Que agradable es volver, aquí les dejo el capítulo dos. Gracias por leer y por seguir leyendo.
Capítulo II-La propuesta del rey
¡La reina vive! Fue el grito que inundó el castillo y no tardó en esparcirse por el reino entero la noche en que Snape atendió a la moribunda monarca.
Los residentes del castillo, nobles y la servidumbre se maravillaban contando la historia: Primero horribles quejidos que parecían salir de la boca de la reina y que hacían pensar que el médico la torturaba cruelmente. Rápido el capitán Remus y el príncipe Harry comenzaron a forzar la puerta viendo que el rey parecía inmutable, al entrar la escena hizo brotar las más salvajes emociones del príncipe: Su madre tendida sobre un lecho lleno de su propia sangre. Sin perder tiempo se lanzó sobre el individuo que permanecía junto a ella, tomándolo del cuello y posando la punta de la varita sobre el pecho del hombre estaba listo para acabar con su vida, hasta que escuchó la suave y débil voz de una mujer.
-Harry, no... No seas mal agradecido, él me está ayudando -el muchacho se volvió para ver a su madre con una sonrisa, que si bien estaba pintada en un rostro enfermo casi moribundo, para él seguía siendo radiante.
-Mamá -dijo el príncipe al tiempo que se desplomaba junto a la mujer-, no sabes lo preocupados que nos tienes.
-Despreocúpense -habló el médico-, encontré la causa del mal de la reina, estará bien en poco tiempo.
A la escena se sumaron el rey, Minerva, Sirius y el capitán Remus que al pasar junto a la asistente del médico susurro un casi inaudible "gracias". Snape procedió a explicar la causa de la enfermedad de la reina.
-Un parásito, poco común, imposible de ver para ojos no entrenados y que se reproduce muy rápido, la única forma de combatirlo es extirpándolo como lo hice, y después sanar las heridas del enfermo.
Todos escuchaban atentamente. La reina volvió a caer en sueño a mitad del dialogo del hombre y el rey se acercó a él cuándo terminó de hablar, con su rostro inexpresivo pero sus ojos llenos de lágrimas que empezaban a desbordarse.
-Gracias -atinó a decir mientras torpemente lo abrazaba.
Después de esa noche Snape y su asistente fueron invitados (casi obligados) a permanecer en el castillo hasta que la reina se recuperara del todo, para que así, él mismo estuviera al pendiente de su estado de salud. Snape aceptó no sin antes pactar los términos de su paga, y ya acordado y hablado todo, Snape pasó a ocupar una habitación en la parte más recóndita del castillo, cerca de las mazmorras, en el lugar más frio y húmedo que el hombre pudiera recordar que había pisado, pero se le antojaba realmente cómodo. Mientras, su asistente, a quien se le ofreció de manera muy insistente que también ocupara una habitación disponible en el castillo, terminó aceptando una ubicada en una de las torres, donde la luz del día entraba con libertad, el aire se sentía fresco y la privacidad era tal que la chica podía pasarse sus ratos libres enteros leyendo sin interrupciones. Claro que no se sintió cómoda desde el principio, pensando que su maestro la reprendería por aceptar semejante ofrecimiento, sin embargo, y para su agrado, pronto se dio cuenta de que a Snape le daba igual, siempre que la distancia entre su habitación y la de ella no le entorpeciera el trabajo y estuviera siempre lista cuando él se lo ordenara.
Los días pasaron, la salud de la reina mejoraba con rapidez, y al cabo de la primer semana era incluso capaz de levantarse de la cama para ir al jardín a apreciar el trabajo que con tanto esmero Neville había estado haciendo para complacerla en cuanto estuviera repuesta de la enfermedad. La reina se deleitaba en las frescas mañanas con el aroma y la vista de las rosas rojas, al medio día hablaba con sus damas para que la pusieran al tanto de todo lo que estaba pasando tanto en el castillo como en el reino, y por la tarde conversaba con su hijo, su gran adoración. Al terminar el día y caer la noche se retiraba a sus aposentos, los cuales, Snape y su asistente se enteraron en poco tiempo, no eran los que correspondían al matrimonio, sino que se trataba de una habitación aparte a la que la reina fue trasladada al enfermar, para mantener libre de peligro al rey.
