El repartidor de carne

Capítulo 8: "No eres el Repartidor"


El humor de Bardock empeoraba con cada jolgorio que se armaba en la Taberna de Gine, el padre del Repartidor cada vez compartía menos con sus hijos y solía quedarse mirándolos desde la entrada de la Taberna como si esperar a que el peligro llegara en cualquier momento.

—Esto no está bien —le decía a su mujer cada vez que estaban solos, cada vez que podía hablarle a soltura sin que nadie estuviera escuchándolos—, un Torneo de Sucesión nunca debería ser así. El príncipe heredero debería ser el favorito. Esto es una ofensa para el Rey.

Gine se atragantó con una risa nerviosa, totalmente opuesta a su opinión.

—Nadie ha estimado al príncipe Vegeta nunca, suele ser irrespetuoso con sus propios guerreros y ya sabes que expulsó a tu propio hijo del escuadrón por ser de Baja Clase… —respondía ella con la ira creciendo—, expulsó a Raditz para poner a ese guerrero bastardo para manchar la reputación de Raditz…, ¡puso a tu bastardo en reemplazo de tu hijo legítimo! ¡El príncipe lo hizo para ponernos en ridículo! ¡Espero que pierda su estúpido Torneo!

Bardock rápidamente miró a su mujer consciente de que ella estaba furiosa, pero el tema lo ponía más furioso a él.

—No es mi bastardo —respondía Bardock siempre que surgía el tema pero ni siquiera él se lo creía a veces.

—¿Y cómo explicas que es idéntico a ti?

El guerrero abrió la boca para volver a replicar pero la esposa se largó sin decir más, incluso había hecho el ademán de golpearlo pero a último momento pensó que no haría daño y sólo un escándalo, por lo que Gine bajó su puño y se fue hacia la barra. Milk, a su lado, intentó hacer caso omiso de lo que acababa de presenciar a lo lejos pero le fue difícil hacerse la ignorante. Pero Bardock tenía razón, los problemas en algún momento entrarían por la puerta principal de la Taberna de su mujer y lo hizo con las figuras del mismísimo príncipe heredero y su escolta más leal a él pero no precisamente porque era su príncipe. Turles compartía con Vegeta lo que los demás no tenían: ambos eran igual de despiadados y una crueldad que saltaba a la vista sin disfraces.

La Taberna que había estado amena momentos antes, se sumió en un silencio sepulcral, tanto que resultaba incluso incómodo quedarse ahí por mucho tiempo más. Nadie, sin embargo, se atrevió a retirarse ni levantarse de sus asientos. Milk abrió los ojos y sintió que una presencia invisible la dejaba paralizada en su lugar al verlo ahí, caminando hacia el centro de la estancia buscando con los ojos a alguien. Gine, a su lado, susurró enfadada.

—¿Dónde está Kakaroto? ¿Lo sabes? —preguntó rauda y la terrícola movió la cabeza negativamente antes de responder.

—Afuera, está afuera. No sé a dónde fue pero no está aquí.

—Bien —dijo Gine mientras miraba a la pareja que seguía mirando a dónde sentarse, como si ninguna mesa o asiento fuera digna de ellos, despreciando todos los lugares que contaban con algún Clase Baja. Gine masculló molesta y tomó una jarra de cerveza para llevársela con ella cuando Vegeta dejara de merodear—. Tú no deberías acercárteles. Es más seguro así.

—Está bien —dijo Milk, más aliviada que agradecida.

Vegeta se detuvo cuando una mesa le llamó la atención y fue aquella que ocupaba el antiguo miembro de su escuadrón, antes que lo expulsara. Raditz lo miró sin bajar la cabeza hasta que el príncipe heredero se sentó frente a él. Turles, en cambio, no tomó asiento y se quedó a las espaldas del príncipe con los brazos cruzados, como una sombra que no se movía ni respiraba, sólo vivía para burlarse del resto.

—Espero que no estés esperando a otra persona para cenar, Raditz —saludó Vegeta con una sonrisa torcida y el gigante negó con la cabeza sin demora.

—En lo absoluto.

—Han llegado a mis oídos noticias perturbadoras, Raditz —dijo Vegeta mientras Gine le servía cerveza. Al ver que ella no tenía intenciones de servirle a su escolta al igual que él, la detuvo con una mano en el brazo y le dijo—: A mi compañero le falta un refresco, mujer, estamos sedientos. —Gine apretó los labios con enfado mientras se negaba a mirar a Turles. Era sabido por Vegeta que ella odiaba al fruto de la infidelidad de Bardock y no desaprovecharía la oportunidad de molestarla.

