Luego de un viaje con una estadía inesperadamente larga, Mike estaba de regreso en Londres, justo a tiempo para asistir a la boda de sus amigos al día siguiente.
Había pasado cinco meses desde que Sherlock había regresado y Mike ya estaba fuera de Londres para cuando ocurrió. Se enteró del regreso de su amigo por las noticias locales, por lo que llamó inmediatamente a Mycroft para obtener detalles, pero este prefirió que Sherlock sea el que le brinde las respectivas explicaciones.
Mike estaba asombrado, aunque un poco ofendido también por la mentira y el dolor provocado, pero más que todo, se sentía feliz de saber que su amigo estaba vivo. Sin embargo, tampoco no pudo evitar pensar en lo difícil que, de seguro, fue para John.
Sherlock llegó a hablar con él, pero no se volvieron a comunicar hasta que el detective se reconcilió con John y desde entonces, los tres empezaron a llamarse varias veces a la semana. Pero nada se podía comparar con verse en persona, por eso se sintió tan feliz cuando fue recibido por Sherlock esa mañana en el aeropuerto.
Fue rápido en realidad, Sherlock había ido solo para saludarlo antes de reunirse con él en su boda al día siguiente. Un caso de importancia nacional (es decir, para Mycroft Holmes) había sido resuelto a tiempo y ahora debía dejar en claro algunos puntos específicos en la misma oficina de su hermano. John, por su parte, no había podido ir debido a que Molly le había obligado a estar presente para los últimos detalles de la ceremonia, por lo que se vería con el rubio más tarde esa noche.
—Estoy tan feliz de verte. —dijo Mike luego de darle un fuerte abrazo a su amigo. —Eres un maldito desgraciado. Demonios, ¿cómo pudiste hacernos eso?
—Hay demasiado qué contarte. —respondió el rizado.
—Adelántame algo, porque cinco meses sin saber qué rayos pasó me tienen loco.
El auto de Mycroft era rápido y privado para ambos, así que Sherlock se sintió tranquilo de contar algunos detalles generales, incluyendo lo que tuvieron que pasar él y John para retomar su relación. Mucho desconcierto y muchas más preguntas quedaron en la mente de Mike esa mañana y no obtuvo respuestas para ellas hasta que, nueve horas más tarde, estuvo sentado frente a John en una cafetería durante tres agradables horas.
—Entonces, Irlanda. —comentó Mike con una sonrisa.
John asintió levantando las cejas.
—Al principio pensamos en Suecia o Noruega. Una vez fui a ver auroras boreales a Suecia con mis padres cuando era pequeño y Sherlock viajaba a Noruega en su infancia para lo mismo.
—Déjame adivinar, Mycroft ya había comprado los boletos para Irlanda.
—No. —rio John. —Es que no queríamos irnos tan lejos, no queremos dejar sola a la Sra. Hudson.
—¿Sigue mal? —Mike tomó un sorbo de lo último que quedaba de su café.
—No, ella está mejor ahora. Pero todavía nos sentimos culpables por esos dos años y luego de su desmayo meses atrás, no queremos estar tan lejos por si algo ocurre.
El viaje de luna de miel sería el regalo de Mycroft, quien se excusó adelantando su ausencia en la ceremonia. John no tuvo problemas con ello, especialmente por el regalo de bodas que obtuvo a cambio, mientras que Sherlock estuvo complacido, por supuesto. No por el viaje en realidad, sino por no tener que ver el rostro de su hermano ese día.
—¿Sabes? Conociendo a Molly como la conozco, se debió sentir muy mal contigo. —comentó Mike.
—Oh, sí. Por eso se ofreció a ayudarme con la boda, solo quería compensar esos dos años de mentiras. —John sonrió. —Sherlock y yo estuvimos de acuerdo con algo muy pequeño y simple, pero, aun así, joder, es una pesadilla planearlo.
—La maldita burocracia y el delicioso consumismo.
—Carajos, sí. —John rio divertido.
—¿Por cuánto tiempo se van? Demonios y yo que acabo de llegar.
El rubio terminó su café y sonrió ante el comentario.
—Dos semanas.
Mike entonces rio en clara burla.
—Buena suerte aguantando el aburrimiento de Sherlock, amigo.
—Según él, está todo resuelto. —John se cruzó de brazos y recostó la espalda en el respaldar del cómodo sofá. Sentía como si estuviera a punto de contar un chiste. —Me dijo que, así como yo me encargué de la boda, él se encargó del itinerario de nuestro viaje.
—Ah, no me digas.
—Aunque te parezca mentira, así es.
Si habría que describir esa escena, Mike y John lucían como dos amigos hablando mal de otro luego de beber demás en una reunión.
—Iremos a los lugares turísticos más importantes de Irlanda. Todo lo que haremos incluye un viaje en barco en Dublín, visitar La Calzada del Gigante, ver acantilados, ver castillos, hacer senderismo y… —John intentó hacer memoria. —Bueno, y otras cosas más, la lista es jodidamente larga.
Mike se había aguantado la risa por un momento, pero lo soltó cuando John rodó los ojos.
—Es muy tierno de su parte creer que lograrán hacer todo eso sin que él se vuelva loco primero, debes admitirlo. —volvió a reír Mike.
John también lo hizo y dentro de él sintió ese calor reconfortante que siempre le traía el recuerdo de Sherlock.
—¿Sabes? Sherlock ha cambiado mucho desde que regresó. Sigue siendo algo insoportable en ocasiones, pero creo que ahora entiende que ambos debemos poner nuestro grano de arena para que todo funcione. —sonrió orgulloso. —Ya no siento que estoy en una relación con un adolescente.
Mike asintió con la cabeza lentamente, el recuerdo de sus amigos cuando caminaban juntos por los pasillos de la universidad mientras recibían curiosas miradas a su alrededor, vino a su mente y le hizo sonreír con nostalgia.
—Sherlock siempre te amó mucho, supongo que necesitó aprender a las malas que eso no era suficiente para opacar ciertas cosas.
—Sí, también lo he pensado.
—Él es un gran tipo.
John suspiró y sonrió poniendo la típica cara de enamorado.
—Lo es. Es el mejor de todos.
—Oye, no me dijiste quién fue ese tipo con el que saliste en estos dos años.
—¿Recuerdas a James Sholto?
Mike tuvo ese nombre dando vueltas en su mente, estaba seguro de que lo había escuchado antes. Entonces, el joven militar con motocicleta vino a su mente.
—Espera, ¿qué? ¿El militar? ¿Cómo lo encontraste?
John respiró hondo, había tantas cosas que contarle a Mike.
—¿Mycroft no te ha dicho nada? —recibió una respuesta negativa. —De acuerdo, hay cosas que se supone que no debo contarte, pero trataré de explicarte todo este maldito enredo.
Cuando el reloj pasó de las once, John y Mike decidieron terminar la reunión. Luego de un fuerte abrazo y un "nos vemos mañana", John se encontraba en el taxi regresando a Baker Street. Acariciaba su anillo mientras veía las calles pasar, había una indescriptible sensación de felicidad absoluta dentro de él, no una que lo tentara a gritar y saltar, sino una que le hacía sentirse plenamente satisfecho con su vida.
A pesar de tener todavía el dolor de la ausencia de sus padres, de la muerte de su hermana y el recuerdo de la última vez que vio a James Sholto, de verdad se sentía feliz y satisfecho con lo que el futuro le preparaba.
Oh, ¿por qué tuvo que recordar a James? John suspiró, ese hombre siempre mereció a alguien que lo amara tanto como él lo hacía, con la misma intensidad y compromiso. Muchas veces pensó en volverlo a ver, solo para decirle lo mucho que sentía haberle hecho tanto daño, aunque no hubiese sido su intención.
