StillHere (en vista de que comentaste en anónimo, solo puedo responderte acá): Muchísimas gracias, me hizo mucha ilusión leer tu comentario :) Como dijiste, este fic no tiene muchos lectores, por eso aprecio a cada uno que se tome un minuto o más de su tiempo para comentar, gracias en serio. Respondiendo un poco a lo que mencionas, decidí dejar arbierta la relación Paraguay-Brasil para que cada uno la interprete como quiera, ya que igual lo que interactuaron fue muy poco y como dices, no es lo central del fic, si bien tampoco está solo porque sí. En cuanto a lo segundo, sí, sé que la historia va desarrollándose lentamente, soy consciente de ello :'D Pero no desesperen, que estamos ya llegando a que sucedan más cosas! Muchas gracias de nuevo por comentar, me alegra enormemente que el univers o te haya logrado atrapar, espero que lo que siga te guste lo suficientemente como para seguir leyendo con ganas :D Saludos~
6. Tiempo de fiesta
Los pasos del mensajero eran silenciosos, ahogados en el suelo alfombrado del corredor del cuarto piso. Lo único que se oía era el tintineo que las armaduras de los guardias que lo escoltaban. Su respiración ya se había calmado, pero la idea de presentarse ante el alado más poderoso del territorio le provocaba una sensación de inquietud que se decía que era inexplicable. ¿Qué le haría su señor si él no era un humano ni había hecho nada malo? No era un noble, pero era un alado y además un mensajero, no era el responsable de las noticias que traía. Tomó aire cuando uno de los escoltas se adelantó unos pasos y se detuvo ante una puerta roja, golpeándola con los nudillos antes de abrirla y cederle el paso.
Miguel alzó la mirada, imitado inmediatamente por su padre.
-Mi señor, con permiso... -comenzó a saludar el mensajero, mas el jefe de familia alzó la mano, callándolo.
-Miguel, retírate por hoy -ordenó, su voz rasposa igual de carente de emoción que siempre.
Su hijo dudó varios segundos, mirando de reojo al mensajero, luego al hechicero de su padre, que se paseaba frente a las ventanas, y finalmente su padre. Pero antes de que este pudiera repetir su orden, acató. Tomó el libro que yacía frente a él sobre la mesa y lo atrapó bajo su brazo. Hizo una breve reverencia hacia su progenitor y saludó al mensajero educadamente, retirándose. El recién llegado permaneció mudo, inmóvil, mientras el heredero se encaminaba a la puerta y salía sin hacer mayor escándalo.
El señor Prado esperó a que la puerta se cerrara antes de volver a mirar al mensajero.
-¿Traes noticias del otro lado de la cordillera?
El mensajero asintió.
-El señor gobernador, Martínez, le envía el informe -contestó dando un paso ante él tras otra reverencia, sacando de su cartera un fajo de papeles-. Al igual que los señores Menéndez y Arana. Cada uno manda sus saludos y reconocimiento a su Alteza.
El noble no alzó más la mirada una vez que tuvo las cartas e informes en manos. Deshizo la soga que los ataba y meció lentamente la cabeza mientras revisaba cada uno, sin abrirlos aún. Los sellos estaban intactos y podía sentir la mirada de su hechicero sobre sus manos. Su silencio bastó.
-Denle una habitación para reposar y colación -indicó sin mirar a nadie.
Los guardias acataron y escoltaron una vez más al mensajero.
-Me volvió a echar -se quejó Miguel mientras observaba a Martín jugar aburrido con esferas luminosas que rebotaban en sus manos.
-¿Decís que cuando llegó el mensajero?
-Sí.
-¿Otra vez?
-Sí -repitió el alado y suspiró, sobándose los ojos de mal humor-. Incluso había leído lo que me pidió y ni caso hizo. Luego se queja cuando no hago mis tareas, ¿pero cómo espera que las haga si ni le importa realmente cuando efectivamente las hago? ¡Dentro de una semana cumpliré la mayoría de edad y me sigue tratando como a un niño con el que hay que entretener con tareas simples e innecesarias para que no ande estorbando!
Martín se encogió de hombros, haciendo desaparecer sus esferas brillantes. Miguel soltó una pequeña exclamación de decepción.
-Me gusta verlas -murmuró bajo y Martín sonrió de lado.
-A mí no me gusta gastar demasiada energía en vano.
Miguel estaba por replicar, pero en eso alguien tocó la puerta y Blanca asomó la cabeza.
