Capítulo 6: "Amuletos"


Fuera de su pequeña habitación sobre la taberna, el ruido era insoportable y Milk soltó unas lágrimas en cuanto no le fue posible permanecer estoica. Se llevó las manos a las orejas y las planchó encima, sin poder amortiguar el sonido que le llegaba demasiado fuerte. Una mueca de dolor terminó con la parálisis facial en la que había permanecido por mucho tiempo, demasiado dolida para mantenerse impasible, demasiado marcada como para mantenerse feliz.

La celebración se había iniciado inmediatamente después de que llegaran a la taberna, luego de que su nave arribara al planeta y les informaran que habían pasado la primera prueba. Raditz y Kakaroto se miraron con los ojos abiertos, sonrisas amplias y un gesto torpe de quien quiere darse un abrazo pero no lo hace. El mayor porque no estaba acostumbrado a esas muestras de afecto y el menor porque sabía que su hermano querría golpearlo si llegaba a intentarlo.

El camino a la taberna lo hizo cabizbaja, no preparada para la festividad que le esperaba. ¿Cómo es que iba a estar contenta si acababa de estar cerca de morir no una vez, sino dos veces? Su vida estuvo en peligro durante horas de forma gratuita y todo por su propia estupidez. No era otra cosa más que estupidez el haberse embarcado en una empresa que no era la suya. ¿Había sido por vanidad? ¿Ansias de gloria? ¿Pensaba acaso que podría pelear lado a lado con esos guerreros?

Su padre—incluso Bulma—, le había alabado sus habilidades para la pelea pero había visto más allá de las paredes de su morada y ciertamente existían hombres y mujeres que acabarían con ella de un golpe. Milk estaba segura que todo el ego concerniente a la pelea se había esfumado cuando el Templo de la Diosa la había agarrado, pero había vuelto cuando se nominó para ser la tercera del equipo del Repartidor de carne. Le daba vergüenza recordar aquello, ¿realmente pensaba que iría a sobrevivir las etapas del Torneo del príncipe heredero? Con suerte había vivido la primera y había sido por causa de Kakaroto.

El chico que no compartía la rudeza de su raza la alentó a caminar junto a él pero sus intentos se fueron como las palabras en el viento cuando su creciente popularidad incitó a la multitud a devorarlo entre felicitaciones y vitoreos. Milk no lo culpó si la olvidó, no le debía nada y no perdió tiempo cuando llegaron a la taberna y subió a la habitación de la planta superior que era suya provisoriamente. No habrían pasado más de un cuarto de hora cuando la sacaron de su miseria, abriendo la puerta de súbito.

Era Bardock y no traía la mejor expresión facial consigo, no se veía para nada feliz y eso hizo temblar de miedo a Milk. La morena se preguntó qué era lo que sucedía y si necesitaba que atendiera a los hombres que celebraran en la cantina porque Gine estaba sobrepasada. «Los que nos celebran a nosotros», pensó la terrícola con desgano y luego se corrigió a sí misma, no la celebraran a ella sino que a Raditz y a la revelación del Torneo, al repartidor de carne, a Kakaroto. De ella se referían solamente como a la tercera componente del equipo, a la chica, a la que salvaron, de la que esperaban que muriera de un mazazo.

El esposo de Gine hizo un gesto hacia la salida, sin mover ningún otro músculo más de lo que necesitó para hacer esa mueca.

—Ha llegado el príncipe y quiere ver al equipo completo —y sin más qué decir, Bardock se alejó por el pasillo, dejando la puerta abierta para que lo siguiera sin demora.

Milk asintió en la oscuridad de habitación, aun cuando Bardock no estuviera ahí para mirarla y clavó sus ojos negros en el piso, sabiendo que no debía rechazar esa orden. Usando las últimas fuerzas que le quedaban se levantó de su cama con el mareo de la tristeza haciéndola tambalear, se limpió la cara de las lágrimas y se puso en marcha. El bullicio del exterior se fue haciendo más claro cuando estuvo bajando las escaleras y apretó la baranda hasta que le dolieron las uñas en tanto vio la cantidad de gente que se había agolpado en la taberna. Y en el centro, el príncipe que había demandado su presencia, quizás simplemente por tener al número tres ante sus ojos, se mimetizaba con el resto incluso cuando su armadura lo distinguía como realeza.

