5. Conversaciones secretas

De Encyclopædia Universalis: Diccionario ilustrado de las ciencias y de las culturas humanas (tomo único, edición del año 6.47):

Sección décimo-tercera ("M")
Mago (por R. Núñez de Oliviera)

"Canalizador de energías no físicas brutas, tanto internas como ambientales, para su conversión en actos concretos llamados acciones. Magos nacen con el dote, la habilidad básica de percepción de las energías no físicas, característica hereditaria.

La distinción de las energías no físicas de las físicas, así como su manipulación, son parte del dote, no obstante, requieren años de instrucción y ejercicio para alcanzar, poco a poco, el dominio. Posibles consecuencias de una mala educación y, por ende, una mala ejecución en el arte mago son atrofiamiento del dote, pérdida sensorial en manos y ojos, ceguera parcial o absoluta, pérdida temporal del habla y alteraciones mentales y/o espirituales. Niños magos deben ser vigilados estrictamente en su uso de las energías no físicas, por ello su instrucción no suele inducirse sino hasta los siete años de edad.

A diferencia de hechiceros, chamanes (o curanderos) y brujos (véase respectivos artículos), los magos prescinden de cualquier ayuda o estímulo externo y/o físico para la recepción y canalización de las energías. En promedio, los magos no alcanzan la misma magnitud, alcance y poder en la ejecución de acciones que hechiceros sí suelen poseer con relativa facilidad, mas poseen una indepencencia casi absoluta de dichos estímulos o ayudar, sin mencionar que prescinden de verbalizar sus conjuros. Además esto no excluye la aparición de múltiples próceres como Leopoldo Zaldívar, Sir Henry Galloe, Juan Diego Vivanco Menéndez y Filotea Amarillis de Múnera, cuyo dominio del dote llegó a exceder el poder de cualquier hechicero.

Las poblaciones de magos más grandes se hallan al sur del continente, en pequeños reinos mineros al oriente de la cordillera, así como en el oriente del Gran Reino del Norte. Los magos asentados no suelen restringirse a una única actividad u oficio, desempeñándose tanto en trabajos manuales como intelectuales. Es posible también hallar caravanas de magos comerciantes a lo largo de la costa oriental o de la cordillera roja."


Pasaron días y luego semanas, durante las cuales Miguel no pareció querer discutir lo sucedido, sino que acallaba las palabras de Martin con besos o apretones de mano disimulados. Ahora que Julio se encontraba lejos en su luna de miel (Martín no sabía dónde y poco le interesaba), Miguel debía volver a sus usuales actividades, las cuales en sí no eran más que tres a cuatro horas de estudio, socializar con la familia durante las comidas y estirar las alas. Tenían tiempo para que Martín comenzara a tomarse en serio su preparación a mago personal, como afirmaba el heredero. Martín no comprendió primero qué tanto había que aprender para ser un especie de mayordomo, asistente, nana y bufón, pero cuando sus "clases" resultaron ser amenos paseos por los jardines, escapadas a la despensa principal y lonches en una de las salas de música, no le pareció tan malo el programa. Miguel simplemente necesitaba decir que harían algo productivo para que su familia no lo persiguiera.

A diferencia del otro lado de la cordillera, las lluvias habían cesado desde poco antes de la boda y los días cálidos volvieron para hacerles compañía un poco más antes del otoño. Miguel, muy amigo del exterior, había hecho su actividad favorita el esconderse con Martín entre los árboles frutales, el único lugar donde las tijeras podadoras de los jardineros no imponían simetría estricta. La maleza relativamente libre y rebelde los envolvía como un iglú y los protegía, si no del frío, de las miradas y del mundo exterior. Existía entre los arbustos un lugar especialmente querido por el heredero, una pequeña especie de claro, lo suficientemente grande donde, aún ocultos, podía estirar las alas y dejar que el sol las mimase mientras esperaba que Martín llegara con las galletas que le había encargado. El suave calorcito, el cantar de los pájaros que habitaban los árboles y el casi inexistente rumor de la brisa veraniega le hacían olvidar el tedio cotidiano y lo fueron adormeciendo. Sintió los miembros muy pesados y a duras penas se le escapó un suspiro. Tampoco era que le agradase estar siempre cansado o que las energías se le fueran tan rápido... No estaba del todo dormido cuando el mago llegó, pero aun así no lo notó aparecerse a su lado. Anonadado, Martín contempló sus alas.