-Martín, el mensajero trajo una carta para ti -anunció entrando, aunque se detuvo de golpe al ver a Miguel-. Oh, lo siento, mi señor.
Hizo una rápida reverencia, pero Miguel le restó importancia al asunto con un veloz gesto.
-¿Carta para mí? -Martín rápidamente se puso de pie y se acercó a ella, recibiendo el amarillento papel y reconociendo de inmediato la letra.
Sebastián había utilizado el mismo sobre en el que él había enviado su última carta, lo cual le hizo pensar que tal vez debería enviarle un fajo de papel. Esperaría a que Blanca se retirara para preguntarle a Miguel sobre la posibilidad de mandar un paquete a sus primos. La sirvienta se acercó al alado y preguntó si deseaba algo, a lo que Miguel respondió que podrían ya merendar y que alistara las cosas en la terraza más próxima. Martín tomó asiento frente a su escritorio, abriendo la carta.
-¿Vas a leerla ahora? -se quejó Miguel una vez que Blanca se fue y Martín lo miró por encima de su hombro.
-La merienda aún no está servida -alegó y Miguel suspiró, saliendo al balcón de su mago.
-Iré adelantándome entonces -declaró y extendió sus brillantes alas.
Martín quiso ignorarlo, pero no pudo resistirse a echarle aunque fuese un mínimo vistazo a sus alas de ángel. Miguel brincó al vacío y Martín suspiró, volviendo la mirada a la carta.
El heredero se elevó durante varios segundos hasta ver su casa reducida en tamaño. Permaneció varios segundos suspendido en el cielo, batiendo las alas solo lo necesario para mantenerse elevado. Tomó aire profundamente antes de dejarse caer y aterrizar en su terraza preferida. Cuando tomó asiento en la mesita que eligió, dos sirvientas salieron con bandejas, sorprendiendose al verlo.
-¿Desea merendar en esta mesa? -preguntaron y al asentir Miguel, procedieron a ponerla..
Miguel deslizó la mirada hacia el campo que se abría más allá del cerco de arbustos, llegando hasta el bosque. La verdad era que nunca había ido más allá de las primeras hileras de árboles, nunca había estado en un bosque ni planeaba realmente estarlo. El bosque no es precisamente el hábitat natural de los alados.
Cuando Martín llegó y tomó asiento con él, Miguel le sonrió. Sus alas descansaban desplegadas, rozando el suelo.
-¿Qué cuentan tus primos?
-Nada en especial -Martín se encogió de hombros, no queriendo hablar de lluvias o impuestos, ni de conocidos ni parientes que Miguel no conocía-. Están bien.
Miguel asintió lentamente, viendo como el agua de su taza se tornaba oscura. Observó a Martín.
-Extraño el mate -comentó entonces el mago y Miguel lo miró curioso.
-¿Mate?
-Es… un regalo de los dioses -musitó y Miguel alzó una ceja, lo cual lo hizo reír-. Es una infusión y la bebemos mucho, nos une porque compartimos el recipiente en que se echa.
Miguel asintió lentamente.
-¿La taza?
-Ah… En realidad es una calabaza seca recubierta en cuero -explicó y Miguel frunció el ceño.
-¿En serio? ¿Por qué?
-¿Porque sí? ¿Porque siempre fue así? -suspiró y se encogió de hombros-. Es tradicional.
-¿No es sucio?
-La lavamos obviamente, pelotudo.
-Entiendo -Miguel asintió y volvió a mirar su taza de porcelana fina, adornada con pintura dorada y rojo salmón.
-Vivir aquí es tan distinto, no te lo podés imaginar -prosiguió Martín, bajando la voz.
-¿Será porque nunca conocí otra cosa?
-Supongo -el mago tomó su taza y bebió-. Se vive bien, no lo niego. Pero el mate…
Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa y Miguel se rió, sintiendo un burbujeo gracioso y a la vez inquietante vibrar en su estómago. Su padre era una cosa, pero Martín… él sí que lo hacía sentir como un niño pequeño.
-Puedo conseguírtelo -ofreció, pero Martín negó con la cabeza.
-¿Y con quién lo voy a tomar?
-Conmigo… -respondió Miguel un tanto ofendido, mas queriendo ocultarlo.
Martín se mordió el labio.
-Bueno… claro.
El mago sonrió, tratando de ignorar la tensión que se había armado entre ambos. Miguel desvió la mirada nuevamente al bosque y bebió en silencio. Acabaron de merendar y permanecieron sentados en la terraza, viendo como el sol se encaminaba en dirección cordillera. Martín se preguntó si Miguel podía verla si volaba por encima de la mansión. La vez que lo llevó volando no tuvo tiempo de fijarse. Cuando el cielo comenzó a tornarse naranja, Miguel se puso de pie.
