3. Lluvia roja
Había estado lloviendo únicamente durante la última semana, pero fueron tales precipitaciones, que en poco tiempo los dos ríos que rodeaban sus campos y los sustentaban se desbordaron, inundando los cultivos. La mayor parte de la cosecha se echó a perder, pudiéndose salvar sólo una pequeña fracción de lo que usualmente obtenían cada año.
-Todavía tenemos las minas –trató Sebastián de ser optimista, observando aburrido la vela que se consumía sobre la mesa, como si no tuviese nada mejor que hacer.
Normalmente encendía mínimo cuatro para tener cierta luz y calor, mas no era como si ahora se sintiese muy a gusto gastando de más. Afuera seguía lloviendo y en el resto de la casa reinaba el silencio. Su madre ya se había retirado a dormir y su padre no volvería esa noche.
-Pero nos va a alcanzar a duras penas para cubrir la cuota mensual –murmuró al no recibir respuesta.
Daniel alzó la mirada del periódico, doblándolo por la mitad.
-No deberían cobrarnos impuestos. Hemos perdido demasiado como para poder pagar siquiera el mínimo y todavía poder alimentarnos...
-No exageres –masculló Sebastián-. Aún nos va a alcanzar, siempre nos sobraba un poco.
-Eso era cuando no se nos echaban a perder las cosechas –replicó Daniel frunciendo el ceño-. Hay un límite para ser optimista, Sebastián. Y con esa cara menos te creo que algo nos vaya a sobrar.
Sebastián suspiró.
-¿Hace cuánto que se fue Martín?
-Casi dos semanas.
Daniel suspiró. Sebastián asintió, tratando de pensar en su otro primo para, aunque sea, distraerse un poco.
-¿Cómo crees que le esté yendo? No nos ha mandado ni una carta...
-El correo toma demasiado tiempo en llegar, más si debe cruzar la cordillera. Y ni hablar si no está dirigido a alguien mínimamente importante.
-Es un mago, debería enviarla por otros medios –resopló Daniel dejando el periódico tirado en la mesa mientras se cruzaba de brazos-. Además es el mago del heredero, eso debería darle algún tipo de privilegio en este sistema de...
-¿Y si no le permiten usar su magia libremente?
-Nunca nos han dejado usar nuestra magia libremente. Y además, ¿No tenía una paloma mensajera?
-La soltó antes de irse, el muy... -Sebastián gruñó bajo, dejando la frase inconclusa-. Y no puedes hacer que la pobre cruce la cordillera dos veces con una carta.
Daniel asintió lentamente y Sebastián volvió a suspirar. Afuera la lluvia disminuyó ligeramente, oyéndose el tronar de las gotas más levemente sobre el techo de hojalata. El rubio se acomodó los lentes y se estiró, tomando aire antes de seguir hablando:
-Igual... Se nota su ausencia, faltan la bulla y los comentarios idiotas. Y las chicas, ya no paran acá...
Daniel se encogió de hombros, mirando también hacia la vela.
-No lo sé –suspiró y se puso de pie, recogiendo su abrigo, pero volviendo al poco rato para recuperar su periódico-. Tal vez debería ir yéndome, mi madre ya va a llegar a casa.
Estaba a punto de caminar de regreso hacia la puerta, pero al pasar junto a Sebastián, éste lo detuvo.
-Mostrame eso que leés.
Daniel alzó una ceja, alcanzándole el periódico, el cual mejor aplicaría al título de panfleto o volante.
-Sólo es un periódico...
-Es propaganda rebelde, es ilegal –le recriminó su primo y se lo devolvió tras echarle un vistazo rápido-. No deberías ir por ahí cargando con esas cosas, te vas a meter en problemas.
-Estás exagerando de nuevo –contestó Daniel con una pequeña sonrisa ladina y le dio un golpecito en el hombro-. Solo lo estoy leyendo para pasar el rato. No va a pasar nada, primito.
