CAP.- 16 TOTUM REVOLUTUM (1ª parte).
("Todo revuelto").
Tan sólo la luz de la pequeña lámpara de lectura iluminaba la discreta biblioteca donde el curtido empresario ahoga recuerdos dolorosos en su copa de coñac. Aquel pequeño rincón, dentro del laberinto victoriano que erigió en el conocido como el país del sol naciente, era su particular refugio donde el eco del latido de las ilusiones de su juventud le permitía abstraerse del mundo, hasta ese día.
Esa noche lamentaba más que nunca su decisión. Él, que siempre fue hombre de gustos sencillos y austeros, invirtió su fortuna en un palacio para su princesa nórdica, un castillo para su princesa, a la altura de una gran dama de postín como ella. Aquel lugar iba a ser su regalo, la promesa finalmente cumplida, su forma de garantizarla que junto a él no le faltaría de nada, que siempre estaría segura y sus necesidades cubiertas. Su hogar para construir un futuro juntos al fin.
Ella nunca llegó a verlo y a él siempre le pareció frío y desolador desde que la luz de su vida se apagó aquel fatídico día. Esa tarde, su corazón, del que apenas conservaba unos añicos mal ensamblados, había dejado de latir por completo. Sólo aquél rincón aún conservaba cierto calor, recuerdos del hombre que algún día fue, antes de todo, antes incluso de ella.
- En mi caso tengo excusa por el viaje pero ¿qué es lo que impide tu descanso viejo amigo?
La bella dama de cabellos plateados le observaba desde la puerta. Su mirada era tan profunda como la de su padre y del mismo color que el del cielo de la tierra de la nieve eterna que era su reino.
- Soy un viejo ya Hilda, los viejos no necesitamos dormir tanto. – Con un galante ademán la invitó a sentarse a su lado.
- Ambos sabemos que no eres tan viejo como presumes. – La mujer se sirvió una copa antes de sentarse a su lado a observar la tranquilidad de la noche tras los grandes ventanales. – ¿Estás bien? Te noté raro desde que bajé de ese avión Camus… sabes que puedes confiar en mí, tiene que ver con ese chico Kido que te acompañaba ¿verdad? – La compasión ajena nunca era de su agrado, pero viniendo de ella se permitió hacer una excepción.
- En cierto modo sí, él me recordó a alguien.
- Te recordó a ella. – Aquella joven tenía la perspicacia de su padre. – Natassia, la bella e inocente Natassia. Hace años que mi padre me contó tu… bueno, vuestra historia. – Ella no esperó reacción alguna en él, continuó confesándose aún sin haber sido preguntada. – Cuando tenía unos 13 años creí estar enamorada de ti, creo que mi padre me contó la historia de tu gran amor para acabar con todas mis tonterías de adolescente.
- Él es su hijo. – Hilda frenó el sorbo de su copa ante su declaración, si bien, procuró que no fuera evidente, no era propio de ella. En cierto modo no le extrañó aquella revelación, ciertamente el joven se parecía mucho a Natassia
- El joven Kido es su hijo… curioso, ignoraba que Natassia y Mitsumasa hubieran sido… - No quiso continuar la frase por respeto a Camus. – Ni siquiera sabía que se conocieran.
- Yo los presenté en uno de nuestros viajes de negocios a Rusia, en aquel momento Natassia y yo estábamos juntos, pero su padre no lo veía bien, ella iba a venirse conmigo a Japón en cuanto yo me asentara aquí y consiguiera hacerme un hombre de provecho para poder encajar en su familia. Mitsumasa era mi puerta para conseguirlo. Según mis cálculos, el joven debió nacer aproximadamente un año después de ese viaje. – Dejó su copa sobre la mesilla cercana a su butaca y se acercó a la ventana. - Ella me engañó Hilda, ahora entiendo muchas cosas…
La noble rusa no dijo nada, no había nada que pudiera decir. Camus, quien había sido fiel amigo de su familia durante años estaba destrozado, sólo en una ocasión anterior le había visto tan derrotado, en ambos casos la misma mujer fue la culpable.
