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2. Vuelo de prueba
Tocó la puerta con los nudillos, esperando. Al otro lado de la puerta no se oía nada y por eso lo repitió, esta vez algo más fuerte. Nada. Soltando un suspiro, Martín tomó la manija dorada y abrió la puerta, entrando. La habitación de Miguel estaba a oscuras y en el suelo todavía había papelitos de colores y escarchas repartidos por el suelo que centelleaban débilmente en la penumbra interrumpida por la luz que se colaba por la puerta. Martín hizo un esfuerzo por ver algo en la oscuridad, mas fue inútil. Con un suspiro caminó hacia adelante, buscando la ventana y golpeándose en el camino con la esquina de una mesita. Puteando por lo bajo, se agarró de las cortinas de terciopelo rojo y las hizo a un lado de un tirón.
La luz del sol impactó de lleno contra su rostro, arrancándole un quejido, mas no sólo a él, sino también al bulto que se removía debajo de las sábanas de seda. Martín se volvió, sobándose los ojos, tratando de recuperar la visión. Cuando lo hizo, se fijó en la colosal cama que ahora estaba directamente bajo los rayos del sol. Miguel permanecía escondido debajo de la seda.
-Buenos días –murmuró Martín, observándolo.
Miguel no respondió.
-He dicho: BUENOS DÍAS –repitió alzando la voz.
-Cinco minutitos más –balbuceó el heredero sin asomarse todavía de debajo de las sábanas, a lo que el mago rodó los ojos.
-Andá, levantate –bufó y en cinco pasos cruzó la habitación y se posicionó al pie de la enorme cama que Miguel tenía para sí solito-. Mientras más rápido te vayas de la casa, más rápido me regreso yo a lo mío.
Tomó uno de los extremos de la sábana que tapaba a Miguel y sin aviso la jaló y la tiró al suelo. Miguel se retorció chillando, abrazando rápidamente la almohada y escondiendo el rostro en ella. Martín frunció el ceño. Aquello no podía estar en serio pasándole a él. Había hecho esto antes, con Daniel o Sebastián, pero ellos eran su familia y sin problema podía lanzarse sobre ellos, a atacarlos con cosquillas. Sin mencionar que eso había sido cuando tenían apenas diez años o algo así. Con un aristócrata así de poderoso sin embargo las cosas se tornaban un poco diferente y Martín no estaba seguro cuál sería la mejor manera de sacarlo de su cama. En el momento en que intentó convencer al chico de que debía ir a desayunar que ya iban a ser las diez, alguien más tocó la puerta, entrando.
-Vine a traerle el desayuno al señor Miguel –dijo la misma empleada que el día anterior le había indicado que los nobles estaban cenando afuera.
Martín la miró confundido, aunque agradecido de que ahora ya no hubiese razón para sacar al alado de su cama, dado que este había ya salido por sí solo y bastante rápido.
-Gracias, Blanca –sonó de pronto la voz de Miguel a su lado, como si ya llevase tiempo despierto.
Martín resistió las ganas de rodar los ojos. La chica asintió con una sonrisa y salió, sin dignar a Martín de una segunda mirada.
-Por fin –masculló Martín al verlo de pie y Miguel le sonrió.
-¿Te mandaron a levantarme?
El humano asintió y Miguel soltó una risa.
-Gracias –suspiró y se acercó a la mesita en la cual Blanca había dejado la bandeja con su desayuno.
-¿Siempre te traen la comida al cuarto? –quiso saber Martín mientras se sentaba en la cama, mirándolo.
Miguel negó.
-No, pero es que hoy todos han desayunado temprano y no me gusta comer solo en la mesa.
-Ahora también estás sentado solo –replicó Martín.
Miguel rodó los ojos.
-Es que no sé qué haces ahí sentado en mi cama –se quejó y el mago tuvo que reírse.
-Ya, che, ya vengo, su Alteza –bromeó y se paró, acercándose a la mesa para sentarse con Miguel.
Este lo miró con el ceño fruncido.
-No me hables así.
Martín alzó una ceja.
-¿Ah?
-No me trates de alteza –pidió-. Al menos no de esa manera tan despectiva, te puede traer problemas, especialmente si te oye mi familia.
El rubio parpadeó. Miguel le dedicó una última mirada antes de dedicarse a su desayuno, murmurando un "come". Martín bajó la mirada, dando con un plato servido para él.
-Ya desayuné –negó, pero Miguel se encogió de hombros.