-Entremos -pidió, doblando sus alas.
Martín se paró, mirando una última vez el bosque que se terminaba de tragar el sol. Siguió a Miguel a su habitación, pero al abrir su puerta, el alado se detuvo abruptamente.
-¿Pero qué hacen? -exclamó, su rostro luciendo sorpresa pura.
Martín se asomó detrás de él, viendo a varios sirvientes moviéndose por el cuarto del heredero.
-Alistamos su baúl de viaje -respondió uno acercándose-. Su padre ordenó que parta esta misma noche a casa González.
-¿¡Qué!? ¿¡Por qué al poto del mundo!? -resopló Miguel sacado y entró a su cuarto, dándose dos vueltas, perdido-. ¿Por qué?
Los sirvientes se miraron, indecisos.
-No sabemos, señor. Órdenes de su padre -dijo una muchacha joven y menuda, que parecía avergonzada de su existencia y apretaba los dedos sobre la casaca que llevaba en las manos.
Miguel suspiró y volvió a salir, caminando a pasos apresurados a las escaleras. Martín dudó por un segundo, pero finalmente lo siguió apuradamente. Miguel ni lo miró, saltándose un escalón para subir más rápido. Una vez frente a la oficina de su padre, se detuvo.
-Espérame aquí -indicó y algo en su voz dejó a Martín estático-. Vengo.
Tocó la puerta y entró, volviendo a cerrar. Martín miró la puerta con expresión confundida y perdida. Agudizó los oídos, canalizando pequeñas cantidades de energía hacia ellos. Distinguió primero la voz de Miguel, la primera que hallaba siempre, y finalmente oyó al señor de la casa.
-No tienes por qué hablarme así -gruñó el progenitor y un escalofrío recorrió a Martín, no soportando tener su voz penetrando tan agudamente su ser-. La invitación llegó hoy, mañana en la noche debes estar ahí.
-¿Y por qué yo?
-¿Te parece que yo tengo tiempo para algo tan insignificante?
-Si es tan insignificante, ¿por qué debo ir yo? -resopló Miguel y Martín sintió pasos cerca, volteándose.
Por poco pegó un brinco al verse frente a frente con el hechicero del jefe de familia.
-No deberías espiar, mago -masculló el hombre de apariencia mayor-. Estoy bien sin tener que eliminar gente, más con un usuario de magia.
El rubio apretó los labios, atinando únicamente a asentir. El hechicero tocó la puerta y esta se abrió, saliendo Miguel con muy mala cara. Sin decir nada, el uno entró y el otro salió, caminando hacia las escaleras. Martín maldijo para sus adentros y lo siguió corriendo.
-¿Qué pasó? -farfulló y Miguel solo rodó los ojos.
-Es un imbécil.
-Ya, eso lo sabía, pero…
Miguel se quedó parado en seco y se volvió hacia él.
-¿Eso crees? Porque no lo conoces para nada.
Martín frunció el ceño.
-Lo conozco bien -replicó-, en cada centavo que tuve que laburar como una mula y en cada amigo o pariente que se me murió o quedó preso solo porque no había suficiente para nosotros.
Miguel calló por unos segundos, contemplándolo. Luego desvió la mirada y retomó su camino, esta vez más lentamente.
-Deberías ir a cambiarte, ponte algo más cómodo -señaló-. Salimos en una hora.
Martín suspiró y solo lo dejó ir, encaminándose a su propio dormitorio. Materializó un baúl ligero y pequeño, echando a él varias prendas que consideró elegantes y de buen gusto, junto con algunos otros objetos que necesitaba a diario. Luego de eso, encogió todo y se lo guardó en el bolsillo.
-¿Dónde están tus cosas? -interrogó Miguel contrariado cuando se encontraron frente a la carroza.
Martín le sonrió y señaló su bolsillo. Miguel solo soltó un suspiro y se subió a la carroza, seguido por su mago. Martín se sentó frente a él, pero cuando la carroza partió y salió por el portón de la mansión, se cambió de lado.
-¿Por qué estás enojado? -quiso saber, tocando su pelo.
Miguel desvió la mirada.
-Tú también lo estarías si nadie te dice nada y solo te dan órdenes y te ocultan las razones.
Martín no pudo negarlo.
-¿Qué pensás que sucede?
