El repartidor de carne
Capítulo 7: "La cocinera"
El príncipe heredero puso todo su esfuerzo en destrozar lo que se le interponía en el camino y había dejado una estela de escombros y piezas astilladas por donde había pasado, sin que nadie intentara detenerlo. Sus sirvientes habían aprendido a hacer ojos ciegos y oídos sordos ante la presencia de la familia Real, y eran realmente buenos si se volvían estatuas. Nadie movía un músculo aun cuando Vegeta lanzaba objetos o maldiciones a centímetros de los centinelas. Sólo su guardaespaldas y su más acérrimo servidor quería calmarlo dentro de lo posible, pero la noticia de que ese asqueroso Repartidor de carne y sus compañeros inútiles habían sobrevivido para ver otra etapa de su propio Torneo, y que contaba con la aprobación de muchos de los guerreros, le descomponía el ánimo.
—¡Les ordené que encontraran la forma de descalificarlos! —vociferó el heredero mientras aventaba una escultura de la Diosa de la Luna, un artilugio robado por su propio padre desde uno de los planetas que había destruido en su juventud y que lo exhibía en los pasillos del Palacio como unas de sus tantos botines de guerra—. ¡Se los ordené! ¡Les dije que ocultaran los amuletos y que pusieran un número mínimo en ese planeta de mierda!
—Lo hicimos pero los encontraron de todas formas —explicó Nappa con serenidad—, pero fueron otros los equipos que cayeron en las trampas.
—¡Le dije a mi padre que ese planeta era demasiado dócil para esa prueba! ¿Es que acaso el Repartidor se topó con una de sus criaturas carnívoras? —Napa meneó su cabeza en forma negativa y la garganta de Vegeta liberó un grito que pudo haberle desgarrado las cuerdas vocales a cualquiera—. ¿Por qué, Nappa? ¿Por qué ese equipo tuvo que pasar a la tercera etapa?
Al fin, una ráfaga de tranquilidad tomó posesión del rostro duro del príncipe al entender que no era una mera coincidencia.
—Los equipos que quedaron eliminados eran los que eligió por error esa sacerdotisa, no era una sorpresa —explicó él la noticia buena, la mala era un tanto más amarga—. Por otro lado, el Rey ordenó que el equipo del Repartidor pasara a la otra etapa porque sabía que su eliminación sería algo que desalentaría a los asistentes —«Son demasiado populares para quedar descalificados», fue lo que en realidad significaban esas palabras—. Pero el Rey lo hizo para que el Torneo fuera más atractivo, además una vidente le ha anunciado que usted sería el ganador. No hay duda de ello.
«Una vidente» fue lo que sus labios repitieron con desconcierto antes de que el príncipe más temible de todos soltara una carcajada fingida, demasiado falsa para ser real.
—¿Es una broma? —Si bien era el príncipe heredero el que preguntaba, Nappa no consideró necesario responder—, ¿una vidente? ¿Es que mi propio padre duda de que venceré?
—No —dijo enseguida el calvo, no queriendo que una idea así envenenara la mente de Vegeta—, dijo que lo había preguntado después de percatarse de la popularidad de ese vendedor de carne.
—¿Y qué si a la estúpida muchedumbre le gusta ese equipo de pacotilla? —La voz del príncipe se volvió ácida de pronto, provocándole un escalofrío a los centinelas más cercanos—. Solo son un soldado expulsado de mi escuadrón, un repartidor de carne y una cocinera…, es obvio que a los idiotas les gustan los idiotas, se sienten identificados. —Hizo una pausa cuando su propia frase le levantó el ánimo—. Cuando gane mi propio Torneo y los venza en combate si es que llegan a la final, ya van a ver quién es el verdadero competidor aquí.
El príncipe se dio media vuelta y comenzó a caminar otra vez, sin destrozar ni maldecir al aire, totalmente templado. Nappa se quedó un par de pasos atrás, a sabiendas que el heredero iría a despacharlo enseguida. Su ánimo se agriaría nuevamente cuando se encerrara en la soledad de sus aposentos.
—Hay algo que no logro entender —dijo Vegeta sin dar vuelta la cabeza—, ¿qué fue lo que le sucedió a la sacerdotisa para que eligiera mal a los equipos? Pensé que se los había aprendido de memoria…, ¿ya la sacrificaron o sigue con vida?
