lalalala.
Capítulo 2: "El templo de la Luna"
Al cruzar la plataforma para adentrarse en el Palacio del planeta Vegeta, Milk supo que tenía que irse con cuidado y vigilar a su compañera con suma atención, puesto que la oportunidad de escaparse no vendría en mucho tiempo más, si es que venía otra. La morena miró con ansias a la del pelo lila y ésta no le devolvió la mirada, lo que la alertó de sobremanera. Si bienBulma jamás sería una amiga para ella, era la única terrícola en el Templo—además de Milk—, y por meras cuestiones de sobrevivencia, debían mantenerse unidas ante la adversidad.
Con las capuchas blancas bajadas hasta las cejas, todas las sirvientas de la Luna eran indistinguibles entre sí, por lo que cuando cruzaron el patio del hangar hasta los pasillos del Palacio, eran un mar continuo y blanco, en el que no importaba el individuo sino que el conjunto. Milk caminó con los pasos seguros que le daba la «manada» con la mirada al frente, y con paciencia, buscó algún escondite por el que Bulma podría irse al momento de pasar junto a él. Para su tranquilidad, el pasillo era monótono y recto, sin ninguna puerta o pasillo perpendicular por el cual la chica mayor se pudiera dar a la fuga. Bulma había estado ansiosa de irse del Templo para cubrir el festival del nuevo Rey porque significaba el escape que tanto buscaba desde que la habían vendido a la Diosa, y se había vuelto más molesta cuando había escuchado de la famosa Patrulla Galáctica, la enemiga natural del reino saiyan.
—¿Estás loca? —le había dicho cuando le contó su plan de cruzar el dominio de los saiyan y unirse a las filas de la Patrulla. Bulma la miró con una mezcla de sorpresa y enfado—. ¡No puedes irte! Sabes lo que le hacen a las chicas que se fugan, ¡las matan! ¿Quieres morir, Bulma?
—¡Ah! ¡Eres tan aburrida! —la interrumpió la del pelo lila con una mueca de asco—, ¿qué te sucede? Cuando te conocí eras valiente, ahora... ¡Ah! —Bulma bufó con cansancio y acto seguido, la dejó sola.
Aún cuando estaban caminando hacia el Templo precario que tenían los saiyan para las ceremonias, ese recuerdo la seguía molestando. ¿Acaso era cobarde por ser obediente y seguir la vida que le habían impuesto? No lo creía, no había otra salida que servir en ese cuadrante, el maldito en el que gobernaban los saiyan. La morena miró sus palmas como si ellas jamás hubiesen hecho un puño, como si jamás hubiesen golpeado a alguien como estaba entrenada para hacer.
«Ya no soy ella, una buena esposa no sabe pelear ni tampoco es violenta —repitió para sí lo que había escuchado muchas veces antes—. Seré una buena esposa.»
Pero Bulma no quería ser una esposa que podían simplemente comprar al Templo y esperar que fuera sumisa.
El primer cruce de pasillos hizo su aparición en el horizonte y Milk se tensó al pensar lo que seguramente planeaba su compañera, que estaba a su lado. Volvió a mirarla por el rabillo del ojo y aunque la imaginó tensa, Bulma caminaba como si no hubiese visto su salida. Esperó que eso fuera verdad y miró el cruce como si fuera la línea del matadero. Empuñó las manos y aguantó la respiración a pasos de ahí. Hubo un momento de turbación y Milk tomó el brazo de Bulma con su mano y ambas se miraron a los ojos, negro contra lila. La mayor frunció el entrecejo y la recriminó sólo usando su cara, y sin saber por qué, Milk deshizo el agarre para liberarla y Bulma se perdió entre la oscuridad del pasillo perpendicular. Su túnica blanca ondeando en el aire fue lo último que vio.
Luego ella misma cruzó el pasillo sumido en oscuridad.
El ejército de túnicas blancas siguió avanzando en línea recta sin percatarse de sus dos bajas y no se detuvieron hasta que pasaron por dos cruces más. En el segundo, las esperaban los dos príncipes de la corona saiyan y el Rey, además de un puñado de guardias reales con sus capas de color azul. Dos de las superiores dieron pasos al frente, rompiendo la primera fila, y amansaron la cabeza. El Rey frunció el entrecejo en una mueca de asco al ver sus apariencias que distaban mucho de la de un saiyan promedio, las diferencias de físico eran de mal gusto para ellos.