—Como usted lo desee, Su Alteza —expresó ella sin dejar de respirar muy rápido debido a la rabia. Gine sabía que Vegeta no estaba interesado más en ella hasta ese momento y se volvió hacia Turles para aventarle la jarra de cerveza que había traído y pasársela en las manos de una manera violenta.

Apenas Gine se daba la vuelta para retirarse hecha una furia, las risas insolentes de Turles la detuvieron.

—Gracias, madre —dijo Turles de una manera burlona y Vegeta se rio abiertamente de su ocurrencia. Gine empuñó ambas manos como si no pudiera contenerse y Raditz así lo notó.

—Gine, vete ahora —le ordenó disimuladamente el gigante y se le detuvo el corazón cuando su madre se volteó bruscamente para golpear al ilegítimo con un alarido de rabia. El golpe iba dirigido a una mejilla y Turles parecía estar disfrutando el hacerla enfadar, casi como si quisiera que ella lo golpeara Obviamente esto no ocurrió porque Gine era más cocinera que guerrera y Bardock detuvo su puño a tiempo, llevándosela a rastras de ahí por más que pataleara y diera manotazos al aire implorándole a su marido que la soltara, que ya había tenido suficiente y que Turles se lo había buscado.

El espectáculo dado por Gine hizo reír a los dos recién llegados como si se tratara de una comedia pero no hizo más que tensar el ambiente e invitando a los primeros comensales a retirarse silenciosamente del lugar. El príncipe Vegeta era una maldición para esa Taberna y era sabido por todos que sólo venía a agitar las cosas y buscar problemas.

—Qué familia más ridícula —expresó el príncipe heredero en voz alta y Turles asintió tomando un gran sorbo de cerveza, sin importarle que derramaba líquido por las comisuras de su boca y ensuciaba su uniforme—. Eres el digno hijo de un Clase Baja y una cocinera, Raditz, te felicito —rio y Raditz siguió mirándolo sin comprender qué era lo que quería—. Milk, la cocinera que pusieron en su equipo también es una guerrera…, bastante peculiar.

—Es prima de mi madre, Gine. Familiar…—se animó a decir escuetamente el gigante mientras tomaba un sorbo nervioso de cerveza.

—Ah, sí, sí, eso me han dicho —dijo el príncipe heredero, echándose para atrás hasta que topó con el respaldo del asiento—, pero por curioso que suene, por más que investigué no encontré a un solo soldado que la conociera, Raditz. No encontré absolutamente nada. Lástima que no contemos con registros de todos nosotros, ¿no? —Si había color en el rostro de Raditz, ciertamente lo había perdido y por más que había intentado disimular la sorpresa, su palidez hablaba otra cosa. Vegeta se rio para sí y Turles torció una sonrisa vanidosa cuando Raditz bajó la mirada—. Bueno, sí encontré algo…, una sumisa dice que Milk era una de ellas y que se fugó pero no creo que tú ni tu hermano hayan colado a una humana débil a mi Torneo, no son tan estúpidos… Tu cocinera me parece lo suficiente saiyan en lo físico aunque no recuerdo haberla visto pelear decentemente ni siquiera volar. En fin, mi visita aquí no ha sido para hablar de una guerrera simplona e inútil con la que andan en mi Torneo, morirá seguramente de aquí a la próxima prueba…—«¿Qué quería decir con eso?» —. Es de otro que quiero hablar ahora —Vegeta jugó con su jarra de cerveza con indiferencia—. Sí, tu equipo es uno de los favoritos —dijo Vegeta para sorpresa de Raditz, mientras se enjuagaba esa frase con un sorbo de cerveza como si le hubiera dejado un mal sabor. Turles, a su lado, se permitió reír una carcajada histérica—, el equipo del Repartidor —añadió Vegeta con un tono ácido y levantó sus pupilas para encontrar las de Raditz—. Tu hermano, el Repartidor, es el preferido, me atrevería a decir. Es más, por donde voy me hablan de él como si fuera el príncipe heredero —y se levantó del asiento de la taberna súbitamente, Raditz comprendió que eso sería el final de su fugaz encuentro—. Pero de ti, Raditz, no habla nadie. —Vegeta se sonrió de lado para luego voltearse a su secuaz—. He tenido suficiente, Turles. Vámonos.

