Capítulo 10: "No como ellos"
Bulma se paseó por la habitación privada del príncipe menor cuando Tarble acudió a la puerta. La chica del pelo lila se sobresaltó ante su llegada y no pudo componerse de los nervios que la estaban inquietando. Había una piedra en su estómago y un hielo en su corazón por Milk. La morena no había logrado controlar su prototipo para volar a tiempo y necesitaba de Bulma para que la ayudara a controlar el vuelo mediante un control remoto que podía manipular con sus dedos. El problema era que estarían separadas a una distancia gigantesca y aunque Bulma la viera atentamente desde el Estadio de Vegeta, lo que viera Milk en el planeta donde ocurriría la última etapa no podría verlo Bulma directamente, por lo que intentar ayudarle podría incluso perjudicarla.
—Pronto todo esto acabará —prometió Tarble como si eso fuera a calmarla pero Bulma se estremeció pensando en cómo acabaría todo para Milk considerando sus posibilidades.
—¡Si tan sólo hubiera tenido más tiempo…!—Pero no lo había tenido, Milk necesitaba más entrenamiento con los propulsores que Bulma había construido sobre una armadura de guerra y que eran activados por dispositivos ocultos en las palmas de sus guantes—. No pude hacer el control de calidad, no sé en qué condiciones el prototipo fallará…
—Con la ayuda de la Diosa y el Misericordioso, Milk sabrá qué hacer —rezó el príncipe con tranquilidad y Bulma ahogó un grito sin poder controlar su ansiedad.
—¡La Diosa! —exclamó Bulma sin creérselo—. ¿Qué ha hecho Ella por mí o por Milk?
Como si el griterío que había armado Bulma dentro de la habitación hubiese sido lo suficientemente poderoso, un objeto se precipitó al suelo en el rincón más oculto de donde las pilas de trofeos de guerra comenzaban a atiborrarse. El primer pensamiento de Bulma fue que lo había botado una rata y su mente se quedó en blanco cuando Tarble avanzó a paso tranquilo hacia el objeto. La sumisa apenas se le unió a la marcha cuando el príncipe se volteó para enseñarle el abanico que no tenía ni una rata ni nada en especial. Era como una reliquia terrestre.
—¿Qué es eso? —preguntó la sumisa un tanto asustada y Tarble se encogió de hombros.
—Lo que cayó —dijo simplemente y le dio la vuelta al mango del abanico con forma de mariposa. Además de raro, no tenía nada sobrenatural más que el polvo pegado por el desuso—. Tus gritos debieron haberlo perturbado.
Bulma se ofuscó enseguida y le arrebató la baratija con rabia para aventarla lejos, pero lo que hizo el abanico los dejó sin aliento en el acto. Si Bulma había querido destruirlo, ahora no quería acercársele ni un ápice. Al caer, el abanico en forma de mariposa había soplado un viento gigantesco que había logrado romper un cuarto de los aposentos del príncipe sin problemas. Sin recuperar aun el aliento, unas alarmas sonaron a lo lejos y Bulma temió que fueran a descubrirlos.
—Vendrán a ver lo que ha pasado —avisó Tarble sin moverse de su sitio, como si estuviera preguntándose cómo explicaría que había roto parte de sus habitaciones.
—Oh, mierda —musitó Bulma mientras se acercaba corriendo a la cama destruida, le daba un puntapié al abanico y lo desaparecía de la vista al dejarlo bajo lo que quedaba del colchón. Luego se subió la capucha blanca para que su cara quedara cubierta de los ojos ajenos, se levantó el vestido y rasgó parte de la tela con mucha dificultad—. No te quedes parado ahí, ¡ven a ayudarme! —ordenó la humana y el saiyan obedeció sin demora. Tarble rasgó lado a lado su vestido y gran parte de sus piernas quedaron descubiertas, Bulma no quedó contenta con el resultado y se destrozó una manga antes de tomarlo de los hombros para acercarlo a su cuerpo—. Vamos, bésame, haremos que los guardias se vayan enseguida —dijo guiñándole un ojo pero Tarble tuvo objeciones mentales—. ¡Vamos, Tarble! ¡Ustedes son la raza más cruel del universo conocido! Supongo que es corriente que destruyan sus aposentos en situaciones como estas —espetó ella para animarlo pero el silencio intranquilo de él la hicieron enfadar—- ¿Es que acaso no has besado jamás a una chica?