Tras la puerta, una joven de largos cabellos rubios y ondulados escuchaba apenada toda la historia.
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Respiraba tranquila, llena de paz y con una ligera sonrisa dibujada en sus labios. La tentación de recorrer con sus dedos el contorno de su espalda desnuda se le antojaba apetecible, pero no quería despertarla, se veía hermosa así, serena como un mar en calma, etérea con sus cabellos lavanda revueltos.
Era curioso como el destino tiene reservado para uno giros que pueden cambiarlo todo de un día para otro. Él, que siempre había sido afín a su libertad, a su carencia de ataduras como vía para sobrellevar la pérdida de su hermana, se sentía más libre y liviano que nunca desde que ella había entrado en su vida volviéndose indispensable. Como un torbellino lo desbarató todo para volver a construirlo y darle un sentido. Ofreciéndole la paz del que tiene un hogar al que regresar.
Ahora, con sólo observarla, se sentía completo. Aquella mujer se había entregado a él de la forma más pura e íntegra posible. Lo había notado en cada caricia, en cada beso y cada exhalación de placer bajo las sábanas. Él mismo se había dejado llevar sin limitaciones, como si toda su vida hubiera sido un prologo de ese momento. Su piel, sus senos, sus provocadoras curvas, su mirada meliflua, aquella forma en que sus cuerpos se habían reconocido y encajado le tenía totalmente seducido.
Pero sobre todo había sido ella, la mujer que se escondía debajo de todo ese espectáculo de beldad y perfección la que había derribado el bastión de su entereza que durante años se había preocupado en levantar. Compasiva, inteligente y generosa había roto sus esquemas, penetrando sutil en sus pensamientos hasta abarcarlo todo.
Tanto y, a su vez, tan poco, había sido suficiente para atar su corazón de forma inexplicable.
La conversación que semanas antes había tenido con su amiga Miho vino a su memoria. Había encontrado a su persona, a aquella que no podía, no quería, dejar escapar, aquella por la que todo cobraba sentido. Ahora entendía mejor las palabras de su amiga. Cada minuto de los últimos días con ella lo sentía como único, como un sueño del que no quisiera despertar, sólo quería estar a su lado y no separarse nunca de ella. Entonces lo tuvo claro, aquello era lo que siempre notó que faltaba, aquella ausencia que le había hecho huir antes y que ahora, simplemente, no existía.
- Saori – susurró para sí – creo que me he enamorado como un tonto de ti. – Pensó que quizás algún día sería capaz de decírselo en alto.
Depositó un ligero y tibio beso sobre su hombro desnudo antes de volver a recostarse a su lado. Ella se revolvió un poco dejando escapar un suspiro y una ligera sonrisa. – "Seiya…"- musitó. Sólo a él le pertenecían sus sueños.
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Era la primera vez que le citaba en sus oficinas. Sin capucha, sin matones, todo "normal", como los dos hombres de negocios que eran. Todo en ese lugar estaba pensado para magnificar su posición de superioridad, desde la colocación del mobiliario hasta la luz y la temperatura.
- Me tienes muy decepcionado Saga… has sido un niño malo. – Julian pelaba una manzana de pié frente al gran ventanal del despacho, la claridad del nuevo día oscurecía su silueta y sus rasgos a contraluz, su perfil se advertía más imponente y hercúleo. Frente a él, Saga, arrinconado en su silla, se sentía minúsculo, temeroso. Tenía claro que aquel giro de circunstancias no era un buen presagio, por un momento echó de menos los golpes, al menso en esos momentos podía saber que él estaba cerca, que seguía vivo.
Julian metió un trozo de fruta en su boca antes de continuar.
– Confiaba en ti y me has fallado una y otra vez. – Dejó que sus últimas palabras se demoraran más de lo normal, pausándolas, acentuando así el énfasis esperado sobre las mismas. Le encantaba jugar con sus víctimas en ese sentido, le hacía sentir poderoso, por encima de ellos. - ¿Acaso un hombre tan curtido y versado como tú le tiene miedo a unos chiquillos?
