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"El hombre que gritaba Giratina"

I

Muy pronto perdí la cuenta del tiempo. Los días se tornan insufribles cuando uno no sabe cuándo, de pronto pudiera como si nada morir.

Me sentía débil, sí. Nuestros captores nos mantenían apenas con el alimento necesario, acedo y enmohecido, que necesitábamos para mantenernos en pie. La sed se habia tornado aspera y amarga en mi boca y la fatiga pugnaba por derribarme a cada paso, a cada soplo de aliento que abandonaba mis pulmones.

Pero nada me mantenía más decaída que la tristeza de ver secuestrada mi vida y destruida la de todos los que amaba. Nada me dejó más abrumada y ausente, que darme cuenta de la vileza de la que puede ser capaz el corazón del hombre. Me perdí en una suerte de sueño consciente, en que no escuchaba aunque me llamaran, no veía aunque tuviera los ojos abiertos y trataba de escapar, de morir, solo de pena, solo de tristeza.

Estaba eso, y las espadas. Seguramente los hombres que montaban impunemente aquellos pokémon, en cuya mirada comprendí que no eran tratados mucho mejor que nosotros, los esclavos; desearon asesinarme más de una vez cuando para ellos resulté una carga. Cada vez que me caía o tropezaba, o cuando las primeras veces pedí algo de beber. Pero el hombre de la montura a rayas, el jefe de la compañía al parecer, aunque no les prohibia golpearme o empujarme para obligarme a continuar, les había dejado en claro que si dejaban marca alguna sobre mi cuerpo, resultado del abuso, pagarían el daño con su vida delante del rey.

El rey…

¿Quién era esa persona? ¿Era en verdad una persona? ¿Cómo podía ser, que infundiera terror en los corazones insensibles de quienes nos aterrorizaban a nosotros? ¿Qué clase de monstruo sin alma podía decir, de la noche a la mañana o a través de que argumento podía convencerse; de que era el dueño de las vidas de personas y pokémon, enviando a sus emisarios a tomarlo todo por la fuerza, a hurtar nuestras tierras y nuestras vidas, como si no fuéramos nada?

Debían temer mucho al rey. Y este rey debía de tener algo conmigo, aun sin conocerlo yo, pues el hombre a cargo insistió más de una vez que moderaran hacia mí su maltrato y como medio para contentar a sus hombres al respecto, tomó a otro de los prisioneros y, aflojando sus grilletes lo cambiaron de lugar, encadenándolo ahora detrás de mí.

―Hiciste tan buen trabajo con tu amigo el loco ―le dijeron al esclavo, que en lugar de mi ahora ocupaba el último sitio en la fila ―que te ascendimos a cuidar de la esclava que el capitán piensa presentar al rey como obsequio especial. Se bueno y ayúdala ¿quieres? Su sufrimiento seguirá muchos, muchos años después de que todos ustedes hayan sido usados como leña para el fuego.

Yo no pude mirarlo a la cara, por estar decaída y cabizbaja durante prácticamente todo el camino. Noté su presencia primero cuando, al sentir que una de mis piernas me fallaba y volvería a caer, sentí que sus brazos se cerraban sobre mí, parando mi descenso y ayudándome a ponerme de pie nuevamente.

―Con calma, camarada. No vayas a dañar la propiedad del rey ―junto con sus palabras injuriosas, el sonido del látigo se descargó constante y rugiente, apaleando la espalda de quien me sostenía que, tan pronto sintió que podía cargar mi propio cuerpo, me soltó mientras el hombre montado continuaba azotándolo ―y otra para que te mantengas en tu sitio. A ella no podemos lastimarla, pero a ti… no es como que vayamos a dejarte peor de cómo estás.

El tiempo siguió volando. El camino no termina, como el dolor y la pena no acaban para quien es humillado y tratado como una despreciable propiedad, forzada a andar contra su voluntad. Talvez el rey viviera al otro lado del mundo y estor hombres pretendieran que lo atravesáramos a pie.

Volví a tropezar, el hombre tras de mi me sujeto del antebrazo. Desvíe mi mirada hacia su mano y noté, sobre su muñeca, brazo derecha y mano las marcas del maltrato.

―L-lo siento ―dije con la voz en un hilo, lamentando causarle sufrimiento adicional.

