta que amanezca.

—¿Está con él? —preguntó Sherlock. —¿Están en su departamento?

—¿Por qué tendría que saberlo?

—Dime si está con él o no.

Sherlock sonó molesto, sus ojos mandaban una seria mirada a su hermano. Lestrade miró con reproche a Mycroft haciendo que este luciera incómodo.

—Me reportaron que John está en el departamento del comandante Sholto. Al parecer, tenían una cena juntos, el doctor llevó una botella de vino.

El rizado se levantó de inmediato, los celos estaban quemándolo debajo de su piel como agua hirviendo. Su cuerpo le estaba pidiendo a gritos que salga de la clínica para ir a esa maldita cena, detenerla y llevarse a John, no sin antes haberle cobrado a James cada golpe que le dio años atrás.

Pero sus pasos simplemente lo dirigieron al baño, donde se recostó sobre el lavabo para intentar calmarse. ¿Cuánto tiempo soportaría estar así? ¿Alguna vez sería capaz de aceptar que John ya no quería estar a su lado?


John se despertó al sentir su teléfono vibrar en sus manos. Era Sherlock otra vez.

—¿Por qué no apagas el teléfono?

Comentó James, quien tenía su brazo rodeando a John sobre sus hombros.

Luego de cenar, se sentaron en la sala para ver una película. El teléfono de John había estado sonado una y otra vez, tanto que decidió colocarla en vibración. James no había dicho nada al respecto, pero luego de que el teléfono sonara demasiadas veces, no pudo evitar pedirle a su pareja que lo ignorara y que simplemente disfrutaran de ese momento juntos.

John debía admitir que le parecía muy extraño aquella insistencia, sin embargo, aunque la idea de una emergencia vino a su mente, creyó que solo era Sherlock tratando contactarse con él otra vez, debido a su pronto viaje.

Pero, demonios, eran muchas llamadas y Sherlock sabía cuándo dejar de insistir.

—Ha estado llamando toda la noche. Voy a contestarle.

James entonces lo retuvo con el brazo que lo rodeaba.

—No tienes que hacerlo. —dijo serio. —No tienes nada que hablar con él.

John frunció el ceño y recordó la típica actitud dominante que Sherlock solía tener con él en ocasiones.

—No es común que insista de esa manera. —el teléfono dejó de vibrar.

—Solo quiere arruinar nuestra cena.

—Él no sabe que estoy aquí. —contestó molesto.

—Ten por seguro que su hermano ya se lo dijo. Apaga el teléfono.

A John definitivamente no le gustó la manera en que James se estaba comportando. Era la primera vez que pasaba, pero eso no quería decir que no diría nada al respecto.

—Sherlock no es el único que puede arruinar esta noche, ¿sabes?

John se levantó molesto con el teléfono en su mano.

Al ver el enojo en su pareja, James se arrepintió inmediatamente de sus palabras.

—John, lo siento. —dijo apenado. —No quise molestarte.

—Olvídalo.

—John. —insistió.

El teléfono volvió a vibrar, era Sherlock otra vez.

—Le contestaré para estar seguro de que no sea alguna emergencia. Si no lo es, le pediré que deje de llamar. ¿Tengo que darte más explicaciones?

James bajó la mirada sintiéndose avergonzado y ocultando su molestia por eso. Realmente odiaba que Sherlock todavía pudiera entrometerse entre ellos.

—¿Qué demonios te pasa? —contestó John. —¿No has visto la maldita hora que es?

Sherlock se quedó callado por un momento, su mente traicionera le mostraba infinidades de situaciones que lograban perturbarlo fácilmente.

—La Sra. Hudson ingresó a emergencias. He intentado avisarte desde hace casi dos horas, ¿acaso interrumpo algo?

—¿Qué? —John no hizo caso a la sarcástica pregunta. —¿Dónde está?

—Health & Wellness Private Clinic.

—Maldita sea, es muy lejos. —susurró mientras buscaba sus cosas con la mirada. —Voy para allá.

Colgó la llamada y rápidamente tomó su abrigo que colgaba al lado de la puerta.

—¿Qué pasa? ¿A dónde vas? —preguntó James totalmente alarmado.

—La Sra. Hudson, mierda, la Sra. Hudson está en emergencias, debo ir a verla.

—Espera, es muy tarde, yo te llevo.

James se levantó de un salto y apagó el televisor. John no se opuso, se acomodó el abrigo y tomó su maleta. Tres minutos después, ambos salieron directo al estacionamiento.

—Maldita sea, ella me había dicho que se había sentido mal este año. —comentó John.

—Tranquilo, ella estará bien.

James volteó la esquina con rapidez, maniobrando con destreza el volante.

—Si no la hubiera abandonado por dos años, ella habría tenido un seguimiento con sus problemas al corazón.

—No, John. —dijo serio James. —No puedes culparte por esto.

—¡Yo era su médico personal! ¡Seguí su estado de salud por años!

