Música inspiradora: Nightwish - Wacken open air 2013


Capítulo 4

"Fugitivas"


Gine estuvo trabajando en su pequeño proyecto toda la mañana y aunque Bardock llegaba luego de su breve misión y se dirigió directamente a la Taberna sólo para verla, su compañera no levantó la cabeza ni para mirarlo. Más curioso que enfadado, tomó asiento frente a ella y la observó sin decir nada con las cejas levantadas. No eran muchos los clientes que llegaran a comer a esas horas de la mañana por lo que no hubo muchas quejas hacia su nuevo oficio, aunque Gine aseguraba que volvería a la cocina en tanto terminara de coser.

Lo que vio Bardock fue lo siguiente. La cocinera había descuerado a un animal y dejado su cuerpo a un lado, con los músculos y carnes expuestos y sin desmembrarlo en sus partes como lo hacía siempre. Esta vez, sin embargo, estaba concentrada en la piel que había extraído y no se había preocupado de quitar el pelaje castaño oscuro que poseía. Limpió la sangre del lado interno lo que más pudoaunque sus manos estaban totalmente manchadas de rojo y las gotas reptaron hasta los codos como dedos sangrientos. Enseguida enrolló toda la piel, cuidando que el cilindro que se formó fuera homogéneo y lo más largo posible. Cortó los extremos y cosió la piel por toda su extensión para que el cilindro no se desenrollara ni deformara.

Bardock siguió mirándola con curiosidad y aceptó sin levantar la vista en primera instancia la jarra de cerveza que le ofrecían. Casi por inercia se tomó la mitad, apenas haciendo pausas para respirar, y cuando su mente hizo el trabajo de recordar que sólo su esposa servía en esa taberna, Bardock levantó la vista para encontrarse con otra chica en el bar. Milk instintivamente bajó la mirada ante la suya y el guerrero frunció el ceño sin comprender. Su hijo menor apareció a sus espaldas, invitado por su presencia.

—¿Quién es esta? —preguntó el padre con un tanto de desconfianza y tanto Gine como su hijo levantaron las cejas, incapaces de darse cuenta que Bardock no conocía a la humana.

—Ella es Milk, trabaja aquí ahora. Me ayuda —respondió su esposa con un tanto de recelo, sin imaginarse cómo reaccionaría si le dijera que no era una saiyan en realidad, por más que estuviera disfrazada como tal. Luego de eso, volvió a concentrarse en su tarea secreta, como si estuviera evadiendo las nuevas preguntas que serían formuladas por respuesta.

Bardock frunció los labios, no muy convencido por ello. La chica debía de haber salido de un lugar y Bardock no recordaba haberla visto antes, y tan sólo se había ausentado dos días. Algo raro y muy apresurado había sucedido en ese tiempo que él no había estado. El capitán volvió a mirar a Milk con el ceño fruncido y alargó una eme que la hizo temblar, la chica jamás se había considerado buena mintiendo.

—¿De dónde saliste? —cuestionó de pronto y Gine dejó de coser. Fue entonces el momento de Kakaroto de intervenir. Palmeó a su padre en un hombro y lo hizo mirarlo de reojo.

—Ya te dijimos, ella es Milk y viene a trabajar con mi madre ahora. —Su respuesta no era para nada coherente con lo que había preguntado y lo hacía precisamente para llevar su atención a otro lado. Bardock entrecerró los ojos con desconfianza. Kakaroto no tuvo más remedio que decir:—Es pariente de mi madre. —Y Bardock ya no tuvo dudas de que le ocultaban algo.

—Tu madre no tiene parientes —dijo tontamente y Gine por fin levantó la vista para encararlo con enfado.

—¡Por supuesto que los tengo! —le dijo a su esposo—. El que tú no los conozcas no significa que no existan.

Tenía razón y Bardock hizo una mueca con la boca al sentirse imbécil. Por mucho tiempo había pensado que la habían hecho en una incubadora y hasta que era una huérfana, porque jamás habían hablado de ello. La única familia que le conocía era la que había hecho junto a él.

