Nunca recuerdo cómo era el formato con el que presentaba los capítulos anteriores y soy floja, blame me xD
Capítulo 11
"¡Fracaso!"
Bulma buscó sin éxito en las pantallas que transmitían en directo el transcurso de la tercera etapa del Torneo de Vegeta y se enterró las uñas en las palmas de sus manos con el mismo temor que mostraban los aldeanos que morían en manos del equipo del príncipe, de la guerrera Pepper y de Raditz, pero no había ninguna señal de Milk o del Repartidor. Los guerreros presentes en el Estadio también lo hacían notar y muchos comenzaban a abuchear desde sus butacas, sin importarles en lo absoluto que el Rey y sus más cercanos generales estuvieran ahí mismo, en el estrado real. El Rey hizo tronar sus dedos cuando se escuchó el llamado al más popular contendiente del Torneo y del que no habían mostrado más imágenes de las que habían mostrado al momento del aterrizaje y su emotivo acercamiento con su compañera de escuadrón.
—¿Por qué no muestran al Repartidor?—se escuchó muy cerca de la tarima real y el Rey no pudo hacerle más caso omiso al favorito de las masas—. ¡El príncipe Vegeta lo quiere censurar! —se atrevió a decir el mismo insolente y el Rey tuvo suficiente de ese provocador.
—¡Que muestren al Repartidor antes de que le crean a ese fanfarrón! —vociferó el Rey a uno de sus generales más cercano y un aludido se retiró del estrado para hacer cumplir la orden. Los demás murmuraron frases afines al Rey para mantenerlo apaciguado mientras mostraban al que las masas querían, porque nada le haría más mal al reino que perjudicar aún más la mala reputación de su hijo, después de todo era el heredero al trono.
—Mi Rey —le llamó uno que tuvo el valor de decir lo que todos pensaban—, no podemos hacer lo que los de Clase Baja y Media deseen. Kakaroto ya tiene la popularidad de la masa y le ha ido bien en todas las pruebas…, pero no puede ganar el Torneo.
—Y no lo hará —dijo rápidamente el Rey—. Ni siquiera si los de Clase inferior lo deseen. Si llegan a la última etapa y pelean contra Vegeta, la plebe verá enseguida que el estilo de pelea de Vegeta es infinitamente más elegante y apropiado para un guerrero que el de un simple Repartidor del Distrito de la Carne. Después de todo, Vegeta es el príncipe heredero y Kakaroto es un Clase Baja que jamás ha salido del planeta y seguramente ha entrenado toda su vida en la cocina junto a su madre la cocinera —culminó el Rey con un desdén que hizo recordar a Bulma que estaba enfadada, además de estar muerta de miedo.
«—Ya verás, infeliz —pensó ella mientras fruncía los labios—, el Repartidor le dará una paliza a Vegeta —rezó con una sonrisa aleteando en sus labios y movió el aparato electrónico adosado a su palma izquierda que funcionaba como un control auxiliar si Milk tenía un problema—. Y Milk vivirá con mi ayuda.
El problema era que no la estaban mostrando ni a ella ni a Kakaroto y la muchedumbre enfadada se hizo más poderosa mientras entonaban vítores con la palabra «Repartidor» en cada grito. La tensión era cada vez más tirante cuando por fin mostraron a la pareja ausente del Torneo y cada uno de sus aduladores guardó un silencio fúnebre cuando entendieron lo que la pantalla les había negado en principio. Ni siquiera el Rey pudo entender aquella rara imagen del Repartidor siendo consolado por su pequeña compañera y que éste estuviera limpiándose la mejilla tímidamente.
—Qué está pasando… —murmuró débilmente la terrícola a un lado del príncipe Tarble y su frase que sería normalmente inaudible, fue clara para todo el mundo. El murmullo de las gradas fue como el zumbido de una colmena que estalló en abucheos de desaprobación cuando el Repartidor se mostró como un cobarde simplón.
El Rey se comenzó a reír de manera furiosa cuando su dolor de cabeza más nefasto se tropezó consigo mismo para mostrarse como lo que era simplemente: un repartidor de carne de la peor calaña.
—¡Quién lo hubiera imaginado! —exclamó el Rey, avivando la risa de sus comensales—, ¡el Repartidor le teme a unas simples sabandijas!
—Kakaroto siempre ha sido un repartidor del Distrito de la Carne y nunca ha salido de ahí —dijo Tarble suavemente—, jamás ha asesinado a un semejante, es natural que le de miedo hacerlo por primera vez.
