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KAITO
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De crema, frutilla o vainilla. Tal vez de dulce de leche, frambuesas o naranjas. O incluso de chicle, damascos o quince tipos distintos de chocolate. No importaba de qué sabor fuese, el helado seguía siendo helado. Y mientras seguía siendo helado, él se lo comería con gusto.
Al menos en sus sueños.
— ¡Despierta!—gritó una voz que conocía bien, al tiempo que una intensa luz comenzaba a brillar sobre sus ojos—. ¡Tenemos que estar listos antes de las ocho si queremos llegar al estudio de grabaciones a tiempo!
Abrió uno de sus ojos mientras seguía abrazando su enorme peluche de helado. Meiko podía ser muy gritona en las mañanas…
— Cinco minutos más…—pidió él cubriéndose con su manta azul.
— Oh, muy bien—contestó ella.
Ese tono de voz lo puso en alerta. Meiko nunca aceptaba las cosas de buenas a primeras.
— Entonces olvídate de tu helado por el resto del día.
— ¡No!—exclamó él poniéndose de pronto de pie sobre su cama—. ¡Mis helados no!
La mujer se quedó en silencio por unos segundos antes de volver a gritarle.
— ¿¡No me digas que dormiste con tu bufanda!?—gritó ella apuntándolo con un dedo acusador.
— ¿Eh?—hizo él mientras miraba su bufanda—. ¿Qué tiene?
Grave error.
Menos de diez segundos después, el hombre yacía en el piso mientras que la mujer lo ahorcaba con su bufanda.
— ¡Estamos en pleno verano, por Kami-sama!—exclamó ella—. ¡Ahora, ve a vestirte y te quiero abajo en menos de diez minutos para el desayuno!
— Pero…
— ¡Ahora!—contestó ella mientras hacía crujir sus nudillos.
— ¡S-sí, inmediatamente!
Aquel iba a ser un largo día…
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