Para Arya.
Tú eres mi noche,
mi descanso y mi nido.
Al viento diré
que me lleve a ti,
pues donde tú estés
estará mi hogar.
Shauntal II: Un fragmento de la noche
El día se pasó volando.
Las rueditas de las escaleras móviles que Shauntal utilizaba para alcanzar las repisas altas de los libreros fueron y vinieron rodando y sonando contra el suelo de madera de la biblioteca.
Chandelure hacia lo que podía por seguirle el paso con un carrito detrás de ella. Un libro de historia aquí, un atlas del mundo antiguo acá. "Cuentos Folclóricos de Sinnoh" salió nuevamente de su estante cuando había regresado apenas un mes atrás y los viejos conocidos "Manual del Medium" y "Diccionario de los Sueños" se reencontraron en el fondo del carrito.
El ultimo ítem en la lista era un visitante anómalo en el grupo. La gran mayoría de la colección de la chica estaba en inglés y japonés, y no tenía gran problema entendiendo el español, pero existía una historia que sabía necesitaría traer a su memoria para este proyecto y solo la había leído en un gordo y viejo libro que reposaba orondo en el rincón de su biblioteca reservado a los libros extranjeros escritos en francés.
En caso de ser necesario, podría talvez ordenar, si es que existía, un ejemplar en inglés o español, y así como no guardaba demasiadas esperanzas tampoco dejaría que eso detuviera su proyecto nuevo. De una manera u otra, cuando las manos de la joven escritora, enfundadas en sus suaves guantes de seda púrpura, se posaron sobre las pastas del viejo tomo y lo sostuvieron frente a su rostro de bellos y brillantes ojos, como amatistas relucientes detrás del cristal de sus gafas, el título embozado en la portada le evocó las historias de tierras distantes, de castillos viejos, de reyes, de guerras, magia y hadas. "Contes d'enfants de Kalos" llevaba por nombre el libro y sobre su cubierta, bajo el título, llevaba por decorado un pequeño símbolo, como un pentágono dividido en tres colores: rojo, blanco y azul.
La sonrisa en el rostro de Shauntal persistió hasta entrada la tarde. Pocas cosas la animaban tanto como tener una nueva historia bulléndole en la mente, enredándose y desenredándose, complicándose, dando giros y más giros, llenándose de detalles y desarrollándose en todas las posibles direcciones que sugiriera la trama. Debía admitirlo, si bien, ella era reconocida en todo Unova por ser una de los cinco mejores entrenadores, miembro eminente de los Cuatro Elite del Alto Mando de la Liga Pokémon y una autoridad incuestionable en el tema de fantasmas, espantos y aparecidos; nada en el mundo le daba más felicidad que darle vida a un libro nuevo, a una historia nueva.
Y no es que su vida y su pasión estuvieran divididas. No es que para ella los pokémon y los libros fuesen cosas totalmente distintas y apartadas. No. Para ella sus dos grandes amores formaban, de alguna manera, parte de una misma cosa. Fueron los libros los que desde pequeña la motivaron no solo a escribir, sino también a entrenar pokémon. Fueron los libros, las historias de lo macabro y lo sobrenatural las que le presentaron el misterioso y fascinante mundo de aquello que danza entre la tierra de los vivos y el otro lado. Y los pokémon fantasmas son los agentes animados de ese sombrío misterio, como encarnaciones vivas (en parte) de aquel secreto que se oculta más allá del velo del viaje más largo, de la noche más oscura.
De forma equivalente, mucha de la inspiración que había llegado a ella para escribir algunas de sus mejores historias, la había tomado de emocionantes batallas pokémon. Los entrenadores que había derrotado, las batallas que había ganado, el propio vinculo de entendimiento y confianza que ella había desarrollado con sus compañeros pokémon, despertaron en ella las emociones, lecciones y vivencias que decorarían las historias que contaría al escribir, al volcar su corazón en risotadas, suspiros o lágrimas de tinta del color de una novela.
Y pensar en eso, le trajo nuevamente la el recuerdo vivido de aquel entrenador. Quedando en silencio tras su escritorio, donde algunas notas que habría elaborado descansaban junto a los libros de consulta que recolectó; cerró sus ojos y quiso imaginarlo. Quiso tratar de rememorar intensamente las sensaciones y emociones que la embargaron esa noche cuando, sin ceremonia, sin elaborados modales ni formalismos, aquel joven de cabello verde se había plantado regio delante de ella para desafiarla a la batalla de su vida.
Tristemente, no hubo mucho que discutir. Aun dando su mejor esfuerzo, los compañeros pokémon de Shauntal poco pudieron hacer para darle pelea al dragón de aquel entrenador. Era imponente, era implacable y con cada rugido y cada arañazo, sacudía el cielo y la tierra encendiendo del más relumbrante rojo la atmosfera. Aquella creatura y el entrenador silencioso y desconocido que le acompañaba eran material de leyendas, como si ambos hubiesen escapado de algún libro de fantasía épica.