-Come –repitió y se llevó un tenedor con huevo revuelto a la boca.
Martín arrugó el entrecejo, pero finalmente tomó su tenedor. No era como si realmente hubiese tenido la intención de negarse a comida rica. Miguel alzó apenas un poco la mirada y lo observó, sonriendo disimuladamente, mas fue rápidamente descubierto por Martín.
-¿Qué mirás?
-Que dejes de hablarme así –se quejó el noble, mas falló en no reírse.
Martín suprimió un comentario socarrón.
-Bueno.
-Martín –lo interrumpió el alado-, puedes llamarme por mi nombre, pero con respeto. Me caes bien y por eso no quiero que estés en problemas. No lo digo por mí...
Suspiró y Martín alzó una ceja.
-¿Entonces? –preguntó. Miguel se encogió de hombros.
-Te lo acabo de decir: mi familia. En realidad todos mis parientes y conocidos… Bah, casi todos los alados.
-Todos los alados –concluyó Martín y Miguel alzó una ceja.
-Estás generalizando.
-No. O bueno, ¿todos los alados excepto vos?
Miguel rodó los ojos.
-Callado me caías mejor.
El mago alzó una ceja, pero luego se rio, echándose hacia atrás en su silla y cruzándose de brazos. Ladeó el rostro, inspeccionando a Miguel una vez más, como si quisiese adivinar algún secreto sucio suyo. Así que ni Miguel se libraba de tener un poco de esa arrogancia típica de los alados. El heredero lo miró raro, pero luego lo ignoró y siguió comiendo.
-¿Por qué sos así?
Miguel alzó la mirada de su plato. Por la mirada contrariada y ofendida que le lanzó, asumió que se había tomado mal la pregunta.
-¿Así cómo? –bufó.
-Así de diferente. No sos como tu familia.
-Pues mi hermano tampoco lo es –opinó Miguel, a lo que Martín lo miró incrédulo.
-Claro.
-En serio.
-Te creo.
Sarcasmo puro. Miguel bufó irritado, insistiendo una vez más que su hermano no era como su abuela y su padre, pero Martín no le hizo caso y la discusión se armó, al menos hasta que volvieron a tocar a la puerta.
-Adelante –alzó Miguel la voz y la manija se echó hacia abajo, dando la puerta paso a la abuela del heredero.
-¿Sigues comiendo? –dijo la mujer ligeramente fastidiada, ignorando olímpicamente a Martín.
-Me desperté tarde.
-Pero hace una hora que mandé a que te despertaran y te trajeran el desayuno.
Sisa soltó un suspiro y caminó hacia su nieto. Recién ahí Martín pudo ver que detrás de ella había estado parada el ama de llaves, la cual permaneció quieta y en silencio en el marco de la puerta. Sisa caminó hasta la ventana de la habitación, abriéndola.
-Hace un día hermoso –comentó contemplando el cielo.
Miguel asintió.
-Está perfecto, sólo espero que así se quede.
-Sí, sería muy malo si ahora no logra mantenerse hasta la boda –suspiró la mujer y se apartó de la ventana, parándose detrás de su nieto y posando sus manos sobre los hombros de este-. Vamos, come rápido que ya deberías haber salido.
-¿Qué hora es? –quiso saber Miguel mirando hacia atrás por encima de su hombro.
-Acaban de dar las once –respondió Sisa mirando su plato-. No comas demasiado que después no puedes volar bien o te da calambres.
-Pero voy a ir con Martín –avisó, a lo que Martín se puso alerta y Sisa alzó una ceja.
-Entonces con mucha más razón deberías apresurarte –afirmó y se alejó del chico, caminando de regreso a la puerta. El ama de llaves se hizo a un lado para que pudiese pasar-. No quiero que termines volviendo después de las once.
Miguel esperó a que la puerta se cerrara y ahí recién se rio.
-Ay Dios, mi abuela es un encanto –musitó entretenido mientras terminaba de vaciar su plato.
Martín lo miró con curiosidad.
-¿Y a dónde se supone que vamos a ir?
-A recoger una dote –respondió Miguel mientras dejaba sus cubiertos en el plato-. Para la boda.
-¿Tu boda? –Martín alzó una ceja y Miguel se echó a reír.
-No, no, claro que no –dijo entre risas a la vez que se ponía de pie, siendo imitado por Martín-. La de mi hermano.
Martín le dedicó una mirada algo incrédula.