De cualquier forma, esto no pareció interesarle mucho a Snape quien se esforzaba por no tener relación con la familia real, y limitaba su contacto con la reina a las visitas nocturnas que hacía a su habitación para examinar su estado de salud, esforzándose por evitar la charla a la que insistentemente la mujer quería introducirlo.
-¿Que le ha parecido el reino, señor Snape? -preguntó la mujer con gesto cansado, sentada en la cama y con las piernas cubiertas por las finas sabanas.
-Un bonito lugar -dijo con simpleza mientras se acercaba a ella con una copa con un líquido ambarino que le dio-, un tónico revitalizante, ya no hay rastros de los paracitos en su cuerpo, así que ya podemos dedicarnos a restablecer su estado físico. Beba esto.
-No sabe cuánto agradezco las molestias que se ha tomado cuidándome, señor Snape -le dijo con una cálida sonrisa, de esas que el médico no acostumbraba recibir, y menos de alguien del estatus que aquella mujer débil y cansada.
-No agradezca, es mi trabajo, me pagan por hacerlo -dijo mientras recogía sus cosas y se aproximaba a la puerta-. Si mañana está mejor de salud, no habrá necesidad de que siga yo aquí, dejare tónico suficiente para un mes y me iré, buenas noches -y sin más, abrió y cerró la puerta rápido quedando fuera de la habitación, sin embargo se quedó ahí parado un momento, aun sosteniendo el pomo de la puerta, quizá sin percatarse de ello. La reina lograba ponerlo algo nervioso, aunque no lo denotara, su mirada y el tono de su voz le afectaban, cosa no muy común.
El hombre alejó esos pensamientos de su mente y se apresuró a retirarse a su habitación para sumergirse en la meditación y el estudio.
A la mañana siguiente se despertó temprano. Por medio de un hechizo contactó a su asistente a la que le ordenó llevarle el desayuno a su habitación en la parte baja del castillo, y que después de esto no lo molestara para nada, quería paz y tranquilidad para concentrarse en su escritura. Al cabo de una hora ya había desayunado, bebía con calma una taza de té y leía un libro viejo y maltratado haciendo un par de anotaciones en un pergamino amarillento y en el mismo libro. Unos pasos a lo lejos lo alertaron de que su paz había llegado al final, no había nada a que bajaran los habitantes del castillo que no fuera para hablarle a él. Dejó el libro sobre la mesa y se puso de pie alisando con la mano las arrugas de su túnica esperando lo inminente: Unos golpes en la puerta que a Snape no sorprendieron en lo más mínimo.
-Adelante -lo que si sorprendió a Snape fue la identidad de aquella figura parada en el umbral de su puerta, se trataba del rey James con su rostro casi inexpresivo y sus ojos vivos-. Majestad -musito el hombre con sencillez mientras hacia una reverencia-, ¿A qué se debe su visita a tan temprana hora?
-Rendirle mi gratitud, es lo que me trae aquí hoy, gracias señor Snape –el brujo no cambio su expresión seria y se limitó a tomar de la mesa el libro que estaba leyendo, cerrándolo para después volver a ponerlo sobre la mesa.
-Ya me ha agradecido antes, majestad, y no hace falta, es mi trabajo.
-Acaba usted de devolverme un tesoro más valioso que todo el oro que las cámaras de mi castillo resguardan, no me diga que no es nada –respondió con calma el rey mientras daba unos cuantos pasos dentro de la habitación de Snape, aunque no parecía interesado para nada por los artículos repartidos en esta.
