Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia pertenece a Maya Blair.
Yo solo tomo prestados para mis ideas.
¡Disfruten!
En la actualidad
Bella POV
La sensación cambió, se había transformado. De repente, el lobo se hizo más pesado contra mi espalda, pero no me aplastó. Al contrario, advirtió el modo en que inclinaba su masa corporal encima de mí, aprisionándome en todo momento pero sin apretarme contra el suelo.
Entonces, vi unas manos masculinas sosteniendo lo que parecía un pañuelo de tela negra delante de mis ojos y grité presa del terror.
—Shhh... Tranquila. —Canturreó en mi oído una voz profunda y grave.
Estaba congelada por el pánico y por algo más. Algo que no sabía que era, pero que me asustaba todavía más que lo primero. Ni siquiera era capaz de retorcerme debajo de él en un intento por huir, sino que tan sólo podía sentir los gritos en mi garganta, luchando por salir.
Él me cegó, quienquiera que fuera me tapó los ojos, sumergiéndome en un mundo de oscuridad y miedo en el que únicamente existíamos nosotros dos y el fuerte aroma del lobo. De repente, me levantó del suelo como si no pesara nada y me obligó a retroceder hasta que mi espalda chocó contra algo sólido y rugoso. Toqué y descubrí que se trataba de un árbol, uno de los centenares que había en aquel bosque infinito.
—Bella, —Gruñó mi nombre y, para mi sorpresa, el sonido de su voz me hizo vibrar— ,crees que esto no te gusta, pero en realidad sí lo hace.
—¿Cómo sabes...?
—Sé muchas cosas acerca de ti —Acarició mi mejilla con suavidad y yo intenté evitar su contacto a la vez que soltaba un "Bastardo". Entonces él me tomó por la barbilla e intentó girarme el rostro, momento que yo le propiné un mordisco que solo logró que el muy cabrón se riera— Quieta, fierecilla —Y su risa era condenadamente sensual—. Te deseo, gatita. Y tú también, sólo que todavía no lo sabes.
—Estás loco.
—Pronto descubrirás que no —Me lamió el cuello con una ternura desconocida para mí, haciéndome estremecer—. Y cuando lo hagas, vendrás a mí pidiendo más.
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Jacob POV
La había observado con atención a lo largo de los últimos 5 días. Su modo de interactuar con los miembros de la manada y con aquellos que no lo eran, sus reacciones antes los machos más dominantes. Mi instinto no se había equivocado, era una pequeña dulce sumisa, a pesar de que no era consciente de ello por el momento. Pero me ocuparía de eso. Llevaría a cabo lo que me moría por hacer, la sumergiría en un océano de placeres hasta que no le quedara otro remedio que abrazar su verdadera naturaleza. Lograría que me llamara "Señor", "Amo".
Le sujeté ambas muñecas con una mano y se las alzé por encima de la cabeza mientras dedicaba una ojeada a ese par de bellezas que tenía por pechos y que en ese preciso momento se elevaban debajo de la camiseta de correr debido a la postura que la estaba obligando a mantener. Me fijé en los pezones, dos botones apretados que se marcaban contra el tejido a causa de la excitación de la cuál era víctima. Excitación combinada con miedo, sólo que no tardaría mucho en eliminar lo segundo de la ecuación.
Entonces haría que mi Bella se derritiera bajo mi tacto, contra mi cuerpo y conseguiría que me pidiera más, que me rogara por la liberación. Pero esa era una tarea que requeriría de tiempo, paciencia, disciplina y orgasmos en cantidades. Sí, ella admitiría lo que era en realidad. Liberaría lo más oscuros anhelos de su sexualidad, y yo gozaría con el proceso. Pero sobre todo con el fruto de sus esfuerzos.
—Todo esto te excita, ¿verdad?
—¡No! —El tono de su voz estaba teñido de vergüenza y furia, lo que me hizo reír. Ah, pequeña terca.
—No te mientas, Bella —Musité a la vez que deslizaba los dedos de la mano que tenía libre por sus mejillas, sus labios entreabiertos, la elegante columna de su cuello, la depresión que separaba sus tan esquisitos senos— Y tampoco me mientas a mí —En ese momento usé mi voz de Dom—. Y ten siempre presente que de ahora en adelante, cada vez que te haga una pregunta, querré que me des una respuesta sincera y honesta —Corté la distancia y al alcanzar su boca le acaricié el grueso labio inferior con el pulgar— Te mostraré lo que deberías de haber dicho, gatita: "Sí, Señor. El sentirme atrapada me asusta y me excita al mismo tiempo".
