Við keyrðum út um allt (Manejamos por todos lados)
Í gegnum sól og malarryk (A través del sol y el polvo de grava)
Við sáum öll svo margt (Vimos tanto)
Já, heimsins ból og svart malbik (Sí, el mundo y el asfalto negro)
Við spiluðum (Nos divertimos)
Við spilum endalaust (Sigur Rós)
Sherlock escondía su rostro entre sus manos con sus codos sobre la mesa, no sabía qué decir ni qué pensar. Mycroft había buscado a Molly para contarle lo sucedido y detallarle que, ese mismo día muy temprano, James Sholto había reservado una habitación de hotel. Algo muy extraño dado a que el viaje estaba a tan solo horas, sin embargo, eso demostraba que el comandante había esperado hasta el último momento para estar seguro de que John realmente se subiría a ese avión con él, así que, tal vez se podía decir que John finalmente había tomado su decisión final.
Entonces eso, inevitablemente, hacía que Sherlock se vea obligado a perder la batalla, por eso Mycroft había pedido a Molly que hablara con su hermano para que este controlara sus emociones y no termine haciéndose daño a sí mismo otra vez.
—Este es el momento en el que debes tener más serenidad. —dijo Molly de la manera más amable posible. —Si no puedes recuperar tu relación, al menos puedes quedarte con su amistad.
El rizado levantó la cabeza para mirarla.
—Yo no quiero su amistad, Molly.
—Y si eso es lo único que puedes tener, ¿también lo perderás?
Sherlock cerró los ojos y suspiró con dolor.
—Lo mejor que puedes hacer, Sherlock, es respetar lo que él decida.
—Pero ayer lo besé y pude sentir que todavía me ama. Lo sentí en la forma en cómo se aferró a mí, ¿por qué preferiría ir con él que quedarse conmigo?
Ella lo miró triste, responder esa pregunta era demasiado compleja.
—No lo sé.
Sherlock recostó la espalda en la silla mirando su café todavía caliente.
—No quiero perderlo. —susurró Sherlock.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó ella.
Los recuerdos del beso de anoche con John flotaban en la memoria del detective.
—No puedo hacer nada. —sus ojos empezaron a humedecerse. —Fui yo el que cometió un error imperdonable.
Cerró los ojos y una lágrima resbaló por su mejilla. Suspiró hondo.
—Lo perdí, ¿verdad? Para siempre.
—Sherlock, él se irá por dos semanas, ¿por qué no intentarlo cuando regrese?
Sherlock miró sus manos sobre sus piernas y recordó aquel momento en el que le había dado el anillo de compromiso a John.
—Cuando él regrese, sabrá que, sin mi absorbente personalidad, está libre de vivir una vida normal, sin preocupaciones, ni peligros. —limpió la humedad de su rostro rápidamente. —Nunca quise hacerle más daño, solo quiero que sea feliz.
Molly tomó las manos de Sherlock tratando de calmarlo, mostrándole su apoyo. Le dolía verlo tan destrozado por dentro y tan arrepentido.
—¿Necesitas algo, Sherlock? Dime qué puedo hacer para ayudarte. —lo miró con tristeza.
—Necesito a John.
Sherlock no soportó más y las lágrimas le ganaron, lo único que pudo hacer fue tapar su rostro para ocultar su llanto.
Sherlock se quedó con Molly en la clínica hasta que la Sra. Hudson fue dada de alta. Ayudó a su amiga en todo lo que le ella pidió y permaneció con la anciana mientras la chica se encargada de los papeles, teniendo a Mycroft por teléfono cuando se lo requería. La mañana y parte de la tarde pasaron ante él con más comodidad, sin pensar mucho en John, con la mente ocupada, solo concentrándose en lo que lo rodeaba.
Cuando regresaron al 221B y acostaron a la señora Hudson en su cama, Molly se quedó con ellos por unas horas más hasta que la enfermera enviada por Mycroft llegó. Molly ahora debía retirarse, lo que quería decir que Sherlock se quedaría solo en su departamento, algo que la dejaba muy preocupada.
—Greg también vendrá y aunque no te guste, te acompañaremos. —Molly mostró una gran sonrisa.
Sherlock respondió igual, la observó con ternura preguntándose sobre su suerte si ella no estaría ahí con él.
—Gracias, Molly.
Él se agachó para recibir el fuerte abrazo de su amiga, el cual duró unos agradables y largos segundos. Una sonrisa más, una caricia y finalmente la veía irse.
La enfermera se quedaría de lunes a sábado, todo el día durante todo ese mes, si es que la Sra. Hudson no se entercaba e insistía en que se vaya antes de eso. Así que Sherlock simplemente subió a su departamento sabiendo que dejaba a su vieja amiga en buenas manos.
No tenía nada que hacer y tampoco tenía los ánimos para nada, pero si quería evitar pensar en drogas, sería mejor que se ocupara en algo. Tal vez su violín podría ayudar o un par de horas sumergido en su palacio mental.
John entregó las carpetas de los pacientes a la enfermera y se despidió con amabilidad.
—Que disfrute sus vacaciones, doctor. —dijo ella.
John sonrió agradecido y se retiró. Sus ojos miraban el piso mientras caminaba por el pasillo, debía regresar a su departamento, prepararse y esperar con las maletas listas a que James llegara por él para juntos ir al aeropuerto.
—¡John!
El rubio volteó al llamado. Sarah corría a él.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupado.
—Nada, tonto. —dijo ella extrañada de su preocupación. —¿De verdad te ibas sin despedirte de mí?
John rio divertido.
—Por supuesto que no, estaba camino a tu consultorio.
—Mi consultorio está hacia allá. —señaló detrás de ella.
Se vio vergonzosamente atrapado.
