Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia pertenece a Maya Blair.
Yo solo tomo prestados para mis ideas.
¡Disfruten!
Doce años antes
Bella POV
No había asistido a mi baile de graduación y, sin embargo allí estaba, muerta del asco mientras ejercía de carabina de una plétora de adolescentes sobreexcitados que disfrutaban de su última noche como seniors del instituto de Forks.
Suspiré con cansancio. No debería de haberme dejado convencer, pero no me había quedado más remedio que aceptar ser uno de los profesores al cargo de la vigilancia del evento cuando me tendieron la emboscada en mitad del pasillo dos semanas antes. Fue Garrett, que estaba a mi lado en ese momento, junto con Mary quienes me interceptaron justo a la salida de una de las clases de matemáticas que daba a los alumnos de duodécimo grado.
Miré de reojo a Garrett, el joven profesor de historia, que en ese preciso momento sacaba con disimulo una petaca del bolsillo interior de su chaqueta.
—Garrett... —Lo reprendí con una fingida mirada reprobatoria cuando en realidad tenía que esforzarme por no reír. Él casi escupió el líquido que había logrado ingerir a medias al escucharme—. Se supone que nuestro deber es dar ejemplo. —Lo observé toser mientras una gota dorada se le deslizaba por la barbilla, y pude ver la culpabilidad plasmada en los ojos café y en el rubor que le cubría las mejillas.
—Lo sé... —Carraspeó. Se limpió la gota de licor antes de que le manchara el cuello de la camisa blanca, tras haber ocultado de nuevo la petaca en el interior de la chaqueta con una engañosa expresión de inocencia en el rostro—. Es sólo que necesito un poco de coraje líquido para sobrevivir a lo que queda de baile.
Habíamos perdido ese aire de formalidad que se le presuponía a todo profesor hacía por lo menos una hora, demasiado cansados como para continuar intentando intimidar con nuestra presencia a toda aquella masa de hormonas alocadas que bailaban por el gimnasio adelante como si no fuera a existir un mañana. Incluso Garrett, el siempre estricto señor Clark, se había aflojado la corbata y abierto dos botones del cuello de la camisa. Y ¡oh, Dios! ¿Eran alucinaciones mías o él tamborileaba con el pie al ritmo del último hit del año con un leve mohín de diversión?
Sin duda tiene que ser alguna clase de señal de que el fin del mundo se acerca, pensé al tiempo que sofocaba una risita. Me miró de reojo y las comisuras tironearon todavía más de los labios de Garrett al ver mi expresión de asombro exagerado, convirtiendo la casi inadvertida mueca del principio en una amplia sonrisa.
—Creo que no me gusta lo que estás pensando... —Me advirtió a él— ¿Ahora lees la mente, Swan? —Su sonrisa se ensanchó hasta alcanzar una cómica—. Me gusta esta canción.
Que alguien llamara a Mulder y Scully porque al recto y estricto profesor de historia le gustaba aquel inclasificable ruido enlatado. Intenté no poner los ojos en blanco mientras pensaba que aquel trago de licor se le debía de haber subido por completo a la cabeza en tiempo record. Era eso o que, tal y como había estado cavilando minutos antes, el apocalipsis se encontraba a la vuelta de la esquina.
—¿Bailas, señorita Swan? —Mi rostro demudó por completo a causa de la sorpresa. ¿Bailar? ¿Yo? ¿Con él? Al instante observé a mi alrededor a la busca de una cámara oculta que explicara todo aquel sin sentido. Porque aquello debía de tratarse de una broma, seguro. Algo así como la novatada de despedida que le hacían al pobre profesor sustituto justo antes de largarse de allí.
—¿Dónde está la trampa? —Garrett parpadeó sorprendido y se tragó una carcajada a la vez que introducía las manos en los bolsillos del pantalón que solía llevar siempre. Entonces le miré sorprendida, como si le acabara de brotar una segunda cabeza. Exactamente del mismo modo en que él me estaba mirando a mí.