Pero ese comentario hizo reír con más fuerza a su padre y sus generales, y Bulma se enfureció más cuando vio que su único aliado del universo entero era motivo de burla de la tarima real.
—Asesinar está en nuestra sangre —opinó un general.
—La primera vez siempre es excitante pero deja de ser memorable cuando se hace un hábito —dijo otro.
—¡Já! El Repartidor debería haberse ido a dar una vuelta por un planetucho de sabandijas como la esclava inútil y débil del príncipe Tarble —dijo uno mientras señalaba a Bulma y se atragantaba con su propia risa—, quizás así hubiera tenido el coraje de seguir a Raditz y terminar rápido con la etapa de conquista —rio y el resto lo siguió, estallando en carcajadas porque tenían un pobre ser del que burlarse directamente, pero por más que Bulma actuara y se viera como un mueble más sobre la tarima real, sirviéndole comida y bebida a Tarble, además de exhibirla como su acompañante, la terrícola frunció los labios temblorosos sin que nadie más que su príncipe lo notara.
—Bulma… —la llamó el menor de los hijos del Rey pero ella no lo oyó ni quiso calmarse con la suavidad de su voz.
—Mi raza no era débil y tampoco era inútil —se atrevió a decir Bulma, cabizbaja y suave, temerosa de ser escuchada pero deseosa de dejarlo claro. Tarble se puso tenso y las risas se fueron acallando en tanto comprendieron que la esclava se había atrevido a responder—, por lo menos yo sigo con vida —continuó ella mientras levantaba la cabeza y miraba la pantalla sin miedo. «Y Milk también sigue viva y en el estúpido Torneo concursando», pensó también—, y sé por lo que me han dicho las líneas de su mano, Rey, que su hijo el prodigioso príncipe Vegeta va a perder su maldito Torneo de Sucesión.
—¡Bulma! —la increpó Tarble mientras se paraba rápidamente de su trono para tomarla de un brazo y hacerla entrar en razón. Pero la terrícola no se dejó amedrentar y cometió otro acto de rebeldía y se permitió mirar directamente a los ojos al Rey, su lila espantoso se encontraba con el negro más oscuro y cruel de él, y por un momento los dos lucharon por mantenerse estoicos ante el otro—. Padre, lo lamento, esto es mi culpa. Yo me encargaré de ajusticiar a mi esclava, por favor…
—Mi Rey, no se moleste por una sabandija bruja como ella. Sus palabras no son más que veneno —sugirió un general que extrañamente tomó el bando de Tarble y los demás les regalaron la lealtad de su silencio. El Rey arrugó la cara, colérico con lo que se había atrevido a decir la estúpida esclava de su hijo más desgraciado.
El Rey se mantuvo silencioso e increíblemente calmo cuando se dignó a hablarle a la terrícola, pero primero se dio el tiempo de disfrutar los abucheos que se seguían sintiendo en las gradas y el descontento por la cobardía del Repartidor. Con aquello sucediendo en su alrededor difícilmente podía enfadarse por las palabras insolentes de una sirvienta patética como lo era Bulma.
—Si lo que dices es cierto, humana, significa que eres una mentirosa —le dijo el Rey, burlonamente—. Antes me dijiste que ganaría pero que no sería una victoria que lo satisficiera —recordó, sabiéndose en lo cierto.
—Aquella victoria como usted la recuerda no será una victoria, Rey. Y qué importa una victoria si el victorioso ya es otro. Eso fue lo que leí antes en sus manos.
El Rey no podía apabullar su felicidad al ver que el Repartidor había renunciado a su popularidad cuando había decidido llorar junto a su compañera porque no quería ir a luchar a muerte contra unos aldeanos arcaicos. Sonrió feliz sin mirar a la chica cuando dos de sus generales más leales a la corona la inmovilizaban y la hacían gemir de dolor con sólo tomarla de los brazos y obligarla a arrodillarse con el uso de la fuerza.
—¡No! —gritó Tarble para regocijo del Rey al tiempo que su sirvienta se ponía a llorar y a gritar por el dolor—. ¡Por favor, padre! ¡Lo lamento! ¡Haré lo que quieras pero por favor! ¡Déjala ir!
—El Repartidor ya es historia, esclava —se permitió decir el Rey antes de hacerles una señal a sus hombres para que la dejaran ir y Bulma cayó de bruces al suelo dando alaridos de dolor y la sangre de nariz mezclándose con la de sus lágrimas—. Déjenla mirar la caída del Repartidor para que vea con sus propios ojos cómo es que su adivinación es una farsa.