-Siendo así, acepto su gratitud y me siento honrado con ella –dijo Severus con una reverencia esperando que el rey se retirara de una vez y lo dejara empacar, sentía que era hora de abandonar ese lugar, o si no, no lo haría nunca.
-La otra cosa que me trae aquí –continuó hablando el rey-, es hacerle a usted una oferta –Snape se enderezó presintiendo lo que se aproximaba, algo que para nada le resultaba agradable-. Usted demostró ser el más hábil medico brujo del que se ha sabido en toda esta tierra, nunca supe de alguien con tal talento, talento del que me gustaría disponer en mi castillo.
Snape no dijo nada y ante todo se mantuvo serio. Era precisamente por lo que ahora pasaba por lo que no le gustaba mezclarse con la realeza y gente con poder que los hiciera creerse dueños de él. Ya antes había tenido que escapar de la cólera y la arrogancia de un noble luego de hacerle la invitación a quedarse a trabajar para él, con promesas de riquezas y lujos que al hombre en nada interesaban. Viendo al rey James frente a él como esperando una respuesta se dio cuenta de que su incursión en ese castillo y sus atenciones a la reina no serían la excepción, así que se dispuso a elaborar su más elocuente y educado rechazo.
-Me alaga enormemente su oferta, mi señor, y sería un gran honor para mí trabajar en este castillo pero… me temo que tendré que…
-Piénselo –lo interrumpió el rey-, puede darme su respuesta esta noche –y sin más se dio la vuelta para marcharse. Sin embargo antes de que lo hiciera el médico notó como se detenía en la puerta y volteaba a verlo-. A propósito, la noche en que salvó a mi esposa…dijo que esos paracitos son poco comunes, y que eso podía significar que lo de Lily no fue un simple capricho del destino sino…algo planeado –Snape recordó con claridad el momento en que dijo eso-, ¿sigue creyendo que eso es posible? –Snape lo miró fijamente y desviando un poco la vista dijo:
-Si –el rey asintió mientras se daba la vuelta y se marchaba definitivamente.
Snape suspiró pesadamente. Esa noche después de atender a la reina debería confrontar al rey. No sería una noche agradable.
El día transcurrió sin más interrupciones para el hombre que decidió intentar concentrarse en sus estudios hasta que llegara el momento de visitar a la reina, sin embargo no logró apartar de su mente las palabras del rey, tendría que rechazar su oferta y evitar que el monarca le arrancara la cabeza por ello, no sería una tarea fácil. Cuando se percató de que la noche había caído llamó a su despacho a su asistente y aprendiz, la joven castaña llegó deprisa pensando que irían a ver a la reina como ya era la costumbre, pero se sorprendió al escuchar a su maestro decirle que permaneciera en el despacho, que recogiera las cosas y preparara todo para un posible escape precipitado.
-El castillo tiene defensas que impiden aparecerse o desaparecerse en el interior, así que si es necesario tú te llevaras las cosas al pueblo, te encontrare detrás de la taberna y nos iremos, estate al pendiente.
-Si maestro –dijo la chica mientras el hombre abandonaba la habitación y ella se disponía a empacarlo todo con cuidado y rapidez.
Snape subió las escaleras hasta llegar a los aposentos de la reina. No había nadie en ese pasillo que conectaba con la recamara de la mujer, lo cual no se le hizo extraño, salvo las primeras dos noches en que el príncipe acompaño a su madre siempre había estado solo acompañado por su asistente al revisar su estado de salud. Snape se paró frente a la puerta y por un segundo sintió un extraño nerviosismo, al pensar en los ojos verdes de la mujer detrás de la puerta, la única parte de ella que nunca perdió una fantástica luz de vida, como si en esos ojos se hubieran concentrado todas las esperanzas y los deseos de vivir de la reina.
Meneó un poco la cabeza para alejar esos pensamientos y recuperando su porte serio y duro tocó la puerta.
-Adelante –escuchó del otro lado y de inmediato giró el pomo y entró a la habitación.
