Para Arya,
un milagro, un rayo de luz,
una canción y el latido de mi corazón.

1

"Bajo la sombra de Drifblim"

I

Mi padre me dijo que el día en que nací, encontró un Drifblim sobre mi cuna.

Se había colado por la ventana y flotaba delicadamente con su cuerpo, inflado, morado y redondo, grande pero ligero, pues los cuerpos de estos pokémon están llenos de aire caliente y mientras flotan grácilmente dejan colgar sus brazos planos a cada lado de ellos cerca de donde se encuentra el orificio por donde el aire entra y sale de sus cuerpos. Aquel flotaba suave y distraído, como una hoja en la brisa.

Pero en aquella habitación no había ninguna brisa y mi padre, un hombre fuerte y áspero, sencillo pero prudente se quedó detenido un instante con sus pies como enraizados en el suelo de la cabaña.

Como a todas las personas de la aldea, le habían inculcado un respeto reverente ante estos pokémon en particular. Su naturaleza fantasmal que les brindaba una conexión con el mundo de los espíritus los volvían para nosotros una suerte de aparición casi divina, aunque a los ojos de los extranjeros parecieran solo globos con vida. Más mi padre era un leñador, un hombre de esfuerzo y decisión que más de una vez había tenido que defenderse otros pokémon o competido con ellos por el alimento o la supervivencia y, en este caso, no cedería la vida de la única familia que le quedaba sin prestar lucha, aunque su contrincante fuera un reverenciado espíritu del viento.

Él me contó que se acercó lentamente al mueble donde yo dormía, escondiendo el hacha de su fornida mano tras su espalda como si temiera enfadar a aquella eminente visión si esgrimía un arma letal impunemente.

Llegó hasta la cuna con la frente perlada en sudor, tomó a la bebe que había dentro y se apartó con paso discreto pero firme sin apartar la vista de Drifblim.

Tan pronto puso un pie fuera de la alcoba echó a correr fuera de la cabaña y colina arriba. Hacia la aldea. Hacia el Recinto del Oráculo.

Para nosotros, nuestra aldea no necesita nombre. Es nuestro hogar y rara vez algún forastero se interna en la montaña de escarpadas laderas, rodeada por un espeso bosque y nos descubre. Rara vez rememoramos o echamos de menos cualquier cosa que exista fuera de aquellos terrenos. Si acaso, el mundo de afuera tiene un nombre para nuestra aldea, no lo sabemos. Eso, junto a todo lo demás que el mundo tenga y sepa, no nos interesa.

Cuando las adivinas del Recinto escucharon la historia de mi padre se quedaron perplejas. Que uno de los espíritus del viento descendiera tan cerca de la tierra y aceptara entrar voluntariamente en un recinto cerrado, como una casa, era increíblemente inusual, un acontecimiento insólito.

Lo hicieron esperar y cuando la noticia fue transmitida en forma de dibujos a la Sacerdotisa, la respuesta que debieron darle a mi padre dejó a las adivinas aún más perplejas:

Los espíritus, habiendo determinado que el fin de la vida de la actual Sacerdotisa era menester que llegase pronto, escogieron de antemano a quien debía ocupar su puesto con el fin de que la niña recibiera la instrucción adecuada y estuviera lista para cuando debiera ocupar el noble cargo. Los espíritus no podían ser más sabios y la elegida se trataba de la hija recién nacida de mi padre viudo.

Conmocionado, abrumado y confundido por la noticia, le tomó hasta el anochecer al hombre recobrar el aliento. Las adivinas aprovecharon para aclarar los detalles de aquello que tan único presagio significaba: su hija seria cuidada con el mayor esmero y preparada con la más grande dedicación para ocupar el más importante cargo de nuestra aldea. Sería la nueva Sacerdotisa.

La comprensión de mi padre de aquel destino era apenas parcial. Él sabía que la Sacerdotisa además de ser la guía espiritual del pueblo, era la líder de las adivinas del Recinto del Oráculo y la máxima autoridad en la resolución de los conflictos de la aldea.