—Cuéntenlas —ordenó el Rey antes de retirarse, seguido por sus dos hijos. El príncipe Vegeta les dedicó un momento más de atención que el obediente Tarble—, no quiero que se pierda alguna en el planeta. No me gustan los híbridos.
El gigante no terminó de decidir si llegarían a pasar las preliminares que se daban a los equipos que pretendían competir en el Torneo de Sucesión. Su hermano era sólo un repartidor y como tal, su armadura era sólo parte de un disfraz. No era de batalla. Por lo que tuvo que cederle una de sus armaduras viejas para suplir esa primera falencia. El problema era que le quedaba mal y las hombreras se levantaban de su cuerpo con una curva ridículamente grande que hacía ver a Kakaroto como un personaje sin cuello, como una almeja. El menor no tardó en deshacerse de la armadura prestada con una risa, y a torso descubierto, esperó su visto bueno.
Raditz se cruzó de brazos y lo miró hacia abajo, con una expresión enfadada, como si no quisiera estar ahí con él. Pero a su hermano menor no le importaba, era la primera vez que estaban así, frente a frente, a punto de pelear un combate singular y ya sentía sus brazos hormiguear por la emoción. Abriendo y cerrando las palmas, Kakaroto calentó los puños con ansias pero su hermano no hacía nada que le indicara que podían comenzar. Él era un soldado de escuadrón, acostumbrado a la guerra y curtido por las misiones que el propio príncipe Vegeta cumplía. Kakaroto, en cambio, era sólo un repartidor de carne que jamás había salido del planeta a cumplir una misión, sus días se pasaban en la taberna en la que trabajaba Gine y los lugares donde iba a repartir la carne. En los sitios intermedios era a donde el menor entrenaba, primero con su madre y luego solo, cuando ya no podía aprender nada más de Gine.
—Veamos lo que te tienes guardado como secreto para Vegeta —le dijo con una expresión más afable—, pero primero, antes de comenzar —comentó el gigante mientras le señalaba la armadura que todavía no se había puesto y Kakaroto la miró sólo para comprender lo que su hermano quería decirle. Sin emitir ningún sonido, se volteó a tomarla para calzársela, obediente. Lo que no supo era que al darse la vuelta, Raditz ya estaba sobre él, con un antebrazo abrazándole la garganta y la otra mano doblándole su brazo más diestro hacia atrás. La risa de Raditz en su oreja le produjo escalofríos—. No le des la espalda a tu enemigo, jamás.
—¡No habíamos comenzado aún! —se quejó el menor intentando liberarse pero el mayor lo sostenía con tanta fuerza que lo suyo era un revoltijo de músculos entrelazados e hinchados. Kakaroto no dejó de intentar liberarse echándose para adelante con toda la fuerza que tenía—. ¡Esto no es justo!
—En un combate real no se pelea justo —le comentó pero no supo decir si su hermano lo estaba escuchando, Kakaroto no paraba de gritar y de gruñir mientras se debatía en soltarse. Sus intentos por sacárselo de encima lo hicieron reír y apretó aún más el antebrazo contra la garganta para restringir el aire y por lo tanto, los gritos. El menor comenzó a carraspear, a sonar un tanto ahogado y Raditz pensó que por fin se quedaría quieto.
De un momento a otro, Kakaroto levantó una pierna y le enterró el pie en la bota. Dando una maldición, el gigante se soltó de él y dio un paso hacia atrás. Kakaroto se dio vuelta dando un giro cerrado, escurridizo, y le asestó un golpe rápido con el puño cerrado. Raditz lo esquivó echándose para atrás y el repartidor de carne intentó con el otro puño, pero teniendo el mismo resultado. Ciertamente su hermano era enorme y debía aprender a usar eso como una ventaja, porque un blanco más grande era un blanco más fácil. Pero Raditz lo esquivaba y lo paraba, mientras que Kakaroto volvía a intentarlo, a veces acertando, pero el gigante lo pateaba en las costillas para quitárselo de encima.