-¿Puedo tocar? -susurró cuando había finalmente hallado su voz, siendo la primera vez desde su vuelo que las tenía tan cerca y en mencionada ocasión no había tenido ni tiempo de fijarse bien en ellas.

Miguel se sobresaltó y notó que miraba sus alas. Se tensó, mordiéndose el labio inferior. No era muy asiduo a dejarse tocar las alas, en realidad ningún alado lo era, pero siendo Martín, pensó que no estaría de más enseñarle cómo tratar sus alas.

-Claro, siéntate -musitó y dejó que Martín se acomodara.

Tomó una galleta y se posicionó frente a él, agachando las alas para que pudiese apreciarlas de cerca. Sus plumas blancas reflejaban débilmente la luz en minúsculos arcoiris y Martín las admiró con una sonrisa embobada. Dudó en un primer momento, pero luego comenzó a acariciarlas con lentitud, cuidando de no ir en dirección opuesta a la que crecían sus plumas. Recordó cuando sus padres tenían palomas mensajeras, animalillos que sus tíos cuidaron por muchos años después de su muerte. Recordaba haberlas amado mucho y las cuidó con sumo amor hasta que, una a una, se fueron muriendo debido a la edad. Sin embargo, si bien había tenido palomas blancas, las alas de estas no se comparaban con las de Miguel. Las de Miguel eran, dejando atrás las obviedades, mucho más majestuosas. Su estructura ósea era distinta y más pesada. ¿Tendrían los alados también huesos huecos en sus alas y en el resto del cuerpo? Era una duda que no atrevió aclarar con una pregunta directa al noble.

-Me gustan mucho -comentó en un hilo de voz, deslizando sus manos hasta la punta del ala.

Miguel se mordió el labio, sintiendo un ardor cosquillear en sus mejillas y sus plumas erizarse junto con su piel. Martín curvó los labios en una sonrisa entretenida y traviesa. Rozó la última pluma de su extremidad, observando cada minúsculo temblor que recorría aquellas espléndidas alas. Permanecieron por mucho tiempo en silencio mientras el mago analizaba mudamente el plumaje de Miguel, hasta que este acabó de comer y se cansó de sentir que le revolvían el plumaje y se lo dejaban desaliñado.

-Puedes sacarle una pluma -murmuró bajo y Martín lo miró sorprendido.

-¿Seguro?

-Sí, claro. Es solo una -Miguel entrecerró los ojos y Martin rio nervioso.

-¿Pero no te va a doler?

-Sácala de acá -señaló hacia el centro de su ala-. Ahí me pica menos cuando se arranca una.

Martín asintió y con cuidado jaló de una de sus plumas cobertoras. Las alas se sacudieron y Miguel las dobló. Martín alzó la mirada de la pluma, justo a tiempo para poder ver como las alas se volvían hacia el interior de su espalda. Sobre la piel trigueña del noble se dibujó su sello, naciendo como un pequeño círculo oscuro sobre sus vértebras, no más grande que un puño, que luego se estiró e intrincó en ramas lisas que crearon el diseño de Miguel. El noble se volvió y le mostró la bandeja de galletas vacías, ante lo cual Martín suspiró, guardano la pluma en un bolsillo pequeño de su casaca.

-Sos un glotón -acusó, pero Miguel solo se encogió de hombros.

-Mientras mis alas me puedan cargar, no veo razón por la que me prive de mis grandes placeres -aseguró, argumento que hizo sonreír al mago.

-Pues hay muchos otros placeres de las cuales no te tenés que privar para poder seguir volando -musitó y se inclinó hacia él, besando al sorprendido noble.

