Título: Ricordando il passato
Claim: Ushiromiya Battler/Yasu
Notas: SPOILERS EP8.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Hipnótica
Tema: 25. El peso de...
El viento les golpeaba el rostro con fuerza, la brisa salada acariciaba sus mejillas para luego resbalar, dejando surcos que parecían lágrimas. El bote temblaba y ambos se aferraban a las tablas que hacían de bancos para no caer; hacía calor, Battler incluso llegó a arrojar su saco a un lado, dejando patente el gran cambio que se había operado en su cuerpo, con el cual no se había sentido particularmente feliz durante los primeros años de adolescencia. Yasu lo observó durante un momento, antes de desviar la vista, sus ojos de pronto parecían muertos, como si el mar les hubiese robado, en ese luminoso día, todo su brillo.
Battler había tomado pastillas, lo sabía porque Jessica le había comentado. Pastillas especiales para tener ese cuerpo, hombros anchos, complexión varonil. Había cambiado como por arte de magia. Pero no había pastillas para alguien como ella... No había ningún remedio mágico que le diera lo que le faltaba, las partes incompletas, escindidas de su cuerpo, pero aún así vivas en su mente. Era como una muñeca, muerta, blanca, de plástico. Y el mar, en su inmensidad, la isla a lo lejos, todo no hacía más que convencerla de que se había equivocado. Battler no mentía cuando le había dicho que cargaría sus pecados junto con ella, no mentía cuando le pidió que vivieran juntos, pero Battler tampoco había considerado al resto del mundo, al que la vería mal al pasar la calle, notaría su pecho inexistente y su cuerpo deforme. Todos esos ojos escrutadores, todas esas risas burlonas de las que le había hablado María, Battler no le había dicho nada de eso.
¿Qué tal...? ¿Qué tal si se iba a vivir con él y después de un tiempo él se cansaba de las miradas, de estar con ella, de soportarla? ¿Qué tal si se cansaba de cargar sus pecados y conseguía a una chica sana... a una chica de verdad? La sola idea le aterró, se ciñó sobre de ella como una nube, aunque esa tarde no había ni una sola. El mundo exterior no sólo lo componían ellos dos, sino cientos de personas, miles y millones, que sin duda no pensarían ni se detendrían a considerar sus motivos, esperanzas, temores y sueños. Battler no podía defenderla de eso, mucho menos ella a él, salvo que...
—¿Seré capaz de vivir? —quería que él la engañara nuevo, quería escuchar dulces mentiras salir de sus labios, posibilidades disparatadas que disolvieran en el mar todo su temor. Si él podía convencerla se aferraría a su espalda con todas sus fuerzas, soportaría las burlas aún si no había solución, sólo le hacía falta una pequeña mentira, una pequeña ilusión dorada.
—Claro que sí —Niijima estaba cerca, podía ver la gran mole de casas aproximándose como la promesa de un refugio seguro, comida y un sueño reparador. Como los brazos de su madre tras una pesadilla particularmente horrorosa y de la cual, como un milagro, había podido robarse un solo, pero preciado, elemento—, no tendrás un mayordomo mágico, pero hay un montón de tiendas de conveniencia por ahí en el mundo. Hay muchas cosas que no puedes encontrar en Rokkenjima —no era suficiente, para Yasu la promesa de artículos desconocidos no le era suficiente. Se imaginaba las tiendas de conveniencia como algo horrible, como un lugar cerrado y pequeño que no podría controlar, en donde todos los ojos se fijarían en ella, llenos de burla—. Te enseñaré este mundo, nuestro mundo.
Parecía tan contento que casi no se podía afirmar que acababa de morir toda su familia y casi podía creérsele, pero bajo la sombra de sus ojos, azules, azules como el mar, como el cielo, había un toque de dolor que ella había causado y que no podría curar. Era ella la que necesitaba ser curada, pero no quería ser una carga para Battler. No cuando él ya tenía mucho que resanar por su cuenta, no cuando él tenía a una hermana que no iba a aceptarla tan fácilmente en casa.
—Soy la horrible bruja que jugó con incontables muertes en esa isla —la que se alejaba, la que era su refugio—, tu mundo... Es demasiado brillante para mi —y demasiado cruel.