-No lo sé, Martín. No tengo ni de dónde deducirlo -se quejó el noble y apoyó la cabeza en el costado de la carroza.
El mago lo contempló, tomando luego su mano. Miguel solo lo miró de soslayo, dejando que llevara sus dedos a sus labios y los besara.
-¿Cómo es el lugar al que vamos? -preguntó para distraerlo y el alado suspiró.
-Aburrido. Nos espera un largo viaje porque queda literalmente en la última punta del extremo sur -le contó en voz baja y se reacomodó para apoyarse con la cabeza en su hombro-. A lo mejor vamos a llegar para el almuerzo, pero lo dudo...
Martín lo rodeó por los hombros y besó su cabello. Sería verdaderamente un viaje largo, tenían muchas horas por delante.
-¿A qué vamos? Bueno, vas.
-Una fiestecita o algo así -Miguel se encogió de hombros-. No son las más sobresalientes precisamente. Es una familia aburrida, aunque Tiare es muy linda persona, muy alegre y dulce. Aj, pero su heredero… Es más insulso que Pilar.
-Oh, ¿tanto así? -Martín alzó las cejas, sorprendido.
-Sí -Miguel se rió bajo-. Julio va mucho a esa casa, no me preguntes por qué. Él dice que quiere entrenar sus alas para poder volar largas distancias.
-¿Y vos por qué no vas volando? -quiso saber Martín, a lo que Miguel soltó una risita.
-Primero porque te llevo a ti y segundo porque volar una distancia tan ridículamente larga no tiene sentido a menos que seas un mensajero llevando una noticia sumamente urgente. Cosa que nunca ha pasado, ahí abajo no sucede nada relevante.
-¿No es una familia de importancia?
-Nah, ni de casualidad. Solo son unos nobles menores que administran el extremo más sureño, del cual igual no sale mucho.
Martín asintió lentamente. Apegó más a Miguel y este finalmente se relajó en sus brazos. Tal vez lo mejor sería intentar dormir.
Llegaron pasadas las tres de la tarde. El cielo por esos lares estaba nublado y el viento soplaba con ímpetu. Miguel, en cambio, parecía estar de mejor humor.
La casa González era considerablemente más pequeña que la de los Prado, incluso pareciera más pequeña que la casa de verano de los Gómez. Seguía siendo una mansión, eso sí. Poseía una entrada con dos altos pilares de madera oscura, barnizados tras haber sido tallados cuidadosamente. Dos figuras aladas envolvían cada uno de ellos, extendiendo sus manos negras al cielo. La casa en sí, en cambio y sin perder la elegancia propia de la estirpe alada, parecía más bien emular su entorno: sobria en colores y ornamentación, denotando un dejo de tristeza, soledad abandono. Martín comprendió el porqué de la poca importancia concedida a aquella familia.
Los recibieron dos alados acompañados por tres sirvientes, los cuales reverenciaron a Miguel en cuanto este había puesto ambos pies en el suelo. Martín bajó detrás de él, mirando a la pequeña congregación. Los dos sirvientes más fornidos se dispusieron inmediatamente a trasladar el equipaje de Miguel para que la carroza pudiera ser guardada en la caballería con las de los demás invitados. El tercer sirviente permaneció parado detrás del más alto de los anfitriones.
-Manuel -Miguel torció una sonrisa y su igual lo imitó.
-Diría que "es un gusto tenerlo aquí, mi señor", pero agradezco tu blandura que me permite hablarte como me dé la gana -replicó el aludido y sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa-. Bienvenido en todo caso. No pensamos que llegaría alguien de la familia Prado.
Miguel resopló por lo bajo y rodó los ojos.
-Pues podrían mandar sus invitaciones con algo más de anticipación -se quejó y Manuel lo miró con cierta molestia.
-Las mandamos hace un mes -replicó, para su sorpresa, pero Miguel decidió no mostrarla.
-Supongo entonces que mi padre estaba considerando hasta hace poco que era innecesario venir. Sabe Dios qué lo hizo cambiar de opinión.
Manuel sólo se encogió de hombros, prefiriendo no comentar nada. El que Miguel permitiese el trato que le tenía era totalmente independiente de la actitud que el jefe de estado tenía hacia aquellos que murmurasen a sus espaldas o no simpatizaran con él.
A su lado, Tiare se carraspeó.
-Bienvenido, Miguel -musitó con tono tranquilo y amable, sonriendo.
Miguel le devolvió la sonrisa.