Noté como se ponía rígida de la cabeza a los pies, al tiempo que dejaba de revolverse bajo mi contacto. Entonces, la vi balbucear sorprendida durante un par de segundos, antes de cerrar la boca con firmeza hasta formar una línea obstinada con aquellos apetitosos labios.
—No es cierto. —La escuché jadear poco después.
—"Señor" —Le recordé —. Y no me mientas o tendré que disciplinarte, y no será de tu agrado. Al menos no al principio.
Ella guardó un obstinado silencio, negándose en redondo a complacerme, y yo tuve que contener las ganas de reír ante tan abierto desafío. Ah, mi pequeña sumisa no me lo quería poner fácil, pero no me importaba. Me gustaban los retos y sabía con total certeza que al final de ese camino que ibamos a emprender juntos, ella no sería tan desconfiada a la hora de admitir lo que a mí me provocaba.
Abandoné el jugueteo que me traía con los jugosos y gruesos labios, labios que pronto tendría alrededor de mi polla, y bajé la mano de nuevo hasta la altura de los henchidos pechos, esta vez sin tocarla. La respiración acelerada de Bella, el rubor que le subía por el cuello y le teñía las mejillas, ese aroma glorioso a hembra caliente y dispuesta... Aquello era todo lo que necesitaba para ansiar ir un paso más lejos, pero debía tomármelo con calma. Con una sonrisa, aparté por completo la sudadera roja de cremallera que ella llevaba puesta y rozé con el índice la punta del pezón izquierdo, obteniendo a cambio un siseo apagado y la ondulación de las curvilíneas caderas.
—Si no estás excitada, ¿cómo llamarías a esto? —La reté. Volví a repetir el gesto con el otro y Bella exhaló un quejido a la vez que se estremecía entre murmullos de suplica— Gatita sensible. Apenas te estoy tocando encima de la camiseta y tus pezones están tan erizados que piden a gritos que los chupe.
Con toda probabilidad ella estaría pensando que no era nada más que un animal sin ética y moral, pero nada más lejos de la realidad. Mi único objetivo en ese momento era ponerla tan insoportablemente caliente que sería ella misma la que rogaría que me la follara.
Nunca le haría nada que no fuera consensuado, pero primero tenía que jugar un poquito sucio y despertar sus deseos dormidos, mostrarle lo que en realidad necesitaba. Y para ello era preciso empujarla un poquito, sobrecargarla de tal modo que la sumisa que se agazapaba en su interior no tuviera más remedio que salir a la superficie, reclamando lo que tanto tiempo había precisado. Sí, dominaría su cuerpo y me ganaría su corazón y su alma. Le mostraría los placeres que se había perdido durante todos aquellos malgastados años de su vida y para cuando terminara me llamaría Amo y me entregaría su amor envuelto en el papel de regalo de su sumisión sexual.
Le torturé los pechos una y otra vez. Le di ligeros golpecitos en los pezones, los hice rodar entre mis dedos y luego tracé círculos con el pulgar alrededor de los duros picos, sólo para volver a empezar de nuevo. Y seguí haciéndolo hasta que ella gimoteó y arqueó el torso hacia mí, en busca de mi atormentador toque. Entonces paré y de inmediato Bella emitió un gemido de protesta que sonó a música celestial en mis oídos.
—Un día de estos te ataré, gatita —Le gruñí al oído antes de morderle el lóbulo— Sé que te gustará, a pesar de que ahora te horrorice la idea. —Le lamí la punta de la oreja y soplé a continuación, arrancándole estremecimientos—. Serás un hermoso y caliente paquetito y ambos gozaremos mucho cuando te posea de ese modo.
Le tracé la fina línea de la mandíbula con la punta de la lengua y dibujé un rastro húmedo y ardiente sobre la piel. Entonces, pegué mi gruesa, dura y desnuda erección contra la voluptuosa cadera y la hice consciente del efecto que tenía en mí, de lo que le hacía.
—No, por favor... —suplicó mi Bella mientras se revolvía en un intento por alejarse del contacto con mi miembro—. No me...no me fuerces.
—Shhh, shhh... —La tranquilicé con diminutos tiernos besos en la punta de la nariz— Jamás te haré daño, ¿me has entendido? Nunca. Sólo placer, pequeña, tanto que creerás enloquecer. —Deposité más besos ligeros—. Aunque te costará aceptar y asimilar todo lo que pretendo darte, sé que al final lo harás, y gozarás de cada minuto —Le acaricié la arqueada espalda con ternura, aplacando sus miedos—. A partir de hoy serás mi dulce gatita sumisa, me llamarás "Señor" y yo te protegeré y te colmaré de placer. Ya no volverás a sentir nunca más ese vacío en tu interior, Bella.