—¡Pero las cosas cambiaron! ¡Nadie podía obligarte a quedarte! Deja de culparte por algo que no hiciste a propósito.

Por supuesto que lo hizo a propósito, pensó, él se fue de Baker Street sabiendo que quizás no regresaría. Pudo haberla llamado o visitarla seguido para saber de ella, pero nunca lo hizo.

Sintió la mano de James tomando la suya, un gesto de apoyo que él agradeció en silencio, pero no correspondió, simplemente volteó su mirada hacia la ventana.


—Ella estará bien, pero debe quedarse esta noche.

—¿Estás seguro que no es necesario que vaya ahora?

—Puedes venir si quieres, pero ella estará dormida en poco tiempo.

—De acuerdo, apenas termine mi turno en la mañana, iré a verla. Estaré con ella temprano.

—Está bien.

Molly sonó muy preocupada cuando Sherlock la llamó hace casi cuarenta minutos atrás, él tuvo que entrar en razón con ella para que no dejara su turno en el trabajo. La Sra. Hudson estaba fuera de peligro, así que no era tan necesario que esté presente. Ahora había recibido una llamada de su parte para saber si había alguna mejoría, Sherlock se sintió afortunado de dar buenas noticias a su amiga.

Guardó su teléfono y caminó de regreso a la sala de espera, acababa de salir de ver a la Sra. Hudson en su habitación donde le habían dado solo quince minutos para hablar con ella. La anciana seguía avergonzada por lo ocurrido, pero agradecida por la ayuda.

—¿De todas maneras Molly no vendrá? —preguntó Lestrade.

—No, estará aquí en la mañana. —se sentó en el sofá.

—La Sra. Hudson debe descansar, es mejor que no reciba más visitas. —comentó Mycroft.

—Me dijo que quería ver a John cuando llegue. No querrá dormir hasta que lo vea.

Mycroft miró su reloj.

—Ha pasado casi cuarenta minutos. ¿Estás seguro que vendrá? —preguntó el mayor.

—Lo hará. —afirmó Sherlock.

Fueron diez minutos más lo que Sherlock esperó hasta ver a John acercarse a paso rápido por el pasillo. James caminaba detrás de él, algo que lo incomodó demasiado, ese era un momento que solo a John y Sherlock le pertenecía, ese tipo estaba sobrando ahí.

—John. —llamó Lestrade.

—Greg.

John se sintió avergonzado, no había visto a su amigo en dos años. Ni una llamada, ni una visita, lo había ignorado por completo.

Lestrade se acercó a John y lo abrazó con fuerza, sonando la espalda del rubio con una palmada amistosa.

—Que gusto verte, hombre.

—Lo lamento. —respondió John. —No debí…

Se separaron y Greg lo interrumpió de inmediato.

—Cierra la boca. Después me tendrás que explicar qué demonios hiciste en dos años sin beber una cerveza conmigo. Maldito patán.

Las risas se escucharon haciendo que todos, incluyendo Mycroft, sonrieran contagiados de la pequeña felicidad del encuentro de dos amigos.

Claro, excepto Sherlock.

—Bien, eh.

Lestrade miró a James y se le escaparon los ojos hacia la gran cicatriz en su rostro.

—Mayor James Sholto. —estiró su mano ignorando la mirada curiosa del inspector. —Mucho gusto.

—Greg Lestrade. —saludó tomando la mano con firmeza.

John miró a Mycroft y este, un poco incómodo lo saludó.

—Dr. Watson.

El rubio no respondió y cuando vio a Sherlock tampoco saludó. Los dos hermanos cómplices de una mentira que lo condenó por dos años. Había mucho de qué hablar, mucho qué aclarar, pero prefirió ignorarlos, al menos por ahora, porque en él reinaba la preocupación por la Sra. Hudson.

—¿Dónde está? —preguntó John a Greg.

—Segundo pasillo a la izquierda, habitación nueve. —respondió rápidamente Sherlock. —Te acompaño.

—No, iré solo.

John no dijo más y caminó a paso rápido sin mirar atrás.

James se quedó con la palabra en la boca, quiso preguntarle al rubio si quería que vaya con él, pero verlo alejarse sin decirle nada le hizo preguntarse si recibiría la misma respuesta que recibió Sherlock, y la verdad quería ahorrarse momentos incómodos, suficiente tenía estando ahí.

Greg se sentó al lado de Mycroft.

—Buenas noches. —saludó James al mayor de los Holmes.

—Comandante. —Mycroft asintió respetuosamente con la cabeza.

Luego rodeó los asientos pasando frente a Sherlock (quien claramente lo estaba ignorando) y se sentó en el sofá más lejano del grupo. Metió las manos en su abrigo y se acomodó sabiendo que pasaría un buen rato en ese lugar.

Mientras, la puerta de la habitación se abrió y la Sra. Hudson no sonrió hasta ver esos dos ojos azules mirarla con preocupación.

—Oh, Dios, Sra. Hudson.

