Tercer capítulo, me sorprende lo fácil que está fluyendo esta historia, debe ser porque recién la inicio, aun no hay broncas en mi cabeza. Jeje, bueno en fin, disfruten este capítulo.

Capitulo III-El príncipe torpe

¡Hay un nuevo medico en el castillo! Fue el grito que se esparció desde la mañana luego de que Snape aceptara quedarse a vivir en el castillo para así estar al pendiente y al servicio de la familia real. La noticia por supuesto alegró a más de uno en Griffindor, en donde ya varios consideraban al brujo médico un sanador excepcional y un muy buen augurio para el futuro del reino que pasaba por momentos difíciles. En el castillo la noticia alegró a muchos, pero casi no sorprendió a ninguno. El capitán Lupin y Sirius Black habían hablado mucho de la gratitud y el respeto que el rey mostraba hacia el visitante del castillo por sus grandes dotes en el arte de la medicina, y por tanto muchos comenzaban a especular que la visita del médico brujo se extendería indefinidamente luego de la recuperación de la reina.

A quien la noticia sí que tomó por sorpresa fue a la joven ayudante del médico: Hermione, quien esa noche ya estaba preparada con todo el equipaje perteneciente a ella y a su maestro esperando la posible señal de retirada. Más lo que pasó en esa noche fue que Snape entró a su habitación con paso apresurado y sin mediar palabra se aproximó a uno de los baúles lleno con sus cosas, lo abrió y de este extrajo un pergamino que extendió sobre la mesa y luego tomó la pluma de cuervo y el tintero para sentarse a escribir, sin siquiera dirigirle la mirada a su ayudante.

-Nos quedaremos a vivir en el castillo… al menos de momento –le dijo como si nada y la chica se llevó tal sorpresa que dejó caer la bolsa de viaje que llevaba en las manos.

Superado aquel estado de aturdimiento la joven castaña solo atinó a sonreír con nerviosismo.

-¿Tienes algo que hacer aquí? O puedes dejarme trabajar en paz y soledad de una vez –dijo con tono severo y la chica entendió que ese era el momento justo para retirarse.

Apenas llegó a su habitación, la joven dejó salir su felicidad y comenzó a saltar sobre la cama y luego a dejarse caer sobre ésta con las extremidades extendidas y una gran sonrisa en el rostro, además de unas pequeñas lágrimas de felicidad que comenzaban a brotar de sus ojos. Se sentía profundamente agradecida con su suerte por al fin tener un lugar el cual llamar hogar, y más agradecida aun cuando caía en la cuenta de que dicho hogar era literalmente un castillo.

Los días transcurrieron con tranquilidad, la salud de la reina siguió mejorando, por lo que ya no eran necesarias las revisiones diarias del médico, lo que le dejó suficiente tiempo libre para dedicarse a sus propios asuntos e intereses, los cuales, de momento no habían sido perturbados por intromisiones del rey o algún otro habitante del castillo. La joven ayudante seguía cumpliendo con sus funciones para con el médico como siempre, sin embargo, debido a que además de ella ahora Snape disponía también de la ayuda y el servicio del personal del castillo las tareas de la joven se habían reducido considerablemente, lo que le otorgaba algo que muy escuetamente había disfrutado antes: tiempo libre. Esto, sumado a una considerable cantidad de dinero que la joven recibía de la mano directa de la reina suponía para la chica un placer nunca antes conocido.

-Pero mi señora, esto no se siente correcto, yo no...

-¿Por que no va a serlo? Me gusta que mi gente se sienta a gusto trabajando en el castillo, y ese dinero es para que te des algún gusto, y en gratitud por todo lo que has hecho tu y tu maestro por mí.

-Ya antes...

-Por favor no digas que ya antes he agradecido, no sabes lo harta que el señor Snape me tiene con esa frase -la interrumpió la reina mientras se levantaba de la cama y miraba por su balcón el día nuevo que iniciaba. La chica miró a la mujer madura un poco divertida con el tono de frustración que había en su voz. Vaya que era notorio que aquella mujer era una dirigente muy distinta a lo que estaba acostumbrada, se notaba por como hablaban de ella los sirvientes del castillo que a la par de respeto le tenían cariño, y por su forma de ser con ella, una desconocida a fin de cuentas, no le sorprendía.