Pero sabía que le mentían. Arrugó el entrecejo y apuntó a la extraña con el dedo índice y bramó.

—¡De toda formas ella no es tu familia! —les dijo y Milk chilló, roja de la vergüenza. Kakaroto y Gine contuvieron el aliento al unísono—. Ninguno de los dos sabe mentir, esta chica tiene algo extraño y me lo están ocultando.

Pero no fue ninguno de los dos quien habló primero, Milk se desmoronó en la barra a punto de llorar y pidiendo que la perdonaran. Que ella era una fugitiva, que en realidad no era una pariente y que ni siquiera era una saiyan, sino que una sumisa proveniente de la Tierra. Que la matarían si la encontraban y que no dijera nada de su presencia porque ella no estaba dispuesta a morir todavía, tenía que encontrar a su amiga; entre otras cosas. Y Bardock la escuchó sollozar con la nariz arrugada, medio sobresaltado, medio espantado.

—¿Una fugitiva del Templo de la Luna? —cuestionó el patriarca de la familia con una seriedad gélida y los presentes se pusieron tensos, como si fueran todos cómplices de un crimen espeluznante—. Las demás sumisas deben haber dado aviso —les reprochó con el ceño fruncido y los ojos entornados, y Gine bajó la cabeza—. ¿Cuándo planeaban decírmelo? —y se levantó de la barra, furioso—, el Rey Vegeta odia a las fugitivas, sabe muy bien que son peligrosas.

—No soy peligrosa —prometió Milk con horror, se consideraba muy indefensa en realidad y Bardock apenas le dedicó una mirada por sobre el hombro, no estaba hablando con ella.

—Sé que no lo eres, humana —le dijo con la nariz arrugada y dejó de mirarla, para dirigirse a su familia—. Si esta chica llega a preñarse de un híbrido, la matarán a ella y al niño, y al padre lo colgarán de los testículos. ¿Lo sabías, Kakaroto?

Milk enrojeció violentamente y bajó la cabeza hasta que la cortina de pelo negro le cubrió la cara completamente, por más que nadie le estaba prestando atención en ese momento. Kakaroto, en cambio, se puso serio pero nada parecido a su padre, más bien era una seriedad triste.

—No está preñada, te lo aseguro, padre —le dijo y luego se volvió a Milk—, ¿verdad que no? —La humana asintió y el chico se volteó a su padre con una sonrisa materializada en el rostro, más seguro que antes—. Si no la ayudaba, la iban a matar, padre. No podía dejarla afuera.

Milk se sintió como un perro callejero del que se habían apiadado y que habían entrado en la cocina para pasar una tormenta. Y Bardock ciertamente no estuvo feliz de eso.

—Ya tienes problemas con el príncipe heredero, ¿por qué te echas más problemas al hombro?

—No soy un problema —susurró Milk para sí y sintió que la cara se le enrojecía por la tristeza, sintiendo que las lágrimas que le corrían por las mejillas le quemaban como si estuviera afiebrada. Pero Bardock la escuchó de todos modos y la miró con los ojos entrecerrados, parecía que había olvidado su presencia ahí.

—Cuando alguno de los soldados sepa que no eres una saiyan y comience a hablar, ¿qué crees que pasará? —le preguntó Bardock sonando casi comprensivo y Milk se encogió de hombros, Kakaroto la imitó pronto y Gine miró a su esposo con las cejas muy juntas.

—No lo notarán —afirmó la cocinera de carne y Bardock puso los ojos en blanco, convencido de que todo lo que le dijera sería en vano. Su esposa pequeña llegó hasta él con su confección de piel y relleno en las manos, pero él no lo miró en absoluto.

—Sí lo harán, no tiene una cola —espetó con cansancio y ella subió sus manos a la altura de su nariz. Bardock se apartó un tanto asqueado.