-Gracias, Tiare. Es bueno verte. En la boda apenas tuvimos tiempo de hablar -respondió y Manuel se abstuvo de hacer cualquier comentario respecto al estado en que había visto al heredero de la familia gobernante.
-Eso mismo. No llegaste ni a presentarme a tu nuevo hechicero.
-Mago -corrigió Miguel y su sonrisa se ensanchó.
Martín se abstuvo de sonreír igual de abiertamente, más el orgullo con el que Miguel hablaba de él lo alimentaba. No obstante, no le pasó desapercibida la disimulada mirada de desprecio que le lanzó Manuel. Tiare preguntó que si no era mejor un hechicero y Miguel replicó que Martín estaba totalmente capacitado para estar a su lado. Tiare se disculpó con educación y Manuel agradeció que al menos ella tuviera más sentido de diplomacia que él. Ciertamente eso le quitaría muchos problemas que él no supo ahorrarse.
Dejó que su futuro hechicero guiara a los últimos invitados a sus respectivas habitaciones. Martín agradeció cuando lo dejaron en su dormitorio y tras esperar unos minutos, se pasó al continuo, entrando sin llamar a la puerta. Miguel se encontraba echado en la cama, mirándolo.
-Ya ni toca -le recriminó en broma y Martín se encogió de hombros.
-Haceme un espacio -pidió y se acostó a su lado-. ¿A qué hora empieza esto de la fiesta?
-A la hora de la cena. Las nueve o las diez me supongo. ¿Tienes hambre?
Martin sacudió la cabeza y Miguel asintió.
-Será una velada pequeña y aburrida -murmuró mientras se ponía de pie para mirar por la ventana-. Este lugar me deprime…
-¿El paisaje?
-Y su gente.
Martín contuvo una pequeña risita y asintió, acercándose a él.
-¿Cuál es el punto de venir acá?
-Socializar… Aunque no hay mucho con quién, ya dije que no es la gran cosa. Pero la familia González está tratando de hacerse de más contactos, yo supongo que están pasando un mal momento y buscan cómo superarlo.
-Bueno, si a esto llamas mal momento…
Martín dejó su comentario inconcluso, pero la afirmación estaba hecha. Miguel dejó escapar una risa ahogada y lo miró de reojo.
-Ya sé, estándares. Además, las apariencias lo son todo.
Martin asintió lentamente y acarició su cabello. Miguel lo dejó, volviendo a mirar hacia el exterior oscuro. En el verano del sur, los días se alargaban mucho más que en cualquier otro lado, pero de igual manera los días fríos llegaban con mayor rapidez y el sol se volvía escurridizo como una lagartija. Allí el clima se helaba cuando en su propia casa aún cenaban en una terraza y bajo el cielo teñido de rojo. Estaban muy lejos de lo que a Miguel le gustaba. Este, finalmente, cerró las cortinas y lo atrajo más hacia sí, rodeando su cintura con los brazos.
-¿Te vas a poner algo bonito para mí? -ronroneó mientras presionaba un beso seco en su mentón.
Martín sonrió de lado, echando la cabeza hacia atrás para alejar el rostro.
-Mhh, tal vez, pero no necesariamente para ti -contestó con sorna, causando un puchero por parte de Miguel-. Pero podría considerarlo si recibo algo bueno a cambio…
Miguel se rió y rodó los ojos.
-Eres un aprovechado -renegó y apretó sus costados, clavándole luego los dedos en un intento de hacerle cosquillas-. ¡Siempre buscas sacarme algo!
Martín retuvo una mueca de dolor, no teniendo la energía de recordarle (otra vez) que midiera su fuerza sobrehumana. En cambio, forzó una sonrisa y exhaló riendo.
-Sí, y de ser posible desearía que eso fuera tu ropa.
Miguel volvió a poner los ojos en blanco.
-Sabes que para eso solo tienes que pedir… o besarme -susurró y Martín acunó su rostro entre sus manos, inclinándose hacia él.
No obstante, Miguel se echó hacia atrás, esquivándolo.
-Pero no ahora -replicó-. Deberíamos asearnos.
-Podemos ir juntos -sugirió Martín, mas Miguel negó con la cabeza.
-No estamos en casa -murmuró bajo-. Prefiero no arriesgarnos. Que sea un evento pequeño no significa que esté libre de chismes. Y un escándalo solo le probará a mi padre que no puede confiarme nada.
Martín apretó los labios, pero eventualmente asintió.
-Comprendo -aceptó con voz ronca y se retiró.