Un amoroso abrazo rodeó a John, uno largo y fuerte como los que alguna vez sintió por parte de su madre.

—Jesús, ¿qué le ocurrió?

John tomó rápidamente la silla para juntarla a la cama. La anciana negó con la cabeza luciendo avergonzada.

—No sé qué me pasó. —dijo con angustia. —Me sentí mareada cuando saqué las galletas del horno y se me cayeron.

—¿Ahí se desmayó? ¿En la cocina sacando galletas del horno? Oh Dios… —el rubio sonó muy alarmado.

—No. Sherlock llegó cuando las recogía. ¿No lo has visto?

—Sí, está en la sala de espera, pero no hablé con él.

La Sra. Hudson mostró una mirada triste y tomó la mano de John.

—Habla con él, cariño.

John no quería hablar de eso, así que intentó desviar el tema.

—Lo hice, pero las cosas están… —apretó los labios y se encogió en hombros en un gesto de confusión. —No lo sé, necesito tiempo, es todo. Ahora dígame qué fue lo que le ocurrió, saliendo de aquí hablaré con el doctor que la atendió. La enfermera solo me dio quince minutos.


—Iré a verla. —Sherlock se levantó.

—La enfermera dijo una visita a la vez. —dijo Lestrade.

—Eso no importa.

Mycroft rodó los ojos, los celos de Sherlock parecían convertirlo en un chiquillo inmaduro.

—No seas egoísta, Sherlock. —dijo Mycroft haciendo que su hermano se detenga. —Deja que John y la Sra. Hudson conversen en privado, tú ya tuviste tus minutos con ella, pronto deberá descansar.

Sherlock entendió el doble sentido de esas palabras: No causes problemas donde no debes.

El rizado no contestó y continuó su camino.

—Sherl-…

—Debo ir al baño. —interrumpió el detective sin detenerse.

Mycroft suspiró y Lestrade simplemente se reservó sus comentarios observando a Sherlock alejándose por el pasillo.

—Creo que es hora de retirarnos.

—No, espera. —dijo Greg. —Que salga John, no lo he visto en dos años.

—Podrás reunirte con él en unas horas.

—Si te vas, te irás en taxi a tu departamento.

Mycroft hizo un gesto de molestia acomodándose en su sitio.

—No me voy a demorar. —comentó Greg.

James observó todo disimuladamente y en total silencio. No era bienvenido, eso era claro, pero tenía que esperar a John para irse con él, no pensaba dejarlo solo sabiendo que Sherlock se quedaría también.

Cuando el rizado finalmente se perdió doblando el pasillo, James se sintió un poco más relajado. Estar cerca del detective se sentía como esperar algún tipo de ataque en cualquier momento, no físico exactamente, sino verbal. Sherlock sería capaz de joderle la noche con una o dos palabras y, con la tensión del viaje a pocas horas, James no estaba seguro de que pueda portarse de manera civilizada como lo había hecho hasta ahora.

Sherlock había mentido, no estaba en el baño ahora, estaba en la azotea de la clínica fumando un cigarrillo. La tercera ya, aspiraba tan hondo que en pocas caladas los terminaba. No podía evitarlo, se sentía ansioso y molesto.

—Mierda. —susurró botando el humo de su boca.

Tal vez no era muy maduro de su parte comportarse así, pero ¿qué podía hacer si John era su punto de quiebre? No era fácil para saber que el hombre que amaba y con quien estuvo a punto de casarse, le ofrecía su amor a otra persona que no era él. Sherlock se sentía enfermo de solo imaginarlo.

Le dio la última calada al cigarrillo entre sus dedos y lo dejó caer. Sin pensarlo, sus manos sacaron la cajetilla de su bolsillo, esa que se vio obligado a comprar luego de encontrar su reserva escondida por dos años, arruinados por el paso del tiempo. Pero se detuvo, sería el cuarto en menos de diez minutos. Su cuerpo había pasado por una rehabilitación, tenía que ser consciente que incluso solo un cigarrillo ya era una pésima idea.

Lo guardó para luego suspirar hondo, el aire frío de la noche de Londres inundó sus pulmones. Sería capaz de volver a pasar todo lo que vivió en esos dos años, con tal de que John lo recibiera entre sus brazos otra vez, pensó, ojalá el rubio pudiera entender eso.

Escuchó la puerta abrirse, pero no volteó, quizás era alguien de mantenimiento. Si le pedía que bajara, no importaba, de todas maneras, ya había cumplido con su cometido fumando un rato a solas.

No fue hasta que aquella persona entró en su vista periférica, cuando se dio cuenta de que no era una grata compañía. James Sholto estaba varios metros lejos de él, tenía un encendedor en la mano y un cigarrillo en el otro, el cual encendió en un par de segundos.

Un encuentro desafortunado para ambos.

—No sabía que estabas aquí. Yo tampoco estoy cómodo con verte. —dijo James luego de dar una calada.

