Los ojos del rubio recorren el pequeño e improvisado patio de juegos que él había construido para su hijo en el techo de su casa —que era más una terraza que cualquier otra cosa— y sonríe al verlo tan feliz corriendo de un lado a otro.

Es sábado y sabe que ese día puede relajarse.

Como la temporada de exámenes terminó hacía unas cuantas semanas, él podía, por fin, tener un fin de semana para él y su hijo como hacía tiempo no tenía ya que no había nada que tuviera que calificar o planear.

Había decidido que no pensaría en Obito y que le daría el tiempo que necesitara, pero, y aunque se había prometido que no le daría vueltas al asunto, para él era imposible no sentirse incómodo con la situación.

Minato era un adulto de veinticinco años y ya tendría que ser hora de que él buscara algo que le diera un poco más de estabilidad porque mierda, en serio lo necesitaba. Tenía un hijo y un matrimonio que no había funcionado; además de una relación inestable con su familia y la carencia de amigos en su vida (que no es que no tuviera; pues estos simplemente, así como él, habían crecido y comenzado a ejercer; por ende, no se veían seguido).

Él básicamente quería algo que él supiera, perduraría, porque estaba cansado de no sentir que podía controlar bien su vida.

Y vaya que estar con un estudiante no era, para nada, tener el control.

No se sentía mal por ello; porque a pesar de todo, él en serio sentía cosas muy profundas por el Uchiha pero, a la vez, tenía miedo de que su relación no fuera a funcionar.

Minato no tenía ni la más mínima certeza de que el menor iba a quedarse con él luego de un tiempo; él quería pensar en que las cosas podrían funcionar si se lo proponían, pero para ello deberían, antes, hablar sobre lo que cada uno tiene en mente. Porque él no podía esperar algo serio de Obito si este a la primera conversación incómoda desaparecía por días —ese día se cumplían exactamente quince días— y no lo contactaba ni para al menos asegurarle que volvería.

Porque, siendo honestos, ¿qué si no volvía? La idea suena absurda y descabellada porque vamos, es un adolescente que tendrá al menos quince o dieciséis años y es, para él, muy improbable que tenga un lugar al cuál poder ir o los recursos para desaparecer. Aun así, su temor estaba allí y lo sentía, cada día, más real.

Minato era una persona que quería vivir tranquilamente sin tener que estar siempre preocupándose por cosas que, si era honesto consigo mismo, jamás creyó que llegaría el día en el que su mente se desconectara de la realidad para pensar en ello y nada más.

Y mentiría si dijera que Obito no estaba en su cabeza las veinticuatro horas del día.

Él no necesitaba una relación complicada ahora, pero dentro de él no podía permitirse sólo abandonar lo que apenas comenzaba. Ya estaba arriesgando demasiado y arrepentirse lo encontraba estúpido.

Debía encarar al Uchiha y preguntarle qué esperaba de él y de su relación. Porque él no quería ser el único imbécil que se estuviera jugando su vida por algo que quizás no tenía futuro.

No podía darse el lujo de ser un simple juego a esas alturas de su vida.

—¡Papá! —sus ojos se encuentran con los de su hijo Naruto y este le ve consternado, quizás por no haberle respondido con anterioridad. No había notado que la noche estaba cayendo y que parecía que iba a llover—. Tengo hambre.

Minato suspira y le sonríe al rubio más pequeño.

—Me imagino que quieres Ramen —Naruto sólo asiente histéricamente con la cabeza y se da la vuelta mientras se adentra en la casa.

El Namikaze de nuevo se pierde en sus pensamientos y se tarda al menos unos cinco minutos más en seguir a su hijo, minutos dónde sólo observó el lugar y puso en orden sus pensamientos.

Hablaría con Obito apenas volviera y decidiría, de una vez por todas, si arriesgarse valdría la pena o no.