-Su majestad esto es en verdad...no tengo palabras que expresen mi agradecimiento.

-Esas palabras me dan una buena idea linda -le dijo con dulzura la reina-, les pediré a Seamus y a Neville que asistan a Snape en todo lo que pida, tu tomate el dia libre, ¿De acuerdo? -un dia libre, ¿Era posible o solo una cruel broma?

-Yo...de verdad muchas gracias -dijo y asintió enérgicamente la castaña antes de abandonar la habitación de la reina quien sonrió contenta. Aquella niña un poco tímida y muy educada le agradaba, le recordaba a si misma en una época muy distante.

Hermione corría alegre cual niña por los pasillos del castillo. Bajó a toda velocidad la escalera y estaba a punto de atravesar el jardín favorito de la reina donde el joven Neville plantaba y cuidaba los rosales, cuando distinguió a dos personas que estaban ahí. La chica se paró detrás de un pilar mirando discretamente. Reconoció de inmediato al hombre que había ingresado sin permiso a la tienda de su maestro aquella noche en que el médico salvó la vida de la reina, junto a el estaba un chico al que si bien había visto pocas veces podía reconocer con facilidad gracias a la túnica de hermosa tela y finos bordados, las gafas redondas y el cabello negro: Era el príncipe Harry.

-Muy bien Harry, comenzaremos cuando estes listo -le indico el hombre mayor sacando su varita y alejándose un poco del muchacho. El príncipe tambien sacó su varita y adoptó una posición que a Hermione le pareció poco práctica, los pies estaban algo chuecos y el brazo poco firme y mejor no hablar de la manera en que sostenía la varita.

-¿Listo Harry? -cuestiono Black.

-En un combate real el oponente no avisa cuando atacara, solo ataca Sirius.

-Muy bien, admiro tu energía muchacho.

El hombre llamado Sirius mantuvo en alto la varita un rato y sin avisar lanzó su primer hechizo, un destello de luz salió de su varita, y el príncipe exclamó"protego" justo a tiempo y un escudo se levantó frente a él, luego saltó a un lado y comenzó a lanzar hechizos que el otro brujo esquivava y desviava con la varita sin mucha dificultad.

-Bien, eres más fluido con tus ataques, pero sigues descuidando tu defensa -en cuanto el hombre comenzó a responder los ataques se hizo notoria la diferencia. Sirius debía ser un experimentado hechicero, sus ataques eran precisos y parecía que solo jugaba con el inexperto joven, cuyos movimientos eran demasiado aleatorios para pensar que eran planeados y más bien parecían torpes.

-Ni siquiera es necesario quedarse a verlo todo para saber el resultado, ¿Verdad? -escuchó la chica muy cerca de su oído y sintió en su cuello el aliento de alguien. La piel se le erizo y se giró alejándose un poco de inmediato. Frente a ella estaba un hombre gordo con una sonrisa torcida y cara que parecía la de una rata-, ¿Te asuste pequeña? Como lo siento, mi nombre es Peter, Peter Pettigrew. ¿Y tu encanto? -la castaña se alejó de aquel extraño personaje sin darle la espalda.

-Hermione Granger, un gusto conocerlo señor Petigrewt -dijo girándose para irse corriendo. Petigrewts no despego la vista de la chica hasta que se perdió al dar vuelta por uno de los pasillos. Se giró solo para ver como el príncipe era derribado al ser alcanzado por uno de los hechizos de Black.

-¡Príncipe! ¿Se encuentra bien? Fue un dueño espectacular, se nota lo mucho que ha mejorado -dijo mientras se apresura a loa otros dos. Sirius en ese momento le ofreció la mano a Harry quien la tomo de mal humor.

-Da igual, sigo siendo un asco.

