Música inspiradora: There's always a flaw -BSO The Hunger Games: Catching fire.
Capítulo 3:"Las cosas que sé"
Gine dejó el cuchillo profundamente enterrado sobre su mesa de trabajo cuando vio a hijo mayor entrar en la cocina por la puerta de servicio. Su hermano menor iba detrás pero la cara de fastidio que llevaba el gigante la hizo pensar en lo peor y eso que era lo peor era que no los habían elegido en el Torneo de Sucesión. Pero cuando se adentró aún más en la cocina y Kakaroto se vio mejor, lo vio sonriendo a más no poder y Gine se confundió. El menor tenía extremadamente buen carácter y podía decirse que no tomaría tan a mal que no los eligiera la sacerdotisa para el Torneo de Sucesión. Adivinaba que intentaría ser elegido mediante las pruebas de eliminación y se le olvidaría rápidamente el asunto con la Diosa. Aun así la madre quiso preguntar pero temió que el mayor de sus hijos se enfadara en demasía.
—¿Qué pasó en la ceremonia…? —cuestionó la madre mientras se acercaba a la pareja de hombres y Raditz carraspeó mientras miraba a otro lado y cruzaba los brazos.
Kakaroto miró también a su hermano como si esperara a que él respondiera por los dos y cuando comprobó que no lo haría, lo hizo por él con simpleza.
—Raditz hizo trampa —respondió el menor de los dos con las manos en la cintura y una mueca un tanto triste.
—De no ser por mi trampa no estaríamos participando —se defendió el mayor con molestia—, además Vegeta habría hecho lo mismo si estuviera en nuestro lugar.
—¿Trampa?
—No fue una trampa —siguió a la defensiva Raditz y su madre puso mala cara, severamente confundida—. El Rey ya había arreglado los equipos, lo que hicimos fue decirle a una sacerdotisa que nos eligiera y ya.
—La amenazaste —corrigió Kakaroto con los ojos cerrados y Raditz ahogó un grito enfadado con la boca cerrada. Gine los miraba a uno y al otro con un signo de pregunta claro en la cara, como si no estuviera entendiendo del todo la situación y cuando la noticia decantó en su cabeza, no pudo contener un alarido de emoción.
—¡Van a participar! ¡Lo lograron! —y se les tiró encima, cada uno de sus brazos rodeando el cuello de sus hijos y los juntó por el arrebato. La frente de Kakaroto chocó contra la nariz de Raditz y ambos se quejaron pero fue el gigante quien más dolor sufrió. La nariz le comenzó a sangrar casi de inmediato.
Raditz se separó de su familia con premura y se alejó a un rincón preso del enfado, aunque no previó que su madre lo seguiría para atenderlo, acto que lo hizo enfadar todavía más. Las constantes muestras de afecto que recibía de su familia lo hacían sentirse más inferior de lo que ya se sentía por sí solo y no explotó de rabia solamente porque estaban en la privacidad de la cocina. Kakaroto se quedó parado en la puerta de servicio mirando la escena con una sonrisa, hasta que la presencia de un intruso lo sacó del interior del recinto con sigilo, ni Gine ni su hermano supieron que estaba fuera hasta que el propio Kakaroto entrara nuevamente.
La chica estaba cubierta con una capucha hasta la mitad de su nariz pero no fue difícil identificarla del resto de los transeúntes porque llevaba un vestido completamente blanco que la delataba como una servidora de la única Diosa que admitían los guerreros. Por más sigilosa que fuera su actitud, Milk no pudo pasar desapercibida ante los ojos del repartidor de carne y Kakaroto la observó desde las alturas que le proporcionaba su posición erguida, con una sonrisa cálida y las manos sobre su cintura.
—Hola otra vez —dijo con simpleza y Milk se paralizó a un metro y medio de él, por más que encorvara los hombros y agachara la cabeza, no pudo sino responder para terminar con su camuflaje. La morena se irguió completamente y se sacó la capucha completamente, revelando así su identidad sin más rodeos. Kakaroto no dejó de sonreírle ni se mostró en ningún momento molesto—. ¿Nos buscabas? ¿Pasó algo en el Templo?