—Es una inocente invitación para bailar, Bella. No pienso seducirte ni llevarte al pajar de Thompson para darte un revolcón o algo por el estilo —Me dedicó una sonrisa torcida— Apuesto lo que sea a que ahora mismo el pobre viejo está montando guardia, con escopeta en mano —Bufó divertido—. Como si eso pudiera disuadir a los cachorros para no perpetuar la tradición de perder la virginidad en el destartalado y enorme granero. Iluso...
Por lo visto, la costumbre entre los más jóvenes de la manada era intentar burlar año tras año la estrecha vigilancia del pobre señor Thompson y así lograr darse un buen revolcón entre la paja con alguna afortunada muchachita. Que yo fuera de la manada o una chica normal y corriente les daba igual.
Recordé con incomodidad la manera en que los niveles de testosterona entre los jóvenes machos habían alcanzado cotas insoportables durante los últimos meses. Ahora que al fin casi todos habían pasado por el cambio, entrando en el rango de Lobos Adultos, su lujuria post-trans se hallaba en plena ebullición y sólo eran capaces de pensar en una cosa: sexo. Cada hora, cada minuto, cada segundo. ¡Dios! Hasta yo misma pensaba únicamente en eso después de haber pasado tanto tiempo rodeada de millones de hormonas desatadas. Pero sobre todo, sólo era capaz de pensar en alguien. Alguien que me estaba prohibido por la decencia y por la ley. Alguien que en ese preciso instante me miraba desde el otro extremo del gimnasio como si quisiera comerme delante de todo el mundo.
—Vamos —Me animó Garrett—. Sé osada. No todos los días una mujer puede decir que fue invitada a bailar por el historiador Clark.
—¡Lo sabes!
—Claro que lo sé —Se encogió de hombros con indiferencia— Seamos sinceros, la discreción no es el punto fuerte de los chicos. Además, me importa un puñetero comino —Extendió la mano hacia mi, con la palma vuelta hacia arriba en una muda invitación—. Vamos, anímate.
Miré a Garrett y luego a aquellos hermosos e intensos ojos negros sobre los cuales comenzaba a formarse un feo ceño de disgusto. Quizá fuera mejor así.
—Está bien —Cedí mientras posaba la mano sobre la de él—. Enséñame lo bien que sabes rocanrolear.
—Agárrese las faldas, señorita Swan. —Me guiñó un ojo con complicidad y volvió a tutearla—. Porque Dios es testigo de que esta noche pienso sacar humo de tus tacones.
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Jacob POV
—La profesora Swan es...caliente.
Todo el grupo ratificó las palabras de Jared con un murmullo mientras seguían con la mirada el ir y venir de la pareja de profesores por la pista de baile. Todos menos yo, que tenía que controlar los repentinos celos que me estaban agriando la velada.
—Que me jodan si ese carcamal de Clark no tiene ritmo. —silbó Embry tras ingerir un trago de su refresco.
—Tiene 30 años, idiota —Le espetó Paul—. No es el nieto de George Washington, precisamente.
Tuve que tragarme un gruñido cuando vi el modo en que el puto profesor de historia se aproximaba a ella tras hacer un nuevo giro. Del mismo modo que tuve que apretar mis puños fuertemente y contenerme para no lanzarme sobre él en el preciso instante en que le susurró algo al oído de Bella, arrancándole una burbujeante carcajada y un alegre brillo en sus preciosos ojos chocolates.
MI Bella.
Oh, Santo Dios... Un simple atisbo de sus torneadas piernas durante uno de los giros rápidos y yo estaba más duro que el pedernal. Y como yo, también el resto de mis colegas, lo que me cabreaba todavía más.
—Es un carca, Jake. Más allá de la edad, y lo mires como lo mires, es un maldito carca —Hizo hincapié Embry—. Pero el muy maldito es un tipo con suerte. Lo que daría por poder tener a la sexy profe de mates entre mis brazos, tío.
—Tiene un polvito de primera, ¿eh?
Las desafortunadas palabras de Jared fueron el detonante de mi explosión. Me abalancé sobre él con un rugido más animal que humano. Y lo habría molido a puñetazos, de no ser porque los chicos fueron rápidos de reflejos y nos separaron antes de que la cosa pasara a mayores. Gracias a ellos no había cometido una estupidez, porque si hubiera llegado a ponerle un solo dedo encima habría dejado a Jared como un mapamundi.
