4. Entre condiciones

Poco menos y nada se vieron en las próximas semanas, Miguel consumido por las preparaciones de la boda de su hermano. Martín se dedicó a vagar por los corredores interminables de la casona, rehuyendo a cualquier alado o a su perro guardián, la gorda Pilar. Cuando las extensas pistas alfombradas lo terminaban por aburrir o agobiar, buscaba alguna puerta o ventana (total, que eran lo mismo en aquella casa) y salía por ella a los jardines. No le llamaba mucho meterse a sondear el laberinto que se hallaba a varios metros del ala este de la casa. En cambio, acogido entre arbustos simétricos y césped estrictamente podado, el mago se volvía invisible, discurriendo libremente por las terrazas y jardines verdes, no desperdiciando la oportunidad de observar de cerca a sus tiranos.

A pocos metros, su asquerosa arrogancia era todavía más evidente, más gorda y molesta que de lejos, desde la abstracta distancia. De pequeño, Martín solía imaginarse a los alados como gigantes, como terribles monstruos que venían de noche, volando silenciosamente y que entraban con sigilo por la puerta trasera para en secreto llevarse sus alimentos y cualquier otra pertenencia. Conforme iba creciendo, aprendió cómo era que realmente desaparecían el trigo y la plata, pero ahora ahí, en la misma guarida de arpías, Martín comprendió que un alado jamás en su vida osaría entrar ni salir por la puerta trasera. Tampoco eran las enormes bestias de garras largas como dagas mortales, colmillos afilados y penetradores como agujas o de ojos llameantes que el pequeño, inocente Martín se imaginó. Lo que sí era gigante era su soberbia, su desprecio por cualquier otra raza, y sus alas. La realidad siempre era veces peor que la ingenua imaginación de un crío.

Cuando se cansaba del verde reluciente verde de los jardines, se escabullía por entre los muros de puro arbusto, protegido por su magia, y se perdía en el bosque que rodeaba la casona. Los primeros metros cuadrados, el bosque no era más que otra extensión del perfecto parquecito que rodeaba la mansión, pero conforme avanzaba más y más, el follaje comenzaba a rebelarse. El camino se volvía más difícil y los ánimos de Martín más elevados. Allí, en ese bosque, costaba recordar que vivía en un palacio de lujo absoluto y que no era sino un sirviente más, uno de los peores. Se sentía algo culpable por pensar así de Miguel, era consciente de que su amo no era del todo igual al resto de su familia, pero aquel tiempo de distanciamiento había bastado para que el alado volviera a sentirse como algo lejano, en fin, un alado más.

La mañana del día anterior a la boda, mientras Miguel desayunaba con su familia y Martín permanecía parado detrás de su silla, viendo únicamente su espesa cabellera negra, lo oyó discutir con su hermano. No le quedó del todo claro la razón, simplemente que el menor, repentinamente, decidió negarse al matrimonio. Para cuando Martín notó que la conversación de los nobles se había tornado en disputa, el chico se puso de pie enojado, abandonando seguidamente el comedor. Los demás comensales se quedaron callados, mirándose tensos. El mago se quedó quieto, esperando a ver qué sucedería a continuación. Pasaron tres, cuatro segundos, y la familia continuó comiendo en silencio. Miguel acabó y se limpió con la servilleta, agradeciendo la comida. Se paró también y salió del lugar. Martín dudó por un instante sobre si seguirlo, apurándose al final por alcanzarlo.

-Voy a salir hoy -le dijo Miguel sin volverse hacia él.

-Entiendo -respondió y se quedaron parados en un cruce de pasillos.

-Puedes tomarte el día -informó el alado como cada día y Martín asintió.

-Gracias -murmuró, viendo como el noble se iba por el corredor que daba hacia el recibidor.

Soltó un suspiro y se encaminó a cualquier lado. Comenzaba a preguntarse si los primeros días de estancia en aquella casa se los había imaginado.