—No…, digo, sí —expresó ella con mucho problema y Kakaroto alzó las cejas con confusión—. No puedo volver al Templo, me matarán si lo hago —explicó al fin, apartando la mirada y el menor de los hijos de Gine se puse serio al fin, como casi nunca se veía. Milk pensó que se pondría a llorar pronto y deseó irse a la fuga antes de que eso pasara, pero el miedo que tenía hacia los demás guerreros era todavía más poderoso que el que les tenía a los hermanos. Y sin más demora, se puso a sollozar, con las manos sobre la cara como si eso evitara que Kakaroto se percatara de su llanto—. No sé a dónde ir, mi amiga…—dijo y le pareció que debía haber usado otro término para referirse a Bulma—, no sé dónde está ni dónde encontrarla. Sólo sé que la matarán si la encuentran y harán lo mismo conmigo si saben que dónde estoy. No debí fugarme, quizás…
Pero no pudo seguir con su parlamento porque el llanto se apoderó de su voz y se hizo completamente inteligible todo lo que decía porque el hipo se metía entremedio de sus palabras. Kakaroto, sin embargo, escuchó en silencio todo lo que tenía que decirle y esperó calmo a que ella se tranquilizara para poder hablarle. Ningún insulto u orden para que se fuera salió de su boca como lo habría hecho el gigante de estar en su lugar.
Milk levantó la vista con la cara congestionada, curiosa de que él siguiera ahí y dejó de llorar por la sorpresa de verlo sonreírle de vuelta.
—Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras —le dijo con una sonrisa sincera mientras señalaba la taberna en la que trabajaba Gine—. Es lo menos que podemos hacer luego de lo que hiciste por nosotros. Y no te preocupes por Raditz, dudo que haya querido matarte antes, es un poco bruto pero sé que en el fondo es una buena persona.
«Muy en el fondo», pensó ella con desconfianza pero se permitió sonreír tímidamente cuando Kakaroto le extendió una mano en su dirección. Al tomarlo de la mano enguantada se sintió tremendamente aliviada y no supo controlar el rubor, jamás había tenido tanta interacción con un hombre antes y se preguntó si eso se sentiría al tener un esposo. Milk agachó la cabeza para ocultar su timidez repentina y Kakaroto la miró sin comprender su actitud pero no dijo nada, tampoco había interactuado con muchas mujeres antes y ciertamente jamás había conocido a una chica alienígena, porque por más que ella fuera indistinguible con alguna saiyan de no ser por la ausencia de su cola, claramente no era una guerrera curtida del planeta. Era como su madre, sin ser su madre.
Kakaroto entró primero a la cocina con Milk tomada de su mano, y lo hizo caminando de espaldas como si se cerciorara de que la chica llegaría sin tropezar al interior de la estructura. Raditz fue el primero en dar con su presencia, Gine tardó más en hilar la imagen de una chica con su hijo mejor, que era completamente asexuado para ella.
—¿Es ella una servidora de la Diosa? —preguntó Gine sin esperar que uno de sus hijos respondiera, sus ropas anteriormente blancas, porque ya estaban bastante empolvadas, respondía por todos. Raditz se encaminó pesadamente hacia la entrada con rapidez y dejó a su madre mirando su espalda.
El gigante no tenía ninguna gota de contento en su rostro y gruñó antes de hablar.
—¿Qué hace ella aquí? —bramó con la mandíbula apretada y Milk se refugió detrás del menor de los hermanos con terror de verlo tan pronto. Kakaroto se puso a sonreír sin siquiera moverse y la morena tiritó tras él con las manos planchadas sobre sus omóplatos.
—No tiene donde ir —explicó con la simpleza que lo caracterizaba y luego se volvió a la morena—. No te preocupes, ya entenderá.