Nadie hablaba de Bella de esa manera. Ni en mi presencia, ni mucho menos en mi ausencia. Me daba igual que quien lo hiciera fuera un amigo o un completo desconocido, porque todos terminarían del mismo modo; con una calcomanía de mi puño en el medio y medio del careto.
Paul fue más rápido y me sujetó por detrás contra su torso al tiempo que tiraba de mí hacia atrás para lograr que reculara lo suficiente. Estaba claro que no confiaba en que pudiera reprimir las ganas de asestarle una patada al cretino de Jared.
—¿Te has vuelto loco? —Siseó contra mi oído—. ¿Qué cojones te pasa, Jacob? Dilo de una puñetera vez.
Me sacudí de encima a mi amigo y me recoloqué la camisa y la chaqueta del traje como si no hubiera pasado nada. Pero sí que había pasado. Es más, todavía sentía el subidón corriendo por mis venas, la furia ciega de proteger lo que consideraba mío.
—Necesito salir.—Paul intentó retenerme, pero Embry se lo impidió.
—Déjalo —Le escuché decir mientras yo me alejaba en busca de un poco de aire fresco para calmarme—. Está así a causa del cambio, ya lo sabes. Se ha encaprichado con Bella, pero se le pasará.
Y una mierda que se me iba a pasar. Mi lobo había reconocido en ella el olor de mi compañera de vida y no pensaba darse por vencido hasta lograr que Bella admitiera la verdad. Porque ella estaba tan pillada como yo en toda aquella porquería de montaña rusa emocional y sexual. Lo sabía. Podía sentirlo, olerlo. Joder, hasta casi era capaz de paladearlo. La reclamaría esta noche a como diera lugar. ¡Y a tomar por culo la diferencia de edad!
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Bella POV
Salí al pasillo casi a tumbos. Señor, Garrett sabía bailar, de eso ya no me quedaba la menor duda. De hecho, me había arrastrado por toda la pista de baile preso del delirante ritmo de la música hasta que yo no tuve más remedio que pedir clemencia. Con un suspiro, me senté en uno de los pocos bancos que había y procedí a quitarme los zapatos de corte salón, sin poder reprimir un sentido gemido de dolor en el momento en que me saqué el primero. Y otro más con el segundo. Sabía que era una pésima idea estrenar calzado, para colmo de tacón alto, pero no me había quedado más remedio ya que no poseía nada lo bastante adecuado para el vestido por el que había optado para esa noche.
Me masajeaba el pie derecho con una expresión de placer en el rostro cuando alguien se sentó a mi lado, sobresaltándome. Al momento mi instinto me hizo enderezarme. Todo mi cuerpo rígido y en guardia.
—Ah, eres tú...—Al reconocer a mi recién adquirido compañero de banco me relajé, pero no del todo—.¿Te lo estás pasando bien en tu baile de graduación?
Como oficialmente ya no era maestra de aquella institución, dado que mi contrato temporal había espirado el día anterior, podía tomarme la libertad de actuar libre de las relaciones profesor/alumno y tratarlos como si fueran unos chicos cualquiera. Pero con Jacob me resultaba más complicado si cabe, porque los demás no me turbaban del modo en que él lo hacía.
—¿Y usted, señorita Swan?
Su voz profunda y tan varonil siempre lograba hacerme estremecer, consiguiendo que me olvidara de que no era el adulto que aparentaba por su desarrollado físico, sino tan sólo un crío de 17 años. Y aquello estaba tan rematadamente mal...
—Puedes llamarme Bella. Ya no soy tu profesora. —Le recordé. Y en cuanto lo dije quise abofetearme por tonta.
¿Qué me pasa? ¿"Ya no soy tu profesora"?, me reprendí a mí misma. ¿Acaso le estoy dando carta blanca para hacer el siguiente movimiento o qué? ¡Estúpida!
—Me gusta llamarla señorita Swan. —¡Oh, buen Dios! Me miraba con sus brillantes ojos negros al igual que si yo fuera un delicioso y dulce bocado expuesto en el escaparate de una pastelería. ¿Por qué hacía siempre eso?