Pero tal como llegaron, también se fueron. Los colegas de la chica, los otros tres Elite no tuvieron mejor suerte. Derrotados por el entrenador sin nombre tuvieron que cederle el paso hacía el recinto del campeón que, después de años de reinar invicto, se vio superado por la furia incendiaria de tan potente retador.
Muchas cosas más cosas pasaron esa noche. Muchas más cosas que ya son historia. Él mundo como lo conocemos por poco se termina aquella noche, pero fue la visita del entrenador misterioso la que mantuvo a Shauntal abstraída y meditabunda por un buen tiempo. Tal fue el impacto de aquel chico sobre ella que, cuando un segundo retador apareció en su cuarto aquella noche, ella puso poca o nula atención al desafío y batalla a la que fue retada por segunda vez al hilo. Este segundo entrenador era tan solo un niño sin nada especial en él. Seguro que aunque la derrotara, no llegaría lejos.
Una suave brisa entró por la ventana agitando las páginas de sus libros y con un parpadeo, volvió de golpe al mundo real y reparó en que se ya se había hecho de noche. Se puso de pie y caminó hasta el marco del alto ventanal junto a su escritorio, recogiendo la cortina para poder cerrarlo. Le gustaba el aire oscuro de la noche, pero dado que pensaba encender algunas velas para preparar así el ambiente para su escritura, no quería que un suspiro de su amiga la luna se llevara consigo la luz.
Apenas se había vuelto a sentar frente a su escritorio cuando pudo escuchar cómo, contra el cristal de la ventana que recién había cerrado, algo golpeaba insistentemente. Sonaba como una delgada rama, movida por el viento golpeando contra el vidrio, pero no podía ser. Las instalaciones de la Liga Pokémon donde tenía su aposento se encontraban sobre lo alto de una montaña y su habitación descansaba en la cúspide de una de las cuatro altas torres que coronaban el complejo. No llamaban a ella y sus colegas, el Alto Mando por nada. De manera que no había forma en que la rama de un árbol golpeara repetidamente contra su ventana.
El ruido se repitió y resuelta a develar este misterio, se volvió a poner de pie y caminó hacia el ventanal. Al abrirlo suavemente, una agradable y pequeña sorpresa entraría junto con el viento nocturno. De plumaje oscuro y sedoso, callado, discreto y curioso; un pequeño Murkrow entró sin hacer ruido, dando pasitos sobre el entarimado de madera. Shauntal cerró nuevamente la ventana y complacida con el inesperado visitante, lo tomó en sus manos enguantadas y lo saludó contenta:
―Pero vaya, ¿Qué estabas haciendo aquí, pequeño extraño? ―le acarició las plumas puntiagudas de la cabeza, a lo que el avecilla negra respondió con unos suaves golpecitos de su pico ―¿A qué has venido y cuál es tu nombre en la rivera de la noche plutónica?
―¡Mur-krow! ―respondió el recién llegado y la chica rio, en parte por la enérgica respuesta, en parte por la broma que ella misma se había jugado.
El pajarito se acurrucó en sus manos. Era diminuto para la especie a la que pertenecía, si acaso apenas un bebé y a la luz de las velas, Shauntal pudo descubrir, entornando la mirada, la razón por la que talvez había decidido visitarla, pidiendo alojamiento con tanta urgencia a un umbral desconocido.
Parte de las plumas de su cola y flanco le hacían falta, dejando ver su pálida piel debajo. Otras aún estaban pegadas a su cuerpo pero parecían marchitas, como achicharradas por un fuego. Desconcertada, decidió darle agua, comida y reposo, por lo menos esa noche y después hasta que él quisiera quedarse. Podía llevarlo al Centro Pokémon escaleras abajo y se repondría bien, pero también se merecía un buen descanso y amorosos cuidados: debió ser toda una proeza llegar volando tan alto siendo tan pequeño y haciéndole falta las plumas del timón que era su cola.
En instantes y con la ayuda siempre presente de Chandelure, Shauntal tuvo todo dispuesto en un rincón de su escritorio a su vista, donde podía cuidar de él. Semillas, agua fresca y un cálido nido improvisado con una bufanda que ella misma solía usar en invierno. El pequeño cuervo se puso cómodo de inmediato y después de tomar algunos sorbos y picotear un poco el alimento se quedó por completo dormido, hipnotizado por el aroma que desprendía la prenda de la chica.
Con la sonrisa luciéndole en el rostro, Shauntal se quintó entonces un guante y tomando su pluma del tintero se dispuso entonces a continuar escribiendo, lanzando eventuales miradas a Murkrow que canturreaba entre sueños sobre su escritorio, contenta de que haber recibido en la calidez de su habitación a ese diminuto e indefenso pedacito de la noche.