—Iba al baño primero.
—Bueno. —dijo Sarah obviamente no creyendo nada. —Digamos que el baño tampoco está por allá como mi consultorio.
John suspiró.
—Sarah, lo siento, yo no…
—Está bien, no te preocupes. —Sarah lo abrazó. —Que la pasen super bien tú y Sherlock. No olvides mi recuerdo.
El rubio mostró un rostro de desconcierto.
—¿S-Sherlock?
—Sí, ¿no irás de viaje con él?
—Eh, no. No con él.
—Oh. —la doctora lo reflexionó un poco, había metido la pata. —Es que, como regresó y luego me pediste las vacaciones, creí que… —ella hizo un gesto de vergüenza. —Lo siento.
John disimuló el muy incómodo momento con una sonrisa forzada, no era culpa de ella después de todo, él no había sido muy específico con esa parte del viaje.
—No te preocupes. —la tomó suavemente el brazo. —Te traeré un regalo.
John se retiró del hospital sintiéndose un poco enternecido. Que se lo asocien con Sherlock como su pareja de manera automática, así sin pensarlo tanto, era algo que le agradaba. Como si saltara a la vista que ellos eran tal para cual.
Bueno, realmente lo eran.
—Pero ya no estamos juntos. —susurró cuando pensaba en ello durante el viaje en taxi.
Lamentablemente era verdad, no había nada entre ellos, excepto un amor interrumpido por una barrera de resentimiento y mentiras. John bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre sus piernas y recordó aquella noche en que Sherlock le propuso matrimonio. Acarició con su pulgar el lugar en donde ese anillo estaría si Sherlock jamás se hubiera ido y si esa mentira nunca hubiese sido dicha.
.
—Te necesito, por favor, John. No quiero… —Sherlock intentaba hablar, pero su llanto no cesaba. —No quiero estar aquí, por favor…
John levantó su rostro y volvió a besar a Sherlock, le quitó la nieve que le quedaba en la cara acariciando sus mejillas y sus heridos labios. No lo dejaría, no le volvería a dar la espalda otra vez. Nunca más.
—Estoy aquí contigo, no te voy a dejar, ¿entiendes? No volveré a dejarte, te lo prometo, Sherlock, prometo por mi vida que no lo haré.
.
Sherlock había tocado fondo esa vez y John hizo lo imposible para rescatarlo. Le prometió que jamás lo dejaría solo y que no le volvería a dar la espalda, pero al final se sentía como si hubiese sido Sherlock el que lo dejó solo y le dio la espalda sin que le importase su sufrimiento.
Por más que lo piense y lo analice, eso pesaba y dolía demasiado, tanto que simplemente no podía ignorarlo.
Sherlock volteó a ver la puerta de la calle por un momento y luego subió las escaleras. Había bajado a ver a la Sra. Hudson antes de que esta se durmiera, se aseguró de que la enfermera esté pendiente y haciendo su trabajo, para luego retirarse a su departamento. Ver la puerta antes de subir fue como pensar que todavía podía hacer algo, que podía llegar al departamento de John y convencerlo de que se quedara a su lado. Pero solo eran mentiras, él no llegaría a tiempo, no convencería a John y, por supuesto, no lo recuperaría. Nunca más.
Cerró la puerta sin hacer ruido y caminó a la sala donde se sentó en su asiento de cuero, frente al vacío sofá que solía ser de John. El calor de la chimenea lo envolvió poco a poco en medio de la casi silenciosa noche. ¿Ahora qué? Solo, sin el hombre que amaba, en un departamento demasiado grande para él y con demasiados recuerdos entre sus paredes.
Antes de sumirse en una depresión, Sherlock abrió su bata y sacó sus audífonos y su celular del bolsillo de su piyama, ya que la hora le impedía tocar su violín, escuchar música lo ayudaría, especialmente cuando no había tenido la oportunidad de tener ese placer desde hace mucho tiempo.
¿Finalmente se había rendido? ¿No haría absolutamente nada esa noche sabiendo que John estaría camino al aeropuerto, a punto de iniciar una etapa en la que él ya no estaría presente? ¿Realmente renunciaba a John Watson?
Sí, él se había rendido, no haría nada esa noche y realmente renunciaba a John Watson. ¿Por qué? Porque lo amaba y esta vez quería hacer lo correcto.
Molly tenía razón, por más que suplicara y llorara, si John no quería volver con él, simplemente no podía hacer nada al respecto. Era mil veces mejor mantener una amistad con John que hostigarlo de tal manera, que terminaría alejado de su vida para siempre. Cuando la luz del día llegue, entonces todo será un poco más sencillo, porque John ya se habría ido y ya no habría marcha atrás.
Ahora todo lo que tenía que hacer era soportar esas horas críticas donde su mente se debatía entre permanecer en el departamento o correr al aeropuerto, así que buscó en su lista, bajó y bajó entre diferentes canciones, diferentes álbumes y no sentía que quisiera escuchar alguna en particular. Su corazón no creía ser capaz de aceptar guitarras fuertes, ritmos acelerados, canciones románticas o clásicos que siempre le levantaban el ánimo. No, no quería pensar en lo que escuchaba, solo quería sentir el momento para por fin asimilarlo, para poder aceptarlo.
Entonces entendió a su corazón, tecleó el nombre de una banda, buscó entre sus álbumes y empezó a escuchar. John nunca entendió la música de ese grupo y no precisamente por el idioma, sino por la tranquilidad que esta provocaba. "Es música para dormir", le había dicho alguna vez y Sherlock nunca más intentó volver a animarlo a escuchar alguna canción de ellos, ni explicarle lo fascinante que era para él dejarse llevar por los sonidos y los profundos significados de sus letras.