—Esta será su cola —le dijo y ambos miraron la confección de piel, pelo, hilo y sangre coagulada que tenía en las manos. En efecto, parecía una cola saiyan con un poco de imaginación aunque seguramente lavada y secada adquiriría un mejor aspecto. Gine entonces se volteó hacia la pareja de jóvenes con su cola falsa en las manos y se paró detrás de Milk, sin que la humana quisiera moverse de su posición. Gine le metió un dedo por la ranura de la armadura que estaba vacía por su carencia de cola—. Milk ya tiene el aspecto de una de las nuestras, si le cosemos esta cola en la armadura y la enrollamos en su cintura, nadie notará la diferencia.

Gine genuinamente sonreía y Bardock abrió mucho los ojos, sin cambiar su expresión seria en ningún momento. Definitivamente él sabía que había una diferencia, por más que permaneciera callado por el bien de su hijo y su reputación. Pero por cuánto tiempo el secreto seguiría como tal, porque no esperaba que Milk viviera como una de los suyos eternamente.


Sus labios estaban agrietados por la sed y aunque se pasara la lengua, no le quedaba saliva para humectarlos. Bulma tiritó en su pequeña celda cuando por fin cedió a la tristeza y a la desesperación, y se puso las manos en la cara para ponerse a llorar. Su sorpresa fue grande cuando supo que podía lagrimear y no dudó en lamer las lágrimas en tanto llegaban cerca de su boca. Así fue como soportó lo que calculó fueron tres días en los que los carceleros olvidaron que tenían a una rehén, o Vegeta les había indicado que la mataran de sed y hambre. De cualquier manera, no importaba la razón por la cual no habían acudido a verla, el resultado sería el mismo si nada de lo que había ocurrido hasta ese momento cambiaba.

Pero sí que cambió. Los pasillos perpetuamente oscuros fueron iluminados pobremente por una luz que emulaba una luciérnaga a lo lejos. Pero el intruso caminaba y la luciérnaga comenzó a ser cada vez más grande y rasgaba la penumbra que alcanzaba. Así fue hasta que la antorcha en mano iluminó todas las proximidades de la celda de Bulma y su llama flameó ruidosamente arriba de la cabeza de la humana, quien cerraba los ojos acostumbrados a la sombra.

Era Tarble y apenas se dedicó a mirarla para comprobar su lamentable estado. Sus ojos estaban tristes y la expresión que le lanzó fue deplorable, por lo que no demoró en extenderle por entre los barrotes un pellejo con agua fresca. Tan desesperada como para avergonzarse de sus propias reacciones, Bulma le quitó el pellejo sin miramientos y los bebió malamente, colándose el agua por entre la comisura de sus labios, desperdiciándolo en el acto. Pero bebía grandes cantidades entre las bocanadas de aire

—Lo que me dijiste el otro día —comenzó a decirle sin siquiera esperar a que terminara de saciar su sed pero tenía los ojos en el suelo y venía cabizbajo, todavía deprimido por lo que había sucedido en ese entonces. Bulma dejó de beber con el corazón latiéndole fuerte en el pecho y mareada por la falta de aire al beber—, ¿es verdad? Digo, lo de las profecías.

La terrícola se encogió de hombros y miró para otro lado, si el príncipe había acudido a ella para aplacar sus dudas entonces lo considerada un ser egoísta pero bien había podido ir a su celda sin agua ni con la suavidad con la que la trataba. Bulma bufó, limpiándose el agua con el dorso de la mano.

—¿No tenías vino o algo por el estilo? —le preguntó en vez de responder a su pregunta y bebió un trago corto antes de devolverle el pellejo con pesar, Tarble la observó con los ojos abiertos y las cejas alzadas—. Lo lamento, hace días que no me daban algo de tomar. Gracias por el agua.

—Lo tendré en cuenta la próxima vez —dijo él con sorpresa y recibió el pellejo sin saber dónde dejarlo porque no tenía la intención de volver con él.

«¿La próxima vez?», se preguntó Bulma con extrañeza y se abrazó las rodillas al interior de la celda con la cara enterrada en sus rodillas. Tarble se estremeció.