Si bien Raditz no pensaba que los guerreros de esa aldea fueran formidables, su gran número le estaba dificultando la tarea de exterminarlos. Si mataba a uno, tres más salían de la nada para atacarlo sin que su rastreador le avisara de sus posiciones porque se ocultaban bastante bien en su entorno, tal como había leído.
El gigante tiró de un aldeano que se aferraba a él desde la espalda y lo mandaba lejos de un manotazo, pero antes de que pudiera liquidarlo en el aire, otro aldeano lo tacleó desde el frente y lo lanzó al suelo. Con la boca llena de tierra y sangre, Raditz masculló una maldición mientras le daba una patada al maldito que lo había tacleado y eliminaba con energía a los que saltaban a él al verlo en el suelo.
—Maldito cobarde. —Escupió un coágulo de sangre al tiempo que se incorporaba y se sostenía apenas sobre sus rodillas. El corazón le latía como si tuviera un mazo en el pecho y apenas podía respirar para ingresar todo el aire que necesitaba su cuerpo para vivir, sentía que se desvanecería en cualquier momento—. Maldito Kakaroto, esto está siendo más difícil de lo que pensé.
Raditz abatió a un entusiasta adversario y el sonido del cuello desnucándose tronó en el aire ehizo retroceder a los demás contrincantes que lo dejaron descansar momentáneamente.
—¡Cobardes! —les gritó cayendo sobre sus rodillas, más enfadado con su hermano que con los aldeanos que lo miraban atónitos—, ¡sabandijas inútiles!
—¡Raditz! —gritaba un vozarrón a lo lejos y el aludido se daba a vuelta con una sonrisa queda en sus labios. No podía negar que la llegada de sus camaradas le devolvía la esperanza de ganar el Torneo, además de la ayuda le proporcionaría el descanso que necesitaba para llevar a cabo la misión del exterminio sin sobrevivientes—. ¡Raditz!
El hollín y las cenizas en suspensión le dificultaron la visibilidad y el calor del fuego que lo rodeaba le escoció los ojos a tal punto que no podía mantenerlos abiertos lo suficiente para divisar a su hermano menor. Sólo sabía que venía por el llamado de su nombre, ¿o era que se había vuelto loco? Su rastreador tampoco le daba a entender que venía alguien poderoso, ni siquiera era capaz de reconocer a los malditos aldeanos.
—¡Aquí! —le gritó algo inseguro. Las llamas y sus lenguas de fuego habían crecido mucho y apenas podía ver lo que tenía delante de él sin ponerse a toser—. ¡Aquí, por la mierda!
Un aldeano saltó el muro de fuego que lo separaba de Kakaroto y lo derribó al suelo sin que Raditz pudiera matarlo porque desapareció tan pronto como hubo tocado el suelo. Su maldita habilidad de camuflarse térmicamente y su agilidad habían podido con él, y Raditz pateó el suelo con rabia sin poder reconocer la dirección de donde había provenido la voz de Kakaroto. Se había desorientado completamente y el rastreador no era útil de ninguna manera, por lo que Raditz se lo arrebató con furia y lo hizo trisas dándole golpes contra el suelo rocoso hasta que le destrozó la palma de la mano. La sangre le corrió a borbotones y la herida lo hizo rabiar aún más.
—¡Mierda! —gritó largamente.
Raditz se tomó la mano cuando sintió que se paraban detrás de él y rápidamente se dio la vuelta ante la posibilidad de que fuera un aldeano que fuera a hacerle daño antes de esconderse otra vez, pero lo que vio fue a su hermano frente a él, con la muralla de fuego detrás de sí. Milk estaba un paso más atrás. Una sonrisa extrañada y una risa oprimida de Raditz no alentaron a su hermano a unírsele a la matanza.
—Finalmente —dijo el gigante, sin poder negar lo feliz que se encontraba al verlos llegar—. Estos hijos de puta son realmente difíciles de matar. Ahora que estás acá puedes encargarte de… —Su hermano menor no lo dejó continuar porque comenzó a hablar por sobre sus palabras.
—Nosotros no haremos nada —replicó Kakaroto para estupefacción de su hermano y su acentuada seriedad le dieron a entender de que no estaba bromeando.
—¿Qué…? ¿A qué te refieres con que no harás nada? —cuestionó Raditz con la rabia al límite, apunto de pegarle un puñetazo en la cara. Ya se estaba imaginando que los sobrevivientes de la aldea sitiada estaban reagrupándose y pensando en una emboscada, ahora que eran tres individuos era natural que se intimidaran.