Descubrió la biblioteca. Martín, quien en su vida había amado un libro, se emocionó al hallar ese nicho, y con cuidado de no ser visto por nadie, entró en la oscura sala. No abrió las cortinas, sino que se asomó en cada estante, asegurándose de encontrarse solo, y luego se dedicó a vagar entre las paredes tapizadas de letras. Cada metro, se fijaba en algún lomo, sacaba el libro y tras analizar el título unos segundos, abría el texto, lo hojeaba, leía uno que otro párrafo. Cuando alguno le interesaba, volvía hasta el inicio el capítulo y se apoyaba en el librero mientras leía. Notó que los libreros estaban organizados por temática, comenzando por libros de botánica, medicina, derecho, arquitectura, ficción literaria, geografía, historia… y finalmente, al pie de la lista, se sorprendió de hallar libros de magia. Sorprendente fue también que en cada sección había tanto libros humanos como de autores alados.

Volviendo a echar un vistazo por encima de su hombro y agudizando el oído, Martín comenzó a explorar ese librero, interesado en qué clase de manuales habría ahí, pero más que nada en el porqué. No eran libreros pequeños precisamente y aquel tampoco parecía ser menor que los demás. Encontró algunos libros básicos y clásicos, de aquellos de tapa delgada y frágil que eran distribuidos a lo largo de todo el reino y durante toda la formación escolar de los hechiceros y magos. Se trataba de unos manuales, más bien una serie, cuyo contenido eran instrucciones y sobretodo reglas muy específicas para el uso adecuado (es decir, permitido) de magia. Martín hizo una mueca al hojear el primer número. Era el que más dibujos y colores contenía, siendo aquel que recibió a sus seis años. No recordaba casi su contenido, pero los fundamentos se los sabía como un mantra. Era imposible escapar a la educación de aquel sistema, el cual finalmente lograba lo acometido: destruir la más grande amenaza, convirtiéndola en su mayor aliado y su mejor herramienta. Silenciosamente, devolvió el manual a su lugar, perseguido por recuerdos de su infancia, por las miradas envidiosas de los demás estudiantes cuando a él y a su primo les entregaron aquellos libros desgastados, con la advertencia que debían devolverlos en un futuro. Recordaba a Sebastián leyéndolos con más interés que él o Daniel.

Había, sin embargo, también otros libros, libros de los cuales Martín ni sabía de su existencia. Había nuevos, escritos por hechiceros cuyo nombres le sonaban lejanamente. Entre antologías de hechizos, ordenados por categoría y dificultad, crónicas de familias hechiceras extintas hace siglos y catálogos de distintos tipos de usuarios de magia, el mago halló también libros cuya antigüedad y valor seguramente sobrepasaba su conocimiento. Anonadado, con cuidado y suma reverencia, sacó del mueble uno gordo, de tapas en cuero y ornamentada con engravados muy delicados y un tanto dañados por el paso del tiempo. Le asombraba en primera instancia que aquello estuviese en un lugar así, en una biblioteca privada hasta donde sabía y a la que no estaba seguro si tenía acceso (por el momento asumiría que sí), y en segunda, el buen estado en que se encontraba todo. Ante la ausencia de cualquier dato referente al año de publicación, no le quedó más que estimarlo, sin resultado exacto. Se contentó con saber que era viejo.

Se trataba de una enciclopedia, cuyo índice le llamó la atención. Pasó su mano, brillante en aquella oscuridad, por encima de él, escrutándolo. Era vasto, curioso y rico. Lo pensó dos segundos (mentira) y acto seguido hizo desaparecer el bulto bajo su capa. Todo un mago.


Había estado por acostarse cuando, inesperadamente, tocaron a su puerta. Sopesó la posibilidad de echarse silenciosamente y hacerse el dormido, pero finalmente, y maldiciendo entre dientes, se acercó a la puerta a abrir. Se sorprendió al ver a Miguel, regalándole un sonrisa entre apenada y nerviosa, mirando disimuladamente a su alrededor.

-¿Puedo pasar? -farfulló bajito, ante lo cual al rubio no le quedó más que asentir confundido.

Se hizo a un lado, dejándole el pase libre al noble. Venía aún vestido de la misma manera en que lo vio esa mañana, trayendo además una capa negra. Se preguntó qué lo traía tan avanzada la noche a su cuarto. El alado entró, dándose una media vuelta, al parecer inseguro, antes de tomar asiento en la cama de Martín. El mago cerró la puerta, volviéndose a él.

-¿Y bien? ¿En qué te puedo ayudar?