-¿El enano se casa?
Miguel lo fulminó con los ojos.
-No, Julio se casa –lo corrigió mientras caminaba hacia la ventana, parándose afuera en el balcón-. Sácame algo de ropa.
Martín se rio entre dientes y se acercó al armario. Lo abrió, echándole un vistazo a su contenido. El mueble, que de por sí era enorme, estaba repleto hasta el tope de ropa confeccionada de materiales que Martín jamás en su vida había podido siquiera ver de cerca. Se volvió un segundo para mirar a Miguel, quien se había sentado sobre la baranda del balcón y luego se volvió otra vez hacia la ropa del armario. No tenía idea de qué se suponía que usaba un alado cuando iba a recoger una dote, pero bueno... una orden era una orden, así que sacó lo que mejor le pareció y se lo mostró al alado.
Miguel lo miró poco convencido.
-Demasiado elegante.
Martín frunció el ceño. ¿Acaso dudaba de su gusto? imbécil.
Le sacó una casaca menos llamativa que la que ya había visto antes y se volteó nuevamente hacia Miguel, descubriendo que el chico ya se había comenzado a desvestir. La muda blanca que había utilizado para dormir estaba tirada en el suelo y Miguel se encontraba en ropa interior. Martín le mostró la otra casaca y el alado la contempló sin mucho interés.
-¿Tengo que ir en casaca? –preguntó luego de un rato y se acercó al armario.
Martín suspiró, perdiendo de a pocos la paciencia. Si para esto lo querían podían desde el principio contratar a un humano blanco y sin poderes, pensó amargado.
-A mí no me preguntes, ¿cómo se supone que vas a ir a ver a tu cuñada?
Miguel se encogió de hombros y tomó el pantalón que Martín le había separado, poniéndoselo. El humano lo observó primero con aburrimiento, sin embargo cuando Miguel se volteó nuevamente, su expresión pasó a ser más bien una de curiosidad. Contempló la espalda del alado, admirando el mismo sello mágico que había visto sobre la espalda de su hermano el primer día. Lo escrutó con interés, notando inmediatamente que el diseño del sello era diferente al de Julio, teniendo una forma más alargada, llena de colas y espirales que se extendían hacia los costados. Y era más grande, abarcando casi la mitad de su espalda.
Miguel tomó ahora la camisa y se la puso, todavía sin mirarlo. Martín siguió observando el sello a través de la apertura que tenía la camisa en la espalda.
-¿Toda su ropa es así? –preguntó sin poder contener aún más su curiosidad. Miguel lo miró sin entender-. Con huecos...
-Ah, eso. Sí, bueno, a menos que quiera romper mis camisas cuando libere mis alas, tengo que usar ropa así.
Martín asintió mirando todavía el sello, cuando Miguel se volvió hacia él, descubriéndolo.
-¿Qué miras?
-Nada –dijo Martín sin querer dar explicaciones, pero Miguel no le creyó.
-Anda, dime –insistió y Martín estaba a punto de replicar de nuevo que nada, cuando se le adelantó, agregando un "es una orden".
Resopló.
-Estaba mirando ese sello que tenés en la espalda –masculló mientras se apoyaba de espaldas en el armario cerrado-. Tu hermano también lo tiene...
-Ah, ya –asintió Miguel sin darle tanta importancia al asunto-. Todos lo tenemos.
Martín lo miró sorprendido.
-¿Todos? ¿Y cómo es eso? ¿Nacen así?
-No sé muy bien, la verdad –admitió Miguel algo apenado-. Lo tengo desde niño, aunque no creo haber nacido con eso. Se supone que originalmente era para mantener mis alas bloqueadas para que no me estorben cuando aún era demasiado pequeño para poder usarlas –explicó y dio por concluido el asunto, razón por la que Martín se resignó a no preguntar más, aún si su interés era enorme.
Ya lo haría en otra ocasión. Se preguntó qué mago o hechicero le habría aplicado aquel sello a Miguel. Supuso que habría sido el hechicero de su padre o su abuelo.
Miguel terminó de ponerse su casaca y caminó hacia la puerta, sin esperar a asegurarse que Martín lo siguiese. El mago suspiró. Había esperado que el chico no lo necesitara más por aquel día, pero al parecer iba a estar muy ocupado. Todos los días. Siguió a Miguel fuera de la habitación y cerró la puerta detrás de sí, agradeciendo en silencio el al menos no estar a cargo del orden del dormitorio de su señor.