-Este castillo no se construyó en un dia Harry, mejoraras poco a poco, solo necesitas practicar.

-Estoy completamente de acuerdo con Sirius, joven príncipe, ai sigue practicando se volverá tan bueno como su padre con la varita -Harry sonrió con desgano.

-Si de eso se trata, vamos a seguir todo el día entonces -dijo mis tras volvía a tomar distancia-, ¡Anda Sirius! ¡Ataca!

Hermione paró de correr al estar ya frente a la entrada del castillo. Mentiría si dijera que aquel encuentro con Pettigrew no la había alterado. Aquella mirada siniestra no despertaba algo aparte de desconfianza en ella, no le parecía alguien de fiar y mucho menos alguien con el que quisiera tener un traro constante. Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos de su mente, en ese momento se encontraba ante algo de mayor importancia; un día libre y una pequeña bolsa con monedas de oro que podía invertir en lo que quisiera. Comenzó a caminar fuera de los terrenos del castillo pensando en la peculiar mañana que estaba viviendo, y que quizá aquello de alejarse para disfrutar de un día solo para ello no le agradaría mucho a su maestro, pero ya habría tiempo para preocuparse por esas cosas, de momento, su preocupación más grande era encontrar ropa de su gusto que remplazara sus viejos vestidos y que le sobrara suficiente dinero para conseguirse algunos libros interesantes, ¿A dónde debería dirigirse en ese momento? Pensó mientras seguía caminando.

Para Snape por su parte, aquella mañana en nada resultaba peculiar. Quitando el hecho de que ahora al despertar lo hacía sobre una cama que sabía estaba dentro de una habitación en un castillo y no en su acostumbrada tienda, no había ningún cambio en su vida. El desayuno le fue llevado a la hora acostumbrada por uno de los cocineros, Dean, ese era el nombre del cocinero según recordaba. Después de comer con calma se dispuso a trabajar en una habitación aparte de su dormitorio que había condicionado con diferentes instrumentos y materiales que le había solicitado al rey y que para su sorpresa este no se negó a proporcionarle. En una larga barra que se extendía por toda una de las paredes de la habitación se encontraban varios calderos sobre pequeñas llamas que variaban en cuanto a intensidad y algunas de estas incluso en cuanto a color. Snape reviso cada uno de los calderos, extrayendo algo del líquido con un cucharón para checar su color y consistencia, meneando la varita sobre ellos, aspirando los vapores que emanaban e incluso llego a probar con la punta de la lengua el sabor que tenían un par de las pociones. Satisfecho por el ritmo en que parecían ir las cosas se aproximó a la mesa que había en el centro de la habitación y ahí, frente a un pergamino extendido de tono amarillento en el que no había nada escrito saco su varita. Al dar dos simples toques en el pergamino comenzaron a aparecer letras. Debía tratarse de un pergamino hechizado para no mostrar sus secretos a nadie que no fuera el médico brujo.

En el centro del pergamino había un detallado diagrama de un cuerpo humano, Snape reviso todo lo escrito alrededor del dibujo, tacho algunas líneas, agrego algunas palabras, y en algunos casos término por negar enérgicamente con la cabeza mientras tachonaba cubriendo párrafos enteros de su pulcra escritura. Se sumergió en su labor durante varios minutos, y cuando casi llevaba una hora revisando el pergamino lo dejó sobre la mesa frotándose un poco los ojos. Sacó su varita y tocando con la punta de esta su garganta habló en voz alta.

-Hermione, ven de inmediato al taller, hay mucho que hacer –dicho esto se puso de pie. Reviso con la mirada la mesa y luego agitando la varita ordenó todos los utensilios en ella. Los recipientes e instrumentos de vidrio quedaron ordenados en un extremo de la mesa y los tarros, botellas y cajas metálicas, de madera o cartón se reunieron en el otro, dejando el centro de la mesa completamente libre.

Snape se dio la vuelta para buscar un viejo armario que había en la habitación algo que notó que le faltaba. Mientras buscaba escucho la puerta abrirse y sin darse vuelta habló con voz autoritaria.