―No te disculpes ―me susurró casi inaudiblemente, aunque no porque él estuviera débil ―no es culpa tuya.

Y, como si fuera un propio mantra incapaz de reprimir, repitió, en una tropelía de susurros como para sí mismo:

―Cada golpe acerca más su destino a ellos y cada palabra hará más caliente el candor de su castigo, ¿no es así? ¿No es para eso que estoy con vida, que he esperado, que estoy aquí?

Cuando retiró su mano de sobre mi hombro, lentamente como se retira deslizándose un Ekans a su madriguera noté en la textura y color de su piel, algo enfermo y dañado. Algo que un látigo no puede causar, no importa con cuanta fuerza y cuantas veces se aplique sobre el cuerpo.

Cayó la noche una vez más.

Los hombres se quejaron con su capitán. Estaban fatigados, exhaustos pues habían pasado las noches en vela tal como nosotros, sus prisioneros y no estaban dispuestos a soportar semejante miseria pues se consideraban hombres libres.

―El rey espera el embarque…―susurró el hombre a cargo, recordándoles que no lo eran. ―Tenemos días de atraso y ni sus inmundas cabezas huecas valen lo suficiente para compensar la falta que harán estos pesos muertos en la obra de construcción de Su majestad.

―Entonces… ¿Cuántos días más? ―arguyó uno de los otros dos.

―Seis días más hasta el puerto ―señaló el capitán sin inmutarse. ―Pueden aporrear a los esclavos cuanto quieran, incluso hasta matarlos, no lograrán que tardemos menos de cinco.

―¡Malditos sean los esclavos! ¿Cinco días? No voy a soportar tanto ―dijo el otro temblándole las manos y los labios ―Si hay que salir a la costa, ¿no hay un camino más corto?

―Lo hay ―dijo dándoles la espalda el fornido hombre de montura distinta ―atravesando el pantano. Sin dormir y a paso veloz, podríamos demorar solo dos días y medio.

―El… pantano…

―Si. ―confirmó enfilando su cabalgadura donde varios sombríos árboles se elevaban en el ocaso.

―Pero el pantano esta… embrujado.

Como respuesta, el capitán resopló con desprecio.

―No sé porque llegue a pensar que ustedes, par de sacos de basura, serían diferentes del resto de la compañía ―les espetó con los ojos ardientes, enfilándose de vuelta al camino ―y se dicen los más valientes. Por estupideces como esa los senderos son tan largos. Pudiendo atravesar por entre los árboles, los pusilánimes y cobardes como ustedes, prefieren andar sin descanso y sin dormir seis días en lugar de dos. Son unos idiotas, pero adelante, hagámoslo como prefieran, gusanos cobardes.

Los otros dos se miraron unos a otros. Uno de ellos, con mano temblorosa echó mano a una antorcha sobre su cinto, la encendió en la ardiente crin de su montura y alzando la tea para iluminarse, trató de echar un vistazo al interior del bosque.

El capitán, al detenerse a mirarlo, estaba sonriendo con malicia.

―Así que… dos días y medio… ―dijo, dudando el hombre de la antorcha.

―Así es. Estaremos en los puertos antes del amanecer del tercer día. Podríamos incluso tomarnos esa tarde para beber, recostarnos, buscar compañía y aún estaríamos en la presencia del rey a tiempo para recibir sus parabienes.

»¿Qué dicen? ¿Es suficiente para ustedes para vencer su estúpido miedo y supersticiones?

Los otros dos se miraron el uno al otro y entornaron la vista. Se sentían talvez como si estuvieran firmando su sentencia de muerte, pero el cansancio, el hambre, la sed, eran talvez motivaciones demasiado fuertes como para permitirles pensar correctamente.

Cuando se internaron en el bosque, seguidos por la larga procesión de prisioneros de la que los últimos dos éramos yo y el hombre a mi espalda lo escuché susurrar:

―El momento ha llegado, que mueran… ¡que mueran de miedo! Hazlos morir y harás después lo mismo conmigo…

Horas pasaron y nos habíamos internado ya entre los arboles del pantano. Aunque intentando mantenernos sobre terreno firme, las ciénagas se abrían a nuestros pies dificultándonos duramente el camino.