-Lo Gómez viven algo lejos, pero no vamos a ir a su residencia principal –dijo éste mientras cruzaban el corredor y salían al recibidor. Martín apenas pudo asentir antes de que Miguel ya estuviese hablando de nuevo-. Tienen una casa a unas horas de aquí, sólo es una pequeña casita de verano. No me importaría volar hasta su residencia principal, pero mi señora abuela últimamente anda sin querer que ande demasiado tiempo solo lejos de la casa. Sabe Dios por qué.
Martín apenas escuchaba. Sólo caminaba detrás de él hasta que de pronto el chico dijo algo sobre "no me pises los talones" y lo jaló del brazo para que se pusiese a su altura. Martín en ese momento se preguntó qué estaría haciendo su familia sin él. Esperaba que lo estuviesen extrañando.
Le sorprendió la enorme fuerza que pudo sentir a través del agarre de Miguel, por cierto. Y ni siquiera parecía que haya sido con esfuerzo...
-La carroza está lista, señor.
-Gracias.
Martín ni se había fijado en que habían salido de la casona, percatándose recién de que se iban a ir de la mansión cuando estaba parado frente a la mencionada carroza.
-Espera, ¿ya vamos a salir?
Miguel lo miró de lado, alzando una ceja.
-Si queremos regresar para la cena, sí –respondió-. No podemos perder más tiempo o no vamos a llegar nunca.
Martín suspiró. Ni acostumbrarse a ese lugar podía y ya lo metían de nuevo a una carroza. Desgraciadas carrozas, las odiaba, odiaba todos los malditos medios de transporte que no fuesen sus propios pies. Ese era uno de los raros momentos en que le molestaba en verdad estar bajo el yugo de los alados, que les prohibieran usar su magia como les naciera utilizarla, que no les dejaran ser libres. Las leyes de regulación para los magos y hechiceros eran injustas y estúpidas, una mierda. Una mierda por la cual sus padres murieron.
Decidió que sería mejor no pensar más en eso cuando uno de los sirvientes le dio un codazo disimulado. Miguel ya estaba entrando a la carroza, así que se apresuró a imitarlo.
-¿Y por qué no vuelvas hasta ahí? –preguntó Martín una vez que se sentó frente al otro.
-Porque no puedo regresar volando con una caja enorme llena de regalos –replicó Miguel como si fuese obvio-. Conociendo a los Gómez, va a ser una muy pesada. Son muy ricos, ¿sabes? Casi como nosotros, pero a eso súmale que les gusta restregártelo en la cara.
"¿Acaso ustedes no?", quiso acotar Martín, pero era lo suficientemente inteligente como para no hacerlo.
-Ah –suspiró en cambio-. ¿No todos los alados son ricos?
Miguel se encogió de hombros.
-Bueno sí, pero me refiero a que son más ricos que, no sé, los González por ejemplo.
El humano asintió, aunque no tenía idea de quiénes eran los González. Obviamente otra familia noble, aunque el nombre no le decía mucho. Al menos el nombre Gómez despertaba varias alarmas. Los administradores financieros de los Prado no eran cualquiera. Resonaban en cada recolección de impuestos y sobre todo en cada inauguración de algún monumento honorario. Pero González, eso sí que no. Miguel en cambio los nombraba como si fuesen celebridades. En sí Miguel siempre le hablaba como si Martín ya supiese todo sobre el mundo de los alados, como si no hubiese vivido toda su vida en una comuna humana. Que sí, la suya era la más grande de la región, pero estaba del otro lado de la cordillera y oriente no era tomado en cuenta más que para el abastecimiento de ciertos metales y carnes. El mago no le dijo nada al respecto, tampoco quería pedirle más explicaciones de las necesarias, eventualmente se ubicaría por su cuenta en el panorama aristocrático.
Tres horas y media duró el viaje hasta la llamada "casita de verano" que resultó ser una mansión más. Debía de ser la mitad o hasta un tercio de lo que era la casa de los Prado, pero no dejaba de ser un mini palacio. Todo se veía tan refinado, elegante y caro, muy caro. Las paredes estaban pintadas de un celeste infantil pero muy dulce y el jardín era un tanto más libre que el de los Prado. Flores veraniegas cubrían el terreno delantero de una alfombra amarilla a cada lado del camino. Ahí era a dónde iban sus impuestos entonces, a una casa de lujo que era usada tres meses al año a lo máximo.