Pero, ¿para qué? Era mejor para James si no se volvían a encontrar, después de todo, el comandante había sido muy claro esa noche, cuando le dijo que sabía que tocaría su puerta. Él había respetado su decisión y le permitió ser feliz.
El taxi llegó, pagó el servicio y entró a su casa. No subió al departamento, primero fue a ver a la Sra. Hudson como todas las noches lo hacía. Entró llamándola y procurando hacer suficiente ruido, para evitar mostrarse de repente en su sala y darle un susto.
Ella estaba ahí, sentada en su sofá, viendo un concierto de alguna banda de metal que de seguro Sherlock le avisó que viera, pues se transmitía en la TV.
—Sra. Hudson. —sonrió al verla.
—Oh, querido. —también sonrió. —¿Recién llegas? Deberías estar descansando, mañana será el gran día.
John se sentó a su lado para recibir ese abrazo maternal que tanto le gustaba.
—Me daré un baño y me meteré a la cama.
—Si tú y Sherlock van a tener… —la anciana levantó las cejas e hizo un gesto pícaro. —Tal vez sea mejor que esperen hasta mañana.
El rubio se sintió un poco avergonzado al escuchar eso. A pesar de tanto tiempo, nunca se acostumbraba a los dobles sentidos de la Sra. Hudson.
—Bueno, supongo que tiene razón. —respondió algo incómodo.
—Ya sabes, para mantener las ganas más intensas. —guiñó el ojo.
John levantó las cejas y forzó una sonrisa.
—Lo de ustedes es amor, cariño, no como lo que tuve con Frank cuando me casé con él. Todo era físico, no podíamos dejar de tocarnos el uno al otro. De hecho, hubo una noche muy intensa entre los dos.
El rubio sintió sus alarmas encenderse. Dios mío, no quería escuchar ningún detalle íntimo de la Sra. Hudson.
—Oh, escuche. —señaló hacia arriba. —Ese es Sherlock llamándome, debió escuchar mi voz. —se levantó, la anciana miraba el techo tratando de escuchar algo. —Cualquier cosa que necesite, ya sabe, el botón de pánico está en todos lados.
Luego de que la Sra. Hudson se recuperara por completo y la enfermera finalmente se fuera, Sherlock mandó a colocar botones de pánico en varios puntos específicos de la casa, para que la anciana pueda pedir ayuda en cualquier momento. Esos botones mandaban una alarma al teléfono de sus inquilinos y hacía sonar otra en el departamento de arriba. Una alarma no tan estrepitosa cabía resaltar.
—También debería irse a dormir. —dijo John levantando una ceja.
—Oh, solo diez minutos más. Es Iron Maiden en vivo.
John asintió sonriendo divertido.
—De acuerdo, que tenga buena noche, Sra. Hudson.
—Buenas noches, querido.
Le dio un beso en la cabeza a su arrendadora y finalmente subió, saltándose algunos escalones en el camino y sintiéndose extrañado de no escuchar la misma música en su propio departamento.
Cuando abrió la puerta, la cual estaba apenas abierta, vio a Sherlock tecleando rápidamente en su laptop, sentado en la sala, con el ceño fruncido y los ojos atentos a la pantalla.
—Deberías dejar de avisarle cuando encuentras conciertos a esta hora, no querrá dormir hasta que termine. —reprochó John cerrando la puerta detrás de él.
Sherlock no lo miró, pero sonrió mientras seguía tecleando.
—No lo hice. Y, además, no la culpo, es Iron Maiden.
John negó con la cabeza desaprobando la situación, pero sin enojarse en realidad. Se quitó la chaqueta y los zapatos y acto seguido, se dejó caer en su sillón para abrigarse con el fuego de la chimenea.
—¿Qué estás escribiendo?
—Lestrade me pidió ayuda con un caso.
—¿Qué?
¿Un caso a apenas horas de la boda? John se alarmó de inmediato.
—Tranquilo. —se apresuró a decir el rizado. Volteó a ver a John. —Es sobre Stella.
—Oh. —John se vio sorprendido. Stella Hopkins, la manzana de la discordia entre Lestrade y Mycroft. —¿Qué pasó?
—Dame un minuto.
Sherlock regresó su mirada a la pantalla y tecleó por un par de minutos más. John esperó en silencio mientras vagaba en sus redes sociales y su todavía concurrido blog desde su teléfono.
—De acuerdo.
El rizado cerró la computadora y se levantó para caminar hasta John y darle un beso en los labios.
—Ya comiste, ¿verdad?
—Todavía tengo los pasteles y las tazas de café en el estómago.
Sherlock se sentó.
—Espero que no hayas tomado muchas.
—Solo dos. Dime qué pasó. —Insistió John.
—Bien, digamos que Stella Hopkins ha intentado contactarse con Lestrade otra vez y él está aterrado de que Mycroft se dé cuenta.
Sherlock colocó sus manos juntas debajo de su barbilla.
—¿Mycroft sigue molesto por eso? Quiero decir, me dijiste que él sabía que entre Greg y Stella no pasó nada.
—Lo sabe, pero no es eso lo que lo molestó, sino el hecho de que Lestrade acudiera a ella luego de sus discusiones.
John asintió, realmente podía entender el punto de vista de su cuñado. Aunque, si se lo preguntaran, sentía el precio que tuvo que pagar Lestrade había sido demasiado alto. Fueron varios años de lucha contra el orgullo de Mycroft.
—¿Y ahora por qué lo buscó?
—Le preguntó a él si podría convencerme de tomar un caso. Ya sabes, publiqué en Twitter que no estaría disponible para aceptar casos durante dos semanas. Lestrade me pasó los datos y al leer los detalles, bueno, solo necesité una hora y cuatro minutos para resolverlo. —miró su reloj. —Tal vez seis minutos. Le estaba enviando mi investigación por escrito.
—¿Mycroft hace seguimientos de las llamadas de Lestrade?
Sherlock sonrió divertido ante esa pregunta.
—¿Tú crees que yo lo haría con las tuyas?
John lo pensó por un momento, lo suficiente como para que Sherlock se sintiera ofendido por ello.
—¡¿Realmente lo crees?!
—Bueno, no lo sé. —John se encogió de hombros. —Diría que no, pero siempre me sorprendes.
—No lo haría y no lo hago. —se defendió el rizado. —Y Mycroft tampoco. Aunque parezca que nos vigila por todos lados, su interés se limita a lo que hacemos fuera de nuestra vida privada. A menos que seas un peligro para Inglaterra, por supuesto.
—Por eso Lestrade está asustado, ¿verdad? Luego de conseguir volver con Mycroft, teme que su contacto con Stella lo vuelva a arruinar.
—Si me lo preguntas, John, Gregory tiene la culpa.
—Greg.
—Greg. —se corrigió. —Discute con Mycroft y lo primero que hace es emborracharse con su colega de Scotland Yard, Stella Hopkins y amanecen juntos en su departamento. No hicieron nada más que tomar, pero ciertamente, ese no es el punto. Especialmente cuando sabes que ellos tuvieron algo mucho antes de que estuviera con Mycroft.
—Yo se lo dije en su momento. —comentó John. —No importaba que su relación esté muy mal o que no haya ocurrido nada con ella, simplemente no estuvo bien. Cuando Mycroft llegó y los encontró, hizo que el orgullo de tu hermano salga herido. Eso le costó años de súplicas.
Sherlock asintió, los problemas de pareja son complicadas, él lo sabía muy bien, aunque su conocimiento se limitara solo con John.
Suspiró.
—En fin, ¿nos vamos a la cama?
—Espera, ¿ya comiste?
—Lo hice.
—No me mientas.
Sherlock rodó los ojos.