Miguel torció la boca, algo así como una sonrisa forzada, jugando con sus dedos. El mago decidió darle un instante para orientarse y hallar las palabras. Imaginó que sería algo importante como para aparecerse así de la nada, sin previo aviso ni advertencia. Al menos estaba seguro de que no venía a pedirle un cuento de buenas noches.

-No podía dormir.

¿O si?

-Ah… -Martín no supo qué responder-. ¿Ya? ¿Necesita que lo duerma? Pudo haberme llamado a su habitación, seño…

-Martín, ¿qué te dije sobre tratarme de usted? -resopló el noble y Martín dejó escapar una risa ahogada.

-Disculpa, la verdad que ya no sabía si eso seguía vigente -murmuró y Miguel lo miró sorprendido, poniéndose de pie.

-¿Qué significa eso? -quiso saber, hablando en voz baja mientras se acercaba a su mago.

Martín se tensó, maldiciéndose para sus adentros.

-Nada -negó, pero Miguel ya se encontraba frente a él, mirándolo a los ojos con preocupación e interés genuino.

Martín maldijo mil veces esos ojos.

-Dime -pidió, pero el rubio sacudió la cabeza.

-Nada -repitió en un tono más calmado y suave, sonriéndole relajadamente a la vez que lo tomaba con delicadeza de los hombros y lo guiaba al sillón-. Mejor decime qué te trae despierto tan tarde.

Miguel apretó los labios, palideciéndolos, pero finalmente desvió la mirada, volviendo a su jugueteo nervioso.

-Es que… estuve pensando en la boda y en mi hermano -comenzó.

Martín tomó asiento a su lado, asintiendo para darle a entender que escuchaba.

-Entiendo eso.

-Aceptó nuevamente casarse. Es que sabe que no tiene caso negarse ahora, pero igual no entiendo por qué lo hizo. O sea sí, lo sé -Miguel suspiró y volvió a tomar aire-. Solo quiere llamar la atención de nuestro padre. No ha vuelto a ser el mismo desde que mamá murió y Julio sabe eso, no somos sordos a los murmullos que recorren nuestra casa. Se siente culpable.

-¿Culpable?

-Nuestra madre murió tras dar a luz. Nuestro padre nunca lo dijo, pero lo responsabiliza de su muerte.

-Eso es ridículo -opinó Martín en voz baja y Miguel asintió.

-Lo es, pero Julio creció creyendo eso. La boda es solo una manera de deshacerse de él, de perderlo de vista.

Martín asintió, eso de alguna manera tenía sentido. Y la cabeza de la familia Prado le era más despreciable que nunca. Irónico que para ello tuviera que sufrir su hijo y no su gente, le susurró una pequeña voz en su cabeza.

-Quiero hacerle un regalo -prosiguió Miguel-, y necesito tu ayuda para eso.

Martín asintió, pensando, con sarcasmo, que claramente Miguel no vendría a hablar con él porque fuese su confidente y que al menos ahora podría servir a su propósito. Miguel le sonrió débilmente:

-Necesito ir a visitar la tumba de mi mamá -explicó en un susurro-. Pero es imposible hacerlo sin que me vean, mi padre tiene todo vigilado y si me ve, comenzará a hacer preguntas y no quiero otro drama familiar.

-¿Qué necesitás exactamente? -interrogó Martín, quien no veía del todo a dónde iba aquella petición.

-Necesito que me hagas invisible o me teletransportes -contestó Miguel serio-. Escóltame al mausoleo de mi familia, en el laberinto, y luego al cuarto de mi hermano. Sin que nadie nos vea.

Martín frunció el ceño, queriendo preguntar qué clase de regalo pensaba miguel hacerle llegar a su hermano, pero en el último segundo decidió no hacerlo. Asintió.

-Bien, no es la gran cosa -declaró en voz baja y se puso de pie.

Miguel asintió y una pequeña sonrisa tensó las comisuras de sus labios. Lo miró, expectante, y Martín, solo por hacer la gracia, lo dejó esperando unos segundos, viéndolo a los ojos. Miguel, un tanto descolocado, se tragó las preguntas y le sostuvo la mirada, no queriendo verse inquietado. ¿No le iba a decir que no podía hacerlo, o sí? Le tomaba mucho tiempo hacer ese ¿hechizo? ¿truco?. Conforme avanzaban los segundos, le costaba más estarse quieto, al igual que a Martín le quería brotar la risa.