Era la primera vez que Martín le robaba un beso con tanta confianza y lo había dejado descolocado y rojo. El rubio solo se rio de su cara y tomó la fuente, poniéndose de pie.

-Espera -lo llamó Miguel y apurado se puso de pie mientras Martín alzaba una ceja-. Voy contigo.

-Ya -asintió y salió de entre los arbustos, sin embargo se detuvo de golpe al oír una voz femenina llamando al heredero por su nombre.

Miguel salió también del escondite y resopló al reconocer la voz de una de las sirvientas. Renegando se arregló la ropa y el cabello, saliendo a su encuentro. Martín lo siguió, esperando que aquello no se viera demasiado sospechoso para la chica que le avisaba al noble que su abuela deseaba verlo.

-Esta bien, ya iré yo. Tú vuelve a tus tareas -le indicó Miguel y echó a caminar hacia la casa.

Martín apuró el paso para ponerse casi a su altura.

-¿Qué quiere tu abuela?

-No sé, ni me interesa -resopló Miguel-. Seguro sermonearme o quejarse sobre mi padre… Ven, tengo una mejor idea. Si voy contigo igual se enojará más.

Y acto seguido lo tomó de la muñeca y lo jaló consigo, acelerando el paso.

-¿A dónde vamos? -quiso saber Martín, quien todavía se sentía muy perdido en aquella mansión.

Miguel, en cambio, conociendo muy bien el lugar en el que creció, solo sonrió de manera misteriosa. Se metió por mil pasillos, entrando por las conexiones ocultas destinadas a la servidumbre, y subió cada escalera con la que se encontraron hasta llegar al corredor del último piso. Al fondo, se acercó a una escalerilla que daba paso a un ático empolvado. Parecía una especie de depósito de muebles cubiertos por sábanas blancas. Había solo poca luz, proveniente de una pequeña ventanita de vidrios sucios. Martín miró a su alrededor, confundido, exhalando lentamente mientras dejaba que algunos muebles comenzaran a brillar para brindarles luz.

-¿Qué es este lugar? -preguntó en voz baja, ante lo cual Miguel se detuvo en el centro de la habitación, dando unas cuantas vueltas sobre sí mismo.

Se pasó el dorso de la mano por la nariz, deteniendo un estornudo. El rubio se acercó al mueble más próximo y lo descubrió, apareciendo un sofá de tamaño considerable. Miguel rió entre dientes, aplaudiendo.

-Gran truco -musitó, a lo que Martín hizo una pequeña y graciosa reverencia.

-Gracias, gracias -canturreó, aunque luego le sacó la lengua-. Que no soy animador de fiestas ni payaso.

-Lo sé, pero no me resistí.

Miguel se encogió de hombros y Martín se dejó caer en el sofá. El noble cerró la puertecilla que los había traído a aquel lugar y se quedó apoyado en ella. El lugar era bastante espacioso para ser solo un ático olvidado y el mueble en que se encontraba Martín estaba en perfectas condiciones, ni se veía viejo.

-Che, está re cómodo -opinó.

-Esto era el estudio de mi mamá -murmuró Miguel, acercándose a él con lentitud-. La puerta principal fue sellada cuando murió, pero olvidaron la del servicio… Para variar.

-Me gusta este sillón -insistió el mago y le sonrió, cómodamente recostado.

Miguel volvió a reírse.

-Qué confianzudo -recriminó sin ser serio, sentándose en su barriga-. A mí me gusta esto, suave e infladito gracias a nuestra comida…

Martín alzó ambas cejas, resoplando.

-Porque en este lugar tienen comida para tirar para arriba -replicó Martín-. De donde yo vengo las cosas son más difíciles.

-Acá las cosas son difíciles de otra manera -suspiró Miguel.

-No creo que sea tan complicado -insistió Martín encogiéndose de hombros pero lo atrajo por la cintura, recostándolo en su cuerpo.

-Lo es -murmuró Miguel, besando delicadamente su cuello antes de abrazarse a él y apegarse más.