—Cuando bajé a ver a la Sra. Hudson y encontramos el concierto de Iron Maiden, ella me obligó a cenar a su lado.
John sonrió divertido imaginando la curiosa escena.
—De acuerdo, entonces, ¿te lavaste los dientes?
Sherlock entrecerró los ojos y apretó sus labios en una fina línea. No le gustaba ser tratado como a un niño, al menos no en ese tipo de cosas.
Pero eso no quería decir que no podría usar esas oportunidades para iniciar algo que haga que lo traten como un adulto.
—Puedes comprobarlo tú mismo inspeccionándome con un beso. —Sherlock se levanta con una sonrisa pícara en el rostro.
—No. —John también se levanta. —Hoy dormiré arriba.
—¿Qué? ¿Por qué? —la sonrisa desapareció.
—Quiero esperar a que estemos casados.
John disfrutó por dentro la situación, ellos no habían tenido un encuentro íntimo desde hace tres noches debido al demandante caso que habían resuelto para Mycroft. Para el ritmo que ellos tenían, eso era demasiado, así que era claro que Sherlock tenía pensado una noche bastante ocupada a su lado.
—¡Ay, por favor, John! —se quejó el rizado. —Debes estar bromeando.
El rubio lo ignoró y se dirigió al baño sin mirar atrás. Sherlock lo siguió.
—John. —el detective se detuvo debajo el marco de la puerta. —Mañana es nuestra boda, necesito estar relajado para la ceremonia.
—No lo veas de ese punto. —dijo John. —Si esperamos hasta la noche de mañana, tendremos más ganas.
—Tendré las mismas ganas, aunque lo haga tres veces al día o después de dos años.
—Vamos, no me discutas, Sherlock. —se quejó John.
—No lo comprendo, ¿qué hay de especial si lo hacemos hoy o mañana?
—Será nuestra primera noche como esposos, Sherlock, por eso será especial.
Y de pronto, Sherlock sintió completamente razonable la petición de John. No lo había pensado de esa manera, sabía que la luna de miel era importante, pero hacer el amor con John era tan especial para él en cualquier día del año, que no necesitaba una celebración específica para sentirlo "extra especial".
Bueno, ahora que lo pensaba bien, debía admitir que la primera noche juntos luego de casarse sí era extra especial. Así que, rodó los ojos en desacuerdo, pero aceptó. Supuso que ese era de las situaciones en las que debía ceder.
—De acuerdo, pero duerme conmigo.
—No confío en tus manos traviesas. —John empezó a lavarse los dientes.
Sherlock se acercó y lo abrazó por la espalda, ambos se miraron a través del espejo.
—Gracias, John. Gracias por hacerme feliz.
La espuma azul de la crema dental hizo que la sonrisa de John luzca todavía más tierna. Sherlock lo besó detrás de la oreja y aspiró sintiendo el perfume en su piel.
—Iré a cambiarme, te espero en la cama. —sentenció el rizado.
Sherlock soltó a su pareja para luego dirigirse a la habitación. John escupió antes de contestar.
—Te amarraré las manos.
—Creí que la idea era no excitarme.
John sonrió divertido, sería complicado controlar las manos de Sherlock esa noche, pero valía la pena intentarlo.
Sherlock amó que su boda no sea nada convencional, sin clichés, ni detalles empalagosos. Había confiado en el gusto de su futuro esposo y lo bien los conocía Molly como para estar seguro de que estaría de acuerdo con todo lo que vería ese día en la ceremonia. Sin embargo, estuvo en constante comunicación con su amiga para coordinar algunos detalles que serían una total sorpresa para John.
El rubio, por su parte, siempre deseó que, si un día se casara, su boda tendría que ser lo más sencilla posible. Bueno, si nunca hubiera conocido a Sherlock, quizás eso no hubiera sido posible, ¿quién sabe? Pero en ese momento, todo lo que tenía que ver con su boda era simplemente perfecto.
El lugar estaba a las afueras de Londres, en un club campestre privado exclusivo que solía frecuentar la familia Holmes. La breve ceremonia se daría a cabo dentro de un salón no tan pequeño con grandes paredes de cristal, la cual estaba unido a una elegante cabaña y rodeado de un extenso campo.
Al principio, Molly, John y Sherlock habían pensado que el jardín de un hotel habría sido lo ideal, sin embargo, alguien podría filtrar la fecha de la ceremonia a la prensa y entonces todo se arruinaría. Aquel club fue lo mejor, los padres de Sherlock lo habían propuesto y los novios no tuvieron que pensarlo dos veces para decidirse.
No habría una fiesta, pero sí un pequeño brindis, algunas palabras por parte de los novios y luego estos partirían del lugar directo al aeropuerto. Todo estaba listo y asegurado hasta el mínimo detalle bajo el juramento de Molly Hooper.
La lista de invitados era muy reducida, solo asistirían las personas más cercanas e importantes para ellos. Lamentablemente, la familia de John no era muy grande y luego de perder a su hermana y no tener más comunicación con sus padres, realmente no tenía a casi nadie para invitar. Tíos a quienes no veía desde la infancia, abuelos que no llegó a conocer, primos que viven en el extranjero. No había a quién enviar invitaciones, excepto a sus amigos más cercanos.
Sherlock tampoco se quedaba atrás, sus amigos eran los que tenía en común con John y era claro que no invitaría a su familia a excepción de sus padres. Debido a eso, los que estaban presentes eran:
El Sr. y la Sra. Holmes, Greg lestrade (padrino), Molly Hooper (madrina) con su novio Tom. Mike Standford (padrino) con su esposa y la Sra. Hudson (madrina) con el Sr. Chatterjee, dueño del Speedy's Cafe y de quien la anciana realmente no quiere confirmar una relación. Además de unas personas más que nunca estuvieron en la lista.
Sería una ceremonia pequeña, muy simple y privada. Ellos no necesitaban más para que se sienta tan especial como ya lo era.
Sherlock y John estaban en el camerino esperando a que el juez llegara para oficializar la boda, así que se arreglaban las corbatas, sacudían el polvo de sus hombros o cualquier otra cosa para olvidarse de los ligeros nervios que tenían. Bueno, Sherlock se mantenía sereno gracias a su dominio mental, pero John estaba visiblemente ansioso.
—Debes calmarte un poco. —comentó Sherlock mientras mantenía el mentón levantado para que John termine de arreglarle la corbata. —No podré ponerte el anillo si tu mano sigue temblando.
El rubio sonrió divertido.
—¿Tú no lo estás? —palmeó suavemente para que Sherlock bajara su rostro.
—Estoy increíblemente feliz, pero si no controlo mis emociones, saldré corriendo de aquí gritando lo mucho que te amo.
—¿De verdad lo harías? —John sonrió.
—¿No escuchaste lo que acabo de decir?
John sacudió la cabeza.
—Dios, estoy nervioso, ¿y sabes qué es lo peor? Que mi novio está tan jodida y malditamente guapísimo el día de hoy, que me dan ganas de tirármelo aquí mismo.
Sherlock y John habían mandado a hacer sus propios trajes y no tuvieron que pensarlo demasiado para saber qué era lo que querían. A ambos les agradaba la elegancia del chaqué, por lo que ahora los dos se veían simplemente increíbles:
John lucía un traje azul oscuro, pantalón del mismo color y un chaleco y una corbata gris y la camisa blanca. Sherlock, en cambio, traía un traje igual, pero todo de negro, excepto la camisa. E incluía un reloj de bolsillo que traía una cadena dorada que cruzaba elegantemente su chaleco. Ambos con zapatos negros relucientes y una pequeña rosa blanca en el pecho, flor que cada uno se había regalado hace un momento como símbolo de su amor.