Tal vez ellos siempre fueron demasiado diferentes como para entenderse, quizás él era demasiado apasionado con ese tema y John simplemente lo soportaba porque se veía obligado a hacerlo. Hubo cosas que John nunca entendió de él y cosas que el rizado tampoco entendió de su pareja, eran demasiado diferentes en casi todo aspecto. Entonces, ¿por qué se enamoraron? Sherlock nunca tendría una respuesta para eso, él solo sabía que ese amor nunca fue algo pasajero o un subidón de emociones propias de la adolescencia; no, ellos realmente habían construido algo duradero y puro, algo que los marcó para toda la vida.
Y fue hermoso, fue perfecto, se sintieron en la cima del mundo los dos juntos por muchos años, pero al final terminó. Serían los recuerdos lo que quedaría de ese amor de ahora en adelante. Sherlock no tenía otra opción que aceptarlo. No sería justo convertir ese hermoso sentimiento en odio, ninguno de los dos querría eso, así que se obligó a pisar su dolor, aceptar su soledad y atesorar esos recuerdos con el mismo entusiasmo con el que alguna vez atesoró ese amor en su corazón.
Sherlock suspiró mirando las llamas moverse suavemente, Dauðalogn sonaba en sus oídos logrando que se conectara fácilmente con sus sentimientos. Su mente no demoró en recordar las risas, las caricias, las largas charlas, los besos, las peleas y sus respectivas reconciliaciones, todas ocurridas ahí mismo dentro de ese departamento. Los mejores años de su vida.
Tenía que dejarlo ir, ¿verdad? Bueno, entonces lo haría esa noche entre hermosos recuerdos sacados directamente de su corazón. Aunque duela, aunque lo lastime, lo había decidido. Ya no quería provocar más daño, esta vez quería ofrecerle a John ser feliz de la manera en la que él decida: sin presiones, sin condiciones, sin tener que cargar con la difícil personalidad de otra persona.
Si al final ese error cometido le abrió la puerta a John a vivir como realmente siempre quiso, entonces Sherlock, al menos, se sentiría menos culpable. Porque no importaba si él ahora tendría que vivir solo por el resto de su vida, si John era feliz, valdría la pena.
El detective entonces sonrió con una triste sonrisa, el recuerdo que más amaba había llegado a su mente: la sonrisa de John. Verlo sonreír siempre lo hizo feliz y no había dicha más bella para él cuando John se las dedicaba. Respiró hondo cuando sintió que la tristeza amenazaba con hacerlo llorar. No quería hacerlo, no quería dejar ir a John entre lágrimas, ese amor merecía lo único que siempre le brindó, felicidad.
Así que, para no caer, cerró los ojos y se adentró a su palacio mental. Un lugar tranquilo, privado y bajo su control era lo que necesitaba. Caminó por el pulcro pasillo hasta la puerta dedicada a John Watson e ingresó. Todos esos años al lado del rubio comenzaron a pasar frente a él, desde el primer día en que lo vio en el bus, hasta aquella última vez cuando hicieron el amor. Sherlock los vería esa noche como despedida, para luego dejarlas ahí, guardadas como el más hermoso tesoro hasta el día de su muerte.
John lo pensó por última vez, ¿era eso lo que realmente quería? ¿De verdad lo haría?
No sabía si estaba tomando la decisión correcta y la verdad era que temía equivocarse. Tener otra decepción terminaría por destrozarle el corazón y quizás no se recuperaría, pero luego de pensarlo y pensarlo, analizando sus sentimientos, comparando la vida que llevaba con la nueva vida que ahora se le ofrecía, John llegó a una conclusión.
Lo que estaba a punto de hacer determinaría si sería feliz o no por el resto de su vida.
Tocó la puerta y sintió miedo, no por él, sino por lo que pasaría con James Sholto, porque, maldita sea, él no merecía a un hijo de puta como él. Esperó unos segundos y escuchó los pasos acercarse a la puerta, pero esta no se abrió. John lo entendió, sabía que su presencia no era una sorpresa para James.
Fueron largos segundos los que esperó, tantos que, por un momento, temió que James se negara a abrir y a aceptar que no iría a ese viaje y que no lo elegía para compartir su vida.
Finalmente, la puerta se abrió y mostró a James vestido con ropa simple, sin zapatos y con una muy ligera sonrisa para esconder su tristeza.
—Sabía que vendrías. —dijo él.
John sintió rabia y frustración por la maldita injusticia que le provocaba a James.
—Lo siento. —lo dijo con tanto dolor que sus ojos empezaron a nublarse por las lágrimas acumulándose lentamente.
—Ve con él. —había un nudo en la garganta de James, un vacío que le hundió el corazón cuando dijo esas palabras. —Debes ir.
James sintió una ola de lágrimas apoderarse de él, así que, antes de ceder a ello, se acercó a John, tomó su rostro con ambas manos y lo besó por última vez. Un beso con amor, con tristeza, con súplica.
John dejó caer su maleta y correspondió el beso con delicadeza, como pidiéndole perdón por todo el daño que le estaba provocando y por no amarlo como realmente se lo merecía. Le rogó perdón porque si le rompía el corazón otra vez, era solo por amor.
Al separarse, el comandante juntó sus frentes mientras permanecía con los ojos cerrados. Respirando agitado, con el corazón latiendo fuerte y rápido, con el dolor consumiéndolo por dentro.
—Te amo. —le susurró.
Y sin más, volteó para inmediatamente cerrar la puerta detrás de él.
James se quedó con las manos en la puerta, apretando sus labios para no dejarse vencer por el llanto. Estaba rogando que John se vaya, que se retire de su vida de una vez por todas y esta vez que sea para siempre.