Pero no era el príncipe heredero a quien observaba sino que al príncipe menor, Tarble, que no llevaba más escolta que una criada con la capucha blanca de la Diosa tapándole media nariz. La muchacha estaba rezagada y clavaba la vista en el suelo y en el alrededor como si buscara algo, mientras que su amo mantenía una conversación amena con Kakaroto. Raditz estaba junto a ellos pero no parecía interesado en su conversación en lo más mínimo. Tarble no era muy querido ni aceptado ni siquiera por sus propios súbditos.

Bardock apareció en su campo de visión, haciéndose paso por los comensales como una serpiente para acercarse a sus hijos y al príncipe en el centro de la taberna. Milk se preguntó cómo iría a acercarse siendo tan baja y fácil de no notar como lo era al ser una mujer en ese planeta. El padre miró a su segundo hijo sin variar su expresión distante y seria y movió la cabeza en dirección de la mujer, a espaldas de Kakaroto, y el aludido miró por sobre su hombro para dar con ella. Una sonrisa dulce curvó los labios del Repartidor y la invitó cándidamente a reunirse con ellos, y Milk no pudo evitar que las mejillas le quemaran. La popularidad del chico había aumentado tanto luego de la primera prueba que muchos soldados a su alrededor imitaron su reacción y muchos ojos oscuros la miraron avanzar, haciéndole un corredor para que pudiera unirse al grupo selecto sin demora.

La morena caminó a pasos cortos como si estuviera mareada y temiera tropezar y caer; las mejillas le escocieron pero ninguno pareció darle importancia a esa demostración de debilidad. Simplemente la observaban en su precesión silenciosa, algunos sonriendo con entusiasmo al reconocerla como una de las vencedoras, otros la miraban con seriedad esperando que la atención la dirigieran a otra persona con rapidez porque ella no había hecho nada en el Torneo más que correr y ser salvada; sí, Milk conocía esa mirada.

—Ella es Milk, nuestra compañera —comentó Kakaroto en tanto llegó hasta ellos, pasándole un brazo por sus hombros, como si la sujetara. Tarble la miró con una sonrisa y sus ojos se fueron a su cintura, sin poder evitarlo. Milk tuvo la necesidad de irse a su cola falsa también, pero no quiso que se le notara su aprehensión y confió ciegamente en que estaría ahí donde la había dejado. Al cabo de un segundo, Tarble volvió la vista al frente con suspicacia.

—Una repartidora también, ¿no? —preguntó de vuelta, con una sonrisa que resultaba sincera a la vista pero que a la morena le dio un escalofrío. Kakaroto se mostró serio por unos instantes pero al final pudo curvar una sonrisa triste. «Intuye algo», pensaron al unísono.

—Cocinera. —Kakaroto no logró controlar el flujo de sentimientos tormentosos y no compuso una sonrisa sincera en lo que restó de la visita del príncipe. Tarble asintió en silencio, ignorante de las turbaciones que había generado en el vencedor y se volteó para buscar a su acompañante, quien esperaba quieta a su espalda a la espera de sus órdenes. En tanto tuvieron contacto visual, la sumisa dio un paso adelante para quedar hombro a hombro con su amo.

—Tuviste una buena participación hoy en los juegos, Milk —le dijo el príncipe con una calma notable en la voz—. Mi sacerdotisa te bendecirá ahora. Para que tengas buena suerte en la siguiente etapa —aseguró y la mujer se hizo paso por la multitud a la espera de que la morena la siguiera. Tras unos instantes de recelo, Milk buscó la cara de Kakaroto en las alturas y éste asintió una vez con la cabeza. «Es seguro» le decían sus ojos negros y Milk se alejó con la sacerdotisa hasta un rincón despejado, para hacer las plegarias más tranquilamente, pensó Milk, y se paró frente a ella.

