Era ya tarde en la noche, ya se habían despedido de la Sra. Hudson y ahora terminaban de guardar la ropa de John en el ropero.

Los ojos de Sherlock observaron con desagrado aquella ropa veraniega que yacía sobre su cama.

—¿De verdad pensabas ponerte eso? —preguntó levantando una ceja.

John volteó y al ver la mirada del rizado sobre su ropa, no pudo evitar divertirse por eso.

—¿Por qué? ¿No te gusta? —volvió sus ojos hacia la ropa que ordenaba en el ropero.

—No lo sé, es muy… colorida. —tomó el short para observarlo de cerca. —¿Te gustaría que salgamos de viaje? —miró a John. —Tú y yo en un viaje de placer.

El rubio volteó tomando más ropa doblada sobre la cama.

—Creo que te morirías del aburrimiento.

—¿Eso crees? —Sherlock frunció el ceño.

—Sherlock, si voy a hacer un viaje, quiero estar fuera de Londres por más de dos días, que es lo máximo que soportas estar sin un caso, antes de pedirle partes de cadáveres a Molly.

—Bueno, pero podría hacer alguna excepción.

John lo miró levantando una ceja.

—Ni tú mismo te crees eso.

Sherlock entonces dejó la ropa y rodeó la cama para acercarse a John.

—Escucha, luego de todo lo que hemos pasado, debes saber que estoy dispuesto a mejorar. Sé que puedo hacerlo, solo debo encontrar la manera de mantener mi mente ocupada. Nunca te permitiste un viaje conmigo y quiero cambiar eso, ¿de acuerdo? —dijo el rizado. —Tal vez haciendo planes mantenga al margen las deducciones para concentrarme en lo que queremos cumplir por día. No lo sé, puede funcionar. Podríamos hacer un viaje de una semana para probar y yo pueda tomar datos de lo que necesite, tal vez Sussex, casi no usamos esa casa, podría servir o si quieres, podemos ir a las afueras de Londres, donde quieras, un lugar que te guste. ¿O prefieres salir de Inglaterra? ¿Un lugar con playa? Hay muchas opciones, elije la que más te guste. Puedo decirle a Mycroft que nos facilite algunas cosas, me debe un favor después de lo de hoy, no será prob-…

—¡Sherlock! Sherlock. —interrumpió John. —Cierra la boca.

El rizado apretó los labios sintiéndose avergonzado, no había notado que se había ido de largo hablando sin parar.

John sonrió de lado divertido del funcionamiento robótico de Sherlock, cómo había extrañado presenciar eso.

—No te muevas.

Dijo y de inmediato colocó la ropa en el ropero y luego tomó las últimas prendas dobladas en la cama y las acomodó en el mueble. Al terminar, finalmente miró a Sherlock, quien se había quedado quieto y en silencio como se lo habían pedido.

—Creo que estás ansioso, hoy no fue un día fácil para ti.

—Estoy bien.

—No, no lo estás. —removió un rizo de la frente de su pareja. —Necesitas relajarte.

Sherlock bajó la mirada disimulando su diversión ante el doble significado de esas palabras. John se dio cuenta de eso al instante.

Ese día no habían tenido tiempo para nada, ni siquiera pudieron sentarse para hablar sobre lo ocurrido en esos dos años o discutir sobre su ahora retomada relación. Esa mañana, luego de bajar a ver a una emocionada (de verlos juntos) Sra. Hudson por unos muy rápidos cinco minutos, los dos tuvieron que darse una ducha mega rápida y arreglarse a la misma velocidad. John tuvo que ponerse la misma ropa, pues no había ninguna de él en el departamento y Sherlock lució su ropa elegante de siempre.

El rizado se llevó la peor parte ese día, sobre todo por la reunión con sus padres, quienes llegaron cuarenta y cinco minutos después de que él y John despertaran. Ellos se habían quedado dormidos de largo y no se despertaron hasta que escucharon el teléfono de Sherlock sonar.

—Padre y madre están conmigo. Nos encontramos camino a Baker Street.

El rizado saltó de la cama al escuchar eso, el movimiento brusco y repentino despertó a John con un susto.

—Espera, todavía no estoy listo, ni siquiera se lo he dicho a John.

No tenía que explicarle a su hermano que John no se había ido del país, era obvio que Mycroft ya tenía conocimiento de esa información. Él siempre lo sabía todo.

—Estaremos ahí en cuarenta y cinco minutos, querido hermano.

—Espera, Mycroft. ¡Mycroft!

Oh, era claro que el idiota de su hermano no le había llamado con anticipación solo para joderlo. Al ser él el que recibió a sus padres, ya tuvo su cuota de gritos y reproches, así que, con todo gusto vería el turno de Sherlock con sus propios ojos.

—¿Qué carajos? —preguntó John todavía sintiéndose un poco desorientado al estar recién despierto.

—John, escucha, necesito decirte algo. —Sherlock se tomó un momento para encontrar una explicación lo suficientemente corta, pero comprensible y, sobre todo, amable. —Mis padres nunca estuvieron de acuerdo con que te mintiéramos, ellos siempre quisieron contactarse contigo, pero Mycroft se los impidió todo este tiempo.

John lo quedó mirando, saber eso todavía dolía un poco.

—Mis padres están en camino y mi madre no tiene cosas agradables para decirme. Ellos no saben que estás aquí, no saben que ya nos reencontramos. John, por favor, sé que es muy pronto ahora, pero necesito que me ayudes.

El rubio frunció el ceño.

—¿En qué?

—Ellos creían que la idea de ocultarte todo esto había sido de Mycroft, pero es claro que él ya les dijo que, en realidad, fue mía, así que…

—Oh. —John levantó una ceja. —Quieres que te defienda de tus padres.

—No mucho, solo… lo necesario.

Bueno, John dijo que lo haría, pero llegado el momento, realmente no lo cumplió. El trato que recibió de los señores Holmes y sentir otra vez ese cariño luego de creer que ellos le habían dado la espalda todo ese tiempo, fueron suficientes para decidir dejar que las cosas fluyeran naturalmente. Después de todo, Sherlock merecía un reproche por lo que había hecho.

John no dudó en dejarse llevar por la Sra. Holmes para que se sentara en medio de ella y su esposo, mientras Sherlock estaba frente a ellos con Mycroft al lado, recibiendo más reproches que en todos sus años de rebelde adolescencia juntos.

Fueron dos horas y media de mimos para él e incomodidad para los hermanos. John no había sonreído tan genuinamente en mucho tiempo, sentía que su vida volvía a ser la de antes y mucho mejor. John volvía a tener a su familia de regreso.

—Tú y Sherlock deben venir a visitarnos. —dijo la Sra. Holmes mientras acariciaba y arreglaba los cabellos de John. —Oh, deberíamos volver a Londres, querido. —mencionó ella ya saliendo del departamento.

—También lo creo, querida. —respondió el Sr. Holmes. —John, estamos muy felices de verte. Lamentamos mucho lo que ocurrió.

John sonrió y asintió con amabilidad mientras recibía un gentil y amoroso abrazo de padre a hijo.

—Estoy muy contento de volver a verlos. De verdad, muy feliz. —respondió él.

El señor Holmes lo soltó y se despidió de él con una sonrisa amplia y una mirada llena de cariño, gesto que le terminó de renovar el alma ese día. Había sido como la medicina que necesitaba para recuperarse de aquellos resentimientos que, inevitablemente, había desarrollado durante ese tiempo.

—Bueno, ahora que padre y madre se han retirado, me temo, Sherlock, que debo comunicarte un cambio de último momento. —dijo Mycroft.

Sherlock miró a su hermano con el ceño fruncido, maldita sea, ¿se trataba de la familia Brook? El día recién había empezado y él ya no tenía ganas de hacer más cosas, no después de todos los reproches de las cuales John jamás lo defendió.