Cuando escuchó los pasos de John alejarse fue cuando se permitió derrumbarse. Se apoyó en la puerta y lloró. Lloró con dolor, con frustración, odiando a Sherlock Holmes y al maldito destino por haberle traído ese amor de regreso a su vida, para solo volvérselo a quitar otra vez.
James había guardado las esperanzas hasta el último momento. Al ver que John no le negó el viaje la noche anterior, él decidió separar la habitación de hotel a la mañana siguiente, al final de cuentas, le había dicho al rubio que ya estaba reservada. Pero todo cambió en la tarde, cuando fue al hospital para sorprenderlo y almorzar juntos. James encontró a John solo en la cafetería, con el rostro más triste que jamás había visto. Vio un hombre con su mundo en ruinas, con un peso agobiante sobre sus hombros y el dolor notándose en su mirada.
James entonces entendió que él jamás sería capaz de hacerlo feliz, él nunca podría quitarle esa tristeza para reemplazarlo con felicidad, porque ese corazón simplemente no le pertenecía.
James Sholto cumplió su promesa, respetó la decisión de John porque sabía que la mejor manera de hacerlo feliz era dejándolo ir. De verdad lo amaba y por eso siempre le desearía la felicidad, aunque no sea a su lado. Lo único que le quedaba ahora era llorar, llorar todo lo que necesitaba para sanar esa herida, dejar ir todo ese dolor y, como pudiera, volver a empezar.
Sherlock salió de su palacio mental regresando a la realidad, pero no abrió los ojos, simplemente se quedó ahí, disfrutando de los suaves sonidos de la música. No sabía cuánto tiempo había pasado sumergido en su mente, pero no se sorprendería si fuera un par de horas, pues sentía su cuerpo cansado y listo para descansar, sin embargo, dormir en la cama sin John no era algo que realmente le gustaba, odiaba la idea de sentir las partes frías de la tela sin poder encontrar el cuerpo de su amado para poder abrigarse.
Suspiró y se permitió permanecer unos minutos en ese limbo de querer levantarse y no querer hacerlo. Empezó a tararear lo que escuchaba mientras sus dedos seguían el suave ritmo de la música golpeando suavemente el cuero del sofá. Estar solo consigo mismo no se sentía tan mal, al menos no en esos momentos. Ojalá su futuro fuera igual de tranquilo para su corazón.
La canción llegó a su parte final y Sherlock dejó que las últimas notas terminasen para finalmente abrir los ojos y sacarse los audífonos. Suponía que ahora le tocaba ir a la cama para pasar una noche fría y solitaria, mañana las cosas ya no tendrían marcha atrás y él deberá acostumbrarse a su nueva vida.
Se levantó en silencio, tal vez resignado, tal vez todavía triste, pero tranquilo, al fin y al cabo. Sin embargo, eso cambió drásticamente en un segundo, su cuerpo se detuvo de golpe, sus ojos se abrieron asombrados y su corazón se aceleró de inmediato.
John estaba parado debajo del marco de la puerta con su maleta de trabajo en la mano. Traía una miraba triste, una mirada que demostraba miedo e incertidumbre.
—John. —susurró casi no creyendo que John realmente estuviese ahí.
¿Qué significaba eso? ¿John no iría a ese viaje? ¿Había decidido quedarse?
—Necesito hablar contigo primero. —respondió John.
—¿Primero?
Sherlock sintió miedo al escuchar eso, porque si John había vuelto solo para decirle adiós, entonces prefería no escucharlo. Había intentado hacer las paces con su futuro horas atrás, no quería volver a hundirse otra vez.
John ingresó al departamento, dejó su maleta en el piso y, dudando un poco, se acercó a Sherlock a paso lento. El detective no se movió.
—El vuelo sale en cuatro horas y debo estar en el aeropuerto en dos. —dijo el rubio.
Sherlock bajó la mirada entendiendo que, efectivamente, era lo que temía. John le diría que estaba dispuesto a irse y que elegía a James en lugar de él.
—Pero necesito saber tres cosas. —John recibió la mirada de Sherlock. —Y quiero que seas totalmente sincero conmigo.
El rizado asintió mientras que John respiró hondo y puso la espalda recta.
—Primero, ¿qué hice para merecer tan poca confianza de tu parte?
Aunque no pareciera, esa pregunta era difícil de responder. Sherlock le confiaría su vida a John sin dudarlo, pero lo que había hecho durante dos años decían todo lo contrario, ¿cómo se suponía que le dijera que confiaba en él entonces? Tenía que decirle la verdad, aunque sonara hipócrita.
—Yo… yo confío en ti. —respondió nervioso. —Aunque no lo parezca y aunque te haya mentido por dos años, estoy siendo sincero cuando te digo que confío en ti. Pondría mi vida en tus manos sin dudarlo, eres la única person-…
—Suficiente. —interrumpió el rubio.
Sherlock desvió la mirada, parpadeó varias veces y tragó saliva. Estaba seguro de que John no había creído en su respuesta.
—Segundo, ¿Soy a quien necesitas?
El detective frunció el ceño de inmediato, no estaba seguro del significado de esa pregunta.
—No entien-…
—¿Soy a quien necesitas? ¿Sí o no?
John sintió un poco miedo por lo que escucharía a continuación. Tal vez Sherlock no entienda del todo la pregunta, pero no lo necesitaba en realidad, porque significaba, aunque suene extraño, exactamente a lo que sonaba. ¿John es a quien Sherlock necesita? Si esto era cierto, John se decepcionaría, porque él no quería ser alguien necesario, quería ser el hombre que Sherlock quería a su lado, el hombre que amaba.