Bulma se quitó la capucha de la nariz, rebelando su rostro y por lo tanto su identidad. Sus ojos lilas estaban sumergidos en lágrimas y sus labios estaban muy juntos reprimiendo un sollozo o una simple disculpa que era muy difícil de pronunciar. Ambas se quedaron mirando, la morena con el desconcierto impreso en su rostro y ni las lágrimas ni el aspecto espantoso que traía la humana en su semblante la hicieron sentir compasión por ella. La chica de los pelos lilas se armó de valor para sonreírle cuando una lágrima le recorrió la mejilla y planchó su mano bajo el mentón de Milk, pero la cocinera se la sacudió de encima como si su tacto le quemara y luego le abofeteó la cara con una sonora cachetada.

—¿Cómo te atreves a aparecerte aquí después de lo que hice por ti? —Milk hablaba con una voz que heló la sangre de Bulma y la de pelos lilas no se atrevió a mirarla a los ojos directamente, murmuraba la pregunta de su compañera sin emitir sonido alguno. A Milk le costó mucho trabajo no quebrarse pero sus sienes ya se habían sonrojado cuando las lágrimas le escocieron los ojos—. Casi he muerto hoy —le susurró sabiendo que no era culpa directa de Bulma el haberse nominado como participante del equipo del Repartidor, ella buscaba desesperadamente un lugar al cual pertenecer y había sido necia al pensar que podría igualarse con los guerreros saiyan.

—Estás siendo injusta —murmuró Bulma con la ira reemplazando la culpa—, vine aquí para ayudarte. ¿Qué mierda estabas haciendo en el Torneo?

—No necesito ayuda tuya. —«Para morir», agregó en su mente amargamente pero se calló enseguida. Kakaroto se les acercó con la interrogación impresa en su rostro. No tuvo que preguntarles qué era lo que les ocurría, Milk respondió su duda sin que él emitiera una palabra—. Estoy cansada ahora, iré arriba. —Luego miró a Tarble—. Su Majestad. —Y se fue cuando su reverencia terminó. Kakaroto la siguió con la mirada hasta que se perdió en las habitaciones de la segunda planta y nadie habló por unos momentos.

Raditz se acercó unos pasos hasta quedar alineado con su hermano cuando Bulma volvía a ponerse la capucha de la Diosa y se retiró a la espalda de Tarble en silencio. El gigante tomó un trago de cerveza antes de ponerse a hablar, ambos hermanos con la vista clavada en la puerta en donde había desaparecido la única mujer de su equipo.

—Mujeres —dijo simplemente y Kakaroto se volteó a mirarlo como si hubiese hablado un acertijo—. Nunca intentes entenderlas, ellas tienen una forma especial de tratarse y nunca es recomendable tener a dos en un mismo sitio —agregó y se alejó sin despejar un ápice la confusión de su hermano.


Milk ya se había quitado la armadura junto a la prótesis de cola que siempre debía llevar colgada a la cadera, preguntándose si debía dejársela puesta por alguna eventualidad. Cuando decidió que no la quería puesta, concluyó esconderla, por si esa eventualidad llegaba y que no la vieran con su mutilación evidente. El ruido de la taberna no murió ni cuando cerró la puerta pero el bullicio amortiguado le permitiría dormir, pensó.

Se fue a la cama con el cuerpo temblando por el encuentro con su antigua compañera, verla bien y en compañía de un príncipe no valía el sacrificio que había hecho con ella. Si no la hubiera seguido por el pasillo, seguramente estaría de vuelta sana y a salvo en un par de lunas en el templo y con un poco de suerte, jamás volvería a pisar ese territorio hostil. Cerró los ojos, intentando pensar en otra cosa que no fuera Bulma, pero todo la llevaba a ella…