La velada llegó rápidamente. Era raro, se dijo Martín, tener que tomar su verdadero lugar detrás de su alado, jalarle la silla cuando se iba a sentar, guardar su espalda y silencio. Sobrevoló la mesa y los comensales con la mirada, sin reconocer a ninguno. Realmente no era una velada de importancia y el ambiente no se sentía tan tenso como lo percibió durante la boda de Julio. Pocos asistentes tenían a un hechicero o mago escoltándolo. De hecho, Miguel y Manuel eran los únicos. El hechicero del González era un sujeto languilucho, rubio y de ojos achocolatados. Tenía un rostro amable y de alguna manera Martín consideró que se parecían mucho. Se preguntó de qué comuna provenía y qué clase de hechicero era. La varita metálica adherida a su cinturón de cuero no le pasó desapercibida. Era sencilla, poco vistosa y aparentemente de un material barato como el hierro o tal vez incluso zinc. Los González de verdad no debían ser los más influyentes.
-La comida estuvo muy buena -le comentó Miguel a Tiare, inclinándose ligeramente hacia la muchacha.
La jovencita le correspondió la mirada, curvando los labios en una sonrisa dulce y coqueta por igual.
-Qué alivio escuchar eso de tu parte -respondió con tono cantarín-. Pero espera a probar el postre, quedarás encantado.
Miguel se rio y Martín, por el rabillo del ojo, observó cómo otras miradas se clavaban en ellos y cuchicheos se alzaban. Volvió a contemplar a su noble y a su compañera de conversación, cayendo en la cuenta de que sí, la familia González estaba en aprietos y sus aspiraciones eran altas. Las más altas, para ser exactos. Miguel no se percató de las voces que rondaban el comedor y sin mucha reflexión invitó a Tiare a bailar cuando la fiesta se trasladó al salón. Martín se mantuvo de pie a un lado, junto a uno de los mayordomos. Los observó dar vueltas sobre la pista de baile, el vestido rosado de la muchacha seguirlos como una sábana de gasa que los envolvía. Miguel se mostraba seguro y confiado en sus pasos, se movía con una elegancia que usualmente nadie le atribuiría a primera vista, ni sabiendo de su educación como futuro político de importancia. Tiare le sonreía y flotaba detrás de él, pareciera que no tocaba el suelo, sino que volaba con alas invisibles. Martín no dudó de que un matrimonio así era muy probable. ¿Pero qué tan de acuerdo estaría el padre de Miguel con algo así?
Aunque…
Por algo lo habían enviado a ese lugar...
¿No?
Martín cerró los ojos por una fracción de segundo, dejando que su imaginación se las diese de pintora y le inventara un cuadro primaveral, con canto de aves y un himno nupcial de fondo. Tiare marchaba en pos del altar, escoltada por un velo floreado, y Miguel crecía junto a él como un árbol, firme, robusto y frondoso. La verdad era que él era casi perfecto, estaba casi completo. Lo tenía todo, lo único que le faltaba a ese árbol eran flores….
Volvió a abrir los ojos cuando comenzó a sentir un leve mareo y ganas de orinar. Miró a todos lados, viendo a Miguel parado, con una copa en manos y una nueva compañera de conversación. Suspiró y se sobó los ojos, diciéndose que no afectaba si se escapaba por un segundo para ir al baño. Volvió a mirar a ambos lados (preguntándose dónde estaría el otro hechicero) y disimuladamente se dirigió a la puerta. Al salir del salón, un suave rumor de voces y música lo siguió hasta el corredor principal, pero fue poco a poco muriendo hasta que finalmente se extinguió tras la puerta de lo que supuso que era un baño.
Mientras se lavaba las manos, aprovechó para humedecerse el rostro y mirarse en el espejo.
-Ya deja esa cara penosa, Tincho -murmuró bajo y se secó.
Al volver al salón, halló a Miguel bebiendo de otra copa, viéndose ya ligeramente aburrido. Se acercó a él y sonrió apenas.
-Mi señor, ¿necesita algo? -preguntó en tono suave y educado, con un tanto de burla que solo Miguel identificaría.
El alado alzó una ceja y suspiró bajo.
-La diversión no duró, tal como lo pensé.
-¿Y la señorita González?
Miguel se encogió de hombros.
-No es que me importe tanto… -Martín alzó ambas cejas, pero Miguel ya estaba ojeando a los demás invitados-. Están todos muy distraídos…
-¿Qué insinuás?
-Solo ven conmigo -pidió Miguel con ojos brillando traviesamente y encaminándose hacia la salida.