Fueron recibidos por dos mujeres jóvenes, escoltadas por un hechicero y tres sirvientas. Martín los observó de pies y cabeza, pero los otros humanos no le devolvieron la mirada, manteniendo una expresión seria y casi ausente. Parecían drogados. Frunció el ceño, mas no dijo nada. Miguel inmediatamente corrió a saludar a las señoras, abrazando a la mayor de las dos chicas. A la segunda la saludó con un beso en la mejilla y una sonrisa amigable.
-¿Y este? ¿Tu hechicero por fin? –exclamó Catalina al verlo y lo chequeó de arriba para abajo, sin disimular ni un poco.
-Exacto, es mi mago –respondió Miguel y Martín alzó una ceja, no gustándole eso de "mi mago", pero tampoco pasándole desapercibido el notable tono de orgullo en su voz, lo cual en cambio sí le agradó.
"Eso, si ya soy tu mascota al menos presúmeme", se dijo entre sarcástico y divertido.
-¿Mago? -María se cruzó de brazos, mirando a Martín con una mueca socarrona-. Y yo creí que...
-María –la llamó Catalina y le dio un empujoncito ligero-, creo que deberíamos entrar. No es de buena educación que tengamos aquí afuera al Miguel, mira que vino hasta aquí a recoger la dote.
María rodó con los ojos, pero finalmente entraron. Martín terminó caminando junto al otro hechicero. Tenía la sensación de que lo miraba de reojo, como evaluándolo pero a la vez no queriendo sobrevalorarlo. De seguro estaba pensando que era algo mejor, sólo por ser un hechicero, pensó Martín, sintiéndose frustrado. No era como si quisiese competir con ese tipo o algo, pero le irritaba cuando se cruzaba con gente así, sean humanos o alados, que creían que los hechiceros eran superiores a los magos.
-Martín –la voz de Miguel lo sacó de su ensimismamiento-. Ven.
Parpadeó, volviendo al presente y a la pequeña salita en la que se encontraban. Frente a un baúl alargado y algo chato estaban paradas las dos mujeres y Miguel. Las criadas no se encontraban más ahí, pero sí el otro hechicero.
Martín se acercó a Miguel con una mezcla de confusión y curiosidad, más que nada lo segundo. El chico le pidió que abriese el baúl y Martín extendió su mano derecha, alzando su dedo índice. Automáticamente la tapa de la caja se alzó y su contenido quedó descubierto. Martín soltó inconscientemente un silbido, a lo que María se rio entre dientes. Miguel alzó una ceja.
-Nada mal –se le salió y Catalina bufó.
-Claro que no, ¿qué esperabas? –le soltó y apoyó las manos en las caderas-. Recuerda que una buena parte de la riqueza del sur es gracias a esta casa, es bastante lógico que la dote de mi hermana tenga peso.
Miguel se rio, asintiendo.
-Bien, bien, lo siento, no lo decía de esa manera –se disculpó mientras que Martín seguía contemplando el interior de la dote.
El baúl solo ya era una obra de arte, tan finamente trabajado, con sus miles de ornamentos tallados y pintados en distintos colores, recubiertos muchos en pan de oro. Bajo la tapa de aquella caja del tesoro, se hallaban telares, joyas, piedras preciosas, perfumes, jabones y pequeños platos y jarrones de porcelana pintada, algunos cuadros y estatuillas pequeños e incluso libros de aspecto antiguo y pesado. Había vestidos también, todos de la prometida del menor de los Prado, la cual observaba entretenida como su hermana mayor le seguía hablando a Miguel sobre la historia y riqueza de su linaje. Martín tuvo que sonreír también y dejó que la tapa del baúl revestido en terciopelo verde se cerrase.
-Necesitan un candado para eso –señaló entonces María y se volvió hacia el hechicero ahí presente-. Abel...
-Un candado, por favor –la interrumpió Catalina, hablándole al hechicero.
Martín lo observó disimuladamente mientras que el chico murmuraba un par de palabras por lo bajo y dos segundos después un candado de considerable peso se materializó en su mano, la cual extendió para alcanzársela a su señora mientras agachaba la cabeza. Catalina recibió el candado y se lo pasó a Miguel, este a su vez se lo dio a Martín. El mago repentinamente tenía la sensación de estar siendo parte de una especie de ritual o algo así. Sin más le puso el candado y lo cerró.