Martín se estremeció cuando su aliento rozó su manzana de adán. Soltó un resoplido y llevó una mano a su nuca.

-¿Te puedo dar un beso o los humanos no lo tenemos permitido?

Miguel soltó una risita torpe.

-Solo si es bueno -accedió poniendo un dedo en el mentón del rubio-. Igual hoy ya me has besado sin pedir permiso.

Martín rodó los ojos y lo llevó a su boca, besándolo lenta y profundamente. Miguel cerró los ojos, dejándose llevar, correspondiendo con ganas y sentimiento. Martín le mordió el labio inferior, mirándolo tras un rato.

-¿No nos van a encontrar, no? -habló contra su boca.

-No creo -contestó Miguel-. Ya te dije que la entrada principal está cerrada.

Le dio otro beso al mago, tomándose tiempo para disfrutar de sus labios. Acarició sus mejillas y su cuello, sintiendo como jugueteaba con su lengua y con su cabello, haciéndole cosquillas. Se rió cuando Martín lo tumbó de lado, acorralándolo contra el respaldar, inclinándose a besar su cuello.

-Este sofá es tan cómodo -insistió, sonriéndole-. ¿No?

Miguel asintió.

-De pequeño siempre jugaba aquí mientras mi mamá pintaba. Le encantaba pintar.

Martín alzó una ceja y soltó una risa incrédula.

-Es deserotizante hablar de tu mamá, ¿sabías? -dijo riendo-. Yo que tenía ganas...

-Tú siempre tienes ganas -renegó Miguel, sacándole la lengua, volviendo a meterla rápidamente cuando Martín hizo un ademán de querer apretarla.

-¿Debo recordarte quién llegó a mi cuarto ebrio y con todas las ganas de cogerme? ¿O quién me mete mano descaradamente cuando cree que no lo atraparán?

-Ay, ya -Miguel resopló y le apretó la nariz-. Yo que me estoy abriendo, contándote de mi vida… Tú nunca me cuentas nada -se quejó con tono dramático.

Martín suspiró y se rio, sentándose. Miguel se acomodó con la cabeza en su regazo y el humano acarició su cabello.

-¿Yo? No hay mucho que contar. Mi vida era simple...

-Uy, Martín y simple -se mofó Miguel.

El insultado arrugó la nariz.

-En serio, no hay demasiado que contar. Mataron a mis viejos por ser de los rebeldes, después de eso solo me preocupé de sobrevivir y de cuidar de mis primos. Aunque ahora los tengo lejos y no se de ellos hace mucho.

Miguel asintió lentamente.

-¿No han escrito?

-Las cartas demoran, deben cruzar la cordillera -explica Martín como si estuviera hablando con un niño-. No puedo ni saber si las mías llegan todas.

-¿Por qué no las mandas con magia?

Martín se rió con tono irónico y sin molestarse en ocultar su irritación.

-Hay muchas cosas que no nos están permitidas, muchas acciones que no podemos ejecutar sin correr el riesgo de ser ejecutados inmediatamente. Básicamente estamos restringidos a ser juguetes de entretenimiento -explicó tratando de volver a moderar su tono, siendo consciente de que Miguel ignoraba muchas realidades de los humanos-. De pequeños aprendemos puras cosas básicas e inofensivas y… Bueno.

Tragó, esforzándose mucho por mantener la mirada, pero al parecer fue demasiado, suficiente para que incluso Miguel notara que algo sucedía.

-¿Y qué más?- susurró el alado.

Martín desvió la vista.

-Nada.

-Dime -pidió, alzando una mano para acariciar su mejilla.

Martín suspiró, pasándose una mano por el rostro y apartando su mano.