—La familia Brook ya puso la demanda en tu contra. Debemos adelantar la conferencia.

Sherlock gruñó molesto y se dejó caer en su sofá.

—Un auto vendrá por ti a las catorce horas. Espero que estés preparado. —Mycroft miró a John. —Si usted desea, doctor, puede acompañar a mi hermano, por supuesto. Será una manera sutil de callar los rumores de distanciamiento.

—Espera, ¿qué demanda? —preguntó John.

—Todavía no se lo he dicho. —comentó Sherlock.

—¿Tampoco? —preguntó Mycroft, aunque ya lo haya deducido cuando llamó horas atrás.

—No, todavía. Ahora, largo.

Mycroft no se permitió sentirse ofendido, la había pasado bien viendo a sus padres regañando a su hermano, por lo que sonrió a John como despedida y finalmente se retiró.

—¿Qué ocurre ahora? ¿Más visitas? —preguntó el rubio una vez que se vieron solos y se sentó en su sofá.

Sherlock suspiró, sus brazos colgaban por los lados del sofá.

—El caso de los gemelos Brook. Tengo que dar una conferencia disculpándome por haber acusado a Darrel de haber asesinado a su hermano.

John empezó a recordar lo poco que había visto sobre la familia Brook hablando ante los medios.

—Supongo que te dieron un guion.

—Ya lo leí. —respondió el rizado.

Trayendo los recuerdos de lo ocurrido en Sherrinford, John no estaba seguro de que Sherlock estuviera realmente bien con ello. La culpa de acusar a una persona inocente podría empeorar esos sentimientos lastimeros en Sherlock, luego de saber la verdad sobre Emily Taylor.

—¿Seguro que puedes hacer esto?

Sherlock sonrió conmovido por la preocupación de su pareja.

—Lo estoy.

—No tienes que hacerlo si todavía no estás listo.

—Lo estoy, John. Siempre lo estaré si estás a mi lado.

La prensa intentó obtener respuestas incorrectas de su parte, cosas que podrían utilizar y manipular solo un poco para poder construir titulares estúpidamente falsos y llamativos, pero no lo lograron. Sherlock había leído las instrucciones de su hermano, así que tenía bastante claro lo que los periodistas querían de él, lo que era la verdad y lo que debía y no decir. El rizado no tuvo problemas, especialmente porque tenía a John a su lado mirándolo con una sonrisa de apoyo todo el tiempo.

Las manipulaciones de Moriarty habían logrado su objetivo, el caso de la familia Brook sonó muy fuerte cuando todo se supo y ahora que resurgía, sería más difícil que la gente lo olvidase. Es que, luego de que Darrel intentara quitarse la vida, los abogados de la familia iniciaron una serie de peripecias para obtener una nueva investigación y un juicio, algo que se extendió lentamente a través de los meses. Eso, aunque fue terriblemente tedioso y fastidioso para Mycroft, fue también a su favor, porque la gente ya casi no ponía atención a las noticias sobre el caso, tanto que dejó de ser del interés público al cumplirse el año.

Sin embargo, cuando Sherlock regresó y todo estalló, la familia Brook vio su oportunidad no solo para obtener justicia, sino también para obtener beneficio monetario y contribuir con su fama. La gente ahora estaba tan sumergida en el asunto que se podían identificar tres grupos: aquellos que culpaban a Sherlock por acusar a un niño inocente, los que lo defendían a capa y espada y los que estaban seguros de que Jim Moriarty había hecho la jugada del siglo al conseguir crear un caso que causara un efecto dominó que seguía haciendo daño hasta la fecha.

Ese tercer grupo, por supuesto, estaba en lo correcto.

Una vez que todas las piezas estuvieron en su lugar, Moriarty solo tuvo que ganarse la confianza los gemelos Brook, hasta que ellos tomasen la decisión "correcta" para ayudar a su padre. Moran estuvo en esa fiesta como un camarero más, fue el que llegó "por casualidad" al baño de los gemelos y el que con solo decir "Moriarty me mandó para ayudarte", le dijo al niño qué hacer con el cadáver de su hermano, mientras se encargaba de llamar a otra persona para, supuestamente, ayudarlo.

La manipulación de Jim tuvo consecuencias irreversibles, siempre habría gente que acusaría a Sherlock por todo lo sucedido con el niño, así que al detective solo le quedaba aceptar su error de interpretación, disculparse públicamente con la familia y finalmente dejar que el escándalo desaparezca de la memoria colectiva. Él tendría más casos, más historias interesantes que John publicaría en su blog y más gente agradecida por ayudarlos. Al final, todo volvería a ser como antes o al menos un poco.

Pero luego de la conferencia, el día definitivamente no había acabado. Sherlock tuvo que enfrentarse a su tercer reto.

Él sabía que su relación debía tener una serie de cambios que demandaban el apoyo de ambas partes. Una de ellas, por ejemplo, fue dejar ir a su pareja esa misma tarde para reunirse con Lestrade y almorzar juntos. Sherlock no pudo evitar sentir ese impulso posesivo de querer mantenerlo con él en el departamento, pero se mantuvo fuerte consigo mismo y lo ignoró.

Aunque dos años estuvieron separados y lo único que quería era aprovechar el tiempo que tenía ahora con John, decidió ceder un poco para darle espacio al rubio. No tenía por qué retenerlo a su lado en todo momento para demostrarle lo mucho que amaba su compañía, ¿verdad? Esa actitud definitivamente tenía que cambiar.

John pudo identificar ese gesto de inconformidad en Sherlock cuando este entendió que la llamada de Lestrade era para invitarlo a almorzar, pero se sintió orgulloso cuando vio que no se opuso ante la petición. Antes, Sherlock habría insistido en que se quedara en el departamento o que iría con él para acompañarlo y, de paso, hacer que esa reunión terminara lo más pronto posible. Pero no esta vez, ahora había cedido a darle un espacio para él solo sin hacer problema por ello.

Eso de verdad le agradó, pero también pudo comprender el deseo de su pareja de pasar tiempo con él, después de todo era comprensible, habían estado separados por dos años. Entonces, para poner en equilibrio la balanza, decidió ofrecer algo a cambio.

—Solo iré a comer con él para charlar un momento. Está en una investigación, así que no será realmente mucho tiempo, ¿de acuerdo?

Sherlock asintió.

—Estaré aquí esperándote. —respondió con una sonrisa.

—Te diré algo, ¿por qué no me acompañas a traer mis cosas de vuelta?

Sherlock mostró un gesto de agradable sorpresa.

—Te doy una llamada y nos encontramos allá. Quiero mudarme otra vez contigo, Sherlock. Cuanto antes.

El rizado lo besó claramente emocionado y entonces, el resto del día se contó por sí solo.

Después del almuerzo, tanto John como Sherlock se pasaron las horas coordinando una mudanza de último momento. El departamento de John había sido comprado junto con los muebles, por lo que todo fue mucho más fácil, eran mayormente cajas lo que se debieron llevar al 221B.

Así que ahora se encontraban ahí, guardando la ropa del rubio en el ropero, porque volvían a vivir juntos como antes.

—¿Quieres un masaje? Sé que te gustan mis masajes. —dijo John con una muy sugerente sonrisa.

Sherlock sintió su cuerpo encenderse rápidamente ante esas palabras. Se acercó a John tomándolo de la cintura.

—Las quiero, por supuesto. —su voz sonó grave y sexy. —Dios, claro que las quiero.

—¿Estás seguro? ¿Por qué no cenamos primero?

—Umm, me gusta esa idea. —el rizado besó el cuello de su pareja. —Pero te quiero a ti para cenar.