—Yo…
—¡Oh, mierda! ¿Es que acaso tengo que hacerlo todo yo? —exclamó ella mientras se daba ánimos y lo besaba tiernamente en los labios, ignorando el hecho que tenía que agacharse un tanto para alcanzar sus labios. Tarble se estremeció ante el tacto y Bulma apresuró las cosas a una velocidad inimaginable cuando se abrazó de su cuerpo y se lanzó de espaldas a la cama deshecha por el abanico, totalmente entregada.
Tarble aterrizó sobre ella con la incomodidad de un felino, de cuatro sobre ella sin aplastarla, y Bulma lo atrajo más hacia ella con un abrazo mientras se quejaba por las astillas que se habían enterrado en su espalda sin remedio. Fue en ese momento cuando los guardias entraron haciendo estallar las puertas de acero y Tarble se incorporó malamente de la cama para observarlos con la somnolencia de un amante.
—¡Príncipe! —dijeron en primera instancia y luego la visión los calmó—. Pensamos que había sido atacado…
—No…, en absoluto —jadeó Tarble intentando calmar su respiración entrecortada debido a la sorpresa y a la excitación—. Pueden irse. Ahora.
El chisme sin duda iría a parar a los oídos de su padre y hermano, y aquello lo hizo dar una maldición silenciosa. Tarble se acercó a las puertas para cerrarlas tan bien como pudo y Bulma se incorporó quejándose de su espalda.
—Haré que traigan ropa nueva para ti… —musitó silenciosamente el príncipe casi con culpa pero Bulma se arrojó al suelo para recuperar el abanico con forma de mariposa.
—¡No me interesa la ropa! —gritó ella al tener en su poder el abanico y acariciar el mango con su dedo pulgar—, debemos hacerle llegar este abanico a Milk, ¡le será de mucha utilidad! —dijo Bulma, feliz. Sus ojos captaron una escritura tallada en el mango del arma y lo leyó con dificultad, ¿por qué podía entenderlo?—«Bashō Sen.»
Vegeta entró al estrado principal del Estadio con una mueca de felicidad en su rostro. Su padre, el Rey, se vio asombrado de tenerlo presente cuando debía estar en otro lado muy distinto, después de todo, pronto comenzaría la tercera etapa y última del Torneo de Sucesión antes de la gran pelea final que daría por finalizada esa festividad. El príncipe heredero se rió disimuladamente ante su progenitor, totalmente consciente de lo que pasaba por su cabeza, pero qué importaba si él tenía la facultad de hacer y deshacer lo que quisiera, y buscó en el palco la mirada de los demás comensales que disfrutaban del privilegio de ver el Torneo junto al Rey.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó de pronto al no verlo presente y se sentó en el trono pequeño de Tarble al verlo vacío. Luego tronó los dedos para llamar a una sirvienta que tenía en una bandeja de comida en sus manos.
—¿No deberías estar en otro lado? ¿En el planeta que se les asignó? —El Rey luego buscó la presencia de su séquito y no encontró a nadie escoltando a su hijo—. ¿Dónde están Turles y Broly? ¿Es que acaso los mandaste solos para cumplir con la etapa?
—¿Por qué no te limitas a responder lo que pregunté primero? —respondió con disgusto y desprecio—. Pregunté dónde está Tarble.
Nadie comprendió su inesperado interés por su hermano menor.
—¿Por qué?
—Responde.
El Rey suspiró profundamente.
—Debería estar por llegar.
Una sonrisa mordaz adornó el semblante de su hijo predilecto.