Martín lo siguió, fijándose, con disimulo, que nadie estuviese observando su escapada. Los dos amantes caminaron apresuradamente hacia el final del corredor y doblaron la esquina, mas tuvieron que detenerse inesperadamente. Un par de guardias vigilaba las escaleras al segundo piso con el fin de proteger las pertenencias privadas de los invitados. Miguel renegó entre dientes pero Martín decididamente lo tomó de la muñeca, arrastrándolo consigo hacia un pasillo secundario, aparentemente designado para la servidumbre. Miguel corrió detrás de él, riendo entusiasmado cuando hallaron un segundo corredor con múltiples puertas. Se acercaron a la primera y Miguel la halló cerrada. Martín dio un paso hacia ella, queriendo abrirla, pero Miguel lo detuvo.
-Mejor busquemos una abierta, no sabemos por qué está cerrada -susurró-. No buscamos meternos en líos privados, ¿no?
Martín se encogió de hombros y se acercó a la primera que halló apoyada, estaba por empujarla, pero se detuvo de golpe al oír voces.
-...tan obviamente, deberías ser más cuidadosa.
-Sé muy bien qué hago, no me des órdenes hasta para coquetear.
-Solo te doy sugerencias. Si fueran órdenes, no te permitiría esto. Por mí no tendrías que casarte tan urgidamente.
Martín apretó los labios, queriendo seguir su camino, pero Miguel ya estaba a su lado, agudizando los oídos.
-Manu, basta. Sé qué piensas, pero seamos realistas. Necesitamos mejores conexiones, mejores aliados y de la clase que no puedan darnos la espalda cuando les plazca solo porque somos una familia poco influyente. Sé cuál es tu opinión sobre los matrimonios arreglados y lo respeto. De no ser así, apoyaría a mamá en presionarte para que te cases con una de las Kirkland.
Un resoplido se hizo oír y Miguel pudo imaginarse a la perfección la cara malhumorada de Manuel.
-Solo no me parece adecuado en este momento.
-¿De qué hablas? -masculló Tiare y sus pasos impacientes e inquietos resonaron en los oídos de Miguel-. ¿Este momento?
-¿Justo después de la boda de Julio? ¿A nada del cumpleaños de Miguel mismo?
-No le veo el problema. Miguel está a nada de volverse un adulto y un miembro muy importante en la corte, está en su mejor momento.
-Sí, justamente. Estás siendo ridículamente obvia. Seguramente hasta Miguel sabe qué pretendes.
-¿Y qué importa? Es mejor aprovechar que las cosas están en calma.
-No están en calma y lo sabes -murmuró Manuel y los pasos de Tiare cesaron.
-Podrían estar peor. La familia Prado podría estar ahora buscando desesperadamente a Julio mientras intentan cubrir el escándalo -resopló y el cuerpo entero de Miguel se tensó, repentinamente más atento-. ¡Podemos estar aliviados de que finalmente Julio haya decidido no seguir con su plan de echar la boda por la borda y escaparse de su familia y de sus responsabilidades!
-¡Julio no haría eso!
Los dos hermanos callaron de golpe, mirando sorprendidos hacia la puerta. Martín juraría, con el corazón en mano, que la sangre se le heló en ese mismo instante, viendo a Miguel apretar los puños mientras miraba con rabia a los nobles menores.
-Miguel… -el mago trató de intervenir, pero el alado temblaba y un aura peligrosa mantuvo a raya al humano.
Los hermanos tragaron, pero antes de atinar a excusarse, Miguel insistió:
-¡Mi hermano no abandonaría a su familia!
-Oh, una familia que ha hecho mucho por él, ¿no? -se rió Manuel secamente antes de que Tiare pudiera decir algo más prudente.
-Manuel -siseó la chica y le dio un codazo-. No dijimos eso…
-¡Claro que sí! ¿Tirar la boda por la borda? ¿Abandonarnos? ¡Ustedes no saben nada!
-¡Tú eres el que no sabe nada! -gruñó Manuel, zafándose del agarre de su hermana-. ¿De verdad crees que Julio quería casarse? No seas más ridículo de lo que ya pienso que eres.
-No dije que él quería casarse -replicó Miguel aún mirándolo con rabia-. Pero Julio no es un traidor, ni un cobarde, no alguien que huiría sin más.
-Pues que poco lo conoces -murmuró Manuel y dio otro paso más hacia él, quedando cara a cara-. Julio estaba decidido a desaparecer. Tienes razón, él no es un cobarde. Justamente por eso no iba a dejar que lo usasen. Pero cambió de opinión. Debo decir que me sorprendió verlo parado junto al altar...