John abrazó a Sherlock y respiró hondo sintiendo ese agradable olor del perfume de su pareja. Había pasado todo un día al lado de ese hombre, pero todavía sentía esa nostalgia propia de cuando haces algo después de muchísimo tiempo y estuviste extrañando mucho poder hacerlo.

—Siempre hueles tan bien. —susurró el rubio. —Incluso si no has tomado una ducha, ¿lo sabías?

Sherlock alejó su rostro para poder mirarlo.

—A mí siempre me ha gustado el olor de tu piel. ¿Y sabes qué más? —se inclinó para susurrarle al oído. —Me gusta tu sabor cuando terminas en mi boc-…

—¡Sherlock! —John no pudo evitar reír divertido.

—¿Creíste que bromeaba cuando dije que te quería para cenar?

John sintió el primer pequeño cosquilleo en su miembro, indicio de que de empezaba a excitarse. Gruñó y apretó el cuerpo de Sherlock al suyo.

—Creo que te vas a correr apenas te esté tocando. —besó a Sherlock y empezó a empujarlo gentilmente hasta tenerlo echado en la cama. —No puedo esperar a tenerte, ¿quieres que te tenga, Sherlock? —se subió encima de él y se agachó para quedar a centímetros del rostro del rizado. —¿Quieres montarme por esos dos años de ausencia?

Aunque la intención de Sherlock era él tomando las riendas del encuentro, John se le había adelantado con una actitud dominante que lo desarmó rápidamente.

—Te voy tomar tan duro, Sherlock, que no podrás caminar mañana.

John ya había olvidado lo que era sumergirse tan profundo en sus deseos, dos años y un poco más era lo que su cuerpo tuvo que soportar. Y no, su encuentro íntimo con James Sholto no le llegó a provocar lo que estaba sintiendo en esos momentos, pues solo Sherlock era capaz de encender su lujuria a ese nivel. Esta vez su mente no analizó, ni pensó en lo que estaba haciendo, simplemente se dejó llevar.

—Te quiero de piernas abiertas, ¿entendiste? —John sonrió cuando Sherlock asintió de inmediato. —Luego, cuando te lo indique, te vas a voltear y me vas a enseñar tu hermoso trasero. —el gemido que recibió como respuesta le dio una nueva descarga de excitación. —Te has portado muy mal conmigo, Sherlock, así que te voy a dar lo que mereces.

Sherlock tenía un mecanismo en su mente que bloqueaba de manera momentánea sus "pensamientos analíticos" (como él los llamaba), algo que aprendió a utilizar después de todos esos años de práctica haciendo el amor con John. Él ya no necesitaba observar las reacciones del rubio y pensar en qué movimiento o qué caricia sería la indicada para hacer a continuación; solo necesitaba sentirlo mientras que su cerebro filtraba solo lo necesario para responder correctamente a cada toque y caricia que recibía.

Así que se dejó quitar su pantalón de ceda junto con la ropa interior, para luego arquear su espalda al sentir las manos de John subir lentamente por sus piernas hasta su miembro, el cual estaba todavía a media erección.

—John… —gimió Sherlock con los ojos cerrados —Por favor.

El rubio ahora estaba arrodillado en el piso con el miembro de Sherlock frente a él. Empezó a besar el suave y pálido muslo de su amante haciendo un camino lento y tortuoso hasta arriba. Luego hizo lo mismo en el otro muslo, torturó con suaves besos y caricias tentando el miembro de Sherlock una y otra vez, hasta que finalmente consiguió ver una casi completa erección. John sonrió de lado, ese era el único que miembro que él disfrutaría ver y probar en toda su vida.

Sherlock, por su parte, estaba muy ansioso de que el rubio por fin lo tomara entre sus labios y lo dejara hundirse hasta su garganta. Dios, de tan solo pensar eso podía estar seguro de sentirse al borde, a punto de venirse.

Finalmente, sintió la mano de John alrededor de su masculinidad, acariciando la punta con el pulgar.

—¿Crees que podrás resistir?

Esa había sido una pregunta en clara burla. Sherlock levantó la cabeza y lo miró con reproche.

—Quiero tenerte primero. —pidió.

—Entonces haga su mejor esfuerzo, detective.

John entonces metió el miembro de Sherlock en su boca e inició los movimientos que ya conocía para llevar al rizado hasta las estrellas: Mover la lengua suavemente procurando tener cuidado con sus dientes. Bajar y subir despacio, tratando de descender más cada vez y, sobre todo, hacer leves ruidos con la garganta para que la vibración provocara placenteros espasmos en Sherlock.

El rizado subió sus piernas y John, sin dejar su tarea, las acomodó sobre sus hombros. Movió su cabeza de arriba abajo continuamente y, de vez en cuando, dejaba que la punta del miembro se deslice más adentro.

—¡Ah!

Sherlock jaló las sábanas con los puños fuertemente cerrados. Resistir definitivamente no sería nada sencillo.

—Oh, Dios. —susurró. —John, detente… Me voy a venir.

John respondió algo incomprensible a propósito para que las vibraciones de su garganta aumentara el placer en Sherlock.

—¡Ah! P-por favor, John. Por favor, detente.

El rizado se levantó un poco y trató de empujar la cabeza de John, pero sus fuerzas se habían ido de vacaciones. Las sensaciones se estaban acumulando en su cuerpo y estaba cada vez más cerca de su orgasmo.

Los planes de John eran claros, se tomaría en serio el rol dominante esta vez. Después de dos años, aprovecharía su posición de víctima para hacer lo que quería con Sherlock esa noche.

No se detuvo, llevó su mano izquierda entre las piernas de Sherlock para tentar su entrada. Si tocaba su próstata, el rizado sería historia rápidamente. Pero ni siquiera necesitó hacerlo, apenas empezó a rozar sus dedos sobre la piel, desde los testículos hasta abajo, sintió a Sherlock sacudirse y, segundos después, la tibia esencia de su pareja era expulsada una y otra vez en su garganta.

Lo tomó por sorpresa, tuvo que parar inmediatamente y controlar su respiración para no ahogarse mientras sacaba el miembro con cuidado. Sherlock gemía fuerte, tanto que John recordó que, si bien la Sra. Hudson podría estar acostumbrada a esos sonidos, la enfermera que ahora vivía de manera temporal en la casa, definitivamente no lo estaba.

—¡Sherlock! ¡Sherlock!

El rizado tapó su boca, pero la mayoría de su climax ya había sido fuertemente escuchada. Su cuerpo experimentó el punto máximo de placer luego de una larga abstinencia, no era su culpa que se sintiera tan intenso.

John dejó caer con cuidado las piernas de Sherlock, para luego subir rápido hasta su rostro.

—¡Shh! ¡Shh! —lo calló despacio. —Te tengo, amor. Está bien, déjalo ir.

Sherlock se aferró a John mientras que los últimos destellos de ese orgasmo deliciosamente largo todavía le ocasionaban ligeros espasmos.

—Eso fue increíble, Sherlock. —comentó divertido John.

El rizado respiraba rápidamente, el sudor ya empezaba a hacerse presente en su frente.

—No te has tocado en todo este tiempo, ¿verdad? Fue algo rápido.

—Te dije que te quería primero. —reprochó Sherlock.

—Bueno, tendrás que conformarte con todo lo que tengo pensado para esta noche.

Sherlock no pudo responder, un beso apasionado lo asaltó volviéndolo a dejar sin defensas.

A partir de ese momento, John no necesitó decir más, ahora era su turno. Teniendo una erección apretando sus pantalones, era claro que no quería seguir esperando.

—Quítame la ropa. —ordenó con esa voz de capitán que a Sherlock tanto le gustaba.