—Esa sumisa lo tenía merecido —escuchó Milk en la oscuridad y se levantó de la cama con el corazón golpeándole el pecho con fuerza. No vio más que una sombra moviéndose en la penumbra y su corazón dejó de latirle por unos momentos, totalmente paralizada por aquella visión espantosa. Raditz avanzó por la habitación hasta hacerse visible—. ¿Es esa chica a la que buscabas cuando te encontraste con nosotros? —Milk se estremeció cuando lo vio sentarse en el pie de su cama, sin quitarle los ojos de los suyos. Raditz sonrió siniestramente ante su mutismo, parecía regodearse con ella, hiciera lo que hiciera. Distinto al desprecio que destilaba de su semblante cuando la supo parte del trío, ahora sus pupilas negras destellaban con un brillo distinto, incluso atractivo.

—No me interesa ella y no quiero volver a verla —respondió con una valentía casi fingida, sabía que no debía verse débil con él dentro de su habitación y tanto ruido afuera. Si gritaba, ¿la escucharían? —. ¿Qué es lo que haces aquí? No te quiero aquí tampoco. —Raditz sonrió ampliamente ante su insolencia, algo que parecía que le encantaba de ella. Milk se estremeció.

—Estás cambiada —le comentó el gigante con una postura que lo hizo parecer más normal, menos siniestro y Milk no se detuvo a fingir que no estaba sorprendida—. Y me gusta. —¿Por qué se estaba sonrojando? Gracias a la Diosa que estaba oscuro aunque Milk estaba segura de que emanaba el calor de un volcán en erupción—. Si no supiera que eres humana, te habría confundido fácilmente con una de las nuestras. —Raditz hizo una pausa—. La manera que abofeteaste a esa sumisa —recordó con una sonrisa—, o empapaste de cerveza a ese soldado… —¿Cómo era que recordaba aquello? ¿Tanto se fijaba en ella?

—A lo mejor me equivoqué de soldado —le respondió con la voz renovada de valor y Raditz soltó una risa complacida, como si le estuviera dando la razón—. Ahora fuera de mi habitación.

El gigante se permitió sonreír con soltura antes de levantarse de la cama para darle la espalda y comenzar a caminar a la salida. Le había ganado por esta vez, pensó con un escalofrío que no fue del todo desagradable.

—Espero que en la próxima prueba actúes como hoy, abajo en la taberna. —le dijo en la puerta, con la mano sobre ella pero sin la intención de abrirla—. A lo mejor así puedo olvidar que eres una humana.

Y sin más se fue, dejando la habitación cerrada pero no menos contaminada con el ruido de la planta baja. Milk contempló la oscuridad sin querer moverse de su posición sentada sobre la cama, tenía la mente en blanco, un suspiro atorado en la garganta, los ojos bien abiertos y un miedo incontrolable por lo que venía para ella.


Sin previo aviso, los lanzaron al espacio sideral con armaduras de guerra y unos rastreadores de oreja, uno rojo para Raditz al ser algo así como el líder y dos verdes para Kakaroto y Milk, que eran sólo un repartidor y una cocinera. Esta vez, Milk se mostró más tosca, como si no estuviera para nada asustada por la situación y así lo asumieron sus compañeros de escuadrón pero la verdad no podía estar más alejada de la realidad. La humana sí que estaba asustada, incluso aterrada, pero su visión de su problema había cambiado. Ya no se sentía enfadada con Bulma, la que ella consideraba era la culpable de su destino cruel, sino que se había resignado a las pruebas. La primera la había superado y con mucha ayuda, ahora que iba a enfrentarse a la segunda etapa sólo le restaba rezar a la Diosa para volver con vida al planeta Vegeta y reiniciar el proceso en la tercera y cuarta etapa.

Desde el estadio, los espectadores del estrado principal eran los mismos de la etapa anterior, el Rey Vegeta, el príncipe Tarble y sus generales más destacados. Las esclavas que servían las bebidas y la comida no eran precisamente importantes y Bulma destacaba por ser la estatua que seguía al príncipe como una sombra y que gozaba de su favoritismo, sin que aquello generara curiosidad de parte de nadie, al ser considerado Tarble ya un espécimen extraño dentro de su planeta. Que gustara de una terrícola esclava era un asunto nimio si tomaban en cuenta su poca habilidad en el combate y el interés en tonterías como el antiguo Dios del planeta o los mundos exteriores. Para Bulma los demás generales y la realeza estaban locos, siendo el único cuerdo su señor.