—¡No lo entenderé! —le corrigió el mayor con enfado y Kakaroto alzó las cejas con sorpresa, siempre solía pensar erróneamente de su hermano y Raditz sabía que lo tomaba por el hombre amable que no era. «No soy débil», se recriminó en su mente—. Esa chica es una sumisa. —Era el término despectivo que usaban para las sirvientas de la Diosa—. Si la llegan a encontrar con nosotros nos obligarán a pagar por ella y eso no lo haré. No quiero a ninguna concubina y dudo que tú la quieras, tener híbridos está penado. ¿Eres tonto o te haces?
—Ella nos ayudó con el Torneo de Sucesión, es nuestro deber ayudarla. Si la encuentran la matarán —expresó con más dureza el menor de los dos y Milk comenzó a llorar otra vez. Gine la veía desde su posición detrás del gigante con suspicacia, sin llegar a prestar real atención a la discusión que se suscitaba entre sus hijos.
—¡Era su deber ayudarnos! Es una esclava, cualquier raza que no sea la nuestra lo es. ¡Mierda! ¡Por algo eres un repartidor de carne y no un soldado!
Gine negó con la cabeza ante el volumen que estaba tomando la conversación y rodeó a su hijo mayor sin que él se diera cuenta de que lo hacía porque era demasiado baja y él estaba muy concentrado en hacer entender a Kakaroto que debía dejar a Milk donde la había encontrado, como si se tratara de una mascota. Las mujeres eran engañosas, le decía entre gritos, y no debía confiar en ninguna salvo que fuera saiyan, añadió con rabia y Gine puso los ojos en blanco mientras se limpiaba la sangre de sus guantes con una tela que colgaba de una muralla.
Al estar ella en el punto medio de sus dos hijos la discusión se terminó súbitamente y ambos la miraron en total mutismo. Raditz estaba colérico, Kakaroto indiferente.
—Mi hijo mayor te asusta mucho, ¿no es cierto? —le preguntó entonces a Milk y se escuchó la protesta del gigante desde atrás. La chica asintió con la cabeza porque no quiso saber cómo iba a reaccionar Gine si no lo hacía pero pronto descubrió que Kakaroto había salido a ella y que no tenía por qué temer—. Ven acá —le ordenó con suavidad y le extendió una mano, tal como lo había hecho Kakaroto antes, y la guio a la planta alta, donde comenzaba su hogar—. ¿Sabes cocinar?
—Sí, señora —respondió con obediencia y desaparecieron en las escaleras sin que ninguno de los dos hombres hablara una protesta o un aliento.
—Te daré otras ropas, si estás escapando no querrás conservar la túnica blanca de la Diosa —le dijo con una risa juguetona—. No todos los saiyan son guerreros, ni yo ni Kakaroto lo somos aunque él lo está intentando —hubo risas—, tú puedes pasar por mi pariente y nadie te molestará. ¡Por la Diosa! Cómo odio cuando los hombres de este planeta hablan tan despectivamente de las mujeres y ciertamente a mi hijo se le han pegado esas mañas. Te prometo que Raditz dejará de hacerlo en cuanto estés lista.
La terrícola jamás pensó que robar fuera a ser parte de sus habilidades innatas pero lo había comprobado para el final de esa jornada. Bulma era una mujer astuta y había estado planeando su escape desde que la habían atrapado y llevado al Templo de la Diosa, por lo que lo primero que hizo cuando se supo libre fue cambiarse las ropas de sumisa. Sin muchos inconvenientes había logrado llegar a un callejón colindante con la calle principal y había sustraído un conjunto de unas ropas que no eran de una confección elaborada, por lo que supuso que eran las ropas de algún saiyan que no era guerrero, algo inusual pero que se daba. El problema había surgido cuando comprendió que el único color para el cabello y los ojos de esa raza cruel eran las tonalidades oscuras, pasando del azabache al negro, ningún tono lila como el que tenía ella.