Porque sí, a esas alturas, solo quería estar seguro de que, con el tiempo, el amor no se haya convertido en simple compañía y comodidad para el detective. ¿Qué tal si lo había dejado de amar hace mucho y solo estaba con él por monotonía? Sherlock no sería de los que buscaría gente para una nueva relación y mucho menos sacrificaría su amado trabajo por eso.
Así que, dependiendo de lo que Sherlock respondería, John sabría si realmente tomaba la decisión correcta.
Sherlock se sintió acorralado, ¿qué era lo que John quería escuchar? No tenía idea de cuál era la maldita respuesta correcta. ¿Qué debía decir entonces? Sin ninguna otra opción, solo optó por decir lo que su corazón dictaba.
—Eres más que eso. —suspiró. —John, tú eres el hombre a quien amo. Te quiero a mi lado por el resto de mi vida, no porque te necesite, sino porque te siento parte de mí.
El rubio sintió su corazón acelerarse en un instante y sus ojos humedecerse poco a poco. Guardó silencio por largos segundos sin quietarle la mirada a Sherlock.
—Tercero, ¿me dejarás ir con él?
De la boca de Sherlock pudo salir un gran y rotundo no, pero dijo todo lo contrario.
—Sí.
Así le doliera en el corazón y el alma, él ya no quería cometer más errores con John.
—¿Por qué? —la voz de John se quebró.
—Porque ya te hice mucho daño. —los ojos de Sherlock se nublaron lentamente. —Quiero hacer lo correcto, aunque ya sea tarde. Lo lamento, John, yo nunca quise que sufrieras, solo tuve miedo y cometí el peor error de mi vida por eso.
Sherlock cerró los ojos por un momento dejando que sus lágrimas resbalaran por sus mejillas
—Si realmente quieres ir con él, entonces yo estoy de acuerdo. —abrió los ojos y sonrió triste. —Mereces todo lo bueno de este mundo, John Watson. Quiero que seas feliz, aunque eso signifique que no estés a mi lado.
El rubio fue testigo de un Sherlock diferente, uno al cual él siempre quiso descubrir.
Sherlock podría ser un genio, pero su poco entendimiento sobre cómo funcionaban las emociones humanas lo llevaron, muchas veces, a herir los sentimientos de su pareja sin que se diera cuenta. Solo John sabe cuántas fueron las veces que calló solo porque Sherlock simplemente no podía entenderlo.
El gran detective Sherlock Holmes, un hombre adulto con una capacidad mental increíble, siempre fue, muy por dentro, un niño que exploró sus sentimientos únicamente dentro de su zona de confort durante toda su vida. Así que, aceptar la idea de perder a John debido a su propio error y decírselo a él con toda la sinceridad del mundo, fue lo más maduro que hizo alguna vez.
John se acercó a Sherlock hasta quedar a menos de un metro de él. Observó su rostro, los rastros húmedos de sus lágrimas y esa sonrisa triste.
El rizado se vio extrañamente sorprendido de sí mismo ante su propia serenidad. Estaba sufriendo, su corazón se estaba partiendo, pero a pesar de eso, se sentía listo para recibir la despedida del hombre que amará toda su vida.
—He pensado largo y tendido sobre lo que quiero decirte. —la voz del rubio se escuchó como un susurro. —Estas son palabras preparadas, Sherlock.
Sherlock tragó saliva y asintió. John respiró hondo.
—He escogido estas palabras con cuidado. —bajó la mirada y exhaló. Se tomó un par de segundos y finalmente miró a los ojos al rizado. —Por ti he sentido el dolor más profundo de toda mi vida.
Sherlock desvió los ojos de inmediato, no podía mirarlo, escuchar eso era difícil para él.
—Y la peor decepción. —continuó John, y Sherlock lo miró nuevamente con los ojos apunto de volver a derramar lágrimas. —Pero también he vivido el verdadero amor y la verdadera felicidad.
El detective apretó los labios resistiendo ceder al llanto.
—Eso es todo lo que tengo que decir. —una muy pequeña sonrisa se dibujó en los labios de John. —No iré a ese viaje, Sherlock, no iré porque mi corazón te pertenece a ti.
Y entonces, el corazón de Sherlock se aceleró en un segundo retumbando en su pecho. Sus labios se abrieron y empezó a respirar con rapidez, mientras sus lágrimas volvían a caer por sus mejillas.
John había decidido quedarse con él.
—¿Te quedarás a mi lado? —preguntó el rizado casi sin poder hablar.
—¿Me harás feliz si lo hago?
—Sí. —Sherlock ahogó sus jadeos lo más que pudo.
—Eso es todo lo que necesito saber.
John se acercó para abrazarlo y recibió los brazos de Sherlock inmediatamente. El rizado escondió su rostro en el hombro del rubio y lloró, lloró de felicidad, lloró por sentirse tan afortunado. Lo abrazó fuerte, como si temiera que se fuera a escapar de él otra vez.
—Todo esto no significa que no esté jodidamente molesto contigo. —dijo John.
—Lo sé. —contestó Sherlock todavía entre llantos.
—Realmente estoy malditamente enojado contigo, porque lo que hiciste todavía me sigue doliendo y saldrá entre nuestras discusiones de vez en cuando.
—Lo sé, lo sé.
Sherlock finalmente se separó y limpió la humedad de su rostro con la manga de su piyama, pero John lo detuvo y lo hizo él mismo con sus manos, acariciando lentamente la piel de su rostro.
—Irás de compras de vez en cuando. —dijo John.
—No. —contestó Sherlock todavía controlando su llanto.
—Entonces dejarás de hacer experimentos en la cocina.
—Por supuesto que no.
—De acuerdo.