—No sé si lo que te dije era cierto —le respondió luego de un largo instante de silencio, Tarble se encogió de hombros—, me enseñaron esas tonterías hace un tiempo pero jamás pude ver algo o lo creí. Pudo ser una alucinación mía, nada más. Sabía que eran los príncipes.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó de pronto con los ojos clavados en el suelo y una voz triste. Para ser príncipe y ser libre, era un chico bastante deprimido, pensó Bulma.

—Pensé que podría colarme en el hangar del Palacio y robar una nave —se confesó ella y Tarble se encogió de hombros—, lo siento, de verdad. Sólo quería irme de este horrible planeta —continuó y Bulma no entendió por qué se estaba dando tantas molestias en explicar sus motivos pero supuso la razón. Tarble parecía más penoso que ella misma, por más estuviera encarcelada y su muerte parecía cercana.

—¿Por qué estás en el planeta Vegeta?

—¿Por qué me haces tantas preguntas? —Bulma sonó molesta y pronto se sintió culpable por sus malos modales—. Yo…, yo era una sumisa y escapé antes de que lo notaran. No sé si me estarán buscando, esa es la verdad. Mi vida no es la de una sumisa ni la de una esposa de un horrible saiyan, sin ofender. —Tarble negó con la cabeza, no sintiéndose ofendido en lo más mínimo—. Yo nací para ser libre y soy inteligente, muy inteligente; y planeaba fugarme de aquí usando una de sus naves y cruzar el cuadrante hasta la región de la Patrulla Galáctica. Sé que ahí estaré bien, lejos de tu raza.

Para cuando la humana terminó de hablar, se percató de que estaba sonriendo aunque su expresión era triste porque las garantías de que todo eso sucediera eran bajas y comenzó a botar lágrimas aun cuando estaba sonriendo. Tarble la miró tristemente al principio pero al cabo de unos momentos también sonreía, aunque fuera sutilmente. Luego volvió a mirar el piso.

—Lamento que mi hermano te haya encerrado aquí —le dijo con culpa y Bulma gateó hasta él para alargar una mano a través de los barrotes. Tarble abrió los ojos desmesuradamente cuando ella le tomó una mano y se la miró con recelo auténtico. En ese planeta la gente no se tocaba porque sí.

—Por favor, sácame de aquí —le pidió ella con la voz entrecortada por la pena y el mentón de Tarble tembló un poco, sabiéndose incapaz de cumplir con su deseo aunque quisiera hacerlo.

—No puedo —le dijo apartándose un poco de los barrotes y la mano de Bulma quedó extendida a la nada. La visión de su propia extremidad afuera de una celda le dio vergüenza y la escondió nuevamente con lentitud—. No soy el príncipe heredero y aunque lo fuera, mi padre jamás me dejaría suceder al trono. Para mi familia no soy nadie, soy débil de cuerpo y de mente, y avergüenzo a mi padre desde que tengo memoria. No puedo ayudarte.

Y como si aquello hubiese sido una sentencia de muerte, Tarble tomó la antorcha con la que había venido y se alejó sin despedirse. Bulma y su pequeño mundo dentro de su celda se oscureció de nuevo cuando el dominio de la llama se hubo retirado, tal como su esperanza que se marchaba para darle paso a la desesperación.

Bulma se puso a llorar.


Con su cola falsa en posición, Milk salió de la seguridad de la barra para atender a los comensales con la jarra de cerveza en mano. Primero lo hizo de una forma inquieta y miedosa, pero cuando notó que las miradas que le daban los soldados no eran otra cosa más que de gusto, la chica miró hacia atrás para sonreírle a Kakaroto que la veía desde la barra, más segura que antes. Kakaroto le sonrió de vuelta y se cruzó de brazos, esperando a que Raditz hiciera su aparición por la taberna. Milk se volteó entonces y rondó por la taberna, mesa por mesa, llenándoles las jarras de cerveza vacías a los soldados y sorteando los comentarios que le hacían. Milk se hacía la sorda y seguía su camino.

Gine dejó carne en el fuego y suspiró, mirando en la dirección que miraba su hijo y sonrió. Al acercarse a él, Kakaroto la miró de vuelta.