Como no podía ocultar su distintivo color de cabello y ojos, aguardó a que llegara la noche para que disfrazara su aparente falencia física. En un principio pensó que esperar iba a ser fácil pero no lo fue ni remotamente. Era agotador porque la atacaba el hambre y la sed, y el aburrimiento la hacía dar vueltas en su escondite, aun sabiendo que podrían encontrarla si hacía eso.
Su ansiedad la hizo caminar a la calle principal con la postura rígida cuando comenzaba a atardecer, porque esa raza sólo respectaba la fortaleza y la sangre, y como ella no era saiyan, debía destilar mucha fortaleza. Los transeúntes la miraron con recelo pero no le dieron mayor importancia porque en su planeta existía un gran comercio de esclavos y los esclavos solían recorrer las calles haciendo recados, por lo que se asumía que ella estaba cumpliendo un mandato de su amo. No obstante, tenía cuidado de caminar rápido porque los guerreros tenían una terrible reputación con las mujeres extranjeras y no mantuvo siquiera un contacto visual con ninguno para no alentarlos a que saltaran sobre ella y se la llevaran a otro lugar.
Caminó un buen tramo con un trote ligero antes de decidir qué era lo que quería conseguir con eso, porque intentar alguna cosa era mucha mejor opción que quedarse oculta. Si la encontraban escondida sospecharían de ella y cuando no encontraran a su amo y señor, el que la encontrara se la quedaría porque era su derecho y ya no tendría opción de escapar. Había escapado del servicio de la Diosa, que eran consideradas más que esclavos porque trabajaban por la deidad en la tierra, por lo que no permitiría caer en algo peor.
Llegó a la calle más grande del planeta cuando el sol naranjo se terminó de ocultar en el horizonte y todo le pareció engullido por una sombra. Ese pasaje que era tres veces la calle principal por donde había llegado era el camino por donde se accedía el Palacio Real y a Bulma se le escapó todo el aire de sus pulmones por la boca. Era una estructura colosal y distinta a todo lo que había visto del pueblo. Si las casas de los guerreros promedio eran rústicas, sin terminaciones y sólo contaban con lo mínimo para que se consideraran casuchas y edificios comunes; el Palacio era hermoso por donde se le mirara y consistía de un material que no existía en el resto del paisaje, porque no había sido edificado por ningún guerrero saiyan. Era como si hubiesen traído el Palacio de otra raza, desde otro mundo, para utilizarlo como propio; porque todo lo que eran los saiyan era esencialmente conquistadores y no habían ingenieros, arquitectos ni ninguna profesión elaborada que pudiera mejorarles su vida cotidiana.
Enseguida espabiló porque el trance en el que se encontraba era peligroso y aguardó en el costado del camino por una oportunidad o una idea, cualquier cosa que le ayudaría a ponerse a salvo y por sobretodo, lejos de ese planeta. El correr de los minutos la puso nerviosa, y aunque realmente no era tanto el tiempo que había permanecido detenida, era el suficiente como para ser tomada por algún guerrero solitario. Bulma caminó entonces lentamente hacia el Palacio, porque suponía que ahí había más tecnología que los cuchillos y los canastos que adornaban todas las casas del pueblo, pero se detuvo súbitamente en su andar cuando vio que los guerreros que circulaban por el pasaje real se detenían para saludar. Casi todos hacían reverencias profundas hacia los príncipes y muy pocos decían alguna cosa positiva al heredero del trono, quien no respondía absolutamente nada y se limitaba a mirar en dirección de la voz que se escuchaba. Todos, sin embargo, se detenían para mirarlos como si caminar en su presencia fuera una ofensa y sólo cuando los príncipes se encontraban a muchos pasos de distancia, volvían a circular como lo hacían antes de toparse con ellos.
Su primer instinto fue bajar la cabeza como para que no la tomaran en cuenta, pero cuando vio que algunos más animosos les ofrecían regalos y oportunidades, a veces cosas tan burdas como una plegaria en su nombre a la Diosa, Bulma pensó que podría cautivar de alguna manera a los príncipes y ganarse su favor, porque no era un misterio para ella que era irresistible para el género masculino.