-Listo –musitó Miguel y se dirigió hacia Martín-. Ahora hay que sacar esa cosa.
Martín sonrió de lado y asintió. Las ventanas de la habitación se abrieron y el mago echó un rápido vistazo por ellas, confirmando contento de que se encontraban en un cuarto que daba hacia el patio frontal de la casa, donde se encontraba la carroza. Sin más el baúl se alzó en el aire y salió volando de la estancia hasta aterrizar frente a la carroza. Miguel consideró que era un buen momento para ir bajando mientras comenzaba a conversar con las chicas sobre cosas más triviales.
-¿Y Julio? ¿Cómo anda el chico? –quiso saber Catalina mientras bajaban las escaleras.
-Pues, anda bien supongo –Miguel se encogió de hombros-. Hoy fue hacia el extremo sur.
-¿Dónde los González? –preguntó María. Miguel asintió-. ¿Va seguido?
-Algo, casi parece que se está amistando más con Manuel. ¿Recuerdas que de chiquito no lo podía ver ni en pintura y siempre le metias cosas raras en el postre? Pero ahora casi ni pelean. Tanto.
María se rio bajo y asintió.
-No sabría por qué otra razón tendría que ir hasta ahí abajo, no creo que se lleve especialmente bien con la niña... ¿Cómo dices que se llamaba?
-Tiare –respondió Catalina, adelantándose a Miguel-. No está comprometida, ¿cierto Miguel? Es una chiquilla aún si no me equivoco. No se le ve en las fiestas.
Miguel negó.
-No, al parecer no. Pero la niña ya está bastante crecida, tiene dieciséis años, si no me equivoco.
-¿Y si Julio está interesado en ella? –sugirió Catalina con una sonrisa divertida.
María frunció el ceño, pero no dijo nada, saliendo al patio.
Frente a la carroza estaba el baúl y frente al baúl estaba parado Martín, sonriendo orgulloso. Miguel se sorprendió, cayendo en la cuenta de que el mago no había bajado con ellos. El sirviente que los había acompañado se acercó a Martín y comenzaron a ver cómo sería la mejor forma de subir la dote a la carroza.
-¿Estás satisfecho con él? –le preguntó María curiosa a Miguel.
Este asintió con aire pensativo. Martin optó por hacerse el que no los oía.
-Sí, hasta ahora estoy satisfecho –musitó y se rio bajito-. Recién llegó ayer, pero parece ser bastante eficiente.
-Se ve bien –María se encogió de hombros y sonrió de lado-. Está bien que te agrade. A mí me habría encantado tener uno.
Miguel asintió, devolviéndole la sonrisa, divertido.
-Tú me agradas –dijo riéndose y María alzó una ceja.
-Claro que te agrado.
-Esa es la única razón por la que te casas con mi hermanito.
María rodó los ojos.
-Sí, claro. Como si alguno de nosotros hubiera tenido algo que decir al respecto.
Miguel volvió a reírse, esta vez más fuerte, llamando la atención de Catalina, quien conversaba con su hechicero y un par de criadas. La heredera de los Gómez se volvió hacia su igual, caminando apresuradamente hacia él y su hermana.
-Miguel, no puede ser que ya se vayan. ¡Ni siquiera les hemos invitado a comer algo! –exclamó agitando los brazos-. Mínimo quédense a comer algo antes de irse. ¡A que no han ni almorzado!
Miguel asintió apenado.
-¿Pero qué hora es?
-Son las cinco.
-Bueno, pero nos quedamos máximo una hora, porque a las once hay que hacer acto de presencia ante mi padre –suspiró el heredero rodando los ojos-. Y mi abuela, que ya saben como son.
María se rio.
-Vamos, sólo merendaremos algo chiquito. Catalina ya mandó a que nos preparen el café –musitó mientras se volvía sobre sus talones y caminaba de regreso a la casa.
-Todavía trato de imaginarme cómo será ese matrimonio –murmuró Miguel por lo bajo mientras la seguían y Catalina le sonrió.
-Todo va a salir bien, no te preocupes –lo trató de animar, dándole unas palmaditas en el brazo-. ¿Vamos?
Miguel asintió, ofreciéndole su brazo, el cual Catalina gustosa aceptó.
-Martín –llamó rápidamente a su mago, el cual se había quedado sentado afuera de la carroza.
El rubio se paró perezosamente y caminó hacia Miguel.
-¿Sí?
-Ven, vamos a quedarnos a comer todavía algo –le informó el alado y Martín sonrió-. Ahm...
