Obito no se apareció por el instituto en esa semana. Ni en la que le siguió. No había sabido nada de él por quince días y su corazón no estaba tolerando tanto estrés por la situación.
No respondía ni sus llamadas, ni mensajes, ni parecía estar en casa. Casa que él había visto una vez antes cuando el menor lo esperó en el estacionamiento bajo la lluvia y él decidió llevarlo.
A Minato no le gustaba para nada el barrio en el que el Uchiha vivía, si podía ser honesto. Era peligroso y estaba lleno de callejones estrechos y sombríos que no parecían llevar a ningún lugar, pero que siempre estaban llenos de personas hablando en voz baja que lo miraban atentamente cuando pasaba cerca de ellos, con malicia y sospecha.
Siempre se escuchaban gritos a la distancia, maldiciendo a alguien, música callejera que no se sabía de dónde provenía y, también, algunos sonidos de botellas de vidrio rompiéndose, haciendo eco en las calles.
No tenía que ser muy inteligente como para saber que su pareja no provenía de un lugar estable y amoroso como el resto de sus estudiantes, que siempre parecían tener todo al alcance de su mano.
No debía sorprenderse, tampoco, después de todo ese instituto era uno de élite que, si lo pensaba mejor, no sabía cómo el menor había logrado entrar allí. O cómo lograba permanecer considerando sus calificaciones y algunos comportamientos algo debatibles que en ocasiones veía en el comedor, pero que decidía ignorar.
—¿Qué quieres? —Minato se da la vuelta ante la voz y se encuentra con un joven pelinegro, de unos ojos negros tan profundos que se perdió en ellos por un instante. Este estaba acompañado de otro pelinegro con cabello largo, un poco más bajo, y ojos igual de enigmáticos: uno rojo, como Obito, y otro negro; como con quien estaba tomado de la mano. Por un segundo, tuvo que analizar al chico más alto y concluir que no, no era Obito, pero se parecían bastante.
—Estoy buscando a Obito —es lo único que responde, sintiéndose de repente temeroso, como si estuviera haciendo algo indebido.
Mierda, la verdad sí lo hacía. Y no debería de estar allí buscando a su estudiante.
Si alguien lo veía…
—Tú eres el profesor —el pelinegro más bajo lo observa con tanta atención, que Minato siente que puede leerle los pensamientos—. La nueva pareja de Tobi.
Tobi. Minato se sorprende por el nombre, pero no puede evitar la pequeña sonrisa que surca en la comisura de sus labios ante lo tierno que sonaba.
Procesa, luego de varios segundos, lo dicho, y da un paso hacia atrás. Observando automáticamente a los lados en busca de una excusa.
—¿Qué haces aquí? —de nuevo habla el pelinegro más alto. Su tono de voz es severo y no parece confiar en él para nada.
—Shisui, basta —lo regaña el de ojos bicolor—. No empieces.
Minato se queda en silencio, sin saber si interrumpir o no. La apariencia de ambos jóvenes es intimidante; Minato no tuvo ni qué asumir que portaban cierto tipo de armas bajo sus ropas porque simplemente lo sabía, lo notó. Ellos tenían allí el poder y él esperaba no hacerlos enfadar de alguna manera.
En serio, se repite. Odiaba ese lugar.
—¿Confías en él? —pregunta el de cabello corto—. ¿Sabiendo el gusto de mierda que tiene Obito con los hombres?
El más bajo suspira.
—Este no derribó la puerta, ha de ser diferente.
—Es un profesor que se mete con su estudiante —reniega, señalándolo hoscamente, faltándole al respeto.
El de cabello largo lo ignora por completo y encara al Namikaze, siendo el único dispuesto a hablarle, al parecer.
—Tobi no está —Minato estaba por preguntar si sabía en dónde se encontraba, pero el menor parece leerle la mente—. Él a veces hace eso.
Minato frunce el entrecejo, sin entender realmente a qué se refería.
—Desaparecer —aclara el de ojos negros—. Volverá en unos días, siempre lo hace.
Minato agradece y, aunque intenta no preguntar, le resulta imposible.
—¿Ustedes son…? —no todos los días Minato tenía la oportunidad de aprender algo nuevo sobre Obito y, esos dos jóvenes frente a él sin duda lo conocían.
El más bajo es quién responde.
—Uchiha Itachi —los ojos bicolor voltean a ver al chico a su lado y, con la mano que tenía libre, lo señala—. Y él es Uchiha Shisui.
—Somos primos de Tobi.
Minato no disimula cuando los recorre de arriba abajo con la mirada, analizándolos. Había notado que esos dos eran más que sólo primos y no puede evitar la tos incómoda que sale de sus labios.
Bueno, ¿quién era él para juzgar?
No dice nada más, no tiene palabras para aportar a la situación y sus contrarios lo notaron.
—Mira, dale tiempo. Su vida no ha sido la más sencilla. Y es mejor que te vayas antes de que llegue nuestro tío.
Minato los observa darse la vuelta e irse, no esperan a que responda y desaparecen por un callejón en el que la luz titilaba y producía un ruido estático que zumbaba en sus oídos.
Tiempo.
No parece la gran cosa, se dice.
Observa la luna llena sobre él, brillando majestuosamente y se pregunta si es, de verdad, tiempo lo que él necesitaba darle a Obito.
Quién sabe, su estudiante era un misterio aún para él.
Pero el tiempo corría, y su relación, aunque apenas había comenzado, no parecía dirigirse hacia ningún lado.
Decide irse y no pensar en nada. Por ahora, sólo haría las cosas como los primos de su pareja habían dicho y luego se dedicaría a pensar en las cosas con más profundidad.