-De adolescentes nos aplican un sello. Es como el tuyo que guarda tus alas, solo que el nuestro no lo dominamos nosotros, es fijo. Y es invisible. La ceremonia de aplicación es borrada de nuestra memoria. Si no sabes dónde o cómo es un sello, no puedes quebrarlo. Al menos eso nos enseñaron. No es como si tuviera manera de averiguar si es cierto o no sin arriesgarme a morir -guardó silencio por unos segundos y Miguel lo miraba, esperando pacientemente-. Y eso… nos impide hacer cualquiera de las acciones prohibidas por los alados. Si cometemos cualquiera de esos, morimos al instante. Por eso no tiene caso enseñar más, sería dar instrucciones a un suicidio.

El alado se removió y se incorporó, sentándose a su lado.

-Lo siento -susurró, pero Martín sacudió la cabeza.

-No es responsabilidad tuya, ni siquiera sabías. Dudo que muchos nobles sepan, tengo entendido que es algo que lleva haciéndose hace siglos y es un tabú.

Miguel asintió lentamente y se acurrucó a su lado, pasando un brazo por su cintura. Apoyó la cabeza en su hombro, tratando de asimilar lo que le contaba. Martín acarició su espalda, sintiéndose un tanto culpable, pero a la vez, muy dentro, sintiendo que lo merecía. Debía saber, ser consciente.

-Haz algo -pidió Miguel luego de varios minutos en silencio.

-¿Eh? ¿Hago qué? -preguntó Martín sin entender, ladeando la cabeza mientras apartaba unos cabellos de su rostro.

-Magia -susurró Miguel algo apenado y Martín curvó los labios al notarlo.

-¿Qué tipo de magia?

-No sé, tú eres el mago, no yo -masculló e hizo un puchero.

-Pero dame una idea -pidió Martín, acercando sus labios a su sien mientras ya pensaba.

-No sé -repitió Miguel en voz baja y amurrada.

Martín soltó una risita contra su piel y beso su sien.

-Ya -dijo simplemente-. Cerrá los ojos.

Miguel obedeció, no pudiendo reprimir aquella sonrisa de emoción infantil que se apoderó de sus labios. Martín esperó unos segundos y se mentalizó antes de cerrar los ojos por un único segundo. Miguel contuvo la respiración, sintiendo un cosquilleo en el pecho.

-Ya, abrilos.

Miguel abrió los ojos y automáticamente estos se expandieron como platos. La sala entera estaba bañada en una luz sepia, apenas unos segundos antes de que los colores comenzaran a brillar fuertemente y llenos de vida. Toda la estancia, tornada a su estado de hace años, relucía perfectamente cuidada, limpia y vibrante. Miguel contemplaba todo boquiabierto.

-Wow…

-¿Te gusta? -preguntó Martín con ganas de regodearse un poco más de lo que ya hacía gracias a la expresión facial del alado.

-Sí -jadeó Miguel aún mirando a su alrededor y su sonrisa de felicidad ya no cabía en su rostro-. Es… increíble.

-Qué bueno -Martín sonrió también y lo besó en la frente-. Decime cuando quieras volver.

-No quiero volver.

Martín parpadeó.

-¿Por qué? -preguntó sorprendido.

-No me gusta el presente -susurró tomando su mano y apretándola.

-¿Pero por qué? Lo tenés todo en el presente… Incluso a mí.

-Ahora estás conmigo aquí.

-¿Y qué tiene el pasado que no tenga el futuro?

-Mi madre… mi infancia… Mi padre y mi abuelo -murmuró y se reclinó en su hombro.

Miguel se mordió el labio y Martín suspiró, acariciando su rostro antes de acunarlo.

-Entiendo -dijo con suavidad y calma, besando su cabeza-. Yo extraño la Comunidad del río de la Plata.

-¿Cómo es?

-No sabría cómo explicarlo, tiene de todo. El centro, que es grande y lindo, y los alrededores que son más humildes -relató pensativo-. De todas formas no se asemeja ni un poco a estos lugares. No tendríamos estos lujos ni en veinte vidas ahí. Y estaban mis primos... yo los amo con la vida.

No podía creer que lo había dicho tan directa y abiertamente. Miguel, en cambio, no se burló de él.

-Los extrañas -murmuró Miguel bajo-. Cuéntame de ellos.

