Título: Ricordando il passato
Claim: Ushiromiya Battler/Yasu
Notas: SPOILERS EP8.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Hipnótica
Tema: 04. Es mejor así.
Se acerca Octubre, puede olerlo en el aire, verlo en el calendario, conforme sus hojas se van arrancando, como flores marchitas en un árbol. Lo sabe también porque ese ácido sentimiento, agridulce y palpitante como otro ser vivo en algún lugar de su interior, se extiende cada que el sol se pone, tocando con sus dedos rojizos los recuerdos que ha querido guardar para siempre, pero que siguen ahí, más fuertes en otoño, más débiles en primavera, recordándole que no puede huir, por más que corra de un lado para otro de la mansión, llenándose de encargos para mantener la mente ocupada.
Se acerca Octubre, como le recuerda Natsuhi, cuando la ve holgazaneando en una ventana, sus pensamientos perdidos en la profundidad del mar, que se extiende hasta el infinito, como su tortura, su dolor y sus sentimientos. Se acerca Octubre y George-sama le ha dicho que tiene algo especial para ella en ese mes, un mes de despedidas y encuentros, de nuevas promesas que dejen atrás las rotas, las que alguna vez la abrazaron en sus sueños más claros.
—George-san me pedirá matrimonio —murmura para sí misma la última noche de Septiembre, entre suaves suspiros que no sabe catalogar como tristes o anhelantes, quizá un poco de ambos—. Me iré de esta isla. Me iré para siempre, si el milagro de la magia se cumple.
El broche de mariposa dorada descansa sobre su mesita de noche, como un amuleto de la buena suerte, como el sudario de sus pequeños y aún así, difíciles deseos. Yasu lo observa mientras piensa en ése futuro que George le ha prometido, o más bien, le ha asegurado, porque George no es hombre de promesas, sino de hechos. Es muy bonito, es muy bonito ese futuro que le enseña, que se desdibuja debajo de sus párpados cuando cierra los ojos y deja que su voz la arrulle, trayéndole entonces las voces de los niños, sus hijos, en medio de una casa solariega y perfecta, como de cuento de hadas.
Es extraño, piensa, dándose vuelta en la cama para encarar la pared, dándole así la espalda al broche y al libro que ha dejado a medio leer, pese a saber ya el final de memoria, junto con los trucos y camuflajes de la autora. Es extraño cómo cambia la vida, los sueños, la perspectiva. Si Battler-san no se hubiera ido... Si él (su pecho se contrae en un espasmo doloroso, asfixiante, al recordar su sonrisa) hubiera cumplido su promesa entonces no se habría fijado en George-sama, no habría descubierto su calidez y su sabiduria, la voluntad inquebrantable que consigue mantenerla, que la completa, a falta de esa cualidad en ella. ¿No es mejor así? Se pregunta. ¿No es mejor así? Quizás seguiría siendo una niña absurda con sueños absurdos, quizás nunca hubiera madurado hasta ser lo que era: La dueña de Rokkenjima, la bruja dorada, el águila de un ala que se dispone a abandonar el nido. ¿No es mejor así, que él no haya regresado? La respuesta no acude a ella, pese a todos los sueños de felicidad que George-sama le ha planteado.
No, no lo es, porque tampoco a él puedo llenarlo.
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Las palabras salen de sus labios automáticamente, un cumplido de tantos que ha oído en la televisión, pero que siempre complace a las chicas. Levanta su brazo derecho hacia el aire, como si quisiera recibir la señal de una antena de televisión y sus labios tiemblan sinceramente al despedirse de sus amigos, de las chicas, muchas de las cuales le han hecho propocisiones que lo han hecho reír. Rudolf ha ido a recogerlo al instituto, para su vergüenza y sorpresa, así que ha tenido que cancelar los planes para salir a dar una vuelta con sus compañeros, tontear un poco, ver una película.
—¿Qué pasa, viejo? —pregunta cuando llega al automóvil, estacionado al pie de los escalones del lugar, rodeado de curiosos y de chicas, a las cuales su padre no deja de hacerles guiños de vez en cuando, el muy bastardo. Ahora que lo piensa, eso debe de haberlo sacado de él.
—Sube, Battler, tenemos que hablar —Rudolf se despide con un gesto dramático de una chica que no le quita de encima la vista al automóvil, último modelo y entra al auto, haciendo un gesto con la cabeza a su hijo para que lo imite. Su tono de voz no es severo, pero por experiencia y con cierta culpabilidad, Battler se pregunta qué ha hecho ahora.
—¿Qué pasa, viejo? —repite, insistente el pelirrojo, transformando de pronto su tono en uno defensivo—. No sé qué te hayan dicho, pero no lo he hecho yo, ¿de acuerdo?
Rudolf ríe ante la contestación de Battler, que le recuerda a él mismo cuando joven, cuando no sabía qué se escondía tras los ojos inquisitivos de su padre, Kinzo. Aunque claro, el hombre que le había dado la vida nunca respondía de manera jocosa a sus intentos de defenderse.
—Ya sabes, en unos días será la reunión familiar de los Ushiromiya, Kyrie, tu hermana y yo vamos a ir, así que nos estábamos preguntando si quieres acompañarnos, ya sabes, para ver a tus primos y hacer el idiota un rato —aunque Rudolf permanece jovial, Battler percibe en su voz ese tono un tanto temeroso y un tanto culpable que no sabía que existía hasta que regresó a casa, como si temiera que lo culpara de haber estado lejos durante años, lejos de su familia y amigos, de su niñez.
¿Ir a Rokkenjima? Los recuerdos de la isla están borrosos, opacos tras la huella del tiempo, pero aunque Battler no puede visualizar las escenas de su infancia, al menos no con completa nitidez y certeza, sabe que se la pasó bien entre la blanca arena, que sonrió, gritó y jugó hasta hartarse, que fue, de alguna manera, feliz allí, aún si su estadía era apenas de un día o dos.
¿Cómo estará Jessica-chan? ¿Y George-aniki? ¿Habrá crecido mucho María? Una febril emoción se extiende por su cuerpo mientras piensa en las posibilidades, en los rostros sonrientes de sus primos, con los que solía jugar todo el rato. Incluso hasta se acuerda de Shannon-chan, aunque seguro ya no debe de trabajar allí, poniéndose roja cuando le hablaban de cosas amorosas, unida a Jessica en la guerra de bolas de nieve, escondida como un fantasma tras las puertas de vez en cuando, demasiado temerosa de acercarse.
—Será genial, claro que quiero ir —afirma, después de un largo rato de deliberación, en que un extraño presentimiento le nubla la cabeza, la embota como humo, desmadejando aún más sus imprecisos recuerdos, aunque siempre agradables.
La imagen de la pequeña Shannon-chan escondida detrás del resquicio de una puerta prevalece, nítida, vívida, bajo sus párpados. Quizás debería permanecer escondido otro año, piensa fugazmente, cuando el automóvil describe una curva y a lo lejos puede divisarse su casa, quizás sería mejor así.
