II

La aldea se quedó dormida aquella noche. No había hogueras que apagar ni ruidos que se silenciaran. El mutismo que reinaba ya en el pueblo se extendió extraño hasta la noche y el fuego que jamás llenó nuestras pupilas se removió inquieto en mis sueños. Me pareció verlo, ardiendo, quemando, matando en los lindes del bosque del otro lado de nuestra montaña. Una columna de humo se debía elevar allá y el viento la ocultó de nuestros ojos mientras trataba de disimular a nuestros oídos el sonoro tronar de cascos y relinchidos; cabalgando furiosamente, trayendo consigo el frio de la espada, el filo de la muerte.

Me desperté de golpe como si saliera a respirar después de que el estanque de mi propia desesperación me ahogara. Los gritos, el humo y el fuego de mis sueños se colaron fuera de ellos cuando una de las ancianas que había ido a despertarme me habló con una vehemencia que jamás había escuchado en toda mi vida.

―Arriba, levántate, mi niña ―me dijo y trató de evitar que se derramaran las lágrimas de sus ojos y el miedo de su corazón ―ve, tráenos agua del estanque ¡le han prendido fuego al Recinto!

¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? Las preguntas se amotinaron en mi mente y mis piernas echaron a andar hacia el recinto central. Luz anaranjada bañaba el sitio y no me permitía ver que faltaba poco para el alba. Las ancianas daban voces y se apilaban sosteniendo la puerta para mantenerla cerrada, pero lo que decían se deslavaba sobrepasado en volumen de feroces golpes que pugnaban por derribarlas y con ella al Recinto entero. Y estaban además los gritos, un mar de llantos de dolor y desesperación más allá de las puertas, donde el pueblo se quemaba.

Llené una tinaja con agua sin mirar mi reflejo en el estanque, los espíritus sabrán que es lo que me habría ahí encontrado. Corrí hacia la puerta donde mis maestras me llamaban, pero llegue tarde, pues de golpe las tablas se rindieron y astillándose dejaron entrar al frio de la noche y con ella a los verdugos. Tres hombres cubiertos y armados con acero, con la muerte tatuada en el rostro, montando sendos pokémon, dos de ellos traían consigo, a su espalda, en la crin y en sus cascos el incendio. El tercero con ojos de relámpago y mirada oscura como nube de tormenta, venia cabalgando una bestia cuyo pelaje, en partes negro y en partes blanco, brillaba y chispeaba como si el rayo viviera en sus entrañas.

El destrozar de las puertas me había derribado, yacía en el suelo empapada con el agua derramada del estanque que había traído, junto a las adivinas del recinto que se quejaban y suplicaban cuando aquellos hombres las miraron indefensas.

―Son… solo un montón de viejas, señor ―dijo uno de ellos. Levantó a una de mis hermanas del cabello. ―¿Qué es lo que haremos…?

Extendí mi mano para amonestarle e hice ademan de ponerme de pie para detenerlo, pero el trueno que salió de la boca del tercer hombre me dejó muda ante su crueldad y mala sangre.

―Mátenlas. Sólo nos retrasaran si las llevamos. Al Rey no le sirven si no pueden ser esclavos.

No fue la primera muerte que vi, pero si las primeras vidas en ser arrancadas. El aliento abandonó a mis maestras y hermanas junto al grito de dolor que les arrancó el acero de sus frías espadas. Pero no pude verlo, el hombre que estaba a cargo de la matanza descendió de su montura rayada y se paró frente a mí, corpulento y tremendo.

Su mirada, no la supe interpretar. Un depredador miraría talvez así a una presa si no hubiera en su corazón respeto y aprecio por la vida que va a tomar para su sostenimiento. Algo le había quitado a esa alma todo rastro de compasión y había dejado en su lugar un vacío negro que no pensé que podía existir ni aún en las historias oscuras que las ancianas me contaban del mundo del hombre.

Extendió su mano. Tomó mi cabello, lastimándome y no sintiendo ninguna aflicción por ello. Quise aferrarme a su brazo pero encontré el acero de su armadura solamente. Tenía la espada en su otra mano y algo en mi corazón se marchitó de pronto al pensar que al despertar la mañana anterior jamás se me ocurrió imaginar que aquel sería el último día de mi vida.

El acero voló y solo asesinó a la noche. Caí al piso temblando, adolorida. El sonido que la espada hizo al pasar y el escozor en mi cabeza me insinuaron cosas que habría preferido no saber, pero que supe ciertas cuando comenzó a llover sobre mí el último recuerdo de mi vida como la conocía. Ahí estaba, muerto, junto con mi pueblo, junto con mi hogar y mi familia, nuestra esperanza y nuestro futuro, el símbolo de mi destino y pureza como sacerdotisa, formando una lúgubre y brillante alfombra de mi propio cabello.

Esa noche nos borraron de la faz del mundo. No solo quemaron nuestras casas, sino también nuestras historias. No quedaron ancianos que pudieran contarlas ni niños que pudieran formar nuevas. Tan solo un puñado de jóvenes y jovencitas sobrevivimos. Todo aquel a quienes los invasores consideraron muy viejo, muy pequeño o que dio mucha pelea, fue asesinado. El humo del incendio de nuestras vidas se elevaría sobre las laderas de la montaña durante días, pero yo no lo vería. Los hombres armados me llevarían lejos. El capitán de aquel ejército me sacó del recinto casi a rastras despojándome de todo salvo de los paños que cubrían las áreas más privadas de mi cuerpo y me encadenó a una larga fila de personas heridas, hambrientas y asustadas.

El destino de los sobrevivientes de mi pueblo sería para mí un misterio que atormentaría mis sueños para el resto de mi vida y, cuando nos obligaron a comenzar a andar, siendo que el sol se había comenzado su viaje por el cielo matutino, nos condujeron colina abajo, hacia el bosque. Fue entonces que entendí que todo aquello que me ataba a la tierra de los vivos había dejado de existir ya, no solo porque mi vida, mi cuerpo y mi futuro fueron hurtados impunemente, sino porque el último recuerdo que me llevaría de la tierra donde nací y crecí sería la desoladora imagen de la cabaña de mi padre humeando después de haberse quemado hasta sus cimientos.