Nuestros vigilantes nos apuraban más violentamente, ya fuera porque desearan cuanto antes terminar el viaje o porque no soportaran estar en ese sitio por más tiempo del ínfimamente necesario, pero al parecer, uno de los esclavos al principio de la línea, parecía estar aún más nervioso que ellos pues saltaba erráticamente cubriéndose la cara con las manos tan pronto se acercaba a la orilla de un estanque.

Y sucedía a menudo, pues había muchos.

Ellos lo aporrearon con violencia y, con la desesperación marcada en la voz uno dijo:

―Arriba, miserable, arriba. ¿Cómo es que no te hemos matado, maldito demente? ¿Dónde está su lazarillo?

Al escucharlo, comprendí que se trataba de aquel a quien el hombre a mi espaldas ayudaba antes de mí, a quienes ellos habían llamado "el loco".

―Lo puse al fondo de la fila, con el regalo del rey. Créeme, lo prefiero ahí, donde puedo golpearlo a él por todas las veces que no pude golpearla a ella.

―Vaya manojo de inútiles que llevamos ―respondió su compañero después de suspirar ―¿Cómo va a servirle a Su majestad esto?

―Trabajaran los que trabajen y los que no puedan serán combustible, es todo. Útiles o no, prefiero que el rey los use a ellos y no a gente de nuestro pueblo.

Forzaron al hombre cerca del frente de la fila a levantarse y seguir caminando, pero pronto, un nuevo estanque que se abría delante lo hizo retroceder, horrorizado.

―¡Lunático estúpido! ¿Por qué le tienes miedo al agua? ―los golpes del látigo se descargaron nuevamente sobre él cuando de pronto, sentí un tirón en la cadena.

―Es el momento ―dijo un susurro a mi espalda y entendí que estaba hablando conmigo ―sujeta la cadena, que nadie dé un paso más.

Me quedé pasmada un momento, no sabiendo de que hablaba, pero antes de poder preguntar, como apuradas por un viento torrencial, imposible en el interior de este tupido bosque, las antorchas de los hombres que nos llevaban se apagaron.

Nuestros carceleros se pusieron entraron entonces en pánico y al levantar la vista al frente, la luz del capitán que les marcaba el sendero, se había adelantado ya mucho por el camino cuando ellos se quedaron atrás por la distracción. Aquella flama se apagó también y antes de que los soldados pudieran llamar a su superior, algo asustó a sus monturas.

Ambos pokémon de fuego, heridos por alguna fuerza desconocida, se sacudieron echando de sobre sus lomos a sus amos y comenzaron a cabalgar a todo galope por entre los árboles. Inexplicablemente, las correas de las sillas se soltaron y los pesados costales y las protecciones metálicas cayeron al pantano haciendo un ruido viscoso y distante.

―¡Tira de la cadena…! Reúnelos a todos, tenemos que correr. ―me instó de nuevo el hombre a mi espalda y reaccioné apenas a tiempo cuando los dos hombres ya sin sus monturas daban voces enloquecidas gritando.

―¡Capitán…! ¡No nos deje aquí!

―¡Los esclavos, idiota! ¡Que no se escapen…!

Las espadas fueron desenvainadas en la noche. No sé a dónde fueron a parar. Cortaron, supongo, la cadena en algún momento y más de una vez propinaron una herida mortal. Me es imposible saberlo, pero aún en el silencio sepulcral de aquella oscura noche, cuando las estocadas cesaron, lo hicieron con un grito ahogado de dolor.

Talvez, en las tinieblas, aquellos hombres cegados se habían asesinado el uno al otro.

Permanecí en silencio, escuchando atenta el sonar de la cadena y en retumbar de nuestros pies. ¿Cuántos venían con nosotros? No pude saberlo, media docena u ocho talvez. El resto, habría muerto en las manos de los soldados o se habrían perdido siguiendo otro camino.

El corazón, aunque fatigado, latía desenfrenado urgiendo a nuestros pies, alejándonos de la muerte, de la espada, de nuestra cautividad.

El sendero terminó abruptamente y en una profunda y ancha zanja delimitada por la raíz un grueso árbol, escuche los pasos de mi guía detenerse abruptamente.

―Hasta aquí ―me susurró poniendo su mano en mi hombro. En la oscuridad solo notaba vagamente su silueta, no pudiendo distinguir en el rasgo alguno con mis ojos.