Martín se rió entre dientes.

-Pues, ¿qué decir? Dani es un amor, lo adoro. Es muy tierno y buena persona, siempre me apañaba en todo. Es un mago como yo. Y Sebas… Siempre era la voz de la razón, pero tampoco nos acusaba cuando hacíamos alguna travesura. Es un blanco, pero el que más cabeza tenía…

Hizo una pausa al notar que estaba comenzando a emocionarse demasiado, que si seguía así, la nostalgia le ganaría y acabaría en peligro de escaparse. Un tanto tenso, miró a Miguel de soslayo. El alado lo observaba con curiosidad.

-¿Y qué más? -quiso saber, pero Martín apartó la mirada.

-Nada, ya mucho por hoy -declaró en voz baja.

Miguel quiso protestar, pero algo en la expresión de Martín lo detuvo.

-Está bien -asintió-. Volvamos al presente.

-¿Ya? Pensé que querrías quedarte más tiempo.

-No, ya fue. Además, puedo volver cuando quiera -contestó Miguel y lo besó.

-Sobre eso… no estamos realmente en el pasado -se apresuró el mago a explicar-. Es una ilusión, Miguel. Seguimos en el ático en el presente, aunque si alguien entra, no nos verá.

-Vaya, qué conveniente…

-Tú lo estás diciendo, no yo.

Ambos se rieron y Miguel volvió a abrazarlo del cuello, estampándole un beso largo, tendido y entusiasmado. Martín, sin tener razones para oponerse, le correspondió, empujándolo poco a poco sobre el sofá, volviendo a recostarlo.

Miguel era un vicio peligroso...


-¿Dónde estuviste?

Daniel se detuvo en la puerta, mirando hacia su primo sentado en la mesa junto a una vela y una botella.

-¿Qué haces aquí? -interrogó, pero Sebastián arrugó la nariz.

-Estaba invitado a cenar -le recordó con tono ácido, llevándose su vaso a la boca.

Daniel maldijo para sus adentros.

-¿Dónde estabas? -repitió Sebastián su pregunta, siguiéndolo con la mirada mientras el mago se movía por el pequeño comedor, acercándose a la chimenea.

-¿Aún queda comida?

-Un poco. Tu madre no te dejaría sin comer.

-Como si pudiera elegir -murmuró Daniel en voz baja y Sebastián resopló.

-Dejá de decir estupideces, Daniel. Sabés que eso solo traerá problemas, a ti y a tu madre…

-¿Y a ti, no? -lo interrumpió Daniel mordaz-. Y a los alados bastardos, ¿no?

-No hables así -volvió a insistir el blanco-. Por el bien de tu familia.

-Mi familia luchaba por el bien de la humanidad.

-Ah -Sebastián soltó una risa ahogada-. Así que era eso.

-¿Eso? -Daniel se volvió a verlo entre ofendido y extrañado-. ¿Eso qué?

-Querés ser alguien -respondió Sebastián con simpleza-. Querés una identidad.

-No juegues al psicoanalista ahora -resopló Daniel irritado y se encaminó a la cocina-. Y no hables más de esto, ni conmigo, ni con mi madre. Con nadie.

-¿Te preocupa que sepan qué piensas?

-Me preocupa mi madre -afirmó Daniel y fue a saludarla, disculpándose por la ausencia.

Le inventó una excusa cualquiera, pero eso no le quitó la preocupación ni a ella, ni a Sebastián.


Miguel se acurrucó más, buscando del calor corporal de su mago. Martín jugaba con su cabello, mirando la pequeña sala con aire pensativo. A su alrededor, el brillo acogedor de la ilusión del pasado se había disipado en algún momento, como el estupor de una alucinación producto de una droga, pero el ardor y la letargia del orgasmo aún pendía de sus cuerpos agotados. Miguel murmuraba algo bajo, pero no le prestaba del todo atención, sumido en sus propios pensamientos. Se preguntaba qué estarían haciendo sus primos, si habían logrado recuperarse de las pérdidas causadas por las lluvias, si se estaban llevando bien...