—Milk trabaja bien —le comentó ella y su hijo menor asintió de forma afirmativa, ambos mirando a la morena pulular en toda la taberna—. Pero me temo que no podemos tenerla todo el tiempo con nosotros —le dijo un poco más triste y Kakaroto se volteó a verla con los ojos abiertos—, estuve hablando con tu padre al respecto y creo que tiene razón. Es seguro por el momento tenerla aquí y con la cola puesta, pero no sabemos hasta cuándo la situación será así. La gente puede hablar, preguntar de su origen —enumeró pero la verdad era que no creía que eso sucediera en realidad—, o puede caer enferma y entonces los médicos sabrán que no es saiyan, por ejemplo. —Gine hizo una pausa pero no dejó que él hablara—. Bardock dice que debemos devolverla al Templo de la Luna —dijo—, o bien dejarla en algún otro lugar, lejos del planeta Vegeta.

—Pero… —comenzó Kakaroto—, la matarán si la devolvemos al Templo, el rey Vegeta asesina a las fugitivas.

—Lo sé —espetó su madre mientras le daba palmadas en un brazo—. Mientras decidimos qué hacer, no le digas una palabra de esto.

Kakaroto asintió y su madre se fue a voltear la carne que había dejado asando. El repartidor de carne miró en dirección a la humana con la sonrisa difuminada y ella, al verlo así, se quedó quieta en su posición pensando en lo que había hecho mal. Un soldado a quien le daba la espalda le palmeó el trasero en su descuido y sin ningún control de su parte, Milk actuó presa de la ira. Le vació la jarra de cerveza en la cabeza, empapándolo completo y el guerrero se quedó con los ojos cerrados porque la cerveza le escocía, pero se mantuvo quieto a la espera que el mar dorado dejara de fluirle por el cuerpo. Toda la sangre de Milk se heló al comprobar lo que había hecho y se tapó la boca con una mano para reprimir un grito de horror. El soldado, en cambio, se relamió los labios para chupar la cerveza que pudo y toda la estancia se sumió en una risa colectiva. Fue en ese momento en que Milk desapareció de la taberna y se adentró en la cocina dejando la jarra vacía sobre la barra. Gine se obligó a dejar de reír antes de seguirla adentro.

Raditz entró a la taberna y miró la circunstancia feliz que se suscitaba en el interior con recelo. No le fue difícil dar con el soldado empapado y el charco de cerveza que dejaba a su paso. Lo señaló con la cabeza y miró a su hermano con el ceño fruncido.

—¿Qué sucedió aquí? —le preguntó sin contagiarse de la risa colectiva.

—Milk —y apuntó al soldado empapado con un dedo. Eso fue suficiente para esclarecer todo y Raditz abrió un tanto los ojos con las cejas en alto, sin poder ocultar su sorpresa del todo. Sin duda era una fierecita, más de lo que pudiera creerse de una humana como ella. Pero para Kakaroto eso no parecía ser algo sorprendente y cambió rápidamente de tema—. Llegas tarde.

—Tengo una vida además del Torneo —respondió simplemente y se sentó en la barra, frente a Kakaroto. Luego, demandó: —Dame una cerveza, tengo sed.

Kakaroto obedeció pero no le dedicó la mejor cara que tenía, le puso una que tendría un niño pequeño, haciendo algo que no quería hacer realmente. «Todo sea por salir a entrenar más temprano que tarde», se dijo Kakaroto para sus adentros mientras veía que Raditz se tomaba hasta el fondo de su jarra sin respirar. Una exhalación de alivio fue la que dio al terminar y miró a Kakaroto con una cara que le daba a entender que seguía teniendo sed.

—Vamos, hermanito —le dijo con una voz sarcástica mientras Kakaroto se encogía de hombros para atender a su llamado—, no aprenderás nada nuevo a un día del Torneo. Quizás ganarás una fractura y eso no es bueno —le dijo y apretó los puños, ansioso. La verdad era que estaba nervioso aunque no lo diera a entender.