-No, solo te van a declarar un peligro por andar asociado a la rebelión.
-Pero no estoy en la rebelión.
-Sabes cómo son –bufó Sebastián rodando los ojos.
Daniel se rio, aunque al rato sus ojos se ensombrecieron.
-Bueno, así como van las cosas creo que pronto sí valdrá más la pena ser un rebelde que un buen humano –dijo en voz baja y su primo lo fulminó con la mirada.
-Ve a casa, Daniel. Ya. Sin desviarte.
El aludido se volvió a reír entre dientes, zafándose. Caminó rápidamente hacia la puerta y salió de la casa. Sebastián contempló pensativo la puerta mientras esta se cerraba.
Daniel caminó apresuradamente por las calles de tierra de la pequeña comuna, abandonando pronto la nada impresionante avenida principal. Sentía cómo se hundía con cada paso en el barro y maldijo entre dientes, pensando en que tendría limpiar sus zapatos y el pantalón con magia antes de que su madre los viera. Su casa se encontraba apenas a pocos minutos de la de sus parientes más próximos, por lo que con pasos contados y sin perder tiempo ya se hallaba sacando su llave. Claro, no era como si el lugar fuese demasiado grande. La comuna de Río de la Plata era el centro de recolecta de impuestos de la región por ser la más grande de las cinco que había en esa región, pero tampoco era para tanto. Demasiados humanos en un mismo lugar era peligroso, por ello era que nunca había un municipio humano que lograse crecer más allá de un puñado de agricultores, mineros o ganaderos. Siempre eran redistribuídos bajo alguna buena excusa.
Cuando llegó a casa, su madre aún no había regresado. Se quitó el abrigo y lo abandonó junto a la entrada igual que sus zapatos, avanzando luego dentro del oscuro pasillo hasta dar con lo que era la sala y el comedor. Se quitó el pantalón a pesar del frío y con pequeños tiriteos lo fue desprendiendo del lodo. Luego se encargaría de los zapatos, en la oscuridad su progenitora igual no los notaría.
Su hogar era pequeño, no obstante, eso no le importaba. Después de todo, solo residían ahí su madre y él, haciéndose innecesario espacio de más. Encendió una vela y la depositó en la mesa, tal como Sebastián había hecho cuando los dos entraron horas atrás a su respectiva casa. Luego se pasó a la habitación continua, entrando con hambre a la cocina. Daniel había crecido en aquella casa, la cual había sido construida por su padre con ayuda de sus tíos. Su padre, aunque ya no estaba con ellos, siempre se había ocupado de que tuviesen todo lo que necesitasen. No había sido un hombre excesivamente cariñoso, pero una persona con amor. Tanto su padre como el de Martín murieron en una de las tantas guerrillas que los rebeldes mantuvieron contra los alados. Su madre nunca se había involucrado directamente en la rebelión, en primer lugar porque su esposo no se lo había permitido, y segundo porque tenía que ocuparse de más un niño. La de Martín había sido como su tío, desapareciendo poco después de la muerte de su marido.
Su madre una vez le contó que reducidos grupos de rebeldes se solían reunir en esa misma casa, pero Daniel no los recordaba. Había sido demasiado pequeño, su padre murió cuando él tenía cinco años. Él mismo no era un rebelde, aunque claramente no era un perro de la nobleza y la admiración que sentía hacia el recuerdo de su progenitor estaba todavía ahí, incluso si solo era latente.
Daniel nunca había tenido muchos amigos, mas nunca se había sentido solo. Su generación era pobre en número, rica en huérfanos a causa de la última oleada de guerrillas de la que ya hacían un poco más de dos décadas. Daniel siempre había tenido a Sebastián y a Martín, eso ya era mucho. Era raro que ahora de pronto uno de ellos se hubiese tenido que ir tan lejos, una sola persona dejaba un hueco grande y al mismo tiempo no. Estaban acostumbrados, mas no dejaba de sentirse.