Los invitados ya estaban ahí cuando llegaron, pero ellos siguieron al camerino sin ser vistos como parte del protocolo que se había planeado. Ambos esperarían a ser llamados para entrar a la sala los dos juntos, a través de un camino hecho con una alfombra roja en medio de todos los presentes.
Tocaron la puerta y el corazón de John dio un vuelco.
—Disculpen, señores, ya es hora. —se escuchó al otro lado de la puerta.
—Gracias. —respondió Sherlock para luego escuchar los pasos alejarse. —Bueno, llegó el momento.
John sonrió ampliamente y respiró hondo, Sherlock solo lo miró con ternura.
—Te amo, Sherlock.
—Yo también te amo, John.
Se besaron y finalmente salieron del camerino a través del corto pasillo, hasta llegar a las altas y elegantes cortinas que separaban el salón de aquella peculiar cabaña. Entrarían cuando la música empezara a sonar.
—¿Estarán todos? —preguntó John.
—Por supuesto. Cada uno fue sacado de su casa en una limusina. Agradece a Mycroft por eso.
John inhaló y votó aire por la boca, trataba de mantenerse sereno. Luego intentó mirar por la cortina tratando de apenas abrirla. Los invitados estaban repartidos a ambos lados del camino, cada uno sentados esperando a que la ceremonia empiece. Más allá estaban las mesas donde se haría el brindis.
Todo el diseño había quedado muy bien distribuido y viéndose elegantemente minimalista. Molly se había lucido con eso, ya que el estilo personal de ella era todo lo contrario.
Sherlock se acercó a la oreja de John.
—¿Logras ver a todos? —susurró.
—Eh, sí, desde aquí veo el enorme sombrero de la Sra. Hudson y la-…
El rubio se quedó en silencio, había dos personas que no reconoció al instante, tal vez porque estaban de espaldas, pero solo necesitó un par de segundos más para darse cuenta que sus padres, ya con más de diez años encima, estaban sentados al lado derecho del camino, vestidos para la ocasión y esperando pacientemente como los demás.
John volteó totalmente sorprendido a ver a Sherlock. El rizado le sonrió con ternura.
—Sherl-… —quiso hablar, pero sus palabras se atoraron en su garganta.
Sherlock se acercó dos pasos y tomó suavemente los brazos a John.
—Sé que no debe haber más secretos entre nosotros, pero no quería ilusionarte sin saber que ellos realmente vendrían.
—¿Cómo…?
John sentía que su corazón latía todavía más rápido. Después de tantos años sin saber una noticia de sus padres, ahora los veía ahí en su boda.
—Fui a verlos para entregarles la invitación personalmente. —dijo Sherlock.
Eso había sido una coordinación secreta con Molly. La invitación de los esposos Watson nunca figuró en la lista oficial de invitados y tampoco en la distribución de asientos, pero fueron parte del plan y considerados dentro del presupuesto desde el principio.
Cuando Molly se ofreció a ayudar a planear la ceremonia y los preparativos, Sherlock le dijo que intentaría llevar a los padres de John a la boda. Aunque ellos se habían alejado hace mucho tiempo y ni la muerte de Harriet los había unido, el rizado quería intentar por última vez que los padres de John acepten el camino que su hijo había tomado. Si eso no funcionaba, John no se enteraría y ese sería el único secreto que Sherlock estaba dispuesto a ocultar.
Cuando tuvo la tarjeta en sus manos (a escondidas gracias a Molly), Sherlock dejó a John y a su amiga en el departamento ese día mientras revisaban el resto de invitaciones y se dirigió a la casa de los esposos Watson. Mycroft le advirtió que había pocas posibilidades de que fuera bien recibido, después de todo, la única vez que había visto a los padres de John, él no se había comportado de la mejor manera.
Bueno, habría que ver qué ocurría, así que tocó la puerta y esperó. Suspiró hondo, no se sentía realmente nervioso, pero no podía negar que no era agradable no saber exactamente cómo podrían reaccionar sus suegros. Pero sea como sea, él estaba ahí presente ya con la madurez suficiente para dirigirse a ellos de la manera correcta.
La puerta se abrió y la madre de John lo miró sorprendida. Era claro que lo había reconocido, todos en Reino Unido, mejor dicho, prácticamente en casi todo el mundo, sabían quiénes eran Sherlock Holmes y John Watson.
—Buenas tardes, Sra. Watson. —saludó Sherlock.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó ella.
—Espero no interrumpir algo importante, me gustaría hablar con usted y el Sr. Watson.
La mujer se vio visiblemente confundida, ella jamás habría esperado su visita.
Sherlock se preguntó si ella podría deducir que se trataba de la boda con su hijo, ya que, desde la primera vez que él y John salieron con los anillos de compromiso puestos, los medios de comunicación esparcieron la noticia como pan caliente.
—Un momento.
La Sra. Watson cerró la puerta y Sherlock tuvo que esperar nuevamente. Llevó sus manos detrás en su espalda y miró la estructura de la casa, recordando aquella vez que había trepado esas paredes solo para estar con John a escondidas.
Finalmente salió el Sr. Watson y Sherlock se sorprendió secretamente al ver el parecido físico que John había desarrollado con su padre en todos esos años.
—Sr. Watson, buenas tardes. —saludó Sherlock.
—¿Qué está haciendo aquí?
La voz del señor, ya viéndose un poco mayor, no se escuchó tan enojada en realidad, algo que le dio una buena señal al rizado.
—Estaría agradecido de que usted y su esposa me permitan obtener unos minutos de su tiempo para poder hablarles sobre un tema importante.
Vio dudas en el rostro del hombre, pero no lucía una actitud tan cerrada y agresiva como años atrás.
—De acuerdo, dígame. Preferiría que sea rápido. —respondió al mismo tiempo que su esposa se acercaba a la puerta.
Sherlock asintió. Era claro que no sería bienvenido a pasar, pero al menos lo escucharían, eso ya era bastante. Así que, sin insistir, sacó el sobre del bolsillo interno de su saco y extendió su mano para entregarla.
—John y yo nos vamos a casar. Ustedes, por supuesto, están invitados.
El Sr. Watson miró la invitación, pero no lo tomó, sino su esposa, quien se acercó unos pasos más hasta la puerta para recibir el sobre.
—Sé que no se han comunicado con John en muchos años, pero él estaría muy feliz de verlos presentes en ese día especial.
El padre de John lucía serio; a diferencia de su esposa que lucía conmovida.
—¿John está aquí? —preguntó ella.
—No. John no sabe que vine a verlos. —Sherlock suspiró hondo, lo que diría a continuación sería algo complicado. —Lamento muchísimo la manera en la que me comporté años atrás en el hospital, fui un muchacho inmaduro y grosero. Sé que causé problemas en su familia, pero déjenme decirles que siempre fui completamente sincero cuando dije que amo a su hijo.
Los esposos se miraron por un momento.
—Miren, invitarlos fue mi idea, aunque que sé que John pensaba lo mismo. —continuó Sherlock. —Hace mucho que él desistió en intentar comunicarse con ustedes. Le dolió demasiado que se enterara de la muerte de su hermana por la notificación de la herencia y no por sus propios padres. Yo estuve ahí cuando lo leyó y, lo siento, pero John no se merecía ese trato.
Sherlock se detuvo de inmediato. Si los juzgaba, podría arruinarlo todo, así que apretó los labios por unos segundos pensando bien en sus siguientes palabras.