—No seas tan obvio —le decía el mayor al menor con molestia y Kakaroto hacía fintas—, sigue siendo obvio si lo haces cuando te lo ordeno.
La diferencia entre el soldado y el repartidor era mucha, pero sólo se debía a las edades dispares entre ellos y las misiones que tenía Raditz en el cuerpo. Fuera de eso, el mayor podía aceptar que Kakaroto no parecía sólo un repartidor de carne. Kakaroto volvió su carga contra su hermano mayor y esta vez, sus movimientos incesantes y rápidos lo hicieron retroceder por la mera curiosidad de lo que iba a intentar. Ambos puños iban y venían, derecho e izquierdo, uno después del otro; y Raditz los esquivaba dando pasos hacia atrás y giros completos de su cuerpo. Al final, cuando decidió que ya había cedido el suficiente terreno, tomó por la muñeca a Kakaroto para frustrar un puñetazo torpe y lo sujetó para darle uno, dos golpes con sus nudillos, de lleno en la cara. La cabeza de su hermano menor rebotó dos veces, con su cuello como punto de retorno y esperó el tercer puño con los ojos entornados. Pero no fue la mano cerrada lo que lo golpeó sino que fue su codo y lo recibió en la nariz. La fuerza del codazo lo llevó al suelo cuando Raditz soltó su muñeca y se quedó ahí unos instantes, mareado por la paliza.
Momentos antes de la próxima reacción del gigante, Kakaroto rodó por el suelo para esquivar la patada que Raditz le daría como cuarto ataque, y se sonrió a sí mismo por haberlo evitado. Pero Raditz apuró una mueca con la boca y enterró la punta de la bota en la arena para luego patearla y llenarle los ojos de su hermano menor de material particulado. Kakaroto se llevó las manos a la cara y masculló una maldición.
—No seas llorón —reclamó Raditz con una sonrisa—, el príncipe Vegeta será peor que yo, así que anda acostumbrándote.
—¡Peleas sucio!—reclamó mientras se ponía de pie a tientas y los ojos cerrados, ardiendo bajo los párpados. Movió la cabeza para entender de dónde se acercaba su hermano y fue bastante efectivo para predecirlo.
—¿Qué sabe un repartidor de carne como tú? —comentó con gravedad mientras se doblaba hacia atrás para darle otro golpe y Kakaroto levantó los antebrazos para cubrirse la cabeza. Raditz lo golpeó en los brazos y lo estampó contra la muralla—, ¿qué sabe un repartidor de carne que no sabe un soldado como yo?
Una mirada de verdadero resentimiento decoró el rostro de su hermano menor cuando pudo abrir los ojos al fin, rojos e irritados, y subió el brazo izquierdo para detener el puño del gigante y luego lo bajó para detener la mano contraria que buscaba un golpe de riñones. Después mantuvo estático el brazo que usaba de escudo y el puño derecho lo aterrizó sobre la mejilla del gigante que retrocedió ante lo inesperado del ataque. Al llevarse el dorso de la mano al labio, la descubrió ensangrentada y se ofuscó ante la imagen bizarra. Él, exsoldado del escuadrón de Vegeta, herido por un repartidor de carne inútil.
Su contraataque distaba mucho de lo que era un entrenamiento y cargó contra su inexperto hermano con todo lo que poseía, cegado por la rabia de ser sangrado en el primer encuentro que tenían. Había cedido demasiado terreno, pensó, se había confiado mucho. Tanto que Kakaroto lo había pillado desprevenido y ahora su orgullo sangraba. Y para coronar su momento de debilidad, su hermano dejaba de defenderse.
—¡Detente! —pidió Kakaroto mientras levantaba los brazos, en señal de que no atacaría más pero Raditz no se detuvo y siguió golpeándolo en el rostro con el puño cerrado. El sonido húmedo que se oía con cada golpe hablaba por el gigante—. Por favor, ¡escuché a alguien!
El mayor se quedó con el puño en alto y una mueca confundida en el rostro, cuando al fin paró para escucharlo. Raditz movió la cabeza hacia un lado al tiempo que relajaba la mano que mantenía alzaba para percatarse del intruso que habría encontrado su hermano menor. Y sonrió, al pensar que estaría intentando pelear sucio pero decidió seguirle el juego.