—Sigue viva —respondió Nappa sin saber si aquello era bueno o malo.
—Bien —dijo enseguida Vegeta—, quiero que la traigan ante mí —continuó Vegeta al detenerse en la mitad del pasillo—. Quiero saber por qué están compitiendo los equipos equivocados en mi Torneo.
La Taberna de Gine se había vuelto más festiva y la clientela había aumentado notoriamente después de que la popularidad de su hijo menor hizo furor entre los guerreros. Sus arcas de riquezas se habían abultado mucho y la necesidad de Bardock de salir al espacio exterior disminuyó, aunque no se debiera precisamente a su buena economía. Bardock estaba más preocupado de lo usual y sus divagaciones mentales la dejaban fuera de sus atenciones afectivas. Bardock estaba infeliz cuando debería estar eufórico por Kakaroto y Raditz.
Gine suspiró detrás de la barra sin pasar desapercibida por Milk, que aunque fuera una de los festejados permanentes, no dejaba de trabajar porque nadie la tomaba en cuenta más que su equipo y la familia de éstos. Era el anexo y eso no le molestaría realmente si el único que le inspiraba tranquilidad era continuamente separado de ella para ser celebrado por los comensales que le invitaban bebidas y compartían estrategias e historias. Ahora era Milk quien suspiraba y Gine se volteó a verla con una sonrisa cómplice. Más allá, sentado en la barra, Raditz las escudriñó en silencio mientras otro guerrero le hablaba borracho y feliz.
—Pareciera que las dos tenemos los mismos problemas —dijo la madre de los hermanos mientras se acercaba y la rodeaba con un brazo amistoso, señalando con un movimiento de cabeza al menor, a Kakaroto. Ese simple gesto la hizo sonrojar exageradamente. Gine se sonrió—, no te preocupes. Es un secreto que puedo guardar. —Gine hizo un gesto antes de soltarla y se sirvió unas jarras de cerveza para las dos—. ¿Hay algo más que ocupa tu mente? He visto enfado en tu rostro.
—Yo… —Milk hubiese querido confesarse pero Raditz se levantaba bruscamente de su asiento, dejando atónito al borracho y a las chicas que lo vieron acercarse sin decir una palabra.
—Madre —dijo seriamente Raditz antes de mover la cabeza hacia un lado. Gine vaciló un momento antes de asentir y marcharse lentamente pero sin mirar hacia atrás. Raditz entonces miró a Milk con intensidad hasta que ella apartó su mirada sin más y él tomó asiento frente a ella tomando la jarra de cerveza que había dejado abandonada Gine—. Hago la misma pregunta que Gine —dijo al fin y tomó un sorbo contundente de bebida, sin quitarle la mirada de encima.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Hoy por la mañana —dijo cortante—, te veías asustada. ¿Alguien fue a visitarte durante la noche? —Un dejo de celos se asomó en su voz y Milk se puso a la defensiva.
—¡No! —dijo ella—, y tú me molestas. No tengo por qué estar escuchándote. Somos del mismo equipo, ¿sabes? Sin mí no podrías concursar y lo sabes. Así que trátame mejor, gigante idiota.
Raditz no tomó para bien su arrebato y dejó de beber para pararse de improviso de su asiento, asustando a Milk en el acto. Un grito ahogado que apenas se escuchó lo hizo sonreír un poco pero rápidamente tomó su actitud seria otra vez y extendió la palma hacia arriba en señal de petición. Milk lo miró sin entender.
—Dame la nota —dijo él con mucha seguridad, Milk siguió sin comprender y Raditz movió los dedos impaciente—, dámela, no lo repetiré otra vez.
Milk reaccionó a tiempo y se llevó las manos nerviosas al delantal de cocinera que traía sobre su armadura de guerrera. Le costó más trabajo del necesario encontrar lo que buscaba y le lanzó el pedazo sucio y arrugado de papel sin detenerse a apuntar, pero Raditz atajó el papiro sin problemas y se lo llevó a la cara para leer la letra que era pequeña. Arrugó el entrecejo, entrecerró los ojos y rotó la hoja sin tener éxito, no podía leer aquella cosa pequeña.
Raditz le devolvió el mensaje al instante.