Media hora más tarde llegó su madre, con el agotamiento dibujado en el rostro y un suspiro cansado. Ignoró los zapatos y sin mediar una sola palabra, se sentaron a cenar. Daniel no estaba acostumbrado a que su madre no le hablase, usualmente era una mujer tan dulce y amigable. Sin embargo, podía ver que no se sentía bien y decidió dejarla. La situación en la oficina de administración de impuestos no debía estar mucho mejor que en los campos y lo peor era que ella ni siquiera tenía la culpa, era sólo su trabajo. De alguna manera tenían que sobrevivir y alguien lo tenía que hacer.
-¿Te parece si me echo ya a dormir? –preguntó la mujer en un murmuro cuando por fin terminó de comer y Daniel asintió.
-Sí, no te preocupes –musitó mientras se ponía de pie y recogía la mesa.
Su madre apenas sonrió, levantándose también para acercarse a su hijo y besar su frente. Daniel cerró los ojos cuando sintió sus labios darle ese pequeño gesto maternal y no los abrió hasta escuchar la puerta cerrarse y sus pasos en el corredor. Un suspiro se escapó de sus labios mientras comenzaba a lavar los platos y cubiertos, guardando lo poco que les quedaba del pan.
Comenzó a llover de nuevo cuando estaba terminando de secar su plato. Maldijo por lo bajo, rogándole a todas las posibles deidades que no fuese otro aguacero interminable que les echase a perder más campos. Se sintió tentado de ir a mirar hacia afuera, pero supo que aquello solo lo deprimiría más. No, lo frustraría, alimentaría más esa rabia que estaba creciendo en su interior. Maldita vida de perro. Estaba por subir también las escaleras como su madre antes, cuando de pronto se detuvo en seco.
Creyó primero oír mal o habérselo imaginado, pero luego de una larga pausa se repitió. Frunció el ceño, escuchando los tres firmes golpes que dieron en la puerta. La lluvia caía con fuerza y no podía imaginarse quién estaría afuera a esas horas de la noche. Era ilegal después de todo. Un golpe más se dio y de ahí otra vez el silencio. Daniel no se movió, sus pies estaban como anclados al suelo. Pasaron unos segundos y sospechó que quien sea que haya tocado la puerta ya se había ido. Iba a voltearse otra vez y terminar de subir...
Pero no lo hizo. Sus pies se movieron en la otra dirección y cuando menos se lo espero, abrió la puerta de un solo jalón, creyendo que hallaría únicamente la casa del frente. Mas no fue así.
La mirada de Martín permanecía fija en el vidrio que lo mantenía separado del exterior mojado. Llovía a cántaros y no había podido salir en días, casi una semana. Sentía que terminaría por morir de puro aburrimiento, irónicamente. Las lluvias que hace poco reinaban al otro lado de la cordillera terminaron por llegar a su lado. Había oído cosas poco positivas acerca de lo que acontecía en su antigua comuna, mas no había logrado obtener muchos detalles. Envió varias cartas a sus primos, sin embargo ninguna había sido respondida aún. Probablemente ni siquiera habían llegado aún.
Tampoco había visto a Miguel. La casa aristocrática andaba dada vuelta arriba, todos ocupados con los preparativos de la boda próxima. Miguel no había tenido que salir más, pero permanecía enclaustrado en la oficina de su padre, escuchando (o tal vez fingiendo hacerlo) sus charlas racistas y sus quejas sobre los demás nobles. O, si no, estaba con su hermano, soportando eternas pruebas de vestuario que Martín siempre había creído que solo eran para mujeres. Pero no, al parecer también había hombres que tenían que soportarlas, hombres con alas. Martín no podía imaginarse a ninguno de los dos hermanos vestido todavía más elegante de lo que ya los veía a diario. ¿Pero qué sabía él de ropa y de moda? De seguro que aquello que ellos llevaban todos los días era lo más vulgar y común que habían tocado en sus vidas, mientras que Martín ya se sentía vestir de gala con aquellos trajes que le habían metido al armario.