—Ninguno de los tres hará nada más aquí —le comunicó el Repartidor—, nos iremos ahora. Esta prueba no merece la pena.
—¡¿Qué mierda te pasa?! —le gritó Raditz mientras le tomaba del cuello de la armadura y lo sacudía en el aire. Kakaroto frunció el ceño y la furia brotó de él en forma de un alarido, al tiempo que le daba un golpe rabioso en la quijada. Aquello fue lo necesario para que se soltara y miró a Raditz mientras se levantaba del suelo con los ojos desorbitados—. ¡Imbécil! —le dijo—, ¡¿acaso no entiendes que debes hacer esto para ganar el Torneo?! ¡El Torneo al que tú me forzaste a entrar! ¡Yo no quería nada de esto!
—¡Esto no es un Torneo! —le gritó de vuelta—, ¡esto es lo mismo que le hicieron al planeta de Milk! ¡Nosotros destruimos su mundo y su gente! —«Familia», resonó mucho en su cabeza, haciendo arder la furia de Kakaroto—. ¿Es necesario acaso, hermano? ¿Matar familias enteras? ¿Hombres, mujeres y niños? ¿Sólo por un… juego?
—¡Eso es lo que somos! —rebatió Raditz, ahora más enfadado que su hermano menor—, es lo que tú eres. Nosotros somos los más poderosos de nuestro cuadrante, estamos por sobre todas estas sabandijas ¡y nosotros decidimos si viven o mueren!
Kakaroto lo escuchó atentamente y llegó al punto en el que nada de lo que dijera lo defraudaría más, por lo que se encogió de hombros y cabizbajo, sentenció:—¿Sabes que te tendré que detendré si decides continuar?
Raditz arrugó la cara en una mueca de claro desprecio y musitó una maldición.
—Cobarde.
Kakaroto frunció los labios y el ceño cuando se elevó por los aires.
—Milk —la llamó Kakaroto y Raditz la miró pensando que se marcharía junto a su hermano pero lo que vio fui que la terrícola desenvainó un arma desde su espalda y la abanicaba una vez en su dirección. Una fuerza invisible pero poderosa lo lanzó hacia atrás de tal manera que no pudo respirar por un buen tiempo debido a las ráfagas que violentaban el aire alrededor. Después Milk se fue corriendo y se ocultó en las sombras y Raditz no la vio más.
—¡¿Qué está pasando?! —escuchó Gine a su izquierda y tuvo miedo de levantar la cabeza para ver al guerrero que miraba la misma pantalla que ellos, pero que entendían menos la situación.
Bardock no dijo ni hizo nada, simplemente se limitó a mirar las imágenes desde las gradas del Estadio y evadió las preguntas silenciosas de su esposa hasta que sus hijos comenzaron a pelear como si fueran verdaderos contrincantes.
—¿Qué le ocurrió al Repartidor? ¿Por qué está luchando contra Raditz?
—No entiendo nada de lo que está pasando…
—Bardock —murmuró Gine mientras se apegaba a él y le abrazaba un brazo. Ni cuando ella lo llamó, Bardock se volteó a verla—, ¿es por Milk otra vez? —preguntó suavemente para que nadie la escuchara y los identificaran abiertamente como los padres de los dos oponentes que la pantalla del Estadio amaba mostrar. Ya ningún otro equipo acaparaba la transmisión como ellos.
—No lo creo —respondió él, apretando los labios—, apenas la han mirado durante toda su discusión —agregó y Gine tuvo la necesidad de buscarla en la pantalla pero ya había desaparecido—. Esto es algo entre ellos dos y lo que le ocurrió a Kakaroto al principio de la prueba.
La pelea entre ambos estaba pareja pero mostraba dos estilos diferentes de combate. Mientras que Raditz era más estructurado y de movimientos precisos y bastante entrenados, las maneras de pelear de Kakaroto eran más rudimentarias, ágiles y creativas; cualquiera podría adivinar fácilmente cuál había sido entrenado apropiadamente y cuál era puro talento.
Raditz llevaba a cuestas el cansancio y la frustración de luchar solo contra los aldeanos, y cometía muchos errores los cuales no eran perdonados por su hermano menor. La audiencia cambió de humor en tanto transcurrió la batalla a favor del Repartidor e incluso olvidaron su primera reacción en la prueba, cuando no quiso rendirle honor a la costumbre de su planeta. Los abucheos fueron reemplazados por vítores alegres y las caras largas por sonrisas amenas, pero nada del circo que armaron sus hijos animaron a los padres que eran como un punto negro en un par de puntos blancos.