—¿Tan entretenida es esa sumisa?
Ahora era claro para el Rey y se preguntó porqué no lo había notado antes. Desde que eran pequeños, Vegeta ganaba la atención de todos sin molestarse debido a la debilidad de Tarble y su mala reputación como guerrero. Si Tarble llegaba a ganar un poco de notoriedad por alguna cosa entonces Vegeta se hacía notar para que ese evento peculiar de su hermano menor quedara nuevamente en el olvido, y eso también aplicaba con todo aquello que Tarble quería. Si el heredero sin sucesión al Trono gustaba de la compañía de la sumisa, bueno…, era obvio que él quisiera quitársela.
—Sólo sé que dice leer el futuro con la lectura de manos pero personalmente creo que es una charlatana —comentó el Rey para disuadir al príncipe de su afán de tener a la sumisa—. Nada de lo que ha dicho se ha cumplido y creo que a ti mismo te dijo una barbaridad —dijo—. Su apariencia tampoco es de mi agrado pero quizás Tarble sienta una fascinación por los colores llamativos de cabello. Es natural que un mal guerrero no desee a una guerrera a su lado y busque a una sabandija.
Pero para Vegeta el comentario de su padre ya comenzaba a ser aburrido. El guerrero formidable se sentó malamente en el asiento de su hermano menor y frunció la boca y el ceño, colmando la paciencia del Rey.
—El espectáculo está por empezar, Vegeta. Vete antes de que el equipo del Repartidor se te adelante —dijo el soberano con la intención de hacer enfadar al príncipe pero él simplemente se rio burlonamente.
—Ni en un millón de años… —murmuró mientras se levantaba del trono en el momento en el que Tarble y Bulma entraban al estrado. Ambos se detuvieron en el acto y evitaron contacto visual mientras Vegeta emprendía la retirada—. ¡Hermano! Querido hermano… —dijo al pasar a su lado y su voz fue dulcemente venenosa—, espero que estés atento a mi espectáculo —continuó mientras ponía un brazo sobre un hombro de Tarble y el peso de su fuerza lo hizo flaquear—, será la última vez que verás al Repartidor con vida, asumo —rio y posó sus ojos negros en Bulma quien apartó la mirada pero que él la obligó a verlo con una mano bajo su quijada—. Y la de la cocinera que finge ser una guerrera…—le dijo Vegeta y le apretó las mejillas hasta que sus labios se fruncieron. Luego la forzó a que volviera la mirada hacia la arena del estadio—. Quiero que los dos lo vean bien, cada detalle…
Y sin más se fue, dejando adolorida la cara de Bulma que hizo todo su esfuerzo por permanecer estoica pero falló sin poder evitarlo. Tarble, en cambio, apretó los puños sintiéndose completamente inútil.
Raditz tragó saliva mientras el panel frente a ellos les avisaba que estaban próximos a aterrizar sobre el planeta junto a su descripción. Era una formación rocosa de vegetación escasa, mucho nitrógeno en su atmósfera y una gravedad similar a la suya. Habitantes: 7.983 seres. Habilidades de pelea: Precaria pero ágil, propensa a usar el camuflaje físico y térmico para ser invisibles a los radares convencionales. Misión: Encontrar la aldea más próxima y destruirla. Necesidad de rehenes: Ninguna.
—Todos estaremos juntos —avisó con amargor y Kakaroto se le acercó atraído por la curiosidad, casi nada de su camaradería quedaba ya a esas alturas. Su hermano menor seguía enfadado con él por lo que había hecho con Milk—. Los tres equipos restantes, todos estaremos en el mismo planeta —detalló y puso un dedo en el panel para indicarle las posibles posiciones de los otros dos equipos. La suya era la más alejada, para su suerte—. Me preguntó qué estará planeando Vegeta con esto —murmuró Raditz después, sintiéndose nervioso por esa supuesta ventaja. Si estaban lejos de los demás equipos entonces serían los últimos a los que se volverían en contra.