—¡Lectura del futuro! ¿Quieren saber su futuro? Puedo leerlo con tan solo mirarles las líneas de sus manos —dijo ella con mucha efusividad, como había visto que se expresaban en el mercado, porque en ese planeta de gente cruel sólo sobrevivía el más fuerte y la debilidad era motivo de muerte, especialmente para un extranjero como lo era ella. El grupo pasó a su lado y ella reiteró su oficio. El futuro rey la miró con desprecio, como si se tratara de algo realmente repugnante, y pasó de largo. Así mismo pasó con su escolta gigante y calvo, pero no con el príncipe menor—. ¿Quieres leerte el futuro?
Tarble se detuvo frente a ella con una sonrisa y se quitó el guante de la mano derecha sin decir una palabra. Cuando le extendió la palma frente a ella, sus acompañantes repararon en que había caído en su negocio burdo, porque los saiyan no creían en la magia y los que llegaban a creer remotamente en ella, le temían porque un guerrero no podría derrotar a un mago con sus puños.
Vegeta puso los ojos en blanco pero se limitó a hacer su rabieta en silencio porque ya estaba acostumbrado a las tonterías que le llamaban la atención a su hermano menor. Ya lo había desalentado a preguntar por el Templo anterior que servía de cimiento al Templo de la Diosa y su disgusto débil lo iría a seguir al Palacio si lo desalentaba a mirarse el destino en su mano.
—Tonterías —murmuró el príncipe heredero con los brazos cruzados—. ¡Que sea rápido, Tarble!
—Lo será —prometió el menor mientras miraba a la mujer extranjera con ilusión—. ¿Cómo es que puedes ver el futuro en la mano? ¿Me enseñarías?
—Ah, es un poder que sólo existe en mi planeta —le mintió dedicándose a ver sus pliegues naturales sin tener la menor idea qué era lo que podían decirle. Una respuesta así no podría tener réplica y Tarble no protestó, solamente limitándose a mirarla de cerca para captar lo que sea que le deparaba en su futuro. En el Templo de la Luna le habían intentado enseñar ese tipo de estupideces pero Bulma siempre había creído en algo más poderoso que la supuesta magia y eso era la ciencia, pero aun así intentó recordar las tonterías que le habían instruido—. Dice que eres una persona muy curiosa —comenzó con lo obvio, solo una persona curiosa estaría preguntándole si podía leer el destino escrito en la mano, pero eso tuvo un gran impacto en Tarble que era muy ingenuo como para pensar mal de ella. Vegeta volvió a poner los ojos en blanco—, un príncipe quizás —otra cosa obvia pero simuló una gran sorpresa. Tarble asintió todavía más emocionado—. Lo lamento, Su Majestad, no lo sabía…, me retiraré si así lo desea.
—No, no. Por favor, continúa. Quiero saber lo que tienes que decir —la alentó él con mucha amabilidad y Bulma escuchó al príncipe heredero bufar una maldición.
—Aquí veo que… —murmuró mientras se fruncía del ceño, un torrente de conocimiento que no sabía que tenía la atacó sin piedad. ¡Conocía algunas de las marcas que estaba mirando! Algo de lo que le habían enseñado todavía estaba dentro de su cabeza, por más que había asumido que no lo había aprendido—. Aquí veo que serás rey algún día pero será breve, serás respetado por tu rectitud y serás recordado como un buen rey. Pero no tendrás hijos y tu linaje se perderá.
Pensó que había dicho algo muy cierto porque lo veía tan claro como los veía a ellos pero cuando volvió sus ojos a los de Tarble, éste había endurecido su rostro amable y en total silencio le arrebató su mano de las suyas para volver a enguantarla. Su hermano mayor rio a carcajadas detrás de ella y pudo ver que le producía más diversión el ver a su hermano tan encorvado.