—Sigue haciendo ruido —le susurró con inquietud. Kakaroto caminaba sigiloso, con los hombros encorvados y los pasos suaves; muy a diferencia de Raditz que lo hacía con normalidad, pensando que sólo se trataba de una finta del menor—. Si no nos escucha, no se dejará ver ni se moverá. Puede que sea Turles otra vez…, y Broly.
—Está bien —respondió y le aterrizó un golpe en la parte posterior de la cabeza que casi tumbó al repartidor en el suelo. Kakaroto se abstuvo de protestar pero lo miró con reproche y una mano sobándose el cráneo adolorido. Raditz no aguantó la risa.
Pronto el chiste se hizo aburrido y caminó junto a Kakaroto con los brazos cruzados, indiferente. El menor avanzaba por tramos, parando siempre para buscar algún ruido que lo llevara al supuesto intruso; ladeaba la cabeza hacia todas las direcciones, como para captar mejor las vibraciones del aire, los cambios de volumen. Y cuando el deslizamiento de una pequeña piedra resonó por todo el lugar, Raditz frunció el ceño ycomenzó a creer en él. Ambos esperaron al segundo sonido pero lo que vieron fue el correr de una sombra, impreso en las baldosas, y hombro contra hombro, corrieron hasta ahí para saltar sobre su víctima.
La derribaron.
Apenas se escuchó el grito porque le arrancaron todo el aire de sus pulmones con el abrazo que usaron para inmovilizarla. Raditz se levantó primero y frunció una mueca cuando la oscuridad y el polvo en suspensión le nublaron la vista. Kakaroto había caído encima de ella pero demoró en entender que era una chica. El quejido de la sirvienta de la Diosa lo hizo caer en cuenta de su error y cuando Milk comenzó a toser un poco de sangre y el polvo se levantaba, el repartidor de carne se levantó de su cuerpo como si se estuviera quemando. El gigante rió ante su reacción.
Milk se incorporó del suelo con los ojos cerrados, rígida por el dolor, y una mano tanteándole la nuca en busca de sangre. Sí la había y también en su labio, se había mordido la lengua al caer y sus dientes estaban teñidos de rojo.
—¿Quién eres? —quiso saber el mayor mientras se hincaba a su lado y le tomaba un mechón de pelo y lo olisqueaba, en busca que perfume que la delatara como valiosa. Milk pareció verlos por primera vez y se arrastró sobre sus glúteos para alejarse apenas un poco—.¿Qué es lo que hiciste que tuviste que huir? —pero después vio la túnica blanca que ya no era tan blanca—. Una sirvienta de la Diosa. ¿Dónde está tu esposo?
—No tengo esposo —se apresuró a decir con un tartamudeo y siguió retrocediendo con pequeños movimientos de sus manos—, y no estaba huyendo, estaba buscando a mi amiga.
—Lo siento, no sabía que eras una chica —le dijo de pronto el menor y Milk se volteó a mirarlo con sorpresa, como si no se esperase que fueran dos realmente—, pensaba que eran otros. Los hombres del príncipe Vegeta.
—Yo no soy de ellos, lo prometo —aseguró Milk y luego miró a Raditz con pavor—. Por favor, no me hagan nada, soy sirvienta de la Diosa, de su Diosa. Por favor.
Kakaroto la miró con las cejas alzadas y luego miró a su hermano, que la veía con ansias, y volvió su atención hacia ella. Kakaroto negó con la cabeza para sí y se levantó un tanto antes de extenderle la mano. La morena no se lo pensó dos veces para tomar la mano amigable con las suyas y ambos estuvieron de pie de un rebote. Raditz se incorporó momentos después, observándolos con una mueca de disgusto, y Milk retrocedió un paso para quedar detrás del menor.
—No te haremos nada —le dijo a Milk pero miraba a su hermano, con el ceño fruncido por la confusión de verlo actuar de esa manera. Luego se giró en sus talones para encararla—, tienes mi palabra —le dijo con una sonrisa afable que no terminó por calmar a Milk—.Soy Kakaroto —sonrió—, y él es mi hermano mayor, Raditz. Espero que no te haya asustado.