Se acomodaron rápidamente para que el detective estuviera arriba y así le quitara la ropa a John mucho más rápido. Mientras eso ocurría, el rubio no pudo evitar pensar en lo curiosamente sexy que era tener a Sherlock desnudo solo de la cintura para abajo.

John traía una camisa gris con sus pantalones azules, él casi nunca se colocaba ropa ligera hasta que iba a acostarse, así que Sherlock aprovechó primero en pasar sus manos encima de los pectorales de su pareja antes de quitarle por completo las prendas. Sintió la forma de los muy ligeramente tonificados músculos bajo sus manos, encima de la tela y cuando sus dedos tocaron los pezones, los apretó con suavidad para obtener un gemido reprimido como recompensa. Sherlock sonrió al escucharlo.

—Te dije que me quitaras la ropa, ¿no escuchaste?

Oh, Dios, que el John Watson dominante lo recibiera en la cama luego de dos largos años era como un regalo de Navidad.

Abrió los botones uno por uno procurando no demorar demasiado hasta finalmente abrir la camisa y ver los hermosos pectorales de John. Se agachó de inmediato para besarlos, sentió la piel cálida contra su rostro y suspiró, suspiró profundo, como cuando uno logra algo que estuvo anhelando por mucho tiempo.

Los labios de Sherlock se sentían suaves y su lengua dejaba rastros calientes en su piel, John sentía que su excitación subía rápidamente y agitaba su respiración. Alzó su cabeza para ver el trasero de Sherlock, ahí levantado debido a la posición del detective, luego empezó a acariciarlo con una de sus manos y finalmente le dio suaves nalgadas. Pero cuando Sherlock empezó a jugar con sus pezones tuvo que dejar caer su cabeza hacia atrás, por alguna razón, eso se sentía particularmente placentero esa noche. Luego Sherlock bajó beso tras beso por su estómago y más abajo, hasta llegar al pantalón donde empezó a restregar su rostro con sensualidad sobre su erección atrapada debajo del pantalón.

—Sherlock. —susurró.

Esa imagen casi le hizo sentirse mareado, Sherlock podía ser increíblemente sensual cuando aceptaba ser sumiso toda la noche.

El rizado sonrió, sus movimientos estaban siendo lentos, acompañados con miradas penetrantes, como un gato mimoso con su dueño. Acto seguido abrió el pantalón y bajó la ropa interior solo lo suficiente para que el miembro de John saliera y quede erguido frente a él.

—No sabes cuánto extrañé verte así. —comentó Sherlock.

—Joder, yo también. —respondió John levantando un poco la cabeza para poder verlo.

—No te hablaba a ti.

John hubiera reído, pero no tuvo tiempo, pues sintió derretirse cuando Sherlock pasó su lengua sobre la punta de su miembro, mientras lo miraba con los ojos negros de lujuria y un minuto después, se hundía hasta su garganta. Tan caliente y experimentada para lo que a él le gustaba.

—¡Ah!

Un gemido escapó de los labios del rubio, para luego alzar sus caderas en un acto reflejo del placer que lo dominaba. Sherlock dejó que el miembro se deslizara hasta adentro, había aprendido a dominar las embestidas de John hace mucho, así que lo tuvo completamente hasta adentro y sin problemas por unos maravillosos y largos segundos. John se estaba muriendo en vida.

—¡Mierda, Sherl-…!

Tomó los cabellos de Sherlock y lo empujó hacia abajo al mismo tiempo que alzaba sus caderas un poco más que hace un momento. Fueron entre dos y tres segundos los que se permitió estar completamente hundido en la garganta de su amante, para luego lo liberarlo.

Sherlock sacó el miembro de su boca para tomar aire, pero lo acariciaba de arriba abajo para no desatenderlo.

—Espera.

John lo detuvo cuando estuvo a punto de volver a tomar su miembro.

—Dije que me desvistieras, Sherlock, no me hagas repetirlo otra vez.

Aunque estuviera respirando rápido y su voz temblara algunas veces, John todavía sonaba dominante.

Sherlock entonces obedeció, se levantó para quitarle los zapatos y finalmente sacarle los estorbosos pantalones y la ropa interior.

—Te necesito, John. Te necesito dentro de mí.

Susurró al mismo tiempo que se colocaba a horcajadas sobre el rubio. Tomó ambos miembros para estimularlos con suaves masajes.

John se sentó.

—Me montarás hasta que te vengas otra vez, ¿lo harás por mí, Sherlock?

—Sí. —respondió el rizado para luego besarlo con pasión.

Sin interrumpir esa deliciosa lucha entre labios y lenguas, Sherlock deslizó sus manos para quitarle la camisa al rubio. Una vez desnudo, este apretó el trasero de su pareja para juntar sus cuerpos y rozar sus miembros atrapados entre ellos. Segundos después, también decidió quitarle la camisa al rizado para que así ambos quedaran completamente desnudos.

Sherlock se alejó para que dicha prenda sea retirada, pero extrañamente, cuando volvía a inclinarse para continuar el beso, la mano de John lo detuvo inmediatamente.

—¿Esa es una herida de bala?

Sherlock bajó la mirada. Esa era la cicatriz que le quedó luego de que le dispararan en Italia.

—No, es una cicatriz de una herida de bala. —corrigió.

—¿Qué mierda? ¡¿Cuándo pasó eso?! ¡¿Moran te disparó?!

John miró con sorpresa y horror aquella cicatriz. De tan solo pensar que Sherlock podría haber estado agonizando y desangrándose en algún momento, mientras él no tenía la más absoluta idea, hacía que se le helara la sangre.

—John, tranquilo. —dijo Sherlock. —Ya pasó, estoy bien ahora.

—No, maldita sea, ¡te dispararon!

El rubio empezó a empujar a Sherlock para que se bajara y le explicara lo que había sucedido, pero el rizado, sabiendo que esa conversación postpondría el encuentro íntimo, lo detuvo de inmediato agarrándolo de los brazos.

—John, no. —demandó. —Estamos a punto de hacer el amor.

—Pero tuvist-…

—¡Lo cual ya pasó! —interrumpió. —Joder, han pasado dos años y estoy con una maldita erección ahora, ¡no quiero hablar de eso! ¡Quiero que me la metas!

Bueno, John tenía que admitir que Sherlock tenía razón. Aunque estuviera en shock por eso, él tenía una erección y Sherlock ya estaba a medio camino de otro. No sería justo que, luego de dos largos años, pararan en ese punto para solo ponerse a hablar.

Miró la cicatriz otra vez con el ceño fruncido y luego el rostro de Sherlock. Suspiró.

—Lo siento.

Dijo John y Sherlock pudo entender que, en realidad, ese "lo siento" se refería a todo lo malo que se vio obligado a pasar mientras que él estuvo en Londres sin poder ayudarlo.

—No lo hagas. —respondió con una sonrisa. —Solo hazme el amor toda la noche.

Se besaron otra vez, despacio, lento, jugando con sus lenguas para ir retomando el ritmo poco a poco. Finalmente, cuando la excitación de ambos volvía a estar al mismo nivel en la que se habían detenido, John volvió a presionar el cuerpo de Sherlock contra el suyo, para rozar sus miembros atrapados entre sus cuerpos. El rizado empezó a moverse para completar la estimulación.

Un minuto después, Sherlock era gentilmente recostado a un lado y John bajaba de la cama para sacar la botella de lubricante que había dejado en la mesita de noche desde que se mudó.

—¿No te llevaste eso? —Sherlock preguntó mientras se acomodaba para tener su cabeza sobre la almohada.

—No tenía ánimos para pensar que lo usaría.

—Por supuesto, no tuviste que usar uno hasta dos años después. —sonrió.