-Ya era hora que te aparecieras. Prepara las cosas mientras encuentro los dedos de Grindylow. Toma una probeta y vierte veinte mililitros de sangre de dragón, luego toma un caldero del número 10 y ponle algo de agua, ponla a calentar a fuego lento y machaca algunas raíces de árbol anti gravedad –Snape dio por fin con el frasco de cristal que contenía lo que estaba buscando y lo tomo con una ligera sonrisa de triunfo.

-¿Qué tome un qué? –escuchó detrás de él una voz masculina. Al voltearse vio a Neville, el jardinero del castillo con una expresión confundida.

-¿Quién diablos eres y a que has venido? –le espetó con rabia apuntándole con la varita. El muchacho retrocedió algo asustado.

-Soy Neville Longbottom, señor Snape –el chico dio una reverencia-, vine a asistirlo.

-¿Cómo que has venido a asistirme? ¿Quién te ha enviado? –dijo con el mismo tono que antes.

-Lo escuche…por…por medio del encantamiento…usted sabe…-mientras hablaba se tocaba la garganta con la punta del dedo índice. Snape entendió que se refería ale encantamiento con el que se comunicaba con su aprendiz pero, ¿Por qué había escuchado él si a quien había hablado era a Hermione?

-Solicite a mi aprendiz que viniera, no a ti, ¿Dónde está ella y por qué haz aparecido tú?

-Ella…ella tiene el día libre –dijo Neville con voz titubeante. Snape no creía lo que acababa de escuchar.

-¿Día libre? ¡¿Y quién diablos le dio el día libre a mi estúpida ayudante?! –exclamó furioso.

-La reina, señor, ella le dijo que podía salir a pasear fuera del castillo, y nos pidió a mí y a otro chico que le ayudáramos a usted si lo solicitaba, incluso fue ella quien nos sincronizó con su encantamiento de telecomunicación.

Snape enmudeció al escuchar eso. ¿La reina? ¿Con que autoridad? ¿Por qué motivo? ¿Cómo se atrevía a entorpecer su trabajo?

-Pero que estupidez –dijo mientras con paso apresurado se aproximaba a la puerta de la habitación.

-Señor –escuchó decir al muchacho y en seco se detuvo y se dio la vuelta mirando fijamente a Neville quien tembló al sentir la fría mirada de aquel hombre-, u…u…usted... ¿necesita que yo...que yo…que haga algo? –Snape lo miro apenas controlando su enfado.

-Sal de aquí, y búscame un sapo –le dijo y sin más se marchó. Neville quedó confundido, ¿un sapo?

Snape caminaba aprisa por los pasillos de castillo teniendo en claro a donde se dirigía; los aposentos de la reina. Debía hablar con ella para aclararle que en lo que a la chica castaña respecta, él era el único con la autoridad para decidir sobre su agenda y si podía tomarse o no el día libre. Con eso en mente siguió su rumbo hasta que mientras cruzaba un pasillo al lado del cual se encontraba uno de los jardines del castillo, y vio en este a dos hombres en pleno duelo con varitas. Reconoció a Sirius Black de inmediato pero le costó un poco más lograr ver que la identidad del otro mago era nada más y nada menos que el príncipe Harry, el cual hacia elaborados esfuerzos por eludir los hechizos de su contrincante hasta que finalmente fue golpeado por uno que provocó que soltara su varita la cual voló por el aire y aterrizó sobre la hierba verde, cerca de los rosales. Vio después a un hombre gordo corriendo a toda prisa para recoger la varita que luego entrego al agitado príncipe que agradeció y le dirigió una mirada retadora a Sirius Black.

-Una vez más Sirius –dijo con voz autoritaria.

-Tómalo con calma muchacho, deberíamos descansar un poco –el hombre tenía sudor en la frente y parecía algo fatigado, aunque el príncipe estaba en peores condiciones. Snape se preguntaba qué era lo que aquello dos hacían.