Milk se permitió mirar hacia atrás y lo que vio no hizo más que darle miedo. Queriendo ser disimulada, la chica apartó la mirada hacia un punto entre ella y el menor, pero que no pasó desapercibida por el gigante, que exhaló una risa divertida.
—Y yo Milk —recitó todavía con los ojos mansos—, busco a mi amiga. Escapó por aquí pero creo que me perdí —el movimiento de Raditz la hizo levantar la mirada, asustada que fuera a acercársele pero simplemente se cruzó de brazos. Milk llevó la vista hacia Kakaroto, que era más amigable.
—No hay nadie aquí —le repuso el más alto de los tres con una voz monótona—, sólo nosotros.
Milk se encogió de hombros, pensando que había perdido a Bulma para siempre y a la vez, que estaba atrapada por esos guerreros. La del pelo lila le había contado historias espantosas de esa raza, siempre teniendo cuidado de hacerlos ver crueles hasta el punto de que era irreal pensar que había gente así en el universo. Pensó que tenía que irse de ahí, aprovechar un momento de confusión para huir, tal como lo había hecho de la columna de sirvientas y se reprochó por haber seguido a Bulma. La de pelos lilas no hacía más que darle problemas.
Caminando un poco hacia atrás, Milk intentó sonreír pero se vio más nerviosa que antes.
—Quizás deba seguir buscando, puede que tenga suerte —comentó con una risa que fue más como un sollozo y Kakaroto enarcó las cejas con confusión. Raditz no hizo más que sonreír y tan rápido como podría serlo un guerrero, se puso a sus espaldas para cortarle el camino. Su hermano menor frunció en entrecejo mientras daba un paso al frente—. ¿Qué estás haciendo?
—Eres una sirvienta de la Diosa —dijo lo obvio y Milk asintió con la cabeza, muda de miedo. Raditz extendió una mano hacia ella, con la palma hacia arriba, como si le pidiera que la acompañara. Pero ella no hizo más que mirarlo con distancia—, las sirvientas vinieron acá para la ceremonia de sucesión. Escabúllenos dentro, humana, di que nos elegiste y así podremos participar en el Torneo sin mayores problemas.
—¿Escabullirlos…? —tartamudeó la morena y Raditz asintió una vez con la cabeza, pausada y pronunciadamente como si fuera tonta—. No estoy segura que pueda hacer eso, sólo vine a presenciar la ceremonia…, quizás a que me elija un guerrero —relató con desconfianza lo que había escuchado de las superioras.
—Lo harás o te mueres —ordenó con una sonrisa pero Milk se sintió violentada, como si el corazón le entumeciera toda su sangre. Entonces supo que todo lo que había contado Bulma era cierto, los saiyan eran una raza cruel.
—¡Estás loco! —protestó con enfado el hermano menor y la morena se volteó con un escalofrío, sabiendo que todo el color que tenía en la piel se había esfumado con el impacto. Por mero instinto, Milk se volteó otra vez para estar cara a cara con el peligro y vio a Kakaroto avanzar para escudarla con su cuerpo. La morena lo vio como el momento preciso para escapar—. No vamos a matarla, Raditz, no es correcto. No es siquiera nuestra enemiga, no nos ha hecho absolutamente nada.
El gigante puso los ojos en blanco y aspiró aire con molestia, visiblemente aburrido de su comportamiento tan benévolo. Pero Kakaroto no se dio por aludido y siguió insistiéndole hasta que colmó la paciencia de su hermano.
—¿Realmente quieres participar en el Torneo o no? —preguntó casi a gritos Raditz, como para silenciar al repartidor de carne con su volumen y Kakaroto retrocedió un poco—, entonces la chica debe colarnos —advirtió mientras le apretaba los hombros con sus manos grandes, habló con voz más baja—. Si Vegeta ya te amedrentó una vez para que no participaras, ¿realmente crees que te elegirá enlas preliminares? No debe elegirnos él, debe hacerlo la Diosa.
Kakaroto abrió los ojos con sorpresa y cuando Raditz dirigió su mirada oscura hacia la chica, lentamente el repartidor se giró hacia ella con un fruncimiento de labios.