Los demás empleados de la casa seguían sin prestarle mucha atención. Ni siquiera el ama de llaves le dirigía ya la palabra y aquello se estaba volviendo molesto. Martín no acostumbraba estar rodeado de tanta gente y aun así no interactuar con nadie. Vamos, que él era una persona sociable y, de alguna manera, era un golpe bajo a su orgullo el que no le ligase coquetear con ninguna de las mucamas. Blanca hasta se había reído de él y lo había llamado provinciano. Martín apretó los puños y la única razón por la que no dejó que el cabello de la chica se tiñera de verde fue su condición de caballero. No caería tan bajo como para usar su magia en una mujer, menos en una descarada sin importancia.
Soltó un suspiro y apoyó aburrido el codo en el alféizar, dejando el mentón posado en su mano mientras que sus ojos seguían el resbalar de las gotas en el cristal de la ventana. El cielo gris lo deprimía. Trató de imaginar cómo debía ser para los alados aquella situación. ¿Podían volar con lluvia? Procuraría preguntarle aquello a Miguel si es que se lo encontraba alguna vez. Por el momento el heredero no parecía precisar de él.
No sabía cómo definir aquello que sentía. Su interior estaba revuelto y estaba sospechando que aquello se llamaba adrenalina. Pero no estaba hiperactivo, ni nervioso ni nada de eso. Estaba extrañamente sereno. Solo por dentro estaba todo dando vueltas.
Desde el primer instante en que vio a aquellos hombres aglomerados frente a su puerta, apegándose lo más posible para no ocupar tanto espacio y de alguna manera u otra pasar desapercibidos en aquella estrecha callejuela, supo quiénes eran, qué eran. Su vida había sido determinada por hombres como aquellos, mas no recordaba haber visto alguna vez a uno fuera de los que habían pertenecido a su familia.
Rebeldes.
Daniel se mordió el labio, observándolos apretujarse dentro de su estrecha cocina y en el comedor. Estaban hambrientos, empapados por la lluvia y agotados pues al parecer llevaban un largo viaje a cuestas. No le importó que le estuviesen mojando todo el piso, no era como si algo tan ridículo importara en ese momento. Un silencio profundo e intimidante se había apoderado de la cocina. Daniel percibió un ligero rumor provenir desde la sala, pero donde él se encontraba, el silencio era absoluto. El mago se removió apenas, mirándolos disimuladamente. Trataba de decirse que era lo correcto haberles ayudado, necesitaban un refugio. Por otro lado, le incomodaba la idea de poner a su madre en peligro, considerando que la casa era de ella. Y a la vez no podía evitar sentirse emocionado, la idea de estar ayudando a la humanidad era demasiado…
Afirmaron que se irían antes del amanecer, que únicamente deseaban pegar unas horas el ojo y poder descansar en un lugar seco, pero que por ser aquella una ciudad no habían encontrado ningún establo ni nada por el estilo. Daniel no desconfiaba de ellos, eran hombres que habían renunciado a la vida por la vida de los de su especie, hombres como lo habían sido su padre y sus tíos. Hombres que tal vez no provenían de los mejores trasfondos sociales, que tal vez no eran santos canonizados, pero que en todo caso serían los héroes de la humanidad. Daniel recién caía ahora en la cuenta de lo mucho que realmente admiraba la rebelión, que no era un sentimiento tan pasivo como se había hecho creer por su propia seguridad.
Lentamente se fue sentando en el suelo, sin dejar de mirarlos de costado. La luz escaseaba pues la vela estaba casi extinta. A nadie parecía importarle. Mejor si la luz era mínima, mejor si nadie se enteraba que estaban ahí, pues aquello les costaría la vida a todos. El joven mago sentía que le pesaban los párpados, mas se negaba a cerrar los ojos. La mayoría de los guerrilleros ya estaban durmiendo a pierna suelta, algunos roncando bajito, pero había otros pocos que se mantenían en vela, mirando fijamente al frente, sin dirigirse a nadie más. ¿Qué pasaría por las mentes de aquellos hombres de vida arriesgada y escurridiza? Le gustaría haberlo sabido.