-¿Ya? -farfulló por fin el alado y al mago se le escapó una risotada, aunque Miguel apuradamente le tapó la boca-. ¡Martín!

-Ya, ya -se carcajeó el rubio, tomándolo por las muñecas-. No se enoje, Alteza.

Miguel le lanzó una mirada asesina y Martín, sin dejar su sonrisa burlona, lo apegó más.

-Agarrate bien -bromeó y apretó más sus muñecas.

Acto seguido, un círculo de una tenue luz celeste los rodeó. Miguel bajó la vista asombrado, mirando las partículas brillantes que se elevaban como polvo y los iban envolviendo a gran velocidad. Dentro de aquel capullo de polvo luminoso, su corazón se aceleró mientras que sus manos se volvían transparentes y de ellas y de las de Martín no quedaba más que un hado quebradizo. El mago pasó a tomarlo de las manos y le sonrió para calmarlo, diciéndole algo para tranquilizarlo. Miguel podría haber jurado que su lengua brillaba, mas no le dio tiempo de fijarse enteramente, ya que repentinamente fue cegado por el polvo de luz.

Cuando recobró la vista, se encontraban parados en una de las terrazas del costado derecho de la casa.

-¿Cómo es que aún usamos carrozas? -jadeó asombrado y Martín rodó los ojos.

-Porque lo máximo que podemos transportarnos sin matarnos es unos pocos metros. Ley número cuatro del control de usuarios mágicos: nada de conjuros por encima del nivel dos -murmuró como repitiendo un cántico escolar-. Además que agota mucho hacer esto.

Miguel no entendió mucho pero asintió. El mago miró a su alrededor, aún sujetando con firmeza las manos de Miguel.

-A partir de ahora, no podemos separarnos -instruyó Martín mientras comenzaba a caminar por el camino de grava-. Si rompemos contacto, te volverás automáticamente visible. ¿Entendiste?

Miguel asintió y Martín apenas pudo verlo en la oscuridad. Miró a su alrededor, dejando que el alado lo guiase por el laberinto de arbusto en el que se adentraron. Para él, no hacían más que caminar en círculos, doblando esquinas y cruzando corredores negros, pero Miguel parecía saber perfectamente por dónde ir. No se cruzaron más de cuatro guardias que deambulaban por el lugar, teniendo que cuidar no ser oídos. Fueron como mínimo diez minutos de camino enredado cuando finalmente ante ellos, en un pequeño "claro", una oscura y sólida edificación se irguió ante ellos. Ahora se preguntó por qué siquiera se había sentido la necesidad de construir el mausoleo en un lugar tan poco accesible, aunque eso explicaba la cantidad de guardias. De estos, había dos más en la entrada del recinto. Miguel, sin embargo, no se encaminó directamente hacia ellos, sino que rodeó el edificio y se acercó a un hueco oscuro en el cual Martín, de haber sido otras las circunstancias, no se habría metido, ni solo, ni voluntariamente.

Miguel se removió a Martín colocó su mano en su hombro para dejarle las suyas libres. El alado forcejeó con algo que pareció ser una puerta, logrando abrirla luego de varios intentos.

El interior asemejaba mucho más a un invernadero que a un mausoleo. El techo era de vidrio y por él la luz de la luna creciente llegaba hasta ellos, rozando delicadamente el camino que se serpenteaba delgadamente entre las tumbas floreadas. Placas doradas reflejaban la luz lechosa, dejando leer el nombre del alado que yacía en la tierra. No pudo evitar pensar que era irónico que, después de toda una vida en el aire y encima, tanto física como socialmente, de los demás seres, ahora se encontrasen recluídos a la tierra, pudríendose con los gusanos.

-Por aquí -le indicó Miguel en un hilo de voz y volvió a tomar su mano.

Lo jaló consigo hacia la derecha, bajando hasta lo último del recinto, donde llegaban las últimas tumbas y empezaba la tierra aún en desuso. Cruzaron hasta el otro costado y se detuvieron ante la última tumba. Se sorprendió al verla cubierta de flores, cuyos pétalos se unían en un círculo infinito para crear pequeñas cúpulas claras. Era de lejos una de las tumbas más humildes en el lugar, pero un sentimiento distinto flotaba sobre ella, haciéndola especial.