Sherlock alzó una ceja y volteó el rostro para ignorarlo.

—Imbécil. —susurró, pero no tan bajo que digamos.

James lo miró serio, obviamente lo había escuchado, pero no pronunció palabra, no tenía humor para lidiar con las pataletas de un idiota. Volvió su vista a la ciudad.

Un breve silencio se hizo presente por un momento. James esperaba que Sherlock bajara pronto, las colillas en el piso le decían que el rizado ya no tenía nada más qué hacer ahí.

Bueno, así ocurrió, el detective dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

—No dejaré que John pise el aeropuerto mañana. Tenlo por seguro.

Pero se detuvo a medio camino para decir eso con la misma seguridad de su propia existencia.

James exhaló el humo lentamente, luego golpeó el cigarrillo con su pulgar para dejar caer las cenizas al piso.

—No voy a iniciar una discusión contigo, no estoy de humor.

Ambos se daban la espalda, no necesitaban mirarse para desafiarse el uno al otro.

—¿Qué ocurre? ¿John no luce muy interesado en el viaje?

Eso tocó la herida en James, quien suspiró incómodo ante las preguntas. Pero no estaba dispuesto a darle el gusto de verlo enojado.

—John me dijo hoy que tiene sus maletas listas. —dio otra calada. —Quiere estar listo a tiempo. —botó el humo lentamente.

—Oh, no hay problema. Yo puedo ayudarlo a desempacar. —Sherlock sonrió de lado.

James rio divertido, se notaba que Sherlock siempre amaba tener la última palabra en la conversación.

—¿Sabes? Lamento que John haya llegado tan tarde a ver a la Sra. Hudson, fue mi culpa.

Sherlock frunció el ceño entendiendo el doble sentido de lo que había escuchado.

—Tuvimos una cena en la que John llevó un vino y luego vimos una película que él eligió. No contestó tus llamadas en ese tiempo porque no quería hablar contigo y si lo llegó a hacer, fue porque tu insistencia era demasiada molesta. —le dio una larga y profunda calada a su cigarrillo para finalmente tirarla al piso.

Los dos voltearon para verse finalmente cara a cara.

—No tienes derecho a meterte en lo que John decida hacer o no. Le ofrecí un viaje y él aceptó. Deberías dejar tu narcisismo a un lado y permitir que disfrute de su vida ahora.

Entonces, Sherlock observó a James de pies a cabeza y volvió a pensar en todo lo que John tuvo que pasar en los dos últimos años. Todo el sufrimiento, toda la soledad, todo por su mentira. Algo en él se calmó, ese animal celoso que se retorcía desapareció para dar paso a una actitud más calmada y serena.

Mycroft siempre, maldita sea, siempre tenía razón, no debía ver a James como el problema, sino a las heridas que ocasionaron su propia mentira. James Sholto lucharía por el rubio al igual que él lo haría y eso era comprensible, pues el amor de John Watson siempre valía el sacrificio.

—Cometí un error en mentirle sobre mi muerte. —dijo Sherlock. —Y tal vez no logre que me perdone pronto o nunca, pero sea como sea que termine esto, John no se quedará a tu lado.

James vio un cambio en la actitud de Sherlock, este ya no sonaba sarcástico o apunto de insultarlo como un adolescente y agarrarlo a golpes. No, este era más reflexivo y sincero.

—Mientras siga teniendo la oportunidad de volver a recuperar el corazón de John, seguiré intentándolo. —continuó el detective. —Eso es algo que los dos haríamos por él, ¿no es así?

James bajó la mirada por un momento, pensando en el rumbo de esa conversación. Si Sherlock quería hablar de hombre a hombre, él estaba de acuerdo.

—Cuando conoces a la persona correcta y gracias a ella tu vida de pronto tien-…

—Tiene un propósito. —se adelantó Sherlock.

Sholto asintió.

—Sí, de pronto tiene un propósito, es muy difícil dejarlo ir, porque tu felicidad se iría con esa persona.

Sherlock guardó silencio, no tenía argumentos en contra de eso y mucho menos algo más para decir acerca de tal absoluta verdad.

—Creo que tú y yo somos muy similares. —dijo James.

—Lo somos.

—Entonces, también crees que hay un momento apropiado para rendirse, ¿verdad?

—Por supuesto.

James volvió a asentir lentamente.

—Te diré esto, Sherlock, cuando llegue el momento, seas tú, sea yo o ninguno de los dos, aceptaremos la decisión de John. Sin más peleas, sin más insistencias.

Sherlock sintió un ligero miedo ante eso, su mente simplemente no podía aceptar la idea de dejar ir al amor de su vida, pero sabía que toda la situación no se trataba de él, sino de John.

—John merece ser feliz, aunque eso signifique que no esté con ninguno de los dos. —respondió Sherlock. —Ya le causé demasiado sufrimiento, no quiero hacerle más daño.