—Solo vine a dejarles la invitación, pero la decisión es suya. John no sabe sobre esto, pero habrá una mesa y dos sillas esperándolos de todas maneras si deciden estar presentes. Una limusina vendrá dos horas antes de lo indicado en la invitación para recogerlos y llevarlos a la ceremonia. Lo siento, el lugar no está detallado para evitar cualquier tipo de filtración a los medios de comunicación. Si están dispuestos a compartir ese día con su hijo, subirán al auto, de lo contrario, simplemente tendrán que comunicarle al conductor que no asistirán.
El Sr. Watson finalmente tomó la invitación en sus manos y la abrió.
En una hoja pequeña blanca con detalles en alto relieve de manera muy sutil, que llevaba los nombres completos de John y Sherlock escritas a mano (previamente puestos a todas las invitaciones en el momento de la edición) y sin ningún adorno, se leía lo siguiente:
.
Dr. John Hamish Watson & Sr. William Sherlock Scott Holmes
Les complace invitarlos a la celebración de su boda.
Sábado 09 junio | 12:30 pm
.
Al padre de John le pareció una invitación demasiada simple para su gusto, pero no podía negar que aun así lucía muy elegante. Además, la poca información mostraba un secretismo propio de la gente adinerada y de influencia. Se preguntó si su hijo ahora pertenecía a ese grupo de personas.
—Creíamos que habías muerto. —comentó el Sr. Watson. —Lo vimos en las noticias. —devolvió la invitación a su esposa.
Sherlock quedó un poco desconcertado, no estaba seguro de que el tema era el adecuado para ese momento.
—Eh, fue necesario para un caso importante. —respondió realmente sin saber qué más decir.
—Bueno, gracias por la invitación. —dijo el señor.
Al parecer, la Sra. Watson quiso decir algo, porque miró a Sherlock por unos segundos, pero no se atrevió a hablar. Cuando su esposo volteó para entrar y cerrar la puerta, sin confirmar la asistencia o decir algo más respecto a la boda, ella no se opuso.
Sherlock no pudo evitar sentirse frustrado al ver una actitud tan indiferente, tan fría. John Watson era su hijo y lo habían condenado solo porque se había enamorado de un hombre, ¿qué clase de religión o pensamiento extremista puede ser esa, que los obliga a rechazar a su propia familia?
—Lamento la muerte de Harriet. —dijo Sherlock y con eso hizo que sus suegros se detuvieran. —No puedo imaginar el dolor de un padre al perder un hijo, pero puedo darme una idea de ello. Sin embargo, lo que no entiendo es cómo podría un padre darle la espalda a su propio hijo. John se ha convertido en un gran hombre, un excelente doctor y el ser humano más valiente que he conocido.
La madre de John volteó y sonrió levemente, pero todavía se veía tristeza en su rostro. Su esposo continuó dándole la espalda a Sherlock.
—La ceremonia será muy corta. —continuó el rizado. —John y yo partiremos de viaje ese mismo día, así que no será un compromiso de más de seis horas desde que se suban a la limusina, el mismo que los traerán de regreso a su casa. Por favor, háganlo por John.
Sherlock asintió respetuosamente para despedirse y luego se retiró.
Metió las manos en su saco y caminó pensativo, esperando que sus palabras hayan hecho efecto en la cuadrada y limitada manera de pensar de sus suegros. Tristemente sabía que, si ellos no aceptaban ir a la boda, eso significaba que John realmente había perdido a sus padres para siempre. No asistir al momento más importante de su vida sería su respuesta definitiva.
—¡Sr. Holmes!
Pero la voz del Sr. Watson lo tomó por sorpresa, este salía de su casa caminando hacia él con una tarjeta en la mano.
—Entregue esto a mi hijo luego de la ceremonia.
Sherlock sostuvo la tarjeta en sus manos, "John Thomas Watson, ensamblador de equipos eléctricos y electrónicos. 7702514969".
Un alivio se instaló en el alma de Sherlock cuando lo leyó. Miró al hombre y le sonrió infinitamente agradecido. El Sr. Watson asintió en despedida y dio vuelta para volver a su casa sin mirar atrás en todo el camino. Sherlock se quedó con la tarjeta en su mano mientras observaba a su suegro alejarse, mostrando el caminar que John había heredado.
—Oh Dios… —John no podía creerlo. —Realmente están aquí.
—Podrás hablar con ellos cuando quieras, pero ahora debemos seguir el protocolo o Molly nos matará, ¿de acuerdo?
Sherlock rio, contagiando a John al instante.
En la mente del rubio solo había un pensamiento ahora: sus padres habían venido a verlo en el día más importante de su vida. Y lo mejor de todo era que se lo debía al hombre que más amaba en el mundo, así que se acercó a su rostro y lo besó con entusiasmo, dándole un sincero y enorme gracias por lo que había hecho.
—Disculpen, señores. ¿Están listos?
Un joven vestido de manera elegante y con guantes blancos se acercó a ellos. Por la voz, ambos se dieron cuenta de que era el mismo que les había avisado detrás de la puerta del camerino.
—Sí. —respondió John por ambos.
El joven asintió y caminó hacia el extremo del lugar y dio una señal para que la música empezara. Luego tomó un control pequeño con apenas algunos botones, la cual usaría para que las cortinas se abrieran desde los lados de manera elegante y permita que Sherlock y John ingresen tomados de la mano.
La suave guitarra de It's Late de Queen empezó a escucharse. Se pararon frente a la cortina y entrelazaron sus manos. Veinte segundos después, justo cuando la voz de Freddie Mercury se escuchaba, las cortinas se abrieron. Los invitados, ya de pie, voltearon y apenas vieron a los novios, empezaron a aplaudir.
John sintió sus emociones abrumarlo de la manera más dulce, su madre lo miraba con los ojos vidriosos y mostraba la misma sonrisa que su padre tenía en el rostro. Tal vez de orgullo o de perdón o de ambos al mismo tiempo. Pero ya no importaba eso ahora, John lo perdonaría todo porque estaban ahí con él, compartiendo el momento más importante de su vida.
Continuaron el camino entre aplausos y sonrisas, todas llenas de amor y felicidad. Lestrade resaltaba entre todos, porque este reía con cara de "se tardaron demasiado, par de idiotas". Sherlock no pudo contener una pequeña risa por eso.
Cuando llegaron ante el juez, la música bajó su intensidad lentamente hasta que dejó de escucharse. Se soltaron las manos y se voltearon para quedar uno frente al otro. La Sra. Hudson (detrás de John) y Mike (detrás de Sherlock) aguardaban listos para entregar los anillos cuando sea el momento.
Los protocolos de la ceremonia en un matrimonio no siempre tienen que seguirse al pie de la letra. Para las bodas de parejas homosexuales también había opciones que se inspiraban en los protocolos tradicionales de las bodas heterosexuales, pero John y Sherlock querían algo menos rígido, querían sentirse cómodos con lo que debían hacer en ese momento.
Así que, luego de que el juez dijera sus líneas como dicta la ley y coloque los documentos sobre la mesa, listos para ser firmados, dio pase a John y Sherlock para que digan sus votos.
Los novios volvieron a tomarse de las manos. John, quien sería el primero, se preparó mentalmente unos segundos antes de empezar.
—Sherlock, todavía recuerdo esa noche en la que te vi por primera vez, cuando vi tus ojos y me enamoré de lo hermosos que eran. Todavía recuerdo esa sensación en todo mi cuerpo cuando me besaste por primera vez, porque es la misma que sigo sintiendo ahora, después de tantos años juntos, al sentir el toque de tu piel, la suavidad de tus labios o tu voz diciéndome lo mucho que me amas.
John suspiró hondo viendo el rostro conmovido de Sherlock.