—Léemelo —ordenó secamente y Milk frunció los labios al tiempo que le quitaba el papel de las manos. Raditz no sabía leer la escritura del Templo de la Luna como ella.
—Dice «encuéntrame en el Templo» y nada más —dijo ella guardando celosamente su mensaje clandestino. Raditz frunció la nariz.
—¿Quién lo firmó?
—Nadie, no dice nada más que eso.
Un silencio dejó a Raditz pensativo, más huraño que antes.
—¿Estás planeando escapar? ¡Confiésalo!
—¡No sé quién lo ha mandado! —vociferó Milk mintiendo un poco, si el mensaje estaba escrito con el dialecto del Templo, las posibilidades se reducían a Bulma—. Y no pienso en escapar. Si me escapo sé que moriré. —La dureza de la verdad la hizo temblar de pies a cabeza, pero utilizó toda su entereza para disimularlo.
Otro silencio y Raditz se sentó con los labios apretados, como si estuviera enfadado pero complacido a la vez. Milk se sintió furiosa y más insolente de lo normal.
—Entonces prefieres quedarte aquí con nosotros —dijo al fin Raditz con una sonrisa torcida y Milk se sulfuró.
—En un millón de años querría quedarme contigo.
—Puedo esperar un millón de años —rebatió él, más entretenido y Milk frunció el ceño—, aunque no sé cuánto duran normalmente los humanos ni tampoco lo que duran en esta atmósfera. Quién sabe, quizás acá vivas la mitad que yo. Sería un logro, considerando lo fugaces que son ustedes para vivir.
—¿Sabes? No tengo por qué quedarme hablando contigo.
Y comenzó la huida tomando un jarrón de cerveza para comenzar a repartir entre los comensales que habían vaciado sus jarras, pero Raditz volvió a hablarle.
—¿Cuándo planeas ir al Templo?
—¿Y eso qué te importa?
—Quiero ir contigo, no puedes andar sola por este planeta. ¿Qué ocurrirá si te atrapa algún soldado que esté solo y angustiado?
Raditz hablaba con la verdad, ella no debía merodear por el planeta sin compañía si quería evitarse los problemas.
—Iría con Kakaroto, por supuesto —rebatió Milk poniéndose roja sin poder evitarlo y Raditz frunció el ceño enseguida—. No soy tan tonta como para ir sola.
—¿Kakaroto? ¿Para qué? Ya ves lo que sucede con Kakaroto —Y Raditz se volteó para mirar hacia donde estaba su hermano, celebrado por muchos y muchos más esperando su oportunidad para compartir alguna palabra con él—. Kakaroto es una celebridad ahora, no podrá acompañarte sin que alguien lo detenga en el camino al Templo. Yo, en cambio, no soy tan popular como él y ciertamente tú tampoco. Seríamos dos guerreros incógnitos yendo a darle ofrendas a la Diosa.
Bulma tuvo muchos sueños perturbadores antes de volver a la realidad y la realidad que le mostraron sus ojos lilas parecía una mentira. Se vio recostada sobre una cama cómoda, de esas que había en el Templo y que no valoraba hasta que permaneció varios días en el calabozo del Palacio y otros más en las habitaciones de la servidumbre. Tarble siempre le decía que le buscaría unos aposentos mejores cuando alguien tomara en cuenta sus pedidos, pero al ser el príncipe heredero más improbable, no muchos acataban sus órdenes. ¿Estos serían los aposentos que le había prometido? Si era así, el príncipe que no disfrutaba de la sucesión era bastante generoso.
La habitación era amplia y contenía entre sus paredes objetos que no había visto en ningún lado en lo que había visto del Palacio y decidió que no eran de factura de los nativos de ese horrible planeta. Eran piezas de botines de muchos planetas vasallos y arrasados y estaban acumulados de manera irregular por toda la estancia. No tenían nada que ver entre sí por lo que la habitación parecía una cosa incoherente pero muy imponente. Bulma se habría levantado a observar y a tocar todas las piezas foráneas de no ser porque el príncipe más miserable y poco popular entraba en la habitación. Sin entender por qué, Bulma se sintió más feliz.
—Me alegra que estés recuperada —le dijo Tarble en su tono formal y le sonrió mecánicamente, como si no supiera sonreír—. Estuviste inconsciente por muchas horas.