—No. —James sonrió sintiendo una repentina empatía con Sherlock. —Nunca quisiste hacerle daño, solo… —se encogió en hombros. —Solo cometiste un error.

Sherlock admiró al hombre frente a él y eso, si debía admitirlo, fue lo más maduro que había hecho en toda su vida. Recibiría unas palmaditas en la espalda por parte de su hermano si estuviera presente.

El rizado sonrió y luego volteó dispuesto a bajar las escaleras.

—Será mejor que sacudas tu ropa, John odia las cenizas de los cigarrillos.

Sherlock finalmente desapareció detrás de la puerta.

James miró su pantalón logrando ver algunas cenizas en su pierna derecha y parte de su zapato, no pudo evitar sonreír divertido por eso.


La enfermera abrió la puerta luego de dar dos suaves tocadas.

—Buenas noches. —sonrió. —La paciente necesita descansar.

—Oh, está bien. Gracias.

La enfermera se retiró amablemente confiando en que no tendría que volver a pedirlo luego de un momento. John se levantó y colocó la silla en su lugar.

—John, querido.

La Sra. Hudson estiró su mano hasta que el rubio la tomó

—Solo déjame decirte una cosa más.

John había tenido una charla complemente reflexiva con ella, lo que comenzó como una conversación sobre el incidente, terminó en las razones del porqué Sherlock merecía ser escuchado y, de ser posible, perdonado.

La verdad era que se sentía decepcionado, no había escuchado algo diferente a lo que ya le habían dicho o sabía, aún no encontraba ese algo que le ayudara a inclinar la balanza. Amaba a Sherlock con toda su alma, pero también se sentía herido y traicionado con la misma intensidad.

—La decisión es solo tuya, no dejes que sentirte obligado a algo, sea lo que te haga decidir.

—Lo sé. —él asintió.

—Y siempre recuerda esto: No importa si es muy doloroso, los errores merecen perdón, pero no el daño provocado con malicia, porque quien es malicioso nunca comete errores, solo lastima. Y a veces, querido, los que cometen un error por amor, son los que más sufren, ya que son más conscientes de la culpa que tienen.

John frunció levemente el ceño, esas palabras llegaron a su corazón más que cualquier otra cosa en la conversación.

—Entonces, un error hecho por amor merece ser perdonado, ¿verdad?

—Supongo que… —el rubio suspiró.

— Si no hay malicia detrás de un error, entonces puede ser perdonado, querido. —sonrió ella.

¿Eso era lo que John estaba buscando? No estaba seguro, pero esas palabras definitivamente movieron algo dentro de él.

—Se lo agradezco, Sra. Hudson.

John abrazó a su amiga y luego recibió una hermosa sonrisa de despedida. Un minuto después, finalmente cerraba la puerta detrás de él.

Se sentía conmovido, tenía que reconocerlo, aquella explicación le estaba dando la oportunidad para reconsiderar su relación con Sherlock. Bueno, todavía tenía que meditarlo, pero ahora tenía una nueva perspectiva de la situación.

Encontró a la enfermera aproximándose en el pasillo.

—Disculpe, ¿el doctor que atendió a la paciente de la habitación nueve, estará muy ocupado? Me gustaría hablar con él. Soy el Dr. Watson, era médico personal de la paciente, solo quería conversar sobre su estado, es una amiga mía muy cercana.

La joven miró su lista de pacientes, ella estaba haciendo las visitas rutinarias, por lo que traía la información de cada uno.

—Oh, la paciente. —mencionó ella.

John miró disimuladamente la lista, logrando ver el nombre de Mycroft en él.

—Permítame un minuto y se lo comunicaré. Por favor, vaya a la sala de espera.

—Es muy amable, gracias.

El rubio levantó las cejas sintiendo una ligera y momentánea sensación de superioridad por ser el conocido de una persona con influencia.

Los errores se perdonan, pero no el daño provocado con malicia.

Esas palabras volvieron a su mente e inevitablemente pensó en Sherlock. La mentira del detective es un error sin malicia, ¿verdad? Pensó y la respuesta prácticamente se respondió sola.

—¿Hablaste con ella? —preguntó Lestrade

John sacudió la cabeza dejando de lado sus pensamientos, ya había llegado a la sala de espera.

—Sí. Parece estar mejor, pero pedí hablar con el doctor. Solo quiero que me diga los detalles, conozco el historial de la Sra. Hudson, así que podría discutir un par de cosas con él.

—Creo que es hora de retirarnos. —Mycroft se levantó.

El rubio frunció el ceño al darse cuenta que, tanto James como Sherlock, no estaban. Entonces, volteó hacia el pasillo para buscar con la mirada a James, pero sus ojos cayeron precisamente en los del detective, quien venía acercándose a paso lento.

John no se sentiría un poco nervioso, si no fuera porque el rizado se detuvo justo a su lado, bastante cerca para ser dos personas sin una relación sentimental de por medio.

—¿Te quedarás? —preguntó Mycroft a Sherlock.

El rizado miró rápidamente a John y luego a su hermano.