—Este día te prometo amarte, respetarte y honrarte. Permanecer a tu lado en las buenas y en las malas, soportar tus canciones ruidosas a las seis de la mañana y disfrutar de las dulces melodías de tu violín por las noches. Prometo intentar tolerar tus experimentos en la cocina y tu desorden en la sala. —la divertida risa de los presentes se hizo escuchar. —Prometo amar todavía más cada virtud y defecto que hacen de ti, el hombre increíble que eres y, sobre todo, te prometo, Sherlock, con toda la sinceridad de mi alma, que no habrá ni un solo día de mi vida en la que deje de amarte.
Entonces John volteó, tomó la pluma y firmó en el papel. Luego recibió el anillo de la mano de la Sra. Hudson para, acto seguido, tomar la larga y pálida mano derecha de Sherlock y, mientras colocaba el anillo, pronunció:
—Desde este momento, yo, John Hamish Watson, te tomo a ti, William Sherlock Scott Holmes, como mi esposo, mi amado compañero para el resto de mi vida.
Los aplausos todavía se hicieron esperar, ya que era el turno de Sherlock. No soltaron sus manos.
—John, si un día decidí conquistarte no fue por capricho, ni inmadurez. Fue una decisión que, después de un largo análisis, descubrí que resultó ser una deducción con muchos años de anticipación: Tú eres el hombre perfecto y el ser humano más hermoso en todo el mundo.
John sonrió tiernamente.
—De hecho, incluso me di cuenta de que eras la persona perfecta para mi trabajo, el compañero ideal que, convenientemente, engrandece mi reputación de agudeza mental gracias al extraordinario contraste que proporcionas de manera tan desinteresada. Tienes muchas buenas cualidades que has pasado por alto debido al amor que me tienes y eso ha sido realmente de gran ayuda para mí. Eres el apoyo perfecto para mantener el equilibrio y la reputación ante los clientes y el resto de personas a nuestro alrededor.
La sonrisa de John desapareció poco a poco, no sabía cómo interpretar realmente lo que había escuchado. Los invitados se miraron entre ellos en silencio y Lestrade tuvo que reprimir una sonrisa burlona ante la situación.
Bueno, la confusión se volvió obvia para Sherlock cuando vio el ceño fruncido en el rostro de John, ¿la estaba jodiendo? ¿Estaba hablando demás?
Sherlock apretó los labios y parpadeó nervioso. Tomó una pausa para centrarse en lo que sentía, en lugar de explicarlo con palabras que, claramente, él no sabía cómo filtrar de manera adecuada. Era más seguro continuar con sus votos tal y como lo había escrito.
—Lo que intento decir… —continuó. —Es que soy el hombre más desagradable, grosero, ignorante y detestable que cualquiera podría tener la desgracia de conocer. Por eso, en este día, mi dicha es maravillosamente grande al saber que, a pesar de ser una pesadilla para todos, tú lograste ver más allá en mí y sacaste lo mejor que tenía y, de la cual, yo jamás me había dado cuenta. Me salvaste la vida, me enderezaste y me cuidaste. Ciertamente, que el hombre más valiente, amable y sabio que he tenido la suerte de conocer, quiera ser mi esposo, me hace creer que puedo ser un mejor hombre, uno que merezca el amor que ofreces y el que te mereces. Hoy te prometo, John Watson, que me convertiré en ese hombre.
Entonces, como solo Sherlock era capaz, había convertido ese momento tenso en algo completamente conmovedor. John sonrió y bajó la cabeza por unos segundos, tratando de esconder sus ojos conmovidos a punto de humedecerse.
Sherlock entonces volteó, firmó el documento y luego recibió el anillo gracias a Mike. Tomó la mano derecha de John y continuó.
—Desde este momento, yo, William Sherlock Scott Holmes, te tomo a ti, John Hamish Watson, como mi esposo, mi amado compañero para el resto de mi vida.
No soltaron sus manos todavía, ambos se miraban y se sonreían sintiendo sus corazones latiendo rápidamente en sus pechos.
—En los términos que la ley ordena, —dijo el juez, —y no existiendo impedimento legal alguno, los declaro, en nombre de la ley y ante la sociedad, unidos en matrimonio. Muchas felicidades.
John y Sherlock se besaron y los invitados estallaron en fuertes aplausos animosos. La música volvió a escucharse casi al instante. Era como ver a la misma felicidad haciéndose presente.
—¿Dr. Watson de Holmes?
Susurró Sherlock juntando su frente sobre la de su ahora esposo.
—O Sr. Holmes de Watson.
Luego de una divertida sonrisa, voltearon y agradecieron al juez con un apretón de manos cada uno. Los padrinos y testigos firmaron otros documentos y finalmente recibieron los papeles que los acreditaban como esposos de manera legal y legítima.
Sherlock nunca antes había sentido tan importante un pedazo de papel. Lo que alguna vez consideró como apenas simbólico, ya que no necesitaba nada que acredite que él y John se pertenecían el uno al otro en el corazón, ahora se daba cuenta que realmente pesaba mucho más de lo que creía.
Pedirle matrimonio a John era mucho, de verdad, mucho más significativo ahora que se había cumplido.
—Te amo, Sherlock. Te amo tanto.
John se acercó a su ahora esposo y lo abrazó, Sherlock correspondió el abrazo con la misma intensidad.
—Yo te amo más, John. Mucho más.
La pequeña reunión tuvo la duración de una hora. Se hizo un brindis, John y Sherlock agradecieron la presencia de cada invitado y luego se sirvió un platillo a cada persona. Durante ese tiempo, John aprovechó para acercarse a sus padres, de quienes no había sentido un abrazo en demasiados años. Desde que estaba estudiando en la universidad para ser exactos.
Había muchas cosas que quería hablar con ellos, sobre la pérdida de Harriet, sobre sus vidas, si estaban bien económicamente, cómo se encontraban de salud. Pero, por más que lo desease, sabía que ese no era el momento. No podía dejar solo a Sherlock en la mesa y tampoco podría quedarse con ellos luego de terminar de comer, un avión privado esperaba por él y su esposo en el aeropuerto.
Su madre lo alagó por verse tan guapo, le dijo que lo había extrañado y que lamentaba no haber estado presente antes. Su padre, mucho menos afectivo, le dijo que se sentía tranquilo de verlo feliz. Que a pesar de que ellos no podían estar de acuerdo en muchas cosas, él no podía seguir ignorando el hecho de que la sonrisa en el rostro de su hijo era de amor y felicidad y que eso era lo único que le importaba ahora.
Cuando John se disponía a volver con Sherlock, sus suegros le preguntaron si sus padres estarían de acuerdo en conversar con ellos, para así conocerse entre familias. Después de todo, sus hijos se habían casado. John, por supuesto, les dijo que sí, pero añadió el detalle del tipo de pensamiento con el que vivían sus padres. Solo por si acaso.
—¿Te preguntaron si podían hablar con tus padres? —preguntó Sherlock cuando John volvió a la mesa.
—Sí, creo que es buena idea. Tus padres son muy amables.
—Mi madre tiene el don de caerle bien a todos y mi padre solo se acomoda a la situación. Estarán bien.
—Umm. —John levantó una ceja. —Heredaste la inteligencia de tu madre, pero no su carisma, ¿verdad? —sonrió burlón.
—Di lo que quieras, ya te casaste conmigo, no hay marcha atrás.
John respondió con una risa divertida, la cual contagió al rizado.
—Ven aquí, idiota. —lo besó, para luego regalarle una tierna caricia. —¿No vas a comer? Prácticamente no has tocado nada.
—No es buena idea hacer el amor con el estómago lleno.
—¿Qué?
—No comas mucho, tengo planes para el avión.
Llegado el momento, Sherlock y John se levantaron al unísono, lo que llamó rápidamente la atención de los presentes.