El príncipe Vegeta dio un paso hacia el frente y miró la escalinata con ligero recelo, habían costumbres que solía encontrar estúpidas. Pero si quería ser rey debía seguirlas aunque fuera a regañadientes, y comenzó a caminar hacia la cima a donde su padre lo esperaba junto a una de las sacerdotisas que habían llegado al planeta para su coronación. Además de esa tipa, habían acudido otras veintidós alienígenas que se formaron en un rectángulo blanco al pie de las escaleras, cerca de un rincón para que no ocuparan el lugar privilegiado que les correspondería a los equipos que se elegirían mediante una sacerdotisa drogada, para que parecieran los delirios de una conectada con la Diosa.
Por supuesto que los equipos ya estaban previamente elegidos por él pero esa parte debía ocurrir para que la costumbre pareciera real. La sacerdotisa iría a elegir los tres equipos estaba culminando su propio proceso en el que aspiraba humo alucinógeno, para que estuviera pálida, mareada y sudorosa; como lo estaría cualquiera que estuviera siendo controlado por una deidad. Vegeta sonrió y dejó de ver el circo que andaba creando su padre para contemplar a sus hombres desde lo alto. Tarble estaba detrás de él, más rígido que de costumbre y por primera vez, Vegeta no se sintió asqueado por su presencia inútil. Era como si no estuviera ahí realmente cuando actuaba como una estatua.
La sacerdotisa comenzó a la ceremonia en voz alta, un paso más adelante que el Rey y a dos de los príncipes. Con las manos alzadas sobre la cabeza, habló del periodo oscuro en el que eran dominados por otro Dios y de cómo casi habían derrocado a su padre del trono un puñado de soldados que renegaban de sus costumbres. Por supuesto que esos hombres ya no existían, los habían asesinado para que no volvieran a estorbar más y luego de eso se habían encargado de limpiar cualquier rastro del otro Dios. Incluso, dijo, habían construido el templo de la Diosa sobre los cimientos del anterior, y Tarble se sintió tentado a mirar al suelo, imaginándose cómo habría sido lo antiguo donde estaba parado. No se sabía casi nada de la otra deidad, sólo las cosas malas que supuestamente había generado a la corona, y la curiosidad del pequeño príncipe se vio iluminada por un momento. Su padre lo miró por el rabillo del ojo, invitado por lo que adivinaba estaba pensando, y el menor y más débil de los príncipes agachó la cabeza con pesar. Siempre sería el hijo no deseado.
—Y ahora, para celebrar la sucesión del trono del nuevo Rey —dijo la sacerdotisa mayor—, la Diosa elegirá a los tres escuadrones que pelearán como sus campeones.
Un alarido colectivo de emoción sacudió a todos los presentes en el templo y la sacerdotisa bajó los brazos para decirle algo al oído al Rey. El príncipe menor buscó a la chica drogada por sobre el hombro, impaciente porque eligiera ya pero lo que vio fue algo más sorprendente aún. No dijo nada y se puso a sonreír tímidamente ante el inminente fracaso del plan de Vegeta.
La chica aspiró los humos por última vez y tan mareada como estaba, no pudo hacer nada cuando Milk la tomó por el pelo y le echó la cabeza para atrás. La otra sacerdotisa apenas pudo patalear.
—Dices algo y te mato. —Le hizo caso, podía sentir el filo de un puñal bajo su cuello—. Yo tomaré tu lugar ahora.
—Desaparecieron —tartamudeó la chica, tanto por el miedo y por los humos—, tú y Bulma. Éramos veinticuatro y contaron sólo veintidós. Si te pillan estás muerta.
—Si me pillan, tú estarás muerta —replicó y le soltó el cabello. Milk la empujó del lugar para que se apartara, luego se subió la capucha blanca hasta la frente, ocultando completamente sus facciones.
Estaba realmente asustada y su temblor en el cuerpo era casi evidente, pero eso sólo la ayudaría para aparentar que estaba bajo la influencia de la droga, se dijo, y miró a la multitud. Reconoció al más alto de los dos porque su cabeza sobresalía de la media y con un asentimiento de la cabeza, Raditz la instó a seguir con su plan. La morena se encaminó al primer escalón de la plataforma con un caminar que no tuvo que fingir tanto, sólo intentaba avanzar lentamente y con pasos inseguros, como se imaginaba que lo haría si alucinara.