-¿Sí?
-Si los criados te miran raro o algo por sentarte con nosotros a la mesa, ignóralos.
El mago alzó una ceja.
-No tenés que decírmelo, lo haría de todas maneras –contestó y Miguel pareció aliviado al ver su sonrisa relajada.
Satisfecho, echó un vistazo hacia la carroza.
-Creo que ya podemos ir mandándola a casa.
Martín lo miró sin entender.
-¿Qué cosa?
-La dote.
-Eh... ¿Y nosotros?
Miguel le sonrió con un dejo travieso.
-Ya veremos.
-Ajá... –Martín asintió, no muy convencido, pero finalmente lo siguió al interior de la casa, donde una criada los esperaba para guiarlos al comedor.
Tomaron asiento con las mujeres y los criados les sirvieron pastel, galletas y café.
-El café está igual de bueno que siempre -alabó el heredero de los Prado.
-¿A que sí? –Catalina sonrió orgullosa-. Lo hemos traído desde nuestros campos. Este año tuvimos una cosecha especialmente rica, en todos los sentidos. Pero oí que al otro lado de la cordillera, en los campos arriba del Primer Río, han perdido casi el ochenta por ciento de las cosechas a causa de las inundaciones.
Martín se tensó al oír aquello, prestando inmediatamente atención. Miguel miró interesado a Catalina.
-¿Sí? No me había enterado de eso.
-Fue hace unos días no más. Nuestro padre recibió un mensaje del hechicero de uno de los nobles de ahí y nos mandó un mensaje por medio de Abel –explicó Catalina-. Ha llovido tanto en ese lado que los ríos se desbordaron.
-Y pensar que es ahí donde se están alzando los rebeldes –señaló María con gravedad, ignorando la mirada asesina que le lanzó Catalina. Miguel frunció el ceño, Martín sintió que se le fue el aire-. Espero que saqueen las comunas humanas para abastecerse, sería muy problemático si se meten con nuestras ciudades.
-¿Entonces es verdad que se están movilizando otra vez? -quiso saber Miguel.
Catalina asintió, mirando a Miguel. Ninguno se percató de la expresión aparentemente indiferente de Martín, quien había cerrado el puño sobre su tenedor. Los nobles hablan sin pensar en quién oía o escuchaba.
-Se han oído noticias de que están cerca de Río de la Plata, como dijo María, pero no es nada seguro. Además no están en las comunas, lo habríamos notado. Tenemos bien vigilada a nuestra gente, no te preocupes Miguel.
-Pero fácil pueden tener contacto con ellos, quién sabe –propuso María.
Miguel negó.
-Las comunas están bien vigiladas -rectificó-. En especial Río ya que es la más grande y es el centro por donde pasan todos los impuestos. Catalina tiene razón, lo habríamos notado si hubiese rebeldes ahí.
-Todos los humanos son posibles rebeldes –gruñó la menor de los presentes-. Sólo que son buenos actores.
María le lanzó una mirada fugaz a Martín, quien logró torcer una sonrisa a tiempo. Miguel frunció el ceño.
-Eso no es cierto, estás generalizando, María.
-Es que a ti te caen los humanos –replicó la chica con reproche-. En cuanto menos lo esperes, te van a apuñalar por la espalda.
Catalina miró a Abel de reojo e instantáneamente se volvió a su café. Miguel miró mal a María, pero luego lo dejó para dedicarle su atención a su postre mientras un silencio incómodo se instauraba en la estancia. Martín notó que María seguía mirándolo con disimulo.
-Creo que deberíamos irnos –volvió a hablar Miguel luego de un buen rato que ninguno dijo nada.
Catalina asintió apenas, mirando su taza vacía y luego a una de las criadas.
-La carroza ya se fue, mi señora –murmuró esta en voz baja, visiblemente apenada.
-¿Cómo? –la chica frunció el ceño y dirigió su mirada hacia Migue-. ¿Y cómo pretendes irte? Rodrigo se fue en la nuestra porque se regresa unos días a la casa. Nuestro padre se va a escandalizar cuando se entere que estamos solas aquí, pero eso no importa.
Miguel alzó una ceja.
-Pero si están con Abel.
María rodó los ojos y Miguel prefirió ignorarla, poniéndose de pie.
-No te preocupes, Cata, Martín y yo ya veremos cómo regresar.