—Estamos muy felices de que nos hayan acompañado en este día. —dijo John. —Nuevamente, les extendemos nuestro más sincero agradecimiento. Continúen con la comida, todavía falta el postre. Sherlock y yo debemos retirarnos al aeropuerto.
—Por favor, quédense. Disfruten la comida y bailen si gusten. Muchas gracias por venir. —dijo Sherlock.
Los recién casados recibieron más felicitaciones y buenos deseos, abrazos fuertes y uno especialmente amoroso por parte de la Sra. Hudson, a quien le hicieron prometer que avisaría hasta por el más mínimo problema que pudiera tener.
—El botón de pánico está en todos lados. —aclaró Sherlock.
—Oh, estaré bien, Molly estará viéndome. Ustedes disfruten de su luna de miel.
—La estaremos llamando, ¿de acuerdo? —se despidió John.
Un minuto más de despedidas y finalmente salían del salón, directo a la entrada del club, donde un auto negro los esperaba.
Si habría que comparar quién estaba más feliz ese día, se podría decir que John, ya que su felicidad fue doblemente especial. Cuando subió al auto y vio el club alejándose detrás de él, esperó que ese día sea el inicio de una nueva etapa con sus padres, una en la que reciba la tolerancia y el amor que tanto anheló por parte de ellos.
Sherlock entrelazó su mano con la de John y le sonrió. El rubio sintió que, mientras Sherlock siguiera a su lado, todo siempre estaría bien.
Un sonido fuerte se escuchó dentro del baño del avión, los dos guardaespaldas entrenados para "no ver, ni escuchar nada" sobre los detalles personales de sus protegidos, simplemente siguieron en silencio sin comentar al respecto.
Sherlock había esperado a que el avión entre en vuelo para tomar a John de la mano y meterlo al baño. El rubio no tuvo oportunidad ni siquiera para oponerse, pues, cuando quiso quejarse, ya tenía las manos del rizado tocando su cuerpo y desvistiéndolo a la misma velocidad en la que iba el avión.
El baño era espacioso, lo suficiente para separar la ducha y el inodoro de lo que vendría a ser la zona de cambio de ropa. Ahí se encontraba el lavamanos, con toda clase de objetos para la higiene personal cuidadosamente ordenados. Y era precisamente la caída de todos ellos lo que había ocasionado el fuerte sonido. Sherlock los había empujado a todos de un solo manotazo para que John se apoyara con comodidad y le permitiera seguir embistiendo.
—Se supone que esperaríamos hasta la noche.
Comentó John mientras se aferraba al cuello de Sherlock y trataba de mantenerse firme sobre la mesa del lavamanos. El rizado estaba siendo especialmente intenso en ese encuentro, tanto que sabía que acabaría un poco adolorido horas más tarde.
—Solo me adel-… ¡Ah! Solo me adelanto un poco. —respondió el rizado.
John se sorprendió al sentir el brazo de Sherlock rodearle la cintura para que sus caderas sean ligeramente elevadas. Sherlock solía presentar bastante fuerza (algo muy sexy, por cierto) cuando tenía acumuladas las ganas de poseer el cuerpo de su pareja, así que John lo abrazó con sus piernas y cerró los ojos al sentir que las embestidas se volvían más certeras que antes, golpeando justo en su próstata una y otra vez.
Pero por más que los movimientos sean correctos, la posición en la que se encontraba era bastante incómoda. Sherlock tenía brazo izquierdo levantado para apoyarse en el espejo y John sentía que su peso era, casi exclusivamente, cargado por el rizado. Esto ocasionaba que su espalda se canse con rapidez y su cabeza choque de vez en cuando contra el espejo.
Sin embargo, odiaría pedirle a Sherlock que se detuviera cuando lo sentía bastante cerca de su orgasmo. Por lo que usó su brazo derecho para apoyarse sobre la superficie de la elegante mesa y así lograr contrarrestar el peso. Además, también evitaba más golpes en su cabeza.
—John… —susurró Sherlock. —Estoy tan cerca.
Esa voz, maldita sea, Sherlock era capaz de poner una voz increíble cuando hacían el amor. John sentía que se derretía cuando lo escuchaba justo al lado de su oído.
—Está bien, amor, déjame sentirte.
Pero entonces, Sherlock se detuvo y se tomó un momento, mientras respiraba agitadamente sobre el hombro de John. El calor de sus cuerpos desnudos había hecho que el ambiente se tornara caliente.
—No tenemos mucho tiempo, Sherlock. —dijo John cuando sintió a su esposo salir de él. —El vuelo dura una hora.
—Lo sé, ven aquí.
Sherlock se sentó en el asiento largo de madera, uno bastante elegante y cuyo color daba un agradable contraste con las paredes. John se colocó sobre las piernas de Sherlock y esperó a que este se alineara con él. Acto seguido, se dejó caer despacio mientras lo sentía entrar nuevamente.
—¿Estás seguro de que quieres que lleve el ritmo? —preguntó John besando los labios del rizado.
—Quiero que me montes, John. —gruñó Sherlock. —Haz que me venga.
John obedeció y empezó a moverse. Subía y bajaba sus caderas ayudándose de sus piernas. Sherlock recostó su espalda en la pared y observó con detalle cada movimiento del sudoroso cuerpo de su ahora esposo, de su John Watson.
Observó sus músculos tensos por el esfuerzo, escuchó sus gemidos a cada roce en su próstata, lo vio hacer su cabeza hacia atrás y cerrar sus ojos con fuerza. Sherlock amaba tanto ver a John disfrutar del placer, que encendía más su excitación a cada segundo que pasaba.
Si los gemidos de John estaban siendo lo más bajos posibles, ahora empezaron a sonar fuerte. Sherlock se había inclinado hacia él para jugar con sus pezones con lamidas y besos, mientras masajeaba su miembro de arriba hacia abajo al mismo tiempo.
—¡Ah! ¡Sherlock! —dijo John dando una ligera sacudida involuntaria. —Dios… oh Dios… —susurró.
Sherlock sintió el cuerpo de John responder rápidamente a sus estímulos, así que continuó y lo hizo cada vez más rápido. Con la mano libre tomó a John de su trasero y lo ayudó a seguir el ritmo, puesto que las piernas del rubio ya estaban quejándose por el continuo esfuerzo.
Finalmente sintió la estreches de su esposo apretar su miembro y Sherlock sabía lo que eso significaba, John estaba muy cerca a acabar. Así que lo rodeó con sus brazos para pegar sus cuerpos y, con su ayuda, seguir moviéndolo, mientras que el miembro del rubio disfrutaba del constante roce entre ellos.
Sherlock gimió con fuerza cuando su orgasmo lo golpeó gloriosamente, casi al mismo tiempo que John cuando se derramaba entre los dos. Apretó su abrazo y escondió su rostro en el pecho de su pareja, mientras se venía varias veces dentro de él, temblando de placer con cada una de ellas. Escuchó el corazón de John latir con fuerza y lo sintió temblar ante su climax, mientras que el líquido tibio se escurría lentamente por su estómago.
Lo más que pudo, el rizado intentó controlar los espasmos de su cuerpo para seguir sosteniendo a John y no dejarlo caer. Era algo complicado que ambos tuvieran un orgasmo intenso al mismo tiempo, sin la comodidad y seguridad de una cama.
John se había dejado llevar confiando en que Sherlock cuidaría de él. Dejó que su cuerpo se relajara para que su orgasmo llegara a cada músculo de su cuerpo y a cada rincón de su cerebro. John tembló del placer mientras sentía la esencia de Sherlock invadirlo por dentro y amó infinitamente que ese hombre, que una vez más lo volvía loco de placer, ya no era su novio; ahora era su esposo.
Se miraron y sonrieron ampliamente. Ese había sido su primera vez haciendo el amor como esposos.