—¡Te dije que eran tonterías, idiota! —rio Vegeta y no se aguantó una carcajada—. Esa chica es una total estafa, se nota desde lejos. Las mujeres extranjeras son engañosas, lo saben todos —le dijo y pareció que la figura baja de Tarble se encorvó más de lo que ya estaba con tan solo el sonido de su voz.
Vegeta entonces se volteó a ella cuando se hubo curado de sus carcajadas y la miró con la boca torcida en una mueca de autosuficiencia. Cuando la llamó despectivamente, Bulma sintió que sus piernas se hacían tan blandas que no podrían sostenerla más pero supo tomar las fuerzas necesarias de la nada para permanecer impasible ante su presencia.
—Mujer, lee mi mano —ordenó al tiempo que se quitaba el guante de su mano derecha y se la enseñaba. Bulma titubeó sólo un instante y tomó la mano del príncipe que no llegaba a sobrepasar su propia altura y comenzó a leer. Las líneas de su mano no le dijeron nada en un principio y tuvo miedo de que no le fueran a decir nada jamás, porque terminaría por cortarle la cabeza. Lo que había visto en Tarble era claro, sin embargo, la de Vegeta era una simple palma con líneas de pliegues normales—. ¿Qué es lo que ves? —insistió con dureza y Bulma abrió la boca sin poder decir nada.
—Veo a un gran guerrero —dijo como para estimular a su imaginación y las líneas de pronto se convirtieron en letras del dialecto de las tonterías del Templo de la Diosa—, pero que le falta corazón. No ama a nadie más que a sí mismo y por eso la Diosa lo va a castigar —Bulma asumía que parte de esa confesión había nacido de su propia alma y que no era lo que estaba escrito en el destino de Vegeta—. «Para enseñarle humildad», dice —y de pronto la verborrea tomó posesión de ella y no supo si seguía hablando lo que pensaba o si era parte de lo que dibujaban las líneas—. Y será de parte de la persona que más detestarás en el mundo.
Ciertamente había provocado el mismo efecto que había molestado a Tarble, pero lo que al príncipe menor solamente había ofendido, al príncipe heredero lo había enfurecido con demasía. Su rostro se había puesto rígido y no la dejó de mirar ni cuando ella lo miró de vuelta. Toda la sangre de la terrícola se enfrió por la impresión y cuando intentó apartar las manos, Vegeta sujetó fuertemente de una de ellas al punto de que sintió dolor.
—Me insultaste, mujer estúpida —le dijo con un marcado tono de ira pero lo bastante tranquilo como para sonar espeluznante. Aun así Bulma no dejó de intentar soltarse—, y no me gusta sentirme así. Nappa. —Bulma miró a donde estaba el gigante calvo y dejó escapar un quejido de miedo—. Llévatela al Palacio. Nadie ofende al príncipe heredero y queda vivo para contarlo.
La mujer intentó liberarse con más ahínco pero sólo recibió un estrujón en su mano que la hizo gritar quedamente y ahí terminaron sus ganas por escapar. Nappa llegó entonces a su lado y la miró desde las alturas con una cara marcada por el desprecio. No le fue difícil tomarla por el antebrazo para alzarla hasta que sus pies no tocaron el suelo y se la echó a un hombro como si se tratara de un bulto, como un animal cazado. Fue entonces cuando retomaron la travesía al Palacio, los príncipes en total mutismo porque uno estaba enfadado y el otro deprimido. Pero Bulma jamás dejó de patalear y dar golpes inútiles porque el instinto de supervivencia no la abandonaría tan fácilmente.
Su presencia en la taberna no hizo más que atraer miradas de los guerreros que iban a comer la cena y no era precisamente porque les molestara su imagen, su gran parecido a la raza guerrera la estaba mimetizando demasiado bien como para traer atención negativa. Aun así, Gine le prohibió salir de la protección que le daba el mesón de trabajo que estaba en la taberna porque era la única manera de ocultar el hecho de que no poseía cola. Kakaroto había estado junto a ella en todo momento y se alejó solamente cuando tuvo que salir a trabajar como el repartidor de carne que era.