Dirigió su vista a la cama de inmediato, pero la reina no estaba ahí. La habitación era iluminada por un par de llamas blancas que se encontraban suspendidas en lo alto, así que el brujo inspeccionó la habitación esperando encontrar a su paciente, y así lo hizo, justo en el balcón, detrás de las cortinas blancas traslucidas se veía la figura femenina de la reina. Era la primera vez que Snape la veía de pie, eso le hizo notar con sumo detalle la delicada y esbelta figura que la mujer escondía debajo de una fina bata. Snape se acercó silencioso, y así pudo notar la mirada tranquila y una leve sonrisa en los labios rosados de la mujer que contemplaba la lejanía. El hombre se quedó quieto a una corta distancia de la mujer que seguía sin detectar su presencia. Escudriñó aquel rostro de piel clara sin poder evitar el notar que ya no tenía las ojeras, que el semblante enfermizo había desaparecido casi por completo y que las facciones ya no parecían esqueléticas, sino que aquel rostro se le antojaba al brujo hermoso.
El viento sopló con ligereza agitando levemente los cabellos rojos como el fuego de la reina que en ese momento se giró un poco y notó que Snape la miraba. El hombre se sintió como un criminal descubierto en pleno acto ilícito, hasta que la reina le sonrió con calidez, como si aquello que él estaba haciendo no tuviera nada de malo, ¿y por qué lo tendría? Pensó el brujo mientras regresaba a este mundo y daba una reverencia a la reina.
-Su majestad, buenas noches.
-Seños Snape, buenas noches –dijo con tono alegre. El hombre titubeo un poco, aquella imagen de una mujer hermosa aunque aún débil en apariencia por la enfermedad no era para nada lo que él esperaba ver. Como ya antes había llegado a pensar, sin el asedio de la enfermedad su belleza era exquisita, peculiar y asombrosa.
Sin darse cuenta levantó un brazo que parecía querer dirigirse al rostro de la mujer, como en un intento por confirmar que aquello no era una visión o un espejismo, pero se contuvo, logró percatarse de su actuar y con el ánimo de ocultar aquel desliz dio una señal con la mano a la reina para que se aproximara a la cama.
-Tome asiento, por favor –dijo y se giró dándole la espalda. Caminó intentando serenarse y se paró frente a la cama esperando que la reina lo siguiera. La mujer sonrió, algo en el actuar de ese hombre le hacía gracia, siempre tan reservado, parecía tímido.
Sin perder tiempo se dirigió a la cama y se sentó en ella mirando al hombre que sacó su varita y comenzó a agitarla frente ella.
-¿Cómo se siente?
-Bien… algo fatigada, pero la fiebre, las náuseas y otros malestares han desaparecido por completo, muchas gracias.
-Ya antes ha agradecido –le dijo con voz monótona mientras tomaba su brazo y lo revisaba usando la varita.
-Y usted ya ha dicho eso varias veces –le dijo con gracia la mujer mientras trataba de encontrar los ojos de aquel hombre- ¿Por qué rechaza tanto la gratitud de la gente?
-Solo mantengo una distancia profesional, no rechazo la gratitud –Snape tomó el otro brazo de la mujer mientras hablaba.
-¡Claro que lo hace! El capitán Remus me dijo que antes de venir al castillo su hija y usted dormían en una tienda detrás de una taberna en lugar de aceptar hospedarse con alguna de las agradecidas personas a las que le salvo la vida.
Snape estaba a punto de contestarle a la reina cuando notó algo que incluso lo sacó de la concentración con que hacia su labor.
-¿Mi qué?
-Su hija, la bonita jovencita que lo acompaña, por cierto, ¿Qué edad tiene? Parece de la edad de mi hijo, él tiene diecisiete años –Snape apretó los labios. La reina lo miró con curiosidad, parecía que intentaba no reírse.