—Probablemente nada bueno —afirmó Kakaroto, guardando las distancias. Raditz se cruzó de brazos y apoyó el mentón sobre una de sus manos, dubitativo.
Milk se acercó a los hombros con inseguridad pero no dijo nada, sólo se limitó a mirarse las botas negras sintiéndose irremediablemente asustada. La chica del grupo se encajó el rastreador verde en una oreja y lo activo para que comenzara a mostrar lecturas. Milk no lo usaba más que por protocolo porque no entendía las letras alienígenas, pero le era útil para apuntar una fuente de energía considerada como digna de leer por el rastreador. Si llegaba a tener muchos caracteres amontonándose a la derecha entonces era fuerte y ella debía temer.
—Faltaran sólo unos minutos para llegar —dijo Raditz mirando un panel de los tres que les proporcionaban información, intentando obviar alguna interacción con Milk. Esa había sido una orden de su padre y aunque Raditz no se consideraba un hijo obediente, esta vez estaba de acuerdo con él. Milk ya estaba en cierto modo tomada por su hermano menor y su orgullo se había visto mancillado. Ya tenía el equipo entero bajo su sombra, también tenía a la mujer que él quería para sí—. Cuando lo hagamos, nos aproximaremos por aquí —apuntó el lugar con el dedo índice sobre la pantalla—, los aldeanos no deberían saber que llegamos porque llegaremos todos los equipos juntos, así que las alarmas de los ataques en los otros lugares no servirán de mucho —continuó con algo de gusto—. El ataque será por el aire, destruiremos un par de edificaciones y comenzarán a atacarnos. Kakaroto —dijo, llamando la atención del menor. Cuando hubo contacto visual, Raditz ordenó: —Tú te encargarás de matarlos, en tanto Milk se encargará de los más débiles —dijo, esta vez sin molestarse en mirarla, era como si ella no estuviera ahí para recibir las órdenes—. Mujeres, niños. Cualquiera de los que no opongan resistencia, los matarás.
Pero cada célula de su cuerpo se detuvo en tanto escuchó lo que debía hacer. Matar. Jamás en su vida había matado a alguien, quizás animales en el pasado pero sólo cuando había que comer. A un igual, en cambio…
—No creo que pueda hacerlo… —dijo Milk con un temblor en su voz—, jamás he matado a alguien…
—Es fácil, le tomarás el ritmo rápido —respondió Raditz, permitiéndose mirarla a los ojos—, Kakaroto tampoco lo ha hecho pero…
El gigante se interrumpió a sí mismo cuando vio las expresiones de sus dos compañeros de equipo.
—¿Qué les pasa?
—Esto se suponía que es un Torneo —replicó Kakaroto, su enojo brotándole de nuevo—, un simple Torneo de peleas...
—Y esto es parte del Torneo, todos mataremos alguna vez —dijo Raditz, frunciendo la nariz—. ¿Qué crees que pasaría cuando salieras de misión? ¿Eres estúpido acaso? ¡Matarás porque yo te lo ordeno! Lo siento si querías que tu primera vez fuera tierna y memorable, pero te aseguro que lo olvidas con el tiempo. Yo apenas recuerdo a mi primero.
Dando por terminada la discusión, Raditz les dio la espalda y esperó el aterrizaje a un paso de la compuerta de salida. No se escuchaba más que el silbido de la nave al entrar a la atmósfera del planeta, la respiración furiosa de Kakaroto y el llanto amortiguado de Milk. El gigante no lo podía entender, estaban a punto de ganar el pase a la batalla final en el Estadio del planeta contra el equipo del mismísimo príncipe heredero, estaban a un paso de la gloria y sus dos compañeros se habían acobardado por un puñado de aldeanos que todavía no veían. Podrían ser un pueblucho de puercos y aún así se estaban negando.
—Si alguno de los dos no quiere ir —les dijo sin darles una mirada, supo que ambos estaban atentos porque se habían callado—, que se quede en la nave. No pienso dejar que lo arruinen sólo porque se acobardaron.