-Hola.
Daniel volvió de golpe de sus cavilaciones cuando aquel ronroneo entre tímido y amigable resonó a su lado, dando un pequeño brinco involuntario. Se giró sorprendido, dando con el líder de aquella banda, aquel que había dado el paso hacia adelante para rogarle que los dejase entrar a su casa. Ahora le sonreía y Daniel apenas lo veía por la penumbra.
-Hola –respondió el mago con la voz algo ronca y se carraspeó bajito. El rebelde se rio apenas exhalando.
-Muchas gracias por dejarnos quedarnos bajo tu techo –murmuró en un hilo de voz para no molestar a los demás presentes, sentándose junto a Daniel y arrimándose lo más que podía.
A Daniel no le molestó aquella cercanía.
-No hay de qué -farfulló sin saber qué más decir, pero el rebelde, un hombre de piel, ojos y cabellos oscuros, negó con la cabeza.
-Gracias.
Daniel tuvo que tragar, sintiendo que aquella mirada, que apenas lograba atravesar la oscuridad, se clavaba en él, sin soltarlo, fijándose tan fuerte que la podía sentir. Había algo salvaje en aquellos ojos, algo que le era demasiado desconocido y que sin darse cuenta le fascinó.
-¿Hasta cuándo se van a quedar aquí? –susurró apenas.
-Antes del amanecer partimos –respondió nuevamente el rebelde, pero Daniel negó y el hombre entendió a qué se refería-. Seguiremos avanzando hacia la cordillera, por ahora no estamos en condiciones de atacar. La verdad… la rebelión no está pasando por sus mejores momentos...
Podía incluso percibir su respiración de lo cerca que estaba e inconscientemente contuvo la suya, temiendo que se oyese demasiado fuerte. Temía incluso que se oyese lo rápido que estaba latiendo su corazón o lo sudorosas que se estaban poniendo las palmas de sus manos. No supo muy bien qué fue lo que lo impulsó a hacer lo siguiente, qué fue lo que sacó las palabras de su garganta o qué le impidió arrepentirse.
-Oye –susurró tan bajo que ni estaba seguro si realmente lo dijo-. Si te sacas la ropa mojada podrías dormir en mi cama.
El rebelde sonrió.
-Me llamo Luciano –murmuró en un hilo de voz mientras se arrimaba, tratando de no caerse del pequeño colchón de Daniel.
El mago alzó una mano y las yemas de sus dedos se iluminaron por un segundo o dos, dejándole ver por primera vez con claridad aquel rostro. Tenía rulos y con el rostro iluminado ni siquiera se veía tan matón como la mayoría de los rebeldes aparentaban. Era joven, probablemente tenían casi la misma edad, pero algo en sus facciones le daba un aire más jovial, uno diría que casi infantil o angelical. No tenía el cansancio tan marcado como los demás hombres de su pelotón y a Daniel ahora le sorprendía que fuese su líder cuando era notoriamente de los menores. Sus ojos, en cambio, eran los mayores.
Luciano se había quitado toda la ropa y la dejó colgada sobre una silla y la cabecera de la cama para que secase. A Daniel aquello no le molestaba, aunque se llevó una sorpresa al notar que su cuerpo no estaba helado como se lo había imaginado. Estaba caliente, de hecho, parecía que tuviese fiebre, pero Luciano negó con la cabeza, diciendo que siempre había sido así. Daniel no supo qué responder.
-No nos equivocamos al elegir tu casa
El rebelde cerró los ojos finalmente y Daniel, con la vista fija en el oscuro techo, se encogió de hombros.
-Cualquier humano debería haberles ayudado –respondió manteniendo un tono lo suficientemente bajo.
Luciano negó.