—Como quiera Su Alteza —respondió su hermano ilegítimo de una forma muy insolente y se fueron del lugar sin que Raditz los mirara alejarse. La vista oscura del gigante estaba clavada adonde Vegeta había estado sentado, frente a él, para dedicarle esas breves pero venenosas palabras. Había acudido a él por una sola razón y estaba clara, había apelado a su orgullo de guerrero y ciertamente lo había herido profundamente. Sin embargo, todo lo que había dicho era cierto, nadie hablaba de Raditz, sólo habían elogios para el Repartidor y su equipo. Ya no los presentaban como el Equipo de Raditz, sino que de Kakaroto, y los jolgorios que se armaban espontáneamente en la taberna de Gine no eran para él ni para Milk, sino que solamente para su hermano menor.

Ante la salida de Vegeta y Turles, la Taberna quedó tan desierta como lo estaba antes del Torneo de Sucesión; el sabor de la cerveza se había vuelto agrio en la boca de todos y la carne ya no era apetitosa. Gine lloraba, Bardock intentaba consolarla sin éxito y el gigante se retiró hacia las barracas donde se solía alojar antes con la mirada perdida pero tan raudo que parecía una presa en huida. Milk, siendo la única sobre sus cabales en esos momentos, se vio en la necesidad de correr detrás de Raditz para saber qué era lo que lo había espantado tanto y temió por la vida del Repartidor y la suya.

No fue difícil encontrárselo en medio de la oscuridad de las calles de polvo del planeta.

—Espera, Raditz, cualquiera que haya sido la cosa que te haya dicho el príncipe…, no es verdad, es sólo su juego sucio. ¿Vino a recordarte que te expulsó? ¿Que eres un Clase Baja? ¿Qué?

El gigante se volteó a ella con los ojos abiertos, sorprendido de que lo siguiera sin más y que mostrara un poco de preocupación por él. Pero nada de eso iría a disminuir el escozor que le causaban los celos que Vegeta había implantado en su mente. Raditz no era el Repartidor, era un guerrero que había estado en el escuadrón del príncipe hasta hace poco y aún así…

—Vegeta solamente me dijo la verdad.

—¿Acaso no lo ves? ¡Vegeta simplemente fue a nublarte la mente! ¡Está haciendo trampa! —Pero nada de lo que le dijera Milk penetraría en su cabeza, no había nada más importante que su orgullo—. ¡Esto es lo que él quiere! —le gritó entonces cuando supo que no había sido escuchada—. El príncipe quiere deshacerte de ti, alejarte de Kakaroto para que el equipo pierda. ¿Por qué no lo ves?

—Sí lo veo, Milk —masculló dolorosamente él—, pero no deja de tener razón. Tú y yo, Milk, no valemos nada.

—A lo mejor tienes razón, yo no valgo mucho pero tú, Raditz, eres un guerrero de verdad…, sin ti, tu hermano no estaría donde está.

—Deja de mentirte.

—¡No miento!

—Milk, tú y yo… —Se detuvo para delinear con las yemas de sus dedos los labios de la terrícola—. He visto cómo miras a Kakaroto pero sé que él no te mira como querrías…, en cambio, yo sí, te he visto, Milk, pero jamás te das cuenta. ¿Por qué no te das cuenta que Kakaroto sólo planea ganar este torneo?

—¿Acaso tú no?

El gigante frunció los labios con rabia.

—Yo no ganaré este torneo pero Kakaroto quizás lo haga…, pero a mí no me interesa en lo más mínimo si tú me eligieras, Milk. Yo puedo darte lo que él…

—¡Deja esas tonterías! —replicó casi con miedo Milk y se alejó lo que más pudo de Raditz, pero sus ojos la frenaban de salir corriendo—. ¡Soy una terrícola! ¿Acaso olvidaste eso? No soy la guerrera que piensas que soy, además yo…

—Sí eres una guerrera, te he visto, estás en el equipo del Repartidor.

—Estás enfadado, Raditz, por favor. No hagas eso estando así, te arrepentirás después.

—¡Te matarán, Milk! —admitió Raditz tras un arrebato y luego intentó volver a templarse, aunque ya había dejado helada a la humana—. Ellos ya saben de ti, Milk, saben que no eres una saiyan, al menos que no apareces en los registros…, pero conozco a Vegeta. Sé que es más lo que sabe de ti, más de lo que me dio a entender en la taberna. —Las palabras la cortaron como una navaja, mil veces en el cuerpo, y la calidez de una lágrima recorrió la mejilla de Milk sin que ella pudiera reprimirla. Raditz masculló en silencio, sabiendo que la había hecho llorar, que la había atormentado más de la cuenta—. Sé que Kakaroto ya te lo ha dicho pero…, yo…

—No necesito que me protejas —admitió Milk con la voz brusca pero temblorosa—, ya sabía que morir era una posibilidad bastante alta cuando me escapé del Templo. No sé cómo fue que creí que no sería así. Soy una tonta.