—Oh —recién Bulma recordaba por qué había estado durmiendo—, el Rey Vegeta…
—Sí, te golpeó muy fuerte, estabas casi muerta cuando te llevé a la enfermería. —Aquella información la hizo temblar—. Pero ya pasó lo peor.
Si bien Bulma intentó ser feliz por eso, tuvo que fingir una sonrisa mal hecha y se decidió a cambiar el tema.
—¿Dónde estamos?
—En mi habitación, te traje aquí para que descansaras sin ser molestada —contestó sinceramente Tarble y a Bulma se le atoró una risa—. ¿Qué es gracioso?
—¿Es que es normal que los príncipes lleven a sirvientas a sus habitaciones para que duerman?
—Lo es, aunque no para dormir —contestó él con un poco de vergüenza. Bulma rio sinceramente ante su cara.
—¿Qué son todas estas cosas? —Bulma cambió el tema y se levantó de la cama de un salto que la hizo marearse notoriamente pero al cabo de un rato estuvo caminando totalmente compuesta—. Son interesantes de una manera extraña.
—Son motines de guerra…, de civilizaciones que ya no existen —contestó y Bulma hizo una mueca de desagrado al percatarse de que esas cosas eran únicas y valiosas porque las manos que las habían hecho eran ahora polvo cósmico—. Creo que son fascinantes en algún modo, me gustaría haber visto todo esto antes de que lo trajeran acá.
—¿No son tuyas?
—No precisamente, son objetos que ha traído mi padre y Vegeta durante años. Las traen para mostrarlas y ya está, no las aprecian. Yo no salgo de misión y si algún día salgo de este planeta será porque mi hermano me exiliará cuando asuma como soberano del universo conocido.
—Bueno, de un trozo pequeño del universo que ustedes conocen. El universo es más grande de lo que piensan, ¿sabes? Y no todo lo controlan, está la Patrulla Galáctica también.
Tarble sonrió sinceramente ante aquel arrebato de realidad y a Bulma le pareció que Tarble era tan opositor de su raza como ella misma. La chica de los pelos lilas abrió la boca para continuar con el tema pero la voz del príncipe improbable resonó antes que la de ella.
—Hay un lugar que quiero que conozcas, si quieres acompañarme.
Los gritos de una mujer resonaron con fuerza dentro de las mazmorras pero nadie se perturbó ni se preocupó por la pobre muchacha que se desgarraba la garganta con cada grito y se callaba solamente cuando se desmayaba, dejando un silencio doloroso para quienes la habían escuchado todo el tiempo. Le echaban agua para que despertaba y comenzaba el ruido otra vez. Era una sinfonía agónica y tétrica.
La sumisa que se encontraba dando bocanadas rápidas y ahogadas sobre el suelo vio cómo el príncipe heredero la miraba a los ojos para pronunciar la pregunta que ya sabía de memoria. Si la sirvienta de la Diosa antes era hermosa, ahora era un trapo desgarbado y golpeado que resultaba nauseabundo a la vista.
—¿Por qué elegiste a los equipos al azar?
—Yo no… —Turles se le acercó a la muchacha con el puño alzado pero esta vez, Vegeta lo detuvo con un ademán en la mano.
—Deja que hable.
—Ha dicho lo mismo todo el tiempo —se excusó Turles cuando levantaba a la alienígena por los pelos y la sumisa sólo se quejó arrugando la cara, sin tener las fuerzas para gritar esta vez.
—Es quizás porque no la dejas terminar —expresó el príncipe heredero con una voz que sonaba conciliadora pero a los ojos de un experto era solamente una trampa. Turles se sonrió sin soltarle el cabello y la muchacha se relamió los labios agrietados como un preámbulo para continuar. Vegeta se levantó de su asiento de espectador y se le acercó mientras destapaba un pellejo que traía en la mano para darle de beber. El príncipe fue muy gentil con ella y la mujer sonrió con un destello de esperanza en los ojos—. Habla.
—Yo no elegí —dijo ella y Vegeta arrugó el entrecejo, aquello no tenía sentido y la muchacha lo sabía—. Yo no fui la que los eligió, fue otra. No fui yo, lo prometo.
Vegeta suspiró cansado, totalmente seguro de que aquella respuesta no era más que una forma de salvarse de la tortura, de eximirse de sus culpas.