Kakaroto no quiso hacerle caso y estuvo a punto de replicar, pero la vuelta de Milk a la taberna le cortó la inspiración para la discusión. Ambos la miraron en silencio y ella los miró a su vez, primero a Kakaroto y luego a Raditz, a quien le dedicó sus ojos en blanco. Milk traía consigo la señal inequívoca que había llorado, tenía la nariz roja y la sorbía de vez en cuando; los ojos vidriosos y el pelo enmarañado, como si se hubiese tomado la cabeza durante el llanto. Gine apareció detrás de ella, con una sonrisa conciliadora y le puso una mano detrás de los omóplatos para que avanzara hasta la barra, en donde tomó la jarra vacía y se adentró a la cocina a llevarla de nuevo con cerveza. Gine la reemplazaría un rato con una bebida y Milk tomaría el lugar de la carne, que no miró en principio y se limitó a sentarse con desgano.

Los hombres demoraron un tanto en retomar la discusión pero fue Kakaroto quien se volteó primero hasta su hermano, con las cejas juntas y un reclamo en la boca.

—Me prometiste que entrenaríamos hoy. —Raditz no estaba dispuesto a escuchar tonterías cuando estaba cansado y puso los ojos en blanco antes de mirarlo. Milk levantó la vista curiosa de su discusión y los vio como una espectadora improvisada, de la que ellos no estaban enterados.

—Te dije que no hará diferencia —espetó de vuelta con la mandíbula apretada y tras un momento en el que batalló por no ponerse a gritarle de vuelta, se explicó—. Escucha, estúpido, una sacerdotisa de la Luna se me acercó hoy.

Lo dijo suave como para que sólo Kakaroto lo escuchara pero Milk comprendió sus palabras como si se las estuviera diciendo a ella, y se levantó del asiento de una manera violenta y asustadiza. Ambos hermanos la miraron en el acto.

—¿Estaba buscándome? —le preguntó sin titubeos la morena y Raditz se quedó mudo de la impresión. Tras unos instantes, Raditz bajó la mirada hacia su cerveza pero no la bebió.

—Preguntó cosas —dijo con simpleza—, pero le dije que no sabía de lo que me estaba hablando. —Le había preguntado principalmente sobre otra chica que no había visto jamás pero eso no era algo que le quisiera decir a Milk. Y sin saber aquella información, Milk se volvió un manejo de nervios desastroso a punto de llorar. Raditz no quiso detenerse mucho en ese detalle y prosiguió, hablándole a Kakaroto en vez de Milk—. Dijo que debíamos conseguirnos otro miembro porque un número par da mala suerte y patrañas como esa. No me interesa que Vegeta tenga un mal augurio en su coronación —y bebió un sorbo generoso de cerveza, como si la sola mención de Vegeta le dejara un mal sabor en la boca—. También me dijo que Vegeta podría antojarle eliminarnos si decide que un dúo es motivo de descalificación.

Listo, ya lo había dicho y Kakaroto frunció los labios ante tanta información. Vegeta se había mostrado en completo desacuerdo con su participación y no le pareció que fuera una sugerencia descabellada y se cruzó de brazos, pensativo.

—Vaya, será difícil encontrar otro participante a un día del Torneo —meditó en voz alta y luego se puso a reír fuerte, molestando a Raditz con su despreocupación.

El participante debía ser de una edad comparable a la del Rey sucesor, por lo que Bardock estaba descartado inmediatamente. Raditz bebió más cerveza, más amargado que de costumbre porque estaba convencido de que los descalificarían enseguida y entonces algo en el interior de Milk encendió todas las alarmas. Ella misma se consideraba una cobarde porque se regía por las leyes que le impusieran, sea cual fuere; pero había algo en ella que la hacía ser indómita y era esa parte de sí que hacía tiempo que estaba dormida, desde que la habían llevado al Templo de la Luna.

—Yo podría hacerlo —replicó tímidamente y tuvo que repetirlo una segunda vez porque ninguno de los dos hombres supo que les estaba hablando a ellos. Ambos la miraron con las cejas alzadas pero Raditz se mostró infinitamente más en desacuerdo que su hermano—. Sé pelear, mi padre me enseñó cuando era una niña. Era bastante buena —les dijo como para convencerlos pero la verdad era que intentaba convencerse a sí misma—. Quizás no sea tan fuerte como ustedes pero puedo serles útil —dijo con una convicción que convenció a Kakaroto al instante y que sonrió ante sus palabras—. Prometo que me defenderé, no los estorbaré.