Miguel lo soltó y se arrodilló en el suelo. Martín, sin preocuparse de que alguien los viese ahí, no dijo nada y esperó a que hiciera lo que tuviese que hacer. Le pareció ver que hurgaba en la tierra y sacaba del bolsillo unas tijeras diminutas. Luego de un rato más, el noble se puso de pie y se volvió hacia él, un tanto agitado.

-Son camelias -comentó en voz baja y apartó el rostro al sobrecogerlo un pequeño ataque de tos.

Martín alzó una mano, iluminándola lo suficiente para poder admirar mejor las flores que el alado sostenía en un ramo.

-Son bonitas -fue lo primero que se le ocurrió decir y Miguel apenas sonrió.

-Recuerdo muy poco de mi madre, pero la abuela solía decir que eran las que mejor la representaban. Cuando se casaron, mi padre las mandó a plantar en todos los jardines de las casas de nobles.

-¿Entonces tu padre la amó?

Miguel se encogió de hombros.

-Era una buena esposa -susurró y acarició los pétalos de una flor-. Cuando las veía, sentía que todavía estaba conmigo…

-¿Ese es tu regalo? -preguntó, cuidando no sonar despectivo.

Miguel asintió.

-Una parte. Hay algo más que debo darle. Lo encontré el otro día mientras buscaba entre las cosas viejas de mi madre -le contó y Martín no se resistió a preguntar de qué se trataba-. Es una carta.

-¿Una carta?

-Sí. Al parecer mi madre se la dio a mi padre para que Julio la leyera cuando cumpliera la mayoría de edad. Creo que casarse también cuenta.

Martín asintió.

-Tu padre no pretendía dársela.

-Yo sé que no -aseguró Miguel irritado y el mago pudo palpar la molestia en su voz.

-Bueno… -suspiró bajo-. Entonces hay que infiltrarnos ahora en la pieza de tu hermano. ¿Vamos?

Miguel asintió y apretó más las flores contra su pecho. Le extendió la mano libre y Martín, ignorando el que estuviese manchada de tierra, la tomó y entrelazó sus dedos. Susurró otro "vamos" y lo apegó a él, sabiendo ahora a dónde enviarlos. Sabía que el dormitorio de Julio se ubicaba en la misma planta que el de Miguel, pero al no haber estado nunca en él, prefirió transportarlos al balcón. Desde ahí, podía ver el de su amo.

Miguel esperó a que la puerta se abriera silenciosamente y entraron a hurtadillas. Martín apretó su mano y cuando Miguel la volvió a necesitar, la depositó en su hombro. Observó cómo acomodaba las flores en el escritorio de su hermano y cómo de su chaqueta extraía un sobre amarillento, colocándolo junto a las flores. Miguel se volvió, mirando a su hermano, dormido en la cama. Martín solo esperó hasta que un jalón le hizo saber que estaba listo. En silencio volvieron a tomarse de las manos y a salir al balcón. Martín lo atrajo a su cuerpo y con un tembloroso susurro los transportó al balcón vecino. Tantos saltos seguidos estaban realmente agotándolo en sobremanera, aunque no por eso se sentía incomodado.

La puerta de Miguel estaba apoyada solamente y el viento la mecía por milímetros. Miguel la abrió tras verificar que no eran observados, soltando la mano del mago. Las delgadas cortinas salieron al verse posibilitadas, flotando alrededor de sus pies. Martín observó el contraste de su cabello nocturno con la suave gasa transparente.

Miguel se volvió y le sonrió.

-Gracias -susurró antes de desaparecer tras las cortinas.


La boda fue una fiesta colosal y la casa se llenó de alados. Martín no sabía en dónde meterse, el ambiente le era desagradaba. Blanca acudió a despertarlo a una hora inhumana y le entregó su traje del día. Le quedaba bien, no podía negar aquello, pero no por eso lo lucía con gran ánimo. Su rol, al no haber sido aún oficialmente nombrado como el mago de Miguel, no era en sí importante, estaba allí para hacer bulto, sonreír y verse bonito a un costado, sin hacer ruido ni molestar. La ceremonia fue llevada a cabo en la capilla privada de los Prado, una pequeña catedral que se encontraba a pocos minutos más al norte. Tal como esperaba, fue pesada, aburrida y desesperantemente eterna. Para cuando por fin apareció la novia, vestida en un vestido ridículamente hermoso, tomándose todo el tiempo del mundo para descender por el largo corredor de la iglesia. Siendo María, no desaprovecharía la oportunidad de lucirse en su día.