Raditz comía en la barra, cercano a ella, y no le dedicaba las mismas miradas lascivas que los demás guerreros porque sabía que no era una saiyan y que por ella podrían matarlo por robar la propiedad de la Diosa y no poder pagarla porque no ganaba el suficiente dinero para un gasto tan frívolo. Milk intentaba no mirarlo de vuelta pero a veces caía en la tentación y recibía un gruñido molesto, como si al gigante le ofendiera que lo observara. Pronto comprendió que Raditz no iría a hacerle nada por sólo mirarlo y lo continuó haciendo sin importarle que pusiera los ojos en blanco o que la insultara a regañadientes. Fue tanto su relajo ante su inofensivo comportamiento que se puso osada.
—Tu madre también es una mujer, ¿lo sabías? —le dijo sin dedicarle una mirada pero lo hizo de una manera que destilaba confianza. Raditz frunció la boca sintiéndose ofendido cuando dejó de provocarle miedo—. La insultaste hace un rato cuando me insultaste a mí.
—¿Son todas las mujeres de tu raza así de insolentes? —le preguntó de vuelta y ella sólo se limitó a mirarlo con la cara seria y sin dejarse amedrentar por su contacto visual. El gigante gruñó ante su osadía—. Deberías saber que aunque intentas aparentar ser una mujer saiyan, yo sé lo que eres en realidad. Una mujer sin cola, una sumisa —espetó con una mueca con la boca, como si le hubiese agriado la saliva.
Milk suspiró como si estuviera cansada y puso los ojos en blanco al tiempo que miraba para otro lugar, lo que provocó un disgusto horripilante en el fuero interno de Raditz y no escatimó en la mueca de sorpresa que adornó su cara. Gine miró la escena desde lejos, a donde estaba repartiendo la carne entre sus comensales y comenzó a reír. Si Raditz no podía provocarle el miedo suficiente para que lo respetara, entonces estaba fallando a su condición de guerrero, y se levantó de su asiento con tal brusquedad que la morena se volteó a mirarlo con incredulidad. Su rostro asustado lo puso seguro otra vez y sonrió de lado ante ella, que rápidamente estaba cambiando la sorpresa por el enfado.
—Aprenderás a temerme, mujer. No sé cómo será en tu planeta de origen pero aquí la mujer respeta al hombre. —Raditz de pie le sacaba muchas cabezas de altura y ciertamente su sombra oscureció los colores de Milk, pero la chica no dejó que eso la desalentara de defenderse, por más que le temblaran las rodillas
—En mi planeta tenemos un dicho —le dijo con desdén forzado y le sostuvo la mirada todo lo que le tomó a Raditz responderle—, y es que el perro que ladra no muerde.
Definitivamente Raditz no tenía idea de lo que era un perro pero sabía que él no ladraba pero sí que podía morderla. Ese pensamiento, sumado con el hecho de que Milk estaba siendo demasiado insolente, lo hicieron verla de otra manera y pronto compartió lo que los demás guerreros en la taberna cuando miraban a Milk a hurtadillas. Una sonrisa aleteó en sus labios cuando dejaron de hablar y Raditz volvió a tomar asiento más tranquilo que antes. Tomó un gran trozo de carne que tenía en frente y mordió un gran trozo para masticarlo sin quitarle la vista de encima, y Milk se sintió severamente confundida por su cambio de actitud.
Fue en ese momento en el que Kakaroto volvió de su tarea, la mochila de carne estaba vacía pero goteaba sangre y la dejó detrás de la barra, a un lado de Milk, a donde le sonrió con amabilidad. Ella retribuyó su gesto y le llenó una jarra de cerveza hasta el tope para que saciara su sed. El menor de los hermanos agradeció enormemente el gesto y bebió sonoramente de la jarra hasta que se acabó todo el contenido. Exhaló un alarido de alivio y Milk le sonrió con los ojos cerrados.
