Título: Ricordando il passato
Claim: Ushiromiya Battler/Yasu
Notas: SPOILERS EP8.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Hipnótica
Tema: 16. Otros mundos.


La visión del sol seduciendo a las olas era magnífica y mucho más después de dos días de tormenta, en las cuales los recuerdos del calor y la brillantez del mar, las flores y el pasto, parecían meras ilusiones a la luz de los truenos, rayos y lluvia incesante. Battler la contempló conteniendo el aliento y a su lado, Beatrice hizo otro tanto, aunque sus motivos no podían diferir más. Para uno, significaba la salvación y el fin de la pesadilla, la entrada de nuevo a un mundo lleno de luz; sin embargo, para la Bruja significaba el fin del camino, el límite entre la realidad y su fantasía, casi resquebrajada, como pedazos de un cristal que sólo reflejaban su cuerpo roto y su alma frágil. No podía avanzar mucho más, el resto del mundo, si quiera un minúsculo rayo del sol estaba prohibido para ella. Aún si Battler había insistido en su inocencia él no podía entenderlo, los millones de kakeras, las incontables suertes sangrientas de sus familiares, de sí mismo. El interminable dolor de Beatrice. Ese mundo brillante no era para ella.

—¿No vendrás conmigo? —el bote estaba preparado de antemano, Yasu lo agradeció en cuanto lo vio y agradeció también esa mínima pizca de esperanza que la había obligado a ponerlo allí, en espera de que el final fuese diferente. Quizás lo era, pero no planeaba aceptarlo. Ya tenía demasiados milagros y nada con qué pagarlos.

—No puedo... Soy la dueña de esta Tierra Dorada. No puedo dejar este lugar —por primera vez advirtió en su voz tranquilidad verdadera, no fingida ni escudada detrás de la fachada de otra persona, un amigo imaginario capaz de soportar todas sus penas. Battler, en cambio (como siempre), era todo lo contrario a ella en esos momentos. Su ceño estaba fruncido y se podía adivinar en sus facciones la sorpresa, la ira y la incredulidad entremezcladas.

—Vivamos juntos —pidió y era una situación tan graciosa y tan triste a la vez que Beatrice se quedó en silencio, observando sus ojos azules en espera de encontrar una mentira en ellos, en espera de que, de nuevo, no fuera cierto. ¿Por qué creerle? ¿Por qué quiere creerle? Sería mucho pedir.

—No puedo... He cometido innumerables pecados en innumerables mundos. El número de vidas que he tomado, de pecados que he cometido... es demasiado grande —no merecía un mundo brillante y lleno de luz, donde habitaban los no pecadores, los limpios y puros como María. No merecía enmendar sus errores al lado de Battler, despertar para verlo todas las mañanas, fijar una suerte de pasado entre los dos. Era demasiado tarde o eso se quería hacer creer—. Vete. Vete mientras estoy de buen humor, de otra manera podría sellar la isla de nuevo en una tormenta —y así nunca dejarte ir de nuevo, encerrarte en este infierno. Pero prefirió no decirlo y cuando observó a Battler, aún contrariado, de alguna manera supo que había ganado y perdido a la vez. Su corazón se expandió y dio un salto cuando él la levantó por los aires, frágil como una pluma, sintiendo el cuerpo del que se sentía tan avergonzada debajo de la tela—. ¡¿Pero qué haces...?

—Escucha con atención, Beatrice —una sonrisa confiada y libre de las sombras de la masacre comenzó a dibujarse en el rostro de Battler, llenándolo de franqueza y de niñez a la vez, tan suave y tan cálida que el corazón de Yasu amenazó con derretirse—. Voy a secuestrarte.

—Ba... —la historia se estaba repitiendo a sí misma, podía sentirla, la potencia de un hechizo mágico que ella no había convocado y también podía visualizar los recuerdos (no, las fantasías, las imágenes) de su padre y abuelo, Kinzo y la verdadera Beatrice, en ese mismo puerto, en ese mismo escondite y mirando ese mismo mar, justo antes de emprender una nueva vida juntos, manchada de sangre y oro, pero feliz. Kinzo también había secuestrado a su abuela... Y Kinzo vivía en las facciones de Battler, así como ella lo hacía en las de Beatrice.

—Si tú has pecado, entonces es mi pecado también por haberte obligado a cometerlo —hizo una pausa y aunque la sonrisa no se desvaneció, sus facciones temblaron como una barca azotada por una tormenta—, así que... Cargaremos tu pecado juntos. Tanto como yo viva... Llevaré tu carga... —el "lo siento" en la cueva había sido suficiente, todo lo que había necesitado y necesitaría el resto de su existencia y aún así, Battler tenía tal facilidad con las palabras que lo odió, lo odió por reducirla de nuevo a una niñita de 12 años enamorada y tonta, convencida por palabras que quizás después resultarían ser mentiras—. Dejemos la Tierra Dorada. Tú y yo, juntos.

Como Battler siempre daba todo por hecho, lo siguiente que Yasu supo fue que estaba en el bote, manteniéndose precariamente en equilibrio, mareada quizás por el movimiento del mar o por su propio dolor derrumbándose. El agua brillaba como un sinfín de diamantes y cuando vio su reflejo, incluso hasta el sol hizo destellar su cabello como el oro. Quería vivir, quería creerle a Battler. Le hizo una mofa sobre el manejo del bote antes de arrancar. Quería creer en el hechizo que ella no había conjurado, pero que sin duda aún vivía en los dos: amor.