Julio esperaba junto al altar, acompañado por su padre y su hermano. Martín dejó que su mirada se paseara por entre los distintos invitados, hallando mucho lujo pero interesándose únicamente por los diseños tatuados en sus espaldas, notando una clara concordancia por familia. En la última fila, un grupo con dibujos circulares y siluetas de animales llamó su atención, alejándola por mucho rato del discurso del viejo religioso que lideraba la ceremonia.

Para cuando comenzó a cansarse de estar parado en un rincón, decidió abandonar la capilla disimuladamente. Sabía que no estaba invitado oficialmente a la fiesta en la residencia de los Prado, así como tampoco tenía prohibido el aparecerse, darse una vuelta y comer. Aprovechó que aún no se precipitaba la avalancha de comensales para tranquilamente servirse algo de comer y retirarse a uno de los jardines desocupados. Escogió una banca, a la sombra de un arce, y se dispuso a comer. Iba devorando un bollo dulce cuando oyó un rumor en el aire, un viento helado levantarse y rozarle los hombros. alzó la mirada y soltó una silenciosa exclamación de asombro al ver el sol oscurecerse, cubierto por un enjambre de gigantes que acechaban las pesadillas de los niños pequeños.

Se puso de pie de un salto, viendo como cientos de alados bajaban como misiles, bombardeando la tierra. Maldijo bajo al perder de vista a los primeros y de un salto se transportó a una terraza más cercana, corriendo luego a pie a la más elevada, viendo como los últimos aterrizaban en el césped frente a la casa. Inmediatamente, un escuadrón de ujieres se precipitaba a recibirlos y a conducirlos al lugar de la celebración. A Martín no le pasó desapercibido el estado en que el impacto de los alados con la tierra había dejado atrás en el área verde. Se imaginó que los jardineros al día siguiente tendrían mucho trabajo. Por ningún lado vio a Miguel o a su familia. Con un pequeño suspiro, entró a la casa, buscando huir de la fiesta nupcial. No obstante, no pasó mucho tiempo en su cuarto, cuando las puertas se abrieron de golpe, entrando Pilar corriendo.

-¡Martín! -exclamó la mujer agitada-. ¡Te mandan a llamar!

-¿A mí? -llegó apenas a preguntar entre balbuceos antes de que el ama de llaves lo tomara del brazo y lo arrastrara consigo.

En el jardín, la fiesta había tomado vuelo con gran rapidez, habiendo alados sentados y parados, charlando, bailando o acabando de comer la torta ya repartida, la música sonando alegremente y las risas flotando sobre las cabezas. El mago miró perdidamente a su alrededor, mientras que Pilar, aparentando ya algo más de calma, lo llevaba con paso firme hacia un grupo de nobles de aspecto mayor, si bien entre ellos resaltaban unos cuantos jóvenes. Por ejemplo, la pareja recién casada.

Era difícil no reír ante el panorama, ante el pequeño Julio, elegantemente vestido en su traje grana oscuro, parado junto a la espléndida María, quien no se había tomado la molestia de guardar sus alas negras como su resplandeciente cabello. Y Martín sin lugar a dudas se habría reído, de no ser porque seguía sintiéndose muy perdido y, ¿por qué no?, un tanto intimidado por el repentino llamado. Miguel, sentado entre su padre y otro viejo noble, permanecía serio.

-Así que este es el nuevo hechicero -dijo el viejo.

-Mago -corrigió el señor Prado y Martín se abstuvo de hacer una mueca ante su tono despectivo-. Miguel insistió en que no quería cambiarlo.

-Pues aún tiene tiempo. Faltan meses para su cumpleaños, se verá si el sujeto es adecuado y eficiente -prosiguieron hablando de él como si no se encontrara presente.

Martín apretó los puños disimuladamente.

-Totalmente cierto, aún queda tiempo. Debe demostrar ser digno y poderoso.

-¿No se supone que eso lo debe demostrar antes de ser traído? -se metió María a la conversación, ignorando la mirada ácida de Julio-. ¿Por qué fue llamado si no se sabía si era digno?

-Martín Hernández figuraba como el humano mágico más poderoso de su región. Pero al final es decisión de la familia si se quedará o no, si sirve o no sirve.