—Yo también quiero cerveza —le hizo saber Raditz a la chica pero Milk dejó de sonreír cuando le dedicó una última mirada antes de caminar a otro extremo de la barra, sin atender a su exigencia. Kakaroto los miró alternadamente sin entender y dejó su jarra vacía sobre la barra para volver a llenarla y extendérsela a su hermano, pero éste lo miró sin la menor gracia—. No de ti, tonto.
—Pensé que querías cerveza —se excusó Kakaroto con los hombros caídos y Raditz puso los ojos en blanco al tiempo que masticaba más carne. Aun así, se bebió la cerveza de su hermano cuando tragó su bocado.
Al cabo de un momento, Raditz se dedicó a mirar a su madre a la espera de que se entretuviera repartiendo cerveza y carne a los clientes.
—¿Cuánto tiempo crees que tienes, repartidor? —le preguntó con la voz baja y su hermano menor abrió los ojos desmesuradamente, no entendía por qué le gustaba llamarlo así pero estaba llegando a apreciar su sobrenombre. No era una ofensa real para él el ser un repartidor de carne porque era un repartidor de carne.
—¿A qué te refieres?
—Necesitamos hacerte más fuerte, no tendremos mucho tiempo más para que comience el Torneo y ya no contamos con el tercer integrante —dijo un tanto molesto porque tenía que explicarlo todo—. Eres el más débil de los dos, debes nivelarte a mí y seremos un dúo más equilibrado.
—Si te preocupa que seamos dos, papá siempre puede unírsenos —razonó Kakaroto con simpleza y Raditz tuvo ganas de estamparle la cara en la mesa. Claramente se contuvo y prefirió desviar la mirada hacia la humana para alejarlo de sus instintos asesinos. Milk estaba cortando carne cruda y el jugo mezclado con sangre salpicó en toda su armadura decorativa, porque no era una armadura real y era de cocina.
—No incorporaremos a Bardock en esto, ¿acaso quieres hacerlo más humillante todavía? —preguntó el gigante como si fuera obvio que eso era humillante. Kakaroto lo miró sin entender mucho y Raditz rodó los ojos cuando comprendió que no podía dejar cabos sueltos en su hablar—. El Torneo es para los guerreros jóvenes, ¡por la Diosa! ¿Acaso no sabes nada?
—Por supuesto que las sé —replicó de vuelta con una mueca infantil de enfado pero que se disipó enseguida—. Sé cosas que tú no sabes, por ejemplo.
—¿Ah, sí? —preguntó más divertido que enfadado y Kakaroto asintió con la cabeza, feliz—. ¿Y qué sería eso que yo no sé?
—Que ganaremos este Torneo como un dúo.
Nota de la Autorísima: Long time no see. Este capítulo me tomó unas horas de la noche y terminarlo unas horas de otra jaja, y me deslumbró de verdad. Se me atravesó una musa dragonballera que hace tiempo no tenía y me aproveché de ella sin piedad. Hace mucho que no me sentía así con alguna historia de este fandom, el anterior capítulo de esta entrega se sintió forzado pero este de ninguna forma, fluyó en todo momento.
Me gustó que Milk esté desde un principio incluida porque en "El Soldado Olvidado" su interacción con Kakaroto todavía no se da. También amé la personalidad del repartidor, es a su manera muy sabio, porque no lo es de la forma habitual y me gusta que tenga esos destellos fugaces de cool-esa xD Mi Raditz tiene el papel del terrenal y Kakaroto del genial :3
Gracias a los comentarios de tourquoisemoon, CLS ZVN, AchMan-SaMa Ai, Haaruuhii, kiara, Prl16, Diosa de la muerte y Usuario865 :) de verdad se les agradece.
Besos varios, intentaré actualizar más seguido, tan pronto como mi tesis me lo permita. RP.