Quería suponer que era algo normal en un macho joven que había pasado por el cambio apenas 7 meses atrás, pero ninguno me observaba como él. Y eso me asustaba y me excitaba y... No, no, no. Yo tenía 24 años, por el amor de Dios. Sentir cierta clase de cosas por alguien como él estaba fuera de todo lugar. ¡Era delictivo!
—Jacob... —Me costaba hablar teniéndolo tan cerca. No sólo por su presencia, si no también por su aroma. Tan fascinante y atrayente. Una mezcla de especias masculinas, calor sexual y tierra mojada por la lluvia que me hacía dolorosamente consciente de los temblores que recorrían mi vientre y del roce del sujetador contra mis inflamados pezones—. Deberías de volver a la fiesta mejor.
—No quiero —Nada más decirlo, él se inclinó hacia mí y aspiró mi olor con los ojos entrecerrados a la vez que emitía un gruñido de placer que logró humedecerme— Quiero devorarla, señorita Swan. —Hundió la nariz en mi oscuro cabello recogido y luego la desplazó hasta detrás de mi oreja, acariciando la tierna piel de allí con la punta mientras emitía un sonido sumamente erótico desde el fondo de la garganta. Creí enloquecer—. He soñado con hacerla mía desde el primer segundo en que la vi. —¿Por qué el hecho de que me siguiera tratando de usted lo hacía todo más rematadamente indecente?
Sentí su boca en la parte alta del cuello. Puro fuego contra la piel. Los labios me rozaron de un modo sutil y sensual, enviando ondas eléctricas por todo mi cuerpo. Y para mi vergüenza, me descubrí jadeante y excitada. Tanto, que tuve que apretar las piernas con fuerza para que la incriminatoria humedad de mi sexo no se deslizara por la cara interna de los muslos.
—Ahora, cada vez que veo una operación matemática, me pongo duro —Murmuró degustando su sabor con la punta de la lengua—. Porque los números me hacen pensar en usted.
Deslizó los labios por la columna de mi cuello con una languidez insoportable y me mordisqueó en el punto de unión con el hombro, logrando que el musculo se contrajera bajo la presión de sus implacables dientes. Para mi vergüenza, gemí, perdido todo decoro y Jacob gruñó en un sonido de satisfacción antes de iniciar el ascenso hacia mi barbilla. Besando y lamiendo.
Quería hacerlo parar, pero no podía. Ni siquiera me tocaba con otras partes de su cuerpo, sólo con su boca, pero aquel contacto era más que suficiente para arrebatarme la capacidad de pensar con cordura.
—Y cada vez que pienso en usted fantaseo con hacerle el amor —Me mordió la mandíbula y mi sexo palpitó—. Con follarla.
—Por favor... —Estabámos en mitad del pasillo, en un lugar público. Cualquiera podría salir del gimnasio de un momento para otro y sorprendernos en tan comprometedora situación.
—Sí, suplícame, Bella... —Exhaló las palabras sobre su boca—. Dime que sientes lo mismo, que quieres lo mismo.
Intenté apartarme de él, pero Jacob me agarró con firmeza por las muñecas, atrapándome a su lado. Entonces supe que podría revolverse, pero que no lograría zafarme de su agarre tan fácilmente. Él era más fuerte y podía ver la firme determinación reflejada en sus increíbles ojos.
—Te amo.
—No puedes... —Musité mientras bajaba los parpados para no verlo—. Tienes 17 años, no sabes lo que sientes...
—Casi 18 —corrigió—. En una semana los cumpliré y entonces...—
—Entonces tú tendrás 18 y yo seguiré teniendo 24, y seguirá siendo rematadamente inaceptable —Abrió los ojos y me dedicó una mirada implorante—. Por favor, suéltame. Alguien podría aparecer y yo... —Lo hizo. Me liberó. Al instante me levanté del banco y comencé a alejarme por el pasillo.
Me daba igual ir descalza y dejar abandonado el calzado detrás. Únicamente quería distanciarse de él para poder sofocar las emociones que me consumían. De repente, me agarró de la mano y me arrastró hacia el interior de un pequeño cuarto oscuro. Escuché el pesado clic de la puerta al cerrarse y supe que no tendría escapatoria. Tan sólo había dos maneras de salir de allí: admitiendo la verdad o rompiéndole el corazón. Y ninguna de las dos me gustaba, pero tenía que elegir.