-Pues que lo demuestre ahora -insistió la muchacha con tono fresco, firme y cortante-. Que nos haga una maravilla, esta fiesta necesita un espectáculo especial.

Acto seguido, las miradas se dirigieron hacia Miguel. Martín lo miró también, pero el alado no le correspondió. Asintió.

-Sí, que haga algo -accedió en voz baja y su padre alzó la vista hacia Martín, sonriendo maliciosamente complacido.

-Escuchaste, mago. Sorpréndenos.

A Martín no le tomó tiempo procesar la información ni acatar a la orden recibida. Su cuerpo podía con eso, automáticamente accedía a alzar los brazos, hacer brillar sus manos y chasquear los dedos.

Por un segundo, consideró cerrar los ojos y hacerlos desaparecer a todos. Obviamente moriría. No lo hizo, sino que hizo brotar flores y pequeñas frutas en los bordes de las mesas. María sonrió complacida y hasta aplaudió junto a su hermana y su nuevo esposo. Martín solo miraba a Miguel en silencio.


Entró a su cuarto tirando la puerta con violencia, con toda la rabia que burbujeaba en su interior, que lo hacía sentir como si fuese a explotar en ese mismo instante. Era solo una atracción, un mono de feria, un juguetito extravagante de lujo que otro más no pudo costearse. No era nada, no valía nada más allá del estatus y Miguel se lo había probado. Una y otra vez volvía a la fiesta, viéndose a sí mismo ante él, viéndose hacer trucos, haciendo llover flores, gotas doradas, elevando platos, haciendo crecer flores en los vasos de los comensales. Sacó de su manga una botella grande de vino e hizo desaparecer el corcho. Entre imagen e imagen que revivía en su mente, daba un largo trago, rellenando la botella cuando sentía su peso desaparecer.

¿Para qué mentirse?

Se sentía traicionado.

Muñeco de exhibición.

Juguete de estatus.

Adorno de fiesta.

La habitación daba vueltas y el suelo bajo sus pies desaparecía de la misma manera cuando Miguel lo elevó por los cielos. ¿Por qué era así de ridículo? Solo era otro alados más, otro bastardo sucio más. Algún día morirían todos, se dijo. Un día se levantaría y con chasquear los dedos, así como hizo aparecer un segundo pastel, haría desaparecer a Miguel. Luego a su padre, luego a su abuela, luego a Julio… A María, a Catalina, al viejo, a todos, todos. Uno por uno haría desaparecer a los asquerosos alados hasta que los humanos volvieran a ser libres y dueños de sus propias tierras, de sus posesiones y de sus vidas y destinos…

Tropezó y cayó de bruces. La botella chocó contra el suelo y se esparció en múltiples direcciones. Martín, volviendo de golpe a la sobria realidad (o algo así), maldijo en un gruñido. Miró su palma derecha y se sacó el vidrio incrustado. No le importó manchar la alfombra de sangre, o su pantalón. Se puso de pie, tambaleándose, y caminó hacia el escritorio, buscando con qué vendarse la mano. Estaba aún demasiado tomado como para ejecutar su magia a consciencia, por lo que simplemente se apretó la mano contra el pantalón, esperando a que dejara de sangrar. El cuarto aún se movía, todo se movía, pero Martín era mucho más consciente ahora de lo ebrio que estaba. Sin embargo, cuando tocaron la puerta, no estuvo completamente seguro de si realmente había sucedido o no. Esperó unos segundos más, pero nada sucedió. Suspiró y se pasó la mano izquierda por el rostro.

-Mejor me acuesto -murmuró para sí y lentamente se dirigió a su cama.

No obstante, la duda no lo abandonó. Se sentó en la cama, mirando hacia la débil luz que se colaba por debajo de la puerta. A aquellas horas de la noche usualmente ya los sirvientes se habrían encargado de apagar todas las luces de los corredores, pero debido a la fiesta, esa noche las dejaron encendidas. Esperó minutos, varios minutos que no supo contar mientras miraba perdido a la nada, hasta finalmente ponerse de pie y caminar hacia la puerta, abriéndola.

-¿¡Que mierda!? -bufó y apenas le dio el tiempo de reaccionar para caer bien, ya que para atrapar el cuerpo dormido de Miguel no le alcanzó.