John volvió a abrazar a Sherlock y cerró los ojos disfrutando de esa paz que tanto extrañó todo ese tiempo. Subió sus manos lentamente sintiendo la tela bajo sus dedos y la forma de los músculos de Sherlock. Dios, cuánto había extrañado sentir ese cuerpo entre sus brazos, fue placentero, amoroso, renovador y largo. John podía sentir su energía recargarse y ver más vivos los colores del mundo. Todo por tener a Sherlock a su lado nuevamente.
Parecía un sueño, un cuento recreado por su propia mente para protegerlo del dolor, pero no, era real. John Watson estaba ahí con él y había decidido darle la oportunidad que creyó haber perdido. Simplemente no había manera de describir cuán feliz y agradecido se sentía de tener al amor de su vida otra vez a su lado.
—Te quedarás esta noche, ¿verdad? —preguntó el detective. —¿Lo harás? Por favor, quédate esta noche.
John sonrió y se alejó para mirarlo a los ojos.
—A menos que tengas otros planes. —sonrió.
Sherlock acunó el rostro de John entre sus largas manos.
—Te prometo que será diferente a partir de ahora. —dijo el rizado. —No seré el mismo de antes.
—No quiero que cambies del todo, Sherlock. Solo quiero que consideres mis sentimientos cuando estés en peligro y dejes de subestimarme.
Sherlock asintió de inmediato.
—Lo prometo.
—Y no me ocultes más cosas.
El rizado frunció el ceño, pero luego de un momento logró entenderlo.
—Irene Adler.
—¿Por qué no confiaste en mí?
—No es eso. —Sherlock bajó sus manos, su mirada lucía arrepentida. —Yo solo los ignoraba. Sus mensajes valían tan poco para mí, que ni siquiera sentí que eran dignos para hablarlos contigo.
—Entonces, ¿lo ocultaste sin querer ocultarlo?
Sherlock se quedó en silencio por unos segundos. Miró al suelo sintiéndose realmente estúpido, luego sobó su nariz con el borde de su mano.
—Creo que sí.
John rio enternecido por la respuesta.
—Estoy perdidamente enamorado de ti, Sherlock. ¿Qué has hecho conmigo?
Sherlock subió la mirada hacia esos hermosos ojos azules y sin pensarlo más, lo besó. Un beso que agradecía infinitamente la felicidad que se le entregaba y la vida maravillosa que ahora le esperaba. Era un beso que daba gracias porque la vida volvía a tener sentido para él otra vez.
Mycroft se sorprendió cuando fue informado sobre la llegada de John Watson a Baker Street, levantó las cejas y, consciente de que esta vez no pudo adelantarse a las acciones del doctor, pidió que, si ocurriera cualquier novedad importante dentro del departamento de su hermano, se lo hicieran saber de inmediato.
—Las emociones humanas pueden ser extremadamente intrigantes. —comentó reflexivo.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Lestrade.
—El Dr. Watson regresó a Baker Street.
El inspector sonrió de inmediato, un gesto que hizo fruncir el ceño a Mycroft.
—¿Lo sabías?
Lestrade subió sus manos para recostar su cabeza en ellas sobre la almohada. Era genial sentirse superior a Mycroft Holmes al menos en algo.
—Lo deduje. —respondió el inspector.
Mycroft levantó una ceja y entró en la cama, pero se quedó sentado con la espalda recostada en el respaldar.
—Supongo que John te mencionó algún detalle del cual yo no estoy enterado.
—Si es lo que quieres creer, bueno. —tomó el control de la TV y subió el volumen.
—Greg. —lo miró serio.
—¿No dices que eres un genio? Si yo lo supe, ¿por qué tú no?
—Dime cómo supiste que el Dr. Watson regresaría con Sherlock y por qué no me dijiste nada.
—"Dime cómo supiste que el Dr. Watson regresaría con Sherlock y por qué no me dijiste nada." Suenas tan sexy cuando te enojas, que podría comerte vivo, ¿lo sabías?
Lestrade se movió rápidamente para asaltar el cuello de Mycroft con sonorosos besos.
—Espera, Greg. —intentó detenerlo. —Agradecería que te controles por un minuto, quiero saber qué es lo que no noté.
Con un gruñido de molestia Lestrade tuvo que alejarse, pero se quedó recostado contra el cuerpo de su pareja mirándolo muy cerca de su rostro.
—John ama a Sherlock.
—Tengo dominio en esa información. —reprochó.
—Ya pues, ¿no lo entiendes? John solo estaba con ese hombre por sentirse solo, era obvio que volvería con Sherlock. Pero si me lo preguntas, dudo que lo haya perdonado.
Mycroft lo miró totalmente extrañado.
—No ha perdonado la mentira de mi hermano, pero, ¿aun así vuelve con él?
—Mycroft, hay daños que no se pueden olvidar, pero si amas lo suficiente y la otra persona realmente lamenta su error, las heridas podrían sanar si los dos están dispuestos a poner de su parte. ¿De verdad no lo entiendes?
Entenderlo del todo, tal vez no, pero Mycroft podía tener una idea de cómo funcionaba. El caos no siempre tenía que ser algo malo, él lo sabía muy bien.
—Vonnegut diría: "No existe el orden en el mundo que nos rodea, debemos adaptarnos al caos."
—No tengo idea de quién hablas, pero no me importa. —respondió Greg.
Mycroft sonrió divertido ante esa respuesta y dejó que su pareja lo asalte nuevamente con amorosos besos.
Greg tenía razón y tal vez no lo mencionó porque no quería arruinar el momento, pero ellos habían pasado por una situación similar. Luego de que se separaran por un error cometido por Lestrade, Mycroft ahora volvía a retomar su relación con él, confiando en que ambos superarían esa herida que los marcó.
—Dime que me amas. —susurró Greg al oído de su pareja.