—Escúchame... —susurré—. Irás a la universidad y conocerás a muchas chicas. Chicas guapas y simpáticas, de tu edad. Ligarás con ellas, saldrás con ellas, las besarás. Y tarde o temprano una te robará el corazón y entonces, en menos de lo que piensas, yo seré un vago recuerdo en tu memoria. Tal vez ni siquiera eso.
—Jamás.
—Sí, lo harás. Y es lo mejor. Es... —Mi voz amagó con temblar, pero fui capaz de controlarla— ...lo correcto.
—Porque tú lo dices —Gruñó—. ¿Por qué permites que las absurdas reglas del mundo te contaminen, Bella? ¿Qué importa lo que piensen los demás cuando amas de verdad?
Él se cernía sobre mí. Un metro noventa de fibroso lobo, joven y fuerte, palpitante de vida, arrollador en su descarnada sexualidad. Seguro de sí mismo. Dominante. Jacob tenía el cuerpo de un hombre, la madurez de un hombre, las necesidades de un hombre... pero la edad de un crío.
—Puedo oler tu excitación —Me atrapó contra la puerta, posicionando los brazos a cada lado—. Me deseas —Descendió la cabeza y la ladeó hasta que aquella sensual boca estuvo a la distancia de un suspiro de la mía—. Y puedo demostrártelo. —Sus palabras rezumaban arrogancia, pero yo sabía muy bien que lo que decía era cierto. ¡Maldito fuera!
Él resiguió sus labios con la punta de la lengua, arrancándome un jadeo ahogado. Había pegado las caderas a mi vientre, obligándome a sentir la patente evidencia de su deseo, larga y dura contra mi femenina suavidad. Jacob dejó caer la mano derecha y la posó en mi desnuda rodilla, iniciando un lento viaje ascendente por mi muslo, deleitándose en el tacto de mi piel para a continuación volver a bajarla con la misma lentitud.
Casi no podía respirar. Sentía que me ahogaba en el deseo que él me hacía experimentar. Mi cuerpo entero palpitaba descontrolado bajo aquel ardiente contacto, preso de una alocada avidez. Demasiado caliente.
Entonces, los dedos reiniciaron el ascenso y terminaron sobre mi delicada ropa interior, acariciándome allí con reverencia. Se me escapó un quedo sollozo a la vez que dejaba caer la cabeza contra la puerta con los ojos cerrados, invadida por las sensaciones de tenerlo a él a mi alrededor. Sobre mí. Y me moría por acogerlo en mi interior, pero no podía. No debía.
—Estás empapada... —Susurró contra mi boca—. Me apuesto lo que sea a que ahora mismo conseguiría deslizar dos dedos dentro de ti sin encontrar resistencia alguna. Incluso tres. Tan dulcemente mojada —Atrapó mi labio inferior con los dientes y tiró de él. Yo gimió, mareada por la intensidad del momento—. Pero no son mis dedos lo que quiero introducir dentro de ti, Bella... —Le tapé la boca con la mano y le rogué que parara de decir aquellas cosas. Él calló, pero a cambio de su silencio introdujo los dedos dentro de mis braguitas y esparció el deseo líquido que emanaba de ella sobre los labios de mi sexo—. Creo que podría correrme sólo con tocarte.
—J-Jacob, no... —Había cometido el error de retirar la mano.
—Shhh... —Y me besó.
Sus labios eran firmes e implacables, pero deliciosamente suaves. Y los lascivos movimientos me hacían sentir el dulce arrebato de la desesperación, un anhelo desatado y el hambre más salvaje que jamás había experimentado. Él empujó la lengua dentro de mi boca mientras me sujetaba por las caderas y se restregaba contra mí. Y en ese preciso instante deseé que me tomara allí mismo, contra la puerta, en aquel cuartucho oscuro con olor a desinfectante. Pero no debía permitirlo. Ni siquiera debería de pensarlo.
Lo aparté de un empujón, abrí la puerta y salí corriendo de allí. ¡Dios! Lo quería, pero no podía hacerlo.
Espero y hayan disfrutado de la lectura.
Saludos!
18.10.17