Trastabilló con él en brazos y volvió a estrellarse contra el suelo. Miguel soltó un quejido y se removió.

-¿Tincho? -murmuró adormilado y parpadeó.

-¿¡Qué carajos, Miguel!? -bramó el rubio furioso y lo empujó, alejándose.

Con dificultad, logró ponerse en pie. Miguel, aún perdido, lo imitó.

-Me quedé dormido… creo -balbuceó y dio un paso hacia él, notando que Martín retrocedía-. No te alejes…

-Alejate vos -siseó el mago, apartándolo de un manotazo-. Sos pura mierda, como toda tu familia.

-¿De qué hablas? -Miguel lo miró con los ojos bien abiertos-. ¿Qué te hice?

-¿Que qué me hiciste? -Martín se rio seco y lo rodeó, cerrando la puerta-. Así que querés saber qué hiciste. ¡Me vendiste como a un premio de exhibición!

Miguel se volteó, siguiéndolo con la mirada. Abrió la boca y negó con la cabeza, sacudiéndola.

-Y-yo… yo no… Tú eres el que se fue -balbuceó ebrio, acercándosele de nuevo y tomando su rostro entre sus manos.

Martín frunció el ceño, volviendo a apartarlo.

-Claro que no. ¿Qué te pasa? -gruñó, pero cuando Miguel volvió a acercársele, no lo empujó.

Miguel se puso en puntitas y lo tomó por el pelo, tirando de él hacia su boca. Cuando lo beso, Martín no se opuso, sino que cerró los ojos. La rabia en su interior volvió a alzarse, pero esta vez mezclada con un sentimiento más que no lo dejaba pensar. Los labios de Miguel ardían y le fundían las neuronas como hierro en la fragua, y no pudo hacer más que volver a apegarlo una vez más a su cuerpo, rodearlo con sus brazos y abrir la boca. Miguel exhaló débilmente y se separó cuando no pudo mantenerse más en puntillas. Martín maldijo entre dientes y lo empujó a la cama, causando que trastabillase y se tumbase. Se subió en él y tironeó de su camisa, sacándosela brutamente. Miguel lo desprendió de su casaca y lo atrajo a su pecho desnudo, exhalando entrecortadamente cuando la boca del mago atacó su cuello.

-Martín -lo llamó, temblándole la voz, cuando se deslizaron más allá en la cama, quemando en el mismo infierno.

Martín lo acalló con otro beso, sabiendo que firmaba un acuerdo peligroso en el momento en que entró en Miguel. Pero en el fondo, ni quería pensar en eso. Las manos de Miguel no lo dejaban apartarse, eran como tentáculos que no lo dejaban escapar. De todos modos, no era lo que Martín pretendía, estaba lo suficientemente loco como para desearlo locamente, para creer en que sí se había enamorado de un noble.

Pero ahí en la cama, entre sus gemidos, sus jadeos y suspiros, ni Miguel parecía un alado, ni Martín un humano.


Cuando despertó, estaba solo. Supuso que Miguel, a pesar de su amor por la almohada, había tenido suficiente discernimiento como para levantarse antes de que terminara de amanecer, y desaparecer, aprovechando que finalmente las luces habían sido apagadas. En el suelo, solo se hallaba su ropa manchada de sangre. Martín suspiró, se dio vuelta y contempló el techo. La cabeza le retumbaba y en sus palmas aún le parecía poder sentir el ardor de Miguel.

En realidad solo era su corte.

Se levantó e hizo desaparecer el traje sucio en un cesto, vistiendo su ropa para dormir. Se sobó los ojos y se volvió a tumbar en la cama tras echarse un vistazo en el espejo. Habían quedado atrás múltiples marcas de chupetones, arañazos y mordidas, las cuales afortunadamente no se hallaban en ningún lugar problemático. Su piel pálida y la fuerza sobrehumana de Miguel no era una buena combinación.

Para su suerte, una sirvienta apareció más tarde con el desayuno. Martín le agradeció en voz baja y cuando la joven se había retirado, chasqueó los dedos. Desde debajo de la cama, salió flotando la enciclopedia hurtada de la biblioteca. Estaba con resaca aún, pero no tenía ganas de tener la mente desocupada, por lo de que la dejó aterrizar en su regazo y, con la taza de té en mano, la dejó abrirse ante él.