—Geg, preferiría que te concentraras. —Mycroft apretó su abrazo mientras sentía el agradable peso de Lestrade sobre él.
—Vamos, yo sé que quieres decirlo.
—No creo que sea necesario. —Mycroft reprimió un gemido cuando sintió la lengua del inspector en la piel de su cuello.
—¿Estás seguro?
Un movimiento de caderas hizo que el cuerpo de Mycroft sintiera una subida de excitación considerablemente brusca.
—¡Ah! Te amo.
El inspector sonrió triunfante.
—¿Ves que no era tan difícil?
Mycroft no respondió, simplemente lo calló besándolo apasionadamente.
No se veía romántico, pero así se sentía. No había nada más en la cocina, John no quería salir y pedir a domicilio tal vez no sería buena idea, la prensa todavía seguía atenta a Sherlock y debían evitar llamar la atención.
Así que ahí estaban, sentados en la cocina, uno al lado del otro, compartiendo la misma sopa instantánea en un largo y cómodo silencio, mientras se regalaban tiernas sonrisas cada dos minutos.
—Tus rizos están más largos. —comentó John.
—Me cortaré el cabello si quieres.
—No. —el rubio acarició un rizo rebelde al borde del rostro de Sherlock. —Me recuerda a tu época punk. —sonrió divertido. —Cuando te vestías de negro y usabas cadenas colgando de tu pantalón.
Sherlock alejó la sopa de su lado hacia John, ya no quería seguir comiendo.
—Eso te conquistó, ¿verdad? —sonrió pícaro. —El correcto John Watson no podía aprobar una actitud rebelde y mucho menos enamorarse de alguien tan diferente. Te derretías por mí.
John observó el rostro de Sherlock con mucho detalle y recordó a aquella presencia que su mente le mostraba. Un Sherlock silencioso, reflejo de su propia conciencia perturbada.
—Por cómo te comportabas cuando íbamos juntos a los conciertos, estoy seguro de que, si no hubieras tenido una educación tan recta, tal vez hubieras sid-…
—¿Me vas a decir cómo lo hiciste? —interrumpió John.
La sonrisa se Sherlock desapareció para ser reemplazada por una mirada culpable y nerviosa. Parpadeó varias veces y evitó la mirada del rubio por un momento. La voz de John no había sonado enojada, ni acusadora, pero no lo necesitaba para que lo haga sentirse incómodo.
—¿Cómo caíste de ese acantilado y sobreviviste? —insistió el rubio.
Sherlock suspiró, jugueteó con sus dedos sobre la mesa por unos segundos.
—Tú sabes mis métodos, John. —no lo miró. —Me conocen por ser indestructible.
—No, en serio. —volvió a insistir y le tomó la mano para obtener su mirada. —Cuando estabas muerto, fui a tu tumba y dije un pequeño discurso. De hecho, hablé contigo.
—Lo sé. —también apretó ligeramente la mano de John. —Mycroft me lo dijo.
—Te pedí un milagro más. Te pedí que dejaras de estar muerto.
Sherlock sonrió con ternura, él no había visto esa escena, pero Mycroft le había contado cada detalle de ella.
—Te escuché.
John también sonrió, quería saber más de lo sucedido, necesitaba escuchar las explicaciones y encontrar respuestas a todas las preguntas que tenía. Pero lo pensó bien, después de tanto tiempo, después de tantos sentimientos hirientes y del dolor vivido, ese no era el momento. Tenía a Sherlock vivo con él, ¿por qué no solo disfrutar de esa dicha por ahora y obtener respuestas después?
Sherlock miró los labios de John y su corazón saltó emocionado al caer en cuenta que ahora podría besarlo todas las veces que quisiera. Así que lo hizo, se inclinó y con delicadeza lo besó, sintió los labios del rubio moverse para corresponderle. Levantó sus manos y lo tomó del rostro convirtiendo ese beso en algo más profundo, más necesitado.
No pasó mucho tiempo para que ambos ahora se encuentren caminando torpemente hacia la habitación entre toqueteos y besos desesperados. Bueno, esto era más por parte de Sherlock que por John, quien se dio cuenta que todavía se sentía extraño ante todo lo que estaba pasando. Estaba feliz, tenía al hombre que amaba de vuelta, pero había algo dentro de él que le impedía disfrutar de ese momento. Es que no podía evitar pensar en que aún existía un daño emocional de por medio y del cual debía liberarse, antes de simplemente volver a su vida junto a Sherlock.
El rizado tropezó y cayó sentado en la cama, John se acercó aprovechando la ventaja y con un beso lo empujó gentilmente hasta que quedara tendido en la cama. Se sentó sobre su cintura y lo observó, Sherlock respiraba un poco agitado mientras que sus delgados dedos le abrían el pantalón.
John no se sintió excitado del todo, ver a Sherlock debajo de él aún se sentía tan surreal que temió que fuera otra manipulación de su mente. Se inclinó sobre él sin importar que Sherlock se viera obligado a interrumpirse, justo cuando abría el cierre del pantalón. Necesitaba sentirlo una vez más, necesitaba tocarlo mientras lo veía para estar seguro de que estuviera ahí con él. Su pulgar acarició suavemente los labios de Sherlock, por lo que el rizado, quien estaba en otra sintonía, no dudó en abrir la boca para acariciarlo y juguetear de manera erótica con su lengua.
El rubio sonrió, una sonrisa de ternura.
—Espera, Sherlock. —susurró.
Subió su mano hasta esos suaves rizos, perfectos en cada curva, negros como la noche y tan hermosos como la primera vez que los vio.
Sherlock sintió una actitud diferente en John, no veía lujuria en él; sino tristeza, melancolía. Se quedó quieto cuando esos ojos azules lo miraron directamente, mientras brillaban por las prontas lágrimas que amenazaban con salir.