El gigante la observó en silencio y con el ceño fruncido, incapaz de encontrar alguna palabra para decir en una situación así. Kakaroto quizás la tendría, él era bueno en todas las cosas aparentemente.

—Podríamos escapar —le dijo al fin sin que eso tuviera sentido para él—, así nadie te matará —continuó—, yo puedo asesinar por paga.

Milk no creía lo que escuchaban sus oídos y se vio riendo como tonta.

—No —respondió después, dejándolo más enfadado que antes—. Nadie morirá para que yo pueda vivir.

Sin tener que decir algo más, Milk se alejó devolviéndose sobre sus pasos para regresar por donde había llegado. Raditz la miró en su fuga, atornillado en el lugar a donde lo había dejado ella y preguntándose si debía seguir su camino, seguirla o volver a la Taberna a hacer como si nada hubiese pasado, porque después de todo, el Torneo de Sucesión era siempre ganado por el príncipe heredero y nada se podía hacer para remediarlo.


Bulma jamás pensó que estar en unas ruinas antiguas y a la luz de una rudimentaria antorcha, se sentiría remotamente romántica. Tarble la había conducido hasta el Templo de la Diosa para desagrado de ella, pero no se dirigieron a darle una ofrenda o a entregarla a sus superioras, sino que la condujo hacia unas escaleras ocultas que estaban cubiertas de polvo y olvido. Éstas iban hacia unas cámaras anteriores a la construcción del Templo de la Diosa y habían servido como cimientos para el nuevo.

El príncipe que no disfrutaba de la sucesión la condujo con antorcha en mano siguiendo pisadas anteriores que sólo podían ser las suyas y bajaron cerca de tres metros bajo el suelo hasta alcanzar la cámara principal que tenía terminaciones erosionadas pero simples, un pequeño altar y una estatua rústica de un hombre de facciones generales e indescifrables. Bulma sintió una opresión en el pecho cuando sintió que había llegado al corazón del planeta, el más profundo y más real que la Diosa que había llegado de otro mundo. La luna era una deidad para la raza pero su religión estaba en otra parte del espacio sideral, Bulma venía de ella, los saiyan simplemente la habían adoptado. El por qué no lo sabía, no se imaginaba la razón por la que aquella raza de conquistadores se había dejado conquistar por otros.

—¿Qué es esto? —preguntó la del pelo lila con los vellos erizados, asustada y confundida—, ¿qué significa esta cámara oculta?

Tarble se dio un tiempo para pensar su respuesta y se dedicó a mirar al pequeño altar ante ellos, Bulma sufrió un escalofrío al darle la espalda a la salida.

—Cuando mi padre aún era joven hubo quienes eran contrarios a él y decidieron hacerle un golpe. Por supuesto que aquello no funcionó, mi padre sigue en el trono, y mataron a todos sus opositores en tanto tuvieron la oportunidad. El asunto es que estos guerreros creían en este Dios benevolente y mi padre decidió adoptar otra religión para no alentar futuros subversivos —le dijo dándole la espalda y caminó hasta el altar a donde la figura masculina lo encaró con ojos de piedra—. Indagué en silencio hasta que di con esa cámara y supuse que es anterior a mi padre. —Tarble dejó la antorcha sobre el altar y la llama sufrió una disminución de su intensidad pero no se apagó del todo. Al fin se dio vuelta y miró a Bulma a los ojos—. Esta es la verdadera deidad de este planeta, Bulma. La abandonaron cuando decidieron que no era lo suficientemente cruel para justificar los saqueos y los asesinatos.

—¿Un Dios benevolente? —preguntó ella con una risa atascada en la garganta, como si no lo creyera. Los saiyan son una raza cruel, pensó como un rezo para no olvidarlo.

—Así es —dijo Tarble con una sonrisa sincera—, aunque no me sé su nombre. Se supone que le otorga más poder a los nobles. —Aquello último lo dijo sin muchas ganas, casi como si le avergonzara.

—Como tú —continuó Bulma con rapidez y Tarble apartó la mirada hacia el altar.