—¿Q-Quién dijo que yo...? —Tartamuedeó e intentó asestarme una furiosa patada —. No hay ningún vacío en mí, estúpido engreído. —Ah, ese carácter. Me iba a dar bastante trabajo el disciplinarla, pero sería un desafío placentero.
Esbocé una sonrisa torcida y deslizando la mano que todavía mantenía en su espalda, alcancé el trasero y le propiné un azote con la fuerza suficiente para que picara, pero sin dolor. Una amistosa advertencia de lo que pasaría si se extralimitaba.
—"Señor". Dilo.
—Estúpido engreído... —Volvió a arrojarme las palabras a la cara como si fueran tortazos— ...bastardo pervertido, chimpancé, arrog... ¡Aaaaay! —Le propiné tres golpes más, uno por cada insulto y ella se zarandeó contra mi cuerpo desnudo, roja como un tomate. En parte por el enfado que empezaba a sentir a causa del correctivo y en parte porque aquello la había puesto cachonda.
No necesitaba leerla, podía olerlo. El aroma que desprendía su sexo era caliente, espeso y meloso y a mí se me hacía agua la boca de pensar en que pronto, muy pronto, estaría enterrado entre los suculentos muslos, lamiéndola y chupándola hasta que el néctar de su feminidad me emborrachara por completo.
—Eres preciosa, gatita. —Y eres mía.
Bella levantó la cabeza con aire desafiante.
—No lo soy. Soy una vaca frígida e inútil para el sexo. Y ahora que al fin lo sabes, ¡quítame tus jodidas garras de encima! —Aquellas infantiles provocaciones me hacían querer reír a cada instante, y al igual que antes no me reprimí y di riendo suelta a un sonido bajo que acompañó de un nuevo y autoritario azote en su sexy trasero.
Me preguntaba cuántas repeticiones se requerirían para ponerlo lascivamente sonrosado, cuántas azotes tendría que propinarle hasta ver el jugo de su deseo resbalando por la cara interna de los muslos.
—Eres una mujer con temperamento, Bella, pero estate bien atenta a mis palabras porque no las repetiré una segunda vez —Advertí— Nunca, bajo ningún concepto, permitiré que vuelvas a expresar semejante sarta de estupideses acerca de ti en voz alta —Le agarré la barbilla con un gruñido— Ni siquiera tienes derecho a pensarlo, ¿entendido? —Entonces, capturé su boca en un beso abrasador y la obligué a separar los labios para enredar mi lengua con la suya mientras le dejaba claro que era hermosa, deseable. Y sólo paré cuando la tuve jadeante y caliente, restregándose contra mi piel desnuda y correspondiendo a la fuerza de mi dominación con una dulce entrega—. Y para tu información, me gusta que mi hembra tenga relleno.
Volví a mimar sus pechos. Los arrullé con la mano, obsequiándolos con más roces de pulgar alrededor de los pezones, y luego recorrí la suavidad del abdomen, la femenina curvatura de la cadera, la voluptuosidad de los muslos... Para terminar con un apretón en el torneado y excelso trasero, satisfecho con los sonidos que mi contacto extraía de ella.
—Tu piel es celestial, Bella. Hace que desee desnudarte y frotarme contra ti. Y tu pelo... —Abandoné la retaguardia y tomé un mechón— ...es seda entre mis dedos y tan oscuro como el más delicioso sirope de chocolate —Aspiré el olor a frutilla que impregnaba el cabello—. Quiero que me acaricies con él, gatita. Ansío sentirlo por todo mi cuerpo.
Le envolví la nuca con la mano, enredé los dedos en la larga coleta y le incliné la cabeza hacia atrás, dejándola expuesta a mi beso demandante y posesivo a la vez que colaba la otra dentro de los pantalones de deporte e introducía dos dedos en la resbaladiza y prieta vagina. Profundicé el beso y la penetración hasta que ella se puso de puntillas contra mí, pidiendo más, y en ese momento la marqué con la rudeza de mis labios y mi aroma de lobo.
—Si quieres más... —Le dije después de romper el beso— ...ven al bosque mañana a la misma hora. Con mucho gusto te demostraré lo adorable, ardiente y sensual que eres —Les dediqué una última caricia a los húmedos y henchidos labios vaginales y le mordí en la boca— Tú decides —Le solté las manos que aún mantenía aprisionadas con la mía, la giré de cara al tronco y procedí a desatar lentamente la tela con la que le había cubierto los ojos—. Te daré lo que necesitas, lo que ni siquiera te imaginas que quieres. Empujaré tus límites, yaunque creas que está mal, que no es lo correcto...lo desearas con cada fibra de tu ser. Porque es lo que eres: mi pequeña sumisa.