—Yo te veía, Sherlock. —dijo John bajando su mano otra vez al rostro del rizado. —Cuando te creía muerto, te veía a mi lado como si de verdad estuvieras aquí. Escuchaba tus pasos, sentía tus manos tocarme. —finalmente una lágrima resbaló por su mejilla. —Nunca hablabas, pero yo sí porque necesitaba hacerlo para no sentirme solo… —su voz se quebró. —Me sentía tan solo, Sherlock, te extrañaba tanto y… —John mordió sus labios dándose tiempo para calmarse antes de continuar. —Lo lamento tanto, todo lo que te dije… no podía creer lo que te había hecho.
Y ese fue, tal vez, el momento en el que Sherlock realmente fue consciente de cuánto sufrimiento había pasado John por esos dos largos años.
—John. —susurró sintiendo su corazón romperse.
—Tengo miedo. —sus lágrimas cayeron hasta terminar en el pecho de Sherlock. —Tengo miedo de descubrir que en realidad no estás aquí conmigo otra vez.
Sherlock se sentó de inmediato para abrazar el cuerpo de John en un acto reflejo de su consciencia gritando un "lo lamento demasiado" con todo el dolor de su corazón. Cerró los ojos con fuerza y los brazos de John lo rodearon desde su cuello hasta su cabeza.
—Dime que estás aquí, Sherlock. Por favor, por favor, te necesito.
La voz del rubio era casi un susurro, quebrada por el llanto y por el miedo de verse sin Sherlock otra vez.
Los ojos del detective también lloraron, sintió la culpa de su propio ego, de su egoísmo, del error de haber subestimado a la persona que más amaba en todo el maldito mundo. Sherlock volvía a sentirse como un monstruo, como una escoria. Pero esto dolía más, era mil veces peor que con la muerte de Victor o la de Emily Tylor, porque no se trataba de su mejor amigo o de una desconocida, se trataba del hombre que amaba.
Esa noche, tanto Sherlock como John se perdonaron por todas heridas que se hicieron el uno al otro, por todos esos errores que callaron, por todo lo que alguna vez ocultaron o ignoraron. Se consolaron con caricias, con susurros de "te amo" y con un largo abrazo que no soltaron hasta que ambos simplemente se quedaron dormidos.
Las palabras nunca fueron necesarias, solo sus sentimientos y sus miradas, porque esto era mucho más que un simple "lo siento, no quise que esto pasara", pues el lenguaje no podía ser suficiente. Ellos tuvieron que conectarse con el alma y sentir el lamento del otro como parte de la suya. Esa fue la única forma de hacerlo para que lograran perdonarse.
Sus corazones latieron como uno solo toda la noche, durmiendo como no lo habían logrado hacer desde hace dos años. La nariz de Sherlock enterrado en los cabellos de John y el rubio con el rostro escondido en el pecho de su nuevamente pareja.
Sherlock fue el último en caer dormido, él mantuvo los ojos abiertos puestos en la nada en medio de la tenue oscuridad de la habitación, mientras los cansados ronquidos de John sonaban con poca intensidad. Su mente reflexionaba sobre todo lo sucedido, sobre cómo todas las palabras dichas y todos esos sentimientos que los desnudó entre lágrimas, los llevó finalmente a vivir esa única paz que solo el perdón es capaz de ofrecer.
Retrocedió entre sus recuerdos buscando el momento exacto en el que su relación había empezado a formar sus primeras grietas, pero no lo encontró, sin embargo, entendió que tampoco necesitaba saberlo. Él solo debía aceptar que ellos eran dos seres humanos capaces de cometer errores estúpidos cuando se trataba de sentimientos y que, así como podían cometerlos, también podían aprender de ellos.
Si en algún momento los ojos de Sherlock debían empezar a mirar el mundo de una manera mucho más compleja que antes, aquel momento llegó esa noche. Sherlock Holmes entendió que su alrededor podía ser mucho más interesante de lo que realmente creía y que, aunque la gran mayoría de las personas fueran idiotas, no podía subestimarlos. Bueno, no hacerlo de manera tan evidente al menos.
El detective comprendió por fin que solo era un ser humano con una mente excepcional, un hombre capaz de grandes cosas, pero también capaz de cometer graves errores. Pero, sobre todo, era un hombre completamente enamorado de una persona diferente a él, con otra manera de ver la vida, con ideas distintas sobre el mundo que los rodea. Y que, de alguna manera, a pesar de esas diferencias, estaban completamente enamorados.
Tal vez ese siempre fue el secreto desde el principio, ser imperfectos, diferentes y cometer los peores errores para formar ese amor puro. Porque eso sí era lo único perfecto en ellos, su amor. Quizás John hubiera tenido un mejor futuro si nunca hubiera dejado a James Sholto años atrás, tal vez Sherlock habría tenido a Jim Moriarty entre sus manos y lo habría destruido con un solo movimiento, si nunca hubiese tenido su punto débil que era John. ¡Tal vez ellos habrían sido mejores en sus propias metas si nunca se hubieran conocido!
Pero lo hicieron, se conocieron y se comportaron como cualquier otro ser humano estúpido cuando el amor toca a su puerta. Sherlock ahora estaba completamente seguro de que, entre ese caos e imperfección, ellos pudieron encontrar su felicidad. Y por primera vez en toda su vida, se sintió tan bien de ser un simple ser humano, independientemente de lo tan inteligente que podría ser, porque comprendió al fin que John se había enamorado de él cuando estaba roto por dentro, es decir, se enamoró de él por el ser humano imperfecto que siempre fue.
.
.
.
.
.
Canciones mencionadas:
"Dauðalogn" de Sigur Rós