- No Señor, le juro que no es eso. Lo tengo controlado, créame.
- ¡Ah, perdón! Quizás ha sido todo fruto de mi imaginación. ¡El gran Saga lo tiene todo controlado! Mea culpa.– Los aspavientos con sus manos buscando una teatralidad exagerada y la ironía en su tono de voz le causó un leve escalofrío. Ese tipo era un demente. – Si tan controlado lo tienes ¿por qué casi dejas que te sigan en nuestro último encuentro? – Saga calló, su gesto de perplejidad habló por sí mismo. No tenía ni idea de qué hablaba.
Julián soltó un par de fotos frente a él, eran de Shiryu y Hyoga, vestidos como Dragón y Cisne, en la azotea frente a la oficina y de Hyoga sólo en el puerto.
- ¿Los reconoces? – le inquirió Julián. – Este de aquí es mi favorito. – Señaló una foto de Hyoga. – Tiene estilo el chaval, le gustan las puestas en escena espectaculares.
- Son los tipos que la otra noche facilitaron que los Kido pudieran salir indemnes. Creo que son unos guardaespaldas especiales que han contratado. Tengo a mi gente investigándolo.
- ¡Oh, entonces no tenemos de que preocuparnos! "Tu gente" se está ocupando. ¿Qué gente Saga? ¿La misma que, aún siendo superior en número, se dejó vapulear por estos dos superhéroes de DC de mercadillo? – Julián se burlaba de él, menospreciándole. Le odiaba. – Aunque bien pensado, todo esto resulta un poco surrealista, diría que hasta cómico ¿no crees? – Saga tragó saliva, temía intervenir, su tono aunque pareciera distendido rezumaba sarcasmo. Era obvio que tenía más información de la que había mostrado y hablar demasiado sería contraproducente.
Julian continuó con su perorata ignorando al abogado y su parquedad en palabras.
– Aquí estamos, tú y yo, dos hombres de negocios reconocidos, con chofer propio. ¡Joder Saga, si quisiéramos tendríamos incluso a empleados dispuestos a limpiarnos el trasero después de ir al baño! – Rió ligeramente. - Y, por el otro lado, están estos tipos, sombras en la noche, reminiscencias de… de a saber qué, el mundo ya no pertenece a débiles que necesitan protección. Y, a pesar de todo, ¿se están riendo de ti Saga? ¿O sólo me lo parece a mí?
- No entiendo a qué te refieres Julian. – Titubeaba. – Ya te he dicho que estoy gestionándolo.
- "Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería". - Julian recitó aquellas palabras elevando su tono de voz, llenándolo de musicalidad y acompañándolo de gestos teatrales cuchillo en mano. - Mientras sigas "ciego" no me serás de utilidad Saga. – El reproche de su mirada le atravesó como una estaca.- Fíjate bien… – Julian comenzó a arrojar un nuevo grupo de fotos sobre la mesa, una a una, como si de una baraja se tratara. En estas se veía, no sólo a Shiryu y Hyoga, a Seiya también, retirándose sus máscaras, descubriendo quién estaba detrás de aquellos encapuchados que frustraron sus planes. – Creo que has subestimado a tus chicos… y, lo que es peor, me has hecho perder un tiempo precioso solucionando tus problemas.
Saga calló y bajó la mirada, aquello no lo había previsto… Julián dejó la fruta y el cuchillo que usaba sobre la mesa, con su gesto, la luz a su espalda, que hasta ahora le había cubierto de sombras, lo iluminó todo por un momento. Saga descubrió que tanto sus manos, como el cuchillo y la manzana estaban manchados de un líquido carmín oscuro, aquello era…
- No permitiré más errores. – Su tono era imperativo, nada dramático, aquello era una orden clara. Bordeó el escritorio dirigiéndose hacia la salida. - ¿Ves esa caja en la esquina? Es una advertencia, la siguiente será mucho más grande si vuelves a fallarme. – Cerró la puerta tras de sí.