—¡Genial!—animó el menor de los hermanos más emocionado que antes y Milk le sonrió dulcemente con los ojos cerrados. Raditz cruzó los brazos refunfuñando—. ¿No es grandioso, Raditz? ¡Milk sabe pelear! —gritó y se giró a la morena—. ¡Podría enseñarte algunos movimientos ahora!

—Genial... —repitió no tan animado y Milk lo miró entonces como para comprobar su aprobación. Tenerla a ella, aunque no hiciera más que intentar seguir con vida, completaba el equipo que tanto pedían—. El número de inútiles en el equipo ha aumentado, lo único que deseo es que los inútiles no mueran tan fácilmente.

—No te preocupes —comentó Milk con una sonrisa venenosa, su mirada destilaba odio—, no dejaré que te maten.


Tarble volvió al día siguiente de la misma manera que había llegado antes, con una antorcha en mano y un pellejo en la mano, pero esta vez estaba lleno de un vino rojo y dulce que se le terminó muy rápido a Bulma como para disfrutarlo. Al cabo de un momento la cabeza le comenzó a doler y entendió el porqué de lo poco que Tarble le había guardado, era demasiado fuerte y lo había tomado demasiado rápido. El príncipe que no heredaría el trono por sucesión le extendió además la mano dentro de la celda y la terrícola se dio un festín de lo que le había llevado, aunque no se detuvo a preguntarle qué era lo que estaba comiendo.

—Lamento la forma que me fui ayer —comenzó diciéndole mientras ella comía y Bulma masticó mirándolo sin decirle nada, por lo que Tarble prosiguió su discurso sin mayores interrupciones—. Dije cosas que no debí decirte, cosas de las que me avergüenzo —hizo una pausa aunque no había necesidad de aclararle cuáles eran a las que se refería, era obvio para Bulma.

—Me hizo sentido el por qué querías saber si lo que te dije es verdad —respondió ella luego de tragar lo que tenía en la boca y Tarble levantó la cabeza para mirarla con sorpresa, esperando que no lo notara y que pasara desapercibido—. He visto lo cruel que es Vegeta contigo y también conmigo. No puedo imaginar lo que es que tu padre sea así contigo.

El príncipe sonrió amargamente mientras se mostraba cabizbajo, totalmente conmocionado de que entendieran su malestar constante, que día a día se expresaba en los favoritismos de su padre y el hostigamiento de todos los demás. Tarble odiaba ser un príncipe si era tan débil como lo era y no había un momento en el que deseaba ser otra persona, haber nacido en una incubadora, de una madre sin rostro y poder disfrutar de la libertad que como príncipe no tenía. Podría tener la libertad de ser un guerrero débil y dedicarse a otra cosa, como el repartidor de carne que Vegeta había castigado por diversión.

—Supongo que ambos queremos estar en otro lugar —dijo Tarble al fin y Bulma le sonrió ampliamente, cómplices de sus crímenes: el ser débil y el ser una humana en el cuadrante equivocado.

El príncipe se sentó frente a la celda a la espera de que terminara de comer y se contentó con tener a alguien al lado que no lo juzgaba por su forma de pelear.

—Tengo una manera de ayudarte —le informó cuando Bulma masticaba los últimos trozos de su cena y la forma en la que lo dijo le dio a entender que había estado en vela pensando toda la noche—, dijiste que eras una sumisa, ¿no? Busque en el registro y vi que habían contado a veintidós sumisas. —Bulma abrió los ojos desmesuradamente, según ella eran veinticuatro. «¿Milk? ¿La muy tonta me habrá seguido?», no quiso pensar en dónde se había metido o si estaría muerta ya. La morena era menor que ella y era buena acatando las órdenes que le impusieran, por lo que seguirla no era propio de ella. Bulma la consideraba una miedosa—. Si digo a la sacerdotisa mayor que eres la número veintitrés y que te reclamo para mí, no podrán hacerte nada. Soy un príncipe después de todo.