—Llegué aquí y pensé en rezarle —dijo—, pero dudo que me surta efecto. Siempre he sido débil…, pero es bueno saber que él existe.

—La Diosa también existe —aseguró Bulma cruzándose de brazos y el príncipe se volteó a ella con los ojos bien abiertos.

—Pensé que eras atea.

—Lo soy —respondió mientras se acercaba a él y al altar, luego se hincó ante la figura del Dios benevolente y puso las palmas mirando hacia el techo a sus costados—, pero a veces es bueno creer en alguna estupidez. Ven, príncipe, recémosle para que te de fuerzas.


En silencio Milk se acercó a la estatua más grande de la Diosa, mordiéndose el labio inferior y aguantándose las ganas de llorar. Hacía tiempo que no la veía y aunque había veces en las que la odiaba por lo que le estaba haciendo, siempre volvía a rezarle para que la perdonara por sus ofensas. Ahora acudía a ella simplemente para sentirse acompañada. La guerrera humana se desplomó ante ella y tan pronto como sus rodillas besaron la piedra, Milk se puso a sollozar.

—Debo ser la persona más estúpida que tienes a tu servicio —le rezó en silencio—, pero te pido que me des más días de vida para salir de este Torneo. No quiero morir aún.

—No morirás mientras yo esté ahí para evitarlo —le dijo una voz a sus espaldas y el vello de Milk se erizó con un escalofrío. Sin demora, la morena se volteó para encontrarse con el gigante parado detrás de ella y los brazos cruzados. Milk se levantó del suelo mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Ella lo había seguido cuando se había molestado, era un poco extraño que él hiciera lo mismo cuando la situación se revertía—. ¿Viniste a encontrarte con tu mensajero anónimo? —preguntó Raditz al acercarse a donde estaba ella y descruzó los brazos para adoptar una posición de plegaria—. ¿Cómo es que haces esto? ¿Pones las manos así y se te cumplen los deseos?

—No son deseos —aseguró ella casi con indiferencia—, y tienes que tener fe para que funcione. Sólo estás haciendo el ridículo.

El gigante se rio guturalmente dejando sus brazos descansando en sus costados y Milk lo vio por primera vez como alguien amigable, para nada vil como lo era usualmente.

—¿No eres el de mi nota? —preguntó Milk sin sentirse ofendida.

—No —respondió Raditz—, aunque se me hubiera ocurrido traerte aquí para alejarte de Kakaroto, no podría escribir en tu dialecto.

—Quisiera que hubieras sido tú. Eres el único además de Kakaroto que recuerda que existo, no sé quién estaría interesado en encontrarme aquí.

Aquello lo hizo sonreír sinceramente pero por más que fuera feliz, la cara cruel no se le quitaba ni con una sonrisa como esa. Milk se sintió un tanto avergonzada y no soportó sostenerle la mirada con la suya. Raditz, al ver aquella reacción de huida lo hizo acercársele con insistencia, y a ella, a reírse simplemente por el nerviosismo. Parecía que era un juego no tan inocente, uno de cacería y no era desagradable del todo para Milk. Se sintió apreciada, casi querida.

—Entonces —dijo después el gigante mientras daba una mirada panorámica al Templo sumido en la penumbra—, ¿dónde se supone que está el del mensaje?

—No lo sé —respondió ella cuando Raditz comenzaba a merodear por las esquinas, en busca de recovecos o pasajes ocultos por donde pudieran espiarlos—, no decía cuándo ni nada específico —explicó Milk, uniéndosele a la búsqueda pero sólo con los ojos. Nada parecía anormal, era un Templo de piedra y estaba vacío porque ninguno de los guerreros era verdaderamente religioso. Las ceremonias, aunque pocas, eran casi obligatorias y sólo se producían cuando había algún evento especial con la realeza.

—Quizás es alguna clase de broma —decía Raditz cuando terminaba un recorrido por una fila y fruncía el ceño como si algo le llamara la atención, pero rápidamente se desconcentró—, o quizás fui yo quien te escribió la nota para que vinieras aquí —bromeó él pero puso nerviosa a Milk y tuvo la necesidad de apartar nuevamente la mirada. El Templo volvió a sumirse en risas guturales pero suaves.