Saga miró la caja receloso. Era cierto que no destacaba por su tamaño, aún así, conociendo a ese loco, lo que podría contener le aterraba. La acercó con tiento hacia él antes de abrirla.
¡Era una falange humana! El dedo anular para ser exactos. Aún conservaba puesto el anillo con el emblema familiar: el signo de géminis.
Desde el otro lado del pasillo Julián esbozó una malévola sonrisa al oír el desgarrador grito cargado de rabia y dolor proveniente de su despacho. Aquello le enseñaría que nadie debía hacerle perder su tiempo.
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No es que fuera el lugar más cómodo para mantener una conversación, pero sí era, al menos, poco previsible y discreto. Los baños turcos del gimnasio que los Consejeros solían frecuentar estaban casi desiertos a esa hora. El sonido de los chorros del agua al caer ensordecía su conversación de terceros curiosos.
Aldebarán, Mu y Dhoko habían improvisado aquella reunión para compartir impresiones y, si fuera necesario, establecer un plan. Nada de lo que los herederos Kido les habían contado les pilló desprevenidos, llevaban tiempo sospechando del comportamiento de Saga. Lo que no alcanzaban a entender eran sus motivos. Saga siempre se había mostrado íntegro y afín a Kido y, para sorpresa de todos, se había postulado como su principal traidor.
- ¿Shaka no va a venir?
- Shaka es un sibarita que sólo transpira en espacios catalogados como Birkham. – Acuñó un ya sudoroso Dohko a la pregunta de Aldebarán.
- Shaka me ha comentado que prefiere mantenerse al margen de "especulaciones", él decidirá por sí mismo su bando. – Le corrigió Mu. – Esperemos que su bando sea el nuestro.
El hombre de largos cabellos violáceos echó un cazo de agua a las brasas, sin percatarse del gesto de molestia de su interlocutor chino.
- El que me preocupa es Camus, se ha mostrado bastante reticente a hablar sobre el tema. De hecho, he notado que le molestaba el asunto, está especialmente arisco, es como si algo le tuviera irritado y temo que tenga que ver con los Kido.
-¡No fastidies Mu! Tu instinto rara vez falla… Camus era nuestra oportunidad para sacar a Milo del lado oscuro… - Mu y Dohko asintieron, Aldebarán tenía mucha razón, Milo aún confiaba en Saga. El líder de Scorpion era un hombre fiel que, una vez otorgaba su confianza a alguien, hacía falta un buen jarro de agua fría para hacerle despertar si había errado. Camus era aquel jarro y, para su desgracia, no parecía estar muy por la labor de colaborar con su causa.
- Entonces… podríamos decir que contamos con nosotros tres, ¿Shura?
- Tengo mis dudas… - señaló Dohko.- Pero creo que la balanza se inclina más hacia nuestro lado. Ya sabéis como es, en su encuentro con Shiryu no estuvo exento de su particular encanto, sin embargo, creo que el muchacho le calló bien. Espero que su mujer, mucho más racional y sensata, le haga ver las cosas desde la perspectiva adecuada.
-Pues, permitidme que insista pero creo que Shaka… - Aldebarán era un tipo insistente, algo cabezota en sus ideas. - Me apuesto lo que queráis a que también nos apoya. Y si él lo hace… seguro que arrastra a Afrodita.
- No te confíes tanto. – Mu era bastante menos positivista que su amigo. – Afrodita es más independiente e interesado de lo que parece, apoyará a aquel del que pueda sacar algo o al que más llame su atención. – Mu no iba desencaminado. Afrodita formaba parte del Consejo porque para él era prácticamente un pasatiempo más con el que matar su aburrimiento, su vida estaba solucionada desde que nació, para él, Kido Enterprises, apenas representaba un ínfimo porcentaje dentro de su imperio. - Pero bueno… algo tendremos que hacer. Y de nuestro amigo fan de los cangrejos, mejor ni hablamos, es el perrito faldero de Saga.