John sintió una punzada de culpa al saber que las palabras de Sherlock no eran realmente acertadas. Aunque, para ser sincero, ahora que lo pensaba, creería que el rizado hubiera deducido que James y él habían llegado a tener un encuentro íntimo, pero tal parecía que no lo había hecho. Sherlock se daba cuenta de esas cosas, se preguntó porqué no fue igual esta vez.

Pero antes de que su rostro lo delatara, miró el frasco y se fijó en la fecha de vencimiento.

—Creo que no podemos usarlo. —comentó.

—¿Por qué? —Sherlock lo miró curioso.

—Ha vencido y estuvo aquí por un largo tiempo después de haber sido usado. —miró el ropero trayendo un recuerdo a su memoria. —Creo que teníamos otro nuevo.

Sherlock sonrió observando a John caminando desnudo en medio de la habitación, su miembro imponente y erecto se movía al ritmo de sus pasos. Para Sherlock esa era una visión increíble.

John abrió el ropero y buscó en una esquina, ahí, en una caja con sellado especial y clave, se encontraban los juguetes sexuales que coleccionaron a lo largo del tiempo y los cuales, por algún motivo, dejaron de usar poco a poco. Efectivamente, ahí había un lubricante y la fecha de vencimiento le daba luz verde para seguir la noche.

—Muy bien, Sherlock, espero que estés listo. —cerró la puerta de la habitación solo para asegurarse de tener privacidad. —Aunque no pueda, esta noche trataré de cubrir dos años de abstinencia.

Sherlock sonrió, no era que no tomara enserio las palabras de John, pero luego de tanto tiempo, realmente no creía que pasara demasiado para que el rubio, inevitablemente, caiga ante un climax que, confiaba, sería particularmente intenso como el suyo.

—Jesús… —susurró John. —Solo tú eres capaz de prenderme así, Sherlock Holmes, tú y tu maldito cuerpo perfecto.

John se colocó de rodillas en la cama y Sherlock abrió sus piernas. El rubio pasó su mano lentamente sobre el abdomen de su pareja, bajó un poco y rodeó el miembro, siguió bajando hasta los muslos, para luego tomar una pierna y besarla.

John siempre fue cariñoso, incluso cuando quería tener el rol completamente dominante. Siempre daba una caricia, un beso o unas palabras susurradas al oído. Él siempre procuraba demostrar lo mucho que amaba a su pareja con pequeños y cariñosos gestos.

Si bien hacer el amor con John no era algo nuevo, Sherlock nunca sintió que sus encuentros se volvieran aburridos con el pasar de los años. Por el contrario, aprender lo que al otro le gustaba, hacía que todo se vuelva más placentero.

La confianza absoluta entre ellos en ese tema tal vez era el secreto, Sherlock no estaba seguro, pero ahora que lo tenía frente a él después de casi haberlo perdido para siempre, hacía que todo se vuelva más significativo.

—Te amo, John.

Tal vez John se dio cuenta del subidón de nostalgia en su pareja, porque subió su mirada y le sonrió con tanta ternura, que el corazón de Sherlock se derritió. Acto seguido, se acercó hasta su rostro para regalarle un beso.

—Yo también te amo. Te voy a hacer sentir muy bien esta noche, ¿está bien?

El rizado no respondió, solo asintió y disfrutó de los siguientes diez minutos que fueron simplemente maravillosos. Los dedos de John se movían dentro de él con deliciosa experiencia, al ritmo justo y preciso para llevarlo alto y, casi de inmediato, detenerse. Le gustaba torturarlo así una y otra vez.

John observó cada reacción en el cuerpo de Sherlock, cada gesto, cada pequeña sacudida. Siempre le gustó verlo deshacerse por él, escucharlo gemir, reaccionar ante sus toques. Con un cuerpo así de sensible como el de Sherlock, John sentía que tenía el espectáculo erótico más hermoso del mundo solo para él.

Cuando vio la nueva completa erección en su pareja, John decidió terminar con las atenciones manuales. Sherlock había tenido bastante placer para él solo, ahora la tocaba a él tener estimulaciones más intensas.

Untó un poco de lubricante sobre su miembro, la esparció con la palma de su mano al masajearla y finalmente se alineó con la entrada de Sherlock. Después de dos malditos años, por fin volvería a sentirse rodeado del cuerpo de Sherlock Holmes.

—Oh Dios… —susurró John.

Sherlock cerró los ojos con fuerza, John entraba muy despacio, con paciencia para no lastimarlo. El rubio sintió tocar las nubes con tan solo sentir la presión y el calor a su alrededor. Dios, no se comparaba en nada con cómo se sentía con James. Su intención nunca no fue compararlos, pero no podía evitar caer en cuenta en lo mucho que Sherlock significaba para él, incluso en su vida sexual. Era como si simplemente no hubiera nadie más perfecto para su propio placer.

Un gemido escapó de John cuando estuvo completamente dentro. Se inclinó y se sostuvo sobre sus brazos, mientras tomaba aire para darle tiempo a Sherlock para acostumbrarse. Las piernas del detective subieron para rodear la cintura del rubio.

—Por favor, John… —suplicó.

—¿Estás seguro?

—Estoy listo para ti.

Sherlock movió sus caderas con necesidad para animarlo y John no podía negarse a esa petición, así que lo hizo. Salió lentamente, para luego entrar otra vez, repitió los movimientos despacio, controlándose ante sus ganas de embestir con fuerza. Se mantuvo en ese ritmo por casi un minuto completo, luego empezó a hacerlo más rápido, hasta que se volvió fuerte y sonoro como quiso desde el principio.

Los brazos del rizado se aferraron a John y este se dejó caer, para ahora sostenerse sobre sus codos. El sonido de sus cuerpos chocando inundó la habitación, mientras que los gemidos de Sherlock, todavía bajos, sonaban a cada embestida y John sentía que no dudaría mucho si no tomaba un descanso pronto.

John dio una última embestida en la cual presionó su cuerpo por largos segundos para hundirse más, esto hizo a Sherlock temblar un poco, pues estaba muy sensible luego de haber tenido un anterior orgasmo. El rubio le dio un beso rápido y luego salió de él con cuidado.

—Date la vuelta.

Sherlock obedeció de inmediato, se volteó y alzó sus caderas como sabía que a John le gustaba. Acto seguido, sintió las manos del rubio acariciar sus glúteos e incluso podía sentir la morbosa mirada de su pareja sobre él, algo que de verdad lo excitaba. Unos segundos después, volvía a recibir a John lentamente. El rubio lo tomó por las caderas y empezó a embestir fuerte y rápido sin previo aviso.

En ese momento, un pensamiento extraño vino a Sherlock, John estaba durando más de lo que estimó… pero no pasó de eso, solo fue un rápido pensamiento, porque la estimulación en su próstata lo desestabilizó de inmediato. John era un genio encontrando rápido el ángulo correcto para hacerlo deshacerse con cada embestida.

Las manos de Sherlock tomaron las sábanas en fuertes puños, mientras que hundía su rosto en la almohada. Sus gemidos nunca eran bajos cuando John lo tomaba de esa forma, así que esa era la única manera de mantener el mayor silencio posible de su parte.

John apretaba su agarre en las caderas de su pareja y embestía fuertemente sin parar durante largos periodos de tiempo. Solo se detenía cuando sentía a Sherlock sacudirse, pues la sensibilidad de su pareja le provocaba a este unas especies de pequeños orgasmos cuando la estimulación seguía sin interrupción. John debía admitir que envidiaba eso, pero tampoco era tan malo poder ser él el que provocaba algo así en su amante.

Se inclinó y jaló el hombro de Sherlock para pedir que levantara su espalda. El rizado lo hizo, quedando apoyado ahora no solo en sus rodillas, sino también sobre sus brazos.

John observó y acarició la pálida espalda de Sherlock, dándose cuenta de muy leves cicatrices que no había visto antes. Estas eran largas, como si fueran de hechas por látigos. El rubio frunció el ceño, pero como ya Sherlock le había pedido antes, ese no era el momento para hablar del tema.