-Oye, Martín -Miguel tironeó de su oreja y el mago bajó la mirada-. Me estás ignorando.

-No me pongas ese tono acusete -lo regañó el rubio y besó su frente-. ¿Qué pasa?

-No escuchaste lo que dije -masculló-. ¿En qué piensas?

-En nada.

-¿En quién piensas?

Martín tuvo que reírse.

-Ay, ¿es en serio? -preguntó divertido y pasó una mano por su cabello-. Que sos bobo. Y celoso.

-No lo soy -se quejó Miguel-. Es que… mucha gente te mira, llamas demasiado la atención.

-¿Lo hago? -musitó Martín con fingida ingenuidad y Miguel rodó los ojos.

-No seas idiota.

-Aww, cómo te adoro -se carcajeó el mago y lo abrazó, besándolo.

Miguel renegó contra sus labios, aunque eventualmente cayó. Se rio y lo abrazó, correspondiéndole con ganas. Martín acarició su espalda, aunque cuando quiso separarse, lo mordió, dejando de sonreír.

-¡Boludo, me estás estrangulando!

-Ay, perdón -farfulló Miguel apenado, aunque volvió a reírse-. Suelo olvidar que son más débiles.

-¿Querés hacerme sentir insignificante? -preguntó Martín bufando y besó su cuello.

-No, no. Claro que no, Tincho -suspiró Miguel con cierto tono de docilidad, sonriendo embobadamente-. Sé que no lo eres, eres un mago.

A Martín no le pasó desapercibida la admiración que ocupaba sus palabras, mas no pudo sentirse halagado.

-¿Te parece importante trabajar para la familia que oprimió a tu familia por tantos años? -preguntó en voz baja-. En este momento, lo único bueno de ser mago… es poder estar aquí con vos como tu mago personal.

Miguel enmudeció y desvió la mirada. Martín suspiró y besó su frente.

-Sos lo único que me mantiene en esta casa -murmuró contra su sien, tratando de recuperar un poco el ánimo perdido.

-No es como si pudieras irte.

Replicó Miguel con gravedad.

-Podría morirme y no tener que vivir resignado a una vida en servidumbre. Podría fugarme y ser invisible el resto de mi vida. Podría rebelarme…

-¿Qué hay de tus primos?

-No sé en qué andan ellos. No sé nada ya de ellos, Miguel -bufó.

-Ya vas a saber -lo tranquilizó el noble en voz baja, acariciando su brazo, volviendo a hacer ese no se qué que Martín no se explicaba pero que lo tenía cada vez más adiestrado.

¿Acaso al final del día, Miguel simplemente dominaba a sus humanos de otra manera?

-No importa -murmuró bajo el mago-, no cambiaría mucho realmente.

-Estarán bien -le aseguró Miguel y se acurrucó nuevamente.

-Espero que te haya gustado mi pequeño truco -cambió Martín el tema.

-Me encantó -aseguró Miguel y sonrió con cierta travesura-. Todo, gracias.

Martín sonrió satisfecho, robándole un beso.

-Me asombras -susurró Miguel, acariciando su cabello mientras Martín atraía flotando una sábana-. Aunque seas un flojo.

-¿Flojo? ¿Yo? -Martín se rio y le tocó la nariz-. Solo me gusta descansar y estar cómodo. Además vos sos igual.

-Yo soy un noble, tengo todo el derecho -argumentó Miguel y Martín rodó los ojos.

-Ay, disculpen al señor noble.

-Y encima envidioso.

-Yo no te envidio -replicó Martín-. Solo tus alas.

Miguel se mordió el labio.

-¿Mis alas? Son raras. No deberían ser como son.

-¿Por qué? -Martín alzó un poco la cabeza para verlo mejor-. Son las más hermosas de la familia.

-Porque nadie más en la familia las tiene blancas. Es raro, debería ser imposible genéticamente.