-Muchos humanos tienen miedo.
-Debería avergonzarles.
-Eres muy duro con tus palabras –opinó el de piel más oscura y Daniel ladeó el rostro.
-No, es que somos muy blandos.
No sabía por qué estaba diciendo ahora aquello. Nunca lo había dicho en voz alta, de hecho jamás se había atrevido a pensarlo demasiado, pesando mucho el temor inculcado en la escuela y en su posición en la cadena alimenticia. Pero ahora era como si no pudiese retenerlo, algo estaba empujando sus palabras fuera de su boca como vómito. Era aquello que traía en su subconsciente, lo que tenía en el fondo de la cabeza resonando en silencio. Aquel resentimiento guardado contra todo el mundo.
-¿Entonces por qué no eres parte de la rebelión? –quiso saber Luciano calmado, abriendo los ojos para tratar de verlo. Daniel se removió, algo sacado de onda con aquella pregunta.
-No se me ha dado la oportunidad.
-¿Y si se te la diera hoy?
-No puedo abandonar a mi madre.
-Entiendo –Luciano sonrió y Daniel pudo reconocer sus dientes-. Antes de la humanidad viene la familia y los seres queridos, es por eso que no todos nos ofrecerían cobijo.
-Yo...
-Es como es, no todos podemos sacrificarlo todo. ¿Tú crees que el humano sería esclavo si todos pudieran sacrificar tan fácilmente a quienes aman? Ahm…
-Daniel.
Luciano asintió.
-Daniel... –repitió, su murmullo amortiguado por el ruido que soltaba el aguacero que caía afuera de la casa.
El aludido no supo bien por qué motivo, pero le gustó cómo sonaba o cómo el otro lo pronunciaba.
-¿De dónde eres?
Luciano pareció sorprenderse con aquella pregunta tan repentina, pero después de eso su sonrisa sólo se ensanchó más. Se removió con cuidado, buscando una posición más cómoda y de alguna manera terminó abrazándose de Daniel, quien en silencio lo agradeció, pues tenía frío como todas las noches.
-Soy del norte, pero del otro lado de la cordillera...
-¿Dónde está la Casa Prado?
-Todavía más al norte, casi en la frontera.
Daniel se mordió el labio. A su mente corrieron unos pocos recuerdos de la clase de geografía e imágenes de zonas densamente pobladas de bosques tropicales y a su vez laberintos eternos de montes indomables. Casi pareciera que todo era más real con Luciano ahí, que el mismo hombre le traía en su carne aquel mundo aún desconocido. Decidió que algún día iría ahí, que lo visitaría cuando pudieran desplazarse libremente por el país.
-Mi primo está ahora ahí.
-¿En el norte?
Daniel negó con la cabeza, apegándose los últimos milímetros que quedaban entre ellos.
-En la casa...
-Ah.
Luciano abrió los ojos y los clavó en el bulto oscuro que había a su lado.
-¿Lo escogieron?
Daniel asintió.
-Vinieron hasta aquí para llevárselo. Nos avisaron una semana antes y tuvo que hacerse la idea. Se lo llevaron hace tres semanas en una carroza y apenas tuvimos tiempo para despedirnos de él. Ahora ni cartas recibimos –farfulló y sus palabras salían atropelladas y con cierta necesidad detonándolas, como si fuera un desahogo urgido-. Primero no creí que fuese en serio, que realmente se iría...
Luciano calló por unos segundos, durante los cuales optó por comenzar a acariciarle el cabello. Daniel, habiéndose tensado, se volvió a relajar rápidamente, arrullado por la calidez de aquel joven.
-¿Eran muy cercanos?
-Como hermanos, crecimos juntos con mi otro primo, Sebastián.
-Ya veo –murmuró Luciano-. Entonces... Ahora es la mano derecha del futuro señor de la Casa Prado.
Daniel se quedó tieso, no gustándole la manera en que había dicho aquello.
-Mi primo no es la mano derecha de ningún alado –siseó y Luciano calló.