Trató de ignorar ese pensamiento y empezó a moverse otra vez, no sin antes inclinarse para sostenerse en un brazo y tener el otro acariciando los pectorales de su pareja, jugueteando con uno de los pezones.

Las caderas de Sherlock se sincronizaron con el ritmo de John para poder ayudarlo, ya que las embestidas no podían ser tan fuertes, dada a la posición actual en la que se encontraban. Aquella deliciosa sincronía duró un largo minuto, Sherlock gimiendo con los ojos cerrados y John besando sus hombros al mismo tiempo que estimulaba sus pezones.

Entonces, John decidió que era suficiente, Sherlock se había venido un par de veces ya y él todavía estaba aguardando por el suyo.

—¿Quieres que me venga adentro? —le susurró en la oreja.

—¡Ah! Sí… —respondió Sherlock entre jadeos.

—Entonces, sé bueno y agárrate de la cabecera de la cama, ¿sí?

John salió despacio y dejó que Sherlock se coloque en posición. Lo tomó por las caderas y lo atrajo un poco a él para que la espalda del detective se arquee ligeramente. La cabecera no era muy alta, por lo que Sherlock tendría un apoyo fuerte para soportar las embestidas.

Sherlock sintió ser abrazado y luego ser besado detrás de su oreja, por lo que sonrió ante ese detalle amoroso y volteó. John también le sonrió y le dio un último beso, pero esta vez en los labios. El rizado sabía lo que eso significaba, John siempre hacía cosas así cuando estaba a punto de ser rudo con él, era una especie de "lo siento" por adelantado.

Entró lentamente y las embestidas empezaron enseguida. Sherlock apretó sus manos en la madera y cerró los ojos, el sonido de sus cuerpos nuevamente inundó la habitación acompañados de sus gemidos.

No hubo pausas, John siguió embistiendo hasta que empezó a sentir que su orgasmo se formaba poco a poco. Siguió moviéndose fuerte y rápido por unos segundos más, atento a las reacciones del cuerpo de su pareja y entonces, cuando Sherlock empezó a gemir más alto, se inclinó hacia él y tomó su miembro para estimularlo con movimientos rápidos.

Sherlock fue llevado a la cima en un solo segundo y John sintió que las paredes de su pareja se contraían por el orgasmo avasallador que le estaba provocado, algo que siempre resultaba ser el último empujón para que él, finalmente, consiga su propia liberación.

John se hundió lo más profundo que pudo con una última y fuerte embestida y un gemido de gran placer salió de su garganta. Sherlock gritó el nombre de John casi el mismo tiempo, mientras se derramaba sobre la cama. El rubio liberó su esencia dos, tres veces y en cada una de ellas, su cuerpo temblaba ante el inmenso placer.

—¡A-ah! —John cerró sus ojos. —¡Oh, Dios-…!

Entonces sintió perder fuerzas, por lo que el peso de su cuerpo fue sostenido por Sherlock, quien, al igual que John, también sufría espasmos por el grandioso orgasmo que le había asaltado.

—Respira, John… —susurró entre jadeos. —Respira… ¡ah!

Sherlock cerró los ojos nuevamente mientras trataba de seguir sosteniéndose de la cabecera de la cama, algo difícil de hacer en esa posición cuando él y John disfrutaban de un climax intenso al mismo tiempo.

Finalmente, sus cuerpos se calmaron lo suficiente como para que se mantuvieran quietos, respirando agitadamente para recuperar fuerzas. John salió de Sherlock con cuidado y con gentiles movimientos lo ayudó a echarse en la cama. Los dos se quedaron mirando el techo de la habitación, totalmente exhaustos y con sus cuerpos cansados de tanto esfuerzo, pero inmensamente complacidos.

—Oh, Jesús… —susurró John con una satisfactoria sonrisa en su rostro. —Eso fue increíble, Joder, te amo tanto, Sherlock.

Sherlock, quien también tenía el mismo tipo de sonrisa, rio divertido ante el comentario.

—Yo también te amo, John. Te amo demasiado.

Voltearon sus rostros y se miraron, el amor era visible en sus ojos. La tranquilidad de tenerse cerca y amarse como antes los hacía completamente felices.

Se tomaron unos largos minutos en silencio, luego voltearon sus cuerpos para quedar frente a frente, así desnudos sobre la cama. John acariciando la cintura de Sherlock y este los labios de John con la punta de su dedo índice.

—Es hora de una limpieza. —comentó John rompiendo el silencio luego de un largo rato.

—No. —se quejó Sherlock. —Todavía no, quiero seguir aquí contigo.

John rio divertido.

—No tengo que decirte que te corriste tres veces y estamos encima de todo eso ahora mismo.

—Yo tengo lo tuyo dentro de mi trasero y no me estoy quejando.

Ambos rieron divertidos. Se sentía tan bien volver a estar juntos, tan correcto como si el propio destino, el universo, Dios y todos los santos juntos, así lo hubieran querido.

—Déjame limpiarte. —pidió John acariciando la mejilla de Sherlock. —Creí haberte perdido por dos años, créeme que de verdad quiero hacerlo.

Sherlock no pudo negarse otra vez, nunca podría hacerlo contra el amor de John Watson, así que simplemente sonrió y acompañó a John al baño.

El agua regulada para que esté tibia caía sobre la espalda de Sherlock, John lo observaba completamente enamorado, anonadado de la belleza de su pareja y de ese sentimiento que inundaba su pecho por solo verlo.

Tenerlo así con él nunca más se sentiría igual, porque sabía lo mucho que dolía perderlo. Ya había probado el sabor de la soledad y la amargura de los recuerdos, por lo que supo que, de ahora en adelante, cada vez que ambos compartan un momento así de íntimo, John sentiría el doble de felicidad en su corazón.

Sherlock también pudo reflexionar sobre ello mientras veía esos ojos azules mirándolo con amor. Ese hombre que lo tenía de la cintura en la ducha, el que le había hecho gritar su nombre de tanto placer minutos atrás, era la única persona que quería para el resto de su vida. Y todo, absolutamente todo lo que tuvo que sufrir, incluyendo el miserable dolor de creer haberlo perdido, definitivamente, valía toda la maldita pena.

Ya aseados y limpios, ambos empezaron a ordenar todo el desorden que habían ocasionado. Sherlock se encargó de las ropas tiradas en el suelo y John de colocar las sábanas limpias.

Finalmente, luego de varios minutos, la pareja por fin estaba acostada en la cama. Sherlock con su brazo alrededor de John, mientras que este estaba recostado en su pecho. Ambos solo con ropa interior, para sentir el calor de la piel del otro como tanto les gustaba.

Esa tranquilidad entre los dos que siempre se formaba luego de hacer el amor, era de las pocas cosas "tranquilas" que Sherlock adoraba. Silencioso, quieto, solo disfrutando del sonido de la respiración de John y el calor de su cuerpo.

—Entonces, ¿me vas a contar?

La voz de John hizo que los pensamientos de Sherlock sean interrumpidos.

—¿Uh? ¿qué?

John subió la cabeza para mirarlo, pero todavía manteniéndola recostaba.

—¿Me vas a contar lo que pasó?

Esa pregunta llegó muy pronto y si quería ser sincero, prefería no hacerlo, muchos de los detalles ocasionarían que John volviera a sentir culpa. Sin embargo, también era consciente de que no podía negarle una explicación, porque estaba en todo su derecho.

Suspiró.

—Supongo que, si te digo que no, insistirás. —respondió levantando una ceja.

—Sí.

—¿Aunque no sea un buen momento?

—Es un buen momento.