—Creo que sí.

John aprovechó a alejarse de Sherlock cuando vio a Lestrade acercarse a él.

—¿Me vas a contestar las llamadas ahora? —preguntó el inspector.

—Sí, demonios, lo siento. —se excusó con vergüenza. —Salgamos por una cerveza o algo.

—Hay partidos importantes este mes. Vamos a un bar cuando-… —el inspector se detuvo por un momento, no sabía qué tan correcto sería mencionar el viaje, estando Sherlock presente. —Cuando tengas tiempo.

—De acuerdo.

También fue algo incómodo para John, especialmente al darse cuenta que los detalles de sus problemas ya eran sabidos por su amigo, a pesar de que él no había dicho ninguna palabra al respecto.

—No tengo que repetir que este no es el lugar adecuado para hacer un escándalo. —dijo Mycroft acercándose a su hermano.

—Intentaré hablar con él, tal vez solo tenga esta noche. —contestó Sherlock bajando un poco el volumen de su voz.

—Controla tus emociones, si puedes.

Mycroft volteó para mirar a Lestrade, quien, al verlo, terminó la conversación con John rápidamente.

—Debo irme. Te voy a llamar. —dijo Greg con una seria mirada.

John rio divertido para luego despedirse de Lestrade con un fuerte abrazo.

—Doctor Watson.

Mycroft inclinó la cabeza en respetuosa despedida, John hizo lo mismo y finalmente ambos hombres se alejaban caminando por el pasillo.

El rubio se sentó en el sofá y miró su reloj, ¿dónde demonios se había metido James? Se sentía incómodo estando solo con Sherlock, no precisamente porque le molestara su presencia, sino por la misma situación que estaban atravesando, las cosas todavía eran muy tensas entre ellos.

Un minuto después de que se hubiese acomodado en el sofá, Sherlock se acerca para sentarse a su lado, un acto que le aceleró ligeramente el corazón. Esas largas manos que alguna vez besó con tanto amor, se movían nerviosas en las piernas del rizado, tratando de controlarse para no acabar sobre las suyas.

A pesar de sonar imposible, a Sherlock realmente le gusta el contacto físico. No con todos, obviamente, él siempre guarda su distancia con las personas a su alrededor y prefiere mostrar su afecto (si se podría llamarlo así) nada más que con palabras. Pero eso cambiaba con John, Molly o, incluso, con la Sra. Hudson, pero era evidente que con el rubio era mucho más intenso.

Con John, Sherlock siempre disfrutó de sentir el calor del cuerpo ajeno y de esa agradable sensación de piel contra piel. Se sentía tan especial que tomar las manos de John era suficiente para sentirse tranquilo, por lo que después de dos años, esa necesidad de tenerlo cerca era ahora más que un simple deseo de su parte.

Él estaba ahí a su lado, solo debía acercarse, pero sin esa confianza entre los dos, había un abismo que se lo impedía.

—¿Pudiste hablar con la Sra. Hudson?

Vaya, una pregunta muy obvia, Sherlock nunca haría esa clase de preguntas, pero John no se sorprendió, el detective solo quería iniciar una conversación. Su corazón se sintió conmovido por eso.

—Sí. —contestó. —Me dijo lo que pasó, es casi un milagro que hayas llegado justo a tiempo.

—Los milagros no existen, fue solo una serie de coincidencias que acabar-…

—Es solo una expresión, Sherlock. —reprochó John.

Sherlock miró esos ojos azules y sintió vergüenza de inmediato, se sintió incómodo y terriblemente rechazado. Bajó la mirada parpadeando varias veces, dándose su tiempo para intentarlo otra vez.

John no tuvo la intención de provocar eso en él, Sherlock había sido un poco "Sherlock" en ese momento y se vio obligado a detenerlo, porque no quería escuchar una explicación innecesaria y aburrida. Sin embargo, debido a la tensión entre los dos, el detective había sentido eso como un rechazo directo.

—Hablaré con el doctor, solo quiero saber más detalles de su estado. —dijo John, intentando calmar ese momento incómodo.

Sherlock asintió sin mirarlo.

—Fuiste su médico personal por años, tal vez puedas, no lo sé… —sus ojos miraron las manos de John. —Puedes brindar más información.

Y, casi sin pensarlo, alzó su mano para tomar la del rubio, pero el miedo lo hizo desistir a medio camino, por lo que terminó posándolo en la pierna de John.

El corazón de John se aceleró de inmediato y no reaccionó. Los tímidos y avergonzados ojos de Sherlock ahora lo miraban directamente.

—No te vayas, por favor.

A John se le cortó la respiración, el rostro de Sherlock lucía triste y suplicante.

Los errores se perdonan, pero no el daño provocado con malicia.

—Sherlock… —susurró.

—No me dejes.

—¿El Dr. Watson?

La voz de un hombre mayor desvió los ojos de John de inmediato.

—Sí, buenas noches. —John se levantó.