Y las risas siguieron revotando en las paredes de piedra una y otra vez hasta que se perdieron en un eco perpetuo que llegó hasta los confines del Templo. Aquello fue suficiente para alertar al príncipe que se encontraba en las cámaras subterráneas y subió las escalinatas antiguas sin importarle que sus pasos hicieran notarlo para los dos guerreros que permanecían arriba. Milk se quedó helada cuando comprendió que estaban acompañados y esperó a que Raditz volviera sobre sus pasos para escudarla con su figura y protegerla de quien se les acercaba, pero él no hizo tal cosa y fue directo a la fuente del sonido. Encontró sin problemas el pasadizo oculto y esperó al pie de las escaleras al príncipe que no sucedería al trono con estupefacción. Milk bajó la cabeza en una reverencia y no se percató de que Bulma iba detrás de Tarble como su sombra vestida de blanco.

—Ya pensaba que no vendrían —dijo el príncipe con una sonrisa casi tímida y tanto Raditz como Bulma perdieron el habla por la rareza de la situación.

—¿Cómo es que vendrían? ¿Tú los llamaste? —le cuestionó Bulma en un susurro furioso y Tarble levantó una mano para que se calmara.

—¿Has sido tú quien citó a Milk acá? —preguntó Raditz, fuerte y claro, apuntando a Tarble y luego a Milk para que no quedaran dudas—, o es que fuiste tú, sumisa.

La ferocidad y el porte del gigante asustaron a la del pelo lila y no perdió un segundo en negar con la cabeza. Tenía enfado en su voz y dadas las circunstancias en la que terminó el último encuentro de las humanas, Bulma imaginó que Raditz estaba enojado con ella por el simple hecho de que Milk la había abofeteado a la vista de todos.

—He sido yo, Raditz —dijo Tarble, paciente—. No hemos venido para nada malo, tienen mi palabra.

—¿De qué se trata? —rebatió nuevamente Raditz, dándole una mirada a Milk e indicándole con un ademán para que se le acercara. La humana lo hizo tal como se lo ordenó pero no por eso dejó de estar desconfiada.

—Mi hermano Vegeta —precisó Tarble con un tono triste, como si estuviera dolido—. Realmente creo que tu equipo puede resultar ganador y creo que no soy el único que quiere que eso suceda. Sé también que Vegeta está tomando a pecho su popularidad y que hará trampa, lo hará siempre que se sienta amenazado. —Luego miró a Bulma y ella le dedicó una mirada enfadada, molesta porque no le había informado de ese encuentro—. Bulma me ha dicho todo de ti, Milk. Sé que eres una humana pero que naciste con los colores de un saiyan y por eso pudiste infiltrarte como tal en el Torneo. Si Vegeta se llega a enterar que…

—Ya lo sabe —lo interrumpió Raditz—, fue a verme no hace mucho —dijo—. Todo lo que dijo…, me lo insinuó. Sabe que Milk era una sumisa.

La conversación se detuvo por unos latidos de corazón. Milk tuvo un escalofrío cuando se enteró y tanto Bulma como Tarble abrieron sus ojos en sorpresa.

—¿Qué? —sollozó Milk al tiempo que se tapaba la boca y se desmoronaba a un lado del gigante. Bulma no dudó en ir hasta ella para abrazarla y para su sorpresa no la golpeó ni la alejó.

—Te ayudaré, Milk —le dijo la del pelo lila—, el príncipe Tarble también quiere ayudarte. Sobreviviremos a esto, ¿sí?

Pero la morena no respondió, sólo se quedó entre sus brazos mientras la otra le acariciaba el pelo y la mecía suavemente. Raditz las miró con el ceño fruncido y tras unos instantes de pensárselo, se dirigió a Tarble sin miramientos.

—Hagan que ella vuele —replicó como una orden cuando llegó hasta el príncipe. Tarble lo miró confundido y algo ofendido por su cercanía—, hagan que Milk vuele y Vegeta la dejará tranquila, al menos por un tiempo. Ya se le ocurrirá algo para descubrirla pero por mientras…, hagan que vuele.

—Yo podría hacerlo —repuso Bulma mientras se incorporaba y los hombres se voltearon hacia ella; Milk la miró de soslayo con el ceño fruncido—. Construiré algo que la eleve por el aire y será discreto, lo suficientemente pequeño para permanecer oculto. Nadie notara la diferencia.


Nota de la Autorísima: Seré breve porque se me acaba la batería del computador. No tengo fb porque me lo borró el fb así que lo volveré a abrir cuando se me ocurra un pseudónimo creíble(?) en realidad no lo hago por floja. Este va para ti, Diosa de la Muerte ;)

Besos, RP.