-Sirius está entrenado a Harry, quiere convertirlo en un excelente duelista –Snape volteó a ver a la dueña de aquella voz suave y se topó con la reina que estaba sentada en una silla de madera finamente adornada mirando duelo que se llevaba a cabo en el jardín. Snape se preguntó como ella había adivinado lo que estaba pensando, ¿tendría ella el don de la legeremancia? Ese pensamiento lo asustó un poco. Snape volvió a ver a los dos participantes del duelo al notar que la reina dejaba de prestarle atención a él. Suevamente el príncipe hacia un buen intento por seguirle el paso al experimentado mago que lo volvió a derribar, esta vez con algo más de brusquedad sin querer, lo cual lo preocupo un poco. La reina también pareció alarmada al ver caer a su hijo pesadamente sobre la hierba, pero se relajó al ver que comenzaba a incorporarse. Snape por su parte vio al chico levantarse y pareció no comprender aquello.

-Es un testarudo –dijo en voz alta sin querer. La reina lo miró en ese momento.

-Lo sé, se parece tanto a su padre, ninguno de los dos quiere admitir una derrota, es una cualidad que llega a ser exasperante –Snape escuchó a la reina en silencio. Siguieron contemplando los combates del príncipe y el hombre de cabello largo un rato más hasta que al vástago del rey le fue casi imposible siquiera permanecer de pie.

-Basta, ya fue suficiente, descansa por hoy, seguiremos mañana –dijo Sirius guardando su varita.

-Pero…

-¡Sin peros Harry! Ya nos hemos extralimitado hoy, además seguramente tienes alguna otra lección para el día de hoy –y sin más el hombre se retiró. El príncipe se quedó un rato más sobre la hierba acompañado por Pettigrew.

-Me alegra que al fin Sirius le haya puesto fin, estaba a punto de intervenir-confesó la reina con un suspiro de alivio-. Sirius es estricto en sus lecciones, pero se preocupa por el bienestar de Harry, aunque a veces toma la terquedad y el orgullo de mi hijo como un reto personal y las cosas se extienden más de lo debido –Snape asintió mientras veía al príncipe retirarse del lugar. En ese momento recordó por lo que buscaba a la reina-, si me disculpa, señor Snape…

-Mi señora, quisiera hablar con usted –le dijo antes de que la monarca se fuera del lugar. La mujer lo miró con curiosidad mientras volvía a acomodarse en su asiento.

-Te escucho.

-Le agradezco. Mi señora, quisiera preguntarle, ¿Por qué le dio el día libre a mi ayudante? –la mujer pareció sorprendida por la pregunta del hombre.

-No creí que le molestaría, puse a dos de mis mejores sirvientes a que lo ayudaran, ¿hicieron un mal trabajo?

-Ese no es el punto, señora, el punto es que dejó que mi ayudante se marchara –Lily frunció el ceño, parecía algo molesta.

-Se refiere a ella como si fuera un objeto o una esclava, es una joven, solo le dije que podía tomarse el día para relajarse.

-Tiene suficiente tiempo libre para relajarse, y dado que trabaja para mí, le agradecería que en el futuro no le dé días libres a mi ayudante, no sabe cuándo puedo necesitarla.

-No veo cual es el problema, Neville y Seamus son muy buenos…

-No interesa que tan buenos sean, a esa chica le he estado enseñando desde hace años y es la única que se ajusta a mi forma de trabajo.

-Su forma de explotación dirá –dijo la reina visiblemente molesta-, no hay que ser un genio para saber que la pobre chica no había tenido un día libre quien sabe desde cuándo, ¡hubiera visto su cara cuando se lo dije y le di dinero! Parecía que le hablaba en otro idioma…

-¿Le dio dinero también? –Snape perdía gradualmente el porte con el que le hablaba a la reina en medida que su molestia aumentaba. La reina suspiró ruidosamente mientras se ponía de pie encarando al hombre.

-Sí –confesó sin más-, le di algo de dinero en agradecimiento por que ella también ayudo a salvarme la vida, me pareció algo justo y por su reacción creo que hice lo correcto, ¿Qué usted jamás se interesa o preocupa por su aprendiz? ¿Ha visto el viejo y remendado vestido que trae? La pobrecita parece como ya he dicho su esclava, y no me parece justo que la trate de ese modo.