Sherlock se quedó quieto, viendo el cuerpo de John desaparecer rápidamente frente a él. Maldita sea, James podría volver en cualquier momento y arruinarle esa oportunidad.

—Soy el Dr. Harper. —extendió su mano para saludar a John.

—Dr. Watson, mucho gusto. —el rubio correspondió con un apretón de manos.

El rizado esperó mientras los doctores terminaran su conversación, no tenía de otra, no podía interrumpirlos. Constantemente miraba el pasillo por si James regresaba. Entrelazó sus manos apretándolos ligeramente, nervioso por el tiempo que estaba perdiendo.

Para su suerte, no fue realmente mucho, el Dr. Harper era una persona ocupada, por lo que luego de cinco minutos de charla, ya se estaba despidiendo de John con otro apretón de manos.

John sonrió no luciendo aliviado del todo, algo que Sherlock notó rápidamente, por lo que se levantó más como una excusa para acercarse a él, que para preguntarle sobre lo que había hablado.

—¿Está todo bien?

John suspiró.

—Es muy probable que mañana le den de alta. Estará bien.

—Entonces, ¿por qué estás así?

—Es su corazón.

Sherlock frunció el ceño, antes de que John llegara, el doctor les había explicado el estado de la Sra. Hudson a todos, pero John lucía más alarmado que ellos.

—No es realmente malo, no ahora, pero su corazón ya no es muy fuerte. El incidente de hoy fue por eso.

Entonces, la culpa punzó en el pecho de Sherlock.

—Oh, Dios… —susurró.

—¿Qué?

—Yo la asusté cuando regresé. Le di un susto muy fuerte, ¿esto es por mi culpa? ¿No debí asustarla de esa manera?

—No, no. —respondió rápidamente John. —Su corazón se ha ido debilitando. Tú no tienes la culpa.

Debía admitir que esas palabras no lo calmaban, ahora el rostro asustado de la Sra. Hudson aparecía en su mente haciéndole sentir muy mal.

—No lo pensé demasiado, yo creí que sería…

—Oye. —John hizo que el rizado lo mirara. —Esto no es culpa de nadie, ella es una persona de la tercera edad y es muy común que se presenten este tipo de casos. El susto que le diste no hizo ninguna diferencia, ¿entiendes? Supongo que eres lo suficientemente inteligente para entender esto.

Entonces, una suave sonrisa se hizo presente en el rostro de Sherlock. Algunos recuerdos en su mente reemplazaron la culpa con nostalgia.

—Lo entiendo. —respondió.

John asintió y se alejó un par de pasos hacia atrás.

—Debo irme. —comentó el rubio y sacó su teléfono.

Sherlock no sabía si James seguía arriba, o estaba regresando, o ya muy cerca de llegar, lo único que sí sabía era que solo tenía ese momento, porque después sería muy tarde.

Tomó las manos de John tapando la pantalla del teléfono. Se miraron por un momento, el toque de sus manos juntas hacían que la piel les ardiera. John sintió sus demandantes deseos de besarlo y, como si Sherlock fuera así de malditamente inteligente, capaz de leer los más profundos deseos de su alma, lo hizo, lo besó.

No importa si es muy doloroso, los errores merecen perdón, pero no el daño provocado con malicia, porque quien es malicioso nunca comete errores, solo lastima.

Sherlock soltó las manos de John y sin separarse, lo empujó paso a paso hasta la pared, donde lo tomó del rostro para intensificar ese beso.

Y a veces, querido, los que cometen un error por amor, son los que más sufren, ya que son más conscientes de la culpa que tienen.

Los labios de Sherlock lo derritieron, derrumbaron todas sus defensas y lo dejaron desarmado, desnudo y débil. Se aferró a él abrazándolo por debajo del largo saco y sintió su cuerpo estremecerse ante su calor. Hace dos años que no se había sentido así de vivo, así de eufórico por dos labios demandantes sobre los suyos.

Se besaron con pasión, con el mismo deseo de su cuerpo de reclamar a quien amó por tantos años, hasta que simplemente se separaron, alertados por la excitación de sus cuerpos. Ese no era el lugar correcto para dejarse llevar. Se miraron con sus respiraciones agitadas, todavía Sherlock acorralando a John contra la pared.

—Quédate conmigo. —susurró el detective juntando su frente con la de John, los dos con los ojos cerrados. —No te vayas, quédate a mi lado, por favor.

Dios, el susurro de Sherlock, el calor de su cuerpo, la huella de sus besos en sus labios. Su respiración, su olor a tabaco impregnado en su ropa, combinado con el mismo perfume de siempre. Todo eso hizo que sus sentidos despertaran, porque ese hombre ahí con él era al que siempre amaría.

El cuerpo de John se estremeció cuando Sherlock se inclinó hacia su cuello. El rizado siempre amaba sentir el olor de la piel de John en esa zona, siempre escondía su rostro ahí, porque era como esconderse del mundo, como ser parte del cuerpo de John. Y, mierda, solo él podía saber cuántas veces soñó con hacer eso otra vez, durante esos dos largos años.