—La Diosa habla —profetizó falsamente la sacerdotisa superior y Milk se movió como una ola, supuestamente apoderada por otra entidad y casi se le cayó la capucha cuando se dobló para atrás. Se apretó la cabeza para volver a fijar su túnica blanca en un movimiento violento y escuchó un murmullo quedo de parte de los soldados que estaban cerca de ella. Fue entonces que decidió que apuntaría a un equipo al azar y señaló torpemente a un escuadrón a su izquierda.
El asombro enfadado de Vegeta no se hizo esperar, habían seleccionado al equipo equivocado y el Rey lo obligó a permanecer en su lugar con un brazo extendido hacia él. No podían hacer nada si el séquito descubriera que todo era una mentira.
Milk avanzó un poco más y señaló a otro equipo, sólo porque sus miembros le parecieron más amables que el promedio, y Raditz carraspeó con una tos falseada. Estaba demasiado lejos de ellos. Con un nuevo temblor de miedo rehízo sus pasos hacia atrás y por la rigidez de su torpeza, se cayó al suelo dando dos rebotes. Su capucha se salvó de descubrirla como una impostora, como la sacerdotisa que había huido antes de que la contaran, y el murmullo de los soldados la hizo volver a sus cabales. Se levantó como si nunca se hubiese caído y caminó hasta que reconoció las botas embarradas del repartidor y su hermano. Se dignó a elevar la cabeza y descubrió a Kakaroto mirándola con una sonrisa contenta frente a ella. No dudó en señalarlo para concluir con su promesa y los hombres se asombraron ante la última elección. Si Vegeta quiso protestar, no dijo nada porque la sacerdotisa se puso a entonar una plegaria, ajena a la identidad de los elegidos.
—Los equipos elegidos, den un paso adelante —y así lo hicieron. Milk tembló en su lugar mientras era adelantada por Kakaroto y por Raditz, y esperó con todo su ser que la llevaran consigo. Ya no se sentía a salvo sola.
Como el gigante era el que tenía más cercano, le tomó la mano grande entre las suyas. Ni aunque usara ambas podría ocultar completamente la mano de Raditz.
—Por favor, llévenme con ustedes —pidió en un susurro y sintió cómo le arrebataban la mano como única respuesta. Era una negativa.
—Ustedes son ahora los campeones de la Diosa —les dijo la sacerdotisa superior—, y como tal pelearán en el Torneo de Sucesión contra su nuevo Rey, el Rey Vegeta. —La mujer los miró con ansias pero cuando contó lo que debía ser un número impar, lo fue par. Sólo ocho participantes en lugar de nueve—. Les falta un miembro —puntualizó la mujer y Raditz puso los ojos en blanco. Su hermano menor fue el que habló.
—Por ahora somos dos —replicó con una sonrisa torcida y a Tarble le revoloteó una igual, impresionado y queriendo emularlo algún día. Vegeta apuró una risa a boca cerrada, aunque estaba a punto de explotar de rabia.
—¡Perderán enseguida! —masculló fuera de sí y el Rey le frunció el ceño.
—Si ellos quieren participar sin un compañero, que lo hagan. No nos interesa en lo más mínimo —admitió el Rey con seriedad y a Kakaroto se le difuminó un tanto su sonrisa—. Fuera todos, ya hemos terminado con este circo.
Nota de la Autorísima: Esta sería como de las últimas patadas de una moribunda xD Tenía casi completo este capítulo, lo único que hice fue terminar la última escena y me costo demasiado. Como ya he dicho algunas veces, estoy en retirada del fandom porque ya me desencanté, aunque todavía puedo volver a reencantarme y que esta no sea una más que una etapa(?)
Bueno, disculpen la demora, lo corto y todo. Gracias a los comentarios de Diosa de la muerte, Prl16, AckMan-Multiverse, Schala S, tourquoisemoon, kiara, CLS-ZVN, Haaruuhii, Usuario 865.
Besos, nos vemos no muy pronto en la próxima actualización de este y mis otros fics, RP.