Sherlock guardó silencio por unos segundos, esperanzado de que John se desanime en cualquier momento, sus ojos lo miraron suplicantes para eso.

—Te escucho. —dijo John.

Sherlock rodó los ojos y volvió a suspirar.

—Bueno, hay cosas que, se supone, no debería contarte porque, tú sabes, confidencial.

—Solo quiero saber sobre ti. No quiero que me digas detalles sobre los planes que hiciste o con quién te reuniste. Solo quiero que me digas cómo sobreviviste a la caída y a ese maldito disparo.

Esa petición era, más que todo, por su paz mental. John sabía que lo que sea que haya sucedido, ahora era algo del pasado, pero eso no quería decir que no se sienta culpable de alguna manera. No solo por lo que había sucedido entre ellos, sino también porque no estuvo ahí para ayudarlo.

—De hecho, lo de la caída fue suerte.

—¿A qué te refieres?

—Además, casi muero de hipotermia esa noche.

John reflexionó un poco.

—Entonces, te rescataron. —comentó. —Cuando regresaste, creí que tu rescate también había sido una mentira. Nunca pude verte, ni siquiera en el ataúd.

—¿Sabes? Me hubiera gustado que fuese una farsa, así no habría tenido que usar el cuerpo de Moriarty para mantenerme a flote.

—¿Qué?

—Lo sé, suena asqueroso, pero permanecer horas flotando no es muy fácil que digamos.

La mente de John empezó a recrear la escena automáticamente y lo que veía no era para nada agradable. Saber que Sherlock estuvo por horas entre fuertes olas y con un cadáver para mantenerse a flote, le provocaba angustia y ansiedad.

—¿Moriarty murió por la caída?

—Se rompió una pierna y yo el brazo. Bueno, una fractura en realidad.

—Demonios, ¿qué? —John se sentó rápidamente, recostó su espalda en la cabecera. —¿Cuál brazo?

Sherlock gruñó por lo bajo ante la queja de su cuerpo al ser separado de la de John. No tuvo más remedio que también sentarse.

—Izquierdo.

John examinó el brazo como si pudiera hacer algo por él después de tanto tiempo transcurrido.

—Mi brazo cayó demasiado cerca de las rocas. —continuó Sherlock. —Tuve que aferrarme a una mientras el movimiento del mar me empujaba contra ellas. Moriaty también lo hizo, pero me encargué de él después de un rato. Lo hundí y no dejé que saliera hasta que dejó de moverse.

El rubio lo quedó mirando en silencio. Eso también se había recreado en su mente.

—Si te lo preguntas, sí. Lo disfruté. —miró a John un poco preocupado. —No pensarás que ahora sí soy un psicópata, ¿verdad?

—¿Qué? No. —John rio divertido. —No seas idiota, claro que no. Solo te estoy envidiando por eso.

—Oh. —Sherlock levantó las cejas sorprendido por la respuesta.

—Ese hijo de puta nos hizo la vida imposible, Sherlock. También quería romperle el cuello.

Sherlock sonrió divertido.

—Bueno, es verdad. —respondió.

John se inclinó hacia el rizado tocando la cicatriz en medio de su pecho. Se parecía a la suya en su hombro.

—Ahora los dos tenemos una cicatriz por herida de bala. Relationship goals. —dijo Sherlock guiñando un ojo.

—No es gracioso. —John lo miró serio. —¿Cuándo pasó?

—Luego de recuperarme de la caída estuve involucrado con la investigación para encontrar a Sebastian Moran y desmantelar toda la organización de Moriarty. Me tomó poco más de un año hacerlo.

—Dime que también está muerto ese hijo de puta.

—No te preocupes, lo está. —Sherlock tomó la mano de John. —Estamos a salvo ahora.

John dio una triste sonrisa, sentía alivio de que la pesadilla haya terminado, pero el costo por ello se sentía demasiado grande.

—¿Él te disparó? —preguntó refiriéndose a la cicatriz.

—Digamos que bajé la guardia luego de que Moran murió.

—Entonces, no fue él el que te disparó.

Una breve explicación de todo lo ocurrido dejó a John con la boca ligeramente abierta. No fue fácil para él escuchar que Sherlock estuvo demasiado cerca de morir por segunda vez a manos de Jim Moriarty y luego, por tercera vez, por "el disparo más estúpido que me han hecho", según las palabras del detective.

Pero lo que Sherlock obtuvo de recompensa fueron unos amorosos besos, seguidos de suaves caricias. Estas se encargaron de borrar cualquier tipo de rencor que todavía podría seguir habiendo entre ellos.

—Sherlock, escucha, lo que te dije ese día no era verdad. Te mentí, yo te amo y si bien teníamos problemas, jamás dejé de amarte.

—John, no tienes que disculparte por eso.

—Debo hacerlo. Quería ayudarte y tú no me lo permitías. Lo único que hice fue decirte algo que sabía que te dolería, porque se supone que era la única manera en que pudieras entender la trampa de Moriarty.

—Lo sé. —Sherlock acarició los labios de John mientras lo miraba con una sonrisa. —Mycroft me contó todo.

El rubio no se sorprendió de escuchar eso, pero tampoco lo hacía sentir mejor.

—Fue difícil. —continuó el rizado. —En cierto modo, todo lo que dijiste es verdad.

—No, yo n-…

—Espera. —lo detuvo. —No estoy enojado por eso, ahora entiendo lo que hacía falta en nuestra relación. Que Mycroft haga un complot contigo para desestabilizar mi ego, fue ciertamente brillante.

John frunció el ceño, algo que divirtió a Sherlock.

—Si no hubieras estado de acuerdo con eso, nunca hubiera vencido a Moriarty. Tenía un ego muy cegador, lo admito, fue necesario tomar medidas drásticas. Y funcionó, así que no tengo por qué estar molesto ahora.

Los ojos de John recorrieron el rosto de Sherlock, admirando la gran inteligencia que guardaba.

—¿No estás enojado conmigo por eso? —preguntó el rubio.

—Por supuesto que no. ¿Tú lo estás por mentirte? Si todavía lo estás, lo entenderé.

John desvió la mirada y suspiró hondo, analizó sus sentimientos pensando en todo lo que había sucedido ese día y lo que acababa de escuchar. Fue curioso caer en cuenta que, a pesar de haber estado molesto por muchos días debido a ello, ahora eso simplemente había desaparecido.

Sonrió y miró los hermosos ojos de Sherlock.

—No. Ya no me siento molesto cuando pienso en eso. Creo que me duele un poco, pero… —rio bajito, como cuando recordamos un chiste que de repente llega a nuestra mente. —No te aseguro que no lo mencione cuando realmente me hagas enojar, pero ya no me siento tan afectado como antes.

El detective sintió un alivio al escuchar eso, como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Sin embargo, antes de que la conversación pudiera terminar, Sherlock tenía que dejar en claro otras cosas más.

Besó a John y luego lo miró un poco serio.

—John, uh, hay un par de cosas que me gustaría decirte. —el rizado sostuvo la mirada en silencio por un momento. —Primero, los mensajes de Irene Adler nunca significaron nada para mí.

Oh, John había creído que ese tema ya estaba cerrado. Que Sherlock lo trajera de vuelta lo sorprendió un poco.

—Ah, los mensajes. —comentó mientras recordaba la última vez que había visto a Irene

—Necesito que quede claro que nunca fue mi intención ocultártelo. Esos mensajes eran tan insignificantes para mí, que ni siquiera consideré hablar contigo sobre ello. Era como gastar tiempo.

Sherlock Holmes y su ridícula manera de pensar no siempre acertaban de manera inteligente. John negó con la cabeza ante tan estúpida explicación.

—Se supone que tienes un IQ superior, Sherlock.