En las pantallas del estadio lucieron todos los equipos clasificados en la etapa anterior y los espectadores más plebeya vitorearon enérgicamente cuando el equipo de Raditz hizo su aparición oficial, escuchándose claramente el clamor «¡Repartidor!» como una canción de guerra. El estrado principal guardó silencio ante tal muestra de popularidad y se sintieron severamente ofendidos cuando el clamor por el equipo del príncipe heredero no tuvo mayor importancia. Para Bulma eso fue motivo de sonrisa pero fue lo suficientemente inteligente de morderse los labios para que nadie la viera y la castigaran por eso.

—No se preocupe, Su Majestad —le dijo un guerrero de alto rango al Rey, haciendo una mueca de desagrado y escupiendo al suelo como si el malestar también hubiera envenenado su saliva—, los de la Clase Baja son unas sabandijas, es natural que sean así de irrespetuosos con su príncipe heredero. Pero ya verán cómo nuestro príncipe vencerá a ese equipo de repartidores sin siquiera sudar.

«Sólo existe un repartidor en ese equipo, idiota. Repartidor es aquel chico apuesto que salvó a Milk de ser aplastada», pensó Bulma con una sonrisa contenida, totalmente a favor del chico tan sólo porque a la realeza le desagradaba.

—Que así sea —rezó el Rey bastante malhumorado y para su suerte, el Torneo comenzó, acallando cualquier vitoreo uniforme que favoreciera al equipo del Repartidor.

«Cuento contigo, Repartidor —pensó Bulma, prestando especial atención a la proyección que seguía al equipo de Raditz mientras cruzaba una zona árida para rastrear—, si ganas este Torneo les darás esperanza a muchos, incluso a mí. A Tarble y también a Milk.»

—¡Humana! —El aullido del mismísimo Rey la hicieron salir de su ensoñación, llevándola de vuelta al infierno en el que se encontraba. Bulma miró hacia los lados en búsqueda de otra humana pero no la encontró, por lo que ella respectaba, lamentablemente ella y Milk eran las únicas desgraciadas que se habían equivocado de cuadrante—. No seas idiota, ven aquí. Ahora —Bulma obedeció no sin antes buscar la ayuda de Tarble a través de la mirada pero el príncipe la alentó a obedecer—. Tarble me ha comentado que sabes ver el futuro.

—Lo hice, padre, pero también dije que había errado en su predicción —intentó intervenir Tarble—, sus palabras llenas de mentiras provocaron que Vegeta la encarcelara.

Un intercambio de miradas entre padre e hijos hicieron completamente invisible a Bulma quien permaneció entre ellos con la cabeza agachada. El Rey Vegeta arrugó la nariz y gruñó ante su hijo menos querido.

—¿Por qué un príncipe de tu estirpe elegiría una arpía mentirosa como concubina? —preguntó el gigante Rey con un fruncimiento de labios y Bulma comenzó a sudar en frío—. ¿O es que temes de lo que me pueda decir? —concluyó al fin mientras se sacaba uno de sus guantes y le extendía la mano con la palma para arriba—. Lee, esclava.

—Como usted desee —dijo Bulma de una manera vacilante y muy baja, y el Rey gruñó como si asintiera. Tocarle la mano se sintió como cometer un crimen y la humana no se atrevió a pensar en lo que le sucedería si respondiera algo que le disgustara. Si bien Tarble había sido muy amable para tomarla como concubina para sacarla del calabozo en el que seguramente moriría, no estaba segura que ahora su destino cambiara. Sólo sabía que al menos no moriría de hambre, pero quizás de un golpe.