En un latido del corazón habían aterrizado, y al cabo de dos latidos más, Raditz había desaparecido de la nave en tanto la puerta se había abierto.
Kakaroto miró el exterior con recelo y se encaminó hacia afuera tomándose de las paredes de la nave con lentitud. Todavía no habían comenzado los ataques porque todo se notaba calmo, peligrosamente silencioso. Milk fue la primera en entrar en razón.
—¿Qué harás…? —le preguntó presa del miedo—. Yo no creo que pueda hacerlo…, jamás he asesinado a alguien… —Una explosión lejana los hizo tensarse al punto de saltar como gatos asustados. El hipo del llanto de Milk se esfumó por la impresión y el calor de la ola expansiva les calentó las mejillas con una pasividad que les quitó el aliento. Estaba pasando muy lejos y aun así ellos sentían el cosquilleo de la muerte de alguien más a manos de Raditz. Muy pronto más explosiones hicieron eco de las demás masacres y los temblores que remecían sus pies eran una sinfonía espantosa que los hacía perder el pulso de tanto en tanto—. Kakaroto…
—No puedo permitir esto… —susurró el Repartidor cuando una lágrima solitaria le resbaló sin saber si era a causa de la pena o el calor de la explosión que había causado estragos en sus ojos—. Esto se supone que es un Torneo, no una matanza…
—Esto es lo que tu raza hace —le dijo Milk como si fuera la primera en revelarle ese espeluznante secreto—, destruyen planetas para venderlos o para apoderarse de lugares estratégicos. Eso es lo que hicieron con mi planeta… —le confesó Milk cuando otra explosión los remecía dentro de la nave. Kakaroto la miró a los ojos mientras fruncía los labios y le acariciaba el pelo, incapaz de perdonar a sus semejantes por lo que le habían hecho a ella.
—Yo…, yo creo que jamás me puse a pensar en lo que hacían cuando se iban…, a mí solamente me gusta luchar —admitió casi con culpa y luego contempló el horizonte enrojecido por las lenguas de fuego que lamían el cielo. Milk lo obligó a mirarla con una mano sobre su mejilla y él pego su frente contra la suya, temblando por el miedo que sentían por la destrucción lejana—. Quizás sí soy el tonto que dicen que soy. Lo lamento… —Y estaba llorando, ¡por la Diosa! Si alguien lo viera en ese momento…
Kakaroto ocultó su rostro de las cámaras que estaban adosadas en las paredes de las naves para limpiarse las lágrimas, pero nada pudo hacer para evitar que dejaran de salir. Seguramente todo el Estadio y más allá se estaban burlando de él por su cobardía y sentimentalismos..., daba gracias porque al menos no oían bien lo que decían porque Milk había confesado que no era la guerrera que creían que era.
—No, eres más grande de lo que crees que eres —dijo Milk, tranquilizándose entre el llanto y compuso una sonrisa cuando lo notó sonreír ante su comentario—, el Repartidor de carne y no eres como ellos…
Milk deslizó su mano sobre la mejilla de Kakaroto, ya no necesitando hacer que la mirara, pero cuando quiso retirarla, el Repartidor la tomó con una de las suyas y la miró intensamente a los ojos.
—No, no soy como ellos…
Nota de la Autorísima: Hola, mucho tiempo sin actualizar ni publicar nada. Sé que desaparezco por mucho tiempo y que lo hago muy a menudo, pero juro por the old gods and the new, que esta historia tendrá final porque es la que más amo escribir de las que tengo inconclusas, y sí, queda poco para que termine. Muchas disculpas a mis lectoras, espero que entiendan que estoy en retirada de esto de ser fanficker.
Lo dejé hasta ahí para concentrarme en lo que queda de la etapa, y que ya se ve, será un punto de quiebre. Espero que les haya gustado de corazón.
Gracias a los reviews de Diosa de la Muerte, Usuario865, dbgochi y Prl16 en el capítulo 9.
Besotes, RP.