-Esa mocosa tiene diecisiete efectivamente, y no es mi hija, es mi ayudante, una aprendiz en todo caso –Lily pareció decepcionarse de la respuesta de aquel hombre.
-¿De verdad? ¡No me lo habría imaginado!
-Debió hacerlo, no hay un solo parecido entre ella y yo.
-Bueno, no físicamente, supuse que se parecía más bien a su madre por el cabello y por qué es muy bonita… -la mujer pareció caer en cuenta de que había dicho algo que no debía-, quiero decir… yo no…
-Descuide, entiendo –dijo Snape sin inmutarse mientras soltaba el brazo de la reina.
-No me malinterprete, solo quise decir, que… pensé que ella era como su madre, quiero decir que pensé que un hombre tan talentoso como usted tendría por esposa a una afortunada mujer muy hermosa –Snape sonrió con desgano.
-Otro error, jamás he tenido esposa.
-Oh, que terrible –dijo la mujer y después se llevó una mano a la boca con una expresión de vergüenza-, lo siento, yo... no debería meterme en la vida de los demás –la mujer rio con nerviosismo.
Snape miraba la escena divertido aunque aun resistiéndose a sonreír. Aquella mujer estaba nerviosa y apenada por decirle cosas que la mayoría de la gente le decía sin ningún reparo, que era un hombre poco agraciado y un triste solitario. Frases como esas ya ni siquiera le generaban el menor disgusto, en cambio ver a aquella hermosa mujer que tenía esas atenciones con él le resultaba extraño y hasta de cierto modo grato.
-Debe usted pensar que soy una maleducada –dijo la reina mientras se ponía de pie aun con una expresión apenada dibujada en el rostro.
-Jamás pensaría eso de usted majestad –le aseguró el hombre.
-Oh, debe pensar entonces que soy una arrogante y altanera reina a la que le gusta insultar a la gente –dijo alejándose del hombre dando un corto paseo por la habitación. Se dirigió al balcón en el que volvió a recargarse, esta vez mirando a Snape.
-No…yo –el hombre se encontró con la situación de que le era difícil hablar con esa mujer-, entiendo que puede ser un poco complicado hablar conmigo, y que mi aspecto y comportamiento dan cierta…impresión –Lily escudriño al hombre mostrando bastante curiosidad.
-¿Está usted acostumbrado a que la gente lo juzgue apenas verlo, y a someterse a esos juicios que la gente le hace? –Snape la miró serio, nadie además de su asistente le había hecho esa pregunta.
-Sí, con el paso del tiempo se genera la costumbre.
-No debería –le dijo con seriedad, con fuerza en su voz como si se tratara de una conclusión indiscutible, pero al mismo tiempo con un dejo de ternura que logro calar en lo profundo de Snape-, la gente no debe ser quien le diga a usted quien es.
Snape sintió calidez en esas palabras, una comprensión que nadie le había hecho sentir nunca, algo en esa mujer era diferente a todo lo que el alguna vez llegó a conocer, sin darse cuenta sonrió, y eso para la reina no pasó desapercibido quien también sonrió, con más confianza.
-Ahora entiendo la preocupación de su reino al saberla enferma, usted no es como cualquier dirigente, es… comprensiva, si me permite decirlo es usted muy cálida y amable.
-Le permito que lo diga –le aseguró la reina-, incluso le pediría que lo repita, nada como los halagos de un caballero para devolverle la vitalidad a una mujer –dijo con tono alegre y cómico, lo que logró sacar unas cuantas risas a Snape, cosa que a la reina pareció alegrarle.
-¡Excelente! Al menos pude sacarle una risa antes de que se marche.
-¿Marcharme? –se apresuró a preguntar Snape sin entender las palabras de aquella mujer. Vio como la reina asintió.