—Deseo saber si mi hijo, el príncipe heredero, será un buen sucesor de mi reino —preguntó justo cuando las ovaciones del público los hicieron mirar a la pantalla que proyectaba el primer equipo que encontraba uno de los tres objetos pedidos para la segunda prueba del Torneo, la de botín. Para desgracia del Rey, el equipo era el del Repartidor. Mascullando una maldición, se volvió a Bulma—. ¡Lee! —Bulma comenzó a tiritar y se puso tan nerviosa que no pudo hablar. El Rey volteó a la pantalla y descubrió que su hijo todavía no había encontrado ningún amuleto—. ¿Quién ganará el Torneo?

—Yo… —balbuceó la chica para desesperación del Rey y los demás presentes.

—¡Dímelo!

—Lo hará el príncipe heredero… —dijo en un arrebatamiento y la ira del Rey pareció calmarse.

—¿Y qué más?

—Bueno…, las líneas son confusas…

—¡Dime lo que sea que veas, humana! ¡No tengo paciencia para esperarte!

—No será una victoria satisfactoria, mi señor —dijo al fin y pareció que todo el mundo a su alrededor se callara para escucharla. Los generales del Rey, las criadas y hasta el príncipe la miraban con sorpresa. «¿Por qué no mentiste?», le preguntaban los ojos de Tarble mientras se incorporaba del trono al lado de su padre.

—¿Qué fue lo que dijiste? —La figura del Rey se irguió como una estatua ante Bulma, ensombreciendo sus colores hasta hacerla tiritar de miedo. Dio gracias de no tener su mano entre las suyas porque sus palmas parecían lagunas de transpiración que rápidamente ocultó para encoger todo su cuerpo. Antes de que ella se le ocurriera responder, Tarble apareció en la escena un tanto más fuerte que ella.

—Padre, por favor —lo llamó desde sus espaldas pero el Rey no hizo más que gruñirle como si Bulma se tratara de su presa y estuviera protegiéndola de los carroñeros. Pero el príncipe vio más allá de lo que la esclava pudo y notó la alarma antes que ella—. ¡Padre!

Bulma alzó la mirada justo cuando el Rey levantó una mano y no logró reconocer que eso significaba un golpe seguro, para cuando ella cayó el suelo con la cabeza dándole vueltas, la terrícola supo que había sido abofeteada. Su primer pensamiento cuando logró hilar las ideas fue si es que podría sobrevivir tras el golpe y si era tan grave como lo parecía, porque ella no sentía casi nada.


Milk estiró el brazo hasta que le dolió pero siguió estirándose para lograr su objetivo.

Desde el suelo habían captado el brillo del amuleto que los devolvería al planeta Vegeta, claro que solamente de manera simbólica puesto que el amuleto no era más que una baratija con el emblema de Casa Real. El equipo debía recuperar tres, uno por cada integrante del escuadrón, y ya contaban con dos, por lo que el que había caído malamente sobre un árbol era el que les faltaba para terminar con la etapa del botín. Para la terrícola la segunda tarea había resultado ser bastante amable y por momentos olvidaba que estaba en medio el Torneo de Sucesión, se había hecho un hábito el andar caminando junto a Kakaroto y tener una buena conversación mientras rastreaban, siendo Raditz el que iniciaba la marcha.

El primer amuleto lo había encontrado Raditz y por lo tanto, el primero en estar listo para salir del planeta que alojaba la segunda etapa. El rastreador de su oreja escaneó el amuleto y pitó un aviso de que estaba considerado para pasar a la siguiente etapa, borrando el emblema Real del talismán que quedaba inútil. Y Raditz no perdió un segundo en lanzar tras su espalda el amuleto obsoleto como si se tratara de cualquier cosa.

El segundo amuleto también lo encontró Raditz y cuando se lo ofreció a su hermano, Kakaroto se lo cedió a Milk y aunque la muchacha se negara absolutamente a aquello, el menor de los hijos de Gine pasó el amuleto frente al rastreador de Milk para que éste lo escaneara, dejándola eximida de la prueba inmediatamente. Con una sonrisa cruzándole por la boca, Kakaroto dejó el amuleto sin el emblema Real en la palma de Milk, quien enrojeció levemente ante su ayuda desinteresada.