Por fin la sonrisa de Battler se desvaneció, volvía a estar enojado, volvía a sentirse terco, aferrado.
—No, tienes que vivir —¿qué podía hacer para convencerla? ¿Por qué tenía tanto miedo del mundo exterior? ¡Él la protegería! ¡A ella y a Ange! ¡Cumpliría la promesa olvidada!—. Vivamos juntos. Te he secuestrado, ahora estás a mi merced.
Quería bromear, se sentía seguro en medio del mar, pues ella no podía huir ni desaparecer convertida en una voluta de humo o una mariposa dorada. Estaba ahí y sólo necesitaba convencerla un poco más.
Vivamos juntos. Palabras tan hermosas y tan complejas, palabras que habían evocado en su niñez la fantasía del matrimonio, días juntos y montones de hijos pelirrojos. Palabras tan hermosas, pero no lo suficientemente mágicas... Y aún así, le habían infundido valor para cumplir su última voluntad. Fingió reír para tranquilizarlo, tan bien se le daba que ni siquiera se sintió culpable. No se conocían tan bien, no conocía a su nuevo yo y a la vez, la personalidad original. Podía ser engañado y eso era lo que ella quería, mirarlo por última vez con los mismos ojos que ella, seguramente, había tenido la tarde en que se habían prometido un para siempre. Los ojos de ilusión, esperanza, bienestar.
—Lo lamento. Entonces al menos... —dudó mientras se acercaba a él, logrando que el bote diera una ligera sacudida. Esperaba no delatarse al mirarlo a los ojos, más cerca de lo que habían estado nunca—, ¿podrías cerrar tus ojos? —era el último milagro que estaba pidiendo, el último deseo que sin duda no debía de serle concedido.
—¿P-por qué debería...? —era bonita, verla tan cerca le hizo recordar más vívidamente su rostro en esa tarde rojiza, el rubor en las mejillas, similar al de ese momento, los ojos brillantes, casi líquidos, la esperanza en el fondo de sus pupilas...—. Hey, tu cara está muy cerca...
El bote dio otra sacudida, ¿o fue su estómago? Antes de equilibrarse por última vez, para ese entonces Beatrice tenía muy en claras sus intenciones y aunque Battler no quisiese admitirlo, él también sabía lo que la bruja y antes amiga de la infancia, perseguía.
—Hombre tonto... Deberías de ser maldecido por haberte llevado a la Bruja Dorada lejos de la Tierra Dorada —deberías, pero esa no es su intención. Su último hechizo y deseo penden de sus labios, pero sobretodo, su deseo inocente de tener algo a lo que aferrarse en la muerte, algo suave qué abrazar por primera vez—. Ése es el porqué de que tengas que cerrar los ojos —no quiso decirle que iba a castigarlo, aunque sin duda hubiera sido divertido observar su reacción, predecir si podía ponerse tan rojo como su cabello o no—. Es... es vergonzoso para mi también.
Él se había quedado observando sus pestañas, los surcos en sus mejillas similares a lágrimas, agua salada proveniente del mar. Cerró los ojos reprimiendo el tonto pensamiento de que era su primera vez, reprimiendo también la culpa que sentía al pensar en George y el miedo y la incertidumbre ante el futuro. Tenía que ser fuerte para protegerla, a ella y a Ange, a su tía Eva si no estaba enojada, a todos, a todos. No podía temblar ante un inocente beso y aún así, lo hacía (¿o el bote se movía demasiado? Sí, tenía que ser eso).
Yasu reprimió el largo suspiro que quería escapar de su pecho y trató de ignorar el desbocado latir de su corazón, que parecía más fuerte que nunca a pocos minutos de apagarse. Cerró los ojos también, sin tratar de inmortalizar la imagen, quería sentir en lugar de ver y cuando sus labios chocaron con los de Battler, decidió que había cortado su último vínculo con el mundo. Que todas las promesas que Battler le había hecho, nuevas y viejas, estaban saldadas y que el peso en su corazón, aún asfixiante, no sería algo de lo cual arrepentirse mientras se hundía mar abajo, con el recuerdo de sus labios sobre los suyos y la ilusión de todo lo que pudo ser y de alguna manera fue, en esos escasos segundos.