- ¿Y qué hay de los hermanísimos?- se interesó Dohko.- ¿Alguien ha hablado con ellos?
- Aioria ni está ni se le espera desde hace mucho tiempo y Aioros tengo muy claro que hará lo mejor para los Kido. – Le respondió Mu. – Este es un tema que me preocupa bastante, por cierto. Tengo la sensación de que la bomba que hemos estado conteniendo durante todo este tiempo va a explotarnos en la cara antes de lo que imaginamos.
- Pero, no entiendo, lo último que nos constaba era que la chica no ha estado investigando ¿no?
- Eso es cierto Aldebarán, Kiki ha estado muy pendiente de ello y me aseguró que esa inquietud hace tiempo que está abandonada en un cajón. Pero el problema es Aioros, la última vez que estuve con él no le vi muy centrado. La muerte del viejo Kido le ha removido y creo que no va a poder soportarlo más. Si a eso le sumamos todo lo ocurrido con Saga…
- Pues quizás es lo mejor para todos… - Dohko sentenció y culminó la charla con su última afirmación. Estaba cansado de aquella historia. Si tenían que dar la cara, quizás era el momento de hacerlo. Las Moiras habían tejido el hilo del destino hacía tiempo, alargar la agonía no tenía sentido ya.
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Estaba aburrido e incomodo en la oficina. Saori había pasado los últimos dos días siendo la perfecta anfitriona acompañando a Hilda y a su hermana, mientras a él le había tocado ocuparse de los asuntos de la empresa que, desde el incidente del archivo, tenían muy desatendidos. Los papeles se habían acumulado en su mesa, le resultaba excesivamente tedioso todo aquello. Decidió ir a por un café para despejarse.
Apenas había dos o tres personas junto a la máquina de café, pero pronto se percató de que una era una cara conocida. Al menos tendría alguien con quien hablar un rato.
- Hola Shaina ¿todo en orden? ¿Qué tal está mi amigo Kevin Lomax(*)?
Shaina apenas esbozó una ligera sonrisa ante su comentario. Algo le pasaba a la chica, por lo general se mostraba especialmente dispuesta a prestarle atención, pero hoy se la veía triste.
- ¿Todo bien? – El castaño se dejó caer sobre su hombro junto a la máquina de café buscando su mirada. Shaina mantenía la atención en el vaso que comenzaba a cargarse con la bebida caliente.
- Sí Seiya, todo bien… sólo que… - El joven alzó sus cejas con un además de atención buscando que ella terminara de sincerarse. – Me encontré con alguien que me sacudió un poco el ánimo. ¡Ya ves! Hasta las chicas como yo tenemos nuestros fantasmas. – La joven de ojos verdes parecía recuperar la seguridad habitual en su tono.
- No sé a qué te refieres con "chicas como yo" – Seiya la guiñó un ojo cómplice, nunca le había gustado como hablaba de ella misma. - Creo que lo que te pasa es que tu jefazo es un latiguero y te tiene sojuzgada. Deberías salir y divertirte un poco. – Su socarrona sonrisa la reconfortó un poco. Seiya era un buen tipo, el tipo de chico que no se fijaba en chicas como ella, pero que por una extraña razón estaba ahí. – Se me ocurre una cosa… ¿por qué no te vienes a la fiesta de esta noche en la Mansión?
- ¡Como? – Shaina no podría creerlo, ¿Seiya la estaba invitando a una fiesta? Acaso…
- Hacemos una recepción para la familia Polaris que ha venido a visitarnos, habrá mucha gente estirada, pero también mis hermanos y algunos amigos simpáticos. Seguro te distrae y.. ¡quién sabe! A lo mejor conoces a alguien interesante… - Seiya cogió el café de las manos de la chica, le dio un leve codazo cómplice y regresó a su despacho a continuar con su trabajo.
Shaina permaneció unos segundos más pasmada y paralizada ante lo que acababa de suceder. Vale que no era exactamente una cita, ni insinuación clara de ello, pero… ¿y si? Dejó escapar una ligera y tonta sonrisa y regresó a su mesa, sin café. Su día había mejorado considerablemente.