Y lo habían hecho a diez mil metros de altura y a más de novecientos kilómetros por hora.
—Este ha sido el más rápido hasta ahora.
Comentó John y ambos estallaron en risas.
Sherlock subió sus manos acariciando toda la espalda de John, hasta tomarlo del rostro. Lo besó apasionadamente, como si fuera la última vez que lo hiciera, lo besó con tanta pasión que tuvieron que obligarse a cortarlo para poder respirar.
—Fue increíble. —susurró Sherlock.
Sherlock volvió a abrazar el cuerpo de John, quería estar dentro de él por un momento más antes de finalmente dejar que se levante.
Unos minutos más tarde, todavía con sus cuerpos algo relajados, entraron a la ducha para asearse. Los rizos de Sherlock fueron masajeados por John con particular esmero, la espalda del rubio fue cuidadosamente limpiada con la esponja y besada constantemente con mucho amor. Algunos toqueteos traviesos aquí y allá, otros besos apasionados y uno que otro roce de ambos miembros hechos no precisamente por casualidad y finalmente salían de la ducha.
Ellos estuvieron listos justo a tiempo para el aterrizaje.
Un clima ligeramente frío los recibió al bajar del avión, pero no fue demasiado como para desanimarlos. Bueno, especialmente a John, quien esperaba estar en un clima diferente al de Londres para variar.
Al salir del aeropuerto, un auto los estaba esperando para llevarlos al hotel, así que solo tuvieron que subir al vehículo y ver cómo otras personas subían sus maletas por ellos. John se sentía extraño, debía admitirlo, no estaba acostumbrado a tantas atenciones.
—¿Te molesta un poco? —preguntó Sherlock dándose cuenta de los pensamientos de su esposo.
—No, solo que es raro.
—No es tan malo. Mi familia siempre fue de los que podían costearse un avión privado, comprarse una isla o tener costosísimas vacaciones, pero nunca quisieron gastar demasiado.
John sonrió, de eso se había dado cuenta hace mucho tiempo. La familia Holmes, a pesar de ser una familia pudiente, jamás quisieron lucir "exageradamente ricos". Si podría opinar al respecto, John diría que el lujo más grande de la familia sería la gran casa que poseían en Londres, pero al pasar al poder de Mycroft, lo más probable era que termine en venta.
La casa en Sussex era la única propiedad que nadie de los Holmes quería vender. Sherlock una vez le dijo a John que era por sentimentalismo, ya que esa casa fue la primera que sus padres compraron juntos y la que vio crecer a los hermanos Holmes.
¿Será que algún día ellos pudieran habitarla cuando se encuentren en su vejez? Sherlock lo había pensado antes. Mycroft amaba esa casa, pero prefería vivir en la ciudad, por lo que, si se lo proponía a John, estaba seguro de que estaría encantado con esa idea. Cuando se jubilen, después de quién sabe cuántos casos resueltos y prefieran un lugar más tranquilo donde pasar sus últimos años juntos, tal vez ahí sea el momento en el que Londres los vea partir para siempre.
Pero ese tema todavía no era importante, ahora mismo ellos solo debían disfrutar del inicio de una nueva etapa en sus vidas. Una etapa en la que los problemas que vinieron arrastrando desde el inicio de una joven e inmadura relación, eran reemplazados por madurez y experiencia. Sherlock y John habían recorrido juntos sus vidas, aprendiendo a descubrir lo que realmente significaba entregar el corazón a otra persona.
Tal vez la pasión propia de la juventud despertó su amor demasiado rápido. No les dio tiempo a descubrir lo dulce que era sentir que esa semilla crezca dentro de su corazón. Ellos simplemente saltaron esa etapa y sucumbieron ante el remolino de emociones y peligros que el amor trae consigo.
John nunca más se interesó en otra persona, no volvió a sentir ese verdadero deseo de tener otro cuerpo, si no era el de Sherlock. Él entregó su corazón ciegamente a un chico solitario, enojado con el mundo, con su familia y consigo mismo. Se enamoró de alguien completamente diferente a él, inestable y rebelde, dueño de una mente fascinante y a la vez, aterradora y perturbada.
Y Sherlock, quien vivía con el peso de sus errores y castigándose a él mismo entre alcohol, drogas y noches de conciertos descontroladas, se desnudó ante un alma que lo retó a encontrar el camino más difícil en la vida. Eso, tal vez había sido el secreto, pensó alguna vez el rizado. John seguía un camino recto, con metas, con reglas y disciplina, cosas que él evitaba e ignoraba por decisión propia. Sherlock se enamoró completamente de ese muchacho cuando su alma se sintió retada ante alguien que parecía ser mejor que él, solo por el hecho de haber logrado conmover su frío corazón.
Los dos saltaron al vacío sin saber qué encontrarían al final, pero lo hicieron juntos y, si en algún momento se soltaron las manos, fue solo para abrazarse, porque no temerían a lo que pasaría mientras ellos permanecían así, unidos.
—Serán dos maravillosas semanas, te lo prometo. —dijo Sherlock.
—Estoy seguro que lo serán. —contestó John con una sonrisa. —Solo porque sé que estarás a mi lado.
Al ver esa hermosa mirada en John, Sherlock no pudo evitar que su mente retroceda los años hasta aquella noche en el que lo conoció. Si no se hubiera detenido en ese paradero o si hubiera dejado pasar ese bus, Sherlock estaba totalmente seguro de que él no estaría ahí. Y no se refería a estar en ese auto junto a John, sino a que no estaría vivo.
Tal vez John nunca podría llegar a entender la magnitud de lo que eso significaba para el rizado. El solo hecho de que Sherlock sintiera ganas de seguir viviendo, ya era algo extraordinario. Fueron muchas las mañanas en las que un joven Sherlock Holmes se despertaba decepcionado de haber sobrevivido a las drogas y a los peligros mismos de las calles la noche anterior. Así que él no solo había encontrado el amor en John Watson, también había encontrado la salvación para su vida.
Sherlock observó a John, admiró su rostro, sus cabellos rubios y sus arrugas formándose poco a poco en su piel. Y lo amó tanto en ese momento, que su corazón empezó a latir rápido sin motivo aparente. Si tan solo hubiera alguna manera de que John pudiera sentir exactamente la misma dicha que le provocaba tenerlo a su lado, entendería porqué tuvo tanto miedo de perderlo.
John no necesitó preguntar para saber lo que pasaba en la cabeza de su esposo, él conocía muy bien esa mirada nostálgica que solo podía significar una cosa: recuerdos. No lo culpaba, ellos habían pasado por muchas cosas y sufrido demasiado, e incluso se habían hecho daño sin que se dieran cuenta. Todo eso pudo haberlos separado hace tiempo y, sin embargo, ahí estaban sentados juntos, con anillos de matrimonio en sus dedos.
Si alguien le preguntara a John si sería capaz de pasar por todas esas peripecias otra vez, solo para estar con Sherlock, él respondería que sí de inmediato. Porque lo valía, Sherlock Holmes valía cada minuto de su vida y más si era posible.
—Tendré que dejarte cumplir cada detalle del itinerario para evitar que te aburras. —comentó John entrelazando su mano con la de Sherlock.
—Eso y hacer el amor conmigo todas las veces posibles.
—Oh Dios, sí.
Sonrieron en confidencia como dos niños traviesos y finalmente juntaron sus labios en un beso que les rememoró todo lo bueno que la vida les había dado. Entonces, de manera repentina, ambos tuvieron la certeza de que, si encontrarse aquella noche en el bus había sido solo una coincidencia, eso significaba que ellos habían forjado su propio destino como si fuera el acto de amor más puro en el mundo.
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Canciones mencionadas:
"It's late" de Queen