De su sola interpretación dependía el destino revelado por los espíritus del viento que se levantaban desde el bosque una vez al año para vaticinar la suerte de nuestro pueblo.

No fue una decisión fácil, pero mi padre tuvo que entender que no dependía de él. Con el pesar de su corazón y la promesa de poder verla las veces que quisiera, entregó a su hija, su única, a los cuidados de las sabias adivinas del Recinto del Oráculo.

Ellas fueron para mí como hermanas, amigas y madres. Las adivinas no solo predecían y daban consejos acerca del futuro, recetando fórmulas mágicas para mejorar el porvenir, sino que también cuentan historias del pasado: Relatos de cuando no existían ciudades sobre la faz del mundo y ningún árbol había sido aún talado. Historias de cuando el ser humano y los pokémon eran uno y lo mismo. Historias antiguas de cuando el Primero de Todos nació y con su vida, dio vida también al universo.

Los años se fueron volando, entre las fogatas ceremoniales y las celebraciones de cada luna nueva. Conforme me hacía mayor me fui dando cuenta de lo mucho que sabía sobre rituales y augurios, y lo poco que conocía del mundo y la vida fuera del Recinto de Oráculo con su alto techo hecho de paja y ramas. Las ancianas a veces me hacían comentarios sobre la vida afuera, no solo de aquel místico santuario, sino aún de afuera de la aldea, de nuestra montaña y nuestro bosque, donde el hambre, la guerra y la peste azotaban el mundo, allá donde los humanos levantaban sus manos en contra de los pokémon, la naturaleza y sus semejantes.

Me hablaban también, entre risas a veces y otras entre susurros, de cómo los chicos de la aldea acudían al recinto a consultar su suerte, solo como una excusa para verme. Claro, la aspirante a Sacerdotisa tiene cosas más importantes de que ocuparse que el echar un vistazo a las hojas del té de una taza o lanzar los caracoles para unos distraídos muchachitos, pero mientras yo estuviera en entrenamiento y la anterior Sacerdotisa no partiera en las alas del viento, era normal que me ocupara de un caso o dos. Pero si se trataba de chicos jóvenes, ellas jamás les permitían consultar conmigo. Para mi reservaban los casos de enfermedades o accidentes, o echar la suerte para mujeres que estuvieran esperando a dar a luz. Que una doncella bendecida por los espíritus del viento les diera un buen augurio las hacía sentir mejor y daba tranquilidad a sus corazones, decían ellas.

En cambio, todos los muchachos eran canalizados con alguna de las ancianas que tomaban eso como una forma de travesura personal. Disfrutaban reprenderlos por no poner atención a lo que decía para ellos el destino cuando se les ocurría mirar por encima de ellas hacia el estanque en el centro del Recinto donde normalmente yo hacía rituales de purificación o bendecía las cosechas.

Después de su lectura se les vendía algún amuleto y se les despachaba de inmediato. La Sacerdotisa era para ellos una suerte de fruta prohibida, decían, una que a pesar de ser respetada y bendita, no se podía evitar que la desearan igual.

Yo jamás comprendí exactamente todo aquello. Al mirarme al estanque del recinto me costaba encontrar algo especial. Detrás del ostentoso arreglo que procuraban al peinar mi cabello, oscuro, largo y cuidado, que jamás había sido cortado como símbolo de pureza, devoción y conexión con el mundo espiritual, lo que yo veía en aquella tez morena, en aquellos ojos grandes y cristalinos, en aquel rostro infantil y en aquel pequeño cuerpo, no era sino una simple jovencita de 16 años.

Antes de cumplir los 17, mi tiempo llegó. Un día, la vieja Sacerdotisa que ya no podía salir de su habitación sino sólo para hacer la predicción anual, por misericordia de los espíritus del viento, pues la luz había abandonado sus ojos hace tiempo; finalmente nos dejó. Su aliento despertó siendo brisa, reposando por encima de las nubes, junto al viento.