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- Creo que es mejor que no vaya. No es mi ambiente, además, me veo ridícula. El blanco, definitivamente, no es mi color….
- ¡No seas tan quejica! Pareces una niña pequeña mimada y repipi – Esmeralda se asomó desde la puerta de la habitación donde terminaba de arreglarse y le sacó la lengua arrugando su nariz en un gesto infantil de desagrado. Ikki dejó escapar un suspiro. - Es una velada en blanco y negro… es el protocolo. Además tú estás preciosa te pongas lo que te pongas. – Aunque era cierto que lo pensaba, jugó la carta del novio perfecto.
- Voy a conocer a tu familia, entiende que quiera causarles buena impresión.- Esmeralda terminaba de ponerse uno de sus pendientes de brillantes cuando entró en el salón.
Ikki se levantó de su asiento al verla maravillado ante la hermosa mujer que se presentaba ante él. Esmeralda llevaba el pelo recogido a un lado con una flor blanca de pistilos amarillos y rosados que asemejaba a una gardenia. El vestido de satén blanco drapeado de un solo tirante, estilo griego, se ajustaba a su figura a la perfección.
- Creo que acabo de ver un ángel… - acertó a señalar el joven mientras se acercaba a ella y la besaba.
- Vas a quitarme el carmín de los labios. – Ella rió algo avergonzada, la reacción de Ikki había sido lo que necesitaba para combatir las inseguridades de minutos antes la abordaban. Aquella mirada azul oscuro la envolvió junto con un silencio cómodo, uno de esos silencios que decían solo tú, yo y el mundo.
Cuando miraba sus ojos sentía que aquella mujer lo era todo para él, su luz en la oscuridad, la razón para seguir adelante y dejar atrás los fantasmas que le atormentaban cada día. Tenía miedo a perderla más que a perderse a sí mismo.
Entonces lo tuvo claro. Daban igual todos los problemas, todas las deudas pendientes con Guilty o con el mismísimo demonio. Pasara lo que pasara necesitaba que ella tuviera claro que para él, ella era la única.
- Ikki… ¿ocurre algo? – Esmeralda había percibido que sus pensamientos divagaban en algún lugar lejano.
- Nada preciosa, que me tienes loco. Cojo una cosa y nos vamos.
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Todavía los invitados no habían comenzado a llegar. El servicio se movía inquieto por el salón principal colocando jarrones con flores, guirnaldas de cristal y candelabros, vistiendo el ambiente de luces tintineantes. Las largas cortinas blancas, especialmente elegidas para la ocasión, terminaban de engalanar la estancia, brindándola de un aura cuasi etérea, propia de un palacio de ensueño construido sobre las nubes. Tsasumi, desde el centro del salón se encargaba de romper la magia creada. Proliferaba órdenes a gritos, causar una buena impresión a sus invitadas era su principal cometido esa noche.
Próximo al salón en que la esquizofrenia propia de los últimos minutos de preparativos llegaba a su clímax, el que, hasta hacía, poco había considerado esa casa como la propia daba vueltas en un pequeño despacho en la misma planta baja.
Aquel olor nauseabundo se había alojado en su pituitaria, ahogándole como una hiedra que se extiende por el tronco del árbol que le sirve de anfitrión. Todo se había descontrolado. Había fallado y lo había hecho estrepitosamente. Temía que su incompetencia hubiera terminado por sentenciar a quién deseaba proteger con su propia vida. La angustia del arrepentido le acechaba ¿y si se equivocó desde el inició? ¿Y si renunciar a sus valores fue un error? Los Kido le habían sorprendido, aquellos muchachos guardaban un as en la manga muy valioso, eran más fuertes e inteligentes de lo que sospechó en un inicio. Claramente los minusvaloró. Quizás aún no era tarde para enmendar su error y redefinir sus alianzas. Julian era un loco, ya nada le garantizaba que fuera a cumplir con su acuerdo. ¡Dios mío! Cada vez que lo pensaba un escalofrío le recorría la espalda, ese animal le había arrancado el dedo con sus propias manos y degustado su sangre aún caliente.