-Son las alas de un ángel -arguyó Martín con galantería y Miguel se volvió a reír-. Sos como que inmaculado, perfecto.

-No soy perfecto -replicó Miguel entretenido, aún riendo-. Para nada. De hecho… -y dudó un segundo, como si fuera a revelar un secreto de estado- Soy muy mal guerrero, mi cuerpo no da.

-Sos perfecto para mi -continuó con su pequeño juego el mago.

-No, Martín -Miguel colocó un beso pequeño en su mentón-. No lo soy. No cumplo con las expectativas de nadie.

-Cumplís las mías -opinó el rubio, esta vez más serio-. ¿Por qué decís esas cosas?

Miguel se encogió de hombros.

-¿Porque soy el heredero de una de las familias más ricas y poderosas del país tal vez?

-Sos un digno heredero -susurró Martín-. Contigo a la cabeza… Las cosas podrían ser mejores. Sos la única persona buena que encontré acá.

-Soy blando para ellos. Y un fenómeno.

-Son unos imbéciles entonces -resopló Martín y Miguel sonrió forzosamente, aunque a la vez tocado.

-Son alados. Así somos.

-Así son ellos. Vos no, vos sos diferente a todos.

-Soy un alado digas lo que digas, Martín -le recordó Miguel.

-Pero no te parecés a tu familia.

-Y justamente eso no me gusta. Es mi familia después de todo. Mi abuela una vez dijo que soy como mi madre -susurró-. Y Julio es bueno conmigo, en el fondo es muy dulce y preocupado. Y tiene sus propios problemas. Simplemente no le gusta cuando tengo humanos cerca a mí.

Martín se mordió el labio.

-Vete a saber por qué -masculló.

Miguel suspiró y lo volvió a besar, buscando calmarlo. Martín le correspondió, tocándole la espalda justo en el hueco de su camisa. Miguel se removió, estremeciéndose cuando tocó su sello, mas no lo alejó.

-¿Cuál es tu afán de tocarme ahí? -renegó sobre su boca.

-Me da curiosidad -se defendió Martín-. Me llama la atención ver magia aplicada en un alado. Nunca había visto algo así…

-Es mi zona más sensible -se quejó Miguel-. Es donde nacen mis alas, mi todo…

-Ya, ya -Martín se rió y siguió acariciando su espalda.

-Algún día harás el sello de mis hijos -pensó Miguel en voz alta y Martín, tomado por sorpresa, abrió la boca shockeado.

-Tus hijos… -dijo ido, golpeándolo la realidad de golpe-. Vas a tener que formar una familia en algún momento…

-Lo sé -Miguel hizo una mueca-. Si pudieras darme hijos, te elegiría a ti, no me importa.

Martín apenas asintió, no gustándole que lo dijeran con tono de broma.

-Aunque nuestros hijos no tendrían alas -continuó Miguel y suspiró.

Martín también lo hizo.

-Y todos esperan más alados.

Miguel asintió, quedándose callado. Martín tampoco habló más.


La noche estaba totalmente oscura, era luna nueva. Sebastián aún permanecía despierto junto a una vela, releyendo la carta que había llegado el día anterior. Era de Martín y todavía no había podido pensar en una buena respuesta. Era una carta extensa y muy detallada, cosa que le sorprendía. Martín nunca fue de escribir mucho, así que supuso que debía extrañarlos. Había pasado un mes desde la primera carta que recibieron, aquella era la segunda.

-Así que el hijo menor realmente se casó -murmuró mientras acariciaba el borde del papel.

Sebastián quería responder, pero no podía. Sabía que había cosas que no podía escribir, pero Martín sospecharía si el contenido de la carta no era en un ochenta por ciento sobre Daniel. ¿Por qué le hacían eso? Gruñó y se masajeó las sienes. Sus primos siempre habían sido expertos en dejarlo atascado en encrucijadas. Y siempre había podido resolverlas y salvarles el pellejo a todos, pero en este momento parecía que su suerte y su ingenio habían llegado a un fin. No tenía idea de qué escribir.