—¡Lo sé! Maldita sea, lo siento, de verdad. Además, tú veías mi teléfono, ¿por qué no me preguntaste?

—Porque esperaba a que tú me lo dijeras.

Ambos quedaron mirándose en silencio por unos largos segundos. Se habían dado cuenta de la falta de comunicación que tenían.

—Creo que debemos trabajar en nuestra comunicación. —dijo John.

Sherlock asintió en respuesta.

—Bueno, dicho eso, hay algo más que necesito decirte. —dijo el rizado.

La mirada del detective se apartó de John y el rubio pudo darse cuenta de que era algo realmente difícil para Sherlock.

Y lo era, mucho, decirlo incluía saber que decepcionaría a John.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Tuve una recaída. Tuve que entrar a rehabilitación justo después de recuperarme por el disparo.

El pecho de John se hundió, sus pulmones se quedaron sin aire de repente. De su boca no salió nada, la expresión de su rostro y su mirada lo decían todo.

—Las drogas estuvieron a mi alcance muy rápido y mi estado mental no era muy estable por todo lo que había pasado. —miró a John. —Fui un imbécil y me duele tanto decepcionarte, pero quería que lo supieras, porque no quiero secretos contigo, no más.

John bajó la mirada por un momento, ¿se sentía decepcionado? La verdad sí. Sherlock era un hombre adulto, el hecho de que lo perdiera no significaba que se abandone a las drogas otra vez. Pero, ¿quién era él para juzgar? Él, que descendió casi al desespero cuando hablaba con un Sherlock imaginario, ¿cómo podría juzgarlo?

John acarició el rostro de Sherlock y le sonrió con comprensión. No le diría que estaba decepcionado, jamás le volvería a decir algo que lo lastime.

—Sherlock, solo somos seres humanos. —respondió. —Estabas sufriendo como yo también lo hacía.

—Lamento haber roto mi promesa. Sé que piensas que nunca tuve excusa para eso. —los ojos de Sherlock eran tristes.

—No te voy a juzgar. —lo besó. —Solo te diré que me siento orgulloso a pesar de eso. —vio que la mirada de Sherlock mostraba cómo su corazón se emocionaba al escuchar sus palabras. —A pesar de todo, pudiste levantarte y soportar otra rehabilitación. —lo tomó del rostro. —Eres el hombre más fuerte que conozco, Sherlock Holmes y me siento jodidamente orgulloso de ti.

Se abrazaron, Sherlock cerró los ojos y una pequeña lágrima cayó por su mejilla. Una lágrima de felicidad que le dio paz a su alma.

—Me acosté con James.

Pero el abrazo no había terminado cuando Sherlock escuchó esas palabras. Frunció el ceño y parpadeó sintiéndose ligeramente confundido por el repentino cambio en la situación.

John decidió decirlo de golpe, sin dar rodeos. No solo porque no había forma de decirlo sin que Sherlock se sintiera afectado, sino también por él, porque no quería darle oportunidad a la cobardía. De haber sabido que había una mínima oportunidad de que Sherlock volviera, él habría mantenido la esperanza y James jamás hubiera figurado ante él para más que una amistad.

Se alejaron y John evitó mirarlo.

—Lo hicimos la noche anterior a la que apareciste en el restaurante.

Sherlock no supo qué contestar, solo limpió el rastro húmedo de su lágrima y guardó silencio. John lo miró.

—Había luchado tanto contra mí mismo, contra esa imagen de ti que mi mente proyectaba. Traté de convencerme que seguir con mi vida no significaba traicionarte, aunque te siguiera amando. —John temía de lo que Sherlock podría pensar al respecto. —Fueron dos años muy difíciles donde me sentí miserable cada maldito día. Yo solo quise seguir, Sherlock, porque tu ausencia de verdad me dolía demasiado. Aquella noche pasó lo que tenía que pasar, negarme habría sido… —suspiró. —Lo siento, Sherlock.

Sherlock ahora comprendía el desempeño envidiable de John una hora atrás y, si debía ser sincero, realmente no le gustó saber el porqué. Le jodió que demasiado el hecho de que otra persona se haya atrevido a tocar el cuerpo de John.

Pero en lugar de expresar su enojo, el rizado decidió ser comprensivo. John no tenía idea de su pronto regreso y solo quería seguir adelante tratando de superar su dolor. El rubio jamás lo había traicionado, ni olvidado y eso se lo demostró cada minuto que hicieron el amor. Que se acostara con James Sholto no había cambiado nada, así que, ¿para qué enojarse?

No respondió con palabras, lo hizo con un beso, uno donde explicó que lo entendía y que no lo juzgaría. Además, si había que ser justos, él también había tenido un pequeño desliz.

—Solo espero que no haya sido mejor que yo. —comentó Sherlock con una sonrisa de lado.

John suspiró hondo.

—La verdad es que tuve que pensar en ti para poder terminar.

Sherlock levantó una ceja, mostrándole una sorprendida mirada al rubio.

—Esto hará que tu ego se eleve en un quinientos por ciento. —dijo John rodando los ojos. —No podía llegar al orgasmo solo con él, así que cerré los ojos e imaginé que eras tú.

No podía mentir, Sherlock se sintió extremadamente enaltecido.

—De acuerdo. —dijo el detective acomodándose en su sitio. —Lo entiendo.

John sonrió divertido.

—¿Cómo que lo entiendes?

—Bueno, soy un genio, John. Soy jodidamente bueno en todo lo que hago y eso incluye, obviamente, el sexo.

El rubio rio divertido para luego besar a su pareja. Sí, ese idiota tenía razón, era un maldito genio incluso en la cama.

—Pero, para equilibrar mi momento narcisista. —dijo el rizado alejando a John con gentileza. —Debo confesar que también tuve… —apretó los labios por un momento. —Tuve un desliz.

Los ojos de John se volvieron serios al instante.

—¿De qué demonios hablas?

Vaya, Sherlock no pudo evitar sorprenderse. De repente John lucía celoso.

—Bueno, luego de salir de rehabilitación, tuve que localizar el paradero de Irene Adler.

—¡¿Te acostaste con ella?!

John no pudo evitar sorprenderse y, bueno, sí, se sentía celoso, pero más le ganaba la impresión.

—¡No! —se defendió el rizado. —Ella solo… yo estaba cansado, me dolía el cuerpo, estaba tenso y ella estaba muy agradecida conmigo por rescatarla.

La mirada de John era penetrante.

—¿Estás enojado conmigo? —preguntó nervioso.

—No me has terminado de contar lo que pasó. Continúa.

Sherlock suspiró.

—No pasó nada, ella solo me tocó y me dejé llevar por un minuto. Pero solo fue eso. La detuve de inmediato y entonces no paso nada más.

John levantó una ceja. La verdad era que podía vivir con eso.

—Creí que te habías acostado con ella.

—No lo hice, lo juro.

El rubio sonrió.

—Lo sé. —le regaló una caricia a Sherlock. —Gracias por decírmelo. No estoy enojado.

Ciertamente, escuchar eso fue un gran alivio para Sherlock, todas las cosas que se debían confesar fueron dichas y el resultado fue muy positivo para ambos.

Pero entonces, Sherlock bostezó y John se dio cuenta de que sería buena idea cerrar los ojos para por fin descansar, especialmente por el detective, quien había tenido un día bastante agotador.

Cayeron ante el cansancio luego de volverse a echar para taparse con las sábanas, luego se besaron tiernamente mientras mantenían sus manos entrelazadas. Ahora tenían todo el tiempo del mundo para decirse cada pensamiento, para sonreírse, para planear el resto de sus vidas sin sentir el temor de que el pasado pueda volver a amenazarlos. Por fin, después de tanto sufrimiento y lágrimas, Sherlock y John dormían con la certeza de que nunca más tendrían que separarse de nuevo.