Martín esperaba que sí. Afuera había viento, no mucho, pero daba la sensación de que llovería. En secreto deseaba que Miguel le dejase transportarse con magia, aun sabiendo que ni él podía autorizar algo así. No con ese tonto sello. Las chicas los acompañaron a la salida, donde efectivamente ya no estaba la carroza. Miguel se despidió de ambas de la misma manera en que las había saludado. Martín no existía ni para Catalina, ni para María.
-Vamos –le dijo Miguel con una sonrisa a su mago y este trató de sonreírle de vuelta.
Si la ida había durado más de tres horas en carroza, no quería ni saber cuánto les tomaría ir caminando de regreso. Y eso que ya eran más de las siete de la noche. Aun así, echaron a caminar, lado a lado. Salieron con toda la calma del mundo por el portón del terreno de los Gómez, Miguel hundiendo sus manos en los bolsillos de su casaca. Martín lo observó de reojo.
-¿No tenés frío? –preguntó refiriéndose al agujero en su vestimenta.
Miguel sacudió la cabeza.
-No –musitó mientras trataba de echar un vistazo sobre su hombro de manera disimulada-. Oye...
-¿Qué?
-¿Ya han entrado en la casa?
Martín asintió.
-Hace unos minutos.
-Bien –Miguel se detuvo en seco, mirando a todas partes, y luego sin más se volvió hacia Martín, sus ojos brillando entusiasmados-. ¿Le tienes miedo a las alturas?
Martín abrió los ojos como platos, captando lo que el chico quería hacer.
-No, pero…
Miguel sonrió resuelto.
-Entonces vamos a volar –anunció y antes de que Martín pudiese replicar, un par de alas blancas como la nieve surgieron de su espalda desnuda, desdoblándose en un abrir y cerrar de ojos. Martín contuvo el aliento, contemplándolas asombrado cómo se agitaban y batían. Miguel le sonrió.
-Voltéate.
-¿Qué?
-Es una orden.
-Eso sonó re mal, solo para que lo sepas -refunfuñó Martín por lo bajo, pero finalmente le hizo caso, dándole la espalda a Miguel.
Oyó el batir de sus alas y quería voltear, pero no se sentía capaz de ir en contra de la orden de Miguel. Las alas del noble volvieron a batirse y Martín oyó más ruido a su espalda. La curiosidad lo estaba matando, quería realmente verlo volar y estaba a punto de ceder ante su impulso de echar un vistazo por encima de su hombro, cuando sintió a Miguel apoyarse con las manos en sus hombros.
-Alza tus brazos –le indicó el alado al mago y cuando éste le obedeció, pasó sus brazos por debajo de las axilas de Martín.
Este miró al suelo, notando que los pies de Miguel no lo tocaban. Oyó que batía una vez más sus alas y finalmente también él se elevó. Pudo sentir como Miguel se abrazaba con más fuerza a su cuerpo, cuidando de no soltarlo. Martín trató de buscar en dónde aferrarse, mas descubrió muy pronto que no podía hacer más que dejar que sus brazos colgasen, teniendo que literalmente entregarse a las manos (y brazos) de Miguel. Pudo por primera vez sentir plenamente la notablemente superior fuerza de un alado. Cualquier otro humano lo habría dejado caer, Martín sabía que no era el más ligero, pero Miguel lo sujetaba como si fuera una pluma.
El suelo se alejaba cada vez más de sus pies, al igual que los árboles y el camino se iban achicando más y más. Mientras el mundo iba desapareciendo, Miguel no parecía querer parar, sus alas lo llevaban cada vez más alto, hacia el cielo y las nubes. Martín sintió el vértigo retorcerle las entrañas y su estómago dar un vuelco cuando Miguel le volvió a hablar al oído.
-Deja de mirar hacia abajo. ¡Te estás perdiendo el espectáculo!
Lo único que Martín pudo sentir entonces junto con los brazos de Miguel rodeándolo, fue el viento frío en su rostro y la humedad de las nubes empapando su cabello. Su cuerpo estaba inmóvil, petrificado, y no sabía bien si por el miedo o simplemente el aire helado. Volvió a oír la voz de Miguel gritando justo junto a su oído, pero el viento silbaba con violencia y apenas lo entendió. El agarre del alado se tensó y su aliento caliente le rozó la nuca, despertándolo bruscamente. Martín tembló, inhaló de golpe y abrió los ojos con fuerza.
Ante él, el cielo se abrió como un campo infinito.
