Kaoru suspiró por tercera vez en menos de diez minutos. Ya se estaba empezando a mosquear. El hombro que Gohei Hiruma le había herido dos días antes le seguía doliendo pese a los cuidados del doctor Oguni, así que practicar sus katas era tarea imposible. Quién iba a decir que ese bruto había sido alumno de su padre.

Volvió a suspirar. Necesitaba algo con lo que distraerse y lo necesitaba ya, porque en el momento menos pensado su mente iría por caminos por los que a ella no le apetecía pasear todavía. Caminos que le llevarían a pensar en Kihei y sus engaños, en su padre. Papá...

—Buenos días, señorita Kaoru. - Una voz amable la sacó de su trance.

Se dio la vuelta con un sobresalto y miró sorprendida a Kenshin Himura. Ni siquiera le había oído acercarse. Lo estudió mientras le hablaba con un tono dulce y tranquilizador que parecía hecho para calmar a las bestias. Era un hombre menudo, apenas unos centímetros más alto que ella, y tenía tal aspecto de fragilidad que, si ella misma no lo hubiera visto en acción, tendría como primer instinto al verle cantarle una nana.

Kenshin se había callado ya y la miraba expectante. Kaoru notó que se ruborizaba al sentir su mirada clavada en ella y él, como si lo intuyera, la apartó. Kaoru se volvió a sentir fuerte de repente.

—Ehh…sí, claro, el desayuno. Dame un momento. - Él le sonrío por toda

respuesta y se marchó.

Kaoru se dio la vuelta, y se tocó las mejillas. Ardían. Dios, actúa normal. ¡No llevaba tanto tiempo sola como para reaccionar así! Respira. Respira.

Poco a poco se fue calmando. Bien. Ahora a desayunar, pensó cuadrando los hombros. Y mientras caminaba, tuvo la certeza de que, tarde o temprano, esa mirada penetrante de Kenshin sería el final de uno de los caminos por los que tendría que pasear.


¡Hola a todos! Aquí estoy de nuevo, y esta vez espero que sea para quedarme. Si supierais cuánto tiempo lleva esta viñeta en el tintero...

¡Espero que os guste! Si tenéis algo que decir, adelante.