Pero las manos de John lo empujaron con delicadeza. Él estaba serio, pero Sherlock pudo identificar una mirada de amor en sus ojos.

—Debo irme.

—John…

—Sherlock. —advirtió. —Debo ir al hospital en unas horas.

¿Qué ocurrió? ¿John se iría de todas maneras? ¿Debía dejarlo ir? ¿Podía exigirle una respuesta ahí mismo? Sherlock se sintió confundido, John le había correspondido ese beso, pero ahora se alejaba sin decirle más, caminando por el pasillo acomodándose el cabello con una mano.

Y cuando quiso ir detrás de él, de la esquina entraba James con un par de cafés en las manos. Se detuvo y la mirada del comandante cayó en él, para luego pasar a John. Tal vez notó lo que había pasado, no estaba seguro, pero vio un gesto en su rostro que disimuló al instante.

—Creí que te quedarías más tiempo, ¿ya hablaste con la Sra. Hudson? —James se acercó a John, ignoró a Sherlock.

—No me dieron mucho tiempo, hablé con el doctor también.

John no volteó, pero no necesitaba hacerlo para saber que Sherlock los estaba observando.

—Vámonos, tengo que ir al hospital en unas horas.

Dicho eso, John caminó a paso rápido hasta doblar el pasillo, James lo siguió y volteó a ver a Sherlock justo antes de desaparecer en la esquina.

El rizado no sabía lo que pasaría ahora, no estaba seguro de lo que John decidiría. Y si se iba con James, ¿realmente podría cumplir su promesa? Sherlock bajó la mirada sabiendo que era John quien tenía su futuro en sus manos, no importara cuánto él deseara que volvieran a estar juntos, si John decía que no, entonces eso sería todo.

Sherlock no salió de la clínica hasta entrada la mañana, no quiso regresar a su departamento, ¿por qué lo haría? A él no le incomodaba la soledad, pero sin John y sin la Sra. Hudson, no tendría sentido volver. Quizás ahora podía entender la decisión de John de dejar todo atrás, si no fuera por su vieja amiga, Sherlock realmente no estaría en el 221B, ni siquiera seguiría en Londres. Tal vez volvería a Sussex lejos de los recuerdos de John Watson.

—Sherlock, despierta. Sherlock.

La voz de Molly lo despertó con suaves empujones en su hombro. Abrió los ojos con pereza y sintiendo el cuerpo pesado. La vio mirándolo con preocupación, con su bolso grande, su ropa excesivamente abrigadora y su larga y colorida bufanda la hacían verse más delgada de lo que era.

—¿Por qué no volviste al departamento? —ella se sentó a su lado.

El rizado miró a su alrededor por un momento sintiéndose ligeramente desorientado, no recordaba el momento en el que había caído dormido.

—Preferí quedarme.

—¿A qué hora son las visitas? —ella miró su reloj.

—No lo necesitas, solo menciona a Mycroft y te dejarán pasar.

—Oh.

Sherlock se movió incómodo en su lugar, su cuerpo todavía sufría las consecuencias de los días de tortura en Pakistán. Sobó su nuca con fuerza, esta estaba terriblemente tensa.

—Vamos a comer, me voy a quedar con la Sra. Hudson hasta que le den de alta de todas maneras.

—No tengo hambre.

—No te pregunté si querías comer, Sherlock.

El detective la miró levantando una ceja.

—¿Tienes algún problema con eso?

—No.

—Bien, entonces vamos a la cafetería.

Molly se levantó y Sherlock la siguió con la mirada, esa actitud bastante protectora de su amiga nunca lo dejaba de sorprender. ¿Por qué todos los que lo querían tenían que ser así de mandones con él? Sherlock frunció el ceño al darse cuenta de ese detalle.

—Sherlock.

Llamó Molly y el rizado tuvo que correr para alcanzarla. Ella le sonrió como a un niño luego de que cumpliera con lo que se le mandó.

—¿Llamaste a John? —preguntó ella.

—No.

—No solo vine para ver a la Sra. Hudson. Tengo que decirte algo.

—De acuerdo.

Sherlock bostezó, tal vez sí tenía una razón para volver al 221B, necesitaba una ducha.

—John se irá de viaje con James hoy.

El rizado hizo un gesto de incomodidad, eso todavía no estaba dicho.

—Técnicamente, él todavía debe decidirlo.

Pero entonces, se dio cuenta de algo, ¿cómo Molly se había enterado de ello? No se habían vuelto a ver desde su regreso.

—¿Hablaste con John? —preguntó él.

—No, Mycrfot me estaba esperando a la salida de mi turno y me dijo lo que está pasando.

El miedo lo hizo detenerse.

—Entonces, ¿por qué lo dices tan segura?

Molly lo miró triste y le tomó la mano.

—Necesitamos hablar.