Por unos minutos la lluvia cesó, igual que su intercambio de palabras. Permanecieron echados apegados, oyendo el silencio que reinaba en torno a ellos. Los pensamientos de Daniel corrieron al primer piso, donde estaban los demás hombres. ¿Habrán notado que Luciano y el dueño de la casa no estaban entre ellos? No, de seguro que no, y los que lo habrán notado... Seguro poco les interesaba. No era que fuera algo de importancia, ¿cierto? ¿Qué irían a pensar? Nada, un guerrillero agotado no piensa.
Un rato más tarde, quince o veinte minutos tal vez, comenzó de nuevo a llover. Era una lluvia más calmada, que cantaba sobre su techo con gotas ligeras que se precipitaban con paciencia. Daniel escuchaba atento la respiración de Luciano a su lado, preguntándose si ya se había dormido. Algo le hacía dudar de aquello. Aunque sonaba tan tranquilo, pacífico… Costaba creer la persona que era, casi no podía imaginárselo realmente como guerrillero. ¿A cuántos alados y leales habrá matado?
En algún momento los dedos de Luciano se movieron nuevamente en su cabellera, enredándose entre sus hebras ondeadas. Daniel contuvo la respiración unos segundos, pareciéndole escuchar el latido de un corazón, no muy seguro si era el de Luciano o si era su propio pulso dentro de sus orejas.
Y entonces Luciano volvió a hablar, apenas superando el sonido de la suave lluvia.
-Hay una nueva rebelión alzándose –susurró tan bajo que Daniel casi no lo entendió-. También no estamos recuperando...
-Entonces es verdad.
-Sí.
Ambos callaron, sin saber qué más añadir. Daniel no preguntó por qué se lo dijo, Luciano tampoco se lo cuestionó.
Daniel despertó solo en su cama, en realidad como todos los días. Pero esa mañana amaneció con una sensación extraña adherida a él. Tenía frío y se sentía húmedo, como si se hubiera dormido con ropa mojada. Se incorporó en su colchón, removiéndose con una inquietud incómoda, desagradable, y tuvo que toser, doliéndole la garganta. Se paró de mala gana, lavándose la cara y el cuello para vestirse con la ropa del día anterior, y bajó a la cocina, donde encontró a su madre limpiando el piso. Tragó, removiéndose incómodo y nervioso.
-Buenos días –logró apenas pronunciar, su voz demasiado ronca.
Le ardía la garganta.
Su madre apenas alzó el rostro, saludándolo de vuelta. No preguntó porque ya sabía, ya conocía ese tipo de situaciones. Lo había vivido incontables veces.
Desayunó en silencio y solo, pues su madre terminó de dejar el trapo en el lavadero y salió a arreglarse para el trabajo. Al poco rato oyó la puerta principal abrirse y volverse a cerrar, indicando que ya había salido de la casa. Daniel soltó un suspiro cansado y se estiró, sintiendo el cuello y los brazos ligeramente entumecidos.
-¿Y qué tal tu noche? –preguntó Sebastián cuando se encontraron en el cruce de siempre y Daniel sólo le lanzó una mirada siniestra-. No tan buena como veo.
Su primo resopló y Sebastián se encogió de hombros, diciéndole que no se ponga así ahora, que cuando vayan al campo tendrá verdaderas razones para andar con cara de orto. Daniel lo puteó por lo bajo, caminando a su lado, aunque ligeramente más atrás. Sebastián mantenía la mirada fija al frente, caminando con pasos firmes, mientras que Daniel venía algo encorvado, los ojos agachados al suelo. Fue por eso que Sebastián lo vio primero, porque él miraba hacia la calle, y Daniel recién notó algo cuando por poco chocó con él.
-¿Pero qué hacés? –resopló el chico cuando Sebastián repentinamente alzó una mano, indicándole que bajase la voz.