Entonces, cambié a mi forma de lobo gigante en un parpadeo y la abandoné allí, con la frente apoyada contra el árbol, la mirada vidriosa y la respiración acelerada. Tan excitada, que me cortaría las pelotas si no aparecía a nuestra próxima cita.
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Bella POV
—Bastardo hijo de perra. —Escupí a la vez que me giraba, apoyaba la espalda en el tronco y me dejaba caer en dirección al suelo. Temblaba como una hoja zarandeada por el viento y mis rodillas se habían licuado de tal manera que eran incapaces de sostenerme en pie. Razón por la cual había optado por deslizarme hasta terminar sentada sobre las salientes raíces del árbol.
¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué demonios acababa de suceder? Yo no era así, no pasaba de estar asustada hasta la médula a derretirme bajo las caricias y los besos de un completo extraño. ¡Uno que me había dado caza como si fuera un maldito venado! No, no, no. Tenía que tratarse de una pesadilla, porque ese asalto sensual no consentido no podía haberme puesto...
Caliente, cachonda, salida. Estás mojada, admítelo.
Dios Santo, pensé mientras me tapaba la cara con las manos para ahogar un sollozo. ¡Era una pervertida! Un desconocido me había perseguido, dado caza, inmovilizado... Me había sobado más allá de los límites de la decencia, excitándome en contra de mi voluntad, y yo... Me había cabreado, sí, pero se lo había permitido. ¡Y me había gustado!
Oh, por todo lo más sagrado. Mi cuerpo traidor incluso había encendido el horno a la espera de lo que vendría después. Para lo que no llegó a pasar, pero que sucedería si aceptaba el guante que él había arrojado y aparecía por allí al día siguiente.
¿Realmente quiero?
Sí...
¡No!
¡Demonios! Estaba confundida. Hacía tiempo que no me sentía así. Tantos años que casi no era capaz de llevar la cuenta. Dejé caer las manos e intenté abrazarme para sofocar los temblores que me recorrían, pero sentía los pechos tan sensibles e hinchados por el trato que él les había otorgado que no me quedó más remedio que apartar los brazos.
Gemí, consciente de que hubo un instante en que pensé que si él continuaba tocándomelos, yo me correría sin remedio. Así de simple. Porque cada vez que los había torturado con golpecitos incitantes, caricias seductoras y pérfidos pellizcos... Bien, todos y cada uno de esos malditos toques habían ido a parar derechitos a mi clítoris, como si alguien hubiera construido una autopista entre mis senos y el centro de mi placer sin habérmelo notificado siquiera.
Deslicé mi mano derecha por el vientre, en dirección a mi sexo, pero frené en seco al alcanzar el pubis cubierto por el pantalón de correr. Sentía vergüenza, pero también sufría a causa de la necesidad de acallar el doloroso eco que reverberaba en mi interior. Y sin embargo, no era capaz.
Emití un gemido de rendición y dejé caer la mano sobre la hierba, con la palma vuelta hacia arriba, mientras volvía a rememorar lo que él le había hecho sentir, el modo en que había desplegado su dominio sobre mi, consiguiendo que me derritiera como un helado. Para mi consternación, tuve que admitir que hubo un par de momentos en que realmente quise que él me hubiera lamido con su ruda y ardiente lengua de lobo. Que me hubiera...follado.
Y él era enorme, lo había notado. Un macho alto, fuerte e intimidante. Con un miembro acorde a su poderío físico, a juzgar por lo que había percibido en varias ocasiones.
Al principio, cuando sentí la erección contra mi cadera, entré en pánico, pero entonces él no hizo nada de lo que suponía, por el contrario, me calmó con su toque, asegurándome que no era su intención dañarme. Y yo me había fundido contra su cuerpo musculoso, aliviada y al mismo tiempo decepcionada, porque una parte de mi ser quería que él me dominara, que me poseyera. Esa otra cara de mí misma que anhelaba acogerlo en mi interior tan grande, grueso y duro como lo había sentido. Nada que ver con mis novios universitarios o mi ex prometido.
Suspiré. Él era...abrumador a todos los niveles posibles. Pero daba igual lo que mi maldito cuerpo quisiera, aunque lo pidiera a gritos porque no volvería a pisar el bosque. ¡Ni hablar! Si ese cabrón quería dominar algo tendría que conformase con ejercer sus habilidades de Dom con su pene. Un 5 contra 1 no estaría mal, para empezar.
Que sometiera a su pedazo de carne si quería, porque yo no me dejaría. ¿O si...?
Espero y hayan disfrutado de la lectura.
Saludos!
01.11.17