-Usted lo dijo, si mi salud era buena usted se marcharía hoy, y parece ser que estoy bien, cada día mejor, y aunque me encantaría que se quedara, puedo imaginar que usted y su hij…perdón, su aprendiz deben tener algún otro lugar al cual ir –Snape sabía que esas palabras eran verdad, aunque al mismo tiempo eran una mentira. Por supuesto que irían a algún lugar, aunque no era como que tuvieran que, o que existiera un lugar al cual llegar, solo se trataba de seguir andando, y jamás detenerse.
¿Jamás?
Un ruido detrás de él lo sacó de sus pensamientos, a la habitación acababa de entrar un hombre con una elegante túnica de color rojo con bordados dorados. El hombre miró a la reina desde la entrada, como si el hombre entre él y ella, o sea Snape, no existiera. Camino con lentitud hasta llegar junto a ella, quedando los dos bañados por la luz de la luna en el balcón. Con lentos movimientos acercó su mano hasta la mejilla de la mujer y acaricio la suave piel.
-Lily, no vuelvas a preocuparme de esta manera –dijo antes de plantar un beso en los labios de la mujer. Snape apartó la vista con un extraño sentimiento de incomodidad que le invadió el cuerpo entero. La reina por su parte permaneció ahí, recibiendo la caricia, pero no correspondiéndola realmente. Al separarse y encontrar sus ojos con los de su esposo solo atinó a sonreír tímidamente-. Nuevamente debo reiterarle mi eterno agradecimiento Severus Snape, y aprovechando que nos encontramos, quisiera saber, ¿se quedara en mi castillo?
La reina volteó a ver a Snape con curiosidad y algo de ilusión, Snape encontró los ojos verdes de la reina y sintió como era invadido por estos, como entraban en él y lo dejaban a la merced de la dueña de esos orbes. Por primera vez en su vida sintió que había alguien ante quien con honestidad podría inclinarse con respeto.
-Sería para mí un gran honor quedarme en su castillo, acepto su oferta –despegó sus ojos de los de la reina para ver al rey que sonreía satisfecho, sintió dentro de él un ardor extraño, pero aun con esa sensación hizo una reverencia ante el hombre-, soy su siervo, majestad.
El rey James sonrió satisfecho mientras felicitaba a Snape por su, según él, sabia decisión, mientras que el médico brujo apenas le prestaba atención y sin reparo alguno dirigía su mirada un poco desconcertada a la mujer pelirroja que permanecía bajo la luz de la luna. Aquella mujer que comenzaba a hacer estragos en su mente, y él lo sabía.
Mientras tanto, lejos de la habitación de la repuesta reina, un hombre regordete corría hasta llegar a una apartada habitación en la que entró sin tocar. Era un espacio amplio, con un par de sillones al lado de una hoguera cálida y con varios libreros atiborrados y recargados en las paredes. Al fondo, detrás de una mesa amplia sobre la cual había un par de pergaminos, plumas y algunos artefactos extraños había un hombre que miraba el cielo a través de un gran ventanal.
-Mi señor –dijo el recién llegado con voz temerosa y titubeante-, la reina…ella…ah…ella esta…
-Lo sé –lo interrumpió el hombre sin darse la vuelta-, tal parece que el médico brujo es un verdadero talento, ¿no te parece? Detectó con facilidad los paracitos y desarrolló una poción para eliminarlos por completo del cuerpo de nuestra amada reina, ¡sin duda todo un genio!
-Señor…usted…usted, ¿no está…?
-¿Enfadado? Claro que no, aprecio el talento cuando lo veo, y este Severus Snape es sin duda un brujo talentoso, ¿no crees… -el hombre se dio la vuelta revelando un par de ojos rojos, como de serpientes, en una cara que no parecía humana, sino de un monstruo sacado de la más retorcida pesadilla y que mostraba una terrorífica sonrisa- …Colagusano?
-Si –respondió el aludido arrodillándose frente a aquel personaje-, mi lord.
Espero que hayan disfrutado de este capítulo, si es o no así háganmelo saber, pasen un bonito día tarde noche o lo que sea, peace and love, y ya luego subiré el capítulo tres.