Tenía que hablar con Saori, ella de entre todos, sería la única dispuesta a escucharle y, con suerte, a apiadarse de él.
Se armó de convicción y encaró la puerta dispuesto a tratar el asunto sin falta. Ella estaba en su recámara preparándose para la fiesta, era el mejor momento para pillarla a solas.
La puerta de la habitación estaba entre abierta y pudo ver cómo la joven terminaba de retocarse el vestido frente a un espejo de cuerpo entero. Aun la recordaba de niña, siempre con mucha energía persiguiendo al Mitsumasa con adoración.
Con aquel vestido blanco el paso del tiempo se sentía como una losa sobre su espalda, ya era toda una mujer, y no una cualquiera, se había convertido en una bellísima dama de alta sociedad, algo fría y triste, cosa que de algún modo siempre le preocupó, pues la quería como a una hija. Sin embargo, tenía que reconocer que, desde que se vio forzada a cumplir con la última voluntad de su abuelo y pasar tiempo con los hermanos Kido, parecía que aquella vulnerabilidad propia del que se siente sólo comenzaba a disiparse, sacando a relucir a una nueva joven más segura, sonriente y cercana.
Entonces algo le hizo frenar en su avance. Se mantuvo agazapado en la penumbra, aprovechando la oscuridad que desde su posición le permitía ocultar su presencia y observar, observar la que podría ser la solución a sus problemas.
El joven Seiya se había acercado a Saori abrazándola por la espalda. Con un suave beso en su hombro desnudo buscó su atención. Ella coqueta le sonreía a su imagen frente al espejo.
Llevaba un sencillo vestido blanco palabra de honor, nada recargado, apenas unos minúsculas lágrimas de pedrería bordeaban el escote simulando un ligero polvo de estrellas. A la luz de las velas aquellos brillantes la harían resplandecer. Ligeramente ajustado al cuerpo, su vestido caía vaporoso desde la altura de las caderas; pero lo más impresionante era su espalda en pico abierta hasta la cintura. Se había recogido el cabello acentuando la atención en aquella parte, mostrando así su piel, tersa, clara y lisa, con una sensual elegancia.
- Eres la mujer más bella de la fiesta. – Saori se giró para quedar frente a frente con aquellos grandes ojos de color avellana que la admiraban, se abrazó a su cuello. – Eres un embaucador, apenas soy la única mujer en la fiesta ahora mismo.
- No me hace falta ver al resto. – Buscó su boca solícito. – No me hace falta ver a ninguna otra mujer sobre la faz de la tierra.
- Debemos ser discretos hoy ¿lo sabes? – le frenó.
- Lo sé… pero de momento, déjame ser también el único hombre en la fiesta. Te he echado tanto de menos. – No la dejó responder, su boca ya estaba atada a la suya casi antes de terminar la frase.
Saga se alejó discreto ¿quién se lo iba a decir? Aquel mocoso contestón y prepotente tenía un punto débil que él estaba dispuesto a explotar esa noche.
(continuará)
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(*) Kevin Lomax (Pactar con el Diablo) Interpretado por Keanu Reeves.
Finalmente me animé a dividir este capítulo en dos, se advierte tormenta y es mejor repartirla…. Es la influencia de MCR77 saca lo peor (mejor) de mí. Es una escrito muy buena, os animo a seguirla (no me mates por esto…)
Por lo demás, espero que les guste y que queden con ganas de más.
Una nota: Violet D. y aquellas a las que sé que os gusta mucho la pareja ShunxJune, si no la conocéis, tenéis que leer a una chica que se llama Selitte. Maravillosa. Aunque no olvido mi promesa… la cumpliré.
Como siempre, mil gracias, un gran abrazo y namasté! Me pongo con la continuación… se me resiste mi Aioros. jajaja