—Sigamos —sugirió el menor mientras volvía la cabeza al frente y seguía el camino con la tranquilidad de quien sabe que está pronto del final. Raditz masculló mirando severamente a Milk como si ella fuera la culpable de la demora y la morena sólo frunció el ceño y siguió a Kakaroto. ¿Qué era lo que había cambiado en él desde que la había ido a molestar a su habitación? ¿Era que acaso las cámaras lo endurecían? Milk no intentó indagar más allá, cansada de su bipolaridad.

Habrían pasado caminando mucho tiempo para que lograran dar con el tercer amuleto que haría pasar a la tercera ronda a todo el equipo y Milk se ofreció a subirse al árbol para conseguirlo, sintiéndose en deuda con Kakaroto por el amuleto anterior. El hermano menor se ubicó bajo del árbol para acudir en su ayuda si llegaba a resbalar y la alentaba desde el suelo, mientras que Raditz se acostó pesadamente sobre la hierba a esperar que terminaran con el trámite que habían complicado más de lo necesario.

—Estúpidos —masculló el mayor de los hermanos, consciente que sus compañeros lo escucharían pero ninguno de los dos le reprochó, solamente Milk rodó los ojos con molestia.

—Ya falta poco, Milk —alentó Kakaroto, ignorando por completo a Raditz sin que ninguna mala cara surcara por su semblante y la morena no pudo sino sonreír, con el Repartidor todo se volvía ameno y ese pensamiento la hizo sonrojar. El bochorno le ayudó para volver al trabajo y se estiró hasta que no pudo más y rozó el amuleto hasta que se tambaleó hacia ella. Lo tuvo en las manos y pensó en dejarlo caer para que Kakaroto lo tomara en el aire pero prefirió apretarlo fuertemente antes de alentarse a bajar.

—Ven, Milk —la llamó el menor mientras extendía los brazos, haciendo un nido con ellos—, salta, yo te tomaré. Prometo que no te dejaré caer. —El mero ofrecimiento la hicieron enrojecer pero no dudó un minuto en que Kakaroto cumpliría con su promesa.

—Está bien… —aceptó ella mientras cerraba los ojos y daba un paso hacia el vacío. Un grito germinó de su garganta y tan pronto comenzó, el alarido de miedo se terminó porque yacía en los brazos fuertes del Repartidor—. Gracias.

—No hay de qué —respondió él todo sonrisas y su abrazo no parecía acabar ni siquiera cuando la dejó con los pies en el suelo. Seguía tomándola de los hombros como si Milk fuera a caer si él no la atajaba.

Milk miró hacia el puño que hacía con una de sus manos y alzó el amuleto hasta el rastreador verde que traía Kakaroto para que éste lo escaneara y lo seleccionara como último semifinalista del equipo; y el emblema desapareció enseguida. Sonriéndose, no se percataron que Raditz los inspeccionaba con el ceño fruncido y oliendo el peligro que una relación híbrida como aquella podía resultar.


Nota de la Autorísima: ¿Hay alguien ahí? ¿Aló? Lo sé, he andado muy desaparecida en este fandom y lo lamento mucho, pero estoy determinada a terminar al menos esta historia y El último vigilante que le viene quedando un capítulo que ya estoy escribiendo; y a esta historia le quedarían dos o tres. El soldado olvidado está atorado por mi falta de inspiración pero estoy segura que si logro terminar este, me mudaré al Soldado para evitar al Vigilante jaja

Realmente me gusta esta historia, es mi favorita, y le empecé a escribir una a continuación, que supongo será un LongShot porque ya estoy en retirada de este fandom, aunque quién sabe, quizás Super me traiga de vuelta, aunque lo dudo.

Muchas gracias a los reviews que recibí en el capítulo anterior, espero no haberlos fallado tanto ni tampoco seguir fallándoles.

Se despide esta humilde servidora, RP.