Nuestros compañeros se detuvieron al alcanzarnos, compelidos por la cadena.

―Deshagámonos de ella ―dijo el hombre que había estado a mi espalda, haciendo correr la cadena por la argolla sujeta a los grilletes de sus muñecas. ―Solo nos demorará y les ayudará a encontrarnos.

Algunos de los otros prisioneros al sentirse libres, soltaron las cadenas y echaron a correr perdiéndose en la perfecta oscuridad del bosque. Un puñado nos quedamos el tiempo suficiente para oír a otro de nosotros preguntar:

―¿Qué haremos ahora? ―entre las tinieblas pude ver que este hombre se tapaba el rostro y no paraba de temblar.

―Busquemos un claro donde podamos refugiarnos. ―dijo mi guía, ahora libre de la cadena que nos unía― Sin fuego. Solo luz de luna. Así podremos montar guardia y encontraremos agua.

Como respuesta, el otro hombre se sacudió errática y convulsamente, tratando de acallar sus chillidos ansiosos con su boca.

―Lo sé. Lo sé ―sentí aquella mano cicatrizada y tosca apoyarse nuevamente en mi hombro cuando trató de tranquilizarlo ―no te haré mirarla, pero es necesario.

Luego se dirigió a mí y al resto de los que con el habíamos permanecido luego de la fuga.

―Ayúdenme a levantarlo.

No supe cuánto caminamos en la oscuridad. Aunque mi atribulado corazón no había conocido un solo instante la paz desde que fui capturada, de alguna manera, el saberme lejos de aquellos hombres funestos hizo que todo pareciera mejor de alguna manera irracional que no pude poner en palabras. Aun cuando era posible que muriera ahí mismo, el saber que no llegaría jamás a conocer el maltrato que tenían pensado para mí en presencia del rey fue un alivio superficial y fugaz que disfruté mientras no pensé demasiado en que seguía extraviada, huérfana y lejos de mi pueblo.

Y en que mi pueblo no existía y no tenía un hogar al que volver, ni una vida que retomar.

Antes de poder sumergirme nuevamente en las abrumadoras tinieblas de aquella pena sin fin, los rayos pálidos de la luz de la preciosa luna se colaron por entre las hojas de los arboles permitiéndome ver nuevamente.

Habíamos llegado al borde de un pequeño claro bordeado de árboles en cuyo centro descansaba una gran piedra blanca y un pálido y cristalino estanque de agua clara reposaba inmaculado a sus pies.

Tan pronto pudo ver a la distancia el agua, el hombre a quien guiábamos se retorció nuevamente, pugnando con violencia por esconderse de la visión del diminuto lago.

Quise sujetarlo, invitándolo gentilmente a acercarse, pero luchó como si su vida dependiera de ello.

―Está bien, déjenlo que se quede ahí. Solo así estará tranquilo ―dijo la voz de mi guía, llamando mi atención. Se había adelantado y la pálida luz de plata de las alas de la luna lo bañaba completamente.

Fue ahí que pude verlo por primera vez aunque no vería aun su rostro entero. Parecía un hombre joven, no de más de treinta años, delgado y no muy alto, pero en su cuerpo llevaba las marcas de una vida de trabajo forzado y abuso físico constante. Pero debajo de los golpes y las cicatrices más recientes, pude ver claramente la razón del tacto áspero y la apariencia demacrada de su piel:

La mitad derecha de su cuerpo lucia toda cicatrizada, endurecida, brillante y poco uniforme, como si su piel hubiera sido profundamente arrasada por el fuego mucho tiempo atrás. Su desarreglado cabello oscuro no crecía en la sien del lado derecho de su cabeza y sobre su espalda, una marca sin forma, donde la piel no había logrado sanar bien me hizo pensar en las membranosas alas que, dicen las historias, algunos pokémon dragón suelen tener.

Cuando volteó hacia el resto, lo hizo de manera incompleta, como si tratara de mantener oculto el lado deformado de su rostro:

―Nos quedaremos aquí ―dijo. En sus ojos, un frio, una crueldad latente vibraba de manera notoria. En aquella alma, seguramente se ocultaba la misma sed de muerte que dominaba a los soldados que habíamos dejado atrás ―por lo menos hasta que despunte el alba y podamos asegurarnos que nuestros captores están muertos.