—¿Reclamarme como tuya? —repitió Bulma con ensimismamiento y la sorpresa de la desaparición de una sumisa más de lo que esperaba fue reemplazada por el plan del príncipe. Tarble se sintió inseguro por reacción y se encogió de hombros.

—No se me ocurre ninguna otra solución, seguramente Vegeta te dejara aquí hasta que estés muerta —se sinceró y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al verla así, el príncipe continuó—, no serás mi esposa ni nada de eso, mi padre no lo permitiría. Pero serás algo por el estilo, tendrás mi protección y después de un tiempo, podrás meterte en una de mis naves y cruzar el cuadrante como se te dé la gana. Lo prometo.

Un quejido salió de la garganta de Bulma, reemplazando las palabras que no se le ocurrieron y abrió la boca sin motivo. La sorpresa de su alianza era realmente rápida y no la esperaba para nada, y su primera sensación fue la del miedo. Si hiciera lo que Tarble le prometía y saliera del planeta estaría sola de nuevo y en todo el trayecto del planeta Vegeta al cuadrante seguro de la Patrulla Galáctica podía pasarle algo, más aún si iba en solitario. El grupo era más seguro que el individuo.

—Vete conmigo del planeta —le pidió presa del pánico y fue el turno de Tarble verse sorprendido—, dijiste que tu familia no te consideraba, ven conmigo y fuguémonos a la Patrulla Galáctica. Nos ayudaremos mutuamente, yo… —pero la intervención de Tarble le cortó las palabras.

—Mi lugar está aquí, no puedo irme a la Patrulla Galáctica. Para ellos no seré más que un saiyan fugado que deberán asesinar y créeme, no será difícil para ellos. —Lo obvio que resultaba para Tarble, no lo había sido para Bulma, quien rápidamente dejó caer sus hombros por la desilusión. Pero el príncipe se armó de todas sus energías para sonreírle—. Puedo no ser el heredero ni mucho menos, pero puedo ganar mis propias batallas. Mi hermano es impulsivo y egocéntrico pero soy el único que tendrá en la vida. No existe otro que genuinamente esté ahí para él más que yo. Yo protejo nuestro linaje a mi manera, a veces incluso me escucha —le confesó con una sonrisa triste—, y si lo que me dijiste es cierto, entonces eso significa que Vegeta morirá y seré yo quien le suceda en el trono. Es por esto que no debo irme del planeta Vegeta.

El sentido del deber de Tarble dejó boquiabierta a Bulma y no se movió de su celda ni cuando él se levantó del suelo para abrirle la reja de su claustro. La puerta de barrotes rechinó en tanto el príncipe la movió y cuando estuvo completamente abierta, la humana apenas se movió. Tan sorprendida como estaba, no se levantó hasta Tarble dio un paso dentro de la celda para extenderle una mano en su dirección, para que le sirviera de apoyo cuando se levantara.

Caminaron tomados de mano hacia el pasillo y la terrícola volvió la cabeza muchas veces hacia atrás, como si quisiera cerciorarse de que la celda seguía a sus espaldas y no se le cerraría la reja en la cara.


Nota de la Autorísima: Este domingo lo usé completamente para escribir y no puedo creer que ya terminé un capítulo xD Me encantó mucho y como sé que no debo alargarme mucho en las historias, esta intentará ser un poco rápido(?) El próximo arranca el Torneo en sí D: y bueno, estoy emocionada.

¿Les gustó que Milk se autonominara para ser la tercera participante? A mí me encantó :D ¿Y el que Bulma se relacione con Tarble? jajaja Bueno, los que me conocen, me encanta el protagonismo de mujeres, así que se me ocurren esas cosas para hacerlas rockear xD

Gracias a los reviews de CLS ZVN, Usuario865, Diosa de la muerte, Prl16 y tourquoisemoon en el capítulo 3.

Chai pescadi.