—Fuiste tú, lo sé, te eligió tu superiora. Te dimos los equipos y te memorizaste las caras —dijo severamente y a la muchacha se le borró la sonrisa al instante—. ¿Por qué elegiste mal a los equipos? ¿Es que te olvidaste de tus órdenes?
La sacerdotisa negó con la cabeza y Turles la zamarreó con fuerza para que dejara de moverse, incluso el simple hecho de negar era un crimen.
—Fue otra chica —reiteró y Vegeta se alejó con los ojos en blanco, dándole luz verde al hijo ilegítimo de Bardock para que continuara con su tortura—. ¡No fui yo! ¡Lo juro por la Diosa! ¡Ella me amenazó con un cuchillo en el cuello para que no saliera y ella eligió! ¡Digo la verdad! ¡Lo juro! ¡Lo juro!
—¿Y por qué he de creerte?
—¡Porque es verdad! —Turles puso una boca entre sus omóplatos y la aventó al suelo con una patada. La chica gimió un tanto antes de vomitar sangre—. Fue Milk, ella salió en mi lugar y eligió. Milk fue, yo no, por favor.
Tanto Turles como Vegeta se miraron con asombro al reconocer aquel nombre pero dudaron enseguida. La Milk que ellos conocían era una saiyan cocinera, compañera del Repartidor.
—¿Qué fue lo que dijiste? ¿Milk?
—Sí, mi señor, Milk se fugó del Templo junto a Bulma antes de que nos contaran y nadie lo notó. Yo sí y la vi en el Templo cuando me amenazó antes de que saliera. Ella eligió, yo no.
—Eso no puede ser, no existen saiyan que sean sumisas. Ni siquiera una cocinera caería tan bajo.
—Milk no es saiyan, es una humana como Bulma.
—¡Ja! ¡Una mierda de sumisa, un repartidor de carne y un fracasado! —rio divertido Turles pero Vegeta lo mandó a callar con una mirada.
El príncipe había tenido suficiente, aquello no podía ser verdad, esa Milk de la que hablaba la sumisa debía ser otra, no la compañera de escuadrón del Repartidor. No podía ser cierto, su Torneo no estaba diseñado para una humana débil y aun así esa Milk estaba concursando y ganando las pruebas sin problemas. Vegeta no lo hubiese creído jamás si no supiera que la Milk del Repartidor no había volado en ninguna prueba y no era conocida por nadie.
—Mata a la sumisa, ya sabemos lo suficiente —ordenó Vegeta antes de salir de las mazmorras.
Nota de la Autorísima: Esta vez me demoré menos en actualizar y creo que salió, aunque corto, realmente bueno jaja y no es egolatría(?) la última escena no la tenía pensada, sólo la empecé a escribir y chan, salió sola. Me gusta Milk y Bulma en una forma extraña. Y no tengo nada más que decir(?) No me siento muy elocuente.
Diosa de la Muerte: Ahora no tendrás que releer otra vez la historia porque ya está fresquita en tu mente, gracias por seguirme a pesar de demorarme tanto en volver y por tus lindas palabras siempre :)
Kourei no Tsuki: Sé que ya había leído tu review antes pero lo volví a leer ayer y fue como si no lo hubiese hecho antes jaja me sentí realmente muy halagada y agradezco que no seas fantasma ahora(?) Gracias por mencionarme en aquel post y lo siento si te stalkee(?) leerme mencionada me emocionó mucho ajaja
dbgochi: Gracias por leerme, lo siento si la historia te está pareciendo corta especialmente por el capítulo 7 pero ahora siento que no serán dos o tres, sino cuatro capítulos los que faltan, espero que eso te deje más contenta jaja gracias por comentar!
Prl16: Gracias por volver a leerme cuando volví, y sí, esta historia fue pensada como una no muy extensa porque me traumé con mis 45 capítulos del último vigilante jajajaja espero que te guste este capítulo :)
cybergirl: Una persona nueva, hola! Espero que te haya gustado este y sigas leyéndome, gracias por leerme y comentarme :D
No respondo mucho los comentarios porque soy mala haciéndolo pero esta vez sentí que debía hacerlo(?) Soy una autora muy irresponsable y mala jajajaja
Muchos besos, RP.