-Ya cállate -Miguel apretó los puños.
Martín tragó, sintiendo su cuerpo alistarse para saltar a intervenir en caso de que su alado se lanzara a golpear al otro, y vio que el hechicero de este estaba en las mismas. Manuel, en cambio, ni pestañeó, mirando fijamente a Miguel.
-No estoy mintiendo, no soy así -afirmó en un tono más bajo pero igualmente firme.
Los puños de Miguel temblaron y Martín ya estaba saltando hacia él, cuando en un movimiento veloz, invisible y totalmente impredecible, Miguel pasó corriendo al lado de Manuel y saltó por la ventana, importándole poco si rompía el vidrio. Martín, boquiabierto igual que los demás, vio el relámpago blanco elevarse en el aire ennegrecido por la noche y desvanecerse en menos de lo que uno grita su nombre.
El silencio se asentó en la pequeña habitación y ninguno más que Manuel y Tiare se atrevió a mirar a los otros. Los hermanos tomaron aire y Tiare se acercó a la ventana.
-Deberíamos ir tras él -comenzó a decir, pero Manuel la interrumpió.
-No, no quiere eso -dijo severamente y con seriedad, volviéndose luego hacia su hechicero, quien ya había desenvainado su varita, restaurando la ventana destruida-. Volvamos a la fiesta…
-¿¡Qué!? -Martín lo miró incrédulo, sin medir su voz ni su posición, cosa que detuvo a los alados, quienes lo miraron con sorpresa-. ¿Solo van a decir eso y dejarlo irse así?
-¿Y qué esperas que haga? -quiso saber Manuel con tono sarcástico y una mueca de disgusto-. ¿Que lo busque cuando claramente no quiere? No llevas mucho tiempo con él, pero eres su mago y deberías ya saber que Miguel no es más que un niño enorme, caprichoso y egoísta como él solo, educado en una burbuja que él mismo cela con todo el empeño del mundo. ¿O no?
Martín apretó la mandíbula, odiando a ese alado con cada fibra de su ser, independientemente de cuánta razón tuviese, pero antes de que pudiera explotar en gritos como Miguel, Tiare se interpuso.
-Volvamos a la fiesta -pidió tirando del brazo de Manuel.
El mayor le lanzó una última mirada de desdén a Martín.
-Encárgate de él -le ordenó a su hechicero, el cual asintió y esperó a que los hermanos se retiraran.
En cuanto salieron y sus pasos se distanciaron, soltó un suspiro.
-¿Hace cuánto que eres un mago acompañante?
-Dos meses -Martín lo miró, frunciendo el ceño-. ¿Por qué?
-Nadie le habla así a un alado, no importa qué clase de humano seas -explicó y esperó a que lo siguiera fuera de la estancia-.
-Pues ese alado no es precisamente una persona importante -se mofó Martín.
-Un desafío a un alado, es un desafío a toda la raza. No juegues con fuego -el hechicero detuvo su paso y clavó sus ojos simplones en él-. Voy a tener que pedirte que te quedes en tu dormitorio. Si los invitados te ven deambular sin el señor Miguel, van a comenzar a rumorear más de lo normal y a hacer preguntas. Mi familia no necesita eso en estos momentos.
Martín se detuvo de golpe en pleno pasillo.
-¿Tu familia? -soltó con ironía, casi riendo.
El rubio ladeó apenas la cabeza.
-Claro -respondió sin inmutarse-. Mi familia, la familia a la que protejo y sirvo.
Ignoró totalmente la mirada de incredulidad de Martín y siguió caminando. El mago no tuvo más opción que seguirlo y callar cualquier otra pregunta. El cómo un humano pudiera hablar así de un alado, de un noble para colmo, le era un misterio. No porque él no se sintiese capaz de hablar así de Miguel, lo haría, pero Miguel no era como Manuel. Miguel no podía ser metido en el mismo saco, pero Manuel ciertamente entraba.
Su habitación estaba a oscuras cuando lo dejaron ahí. Ni pensó en encender las velas, sino que dejó que los postes de su cama refulgieran por sí solos. Se quitó la casaca, dejándola caer al suelo, y se acercó a la ventana, mirando al negro infinito que se abría ante él. Sus ojos solos no podían distinguir nada, ni cuando abrió la ventana y se asomó. Oyó un aullido a lo lejos y el aire frío de la noche lo golpeó, igual que el caer en la cuenta que en alguna parte de ese negro debía estar Miguel.