—Seguramente Raditz quiso que Repartidor se quedara en la nave porque quería todo el crédito para él solo —divagó un hombre a sus espaldas—, ¡nadie puede contra Repartidor!
—¡Repartidor sin duda ganará este Torneo!
—Hace mucho tiempo que la familia real ha tenido todas las victorias, sería bueno que esta vez la ganara uno de nosotros —decían otros, tomando como propia la ventaja de Kakaroto.
A Bardock esos comentarios le producían escalofríos, nadie debería estar en contra de la familia real y mucho menos un simple repartidor del Distrito de la Carne.
En el estrado real, en cambio, los invitados del Rey se mantuvieron en un escueto silencio mientras trataban de dilucidar lo que ocurría en el Torneo y la popularidad que suponía una pelea entre un mismo equipo. ¿Cuáles eran las posibilidades?
El Rey Vegeta golpeó con su puño el mango de su trono, Tarble, a su lado, lo miró de soslayo de la misma manera en la que los generales de su padre permanecían estoicos.
—¿Qué se supone que está haciendo el Repartidor?
—Esta… peleando con su hermano Raditz —le dijo el general al que le cayó la mirada del Rey—, pareciera que tienen una disputa.
—¡¿Pareciera?! —gritó el Rey al tiempo que se levantaba de golpe del trono—. Ese repartidor se está pasando de la raya, ¡está actuando como se le dé la gana! Se supone que debían sitiar el planeta, ¡no pelearse entre ellos!—Pero lo que más le pesaba era la popularidad infinita e inmortal que tenía ese chiquillo del Distrito de la Carne, hijo de un guerrero de Clase Baja y una cocinera—. ¡Quiero que las pantallas muestren a Vegeta! ¡Ya es suficiente con ese Repartidor! ¡Muestren a Vegeta!
Tarble comenzó a perder la respiración, si ya era malo lo que ocurría en la pantalla principal del Estadio, la reacción de su padre estaba empeorando todo lo demás. Bulma, por otro lado, no parecía mejorar de su situación y aunque él había mandado a llamar a un médico para que atendiera las heridas de la sumisa con el líquido regenerador, la del cabello lila permanecía cabizbaja como si siguiera noqueada.
«—Esto está saliendo peor de lo que quería —pensó Tarble, mordiéndose el labio inferior. Si Repartidor ya tenía problemas con su familia por su popularidad, los intentos de Vegeta por desacreditar a su mayor contrincante además de las desafortunadas decisiones que tomaba Kakaroto y que lo perjudicaban a los ojos del Rey, no le hacían nada a su fama que permanecía en las nubes—. A este ritmo no creo que él salga vivo…, ni tampoco Bulma si sigue insultando a mi padre.»
—¡Kakaroto! —se escuchó desde la pantalla principal y todo el Estrado real, incluidas las gradas de los guerreros comunes, escudriñaron las imágenes de la pelea de Kakaroto y Raditz, sin comprender aquel grito desesperado. Los contendientes también se detuvieron en tanto escucharon ese alarido espantoso—. ¡Kakaroto…! —Ambos buscaron la fuente de la llamada y dieron con Milk, acallada por la mano estranguladora de Turles que la sujetaba por detrás con una sonrisa terrible en sus labios.
Una ráfaga de luz, acompañada con vendavales barrieron con el fuego y los aldeanos, pulverizándolos al instante. Todo quedó en silencio a pesar de los intentos por respirar de la cocinera que pataleaba en los brazos de Turles…
Y Vegeta se reía a carcajadas, siendo en único culpable de completar la misión del escuadrón del Repartidor.
—Creo que han perdido.
Nota de la Autorísima: Me costó un mundo terminar el capítulo pero me encantó escribirlo, es algo así como el preclímax de toda la historia, porque al fin Vegeta se "enfrenta" al equipo del Repartidor. ¿Qué les pareció este twist? Si hay alguien por ahí que siga leyendo esta historia jaja
Para los que captan, este capítulo marca el inicio de la cúspide de la campana de Gauss y ya uno podría esperar que todo el enredo se pondrá más tenso. Lo único que lamento es que no pude hacer que Bulma ayudara a Milk con su aparato para volar, la verdad es que lo olvidé hasta ahora(?) Pero ya vendrá la oportunidad de usarlo :)
Muchas gracias a quienes leyeron el capítulo anterior: Mi querida Diosa de la Muerte, Alexandra Cooper96, dbgochi, Deidydbz, Prl16 y yo/Kattie88 por alentarme a su manera sin haber leído nada del Repartidor(?)
Besos y muchas gracias, RP.