Frunció el ceño, pero se calló y llevó la mirada hacia donde la tenía dirigida su primo, notando entonces también el jaleo que se armó de un segundo al otro mientras él andaba en las nubes. Abrió los ojos como platos al reconocer de pronto aquellos rostros de los hombres que gritaban. Oyó a Sebastián maldecir por lo bajo y jalarlo de golpe hacia un lado, mascullando un "mejor vámonos", pero Daniel no reaccionaba, su mirada fija en la gente que en un instante echó a correr desordenadamente de un lado al otro, en los oficiales que luchaban con aquellos hombres, en los rebeldes que luchaban y a la vez trataban de huir. Eran un caos. Era Sebastián gritándole que qué mierda hacía, que viniese de una vez. Pero él no lo escuchaba, su cuerpo se quedó paralizado cuando los hechiceros de la policía comenzaron a lanzar conjuros contra los humanos. Humanos contra humanos. La sangre se le heló en las venas cuando los oyó soltar alaridos de dolor, aunque no parecía suficiente para detenerlos. Los civiles ya se habían refugiado lo suficientemente lejos. Y entre el tumulto que se iba calmando de a poco, se fueron reconociendo a los pocos humanos que se logró capturar y a Daniel se le paró el corazón por un segundo.
-Daniel, vámono... ¡Daniel!
Todo pasó tan rápido. Daniel echó a correr, los rebeldes ya habían logrado escapar de la ciudad montados en sus caballos, pero atrás quedaron tres hombres que eran arrastrados hacia la plaza. La gente volvió a salir, aglomerándose en el centro de la avenida, impidiéndole el paso a Daniel que gritaba como un poseso, perseguido por Sebastián. Los policías trataban de mantener a raya a los curiosos que se apretujaban por poder ver mejor, empujando hacia atrás a Daniel que trataba desesperadamente de pasarlos.
-¡NO!
Luciano apenas se había volteado al oír su grito, reconociendo su voz. Su cuerpo temblaba, aunque sus ojos parecían serenos. Pero tenía miedo y Daniel lo podía ver. Podía ver el sueño frustrado de una humanidad libre, de un líder perdido. Ejecución rápida, así lo habían decretado los alados. Toda amenaza debía ser eliminada de inmediato. En el acto, el rebelde fue decapitado antes ojos de todos. Ante Daniel, que rompía en llanto histérico en la primera fila, cayendo de rodillas. Temblando de la ira.
Pudo ver aún, como su cabeza caía, separada de su cuerpo, rodando hasta sus pies, seguida por un rastro negruzco y pegajoso.
-¿Para qué has venido?
-¿Ahora te debo explicaciones?
-No. ¿No deberías estar en tu casa? Todos deben estar especialmente ocupados ahora con todo esto de la...
-No, no me lo recuerdes por favor.
Julio suspiró, dejando la taza de té en la mesita.
Manuel alzó una ceja.
-...boda.
El menor de los Prado lo fulminó con la mirada y las comisuras del heredero de los González se curvaron ligeramente. Incluso en una situación así, molestarlo era demasiado tentador y placentero una vez que se permitía el atrevimiento. El chico resopló y volvió a tomar su taza, desviando la mirada hacia la ventana. Manuel siguió observándolo.
Debió ser un vuelo difícil y agotador, no vivían precisamente cerca. No, ¿a quién engañaba? Si su familia vivía, no en la punta del cerro, pero literalmente en la punta más remota del continente. El chico se veía demasiado cansado. Julio era la clase de noble engreído y altivo que los humanos más odiaban, pero aún había hecho el enorme esfuerzo de volar hasta el rincón más recóndito de su país y eso en aquella horrible lluvia. Aquello era un vuelo de tres días, sin contar los recesos. Julio a veces lo impresionaba. Solo a veces, pero lo hacía. Usualmente se limitaba a pensar que era idiota.
-Entonces, ¿por qué estás aquí?
Julio alzó la mirada, torciendo la boca.
Afuera la lluvia dejó de caer.