-Yo me encargo de esa mocosa, y es precisamente eso lo que quiero aclarar con usted, déjeme a mí la administración del tiempo de esa chica.

-"Esa chica, "esa chica" –repitió la reina imitando la voz áspera de Snape-, ¿sabe que "esa chica" tiene nombre? Se llama Hermione. Y de verdad insisto en que no tiene nada de malo que se tome un día libre, que pasee por ahí y se relaje –Snape quedó enmudecido, sentía que si seguía discutiendo con la reina comenzaría a faltarle al respeto y prefería no meterse en líos. Respiró hondo para tranquilizarse.

-Probablemente tenga razón en eso de darle tiempo y espacio a esa chi…a Hermione –su voz sonaba cansada-, pero preferiría que me dejara a mí la decisión de si puede o no ausentarse. Justo hoy tenía pensado trabajar un rato, estaba en medio de algo importante y por más que sus sirvientes sean competentes no quiero avanzar sin Hermione presente…

-¡Aja! Lo sabía –exclamó la reina satisfecha. Snape no entendía la razón de la reacción de la mujer-. Sabía que en el fondo le tenía algo de aprecio a su aprendiz –Snape contrajo el gesto como si no entendiera.

-¿De qué habla?

-Acaba de decir que NO-QUIERE, avanzar sin ella presente –Snape seguía mirándola con el ceño fruncido.

-Me refería a que no puedo avanzar sin ella, ella sabe cómo trabajar, con sus sirvientes tendría que empezar enseñándoles como manipular los instrumentos antes de siquiera pensar en lograr un avance.

-No fue eso lo que dijo –le espetó la mujer con voz cantarina-. Admítalo, le tiene afecto a Hermione, se porta grosero y distante con ella, pero le tiene afecto, no lo puede ocultar.

-Mi interés con ella es solo por practicidad, ella es una buena asistente.

-Y una buena alumna, ¿o no? Un maestro siempre se enorgullece del talento de sus alumnos y usted no está exento de eso –Snape desvió la mirada como no queriendo reconocer nada de lo que la reina decía.

-Tiene algo de talento sí, pero eso no justifica que se desaparezca así como así.

-Bien, aceptare ese error, pero usted, trate de relajarse más y ponerle más atención a su aprendiz –lo reprendió la mujer y Snape se quedó como piedra, esa mujer lo estaba regañando por su manera de comportarse con la chica, algo muy extraño para él -, no quiero que la siga explotando –le exigió cruzándose de brazos. Snape suspiró fastidiado.

-Como ordene su majestad –dijo dando una ligera reverencia.

-Excelente, y ya que está aquí me gustaría hablarle de algo importante –Snape presto toda su atención a las palabras de la reina-, me interesa que mi hijo sea un conocedor de lo más posible de la magia, así que si usted no tiene inconveniente, quisiera que le de clases a mi hijo de pociones.

-Señora, yo…-trato de negarse Snape pero la reina lo interrumpió.

-No le pido que lo convierta en su remplazo, pero si me interesa que él tenga unas sólidas bases en la materia –Snape pensó en seguir negándose pero los ojos suplicantes de color verde lo desarmaron.

-Veré que puedo hacer por su hijo –prometió Snape. La reina sonrió satisfecha dándose media vuelta para marcharse.

-Que tenga buen día señor Snape –el hombre se quedó inmóvil viendo cómo se alejaba la mujer con un elegante andar. Vería que podría hacer por el hijo de la pareja real, pero la verdad era que después de ver su actuación en el duelo contra Black sentía que eso que pudiera hacer no sería mucho, el chico era un torpe con la varita, seguramente sería aún peor para las pociones.

-¿Señor? –Escuchó una leve voz a su lado, volteó y vio a Neville quien sostenía en sus manos a un sapo bastante grande y feo-, encontré el sapo, ¿este sirve? ¿Qué hay que hacer ahora? –Snape lo miró con enfado y se dio la vuelta para partir.