El luto y las endechas se cumplieron. Que yo nací justo en el momento correcto, me dijeron, pues de haber demorado más, talvez no habría estado lista para ocupar mi puesto y leer el destino de nuestra gente en la procesión de los espíritus del viento cuando viniera el tiempo. Que los espíritus eran ciertamente buenos y muy sabios.

Todo se dispuso para el festival. La más solemne de las fiestas de nuestra aldea. Una semana antes de llegar la fecha, ninguna fogata ni fuego puede ser encendido en todo el perímetro del bosque. El cielo debe estar libre de todo humo, pues su pureza es nuestra ofrenda para los espíritus que flotan en el viento. Desde la noche anterior, la aldea queda quieta y se guarda un respetuoso silencio. El aire debe estar tranquilo, pues aquella calma es nuestra plegaria a los espíritus, para que nos den su guía y favorezca su consejo.

Justo después de mediodía, las labores cesan y la gente del pueblo se reúne frente a la cabaña del Recinto para presenciar la procesión. No solo es un ritual sagrado es también un hermoso espectáculo. Cada año se levantan, con las nubes y en la briza, desde el otro lado de la gran montaña, en cientos y decenas, los Drifblim y los Drifloon, los espíritus que flotan con el viento. Se deslizan con peso como de pluma a lo largo del cielo y pasan decorando con sus sombras nuestras calzadas y tejados. Su canturrear distante arrulla a las aves del bosque con armonías que se desprenden al mecer las hojas de los árboles. Sus figuras fantasmales, casi translucidas pintan de purpura el cielo cuando pasan sobre nuestras cabezas, arriba, en lo alto, como danzando. Subiendo y bajando, inflando y desinflando. Avanzando y girando.

Nos dan alegría, nos dan fortaleza y también esperanza. Y quien está delante del pueblo para dirimir el misterio de sus danzas, sus canciones y sus vuelos es la Sacerdotisa. Y aquel año en que cumplí 16, esa era yo.

Amargo hado el mío. Pues fui la última sacerdotisa de mi pueblo.

Con el cielo despejado y un silencioso nudo en cada garganta, toda la gente de la aldea espero expectante la visita de los espíritus aquel año. El sol, habiendo subido a lo más alto, nos contempló con su melena rubia y deslumbrante durante minutos, durante horas.

Preparada y adornada para la ocasión mire hacia las cabezas de la gente, todo un ejército de personas sedientas de ánimo, esperanza y dirección. Entre ellos estaba mi padre, que como todos se había quitado el sombrero, pero más que al cielo, me miraba a mí, orgulloso y nostálgico de ver que aquella bebita que tantos años antes había sido elegida por Drifblim ya había crecido como crece una planta de una semillita.

Las horas corrieron y el sudor rodó por todas las frentes, lenguas ansiosas se removieron en las bocas de todo mundo. Guardando silencio. Esperando. A mi lado las ancianas bajaban a intervalos los ojos a la tierra como meditando. Hacían girar las reliquias de sus amuletos y miraban luego al cielo si yo las miraba ellas como indicándome en donde debían estar puestos mis ojos.

Cuando el sol se posó sobre las montañas distantes, lanzando su último bostezo antes de irse a dormitar y la luna extendió sus prístinas alas en el cielo que se iba oscureciendo. Las ancianas descendieron de la colina donde estaba la cabaña y enviaron, sin levantar la voz, a todo el pueblo a descansar. Los espíritus vendrían y cuando lo hicieran la Sacerdotisa los vería y les comunicaría el mensaje a todo el mundo la mañana siguiente, dijeron.

Pero cuando volvieron a mi lado sobre la colina, en sus rostros pude ver el pesar de su corazón perturbado. ¿Cómo se interpreta esa señal? Ninguna historia relata un solo año en que la procesión dejara de pasar. Nunca antes se habían retrasado los espíritus un solo día. Si teníamos una predicción para cada augurio, ¿la falta de un augurio que podía significar?

Yo no lo sabía, cuando a media noche me mandaron a mi cama a descansar, pero si la procesión de los espíritus anunciaba nuestro futuro, el año en que ellos no vinieron, talves, significaba que no había futuro que anunciar.