-Ponle nombre y cuídalo, ahora es tu mascota –le indicó antes de marcharse definitivamente. Neville miró al sapo en sus manos sin entender por qué debía ponerle nombre y cuidarlo.

Hermione salió de un pequeño establecimiento en el pueblo, se trataba de una modesta librería en la cual había adquirido un par de títulos que llevaba en una pequeña canasta. Sonreía complacida ya que según sus cuentas aun le alcanzaban para comprarse un par de vestidos sencillos, el día iba bastante bien y aún era temprano. Caminó por en medio de un mercado curioseando con la mirada cuando escuchó detrás unos pasos apresurados. Se giró y alcanzó a ver a un muchacho que casi se estrella con ella. La mirada de la chica y del muchacho se conectó por escasos segundos en los que Hermione pudo ver con claridad el tono azul de los ojos de aquel muchacho pelirrojo. Creyó distinguir una leve sonrisa en los labios del muchacho que luego volvió la vista al frente para ver por dónde corría. Mientras se alejaba Hermione vio los harapos sucios y rasgados que llevaba puestos el chico y que además llevaba consigo un saco cuyo contenido no era distinguible.

Detrás del pelirrojo corrían otros tres hombres maldiciendo al muchacho. Hermione, curiosa por aquello comenzó a abrirse paso por el mercado para no perder de vista al chico hasta que distinguió que salió de la concurrida calle adentrándose entre dos edificios. Se apresuró al lugar y estando justo en la esquina donde lo había visto dar vuelta se acercó con lentitud. Miró desde la distancia al chico rodeado por los tres hombres que había visto antes y notó a otros dos.

-Muy bien asqueroso ladrón, ¡devuélveme mi mercancía! –le espetó con violencia.

-Yo no la tengo –dijo el chico con gesto burlón y encogiéndose de hombros.

-¿Done la dejaste? –le gritó otro de los hombres viendo a su alrededor. El chico sonrió aun con burla.

-Creo que la perdí, tal vez se me cayó mientras corría no se… -en ese momento uno de los hombres calló al chico con un fuerte puñetazo en la cara. Al instante el resto de los hombres se lanzaron sobre el chico golpeándolo y pateándolo. Hermione se horrorizó al ver al chico abatido en el suelo siendo pateado con fuerza por los hombres, y estando a punto de sacar la varita para ayudarlo escucho que gritaban desde el mercado.

-¡Ladrones! ¡Ladrones! –la chica y los hombres volvieron su vista a la calle abarrotada de gente y comerciantes.

-Debe tener complicar, vamos o nos dejaran sin nada –ordenó el primer hombre que había hablado y de inmediato los cinco sujetos corrieron de regreso al mercado dejando al chico en el suelo. Hermione se ocultó para no ser vista y luego, aun desde su escondite miró al chico pelirrojo en el suelo. A pesar de la distancia logró identificar que aquellos sonidos que salían de su boca no eran quejidos, sino más bien una débil risa.

La castaña lo vio levantar los brazos como queriendo alcanzar algo. Hermione levanto la vista curiosa y vio suspendida en el aire a gran altura el mismo saco con el que lo había visto correr antes, el cual comenzó a caer con extraña lentitud. El chico se incorporó ya con el saco en las manos y una sonrisa triunfal aunque con algo de sangre. Levanto la vista y se volvió a encontrar con los ojos de la castaña que se sobre saltó. El pelirrojo le dirigió otra sonrisa y le guiño el ojo antes de darse la vuelta y salir corriendo. Hermione seguía pasmada en su sitio.

-Es un brujo –susurró la chica aun mirando el lugar donde antes estaba tirado aquel ladrón pelirrojo.

Me despido dejando hasta aquí la historia, gracias por leer, gracias a AlenDarkStar y a Myobsessivedevotion por sus comentarios, eso me anima a seguir. Ya vendrá otro capítulo de la historia, espero, siga habiendo lectores de esta.